Los personajes son obra de Masashi Kishimoto

Advertencias

AU: Universo alterno; Altern Universe.

Las frases célebres pertenecen a sus respectivos autores.

(1,2,3.. etc) Aclaraciones

–Diálogos–

"Frases celebres"

Gracias a Eiko Hatake y a Casandra Arango por ayudarme. Sin más, espero que les guste y lo disfruten.


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¿Rescate?

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Capítulo X

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Escrito por Yingyang0401

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"Ni tu peor enemigo puede hacerte tanto daño como tus propios pensamientos" (1)

Todo había empezado como una tonta coincidencia, al haberse encontrado junto a sí a aquel hombre que parecía de la tribu apache (2) si no fuera por esa extraña vestimenta, topárselo y que la mayoría de las joyas cayeran tras él fue lo menos desafortunado, llegar con las manos casi llenas le parecía un golpe de suerte, la comida no escasearía y estaba seguro que con aquellas joyas lograría gran parte del dinero que esperaba ahorrar para por fin ser libre.

Más la sonrisa en su rostro duró poco, allí, parado fuera de su carpa estaba Madara, con su sonrisa cínica y sus largos mechones negros escondidos tras su sombrero de vaquero, con aquella estrella que decía que él era el sheriff, no pudieron escoger a alguien peor. Alargo sus manos como esperando algo, Deidara oculto su cicatriz bajo su cabello y en su rostro había furia contenida.

Las joyas caían en el suelo a medida que era golpeado salvajemente por los hombres que acompañaban a Madara, era experto pero lo triplicaban en número, hasta la última de las joyas cayo a sus pies, aún después de aquellos golpes él luchaba, escuchó un gruñido de boca de su compañero, si es que así lo podía llamar, buscaba entre las joyas algo, él no sabía que, solo había cumplido con la misión que este le había encargado, aún a pesar de su furia desmedida.

Aquellas joyas contenían alúmina (3), más rebuscaba algo más, se dirigió hacia el apuntándole con su cañón le dijo – ¿En dónde está?–, con heridas en su cuerpo le escupió a su rostro, sin importarle que le estuviese apuntando, él se había ganado aquello con el sudor de su frente, y aquel ladrón que se hacía llamar sheriff lo amenazaba cuál cobarde, aquello ya era el acabose (4).

–Es todo lo que había allí, déjame en paz y lárgate– la sonrisa en aquel rostro deformado por la ira le hizo estremecerse, más su cuerpo no demostró aquello, –Falta la joya más importante y la más valiosas, estás no son más que basura– le dijo golpeándole con el pie a su rostro, –Si no la encuentras dentro de un mes regresaré y te mataré, como hace años debí haber hecho– Deidara sonrió socarrón, que lo matará allí si este quería, más nadie más saqueaba como él, por algo aún seguía con vida.

Encontrar la joya fue un suplicio, de repente lo vio, allí, parado en medio de la nada, y entonces estuvo consciente de la belleza que este emanaba, su cabello negro entrenzado llegaba hasta debajo de sus rodillas, su mirada pérdida en el horizonte y aquella vestimenta lo hacían digno de un retrato, sacudió su cabeza, la primera de sus reglas acababa de quebrantarla. No enamorarse del enemigo. Si lo veía así hasta era patético.

Le reclamo, grito, y actúo como niño pequeño, se burlaba hasta de las palabras que salían de su boca, si antes se sentía patético ahora se sentía estúpido, negar que sus ojos centellearon cuando observó que la joya faltante estaba entre las manos de este, era mentirse a si mismo, trató de arrebatársela más este le dijo que si lo ayudaba, se la daba, no tuvo más remedio que aceptar, o simplemente fue el hecho que realmente quería aceptar.

Le presentó a su caballo Katsu como si se tratara de una cosa más en su vida, sabiendo de antemano que este era la única familia y en el único en quién podría confiar, luego del tiempo se dio cuenta de pequeños detalles que el otro tenía con él, por ejemplo bañarse lejos de él, ¡Ja! Cómo si no tuviesen lo mismo.

También veía que había ocasiones en las que ni una palabra salía de sus labios, más sus ojos hablaban por él, el dolor, la confusión, el terror, cosas que le llegaron a confirmar que estaba en un estado tonto llamado enamoramiento, ahora el aljófar (5) era insignificante ante el encanto de aquel ser, casi divino, inalcanzable, etéreo, sus latidos hacían eco dentro de sus tímpanos, bufó molesto, al enamorarse estaba perdiendo la cabeza, y fue cuando vio el líquido carmesí que rodaba por el rostro de aquel a quién amaba, y entonces se aterró.

No fue una sino mil veces las que eso sucedía, una cada vez más fuerte que la anterior, entendió al fin por qué este se alejaba en las noches, porque la ropa de cama amanecía colgada a las afueras de su carpa, porque a veces parecía que este se hundía y no reaccionaba hasta mucho después. Una enfermedad como la que Itachi poseía era extraña y única, y él la descubrió.

Decir que en las noches limpiaba con delicadeza las facciones del otro y que no pegaba los ojos para descansar si quiera un segundo era algo superficial, lo seguía como si estuviese pegado a él, y entonces recordó a la anciana Tsunade, aquella que le había operado años atrás, y por la que aún conservaba su ojo derecho, más dónde ella habitaba era en otra dirección a la que realmente iban y más lejana de la anterior. No tuvo que pensarlo dos veces al ver como Itachi se desvaneció en sus brazos ardiendo en fiebre.

No se arrepintió al tomar la desviación y ver el pueblo que se erguía ante él, las bolsas bajo sus ojos lo hacían ver de cierta manera un muerto en vida, o quizás un mapache, aunque el otro no se diera cuenta, él lo trataba como si fuese a romper, al ver las gotas de sangre, que caían contra las escaleras lo asustó, tomo un trapo rojo que entre su ropaje y se lo dio, decir que ver las muecas que este hizo observando a su alrededor no fueron preciosas, le quitaban la seriedad al asunto.

Para el aquella habitación no era digna de aquel que estaba junto a su lado, más el dinero que realmente poseía era muy poco, sabía que este se sentía incómodo por su aspecto desprolijo, a él le parecía la octava maravilla moderna, pero era posible que el otro se sintiera como un campo en donde se podía sembrar si se intentara.

Lo dejó en el baño, observó su rostro cansado quizás aquella noche podía descansar y al día siguiente ir a dónde estaba Tsunade, para que ojalá encontrará una cura a lo que le aquejaba, se detuvo mientras se quitaba la ropa, sabía que una vez que realizará esa misión se iba a ir para nunca más volver, sonrió melancólico, si esto lo hacía feliz haría todo lo que estuviese en sus manos para hacerlo.

Al entrar al baño se quedó congelado al verlo allí, en aquella tina de madera, totalmente relajado, y desnudo, los colores se le subieron a su rostro, sus manos temblaban ligeramente y su corazón latía desbocado dentro de su pecho.

Sus tiemblas temblaron cuando vio aquellos ojos negros sobre su cuerpo, su cabello negro caía a los lados de aquella tina que tapaba lo único que hacía que aún estuviese cuerdo y de pie, observó que este estaba incomodó y que trataba por todos los miedos no observarlo, de alguna manera hasta le parecía cómico, le hablo sin que su lengua se trabara por los nervios, al ver que el otro no respondía deslizo la toalla de sus dedos dejando que esta cayera contra el suelo.

Nunca antes se sintió tan intimidado y aún no entendía como había llegado hasta la tina contigua sin caerse en el intento, giró levemente, allí, bajo el agua Itachi estaba, relajo su rostro, y se acomodó en la tina, sus músculos se relajaron en aquel instante y se sintió, literalmente, en el cielo, se podría acostumbrar a ello.

Escuchó como el agua caía de la tina contigua, o el otro estaba aprendiendo a nadar o algo extraño, ya que se la pasaba bajo el agua, se recostó contra la tina dejando que su rubio cabello se deslizara fuera de esta, cerró sus ojos, dejando que el sueño lo envolviera.

No supo cuánto tiempo duró allí, pero al despertar la oscuridad lo rodeaba, el agua antes caliente y cristalina, había adquirido un tono oscuro y estaba fría, volteó con cuidado y a su lado ya no estaba él, entonces recordó que el otro apenas y podía estar de pie, se sumergió bajo el agua, lavando su cabello aunque aún estuviera fría.

Salió de allí con la toalla amarrada a su cintura, y gotas de agua recorriendo su cuerpo, allí, estaba Itachi, observándolo, se sintió incómodo, más aun así habló – Lo siento, me he quedado dormido– este aun así lo seguía observando, y de repente se levantó de golpe, pasó a su lado y se internó en el baño para salir luego de unos minutos, en los que él aprovecho para cambiarse y acostarse por fin en una cama y quedar profundamente dormido.

Decir que Itachi al verlo allí, durmiendo, y relajado no le pareció de lo más sexy sería mentir, allí, como si nada, aquel hombre se le presentaba dándole la vuelta a su mundo, en un giro de 180°, no supo cuánto tiempo lo observó dormitando, hasta que la luz en sus ojos empezó a escasear, era en aquel momento que odiaba a su enfermedad, se levantó con cuidado, y con los últimos rayos que sus ojos pudieron captar logró llegar a su cama.

Pasaron horas antes de que pudiera ver de nuevo y que no doliera como antes, todo el tiempo apretaba aquel trapo rojo que entre sus manos estaba, como si este le diera una seguridad insospechada. Las velas rodeaban aquella habitación, se volteó a la cama contigua y él aún no estaba allí, dudaba si debía llamarlo o no, hasta que apareció por la puerta.

Verlo de nuevo desnudo, o casi, lo dejo en shock, las gotas de agua recorrían su cuerpo cayendo traviesamente contra el suelo de madera, su voz como ángeles cantando en coro llegaban a sus oídos sin entender realmente su significado, estaba allí, parado, incómodo y nervioso, sintió que algo no estaba bien en su cuerpo cuando algo ajeno a él había despertado entre sus pantalones, se agitó, levantándose de un salto y corriendo prácticamente al baño, no sin antes oler el ligero perfume a rosas que el cuerpo junto a él emanaba.

Toco su rostro en el espejo, aún sin reconocerlo, sus mejillas sonrojadas, su aliento errante y su corazón a mil por hora, y aquel a quién no había llamado clamando por su atención, se sentía como un tonto adolescente, al parecer no era solamente amor lo que estaba empezando a sentir por su compañero, sino algo mucho más complejo, más animal, una inclemente necesidad de aparearse hasta saciar su sed, hasta diciéndolo así se escucha tétrico.

Hizo lo que pudo para calmar su pasión desmedida, y cuando salió lo vio allí durmiendo nuevamente, en la cama, se atrevía a mostrarse indefenso y a su entera disposición, estaba seguro que la parte primitiva de su cerebro no le iba a dejar dormir hasta que se saciara con el objeto de su deseo, para él, era algo imposible de realizar, por un lado, porque se sentía como un animal en celo, y por el otro no sabía si su compañero sentía aunque sea una centésima de lo que sentía él. Algo patético desde su punto de vista.

Se acostó en la cama, y lo observó aún en medio de la oscuridad, grabando cada ceja, pestaña, cada lunar y cada fracción de su rostro, sabía que dentro de poco nunca más podría verlo, fuero o por su enfermedad, o porque se iría para siempre de su lado, para volver a las cuatro paredes que lo custodiaban, para nunca más ser libre, suspiró antes de darse cuenta que al igual que el otro había empezado a dormir.

Deidara despertó observando como la luz se infiltraba por las cortinas que le daban aún un poco de privacidad, a su lado Itachi dormía plácidamente, verlo así, desde tan temprano renovaba sus gastadas energías, verlo allí, lo hacía estremecerse cada rasgo le parecía sublime y hasta pecaminoso, quería que todas las mañanas fuesen así, y hasta podría imaginarse al otro, despertando desnudo después de una sesión de sexo salvaje y continuó, sonrió con melancolía a sabiendas que eso nunca pasaría.

Se levantó perezosamente y con cuidado se acercó al otro, con infinito cuidado besó su frente antes de salir por la puerta de aquella habitación que había visto más de lo que realmente había pasado, salir y encontrarse a miles de personas no le resultó extraño, allí enfrente un pequeño sastre dormía en su silla mecedora.

Observo traje por traje, como si supiera de memoria las medidas de aquel a quien acompañaba, los colores que lo resaltaran y hasta el sombrero que iría con su cabello, sonrió de medio lado al escoger un traje perfecto para el otro, el dinero realmente comenzaba a faltar, y los días pasaban de manera casi olímpica, como si fuesen segundos, el tiempo se le acababa y también su dinero.

Salió de allí dirigiéndose nuevamente hacia su habitación, se asustó al no ver allí a Itachi, con sumo cuidado dejo aquella nueva adquisición en la cama del otro, y se aventuró hacia los baños, encontrándolo allí, parado, con su cabello suelto, parado, sin nada que lo cubriese, a veces odiaba su autocontrol, se giró ocultando su sonrojo y saliendo de allí con aquella imagen grabada en su mente.

Fueron pocos los segundos que el otro duró allí, su piel brillaba con los rayos de sol que se colaban a través de las ventanas, hasta le parecía ver una pintura andante, realmente algo sublime, con un gran esfuerzo dijo –Lo siento, no sabía… Yo, compré esta ropa, ya que la que tu tenías se ha ensuciado, también es para que la gente no te vea como si fueras de otro mundo –

–Está bien, gracias – fue lo único que el otro dijo, Deidara no sabía hacia dónde mirar, para no posar sus ojos celestes ante la imagen que a su lado se cambiaba, como él había dicho, no tenía nada que él no, pero esa razón, ni su corazón ni otra parte de su cuerpo, entendía.

Al verlo allí, como vestido de tal manera, lo dejo embobado, y enajenado, era perfecto, como si aquella ropa fuese diseñada solo para quien la portaba en aquel momento, ¡Dios! Ese hombre era realmente muy sexy, se mordió ligeramente sus labios, y estos sangraron un poco, se quería golpear contra algo para no saltar y hacerlo suyo en aquel momento.

Allí, aunque ninguno lo supiera, ambos luchaban para no perder la cordura y hacer alguna locura, sin saber que allí, justamente allí, algo mágico podría suceder quizás, en pocos días. Salieron de aquella habitación, Deidara tuvo muchas oportunidades de tomar aquella perla, pero no lo hizo, Itachi, la dejaba en lugares a plena vista, como diciéndole, anda cógela y lárgate, pero el otro simplemente ni se le acercaba, sea o porque no se daba cuenta o porque hace mucho que le dejo de importar esa joya que los unió.

Itachi iba a subir a la carreta cuando una mano lo detuvo, su cuerpo se estremeció ante tal contacto, decir que no había reaccionado cuando el otro lo había visto sin nada encima era como decir que el mundo era plano, una real mentira. Sus piernas temblaron y su corazón saltaba, en la habitación sus dedos temblaban parecía echo de gelatina, pensar que solamente una persona causaba que su razón se perdiera le parecía de algún modo ridículo.

Pero allí estaba a su lado, sosteniendo su mano, y que sintiera como esta se quemaba con aquel sutil contacto, si así era solamente no quería no pensar como sería los dos, en una cama, amándose con pasión desmedida, una y otra vez, durante horas y hasta podría imaginarse que durante días podría hacerlo, se volteó con una parsimonia que no sentía y una calma inusitada.

–¿Qué? – dijo tratando de no besarlo allí y meterlo en la carroza para llevar a cabo lo que había soñado aquella noche.

–Aún hay algo que debemos hacer, antes de marcharnos– le sonrió cálidamente haciendo que los pies del otro se sacudieran levemente, su cerebro no podía procesar tantas emociones y de su boca no salía ninguna palabra, por lo que simplemente asintió al tiempo que el otro lo soltaba y caminaba delante de él.

Trató de calmar su corazón que bombeaba como si estuviera corriendo una maratón, dos o tres casas, cuatro, cinco o seis, realmente no sabía cuántas habían recorrido, ya que sentía como si estuviera caminando sobre nubes esponjosas, ya que el otro en un arrebato extraño, le había tomado de la muñeca y hasta el momento no lo había soltado, en las ventanas veía su rostro y hasta podría jurar que si antes hubiera visto a alguien así se hubiera largado a reír, pero allí estaba, como tonto detrás de un hombre, que al parecer realizaba aquello con una naturaleza, claro, totalmente fingida.

Llegaron a una casa destartalada y hasta podía ver que se caía a pedazos, estaba de pie casi de milagro, lo extraño era que hasta el momento no había perdido su visión, ni le había dolido sus ojos en todo este tiempo, al parecer al estar así lo hacía inmune ante el dolor.

Deidara le soltó y por primera vez se sintió vació, observó como este tocaba ligeramente la puerta de madera mientras se alejaba como temiendo que esta se le fuera encima, de allí, una mujer rubia salió, con dos coletas a lado y lado de su rostro y con unos grandes pechos, al principio tenía una cara molesta, pero al ver quién la llamaba no hizo más que abalanzarse contra este y abrazarlo, mientras pellizcaba sus cachetes con sus pequeñas manos.

Decir que estaba celoso era algo realmente corto, si ´pudiera mataría en aquel instante a aquella bruja que con naturalidad abrazaba que era suyo, aunque el otro aún no lo supiera. –Tsunade, por favor, ¡Basta!

–¿Por qué tan arisco, sabes hace cuanto no te veo chico? – dijo ella despegándose al fin del otro con una cara de tristeza fingida.

–No lo sé, hace unas semanas, deja de exagerar todo– Deidara se sobaba sus mejillas antes pellizcadas por aquella mujer, que le había salvado la vista años atrás, y ella al ver al otro chico se abalanzó contra él, Itachi al ver esto, en un ágil movimiento se apartó dejando que ella cayera contra el sucio piso.

Alzó la vista y vio como Deidara carcajeaba tratando de recuperar su respiración, bajo sus ojos y sonrió, mentalizándose que era lo más hermoso de lo que jamás vería, allí a sus pies aquella rubia gritaba de dolor fingido, mientras se sobaba su nariz, nada más reconfortante que ver a aquella mujer en el piso lamentándose de su echo. –Lo siento– dijo él mintiendo visiblemente, ella se paró sacudiendo su ropaje y fue cuando de pronto otra vez pasó lo que él temía la oscuridad lo rodeo al tiempo que de sus ojos pequeñas gotas de sangre cayeran contra el suelo una y otra vez.

Dejó de escuchar las risas y los aullidos de dolor, se volteó tomando aquello que le daba fuerzas como si la cosa no fuera con él, sintió un jalón, muy diferente al que sentía cuando Deidara lo tocaba, –Sígueme– fue lo único que escuchó antes de entrar a aquella casa destartalada, sentía que la madera crujía bajo sus pies y que en cualquier momento se caería.

Se sentó en algo realmente frio, ella lo tocaba de aquí para allá, sentía extraños instrumentos acercarse a él, no entendía nada. Ella le hablaba de términos médicos que no entendía, ¿Algo de un angioma (6)? O ¿Era acaso apoplejía (7)? Lo único que entendió fue que si no actuaban con rapidez o quedaría por siempre ciego, o moriría, sintió unas suaves manos que le acunaban las suyas, sin pensarlo aceptó, no por él, no por su hermano, ni por sus padres, sino por la persona que amaba, quería verlo hasta el día que se fuera, y que de allí en más el recuerdo de su rostro quedará grabado para siempre en su cerebro, aceptaría aquello a sabiendas que después de eso se iría, quizás, para nunca más volver.

Al otro lado de su habitación, sin él saberlo, dormitaba su hermano, al que buscaba con ansías, y el cuál deseaba no ser encontrado y que esperaba su felicidad como él tenía la suya, sin saber, que a unos cuantas millas, en un barco mercante una mujer de pelo rosáceo y una flor amarilla en este junto a un hombre y mujer de cabellos azabaches llegaban justamente a aquel puerto, y que sin que ellos lo supieran podrían arruinar una felicidad casi sublime y palpable.


(1) (Buda)

(2) Indio del SO de Estados Unidos y del N. de México

(3) Óxido de aluminio que, con colores distintos forma varias piedras preciosas (Rubí, zafiro, esmeralda, etc.)

(4) El colmo

(5) Perla pequeña

(6) Tumor generalmente congénito

(7) Parálisis cerebral producida por derrame sanguíneo en el encéfalo o las meninges

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