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DÍAS DE VOLAR

Un mes después no fui capaz de revivir las semanas previas a las vacaciones con absoluta claridad. Todo había pasado como un torbellino ante mis ojos, y yo me había dejado llevar lentamente por todos los que me rodeaban. Había sido un banquete extraño, todos en pijama, se sabía que Harry nuevamente las había hecho de héroe, Angelina se había acercado a decirme que mi suposición era verdadera, Leanne celebró cuando dijeron que los exámenes quedaban suspendidos, Malcolm vino a nuestra mesa a revolverme el ya revuelto y largo pelo rubio, Gryffindor ganó milagrosamente la copa de las casas… Oliver no apareció por ningún lado.

- Oh…Blanca navidad…

- Leanne, cállate, no estamos en Navidad- gruñí por tercera vez.

- Es como si así fuera, ¡no hay exámenes!- exclamó jubilosa.

- Ya, creo que me enteré- murmuré fastidiada.

- Lo que a ti te pasa…- susurró divertida mi amiga, mientras bailaba alrededor mío ligeramente- Es que necesitas otro beso.

Bien, lo había logrado. Súbitamente todos los tonos rojos se habían apoderado de mi cara. Victoriosa, Leanne agarró un cojín de la butaca donde había estado sentada y comenzó a simular como si fuera un chico, dándole ardientes besos mientras murmuraba cosas como mi amor en todo tipo de idiomas. Alarmada por la poca paciencia que me iba quedando, la fulminé con la mirada. Mi amiga se sentó solícita a mi lado, mientras yo observaba a todos lados en busca de alguna señal de Oliver. Nada, ni la punta de su oscuro pelo.

Decidida a que no tendría más secretos con mi amiga, le había comentado a Leanne todo lo sucedido la noche del banquete con Oliver. Ni siquiera la felicidad de la familia Weasley cuando apareció su hermanita Ginny fue tan manifestada como la de ella, más similar a un bebé cuando acaban de darle un hermoso regalo que a la niña cuerda de catorce años que debía ser. Leanne estaba tan contenta como si hubiera sido ella la que había recibido el beso, y, de hecho, me complacía saber que mi amiga estaba contenta por mí, aunque ni yo misma estuviera muy segura de qué pensar.

Que no le era indiferente a Oliver ahora estaba claro. De otro modo, jamás me habría dado ese beso, aunque me tuviera el cariño de una hermana. Aun así, sus sentimientos, a pesar de que Leanne decía sabérselos como la palma de su mano, no eran claros para mí. Quería entender que rayos le pasaba, finalmente, después de varios meses en que ambos habíamos transitado por una relación entre profesional, por el Quidditch, de amistad, por mis múltiples intentos de abandonar el equipo, y, al fin, algo similar a la atracción. Que yo pudiera gustarle a alguien como él seguía sonándome tan estúpido como antaño, pero debía reconocer que las ideas de Leanne cobraban ribetes de verdad entre todo mi desorden mental. Su afán por espiarme y el extraño y amplio conocimiento de mí que tenía, su extraño comportamiento el día en que se había cancelado el partido contra Hufflepuff, su amplia y boba sonrisa, su interés ridículo por lo que podría pasarme a mí con Malcolm, su empecinamiento por hablarme de cualquier otra cosa que no fuera Quidditch, como si quisiera agradar, las horas en que me había contemplado sin decir nada… Su beso.

¿Podía llegar Oliver Wood a interesarse por una chica? ¿Podía, realmente, sentir algo por una chica como yo?

- ¿Parezco una escoba?- pregunté al aire. Leanne me miró como si estuviera loca y me observó de pies a cabeza.

- De hecho, creo que has engordado un poco, te sienta bien, te han crecido las…

- Vale, vale, ya entendí- Alcé las manos para hacerle entender que había comprendido qué era lo que me había crecido. Esta Leanne, nunca cambia.

- Tú preguntaste- se excusó ella- ¿Por qué, a propósito?

- Solo me preguntaba de qué manera le podría gustar a Oliver- susurré.

Para mí sorpresa e incredulidad, Leanne se echó a reír como una demente, mientras sus ojitos, semi cerrados por la risa, me miraban burlones por lo que le acababa de decir. Gruñí, ¿qué era tan chistoso? Nunca me había imaginado que mi amiga fuera realmente sensible respecto a mis sentimientos, pero de ahí a burlarse abiertamente había un paso muy, muy feo. Leanne inspiró varias veces, y, enjugándose las lágrimas, me miró aun riendo entre dientes.

- Bueno, Katie, ¿de verdad crees que a Wood podrías pasarle desapercibida?- dijo finalmente.

- ¿Ah… no?- Traté de no imaginarme lo estúpido que sonaba eso en mis labios, debía lucir como una completa idiota. Leanne puso los ojos en blanco.

- Puede que el Quidditch sea lo más importante para Oliver Wood, amiga- murmuró entonces- Pero dudo que a la hora de fijarse en una chica eso tenga algo que ver. Si me permites…- se rió- Permíteme, por favor, me atrevería a decir que Wood tiene especial fascinación por tus labios. Pasa horas mirándotelos, aunque quizás fuera porque se moría de las ganas de besarte. ¡Ah, sí, y le encanta tu trasero! Bueno, a qué chico no le gusta mirar traseros…

Eso era el tope de mi tolerancia. Salí corriendo para alcanzar a Leanne al primer intento. La agarré por la cabeza y comencé a golpearla en la coronilla mientras le recriminaba por decir esas cosas. Una cosa era que Oliver pudiera considerarme como chica, como niña, muchacha, lo que fuera, pero otra muy distinta era creer que él realmente podía sentir "ese" tipo de sensaciones por mí. Lo mío era diferente, había crecido bastante a la par que mi cariño por él. Había iniciado teniendo una infantil fijación, me había encaprichado, después, enamorado, cuando ya manteníamos una relación fluida. Había descubierto por él y solo por él un gusto insólito, me gustaba observarlo, escucharlo y, aunque no me gustaba reconocerlo… Todo en él me llamaba, su espalda, su cara, sus brazos, su espalda de nuevo, sus… Bien, había desarrollado una fascinación por su cuerpo. Me sonrojé aun más.

- ¿En qué estás pensando, Katie Bell?- preguntó Leanne con una sonrisa pícara en la cara.

- En como sacarte la cabeza más dolorosamente- gruñí, cuando volvía a golpearla.

- Pequeña granuja mentirosa, eres una pervertida de porquería, quizás qué te estarías imaginando- exclamó Leanne- ¡Cochina, cochina…!

- Mira, Leanne…

No nos habíamos vuelto a topar. No sabía si él me evitaba a propósito pero no había vuelto a ver más que la cabeza de Oliver Wood más que débilmente, a la pasada, cuando iba por alguna parte del castillo. Yo no lo hacía, no le rehuía, aunque tampoco sabía si tenía ganas de enterarme de qué extraña cosa habría pasado por su cabeza cuando había decidido hacerme la muchacha más feliz del mundo, cuando me había besado. Tenía miedo, era necesario reconocerlo, de que Oliver dijera algo como que solo había estado muy somnoliento y que quizás me hubiera confundido con su escoba o, en el peor de los casos, con otra persona. Prefería quedarme con la feliz y dulce sensación de que pronto él se acercaría a mí para decir que hacía tiempo lo había enamorado sin remedio. En definitiva, era más sencillo seguir viviendo en mi pequeña y hermosa burbuja, esa misma que había construido Oliver y que podía destruir Oliver. Nuevamente, mi eje.

El ambiente de por sí ya festivo se interrumpió por el fin del curso escolar. Las perspectivas de meses relajados y alejados de cualquier cosa que sonara como clases o entrenamientos de Quidditch me ponían la mar de contenta. Si debía ser sincera anhelaba hablar antes de irme con Oliver, pues no quería pasar todas las vacaciones pensando en qué podría pasar por su cabeza, pero tuve que reconocer también que el jamás habría dejado que eso sucediera.

El día en que subimos al Expreso de Hogwarts, Leanne y yo nos reunimos con algunas de nuestras compañeras de Gryffindor mientras compartíamos ranas de chocolate. Por el pasillo comenzaron a pasar una serie de conocidos despidiéndose, entre ellos, Malcolm. Mi amigo se las arregló para sacarme del compartimiento cuando notó que las cosas no iban del todo bien.

- ¿Pasó algo entre Wood y tú?- preguntó, con una voz perfectamente sarcástica. Algo me dijo que no se estaba tomando las cosas con risa, como parecía. Alcé la cabeza y asentí seria- ¿Qué sucedió?

- Me besó

- ¿Él a ti?- Asentí, ignorando la incredulidad insultante de su voz. Malcolm se quedó pensativamente un momento y luego dijo- Eso está bien, significa que le gustas.

- Tiene diecisiete años- murmuré, cortándome nuevamente las alas. Me miró sin entender- Yo catorce- exclamé molesta. Malcolm se rió frustrado por mi comportamiento. Parecía estar disfrutándolo mucho.

- Si es por la edad, Katie, en unos cinco años no importara ni un rábano, ¿significa eso que tendrías que estar con alguien de tu edad?- Malcolm negó- No… además acuérdate que tú me gustas- Bajé la cabeza nerviosa- Y yo soy un año menor que Wood solamente, y me gustas. Si tuvieras que escoger a alguien de tu edad, tampoco podrías optar a tu segunda opción en caso de que él te diera calabazas- Seguí sin comprender, ahora sí que nada, y mi amigo, divertido como usual, se señaló a sí mismo fanfarronamente- Yo… y, de todos modos, tú no aparentas trece años…

- Perfecto, él aparenta dieciocho y yo diez, perfecto…- Malcolm me pegó un coscorrón- ¿Qué?

- Él aparenta dieciocho y tú quince, siguen siendo tres años, pero como sé que lo que a ti te preocupa es que Wood te vea pequeña, puedo decirte que salir con alguien que aparenta quince es perfectamente tolerable para un chico, experiencia propia- afirmó Malcolm. Lo miré confundida, ¿no que a este yo le gustaba? ¿Por qué me daba consejos?

- Tú estás loco, ¿no deberías estar deprimido por que no me gustas, tirándote del tren hacia afuera?- aseguré.

- Solo me tomo las cosas con humor, quizás, tu y yo, algún día, cuando Wood te deje viuda con seis hijos y treinta y dos nietos, ¡auch! Bueno, cuando Wood te deje por una rubia más alta, ¡vale, vale! Quizás cuando te aburras de Wood… ¿no me vas a pegar?

- Cabeza de aserrín

Después de que me diera los últimos consejos, que no escuché, acerca de Oliver, Malcolm y yo nos dedicamos a cosas más felices, como apostar quién sería el ganador de la liga ese año. Yo apostaba por los Tornados, que venían aplastando hacía varios años a todos, cosa que no me gustaba mucho, y Malcolm, fiel como siempre, por el Puddlmere United. Eso nuevamente me hizo recordar a Oliver, por supuesto, pues él también es de ese equipo y su sueño es jugar un día por ellos. Mi amigo esperó paciente por el regalo de cumpleaños adelantado que yo le había prometido y tuve que controlarme luego del ataque de risa que me entró porque lo había olvidado completamente. Malcolm murmuró algo así como maldito Oliver Wood sonriendo de oreja a oreja, divertido como siempre, quizás, de lo sencillo que era para él hablar de sus sentimientos sin tomarlos demasiado en cuenta, al contrario de lo que hacía yo.

Al final, me despedí de mi amigo, cuando nos quedaba alrededor de una hora de viaje hasta la estación de King Cross. Malcolm Preece se fue guapo como siempre junto a toda su tropa de desadaptados de Hufflepuff con una sonrisita.

Regresaba finalmente a casa, después de un agotador y extenuante curso, lleno de inseguridades, ataques y un beso. La estación estaba iluminada por varios de los usuales faroles, y los padres y familiares se agolpaban alzando sus brazos para saludar. En medio de una inmensa humareda de vapor, el tren se detuvo. Leanne me obligó a amontonarme por el pasillo para salir al andén y tuve que arrastrar dos enormes baúles porque ella se quejaba de un fuerte, e inexistente, en mi opinión, dolor de brazos. Bajamos del tren entre medio de una sarta de chillidos de lechuzas, gritos de niños, empujones y madres aliviadas de ver a sus retoños con vida. Divisé a lo lejos la rubia cabeza de mi madre que iba de la mano de mi primo pequeño, el enano de Rick, a quien mis tíos habían dejado en custodia mientras iban de viaje a Estados Unidos. Genial, ahora sería la niñera Katie.

Les hice una seña para que me esperaran un poco mientras me despedía de Leanne y saluda al padre y hermana de esta.

- Prometo ir a ayudarte con el huracán Rick- aseguró mi amiga- Quizás mi hermana pueda mantenerlo a raya.

- Lo mejor es ponerle un bozal- murmuré.

O asesinarlo, pensé. Me encogí de hombros. Debería soportar a mi inquieto primo durante todas las vacaciones y eso, por suerte, me mantendría absolutamente alejada de poder pensar en Oliver y de nuevo en él. Entonces, cuando imaginaba lo patética que serían mis semanas de descanso con mi familia pululando o mi primo molestando, algo sorprendente sucedió. Leanne me estaba hablando de que quizás podría ir a verme dentro de dos semanas, pues primero tendría que organizar el cumpleaños de su madre, el evento más importante del año, según su madre. Mientras yo imaginaba el cuello frágil de mi primo siendo masacrado por una versión más grande de mí misma, fue cuando los ojos de mi amiga se abrieron por la sorpresa al ver algo fabuloso que sucedía a mis espaldas.

Me di vuelta sabiendo que la mirada de Leanne había pasado de lo que fuera que sucedía a mí. Lo único que vi fue a más gente conversando, pero había alguien que se había detenido a mi lado, aunque, al girar, no podía verle. Rígida, al saber quién era, sentí como mis dedos se abrían automáticamente cuando un pequeño papelito, un pergamino arrugado y en apariencia sin valor, se deslizó en mi mano gracias a unos hábiles y cálidos dedos. Levanté la mirada y giré mi cabeza, para toparme con dos ojos negros, impertérritos, cuyo dueño estaba en mi misma posición pero en lado contrario. Su rostro estaba coloreado en la mitad de las mejillas por un suave tono carmesí. Me sonrió un poco, adorable como siempre, y luego echó a caminar mientras yo seguía de a poco su alta figura entre la gente.

La multitud se tragó a Oliver.


Ya, lo sé. Sé que muchos quieren matarme por poner un capítulo con tan poca interacción entre estos dos después del beso, pero es que así no es como actúa mi Oliver Wood, el que yo he creado. Este es un poco gallina, pero le encanta que le dejen comentarios, así que ya saben, sean buenitos y dejen sus blasfemias, alabanzas o simples "bien". Un beso, hagan maldades.