.DIAS DORADOS.

El día que Haru fue dada de alta coincidió con su cumpleaños.

Sería un día que nadie olvidaría.

Algunos cabellos rubios comenzaban a crecer en su cabecita y estaba con un hermoso vestido tan azul como sus ojos. Sora estaba a orgullosa de su pequeña.

Ambas se veían radiantes bajo los tibios rayos del sol, madre e hija fundidas en un abrazo que denotaba todo lo que habían pasado juntas.

Yamato las observaba desde lejos, no se sentía con derecho a ser parte de esa imagen, en parte la pelirroja se lo había dado a entender con sus actos. Se sentía bastante mal, pero permanecía callado, disfrazando su angustia bajo una sonrisa que solo quienes lo conocían de verdad distinguirían como una máscara.

Con lo difícil que le había resultado poder admitir sus sentimientos a aquella mujer, le indignaba que ella no los tomara en serio.

Su hermano le había dicho que se relajara y le diera espacio, era muy cierto que ella había pasado por todo tipo de sucesos desafortunados durante los últimos meses, pero aún así se permitía a sí mismo estar molesto con la situación.

La joven tenía todo preparado para viajar a Francia en un par de semanas, y para tomar protagonismo en la vida de su adorada hija, Yamato se había ofrecido a hacerse cargo de Haru. Para su sorpresa, quien más estuvo de acuerdo fue Toshiko, y esto fue fundamental para que Sora aceptara la oferta a regañadines.

Él tenía tanto derecho como ella a asumir las responsabilidades de padre y estaba dispuesto a hacerlo. Así que se sentía vencedor, dueño de una pequeña y refrescante victoria.

Había mucha gente pero él se mantenía a distancia prudencial, como si estando apartado le evitara el dolor, además no quería llamar la atención.

Cho y Akira correteaban por el lugar y Haru los seguía con la mirada, aún un poco débil por haber pasado aquellos meses entre internaciones y tratamientos invasivos con desagradables efectos secundarios. Cuatro años de vida. Su padre la observaba, maravillado por el milagro que ella había obrado, en su salud y en su vida, a partir de ahora no iba a perderse ningún paso de su hija. No iba a permitirlo.

Taichi y Sora caminaban y se reían a carcajadas por el patio a lo lejos.

La amistad entre ellos era bien diferente. Taichi era el tipo de persona encantadora que siempre estaba rodeada de afecto. Quizás la persona que más había sufrido la partida de la pelirroja, su ausencia. De niños solían ser inseparables, pero lo que más le había dolido era que ella ni siquiera se hubiera despedido. Le había tomado bastante tiempo volver a sentirse cómodo con ella, pero al final la había perdonado. Lo mismo había sucedido con Mimi, ofendida porque ni siquiera les había podido confiar que estaba embarazada, en parte por la vergüenza que sentía de tener que afrontar la maternidad sola y en parte para que no se enojaran con Yamato.

Qué tonta. Él sabía que todo habría resultado diferente.

Entró a la casa de Toshiko en busca de un trago y se encontró sorpresivamente con la dueña de casa, que lo observaba con su intensa mirada oscura.

-Dale tiempo. Tiene que sanar. Mi hija es terca, lo sabes. No desistas. Haces bien en hacerle ver ese amor que sientes por Haru.

-El problema es que ya no sé hasta cuando lo soportaré.

La mujer le sonrió sinceramente.

Asintió sin saber mucho qué contestar, cuando la dulce voz de Haru interrumpió la escena.

-¡Papi! – la niña corrió hasta él y se abrazó a sus piernas. Detrás de ella ingresaba Sora, que los observó en silencio. Yamato no sabía si ella había alcanzado a oír lo que había hablado con Toshiko, pero decidió que no le importaría.

Alzó en sus brazos a la chiquilla y le dio un beso en la frente.

-Aquí está la homenajeada, la niña de mis ojos.

Haru se aferró a su cuello y apoyó su cabecita rubia en el hombro de su padre. Él le dedicó una pequeña sonrisa a Sora y a su madre y volvió a salir al patio con esa pequeña abrazada a él.

¿Cómo iba a rendirse y dejar de intentarlo todo si esa niña se empeñaba en enseñarle en todo momento las posibilidades que la vida ofrecía?

Fue sorprendido por Hikari para tomarles una foto con su cámara profesional. Accedió y posó con su hija. También se aseguró de hablar con su cuñada para tener su copia de ese momento que había quedado inmortalizado.

El resto de la tarde se lo pasaron de maravilla. Mimi quiso tomar a Haru entre sus brazos pero la chiquilla no se soltaba del cuello de su padre.

-¿Puedes creer tanta insolencia? -exclamó divertida mientras su novio Koushiro, Taichi y Sora se reían abiertamente de la situación.

-Las niñas se apegan al padre -la voz de Hikari los interrumpió sonriente -sé de lo que hablo, pero la buena noticia es que si tienes un niño se apegará más a ti. Al menos en estas edades -se giró lentamente para enseñarles cómo el pequeño Akira se aferraba a su vestido y no parecía dispuesto a soltarse.

La carcajada fue general y se intensifico cuando observaron a lo lejos a Takeru que ya tenía a la intrépida Cho sentada sobre sus hombros mientras conversaba alegremente con un conocido.

Yamato sintió la mirada de Sora sobre él, pero se dio el lujo de ignorarla y acariciar la delicada cabecita de Haru, que seguía con sus bracitos firmemente sujetos alrededor de su cuello.

Se acercaba el final del festejo, Haru ya estaba inquieta y molesta, tenía bastante sueño y no estaba acostumbrada a permanecer tanto tiempo despierta y rodeada de personas al aire libre. En el momento de cortar el pastel no estaba dispuesta a alejarse de su padre, así que Yamato tuvo el placer de posar con ella en cada una de las fotos, mientras todos los asistentes se reían ante la negativa de la niña de ir con Sora, que lejos de molestarse, se descubrió a si misma sonriendo como una idiota, totalmente enternecida por la situación.

Hikari retrató cada instante, captando con el lente de su cámara y gracias a su ojo entrenado las mejores expresiones. Tendría material de sobra para editar todas esas imágenes y encargarse de que llegaran a buen destino. Claro que lo haría, ya no creía poder soportar a su marido maldiciendo por la terquedad de Sora y la cobardía de Yamato, y con Mimi habían obrado un maravilloso plan a espaldas de Taichi -que pondría el grito en el cielo si supiera lo que ellas pensaban provocar-

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Sora ya se había marchado a Francia. Hacía cuatro días de aquello y por momentos Yamato sentía que estaba a punto de explotar.

Nunca se había detenido a pensar en que una vez que Haru se recuperara, comenzaría a actuar como una niña normal. Y esto incluía berrinches, risas, y travesuras de todo tipo a toda hora, con mucho desorden a su alrededor.

Pero cansado y todo, se sentía inmensamente feliz.

Llevó a la niña a la casa de sus abuelos. La interacción entre Haru y los padres de Yamato había sido escasa. En parte porque vivían lejos de la ciudad y en parte porque él mismo se había encargado de aislarse los últimos años. Ellos habían vuelto a casarse luego de varios años tras aquel traumático divorcio. Cuando su padre había enfermado gravemente debido al estrés que padecía a causa de su adicción al trabajo, le habían obligado a retirarse y ahora su vida era tranquila y pacífica.

Por eso aquel fin de semana estaba dispuesto a pasarlo en el campo en compañía de su hija y su hermano con Cho y Akira.

Si bien Haru no podía exponerse a estar mucho tiempo al sol o en contacto con animales, el aire fresco y limpio seguramente la beneficiaría.

Con Takeru se habían vuelto inseparables como en los viejos tiempos, aunque sus temas de conversación ya no giraran en torno a negocios o citas y se la pasaran hablando de niños y educación. ¿Como la vida los había vuelto a reunir cuando todo parecía tan imposible de reparar?

En una de esas tardes, mientras sus hijos se reían y jugaban entre flores y árboles, Takeru se sinceró.

-Esta escena es tan irreal. Me parece mentira que hace menos de un año apenas nos hablábamos.

Yamato asintió ante estas palabras, también pensaba en eso con frecuencia.

-No sé que vaya a pasar entre tú y Sora a partir de ahora, pero quiero decirte que no tienes que atarte a ella si se miente a sí misma. Sé que estás triste y lo entiendo, pero a partir de ahora tienes en tus manos la posibilidad de rehacer tu vida por completo. Hikari ha hablado con ella a menudo y lo único cierto aquí es que está demasiado confundida y se siente muy culpable por todos estos años perdidos. Tienes derecho a seguir adelante, a formar tu propia familia si así lo quieres. No soporto verte ese gesto tan melancólico cada vez que ella te rechaza, además Haru de veras te quiere y eso no cambiará, eres su padre incluso ante la ley.

-¿Por qué me dices esto?

-Porque tu eres lo suficientemente idiota como para entrar en tu propio juego de falsedades, fingiendo que puedes respetar esa distancia que ella impone y que ninguno quiere. Hazte a un lado si no quieres complicarte, o ve a buscarla de una maldita vez. Aprecio muchísimo a Sora, pero eso no va a impedir que te quiera apoyar a ti.

Así que era eso. Ninguna novedad a decir verdad. Y en parte ya se sentía cansado de todo eso. Ya no quería volver a sus citas de una noche, pero tenía que admitir que tampoco estaba feliz con la situación actual entre la madre de su hija y él. Su llegada de verdad lo había cambiado todo. Había madurado, había descubierto que podía amar sin miedo a una criatura que dependía de él. Había viajado con su mente varias veces al pasado para rememorar cada situación vivida con Sora todos esos años ininterrumpidos de amistad.

Muy tarde había tenido que darse cuenta de que de no ser por su cobardía y por su incapacidad de conectar con sus sentimientos -siempre negándose a abrirse a la posibilidad de volver a salir herido- habría podido tener una vida muy diferente.

Él también se sentía horriblemente culpable por todo el daño que le había provocado a Sora. Mirando hacia los años de su juventud, entendía muy bien que ella hubiera elegido continuar a su lado, mendigando el poco afecto que él había estado dispuesto a brindarle. ¿Cómo había sido tan ciego? ¿Cómo había podido rechazarla tantas veces y además llamarse amigo mientras le hablaba de sus citas? ¿Cómo había podido pisotear la autoestima de la única persona que lo había amado de verdad? Sabía que simplemente las cosas se habían dado así, por un lado ella había soportado toda esa humillación siendo consciente, incluso masoquista, conformándose con las precarias migajas de afecto que él le dejaba en cada abrazo.

Y él, un imbécil, un cobarde que en lugar de encarar la situación con valor, se había empeñado en que ella se desencantara con él. Había preferido que ella se alejara culpándolo por ser un monstruo, la había rechazado muchas veces. En algún lugar de su corazón, sabía que Sora tenía razones de sobra para acobardarse y ocultarse, tal como había hecho él a su manera.

Sí que la había herido. Y se sentía fatal por eso, comenzaba a comprender muy en el fondo que la posible causa de que ella se hubiera casado con alguien como Jacques, había sido él y sus idioteces, se sentía terriblemente culpable. Ella había buscado a alguien demasiado similar a él, que la tratara de un modo vil y cruel como ella había sentido que merecía. Se le estremecía el corazón de solo pensarlo, casi le pareció ver a lo lejos la silueta adolescente de Sora que lo seguía mientras que él se marchaba con otras chicas, porque siempre había otras.

Los gritos salvajes de Cho le hicieron salir de su ensimismamiento y contemplar la escena. Al parecer el travieso Akira había descubierto unos escarabajos y se los lanzaba a su hermana que gritaba realmente desesperada. Haru observaba a sus primos sin entender mucho lo que pasaba. Yamato sonrió para sus adentros, realmente había cosas que las había heredado de él, por ejemplo, esa capacidad para caminar y observar al mundo sin rumbo, perdida en su mente.

Vio a Takeru intervenir la pelea entre los mellizos. Cho se aferraba a la pierna de él mientras que el niño intentaba escapar de su padre luego de haberle lanzado escarabajos también a él. Matt se echó a reír a carcajadas y se acercó para tomar la manita de Haru, que ahora también contemplaba la extraña escena y se reía con él ante la cómica situación.

Pocos minutos después volvían a la casa escuchando los rezongos de Takeru, el llanto de Cho y los bufidos llenos de reproche de Akira. Su hermano caminaba con los pequeños unos metros por delante mientras que Yamato y su hija iban en silencio. Los pensamientos de él volvían a rondar a la pelirroja. Sabía que pronto hallaría el modo de salir de esa situación. Ya era hora de analizar las posibilidades.

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Aquella noche había refrescado. El otoño de abría paso a gran velocidad y habían encendido la chimenea. Natsuko, la madre de Yamato y Takeru, limpiaba la vajilla que habían utilizado para cenar más temprano mientras canturreaba en voz baja una canción que sonaba en la pequeña radio que tenía en la cocina.

Hiroaki, su esposo, se hallaba en la habitación de sus nietos rodeado de los niños que pedían que les contara alguna historia. Aparentemente Akira era el más adepto a que le leyeran o inventaran cuentos y se las ingeniaba para hacer que el narrador tuviera que seguir creando escena tras escena. Realmente ese demonio que tenía por nieto era muy cansador, pero le hacía reír con sus locas ocurrencias. Cho y Haru se entretenían escuchando las historias surrealistas que su abuelo y Akira construían en conjunto.

"Este niño será abogado" había predicho Taichi alguna vez. Ya veía que algo de cierto había en eso. Siempre encontraba observaciones y acotaciones para hacer.

Frente al cálido fuego Yamato y Takeru bebían una cerveza mientras comentaban una noticia que habían visto. En ese momento el celular del mayor de los hermanos comenzó a vibrar en su bolsillo.

Lo extrajo de su bolsillo y leyó el nombre que aparecía en la pantalla.

¿Sería una llamada equivocada? No sabía si estaba de humor para contestarla, pero entonces decidió atenderla. Quizás necesitaba algo.

-¿Sora?

-¿Yamato? -la voz masculina al otro lado de la línea le desconcertó aún más – Soy Jacques. Mira, Sora acaba de accidentarse, necesita que vengas cuanto antes para aquí, me insistió en que no llamara a Toshiko.

-¡¿Qué pasó?! -se puso de pie bastante alarmado. Estaban a miles de kilómetros.

-Cayó por unas escaleras, la llevan al quirófano. Por favor, intenta venir cuanto antes, Haru no puede viajar aún y no quiere que su madre se estrese demasiado, insistió en que vengas tú, yo… no me dejó ayudarla.

Yamato no lo dudó.

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