-¿Por qué se habrá desmayado la señorita Candy?- preguntó George

-Lo más seguro es que lo conocía

-De hecho me parece haberlo visto antes, creo que es uno de los trabajadores de Tom Stevens-dijo Albert

-Vamos a la ciudad para llevar a la señorita Candy al médico a fin de que la haga reaccionar.

-Se ve muy hermosa así dormida ¿Verdad George?

-A mí me simpatiza más Eliza Legan

-Pues ¿Qué esperas? Enamórala

-No podría, además parece que ella está entusiasmada por ti

-Yo sólo tengo ojos para Candice White, ahora mismo me provoca besarla.

-¿Frente a un hombre muerto?

-¡Qué más da! ya no puede fijarse en lo que sucede a su alrededor.

Albert se acercó a los labios de Candy y la besó, George miró hacia otro lado.

-Confieso que nunca me había sentido tan enamorado como ahora.

-¿Y si ella está implicada en este intento de asalto?

-Quizás ella no, pero pienso que Tom Stevens si, además ella no me dañaría, ella siente lo mismo por mí.

-¿Cómo puedes estar tan seguro?

-No puedo contarte, los caballeros no debemos hablar de las damas.

-Antes me tenías confianza

-No quiero hablar del pasado George, recuerda que venimos a América para cambiar de vida.

Candy despertó en el camino

-¿Qué me pasó?

-Te desmayaste por el muertito-le dijo Albert

-¡No puedo creer que sea un asaltante! Es, digo era la mano derecha de mi amigo Tom

-Iremos con el alguacil, lo bueno es que puedes atestiguar que fue en defensa propia.

-Señor Andrew, este pobre hombre tenía esposa e hijos

-Si Candy pero el que obra mal, mal le va, todavía hay preguntas por contestar, ¿Cómo sabía este hombre que traíamos dinero con nosotros? Tú eres la única a quien le dije que hoy haría varios trámites.

-¿Me está acusando?

-Por supuesto que no, sólo quiero entender lo que pasó.

-Se lo conté a Tom, quizás el hizo algún comentario ¡Que terrible! Lo hubieses herido solamente.

-¡Yo no le tengo piedad a los ladrones! De todas maneras lo iban a mandar a la horca.

-¿Vale más una bolsa con monedas de oro que la vida de un hombre?

-Pudieron matarnos Candy, hasta tu pudiste salir herida, Pero comprendo, eres sensible por ser mujer—Albert le agarró la mano y la miró a los ojos, sólo con ese acto pudo tranquilizarla.

-Su mirada cautivante me hipnotiza, cualquiera diría que no es capaz de someter a nadie-pensaba Candy

El alguacil se quedó sin palabras al ver el cadáver de aquel hombre.

-Señor Andrew, no debió tomar la justicia por su propia mano, simplemente lo hubiese noqueado, pobre hombre.

-Nos apuntaron con armas de fuego, iban decididos a todo, además no podía arriesgar el bienestar de la señorita aquí presente.

-Ese cuchillo directo al corazón me habla de alguien entrenado militarmente, sus actos no van de acuerdo con su vestimenta.

-¿Ahora yo soy el enjuiciado?

-No Señor Andrew, sólo que me da pesar tener que ir con la viuda del difunto a llevar la mala noticia y también con su patrón.

Ese día Albert fue con el Alcalde el cual lo acompañó al registro de propiedad para que les cedieran las tierras de Anthony.

El alguacil le entregó el cuerpo a la viuda y luego fue con Tom para conversar de los acontecimientos

-Stevens, Andrew piensa que tu mandaste a tu gente para que lo asaltaran.

-Tu sabes que no expondría a Candy por nada del mundo

-¿Ni por despecho?

Tom no pudo decir más

-Te tendré vigilado Stevens, Andrew me comentó que está dispuesto a investigar si realmente su hermano murió por causas naturales.

Tom recordó ese día en que murió Anthony.

-No tuve nada que ver ni con la muerte de Anthony ni con el asalto a William Andrew.