CAPÍTULO 10: COMPROMISO
El tiempo voló como un suspiro, y antes de que quisiéramos ser conscientes de ello, ya estábamos con un pie fuera de los límites de Ordon. Todo el pueblo había acudido a despedirse de la encantadora princesa y del caballero que la escoltaba, a excepción de Ilia. Desde el enfrentamiento que tuvimos el segundo día de nuestra estancia no volvió a acercarse a nosotros. Zelda se sintió más segura al saber que no la acosaría más. Los niños le habían hecho un obsequio a Zelda: un pequeño colgante con el símbolo de Ordon. Ella lo agradeció con una de sus alegres sonrisas.
- Muchísimas gracias a todos por vuestra hospitalidad y vuestra gran generosidad. Estos días me he sentido muy bien acogida por vosotros.
- No hace falta que nos des las gracias, Zelda. Nos ha encantado tenerte con nosotros- habló Juli, la esposa de Moy- Y Link, nos ha alegrado mucho volver a verte.
- Lo mismo digo- respondí con cierta tristeza.
- Volved a visitarnos pronto- intervino Moy esta vez. Se le veía muy afectado por mi partida. Y no me sorprendía; me quería como si fuera su hijo.
- Lo intentaremos.
Espoleamos a los caballos y partimos rumbo a Hyrule. A Zelda se le escaparon un par de lágrimas al salir del pueblo. Ella quería quedarse más tiempo. Volver a la rutina, sin poder salir del castillo, sería difícil para ella. Y lo peor sería que pasaríamos menos tiempo juntos. Las noches que dormimos juntos, y despertar con ella acurrucada en mis brazos, fueron las mejores de mi vida. Además, fue la primera vez que compartí lecho con una mujer; con la más bella de todo el reino.
Llegamos al castillo a media tarde. Había un ajetreo inusual incluso para ser el castillo de Hyrule. Todos los miembros del Consejo Real nos esperaban inquietos. Estaban acompañados por un joven alto y corpulento vestido con ropas lujosas. Tenía el cabello oscuro y sus ojos eran grises. Hubo algo en su mirada que me hizo desconfiar de él. No me daba un buen presentimiento.
- Princesa- dio la bienvenida el líder del Consejo, Sigmund- os estábamos esperando.
Ayudé a Zelda a bajar de su caballo. Mientras, Sigmund siguió hablando con ella como si yo no existiera.
- Ayer mismo llegó Frederick, príncipe de Tabanta. Ha venido a visitaros y a tratar unos asuntos urgentes con vos.
El tal Frederick tomó la mano de Zelda y la besó educadamente, haciendo a su vez una exagerada reverencia. Una extraña sensación oprimió mi pecho. Su porte era elegante, pero su extraña sonrisa aunaba orgullo y arrogancia.
- Es un placer conoceros, mi señora- su voz era monótona y serena, pero con un toque educado y gentil.
- El placer es mutuo, alteza- Zelda hizo una reverencia para responder al saludo. Percibí cierta inquietud en sus gestos.
- Acompáñenos, princesa, a la sala de reuniones. Tenemos que hablar de un asunto muy importante.
Zelda, el Príncipe y los miembros del Consejo Real se dirigieron hacia la sala, sin siquiera percatarse de mi presencia. Eso me molestó bastante. Zelda ni me miró ni me dijo nada antes de irse. Había algo de aquella espontánea e inesperada reunión que la perturbaba. Vacilé por un segundo. No podía ser nada grave. Quizás sería por la vuelta al trabajo. Sacudí la cabeza y decidí apartar esas inquietudes de mi mente.
Me encaminé hacia el patio de los caballeros para encontrarme con el capitán. Seguramente querría saber sobre el viaje y valorar mi trabajo. No me hizo falta atravesar todos los pasillos hasta el patio para encontrarlo, puesto que lo hallé en uno de estos hablando con un sirviente. Alzó la cabeza y, al verme al principio del pasillo, me saludó cordialmente y me estrechó fuertemente la mano.
- Ya he visto que la princesa ha llegado en perfecto estado. Buen trabajo, muchacho.
- Gracias, capitán.
- También he visto cómo era arrastrada por los bastardos del Consejo y un crío pijo y no paraban de atorarla con estúpidos cumplidos. Desde luego no la dejan respirar ni un segundo.
- No te lo niego. Nada más bajarse del caballo se la han llevado a una "urgente2 reunión. Ni siquiera he podido despedirme de ella.
- El Consejo no es más que un nido de víboras.
Reímos ante tal comentario. Los componentes del Consejo Real eran unos seres viles y sin corazón. No conocía a nadie en todo el castillo que argumentara valores positivos de ellos. Solo pensaban en ellos mismos y en el poder que poseían.
- espero que la princesa pueda readaptarse bien. Es una lástima lo mucho que la machacan con sus obligaciones.
- Es una mujer fuerte; seguro que podrá.
Recibí una palmada del capitán en mi espalda y prosiguió hablando:
- Creo que deberías ir a ver a esa doncella tan especial de la que me hablaste. Seguro que te ha extrañado mucho- me sugirió burlonamente y me guiñó un ojo. Me ruboricé ligeramente.
- Me parece una buena idea- respondí avergonzado.
El capitán se alejó con paso firme de allí. No había pasado mucho rato desde que nos separamos y yo ya deseaba fervientemente volver a verla. "iré a su dormitorio cuando haya acabado la reunión. Así podrá despejar su mente de las víboras del Consejo".
El trayecto hasta su habitación se me hizo eterno. Cada pasillo que atravesaba parecía no tener fin. No sabía con qué me encontraría. Aquella "urgente" reunión no vaticinaba algo bueno. El semblante preocupado de Zelda me hacía sospechar. No estaba seguro de si la encontraría en sus aposentos, pues quizás no había finalizado la reunión, pero la esperaría lo que hiciera falta.
Finalmente, me encontré cara a cara con la enorme puerta de caoba de su dormitorio. Aproximé la mano al pomo de plata, titubeando, agarrándolo inseguro. Tras esa puerta me esperaba mi amada. Había cierta posibilidad de que todo fuera una simple paranoia mía. No podía, sin embargo, olvidar su gesto preocupado. Estaba claro que temía algo.
Vacilé y me armé de valor para afrontarme a la realidad y girar el pomo. Franqueé la puerta con decisión, preparado para lo que pudiera hallar dentro. Rezaba para que mis temores fueran falsos. Escudriñé mi alrededor en busca de mi amada. La hallé de espaldas, sentada de rodillas sobre el suelo. El ruido de la puerta cerrándose hizo que se volteara y me mirara. Su mirada reflejaba tristeza.
- ¡Zelda!- rápidamente la envolví con mis brazos.
- Link…- sollozaba entre bruscos temblores. Se encogió sobre sí misma y evitó entrar en contacto conmigo, cosa que me confundió.
- ¿Qué te ha pasado?
No respondió a mi pregunta. Sus ojos estaban anegados en lágrimas. Mis peores sospechas se habían cumplido: algo malo le había ocurrido. Le pregunté múltiples veces qué había pasado; todos mis intentos fueron en vano. Tranquilizarla fue una misión sin éxito. Ella procuraba alejarse de mí, como si tuviera miedo o algo del estilo.
- Link, tienes que irte- consiguió balbucear.
- ¡¿Qué?!- me quedé perplejo- ¿Por qué, mi amor?
- Yo… yo…
- ¿Qué ha ocurrido, cariño?
- Me han prometido con el príncipe de Tabanta.
Sus palabras apuñalaron mi corazón como si de afilados y mortíferos cuchillos se trataran. Sin embargo, había algo en mí que todavía no lo asimilaba.
- No… No puede ser…
- No he podido hacer nada para evitarlo. El Consejo lo ha decidido y me casaré con él en primavera. El verdadero motivo de su visita era pedir mi mano.
No podía aceptarlo. La mujer que amaba con otro hombre. Con aquel príncipe engreído.
- Tienes que marcharte de aquí- su voz gélida congeló mi alma.
- ¿Qué? No pienso hacerlo. No voy a abandonarte. Y mucho menos sabiendo que ese desgraciado estará más cerca de ti de lo que me gustaría.
La abracé fuertemente, no obstante, ella se zafó de mi abrazo y se apartó de mí. Estaba entrando en pánico y no había forma de que se calmase.
- Link… No quiero que sufras… No podría soportarlo.
- Zelda, por favor…
- Si te quedas, me verás siempre acompañada de Frederick. Puede incluso que veas cosas que no te agraden ver.
- Zelda…
Volví a acercarme a ella y tomé su rostro con mis manos. Sus ojos doloridos, inundaron en una desconsoladora tristeza, penetraban en mis emociones. Mi promesa se había roto. El dolor había regresado.
- No puedo aceptarlo…- repetía una y otra vez. Las lágrimas comenzaron a descender por mi rostro.
- Vete de aquí, por favor. No lo hagas más difícil de lo que ya es de por sí.
Imaginé a Zelda en varias situaciones: casándose con Frederick, durmiendo junto a él, besando a ese príncipe y… No, no podía imaginar eso. No me atrevía a pensar en ello. Esa imagen me espantaba la que más. Ella era lo que más amaba en el mundo… y me lo querían arrebatar.
- Digámosle al Consejo lo nuestro. Lucharemos para hacer que anulen el compromiso. No permitiré que ese malnacido te toque un solo pelo.
- ¡No! El Consejo no puede enterarse de eso. Si lo hicieran, no quiero imaginar lo que esos monstruos podrían hacerte. No soportaría que te hicieran daño.
- Yo tampoco quiero imaginar lo que ese bastardo puede llegar a hacerte. No puedo pensar que él…
- Es mi destino, Link. Desde niña he sabido que este día llegaría, que nunca podría huir de él. Es mi deber como soberana de este reino. Casarme, tener hijos y ver como mi esposo gobierna el reino que se supone que me pertenece.
Ni mis peores pesadillas eran comparables con lo que estaba pasando. Al borde de la desesperación, la besé con una pasión nunca antes experimentada. Ella no forcejeó, sino que se dejó llevar por los movimientos de mi boca. No obstante, ese beso me estaba lastimando. Sus dulces labios ahora eran desagradablemente amargos y quemaban los míos. Recordar que ese príncipe sería el próximo en besarlos me impulsaba al besarla con más ardor. Zelda terminó por apartarse de mí y huir de mis brazos.
- Olvídame, Link. Olvida todo lo que vivimos y márchate. Te lo suplico.
Dejando a un lado todo rastro de cordura y sensatez, la agarré fuertemente y la besé de nuevo. Apreté sus muñecas para que no escapara de mí. No había cariño, ni amor ni pasión en ese beso, sino rabia y dolor, buscando una ínfima esperanza de ellos. Resultaba repulsivo. Ella se separó de mis labios, intentando escapar, pero yo fui más rápido y empecé a besar su cuello. Zelda lloraba desconsoladamente, pero no forcejeó. Besaba, mordía y devoraba con absoluta desesperación la superficie de este, a modo de ruego de que no me abandonase.
- Zelda, mi amor… te amo… No me separes de ti…
Mis lágrimas humedecían su cuello. Sus sollozos perforaban mis oídos. La estaba haciendo sufrir. Pero no quería perderla. Aunque estaba sufriendo por mi culpa.
- Déjame…- dijo con una voz apenas audible.
Me retiré lentamente de su piel y la miré a los ojos con fijeza. Ya no irradiaban aquella luz que había visto estos últimos meses. Y no volvería a hacerlo.
- Si de verdad quieres que me vaya- estaba ya furioso, por lo que mi voz adquirió un tono cortante- si de verdad deseas que me aparte de tu lado para no volver más, y pasar el resto de tu vida con él… dímelo.
- Link…
- ¡Dímelo! Hazlo y lo cumpliré. Te lo prometo.
Estaba enfurecido. Zelda parecía haberse asustado, pero ya no poseía el control de mis emociones. De eso ya se encargaba la cólera. Ella permaneció un rato temblando y sosteniendo mis manos.
- Vete, Link- dijo con indiferencia- No quiero volver a verte.
Mi mayor temor era escuchar su voz pronunciando esa frase… y lo había hecho. Sus frías y cortantes palabras retumbaban una y otra vez en mi cabeza, ahogándome en el profundo y misterioso océano de sus ojos. Un océano de dolor. Una parte de mí no quería retirar la vista de sus hermosos ojos; otra, sin embargo, pedía a gritos que la apartara, pues sus azulados irises herían mi corazón. Opté por desviar mi vista de la suya y salir corriendo de allí.
Los pasillos estaban borrosos, debido a las lágrimas, y mi cabeza estaba a punto de explotar. Tropecé dos veces y me incorporé de un salto. Llegué a mi habitación y, a la velocidad del rayo, recogí todas mis cosas. Cuando ya lo tenía todo listo alguien me sorprendió al abrir la puerta. Era el capitán.
- ¡Link! ¿Estás bien, muchacho
- Debo irme cuanto antes, capitán. Abandono la Guardia Real.
- ¿Qué? ¿A qué se debe?
Zelda. Ella era la razón. La razón de por qué mi mundo se había derrumbado.
- No es algo por lo que debáis preocuparos.
- ¿Es por… aquella chica de la que me hablaste?
Me detuve un segundo. Le había mencionado anteriormente al capitán a una hermosa doncella de la que me había enamorado ciegamente, pero lo que no sabía era que la doncella y la princesa de Hyrule eran la misma persona. Como no quería perder más tiempo, pues ya estaba anocheciendo, salí de la habitación sin responder al capitán. Emprendería cuanto antes el camino hacia Ordon.
El amanecer se alzaba majestuosamente sobre el reino de Hyrule. Mis ojos nublados por las lágrimas lo distorsionaban. Estaba llegando al pueblo. Mi dolor estaba intensificándose más y más, torturándome y atormentándome hasta llegar a niveles que ningún ser humano podría aguantar. Apenas podía mantenerme erguido sobre mi yegua. Las letales palabras de Zelda me perseguían sedientas de sangre. " No quiero volver a verte". Mis ojos, rojos en su totalidad, estaban plenamente abrasados. Mis manos estaban entumecidas por el viento helador, aunque no tan frío como las últimas palabras que me había dedicado la mujer que más había amado en mi insignificante existencia. Quería que todo eso terminase.
Crucé el puente de Farone y tiré de las riendas de Epona, frenando en seco. Desmonté torpemente y caminé tambaleándome hasta la fuente de Latoan. Demasiados e hirientes recuerdos me traía ese lugar. Zelda se descalzó y entró en el agua con cautela. Me llamó con delicadas palabras y me condujo hasta lo más hondo de las aguas. Me cautivó con sus encantos, atrapándome con sus suaves manos. Todavía podía sentir el tacto de sus manos recorriendo cada rincón de mi pecho desnudo, sus labios devorando mi cuello como si de una bestia se tratase, destrozando mis labios, arrebatándome el juicio. No volvería a sentirla de esa manera. La había perdido… y no la recuperaría.
- ¿Link?
Había reconocido la voz de Moy tras de mí, aunque no reaccioné ante ella. Caí al suelo de rodillas y él acudió a sostenerme. Estaba siendo la más humillante derrota. Había huido en vez de luchar por ella.
- ¿Qué sucede, Link? ¿Qué haces aquí?
Mi cuerpo entero convulsionaba. La hermosa figura de Zelda seguía en mi mente. El dolor me estaba consumiendo. Mi respiración era entrecortada y sentía como si me fuera a desmayar en el el instante menos esperado. Estaba acabado. Completamente acabado. Mi vida estaba vacía. Su amor había sido algo efímero y etéreo. Había sido una pérdida de tiempo. Una trampa en la que había caído… y este era mi castigo.
Una nueva promesa nació en mi malherido corazón: "No volveré a amar nunca. No dejaré que vuelvan a engañarme". Entonces, desahogué todas mis penas y grité. Fue un grito desgarrador, cargado de rabia, dolor y sueños truncados. Moy y me abrazó firmemente. Sus intentos de calmarme resultaron fallidos.
- Nunca más…- farfullé- ¡Nunca!
