Disclaimer: Digimon no me pertenece.


Evermore

Directo al desastre


Cinco minutos para las siete. En sólo cinco minutos terminaría mi jornada laboral del día, pero no tenía ganas de que eso sucediera. El trabajo siempre había sido mi manera de escapar y no pensar en nada más que en lo que estaba haciendo en ese momento, y justo hoy era lo que necesitaba hacer. No quería pensar en nada. No estaba siquiera enojada o triste, simplemente… estaba.

—Buen trabajo, Mimi. Será todo por hoy, nos vemos mañana.

La voz de Kouji me sacó de mi burbuja. Estaba parado en el marco de la puerta de mi oficina. Ya listo para irse.

—Sí, nos vemos —respondí. Mi voz sonaba rasposa.

—¿Te encuentras bien?

—¿Por qué lo preguntas?

—Estás muy apagada —contestó —. No lo sé, después de la hora de la comida volviste algo extraña, luces cansada.

¿Cansada? Creo que debería mirarme en el espejo, no pensé que mi ausencia de humor se notaría en mi físico.

—Uhm, sí, no he dormido bien y tal vez me está afectando —respondí, comenzando a apagar mi computadora —. Mañana estaré repuesta, lo prometo.

Él me miró dudoso y después asintió.

—Sólo… cuídate, ¿sí? —dijo —. Y sé que soy tu jefe, pero fuera de la oficina soy tu amigo y cualquier cosa que necesites, puedes contar conmigo, ¿está bien?

Si pudiera, le habría sonreído. Pero mi rostro no daba para eso.

—Claro. Nos vemos mañana.

Él se despidió y cuando lo perdí de vista, me levanté de mi escritorio y guardé mis cosas de forma mecánica. Al salir me di cuenta de que Zoe ya no estaba, por lo que fui directo al ascensor y llegué a la planta baja, en dónde dudé algunos instantes antes de avanzar. ¿Yamato me estaría esperando afuera? Es decir, lo normal era que al salir del trabajo estuviera allí, dentro del Bentley. Pero hoy no había sido un día normal, y él no me había dicho que nos veríamos en la noche. Me había dicho que nos veríamos después.

¿Qué significaba eso?

No quería pensarlo, así que tomé aire y decidí salir del edificio con la cabeza en alto. No sabía siquiera si quería ver a Yamato. No sabía siquiera si tenía ganas de tener sexo con él esta noche. De todos modos, esas inquietudes se esfumaron en el momento que puse un pie fuera del edificio y el Bentley no estaba.

No estaba.

Un nudo se formó en mi garganta y tuve que cerrar los ojos con fuerza durante unos segundos para recuperarme de lo que fuera que estaba sintiendo en estos momentos. No estaba. ¿Por qué? ¿Estaría todavía con Catherine? ¿Y si pensaba pasar la noche con ella? ¿Qué había pasado con nuestro acuerdo de exclusividad?

Agh, ¡por eso era que no quería pensar en nada!

Y por supuesto, no tenía manera de llegar a casa. Yolei ya se había acostumbrado a no pasar por mí, ya que Ryo siempre me llevaba a casa pasadas las diez de la noche. Podría llamarla o tomar un taxi, pero no tenía ganas. Hoy volvería a casa a pie.

Comencé a caminar tratando de nublar mi mente y entonces el cielo pareció sincronizarse con mi estado mental, pues en cuestión de minutos se puso gris y pudo escucharse el eco de los truenos. Genial, lo que me faltaba. Lluvia. La primera gota cayó en la punta de mi nariz, seguida de un montón más que me dejaron totalmente empapada en segundos.

¡Estúpido canal del clima! No había pronosticado lluvias para esta semana.

Miré a mí alrededor y la gente ya estaba corriendo en busca de algún techo o refugio para el agua. Y es que nadie traía paraguas. En serio, gracias, pronóstico del tiempo. Por un momento pensé en buscar techo y esperar a que la lluvia torrencial cesara, ¿pero qué más daba? Ya estaba toda mojada.

Las gotas eran gordas y fuertes, y chocaban contra el suelo haciendo un ruido relajante. Lo único que me asustaba un poco era que también estaba tronando, pero fuera de eso, el golpeteo del agua sobre mi piel me tranquilizaba.

Llevaba si acaso quince minutos caminando cuando sentí mi teléfono celular vibrar. Tenía una llamada entrante, pero no podía contestar, no si no quería que mi viejo iPhone sufriera las consecuencias. Pero no dejó de vibrar, por lo que caminé hacia un establecimiento que tenía techo en la parte de afuera y contesté sin ver de quién era la llamada entrante.

De haberlo visto no hubiera contestado.

¿Mimi?

No pude decir nada.

¿Mimi? ¿Me escuchas?

—¿Qué sucede, Yamato?

¿Dónde demonios estás? Llevo diez minutos esperándote fuera de Evermore. Ryo entró y la recepcionista dijo que ya te habías ido.

¿Qué? ¿Entonces me estaba esperando? El saberlo no me dio gusto, más bien me dio algo de coraje. El tono de voz en el que me estaba hablando era duro. Sonaba como si me estuviera reclamando. Él no tenía nada qué reclamarme. Después de todo, no había sido yo quien se vio con otra persona.

—No pensé que hoy nos fuéramos a ver. Te escuchabas muy ocupado cuando te llamé y pensé que seguro tenías asuntos más importantes que atender —contesté secamente.

No digas tonterías. ¿Ya estás en tu apartamento? Paso por ti —dijo.

—Estoy en camino —pero no pases por mí. Quería decírselo, pero las palabras no salieron de mi boca.

¿Cuánto te falta para llegar?

—Uhm, una media hora.

¿Por qué? ¿Hay mucho tráfico?

—No, preferí irme a pie.

¿Qué? ¿Estás loca? —gritó, ahora sí parecía enojado —. ¡Está diluviando afuera!

Solté una risa sarcástica. No creo que él la haya escuchado.

—Sí, créeme que ya lo noté.

Ya, voy por ti. ¿Por dónde vas?

No.

—Yamato, hoy quisiera ir directo a mi casa, ¿está bien?

No voy a dejar que te vayas caminando con esta lluvia. Voy a pasar por ti. ¿Dónde estás?

Sabía que no iba a ganarle.

—En el Chez Paris —contesté —. Afuera.

En cinco minutos estoy ahí.

Y después de eso, colgó. Yo suspiré, guardando mi celular de nuevo en mi bolso. Este hombre era imposible. De todos modos, y por más extraño que fuera, hoy no tenía ganas de pelear con él. No tenía ánimos de nada, y una batalla con Yamato Ishida solamente drenaría la poca energía que me quedaba. Hoy había sido un día horrendo.

Al poco tiempo, el Bentley que ya tan bien conocía se estacionó frente al establecimiento. Yo comencé a caminar hacia éste de forma mecánica, pero entonces Yamato abrió la puerta y casi corrió hacia mí con un paraguas. Oh Dios, de verdad lucía molesto.

—¡Estás empapada, Mimi! —exclamó, cubriéndome con el paraguas, que era tan grande que a los dos nos tapaba del agua.

—Es sólo agua —contesté.

—Agua fría y otoño no es buena combinación. Vamos, sube al auto.

Pasó su brazo por mi hombro para guiarme hacia la puerta, y mi cuerpo al instante sintió calidez. Me sorprendía que Yamato se hubiera bajado del Bentley y no Ryo. Me sorprendía que eso me hiciera sentir feliz. Y sin embargo, no podía sonreír.

Entré al auto, y él plegó el paraguas antes de seguirme. Al entrar, cerró la puerta.

—Ryo, enciende la calefacción.

—Sí, señor.

El Bentley comenzó a andar y yo me abracé a mí misma, desviando mi mirada hacia la ventana. La lluvia torrencial seguía y yo me estaba entreteniendo contando las gotas que golpeaban la ventana. No fue hasta que dimos vuelta en la avenida principal que me di cuenta de que no nos estábamos dirigiendo a mi apartamento.

Giré mi rostro para encarar al rubio.

—Yamato, te dije que quería ir a mi casa.

—La lluvia está más fuerte para allá. Cesará en un par de horas y Ryo te llevará entonces.

Qué conveniente.

Pero como seguía sin ganas de pelear, volví a mirar hacia la ventana.

Llegamos a Sky Dome, Ryo estacionó el vehículo y Yamato me guió al ascensor, en dónde tecleó el código de su penthouse y comenzamos a subir. Las puertas se abrieron y los dos salimos a la recepción. Ya estaba muy acostumbrada a esta casa, sin embargo, hoy me sentía como una intrusa.

—Necesitas darte un baño. Usa el del cuarto de huéspedes y toma una bata de las que están colgadas. Yo le diré a Dorothea que meta tu ropa a secar —dijo el rubio, abriendo la puerta doble que daba hacia la sala principal.

—No es necesario —contesté.

—Mimi, no sé qué mosco te picó hoy, pero no voy a discutir contigo. Eres una mujer adulta y sabes perfectamente que tienes que tomar un baño. Vas a enfermar si te quedas así.

Resoplé.

—Bien.

Y sin decir nada más, caminé hacia la sala y lo pasé de largo, entrando directo al cuarto de huéspedes y después al baño, cerrando la puerta con llave. Me miré al espejo. Pues vaya, sí que tenía un mal aspecto, como si no hubiera dormido en días, y sí, estaba tan empapada, que goteaba. Seguramente había dejado un camino de agua por donde pasé. Daba igual.

Me encogí de hombros y me quité la ropa, sintiendo alivio al despojarme de las prendas mojadas. Caminé después hacia la ducha —no iba a tomar un baño en su tina— y abrí el agua caliente. Oh wow, era de esas regaderas de las que salía agua por casi toda la parte de arriba. Me introduje en ella y cerré la puerta, y en ese momento, comenzó a salir agua también por las paredes, disparada hacia mí.

—¡Qué rayos! —exclamé, más que nada por la sorpresa, pero rápidamente me acostumbré al masaje que ejercía el agua contra mi cuerpo.

Me duché tomándome mi tiempo, y me sorprendió ver que tenía shampoo con olor a fresas. Ese era el olor que yo siempre elegía en mis artículos de baño. ¿Lo habría comprado por mí?

—Estás loca, Meems… —me dije a mí misma en voz alta.

Obviamente no. No creía que Yamato se hubiera percatado de que mi cabello siempre olía a fresas.

Seguí con lo mío sin pensar en eso y, cuando al fin acabé, no quería cerrar la llave. Esta había sido, por mucho, la mejor ducha que había tenido en la vida. Podría quedarme horas aquí dentro, pero no lo haría por dos razones. La primera era que Yamato seguramente me esperaba. La segunda era que no quería que mi cuerpo terminara arrugado como una pasa.

La segunda era más importante.

Al salir de la ducha tomé una de las suaves toallas y me sequé por completo, pasándola después por mi cabello, hasta que dejó de gotear. Después tomé una de las batas (la que había querido tomar desde la primera vez que pisé este lugar) y me la puse. Madre mía, la tela se sentía exquisita sobre mi piel. Qué delicia.

Algo tenía este cuarto de baño, pues el espejo no estaba empañado cuando me acerqué. Mi aspecto había mejorado considerablemente. Todavía lucía cansada, pero se notaba que estaba más repuesta. Tomé uno de los cepillos y lo pasé por mi cabello sin dificultad, luego tomé las pantuflas y me las puse. Bien, ya estaba lista. Me agaché para recoger mi ropa y la cargué entre mis brazos, para dársela a Dorothea.

Salí del baño y luego del armario, y me sorprendió ver que Yamato se encontraba en la habitación, sentado en la cama, con la mirada perdida. Él no me había notado ahí, por lo que yo aproveché para mirarlo de pies a cabeza.

Se había quitado su traje de ejecutivo y ahora traía sus típicos pantalones de pants y una camisa negra holgada. Solamente él podía hacer ese conjunto lucir como para una revista de moda. Era demasiado apuesto, tanto, que dolía. Todo en su físico me atraía, me gustaba. Su alborotado y sexy cabello rubio. Su rostro, que parecía haber sido tallado por ángeles. Sus ojos, tan bellos y llenos de secretos…

Y no iba a comenzar con su cuerpo. ¿Cuándo tenía tiempo para mantenerlo así?

La duda salió de mi boca antes de poder detenerla.

—¿Cuándo se supone que haces ejercicio?

Mi voz lo regresó a la realidad y su rostro se giró hacia donde yo estaba. Un escalofrío me recorrió ante la mirada que me dedicó —y que no supe descifrar—, y tardó unos segundos en contestarme.

—¿Por qué me lo preguntas?

Me encogí de hombros, tratando de sonar casual.

—Tienes el cuerpo de alguien que suele ejercitarse.

—Voy a mi gimnasio una hora todos los días. De siete a ocho de la mañana —explicó —. Los fines de semana a veces descanso, pero por lo general no.

Vaya, que dedicación. Yo nunca podría hacer eso. Bendita genética. Mi cuerpo era delgado y bien proporcionado, y claro que no lo tenía tan tonificado y marcado como el de una mujer que hacía ejercicio, pero no iba a negar que me gustaba.

Y ahora ya no tenía nada que decir. Ni siquiera tenía por qué haber hecho esa pregunta de la nada.

—Uhm… —balbuceé —. Mi ropa…

—Afuera de la habitación está un cesto, Dorothea lo dejó ahí —dijo —. Tardará menos de media hora, y si baja la lluvia, Ryo te llevará a casa.

—Sí… gracias.

Caminé hacia la puerta y al abrirla, vi que efectivamente había un cesto ahí. Deposité mi ropa en éste y me quedé parada sin moverme durante unos instantes. No quería encerrarme en este cuarto con Yamato. No tenía idea de qué hacer o qué decir, y tampoco quería regresar a la fase de silenciosos momentos incómodos entre nosotros.

Eso sería muy doloroso.

Por eso tenía que enfrentarlo. Tenía que ser sincera con él si quería que esto no fuera un obstáculo entre nuestra extraña relación disfuncional. Todo iba muy bien hasta hoy y no quería que, por culpa de una rubia francesita, las cosas se arruinaran. Tenía que enfrentarlo y preguntarle por ella, aunque su posible respuesta me aterraba. No quería que esto que teníamos se acabara, pero si él había roto el trato de exclusividad…

Eso… sería muy doloroso.

Ya. Tenía que enfrentarlo. Cerré la puerta del cuarto y al darme la vuelta, lo encontré frente a mí, a escasos centímetros de distancia, mirándome impasiblemente. Y de no ser porque estaba recargada en la puerta, me habría ido para atrás.

Abrí la boca para decir algo, pero él se lanzó hacia mí y posó sus labios sobre los míos, su lengua invadiéndome al instante. ¡No! No teníamos qué besarnos, ¡teníamos que hablar! Traté de alejarme, pero su cuerpo se había pegado al mío y sus manos estaban sosteniendo mi rostro. Él no estaba usando fuerza, era más bien que yo en estos momentos carecía de ésta y no podía ni siquiera luchar para liberarme.

Y menos cuando ese beso me estaba derritiendo. Me estaba besando como si no lo hubiera hecho en años y yo ya estaba perdiendo la noción de la realidad. Odiaba perder la razón por su culpa. Odiaba que sus besos me hicieran esto. Odiaba no poder odiarlo a él. Y esos pensamientos me hicieron subir mis manos por su espalda hasta llegar a su cabello y enredar mis dedos entre sus mechones rubios, devolviéndole el beso con fiereza.

Los dos nos besábamos desesperados, como si quisiéramos devorarnos por completo. Nos besábamos como si nos necesitáramos para vivir. Nos besábamos como si éste fuera a ser nuestro último beso.

No...

Mis labios dejaron de moverse contra los de él y retiré mis manos de su cabello, bajándolas a mis costados. Él pareció notar que yo había parado y, sin soltarme el rostro, separó sus labios de los míos y recargó su frente contra la mía. Mi corazón comenzó a latir desbocado y eso me asustó, pero no hice nada por alejarme. No quería tampoco que él se alejara de mí.

—¿Por qué no me esperaste en Evermore hoy? —preguntó entonces, en voz baja.

Y yo quería decírselo, pero estaba tan abrumada, que no podía.

—¿No lo sabes? —respondí, cerrando los ojos.

Entonces separó su frente de la mía y se alejó un poco. Abrí mis ojos para toparme con los de él, mirándome con una mezcla de enojo y tristeza en su azul. Nunca había visto esa mirada en él.

—No vuelvas a hacerlo —dijo, perforándome con la mirada —. Cuando Ryo me dijo que ya no estabas, yo… —hizo una pausa —. Podrías haber avisado.

Oh, Yamato…

—Y después te marco y estás caminando hacia tu casa, en medio de una tormenta —continuó —. Caminando, Mimi, en la lluvia. ¿Por qué? ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no pensabas venir hoy?

Eran demasiadas preguntas, y él sonaba… ¿desesperado? Y no sólo eso, su mirada me estaba matando. Era como si todo el poder que emanaba hubiera sido reemplazado por vulnerabilidad. Era como si todo este tiempo hubiera llevado un escudo y ahora se había roto. Era demasiado para mí.

Y era mi oportunidad, me estaba dando pie a decirle todo. A hacerle preguntas y pedirle explicaciones.

Pero en vez de eso, dejé que mis impulsos me controlaran. No soportaba verlo así.

Pasé mi mano con delicadeza por su mejilla, acariciando su piel con las yemas de mis dedos. Yamato cerró los ojos y dejó que mi mano se quedara allí. Mi corazón latió con más fuerza. Acerqué mis labios a los suyos y deposité un suave beso, casi imperceptible, sobre éstos. Luego otro, y después otro. Y entonces él pasó sus manos de mi rostro a mi cabello, comenzando a besarme con una suavidad y calma que no le conocía.

Era un beso diferente a cualquier otro que él me había dado. No se sentía su constante reclamo, rudeza y poder dominante. Este beso destilaba dulzura y cariño, y eso lo hacía más pasional que los demás.

Y allí estábamos, su cuerpo pegado al mío, arrinconándome en la puerta del cuarto, besándonos lentamente, sin prisa, sin escudos. Mi mano dejó su rostro y mis dos brazos pasaron a rodear su cuello, profundizando la cercanía. Y aun así, no era suficiente. De un solo movimiento, alcé mis piernas y rodeé sus caderas con éstas. Él suspiró sobre mis labios y bajó sus manos a mis propias caderas, para darme más sostén.

Entonces me despegó de la puerta y, en la misma posición y sin dejar de besarme, me llevó a la cama, depositándome con sumo cuidado y situándose encima de mí. Yo no desenrosqué mis piernas de sus caderas, y bajé mis manos para introducirlas por debajo de su camisa.

—Ah, Mimi… —gimió por lo bajo.

Y entonces posó sus manos en el listón de la bata y lo desató, abriéndola y dejándome expuesta ante él. Y aunque ya muchas veces me había tenido así, ésta noche se sentía distinto. Me sentía más desnuda que nunca y algo en mi pecho quería explotar. Pero no dejé de besarlo, no dejé de tocarlo, y él tampoco dejó de hacerlo.

No queríamos dejar de hacerlo.


.

Habíamos terminado más temprano que de costumbre, y es que en esta ocasión no habíamos tenido veinte mil sesiones de sexo como solíamos hacerlo. Con una vez habíamos quedado satisfechos. Había sido… abrumadora. Eran apenas las nueve de la noche y la lluvia ya estaba cesando. Yamato aún no se levantaba de la cama. A veces nos quedábamos acostados unos diez minutos y después yo me paraba y me vestía, pues sabía que Ryo me esperaba en el recibidor.

Me encontraba recostada boca arriba sobre el lado izquierdo de la cama, y él en la misma posición, pero sobre el lado derecho. Los dos mirando hacia el techo como si fuera una pieza de museo. No tenía ánimos de nada. Eso que había estado queriendo explotar en mi pecho había terminado por hacerlo en cuanto alcancé el clímax junto a Yamato. Y ahora sentía que la explosión había dañado algo en mi interior.

Y quería salir de aquí.

Quería también golpearme a mí misma por ser tan bruta. Yo bien sabía que no debía tener sexo con Yamato esta noche. No cuando todo el día había estado deprimida (me acababa de dar cuenta de que ese era el nombre de mi estado) por su culpa. Lo correcto habría sido hablar. Hablar y ser sincera con él. Ser sincera conmigo.

¿Pero qué hice en vez de eso? ¡Acostarme con él!

Y yo lo había provocado. Bravo.

Todo el mundo dice que el sexo no es la solución a los problemas, y vaya que hoy lo pude comprobar en carne propia. Me sentía fatal, mucho peor que cuando estaba caminando bajo la lluvia. Y ahora quería irme.

Me senté sobre la cama y me cubrí con la sábana.

—¿Le puedes decir a Dorothea que me dé mi ropa?

—Claro.

Se levantó de la cama y caminó hacia donde estaban sus pantalones, regalándome el espectáculo que era su cuerpo desnudo. Yo miré hacia otro lado. Se puso sus pantalones y entonces salió del cuarto, volviendo antes de que pasara el minuto con mi ropa doblada en sus brazos.

—Toma.

—Gracias.

Yo comencé a vestirme frente a él, ya completamente acostumbrada, y en cuanto estuve lista, caminé hacia la puerta de la habitación.

—Ryo está cenando —dijo él —. Tardará una media hora y después pasará por ti.

—Puedo tomar un taxi.

—No, en todo caso Ryo puede pausar su cena, si tanto te urge regresar a tu casa —dijo esto último con un tono hosco y cortante.

¿Qué? ¿Ahora estaba enojado?

—No voy a interrumpir la cena del pobre de Ryo cuando yo solita me puedo ir a casa —le contesté con el mismo tono que él usó.

—Pues yo no voy a dejar que te vayas sola en taxi a esta hora.

Bufé, incrédula.

—¡No me digas! —exclamé —. ¿Y de verdad piensas que te voy a hacer caso?

—Por tu bien, deberías.

¿Y ahora me estaba amenazando? ¡Este hombre tenía los cambios de humor más radicales del universo!

—Lo siento Yamato, pero, a diferencia de todo el mundo, yo no estoy a tus servicios como para hacerte caso en todo lo que te plazca —espeté, mirándolo a la cara —. Quiero irme a casa, y me voy a ir.

Si no, iba a soltarlo todo. Lo sentía en mi garganta.

—¿Por qué eres tan testaruda? —exclamó, alzando la voz y pasándose ambas manos por el cabello —. Si no vas a esperar a Ryo, yo mismo te llevaré a tu casa, pero nada de taxis.

—¡No quiero que tú me lleves a casa! —solté en seco.

Todo el enojo que sin saber había estado conteniendo, estaba saliendo por su culpa.

Y las palabras me hacían cosquillas en la garganta.

—¿Por qué te pones así? ¿Qué demonios te pasa Mimi? —exclamó. Estaba perdiendo el control —. ¡Hace un rato estabas bien! ¡Estábamos bien!

—Me pasa que quiero irme —siseé —. Así que si me permites…

Me giré y comencé a caminar hacia la puerta, pero él no me lo permitió, pues me tomó del brazo y me dio la vuelta con brusquedad, haciendo que lo encarara de nuevo.

—No te vas a ir. No así.

Y las palabras salieron.

—¿Ah no? ¿Y tú te puedes ir cuando quieras con Catherine Belcourt?

Pareció que mi piel le quemó entonces, pues me soltó como rayo. Pude ver de nuevo ese escudo cubriéndolo en su totalidad. Su rostro se tornó serio.

—¿Cómo conoces a Catherine?

Medité mi respuesta por unos instantes. Si ya había comenzado a hablar, lo mejor sería ser sincera.

—La he visto en algunos sitios de internet. Y hoy te vi en la entrada de Evermore, yéndote con ella —respondí —. Pero una pregunta no se contesta con otra pregunta.

Uno, dos, tres, cuatro…

—Sólo salí con ella a comer —respondió.

Cinco segundos.

—Y... ¿Estás saliendo con ella… formalmente? —me atreví a preguntar.

Él me miró, horrorizado.

—¿De dónde sacaste esa locura? —respondió de inmediato —. Claro que no. Ella es… una amiga —dudó al decir lo último.

En las fotos no parecían simples amigos. Ni tampoco cuando le besó la mano hoy en la tarde. A mí nunca me había besado la mano.

—No te creo —me limité a decir —. En todas las fotos que vi en internet salían juntos, atendiendo a eventos de gala como pareja —sí, sonaba como una acosadora total, pero justo ahora no me importaba.

—Voy a los eventos de gala con ella porque su padre, Alexei Belcourt, ha hecho mucho por Evermore. Solía ser socio mayoritario —hizo una pausa —. Ahora Catherine atiende los asuntos de su padre, por eso solemos salir como pareja de negocios.

Su explicación me dejó callada, pues tenía sentido. Y más que eso, parte de mí no podía creer que realmente me lo hubiera explicado. Pensaba que me diría algo como: "Eso no es asunto tuyo", pero no, había contestado mis preguntas acusatorias. Y ahora me sentía ridícula.

—Oh… ah, entiendo —balbuceé, y me apresuré en agregar —. Y perdóname por el interrogatorio, tú eres libre de salir con quien quieras, pero por un momento pensé que… bueno, ya sabes, nuestro acuerdo de exclusividad y…

Las palabras se quedaron atoradas en mi garganta. Estaba diciendo tonterías. Caminé hacia la cama y me senté, algo abrumada. Yamato hizo lo mismo, situándose a mi lado. Yo lo miré, él me miró, y giramos nuestros cuerpos para quedar frente a frente, a escasos centímetros de separación.

—Mimi, te aseguro que no debes preocuparte por eso —dijo, serio —. No me he acostado con ninguna mujer que no seas tú desde que esto comenzó.

La sinceridad con la que había dicho esas palabras era aplastante.

—Pero no quiero que me malinterpretes… —continuó —. Sí, somos exclusivos, mas debes estar consciente de que...

—Lo sé, lo sé, nada de compromisos… —lo interrumpí —. Lo tengo muy presente.

Él suspiró, parecía estar meditando lo siguiente que iba a decir.

—Escucha, Mimi, esto que tenemos… ha resultado mucho mejor de lo que esperaba. Es increíble —dijo, sin dejar de mirarme a los ojos —. Y no quiero que sucedan cosas como las que pasaron hoy. No quiero que te alejes de mí.

Yo lo miraba, anonada, y mi corazón estaba resplandeciendo en mi interior.

—Pero tampoco quiero que tengamos ideas diferentes. Esto no es una relación… y no me gustaría que confundieras las cosas —su voz era suave y ronca —. Relación y compromiso son palabras que quedaron obsoletas para mí hace años.

Y yo sabía que lo nuestro no era una relación, pero eso no evitó la patada en el estómago que sentí en ese momento. No podía ni hablar, y por fortuna, él prosiguió.

—Y si querer ser el único hombre que te posea sin poder ofrecerte una relación de verdad me hace egoísta, entonces soy la persona más egoísta del mundo.

—Yamato…

Su sinceridad me estaba matando. Nunca lo había visto tan… expuesto.

—Mimi… —pasó su mano por mi mejilla de nuevo. Sentí escalofríos —. Desde el inicio he sido franco contigo, no busco una relación, no quiero compromisos, y sé que este no es tu estilo de vida, pero simplemente no puedo dejarte ir…

Ahora estaba mareada…

—No me voy a ir a ningún lado… —mi voz salió sin mi consentimiento, suave, pero clara —. No por ahora.

Un atisbo de sonrisa se formó en sus labios.

—Me es suficiente —contestó, y su mano abandonó mi mejilla —. Y no sé si te diste cuenta, pero no pensaba dejar que lo hicieras.

No pude evitar sonreír.

—¿Eso quiere decir que me retendrías en contra de mi voluntad? —bromeé, para aligerar el ambiente.

—Soy el hombre más egoísta del mundo, ¿recuerdas?

Que me siguiera el juego tan sólo hizo que mi sonrisa se agrandara.

—Otra de tus grandes cualidades, además de megalómano, amargado, gruñón, y endemoniadamente sexy.

—Veo que la lista va creciendo.

Yo asentí y me levanté de la cama de un salto. Toda esta plática me había dejado con un extraño sabor de boca, pero me hacía feliz saber que Yamato tampoco quería que lo nuestro se terminara. Sí, no era una relación de noviazgo, ni había compromisos de por medio, pero sin duda era algo especial para ambos. Y sí, sabía perfectamente que me cada vez me adentraba más y más a algo que probablemente terminaría en desastre, pero prefería hacerme la desentendida y simplemente dejarme llevar.

Por ahora me tranquilizaba saber que estábamos bien. Y por no perder la costumbre…

—Bueno, es hora de que me vaya a casa —dije, sin dejar de sonreír —. ¿Me llevas?

Él se levantó de la cama.

—Será todo un placer.


.

Una semana más pasó después de aquella noche y gracias al cielo, todo volvió a la normalidad entre Yamato y yo. Él no me había comentado nada sobre el artículo de la revista, por lo que decidí no tocar el tema por ahora. Tal vez él ni siquiera se había enterado.

El otoño comenzó a tornarse más y más frío con los días, y eso me hacía extrañar un poco el verano. Lo único bueno del clima era el chocolate caliente y que amaba usar mis bufandas, abrigos y sombreros. Hoy estaba fresco, pero no mucho, por lo que sólo opté por mis unas botas hasta la rodilla, leggins negros y un suéter largo color beige que me cubría hasta los muslos. ¡Un buen outfit para la feria! Sonreí. El día de ayer antes de irme de Sky Dome, Yamato me había preguntado que si haríamos algo hoy sábado, y yo le recordé que me había ganado una ida a la feria. Él no pudo negarse, aunque no se veía completamente convencido.

Eran ya las cinco de la tarde, le dije que quería llegar al lugar ya que estuviera oscureciendo, pues las atracciones se veían más bonitas bañadas en luces de colores.

—Meems, ¡ya me voy!

Salí de mi habitación para encontrarme con Yolei, que yacía en la puerta de la entrada con una pequeña maleta de mano. Iba a irse a pasar la noche y todo el día de mañana a unas cabañas en las afueras de la ciudad, con Ken.

—¿Vuelves mañana para la cena? —pregunté.

—Creo que sí, pero igual no pienses mucho en mí y disfruta de tu hombre.

—Yamato no es mi hombre —le lancé una mirada de pocos amigos.

—Ajá, lo que digas, ¡nos vemos luego! —me guiñó un ojo —. Ken ya me espera en el auto.

Dicho esto, salió del apartamento y cerró la puerta tras de sí. Yo negué con la cabeza, volviendo a mi habitación. Mi amiga no se sacaba de la cabeza que entre Yamato y yo había algo más. Pero ya lo vería en la reunión de Sora —que era el próximo fin de semana—, y ahí se daría cuenta de que nuestra relación no tenía nada de sentimientos o romanticismos, como ella imaginaba.

En ese momento sentí mi celular vibrar, y al sacarlo sonreí al ver que era un mensaje de Yamato. ¡Ya estaba abajo, esperándome! Sin pensarlo casi corrí por mi pequeño bolso y salí del lugar, cerrando con llave al final. Bajé las escaleras emocionada por lo que me esperaba para este día y al salir del edificio, lo vi. Mi sonrisa se hizo más grande.

Tan apuesto como siempre. Traía encima un abrigo negro largo, con una bufanda azul grisáceo extendida en su cuello, colgando a los costados. Le hacían juego unos jeans negros y vaya, unas botas de montaña que desentonaban un poco con todo el look le daban un aspecto rebelde y sencillamente perfecto. Oh, Dios… cómo me gustaba este hombre.

—Pero si no hace tanto frío —ese fue mi saludo al acercarme a él.

—Ha estado bajando la temperatura en la noche, ¿segura que con lo que llevas será suficiente? —me preguntó a mí.

Yo asentí.

—Estaré con la adrenalina a tope en las atracciones de la feria, ¡frío es lo que menos tendré! —aseguré. Y luego me percaté de que estaba recargado en su flamante Bugatti Veyron.

Sólo Yamato Ishida podía opacar un auto así con su presencia. Ni siquiera lo había notado al quedarme anonada mirándolo a él.

—¿Hoy no nos lleva Ryo? —exclamé, sin dejar de sonreír.

—No, le di el día libre —contestó —. Hoy conduzco yo.

Me acerqué a él y me colgué de su brazo. No me iba a rendir. Algún día quería conducir este auto, y aunque ya sabía que se iba a negar, le puse mi mejor cara de súplica.

—¿Podría conducir yo? —pregunté, batiendo mis pestañas con insistencia.

Él me miró durante unos segundos, y yo no podía creer que no me hubiera dicho que no al instante. En cambio, parecía estar considerándolo.

—De verdad quieres conducir el auto, ¿cierto? —me preguntó.

¡Dios mío! Realmente lo estaba considerando.

—¡Sí! —dije, emocionada —. ¡Prometo que no le pasará nada!

Entonces, lo inimaginable sucedió. Sacó la llave del bolsillo de su gabardina y la extendió hacia mí.

—Todo tuyo.

¿Qué? ¿Así sin más? ¿Ni una amenaza? ¿Nada? ¡Pero qué cambio! Hace varias semanas parecía completamente negado a la idea de dejarme conducir el Bugatti, es más, ¡me decía que no antes de que yo terminara de preguntárselo! Pero hoy me estaba dando las llaves… y yo no iba a desaprovechar mi oportunidad.

Las tomé, gustosa.

—¡Gracias!

Y me lancé a abrazarlo de un salto, pero lo sentí ponerse rígido ante mi gesto, por lo que me separé. El abrazo duró menos de cinco segundos. Uff, era una idiota. Teníamos límites y tenía que respetarnos. No debía dejar que la emoción se apoderara de mis acciones.

—Sube al auto, Ishida —dije, riendo y oprimiendo el botón para abrir las puertas.

Caminé hacia el lado del piloto y ya podía sentir la adrenalina subir por mis venas. ¡Iba a conducir un Bugatti Veyron! Una vez dentro, encendí el motor y mis sentidos se intensificaron. Esta iba a ser una experiencia que no olvidaría. ¡Moría por llegar a carretera, ahí podría acelerar!

—Te están brillando los ojos —dijo Yamato, ya sentado a mi lado —. No sabía que te gustaran los autos…

—No era muy fan, pero mi papá en sus últimos años fue nombrado Director de una agencia que manejaba toda clase de autos deportivos. Aprendí mucho de él y me contagió el gusto —le conté, nostálgica al recordar aquellos tiempos —. ¿Listo para irnos?

Tardó un poco en responder.

—Ni un solo rayón, Mimi.

Oh, ese sí sonaba más como él.

—Entendido —contesté, risueña.

Pisé el acelerador y podría jurar que mi euforia fue subiendo al ritmo que la aguja del velocímetro subía. O sea, muy, muy rápido.


.

Llevábamos ya una media hora de camino, el sol apenas había comenzado a meterse y la plática estaba siendo bastante fluida y amena. Me encantaba estar así con Yamato. Me encantaba estar conduciendo este auto y más me fascinaba que me haya tenido la confianza de dejarme hacerlo. Eso marcaba una gran diferencia entre nuestra relación (disfuncional) de antes y la actual, ¿cierto?

Eso me gustaba pensar a mí.

—No, no, no, ya te había dicho que hoy sería una noche exclusiva de feria, nada de… —una nueva canción comenzó a sonar en la radio, distrayéndome —. ¡Oh! ¡Adoro esa canción! —exclamé, subiendo el volumen y comenzando a cantar a todo pulmón.

—Me sorprende tu habilidad para cambiar de tema de un segundo a otro —dijo Yamato —. Aunque ser tan distraída no puede ser bueno.

Lo miré de reojo, estaba sonriendo de medio lado.

—¡No me harás dejar de cantar! —respondí rápidamente, y continué con lo mío.

—No te pedí que dejaras de hacerlo. Ya sé que no lograré nada —exclamó, poniéndose serio después —. Pero pon atención en el camino, concéntrate en conducir y no tanto en cantar.

—¡No pasa nada, hombre! —dije entre estrofa y estrofa —. ¡Disfruta la música!

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Qué esa no era la vuelta para la feria? —preguntó Yamato.

Miré hacia la derecha y, efectivamente, vi cómo pasábamos la curva que daba a la feria.

—¡El GPS no me avisó! —gruñí.

Entonces miré el aparato, que al contrario de lo que yo pensaba, sí que me había avisado. Había varias notificaciones y el camino que justo me acababa de pasar estaba marcado.

—Claro que te avisó, pero por estar "disfrutando la música" a todo volumen, no pudimos escuchar —ahora sonaba ligeramente molesto —. El siguiente retorno está algo retirado, pero estará bien si pones atención y das vuelta donde debes —dijo esas últimas palabras en tono golpeado, apagando la radio.

—¡Bueno! No te enojes, es sólo un ligero contratiempo —bramé, y de pronto vi una calle a la derecha que parecía estar en paralelo a la que me había pasado —. ¡Mira, vamos por ahí! Seguro llegamos más rápido.

—No, Mimi, lo mejor será…

Pero yo ya había dado vuelta.

—Tranquilo, todas estas calles de la carretera están construidas con la misma estructura —eso era lo que me había dicho Ken —. Si seguimos por el camino y luego giramos a la derecha, regresaremos a la calle de la feria.

—Me impresiona tu seguridad al hablar, pero el GPS no indica lo mismo —contestó —. Además, este camino no es para el auto.

No quería darle la razón, pero ahora estaba algo nerviosa. No podía estar segura de que esta desviación mía nos llevaría a la feria, y efectivamente, este camino no era ni para este auto ni para ningún otro. El pavimento de la calle estaba hecho un desastre, había pozos, charcos y lodo a montones.

No tenía que ser un genio para saber que el auto se estaba embarrando.

—Mimi, mejor detén el auto y yo llamo a Ryo, no quiero que esto termine en un desastre —sonaba molesto, pero se estaba conteniendo.

—Si llamas a Ryo perderemos poco más de cuarenta minutos, además le diste el día libre —traté de sonar calmada —. Mira, bajaré la velocidad y ya está. Si no llegamos a la feria, mínimo llegaremos a la autopista, de ahí ya no puede ser tan difícil.

—Si hubieras tomado el retorno, esto no estaría pasando.

—Ya, pero no lo hice —respondí, ahora tomando su mismo tono —. Tranquilo, ya casi salimos de aquí.

—Vamos a pinchar, Mimi. Y eso no me va a gustar.

—¡No seas tan pesimista!

Continué conduciendo con lentitud y cuidado, pero se escuchaban los charcos de agua que pasábamos y ya podía imaginar todo el lodo que seguramente se había embarrado en el Bugatti. Uff, Yamato me iba a matar. Y entonces, como si el cielo quisiera burlarse de mí, el auto hizo un movimiento extraño que ocasionó que perdiera levemente el control del volante. Yamato me lanzó una mirada reprobatoria y yo opté por disminuir la velocidad y frenar. Mierda...

—Creo que hemos pinchado —dije, mordiéndome el labio y mirándolo de reojo.

El gesto de Yamato se descompuso. Oh Dios, de verdad estaba enojado. Sin decir nada, se quitó su abrigo y lo dejó en el asiento, y después salió del auto como una fiera. Yo lo seguí, algo temerosa. La llanta pinchada era justo la delantera del lado del piloto, pero no se veía tan mal. Bueno, sí miraba también todo el lodo que estaba embarrado en el Bugatti, sí que se veía mal. A quién quería engañar, ¡esto era un desastre!

Ahora me sentía horrible. Por fin me había prestado el auto y, ¿qué hacía yo? ¡Asegurarme de que no lo volviera a hacer!

—Eh, Yamato, lo siento, pero no es tan malo como parece… —dije, al ver que él no hablaba.

Pero no me contestó. Con su cara de pocos amigos se dirigió hacia la parte de atrás del Bugatti, abrió el maletero y sacó la rueda de refacción. Yo lo seguí, dispuesta a ayudar.

—¿Puedes quitarte de en frente? —exclamó, mirándome —. Tengo que cambiar la llanta.

Sus palabras me molestaron y me hirieron un poco. Y se notaba que esa era su intención.

—¿Y tienes que ser tan grosero? —respondí, cruzándome de brazos.

Yamato suspiró.

—Mimi, me estás colmando la paciencia. Acabas de arruinar lo que queda del día. No lo arruines más.

Me dolía, y más porque sabía que tenía razón. Yo fui la que se pasó la vuelta a la feria, yo fui la que se empeñó en meterse en este camino, ¡pero no soportaba que me estuviera hablando así!

—¡El día lo estás arruinando tú! —espeté —. ¡No seas tan exagerado! Sólo se ha pinchado una rueda, ¡no es el fin del mundo!

—No lo es, pero nada de esto hubiera pasado sí…

Le arrebaté la rueda de las manos, dejándolo callado.

—El hubiera no existe —dije, comenzando a caminar hacia la llanta pinchada.

—¿Qué demonios estás haciendo? —exclamó, siguiéndome.

—Voy a cambiar la rueda, ¿qué no ves? —respondí, en tono contundente—. No soy la princesita rosa que piensas que soy, sé valerme por mí misma y claro que sé cambiar una rueda.

Yamato me miró. Yo lo miré. El sol estaba a punto de desaparecer y, ahora sí, podía sentir el frío creciente de la noche.

—Muy bien, la vas a cambiar tú —dijo, caminando hacia el maletero para sacar las herramientas —. Pero lo harás tú sola —y me las entregó.

Sin más, se alejó de ahí y caminó hacia el árbol que estaba al lado del camino, recargándose. Uff, quería ahorcarlo. Pero bueno, yo nos había metido en esto, y yo misma tenía que sacarnos. Mi padre me había enseñado a cambiar llantas. Recuerdo que a los doce años le hice un berrinche, pues no quería aprender a hacer cosas "de hombres", pero él no me había dado otra opción.

Ahora se lo agradecía.

Puse el gato automotriz debajo del Bugatti y comencé a hacer palanca para subirlo. Ya no tenía frío, el constante movimiento hacía que entrara en calor. ¡Pero madre mía! Era una debilucha, estaba haciendo demasiado esfuerzo tratando de quitar la rueda, y cuando al fin lo logré, ya no quedaba aire en mis pulmones.

Sonreí triunfal y me dejé caer de sentón al suelo, sólo para darme cuenta de que estaba toda embarrada de barro. En el cabello, en la ropa, y especialmente en las manos. Qué asco. Estaba a punto de gritar de la frustración, pero debía continuar, por lo que tomé la rueda de refacción y me levanté, acomodándome sobre mis rodillas. Justo iba a comenzar con mi labor, cuando sentí las fuertes manos de Yamato sobre mis brazos. De un ligero estirón me levantó y yo quedé de pie, mirándolo, confundida.

—Ya me demostraste que sabes hacerlo —dijo —. Pero ya no puedes ni con tu alma, así que deja que yo termine de cambiar la rueda, ¿está bien?

Ahora me estaba hablando en voz suave, como si temiera que me fuera a romper. Y quería decirle que no, pero estaba tan sucia y frustrada, que sólo atiné a asentir.

Me dirigí hacia el árbol para observarlo, sorprendiéndome de lo fácil que parecía resultarle la labor. ¿Quién diría que Mister Evermore sabía cambiar una llanta? No era algo que los empresarios multimillonarios hicieran, ¿o sí? Este hombre era eficiente y muy competente en todo. Y en menos de cinco minutos, Yamato terminó, subió al auto y lo encendió.

—Vamos, Mimi.

Yo entré y lo miré. También estaba algo sucio, pero nada comparado con el desastre que era yo. Sabía que en su interior se estaba muriendo por sus lujosos asientos de piel ahora llenos de barro, y también sabía que se estaba conteniendo para no hacer algún comentario que me hiciera sentir mal.

Pero era obvio que seguía molesto. Yo tampoco estaba de humor ya, la verdad.

Yamato condujo con cuidado en lo que restaba del puñetero camino hasta que al fin salimos a la autopista. El sol ya se había metido, pero aún no estaba oscuro. Malo que ya no sabía si tenía ganas de ir a la feria, estaba muy cansada. Además, esta autopista, al igual que el camino anterior, se encontraba desértica. No se veían autos cerca de nosotros, ni tampoco establecimientos.

Entonces pudimos ver una gasolinera con una tiendita de conveniencia al lado. Yamato se estacionó allí sin decir nada y bajó del auto.

—Voy a comprar una botella de agua, ¿quieres algo? —me preguntó.

—Agua, también —respondí. No me había dado cuenta de que realmente tenía sed.

Se giró y caminó hacia la tienda, introduciéndose en ella. Yo me recargué en el asiento, sintiéndome sucia y fastidiada. Tenía que respirar hondo y calmarme. Sí, eso, respirar. Salí del auto y cerré los ojos, inhalando el aire fresco del ambiente. Y al abrirlos, me topé con una manguera frente a mí.

Sin dudarlo corrí hacia ésta y abrí la llave. Un chorro potente de agua comenzó a salir y lo primero que hice fue lavarme las manos, sintiendo alivio al ver la suciedad irse. Tomé agua entre mis manos y, sin soltar la manguera, me salpiqué el rostro, retirando cualquier rastro de lodo. Era tanta la delicia que sentía, que ya no me importó meter mi cabeza bajo el chorro de agua para quitar la tierra de mi cabello. Glamour, ¡cero!

—¿Se puede saber qué estás haciendo?

Estaba tan inmersa en lo mío, que escuchar su voz a mis espaldas tan de repente, me hizo pegar un grito al cielo, y todo lo demás sucedió muy rápido. Al mismo tiempo que grité, salté del susto y me giré sobre mis talones, apuntando de lleno el chorro de agua hacia él.

Mierda.

Bajé la manguera. La cara de estupefacción de Yamato era un poema. Estaba completamente descolocado y me miraba como si no pudiera creer lo que acababa ocurrir. Una sensación de miedo por mi vida recorrió mis venas, pero pronto fue reemplazada por una risita nerviosa que no pude controlar. ¡Esto era demasiado ridículo!

Una carcajada salió de mi garganta y tuve que taparme la boca para contenerme. Dios, ¿por qué todas nuestras expediciones fuera de la rutina tenían que salirnos tan terriblemente mal? ¡Y las risas no paraban!

—Te parece muy gracioso, ¿no?

Tardé dos segundos en darme cuenta de que el tono en la voz de Yamato no era de enojo, más bien sonaba… ¿divertido? Y sorprendiéndome, puso la bolsa de botellas de agua en el suelo, me arrebató la manguera y me apuntó, empapándome entera.

—¡Estás loco!

Grité, reí y corrí alrededor del auto mientras él me perseguía con el chorro de agua apuntado hacia mí. Durante varios minutos nos peleamos con la manguera, corremos, nos mojamos, y nuestro enojo va desapareciendo gradualmente, junto al barro y la suciedad.

¡Y Yamato estaba riendo! Sus risas se mezclaban con las mías y yo podría jurar que nunca había oído un sonido más bonito en toda mi vida. No lo había escuchado reír así desde que éramos unos niños. Hoy día podría ser un empresario respetado y aparentar más edad con su actitud de hielo, pero ciertamente, tan sólo era un joven de veinticinco años con demasiadas responsabilidades. Y ahora no quería que dejara de reír. Su risa me hacía flotar, me llenaba por completo y me contagiaba.

Yamato, voy a asegurarme de que rías más seguido.

—¡Mi turno! —exclamé, corriendo a quitarle la manguera.

Pero al parecer era hora de que hiciera gala de mi torpeza (y el suelo estaba mojado), pues me resbalé y al tratar de mantener el equilibrio, me deslicé hacia atrás, cayendo de sentón al suelo y soltando un grito de dolor por el golpe.

—¡Mimi! —bramó Yamato, agachándose para quedar a mi nivel —. ¿Estás bien?

—Ow… sí… —reí —. Sólo fue un resbalón…

—Eso te ganas por actuar como una desquiciada y arrojarme agua de la nada —me dijo, pasando una mano por mi rostro para quitarme el cabello mojado de la cara.

La gentileza de su tacto me erizó toda la piel. Le sonreí.

—Podrías haber respondido de modo civilizado, nadie te obligó a perseguirme con la manguera… —contesté, recargándome contra el auto.

—Es increíble que siempre tengas una contestación para darme la contra… —dijo, retirando la mano de mi rostro.

Pero no retiró su mirada. Y sus ojos me hipnotizaban tanto, que no había visto algo aún más bello que éstos mismos, hasta que bajé la mirada, abrumada. Y fue como si una corriente de aire me golpeara de lleno, acariciándome y dejándome sin aliento a la vez. Yamato estaba sonriendo. Y no era una sonrisa torcida de esas engreídas que le salían tan bien. No era una sonrisa sarcástica, ni una como las que solía dedicarme. Esta era la primera sonrisa de verdad, la primera sonrisa sincera que veía en Yamato, y era toda para mí. Podría jurar que mi corazón se saltó un latido.

—¿Por qué me miras así? —preguntó él, sin dejar de sonreír.

—Es sólo que… creo que debería pinchar las ruedas de tu auto más seguido… —contesté con una timidez que no supe de donde salió.

Y él soltó una risa sin una sola gota de sarcasmo ni ironía. Una risa totalmente nueva para mí. Y me miró, me miró, y me miró. Sus ojos clavados en los míos casi me hacen perder la noción del tiempo y del espacio, pero el insistente hormigueo en mi estómago me hizo hablar.

—¿Por qué me miras así? —ahora pregunté yo.

—Es sólo que… a veces tengo que mirarte bien para asegurarme de que estás aquí —hizo una pausa —. Hay momentos en los que te veo y todavía no puedo creer que seas real…

Sus palabras me hicieron despegar a otro universo, explotando al rozar las estrellas, plena y dichosa. No sabía si para él tan sólo eran palabras cualquiera, pero para mí, eran las palabras más bonitas que alguien me hubiera dicho jamás. Y tuve que cerrar los ojos para serenarme.

—Mimi, estás temblando de frío —dijo, levantándose del suelo y caminando hacia la puerta del auto, sacando su abrigo.

Vaya, de hecho, estaba empapada y temblando, no me había dado cuenta. Tampoco me importaba.

Me ofreció su mano y yo la tomé, y me apoyé en él para levantarme. Entonces extendió su abrigo para ponerlo sobre mis hombros, inundándome con su aroma a pecado. Al más delicioso de los pecados. Una calidez inigualable se apoderó de mi cuerpo, y presentía que el abrigo tenía poco que ver.

—Ya es tarde y creo que no estamos en condiciones de ir a la feria... —dijo él.

—Sí.

—¿Te parece si volvemos a la ciudad?

—Sí.

En ese momento la única palabra en el mundo era . A todo . Incluso si me decía que nos fuéramos a la luna y no volviéramos.

Sí, Yamato. Sí, sí, sí.


.

Gracias al cielo, logré salir de mi trance en cuestión de minutos, y el camino de regreso a la ciudad fue bastante agradable. Como siempre, nuestra plática fue casual, ligera y continua, y los dos la estábamos pasando bien. El GPS nos guió de regreso y ya comenzaba a reconocer las calles. Vaya día. Me alegraba que hubiera terminado bien.

—Todavía es temprano, podríamos cenar algo… —dijo él de pronto —. Puedo llamar a Dorothea y decirle que nos prepare algo.

Una idea cruzó mi mente.

—¿Y si esta vez cocino yo? —pregunté, mirándolo —. Yolei pasará lo noche con Ken. Vamos a mi apartamento y te prometo una cena deliciosa.

Él pareció meditarlo durante unos segundos.

—¿Segura? También podemos ordenar algo, o…

—No te va a pasar nada si comes algo preparado por mí —exclamé, sabiendo que lo que le incomodaba era la idea de salirse de su zona de confort —. Anda, vamos a mi apartamento.

—Está bien, vamos.

Después de unos minutos, al fin llegamos al edificio y yo me puse algo nerviosa. Oh Dios, hace mucho que no llevaba a un hombre a mi casa, desde Michael (y eso era algo que no quería recordar ni ahora, ni nunca). Yamato venía caminando detrás de mí, y yo parecía una adolescente hormonal de tantos nervios. ¡Calma, Meems! Al llegar a la puerta, introduje la llave y entré, esperando a que él pasara para cerrarla.

—Bienvenido —dije —. Mi casa es tu casa, así que ponte cómodo.

Yamato caminó unos cuantos pasos más y examinó el lugar con la mirada, yo me quité su abrigo y lo colgué en el perchero. Ya no estábamos mojados, ni tampoco escurriendo, por lo que dejé pasar la opción de ofrecerle la ducha. Este lugar no era como su penthouse en Sky Dome. Yo no tenía un baño de huéspedes, el mío era color rosa y estaba cubierto de productos para damas.

—¿Se te antoja una lasagna? —pregunté, encaminándome hacia la cocina a la vez que recogía me cabello en una coleta —. Puede ser eso o…

—Lasagna está bien —me cortó, siguiéndome a la cocina —. Lo que sea que prepares estará bien.

Iba a sonreír por su comentario, pero siguió hablando.

—Pero ten en cuenta que me dijiste que cocinarías la mejor cena que haya probado jamás —dijo, ahora sí, sonriéndome de medio lado —. Así que mis expectativas serán muy altas.

Le lancé una mirada de falso odio.

—¡Estoy segura de que esas no fueron mis palabras! —contesté —. Pero Mimi Tachikawa no se retracta de un reto, así que siéntate y espera a probar la cena de tu vida.

Él tomó asiento en la pequeña mesa para tres que teníamos en la cocina y yo puse manos a la obra. Encendí el horno, saqué todos mis ingredientes, mis herramientas y demás, y comencé a cocinar. La verdad, justo ahora no me encontraba nerviosa, tenía confianza en mis habilidades culinarias y todo siempre me salía mejor cuando cocinaba para alguien.

El ambiente mientras preparaba la lasagna fue ameno. Yamato de repente preguntaba algo y viceversa, luego yo me ponía a tararear y él a revisar sus pendientes en su iPhone, después la plática volvía, y así sucesivamente. Estaba relajada y él también, y eso me hacía feliz. Convivir así con Yamato era algo que hace un mes nunca pensé que llegaría a ser posible.

Y sin embargo, aquí estábamos.

—¡Está lista!

Después de sacar la lasagna del horno, serví dos platos y para tomar, limonada. En casa no teníamos esos vinos tan elegantes que él solía tomar con la cena, pero daba igual. Si iba a volver acá, tenía que acostumbrarse. El pensar en esa idea me hizo sonreír. Me senté en la mesa frente a él, situé mis manos debajo de mi barbilla y lo miré, expectante.

—Anda, prueba —dije, sonriente.

Él parecía divertido.

—Tienes mucha confianza en tu comida, Tachikawa —exclamó, comenzando a partir un pedazo de lasaña —. Ya te diré yo si esta lasagna es tan buena como las que he probado, y déjame decirte…

—Sí, sí, sí, seguro has ido a Italia y toda la cosa, no importa —lo interrumpí —. La comida hecha con el corazón tiene un sabor diferente, ya lo verás.

—¿Te han dicho que eres demasiado cursi?

Le saqué la lengua.

—Prueba.

Y así lo hizo, dio un bocado a mi lasagna y yo no despegué los ojos de su rostro. La sonrisa engreída que traía en su boca se fue borrando al tiempo que masticaba. Sus ojos se fueron abriendo hasta quedar como platos y, al tragar, quedó boquiabierto.

—¿Y bien? —pregunté.

—Mimi… —parecía estar buscando las palabras —. Esto… de verdad es lo mejor que he probado en mucho tiempo. Es decir… no creería que tú la hayas preparado de no ser porque te vi hacerla.

Sonreí triunfal.

—¿Tan sorprendido estás? —exclamé —. Te dije que sabía cocinar.

—¡Y vaya que sí! —realmente parecía sorprendido —. Es impresionante, tiene un sabor exquisito y una consistencia perfecta.

Vale, ahora me estaba apenando.

—Sí, bueno, me alegra que te guste —contesté —. La hice para ti.

—Gustar es poco —dijo, comenzando a preparar otro bocado de la lasaña con los cubiertos—. Definitivamente, tendrás que invitarme la cena más seguido.

Yo asentí, sin dejar de sonreír.

—Será todo un placer.


.

No habría sido una noche normal entre Yamato y yo si no hubiéramos terminado en la cama. Después de la cena nos habíamos quedado platicando un rato en la cocina, y luego lo invité a la sala a ver alguna película, pero ese plan no funcionó, pues a los cinco minutos ya lo tenía encima de mí, devorando mi boca en el sillón.

Al final, habíamos terminado llegando entre besos y caricias a mi cuarto, y ahora yacíamos sin una sola prenda de ropa, teniendo sexo en mi cama. Era la primera vez que tenía sexo en esta cama, y vaya que estaba disfrutándolo. Las manos de Yamato sobre mi piel desnuda me encendían por completo, al igual que mis besos sobre su torso lo hacían soltar gemidos de placer.

—Ah, Mimi… —jadeó en mi boca —. Me vuelves loco…

Adoraba todo lo que me decía cuando estábamos así, me hacía estremecer y sentirme la mujer más hermosa del mundo. Nos besábamos, nos tocábamos y nos acariciábamos. La anticipación se estaba arremolinando en mi vientre, y ya no podía aguantar ni un segundo más sin sentirlo dentro de mí.

—Yamato… por favor… —mi voz sonó a súplica.

Él sonrió contra mi boca y no esperó para complacerme, pues se posó entre mis piernas y de una embestida entró en mí, sacándome un grito de auténtico placer. Ah, nunca me iba a cansar de esta sensación. Es más, la necesitaba en mi vida. Estar conectada con Yamato era algo simplemente sublime. Intenso, ardiente y abrumador.

La sincronía de nuestros movimientos era perfecta, cada vaivén lanzaba una corriente eléctrica a las entrañas de mi cuerpo, y yo sólo sentía como mi corazón latía más y más fuerte con cada segundo que pasaba. Como si quisiera salirse de mi pecho. Era una sensación tan aplastante, que dolía. Pero no era un dolor físico, era una clase de dolor delicioso y que no quería dejar de sentir.

—Vamos, Mimi, déjate ir…—susurró a mi oído.

Sus palabras funcionan como detonante y me hacen estallar de forma escandalosa, arrolladora, en un millón de pedazos en torno a él. Pude sentir cómo él también se dejaba ir a la vez que deslizaba sus dedos sobre mi piel. Su caricia resonó en todo mi cuerpo.

Dios mío, había sido maravilloso. Como siempre.

Yamato se dejó caer encima de mí, y los dos cerramos los ojos para normalizar nuestras respiraciones. En cuestión de minutos pude serenarme, pero mi corazón seguía latiendo como si quisiera que todo el mundo lo escuchara. No tenía fuerzas para abrir los ojos, estaba cansada y el exquisito olor de Yamato no me permitía salir de mi estado actual de delirio.

Su cuerpo seguía cálido sobre el mío y yo no podía dejar de sonreír.

Pero todo momento de dicha tiene que acabar, y el mío lo hizo cuando Yamato se incorporó y comenzó a buscar con la mirada su ropa.

Yo sentí como si se me estuviera yendo la vida de las manos. Sentí como si mi cuerpo se hubiera congelado cuando el suyo se alejó. Y sentí como mi corazón comenzaba a doler. Entonces lo supe, no quería que se fuera. Quería que se quedara aquí, recostado conmigo hasta quedarme dormida. Y quería amanecer en sus brazos.

¿Por qué quería todo esto? ¿Qué me estaba pasando?

Un nudo se formó en mi garganta.

Yamato hizo ademán de levantarse, pero giró su rostro al sentir que lo tomé del brazo, deteniéndolo. Había sido una acción involuntaria, pues no me di cuenta de cuándo sucedió. Pero ahora tenía su atención. Tal vez… podría pedirle que se quedara, ¿no?

—¿Pasa algo? —me preguntó. Su voz era suave y aterciopelada. Música para mis oídos.

No. Él me lo había dejado claro, esto no era parte del trato, y lo que menos quería era que se alejara de mí. Lentamente solté su mano y acurruqué las mías contra mi pecho. Le dediqué un intento de sonrisa.

—No, no es nada, uhm…

¿Podrías quedarte a mi lado esta noche?

No, no, y no.

—¿Segura?

No.

—Nada, vete con cuidado, ¿sí? —contesté —. ¿Y podrías cerrar tú? La puerta de la entrada tiene candado por dentro..

Hubo un ligero cambio en la expresión de su rostro, pero no pude definirlo, pues se compuso al instante. Después asintió. Se levantó de la cama y rápidamente se vistió, y cuando estuvo listo, caminó hacia la salida de la habitación y se detuvo en el marco de la puerta.

—Descansa —me dijo —. Gracias por la cena.

Y desapareció de mi vista. Segundos después, escuché la puerta principal cerrarse.

Nunca me había sentido más sola. Los oídos me zumbaban, los ojos me ardían, y de pronto todo estaba oscuro. No supe de donde vino lo que siguió, pero tuve que taparme la boca con ambas manos para reprimir un sollozo que me desgarró la garganta. El ardor en mis ojos se intensificó y pequeños espasmos descontrolados se apoderaron de mi pecho.

Yamato.

Una sola lágrima rodó por mi mejilla y fue como si ésta hubiera roto una barrera, pues de esa siguieron miles de lágrimas más, mojándome el rostro por completo. Me abracé a mí misma y ya no me esforcé por reprimir mis sollozos. Después de todo, nadie podía escucharme. Estaba sola. Él se había ido. Él nunca iba a quedarse. Y dolía mucho. Siempre había dolido, pero no me había permitido aceptarlo. ¿Qué diferencia había ahora? No estaba segura, pero ya no podía reprimir el dolor. No podía dejar de llorar. Había incluso comenzado a hipar.

Mis lágrimas fluían una tras otra y no me importaba, pues era la única manera de sofocar un poco el sufrimiento. Pero nada era suficiente, ni todo el llanto que pudiera llorar lograría hacer que todo volviera a estar bien. Y es que ya no había nada que hacer. Ya no había marcha atrás, no cuando mi corazón clamaba el nombre de Yamato a gritos.

Estaba perdida.

Desde un inicio supe que el día en el que derramara una sola lágrima por él, estaría perdida.


.

Notas de la autora:

¡Hola a todos! ¿Cómo han estado? Espero que bien :). Como prometí, dos semanas y nuevo capítulo. Créanme que podría escribir más seguido, pero me he puesto a ver series (cosa rara en mí, la última serie que vi fue FRIENDS, hace muchos años XD). ¡Y es que no veo series! Pero estas dos me las han venido recomendando desde hace tiempo y quise darles una oportunidad, no pensé que me fueran a gustar, pero ahora LAS AMO y les dedico todo mi tiempo libre. Hablo de Once Upon a Time y Game of Thrones. Sip, he perdido tiempo valioso de escritura viendo todas las temporadas de ambas series XD, aún no acabo la tercera de GoT, así que no spoilers ;9.

Ahora lo importante, espero que les haya gustado el capítulo. Fíjense que este es uno que realmente me gustaría compartir en el POV de Yamato. Mimi no puede ver a través de él, por lo que pensamos que es la única que sufre, y pues... me gustaría que vieran todo lo que está pensando y sintiendo el Ishida. En fin, centrándonos en los sucesos, pues comenzó con una deprimida castaña, pero esa misma noche las cosas se arreglaron y bueno, sólo les digo que escucharán más sobre Catherine Belcourt. Oh, y en este capítulo Yamato soltó algunas frases que dejaron noqueada a Mimi, y la mujer está hecha un caos. No quiere alejarse de Yamato, mas sin embargo, si sigue así, va a terminar muy, muy lastimada. Claro, el capítulo también tuvo sus momentos lindos, graciosos y llenos de risas, pero el drama los opacó un poco, oops.

Ahora, lo pondré a votación. ¿Quieren el próximo capítulo o el POV de Yamato para la próxima actualización :9? Se los puse "fácil", ya que no dejé el capítulo en una escena de muerte, como el pasado xD. Pero ustedes díganme, haha. Sería el POV de Yamato del primer capítulo, y tal vez abarque un poco del segundo. Ya luego escribiré su POV de la primera vez que tienen sexo, para que vean lo que sintió nuestro rubio querido. Por ahora díganme en sus reviews qué quieren que les traiga.

Y bueno, como siempre, gracias por escribirme y por tomarse el tiempo para hacerlo, ¡son un amor y me quiero casar con ustedes (?)! Haha, casi, creo que seríamos un buen matrimonio, siempre me están haciendo sonreír :'D, aunque yo soy malvada y las hago sufrir, err. Haha, bueno, ya les contesté a todos. ¡Nos seguimos leyendo por acá! Mil gracias por el apoyo.

Por ahora me retiro, mis amores.
Rolling Girl
aka: Gravi ~


Reviews sin cuenta:

Mica: ¡Sí, no dudes que seguiré escribiendo! No me gusta dejar sin terminar las cosas que inicio. Podré tardar un poquito, pero ten por seguro que la seguiré. ¡Gracias por escribirme!

Sdgs: AAAH, haha, no mueras XD. ¡Me alegra que te esté gustando tanto la historia! Y sip, Mimi pensaba que las cosas iban viento en popa, pero tuvo que aparecer Catherine Belcourt. Ya luego la conoceremos más. Hoho, y no dudes que seguiré posteando. ¡Gracias por tu review! Un beso.

Tity: Hello beautiful, haha, no te preocupes por tardar, yo sé que a veces uno no tiene tiempo de nada (o la flojera ataca XD), y omg, ¡feliz cumpleaños atrasado! Espero la hayas pasado bien con tus amigos y familia, en serio, muchísimas felicidades, ¡te mando un abrazo cumpleañero! Y wah, también espero que la gripe ya se haya ido por completo, y si no, mejórate pronto. Y sobre el capítulo, haha, aw, ¿crees que Matt necesita excusas para meterse a la cama con Mimi XD? Yo creo que no, creo que realmente le gusta llevarla a cenar (?). ¿Y sabes? Yo no creo que la haya llevado tan pronto a su departamento, siento que a cómo van las cosas, era la única opción (you know, cero hoteles para Mimi XD). Sobre Catherine por ahora no haré comentarios, pero puedo asegurarte que estará muy presente. En fin, ¡gracias por tu review, Tity bella! Te mando un besho.

Rach: Sí, la innombrable ya se ha ido y no quiero saber de ella en toda mi vida XD. ¡Ya ando en papeleos de graduación! Todo bien y tranquilo, gracias por el apoyo :). Ahora, qué bueno que te gustó el capítulo y que te encante lo que escribo :'D, no sabes lo feliz que me hace saber eso. Hehe, de hecho por eso abordé el tema de una rutina, para dejar pasar el tiempo y que se viera como las cosas entre Mimi y Matt iban cambiando. Y haha, Ryo no le quiere decir Mimi a Mimi porque… pues trabaja para Matt y tiene que ser educado (?). Ya luego conocerán mejor a Ryo XD. Pero bueno, gracias por tu review, y lo repito, gracias por el apoyo constante. Eres un amor, Rach :'D. ¡Te quiero!

Erika Neita: ¡Hola! Muchas gracias por tus palabras. Sí, mi papá ya está mejor y las cosas en mi vida están tomando su lugar. Qué bueno que te gustara el capítulo y que te encante el fic, ¡me hace muy feliz saberlo! Mil gracias por tu review, te mando un beso.

Kinoto: ¡Gracias por los buenos deseos con la tesis y mi papá! Ya todo está bien y no quiero recordarlo más, haha XD. Hablemos de tu bello review, OW, ¡me alegra saber que te has vuelto adicta al update de mi historia! Leer es bueno para la salud (?), haha, lo es, lo es ;9. Y sí, prometo darle sufrimiento a Yamato, ¡tienes que ser paciente! Ya se acerca, pero sé que ustedes no pueden esperar XD, trataré de acelerar el paso a su sufrimiento, haha. ¡Gracias por escribirme! Un abrazo.

Kokoro Kokuo: Hehe, las actualizaciones no serán TAN rápidas, pero sí trataré de ser constante y hacerlas cada dos semanas. ¡WAH! Me alegra saber que te gustara tanto el capítulo. Y jo, me alegra que puedas ver más allá de lo que Yamato deja ver, sip, está más que loco por ella, pero él solito se niega a aceptarlo y pff, ya luego se dará cuenta, a ver como lo toma, es algo cabezota y tiene problemas para el compromiso XD. Y hahaha, sí, también tienes razón en que TK sabe algo, ¡pero como no conocemos el punto de vista de Yamato, nadie se da cuenta! Hahaha, sip, Takeru es un gran hermano y una gran persona :'D, no dudes en que le está dando consejos y cosas así, UFF, yo también lo amé en su faceta madura, ese pequeño rubio puede sacarnos muchas sorpresas. ¡Y no te preocupes por explayarte! Adoro leerte, mujer, siempre tienes cosas interesantes y graciosas qué decir, ¡te mando un besote!

Ley: OMG, no dejes de estudiar por leer el fic XD, aunque no debería dar consejos que ni yo misma sigo, oops, haha. Y sí, lo de la prensa tarde o temprano tenía que aparecer, pero todavía no pienso abordar el tema, ya pronto sabremos qué fue de ese tema, ¡los reporteros no se van a rendir! Deben descubrir a la chica misteriosa. Y AW, otra que cae con TK, sí, es un amor y yo también quisiera uno así en la vida real :'D, pero no existe porque la vida real es cruel (?). OH, has dado en el blanco, ¡las mujeres de Matt son rubias! Hoho, Mimi es la gran excepción. Y baw, Ken no es aburrido, pero no es un amo del sexo como Matt XD, hahaha, ¡gracias por tu review! Te mando un abrasho.

Preg: ¡Hola! Contestando tu pregunta: No, no saco mis capítulos de libros, nunca tomaría contenido de otros escritores tal cual. Pero explico, en los primeros capítulos usé como base e inspiración dos libros, los cuales menciono ahí mismo en los capítulos (en "advertencias"), a mero arriba, para que todo el mundo vea XD. Pero como dije, sólo fue en los primeros capítulos, después dejé la advertencia porque dejé de usar dichos libros xD, ¡pero ahí están los créditos, por si te interesa saber los títulos :)!

Guest: Aw, me alegra saber que pude sacarte una sonrisa con la actualización :'D, de verdad, tú me has sacado una con hacérmelo saber. ¡Qué bueno que te está gustando como avanza la historia! Y UFF, eres la única que no me quiso ahorcar por el suspenso en que la dejé XD. ¡Te mando un beso!

Valeeee: ¡Hola bonita! Huhuhu, qué bueno que te gustara tanto el capítulo, ¡me alegro! Haha, y ya te uniste al club de las que quieren matar a Catherine XD, muerte a todas las rubias. Y puff, no puedo prometerte que Mimi no sufrirá, pero sí puedo prometerte que Yamato SÍ que sufrirá. ¡Sólo espera! Te mando un besote, ¡gracias por escribirme!