El Príncipe Azul no existe, solo el de Ojos Verdes.
Como ya saben los personajes ni la historia me pertenecen.
Decimo capitulo.- El Baile.
Hermione agradecía el frescor de la hierba bajo su cuerpo. Iba a ser un día muy caluroso. La primavera iba dando paso al verano y un día podía llegar a los treinta y tantos grados aunque los demás rondaran los veinte, pero a Hermione no le importaba. El mar, puntual como un reloj, mandaba una brisa cada cierto tiempo, como si obedeciera un decreto real.
Junto a ella, debajo de un enorme abedul, los cachorros jugaban en un corral que les había hecho Hagrid. Crecían muy deprisa, tenían buen apetito y eran muy juguetones.
Sobre todo Lucky. Era como un pequeño payaso. Hermione le sonrió y se preguntó si el rey cumpliría la promesa de mandárselo cuando tuviera la edad suficiente.
Ella esperaba que lo hiciera. La idea de marcharse de allí solo con recuerdos le rompía el corazón.
Hermione se sintió envuelta en una de esas ráfagas de brisa y se volvió para mirar a Remus Lupin y a la en cantadora princesa Dora. Remus se había acercado a las cuadras con la excusa de que quería ver a los cachorros y cerciorarse de que había entendido todas las instrucciones que la había dado Hermione, pero se fue donde estaba la princesa en cuanto la vio jugando al croquet.
No hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que Remus sentía algo muy especial por aquella mujer. Estaba sonriendo. Hermione también sonreía al observar a la pareja. Mientras ella llevaba un caro vestido lila, él llevaba unos pantalones manchados de hierba y una camisa barata de algodón.
Bueno, se dice que los opuestos se atraen, pensó Hermione. Como el príncipe y ella.
Harry...
Su nombre le resonaba por todo el cuerpo. Lo echaba de menos. Esa mañana había viajado a Londres por un asunto urgente y no volvería hasta la noche. La ira y la impotencia le corroían. No le quedaba mucho tiempo. Al día siguiente sería el baile de máscaras. Al otro, ella se marcharía.
Le dominaba la tristeza, pero la dejó a un lado. ¿Acaso no tendría que acostumbrarse a echarlo de menos?
—Su Alteza ha vuelto a ganarme.
Hermione levantó la mirada y vio a Remus y Dora que se acercaban a ella.
—Que no te engañe, Hermione —el tono de Dora y sus ojos violetas reflejaban ironía—. Me ha dejado ganar elegantemente.
El anciano se dejó caer pesadamente junto a Hermione.
—No soy elegante.
Dora se rio.
—Claro que lo eres.
—Mujeres...
Remus puso los ojos en blanco, pero Hermione se dio cuenta de que hinchaba el pecho y se sonrojaba ligeramente.
—Propongo que pactéis un empate. Es lo que Harry y yo...
Hermione se quedó helada y cerró la boca. Rebobinó los últimos segundos y volvió a escuchar lo que acababa de decir. ¿Harry y yo? ¡Harry y yo! ¿Qué tonalidad de rojo tendrían sus mejillas? ¿En qué estaría pensando para decir algo así?
Daba por sentado que mucha gente sabía que el príncipe y ella se veían como amigos y quizá como algo más, pero usar una frase tan personal... Podía colgarse del cuello un cartel que dijera que amaba al príncipe.
Dora le sonrió.
— ¿Que ibas a decir, querida?
Hermione correspondió a la elegante y discreta son risa.
—Que lo mejor es que los dos ganen, nada más.
—La chica tiene razón, Remus.
—La chica es una romántica.
— ¿Y qué tiene de malo? —Dora se alisó la falda—. Si no recuerdo mal, tú también fuiste un romántico.
—De eso hace mucho tiempo —refunfuñó Remus de buen humor.
—Ah, ¿sí? Entonces supongo que no debo pedirte que me acompañes al baile de mañana.
Remus abrió los ojos como platos.
— ¡Bah! Sabes que me sentiría muy honrado de acompañarte, Dora.
La princesa sonrió radiantemente, le hizo un gesto con la cabeza y se dirigió a Hermione.
—Hablando del baile, ¿qué piensas ponerte, querida?
Hermione no lo había pensado. El baile era la última noche que estaría con Harry y, naturalmente, quería estar lo más guapa posible cuando la viera, cuando bailara con ella hasta el amanecer.
—Tengo un vestido de noche negro.
—No, no, querida —la mujer le dio una palmada en el hombro—. Eso no es suficiente.
—Pero no tengo...
—Yo sí —los ojos le resplandecieron—. ¿Vamos a mis aposentos para que te pruebes algunas cosas?
Hermione no pudo evitar que la idea la emocionara. Llevar un vestido real con metros de seda o de satén... Se le alteró el pulso.
—Me encantaría ir, pero no debería abandonar a los cachorros...
—Yo vigilaré a los cachorros —afirmó Remus mientras sonreía a las dos mujeres—. Al fin y al cabo, tendré que hacerlo cuando te vayas a Estados Unidos.
—Gracias, Remus —le dijo Hermione mientras se levantaba.
Dora sonrió a Remus.
— ¿Pasaras a buscarme a las siete y media?
—Lo haré sin duda, Alteza.
La princesa no dejó de hablar animadamente mientras ella y Hermione se dirigían al palacio.
—Tengo pensado el vestido perfecto, querida. Es blanco, no tiene tirantes, se ciñe en la cintura y tiene una falda muy larga. Te quedará maravillosamente con el pelo recogido y el brillo de tus ojos. Además, te dejaré una de mis diademas.
—No, no puedo aceptarlo.
—Sí puedes y lo harás.
El estoico y omnipresente mayordomo abrió la puerta del palacio. Dora entró a toda prisa y subió las escaleras.
—La noche que me puse ese vestido, la niebla cayó densa como una cortina de terciopelo y no se levantó hasta bien pasadas las siete. Cuando la niebla se disipa antes o después de su hora es porque la magia está rondando.
Hermione tuvo destellos de una barca con dos amantes ardientes. Efectivamente, la magia...
—Recuerdo que mi doncella aseguraba que algo extraordinario iba a pasar y tenía razón —la princesa se detuvo en lo alto de las escaleras y sonrió a Hermione—. Mi padre tenía una recepción esa noche. Cuando entré en el comedor me fijé inmediata mente en un hombre moreno con unos ojos muy oscuros. Era un abogado Hermione. Me sentí atraída por él al instante.
—Resulta intrigante —mientras avanzaban por el pasillo, Hermione pensó que también le resultaba conocido.
—Pasamos juntos toda la noche. Hablamos, cenamos y bailamos. Me miró como no me había mirado ningún hombre. Creí estar enamorada de él y cuando se marchó no pude pensar en nadie más.
— ¿Qué pasó?
—Me escribió muchas cartas pidiéndome que fuera con él.
— ¿Lo hizo?
Hermione notó que se le encogía el corazón y los labios se le secaban.
—No, no lo hice.
— ¿Por qué no?
—Creo que ya sabes por qué, querida. Es un problema que no me concierne a mi sola —la princesa se detuvo delante de la puerta de sus aposentos y se volvió para mirar a Hermione—. Pero aunque permanecí fiel a mi país, a mi posición en la vida, nunca me casé. No pude.
Hermione tragó saliva. ¿Por qué le contaba esas cosas? ¿Cuál era la moraleja de la historia? ¿Que convenciera a Harry para que abandonara su sentido del deber? ¿Que volviera a casa con resignación y comprensión?
— ¿Qué pasó, Alteza? —Hermione se percató de que lo había dicho con un tono de angustia, pero no pudo evitarlo—. ¿Volvió a verlo?
—Solo en sueños —Dora posó una mano cálida sobre la gélida de Hermione—. Quizá Harry sea más valiente que su tía —suspiró profundamente, alcanzó el picaporte y abrió la puerta del dormitorio—. Eso espero por el bien de todos.
La niebla estaba levantándose lentamente mientras Harry se acercaba a la puerta del faro. Unos aromas deliciosos le recibieron una vez dentro. Unos aromas que no había vuelto a oler desde la infancia. Vio que el bolso de Hermione colgaba de la percha donde solía dejarlo Sintió una gran paz interior.
— ¿Qué demonios está pasando en mi casa?—bramó con un humor excelente.
—Estoy aquí, Alteza.
Aquella voz ronca y aterciopelada a la vez...
Desde hacía cerca de quince años había entrado en aquella casa y no había oído otra cosa que las olas del mar. Entonces le gustaba la soledad. Sin embargo, la aparición de la embriagadora Hermione Granger en su vida había dado un vuelco al delicado equilibrio de todo; le había cambiado a él. Había conseguido que la necesitara y lo que era más importante, había conseguido que la vuelta a una existencia esclava fuera llevadera.
Dejó las bolsas en el vestíbulo y subió las escaleras de dos en dos hasta quedarse en la puerta de la cocina. La miró.
Hermione estaba delante de los fuegos con el pelo recogido y cocinando una gran pieza de carne. Llevaba un sencillo vestido veraniego de algodón de distintos tonos azules y estaba descalza. Se le encogió el corazón ante la escena doméstica. Parecía como si estuviera en su casa.
Ella lo miró y sonrió.
—Buenos días, mi señora.
El saludo le salió como un gruñido, pero no pudo evitarlo. Sobre todo cuando le sonreía de aquella manera con las mejillas sonrosadas por el calor de los fogones.
— ¿Has tenido un buen día? —le preguntó Hermione mientras él se acercaba y le daba un pellizco en la mejilla.
—No ha estado mal —se puso detrás de ella y le rodeó la cintura con los brazos—. Pero ahora está mucho mejor —le susurró al oído.
Hermione olía bien y su contacto era delicioso. ¿Por qué no podía tener aquello todas las noches? Los dos juntos, compartiendo la cena, compartiendo sus vidas...
Harry no siguió. Esos pensamientos no cabían en su cabeza.
—No hacía falta que hicieras todo esto, Hermione. Yo podía...
—Quería hacerlo —se estrechó contra el pecho de él—. Por cierto, tu guardia me ha dejado entrar. Evidentemente, algún jovenzuelo de la casa real un poco mimado y cabezota le ha dicho algo sobre dejar entrar a la doctora Granger cuando ella quisiera.
—Me pregunto quién habrá sido...
—Ya, es un misterio —se rio y se puso de espaldas a la cocina.
Harry apoyó la barbilla en el hombro de Hermione.
— ¿Qué estás haciendo?
—Tu plato favorito —señaló una cazuela humeante con un pincho de plata largo y afilado—. Jamón y patatas al whisky.
Sus sentidos se llenaron de recuerdos. Hacía mucho tiempo, cuando vivía su madre, ella insistía en que el cocinero del palacio le hiciera jamón y patatas al whisky todos los domingos. Se estremeció. Nadie lo había adivinado; nadie se había ocupado tanto de él.
—Gracias —le dio un beso en el cuello y la abrazó con más fuerza—. ¿Cómo has sabido qué...?
—Me lo ha dicho tu tía.
— ¿Has hablado con Dora?
—Sí, sabe muchas cosas. Hemos hablado mucho de cuando eras un niño.
Harry se rio.
— ¡Caray!
Hermione lo miró por encima del hombro con una ceja arqueada.
¿Sabría Hermione que ese vestido de verano le resaltaba todas las curvas? ¿Qué pasaría si entraba alguien y los veía? ¿Qué pensaría? ¿Pensaría que eran una pareja feliz?
Harry metió la mano debajo del sencillo vestido y acarició las piernas desnudas e increíblemente suaves de Hermione.
Ella dejó escapar un leve gemido. Subió poco a poco las manos recorriendo cada centímetro de sus muslos. Quería hacerla feliz, quería que se olvidara y que se perdiera en él todo el tiempo que fuera posible.
Hermione dejó caer el pincho y apoyó la cabeza en el hombro de Harry.
—Las mujeres son su perdición, Alteza. Hermione no podía respirar mientras él le acariciaba el vientre y jugueteaba con la cinta de encaje que le rodeaba la cintura.
—Solo una mujer.
Introdujo los dedos dentro de las bragas y los pasó delicadamente por encima del montículo femenino.
— ¿Aquí? ¿En la cocina? —jadeó Hermione.
—Aquí mismo.
— ¿Y la comida?
—Más tarde.
Como había esperado, todos los pensamientos le abandonaron cuando la humedad del cuerpo de Hermione alcanzó a sus dedos.
La princesa y su doncella aplaudieron y suspiraron.
—Harry y otro centenar de hombres no podrán apartar sus ojos de ti esta noche, Hermione.
Una mujer que Hermione no había visto en su vida la miraba desde el espejo de cuerpo entero. Su pelo rubio y resplandeciente estaba recogido en lo alto de la cabeza y unos mechones se entrelazaban con la diadema que Dora le había dejado. El maquillaje era inmaculado y los ojos tenían un brillo que solo podía dar la emoción; la emoción y la esperanza.
El cuello era largo y esbelto y los hombros desnudos delicados y elegantes. Llevaba unos guantes blancos hasta los codos y el vestido de sus sueños, de seda y tul, se le ceñía a las formas del cuerpo. Una costurera de un talento increíble había bordado un hermosísimo dibujo negro en el bajo de la falda y la línea del busto.
Si no hubiera sabido la verdad, Hermione habría jurado que la mujer que la miraba desde el espejo era una princesa.
Sin embargo, no lo era. Aunque esa certeza insignificante no iba a detenerla aquella noche. Para bien o para mal, era Cenicienta camino del baile. Hermione se levantó la falda y sonrió al ver los zapatos de satén blanco. Iba camino del baile, pero no con unas zapatillas de cristal.
— ¿Estás preparada, querida? —Dora se miró en el espejo y se colocó bien la diadema de diamantes con zafiros.
Hermione sonrió a la mujer vestida de seda azul.
—Más que preparada, Alteza.
—Estás maravillosa.
—Gracias. No lo digo solo por el vestido —Hermione se volvió para mirar a la princesa—. Lo digo por todo.
Dora le acarició la mejilla.
—Ha sido un placer, querida.
La tomó de la mano y la llevó al pasillo. Sin embargo, en vez de dirigirse a la parte principal del palacio, la princesa la condujo por unos pasadizos que Hermione no había visto nunca. Unos pasadizos secretos.
Unos minutos después, salieron al bullicio de las voces, las risas educadas y la música de la orquesta.
—Ya hemos llegado —dijo Dora al alcanzar el pie de la gran escalera que llevaba directamente al salón de baile.
La aprensión se mezcló con el nerviosismo y formaron una mezcla vertiginosa en la cabeza de Hermione. La fiesta estaba en su apogeo. El personal de servicio se movía ágilmente entre la gente y servía champán y caviar. Mujeres con vestidos impresionantes bailaban con hombres de esmoquin.
Hermione levantó la mirada. El techo estaba pintado corno si fuera un cielo con estrellas y una luna creciente. De las paredes colgaban enormes retratos familiares. Reconoció inmediatamente a Harry y el corazón le dio un vuelco como si fuera una colegiala.
La escena era irreal para una veterinaria de Los Ángeles, pero le gustaba lo irreal. Esa noche, ella se apuntaba a lo irreal.
No pudo reprimir una risa cuando siguió a Dora que se dirigía hacia un Remus vestido con un traje marrón oscuro y que sonreía de oreja a oreja.
Sin embargo, en el rincón opuesto del salón de baile, el príncipe Harry James Potter Evans esperaba la llegada de Hermione. La había visto descender la escalera con la elegancia de una gacela, captó su sonrisa vacilante y se sintió rebosante de un anhelo que sabía que no podría sofocar nunca.
Junto a él, dos mujeres intentaban recuperarlo para la conversación, pero él no las prestaba atención. No podía apartar la mirada de la mujer más hermosa del mundo. Le recordaba al cisne que surcaba el estanque que había junto a las cuadras. Era elegante, impresionante y un poco distante.
Harry se disculpó y se abrió paso hasta ella, pero era demasiado tarde. Cuando llegó al pie de las escaleras, el marqués de Pretenburg ya la había llevado a la pista de baile.
Harry apretó los dientes. ¿Así que de eso se trataba? Tenía que haber previsto la reacción. Era una recién llegada, alegre e increíblemente bella. Los hombres de la corte se pelearían por conseguir que se la presentaran. Evidentemente, él tendría que dejar muy claro a quién pertenecía Hermione.
En cuanto terminó la música, varios hombres salieron como purasangres desde la línea de salida para invitarla a bailar. Pero Harry llegó el primero.
— ¿Me permite este baile, doctora?
Ella se giró y los ojos le brillaron de alegría al verlo.
—Estas muy guapo esta noche, Harry.
—Y tú estás impresionante. Hermione sonrió.
—Gracias.
Al empezar la música, la tomó entre los brazos.
—Creía que no podría conseguir un baile, fuera príncipe o no.
— ¿Qué quieres decir?
—Tienes a todos rendidos a tus pies.
Hermione se inclinó un poco hacia delante.
— ¿Pero te tengo rendido a ti? —le susurró.
A Harry se le aceleró el pulso. Le volvía loco de deseo y de muchas otras cosas que no quería decir por su nombre.
¿Si la besaba allí mismo, delante de tantos personajes de Hogwarts y de las cortes británicas y escocesa, qué pasaría? ¿A él qué le importaba?
La estrechó con más fuerza entre sus brazos con los ojos clavados en los de ella. Bailaron otras dos piezas así, completamente absortos el uno en el otro.
—Sé que hay muchas mujeres que esperan para bailar con usted, Alteza —levantó la barbilla—. Quizá debiera darles la oportunidad.
—No —las demás mujeres le importaban un rábano—. Esta noche solo bailaré contigo, Hermione. Solo contigo.
La música cesó antes de que ella pudiera reaccionar y un lacayo tocó a Harry en el hombro.
—El rey desea verlo, Alteza. Inmediatamente. En la biblioteca.
La pasión dio paso a la ira. Harry sabía perfectamente lo que quería su padre. El anciano ya le había avisado de lo que pasaría esa noche.
Harry apretó una de las manos enguantadas de Hermione.
—Volveré enseguida.
—Date prisa —le guiñó un ojo—. Solo tenemos hasta medianoche.
— ¿Cómo? —sintió un nudo en la garganta de angustia.
—Era una broma. Cenicienta, el príncipe, media noche...
Harry hizo un gesto serio con la cabeza.
—Ya...
Cinco segundos después de que se hubiera. Marchado, Charles Crawford, el conquistador que vivía de las rentas y al que le faltaba medio cerebro y le sobraba todo el ego, se acercó a Hermione. Harry, con los puños apretados, salió del salón de baile para ir a la biblioteca.
El rey estaba sentado en su butaca favorita con una copa de brandy en la mano.
—He hablado con el duque de weasley. Me ha ofrecido a su hija para que te cases con ella.
Harry se quedó de pie.
— ¿De verdad? Cuánta generosidad por su parte.
—El sarcasmo sobra cuando se tratan cuestiones de estado.
Y cuestiones del corazón, pensó Harry.
—Harry, te he dado todas las oportunidades para que encuentres una novia adecuada —el rey sacudió la cabeza—. No me dejas elección.
—Todos tenemos, una elección, padre.
Eran las palabras de Hermione.
Harry fue hasta la mesa y se sirvió un brandy.
—Hogwarts necesita a su realeza —sentenció el rey—. De eso no hay duda.
—No, no la hay.
—Tú eres la esperanza que tienen, Harry.
Harry apuró la copa. ¿Contra qué estaba luchando? ¿Contra el control de su padre o contra el suyo propio? La realidad era cruel, pero no tenía escapatoria. Su elección era el deber, no podía ser otra. Se pasó una mano por el pelo. Si Hermione fuera...
No. Ni hablar. Aunque pudiera, la quería demasiado como para ofrecerle ese tipo de vida. Las ataduras serían insoportables para alguien que siempre había vivido libremente.
Sin embargo, él la deseaba. Solo la deseaba a ella.
—Anunciaré tu matrimonio a medianoche.
Harry miró implacablemente a su padre.
— ¿Por qué esperar? Si voy a dar mi vida por mi país, también puedo darla ahora.
Tenía que hablar con Hermione antes. Tenía que estrecharla entre sus brazos y explicarle lo que ella nunca le había dejado que le explicara.
Sin embargo, Hermione no necesitaba ninguna explicación.
El cuerpo, el corazón y el alma de Hermione, que estaba contra la puerta de la biblioteca, se petrificaron al comprender que moría todo ápice de esperanza al que se había aferrado durante los últimos días. Harry iba a casarse con una mujer que ni siquiera conocía.
Las lágrimas le cayeron por las mejillas dejando un rastro de desolación. El había hecho su elección. Había elegido a su país.
Se apartó de la puerta y se alejó tambaleándose por el pasillo. El maravilloso vestido que hacía media hora le había hecho sentirse como una princesa, le resultaba incómodo en ese momento. Le recordaba que los cuentos de hadas solo son historias para niños y corazones crédulos.
Subió las escaleras hacia su habitación con lágrimas en los ojos. No estaba dispuesta a quedarse sentada mientras anunciaban el matrimonio de Harry. Ya no hacía nada en Hogwarts. Se marcharía después de despedirse rápidamente de Glinda y los cachorros.
Una vez en su habitación, se quitó el vestido y lo dejó sobre la cama. Le escribiría una nota a Dora agradeciéndole su generosidad, pero omitiría el sincero deseo de que el valor de Harry fuera mayor que la cobardía que había tenido ella.
Hermione se secó la amargura que le mojaba las mejillas y supo que también omitiría que ella tampoco volvería a amar a nadie, que nunca se casaría y que nunca olvidaría al hombre que le había hecho creer en los cuentos de hadas aunque su cuento solo durara unos días.
Relenna Potter…
Quiero agradecer infinitamente todo el apoyo y el interés por la historia, decir también que este es el penúltimo capítulo y que el final se acerca.
Gracias por todo y a todos.
Han sido un público maravilloso.
