Buenas a todos! Gracias a todos los que siguen esta historia. Espero les guste este nuevo capítulo y me encantaría saber que opinan sobre él y el resto de la historia.


Habían muchas cosas, sobre Jareth, que fascinaron a Armide desde el momento en que ella leyó sobre él. No era sólo la confianza que él tenía en si mismo, que se traducía al mundo en arrogancia. O esos momentos íntimos cuando estaban a solas en su habitación, cuando la mirada azul de Jareth era cristalina, cuando las palabras sobraban y sólo eran ellos dos disfrutando del silencio, contemplando alguna vista por el balcón. El hecho de que con el más simple recuerdo de su voz aterciopelada la hiciera estremecerse, o la necesidad de verlo aunque sea dos o tres minutos al día. Jareth era el Sol de Armide, era ese elemento mágico que necesitamos para vivir, que sin su luz no somos más que niños perdidos en un bosque, buscando un rastro de migas que debería guiarnos hacia nuestro hogar. Si, por supuesto que ella lo quería, lo había querido siempre, desde que sus ojos se encontraron con las primeras palabras del libro.

A pesar de lo que ella pueda demostrar tiene una gran capacidad para amar a las personas, tanto románticamente o no. Saemos, con su formalidad y cordialidad, le parecía tan simpático y querible. Sincero, sin dudas, aunque a veces distante, pero compañero de aventuras. Siempre le hacía sonreír, algo que Armide había olvidado hacer. A veces, sólo a veces, ella veía a Andros en él. Le veía y se sentía pequeña de nuevo, cuando ambos, jugaban juntos y se reían. Siempre que Armide se caía, se lastimaba o simplemente se ponía triste, él sabía como animarla, siempre, no importaba cuan adolorida o miserable se sintiese.

Andros...

Armide se secó una lágrima. Era de noche y ella se encontraba ahogándose en su mente, en un mar de pensamientos. Acurrucada en la cama ya no podía contener las lágrimas. ¿Es qué nadie se daba cuenta que ella no era tan fuerte? Siempre le exigían hasta el límite, le daban migajas de información y la empujaban al gran abismo de la incertidumbre. Y cuando por fin el Sol se ocultaba, y ella se iba a la dormir, se dejaba derrotar. Lloraba, no porque fuera débil, sino porque era humana.

La misión había quedado aplazada, de momento, hasta que Jareth hubiera arreglado sus asuntos y hasta conseguir nuevas pistas. Saemos vivía prácticamente en la biblioteca y aunque el monarca no hubiera podido encontrar el libro que él decía estaba entre la colección real, el elfo había decidido investigar por su cuenta. Al parecer era un amante empedernido de las letras, con razón trabajaba para Owen. La chica dejó escapar una leve risita, rememorando el día que se conocieron. Él venía tan embelesado y entusiasmado con las nuevas adiquisiones que ni se había percatado de su presencia.

"¡Basta!" Se gritó mentalmente la chica, con recordar no ganaba casi nada. La luna brillaba grandiosamente fuera y era la única luz en todo el cielo negro. Redonda imponente, Armide quedó pensativa mirándola. Despacito y sin apuro se bajó de la gran cama con dosel y se colocó una bata tímidamente. El gran astro generaba una atracción sobrenatural en ella y salió al balcón arrebujándose dentro del salto de cama.

Hacía rato que ella estaba mirando hacia el Laberinto, cuando algo captó su atención, una sombra se movía entre las paredes cambiantes. Armide observó un rato a la sombra, tratando de convencerse de que era un animal perdido. Pero se acercaba cada vez más. Silenciosamente se calzó unas botas de piel y tomó sus sai; cuándo ella salió del cuarto ya tenía el pelo atado y se dirigió hacia el Laberinto lo más rápido que pudo sin hacer ruido.

Desde que llegó había querido navegar entre las murallas vivientes, pero Jareth no se lo había permitido, él le dijo que el Laberinto es un ente autónomo y el guardián del Castillo Más Allá de la Ciudad de los Goblins. Dijó también que era peligroso, y que sin él ella se perdería, y que por supuesto que no tenía tiempo de andar encontrando mocosas extraviadas.

Al final tuvo que reconocer que tenía razón, puesto que ya no podía ubicarse. No recordaba dónde fue la última vez que vió a la sombra, y aunque pudiese el Laberinto ya habría cambiado borrando las particularidades del punto exacto. Atenta a los sonidos y observando en derredor, con sus ojos acostumbrados a la tenue luz de luna esperaba con las armas desenvainadas. A la espera de algún indicio. Una suave brisa le acariciaba el rostro y hacía que las ramas desnudas de los árboles se mecieran raspando la burda piedra de las paredes. El rugir de las murallas moviéndose y el canto de algún animal nocturno era todo lo que se oía, de momento. Las sombras proyectadas en las paredes por las piedras, árboles y alguna que otra planta parecían miles de manos o tentáculos, como si fueran ellas las que las movían.

Crack. El ruido de una rama seca aplastada. Armide giró su cuerpo en dirección al sonido. Nada. Ninguna sombra.

Click. Click. Click. Una piedra rebotando sobre el suelo. De nuevo el cuerpo de la chica se giró en busca del causante del sonido. Pero nuevamente encontró la oscuridad.

-Te estas haciendo buena. Armide- Una voz grave le susurró en el oído, detrás de ella un cuerpo irradiaba calor. La muchacha quedó inmóvil mientras sentía dos manos sobre sus muñecas, sujetándola con firmeza y obligándola a soltar sus armas. Cayeron no muy lejos de ella con un inconfundible sonido metálico. Entonces él la giró para verla a la cara. Armide soltó una exclamación al encontrarse con dos ojos de hielo.

-Gracias. Esdras. -Repusó ella con una media sonrisa. -Así que eras tu.

-Eso parece.- Respondió él, mientras se sacaba la capucha y ponía un paso de distancia entre ellos. La joven se frotaba las muñecas sin apartar la vista del asesino.

-¿Qué estas haciendo? ¿Por qué seguirnos en silencio?- Armide sonaba confundida.

-Trabajo.- Dijo el mientras se encogía de hombros y sus ojos celestes brillaban en la noche como dos luceros, eran hermosos y únicos. La chica pudo percibir un destello de picardía en su mirada, pero no en su voz, que era grave y profunda como siempre. Aunque a veces se suavizaba inconscientemente, era la voz de un asesino.

-¿Y qué clase de trabajo?-Preguntó la chica con los ojos entrecerrados. -Si es que se puede saber.- Agregó con un dejo de sarcasmo colocando una mano sobre su cadera y dejando la otra relajada, colgando.

-¿Crees que te haría daño?-Su voz sonaba un tanto herida, mientras acortaba rápidamente la distancia, para ponerse frente a frente. Ella desvió la mirada.

-No importa lo que crea. Todavía no estamos a mano.- Armide tensó su cuerpo ante la proximidad del individuo, y su voz sonaba dura.

-Mírame.- Le ordenó él, mientras la tomaba por le mentón y la guiaba hacia su mirada helada. -¿Me dejaste ir porque fue la Oráculo la que me envió?- Preguntó él serio.

-Si- Dijo la chica solamente.

-Mientes.- Espetó Esdras, en un movimiento brusco e inesperado él le soltó el rostro. Armide no volvió a mirarlo a los ojos, su atención se encontraba en fijar los destellos del metal de sus armas.

-Nah, nah naaha- Canturreó el asesino, adivinando los pensamientos de la muchacha. Mientras le sujetaba un brazo y se lo torcía en su espalda. Armide soltó un leve quejido, por la sorpresa y el dolor.

-No importa cuánto me hagas sangrar. Siempre el marcador estará a mi favor.-

-¿Eso crees?- Le preguntó incrédula la chica, mientras se zafaba del agarre de su agresor y daba unos pasos hacia atrás. Él la miró y se encogió de hombros, en un gesto de resignación. Aparentemente no tenía ganas de discutir.

Una inesperada ráfaga de viento los acometió fuertemente, y el nudo de la bata de Armide se terminó de aflojar luego del forcejeo. Su camisón blanco reflejaba la luz de la luna, otorgándole un brillo casí celestial.

-Siempre que te veo en la noche pareces un fantasma. - Comentó divertido el asesino, casi dejando escapar una risita. Armide lo miró confundida mientras él levantaba los sai del suelo y se los entregaba.

-Gracias.-Dijo solamente ella.

-Da igual si estas armada o no. Eso no cuenta.- La voz amenazadora del hombre le dijo mientas se acercaba peligrosamente a ella.

"Ya veremos" Quiso decir, pero las palabras le rehuían. Luego de haber "conocido" un poco más al asesino, Armide se había dado cuenta de que él era mucho muy superior a ella. Si bien había logrado impedir su objetivo aquella noche, había sido por suerte nada más. No lo quería aceptar tampoco, pero los ojos celestes de Esdras eran fascinantes. A veces parecían ir acorde a sus intenciones, otras no.

El asesino la tomó fuertemente por los brazos, apretándolos contra el cuerpo de ella, al tiempo que la empujaba contra una de las paredes. Terror corría por la sangre de la chica y algo más, algo que ella no pudo identificar. Adrenalina inyectaba sus músculos, pero la causa, era para ella el miedo. Las palmas de Armide trataban de aferrarse a las piedras que formaban el muro, tratando de mantenrse de pie.

Él la soltó y su mirada se suavizó al ver el esfuerzo de la chica para mantenerse de pie. Las piernas de Armide temblaban, escondidas tras la falda del camisón. Esdras le sonrió casi con ternura mientras la tomaba por la cintura para estabilizarla.

-No te entiendo.-

-He ahí el meollo del asunto- Dijo entre risas el asesino.

-De veras que no. Demasiado bipolar para mi gusto.- La chica se alejaba de Esdras hacia una de las nuevas aberturas.

-No parece. El Rey Bipolar te gusta.- Comentó divertido.

-Si, si, lo que digas.- Le contestó la chica, sin darle importancia. Él la tomó por el brazo y tiró de ella, obligándola a enfrentarlo. Sin darle tiempo a reaccionar él la besó. El contacto duró poco, pero fue intenso dejó en la chica un torrente de emociones tanto buenas como malas.

Esdras la vió, dentro de esos orbes oscuros, la tormenta que había desatado. Era divertido, por primera vez desde que la conocía él tenía el as bajo la manga. Él tenía la ventaja puesto que había jugado bien las cartas, ahora ella estaba tan cautivada como él.

La oscuridad los envolvía en un abrazo cálido, como si ellos perteneciesen a la noche. El viento envidioso soplaba con furia, la fuerza del ventarrón logró quebrar algunas ramas secas de los árboles. Las paredes cambiaban más rápidamente, pero Armide no prestaba atención a nada de lo que pasara a su alrededor. Solo se concentraba en la mirada gélida, en la manera en que esos ojos la penetraban. Esdras era un acertijo, un misterio, siempre había que deducir y analizar para saber lo que el quería decir. Por eso ella estaba al pendiente de cada pequeña cosa que él decía o hacía, casi con fascinación ella lo observaba.


-No eres una guerrera. Armide. Admítelo.- La voz de Jareth era calmada, suave y eso enfurecía a la chica.

-¿Pero qué dices?- No daba crédito a lo que escuchaba. No podía ser posible que él, de todas las personas él, le dijera una cosa semejante.

-No eres una verdadera guerrera. No te mientas.- Continúo él con obstinación mientras caminaba en círculos a su alrededor. - No...eres...una...gue...rre...ra- Repitió con su voz de terciopelo. -Vives en una mentira, pequeña. Crees que por saber luchar eres digna. No tienes disciplina. Lo sabes, lo sabemos. No controlas tu ira, eres violenta. No tienes propósito, no tienes que proteger. No defiendes nada. Solo esta la sed de sangre, la sed de violencia, el instinto asesino. Eso, eso eres, asesina. O un intento de ello. - Hizo una pausa en su pequeño discurso.- Dudo que hallas matado algo alguna vez, intento de asesina. -

Armide se había dejado caer en el suelo derrotada, con la espada aún entre sus manos. De rodillas en el suelo que comenzaba a humedecerse por la lluvia. Relámpagos iluminaban el cielo y un aire frío comenzaba a soplar con fuerza.

La escena era completamente irreal. ¿Por qué Jareth le haría una cosa así? Era sabido que a veces no se llevaban bien, pero esos momentos a solas, eran mágicos, como si él usara una máscara todo el tiempo pero cuando estaban solos era auténtico, no el Rey de los Goblins, sino Jareth. Simplemente Jareth. Sus ojos azules cristalinos y puros, no los orbes incandescentes que intimidan a cualquiera. Sus actitudes sinceras, aunque a veces parecieran arrogantes.

Pero el tono, ese tono tan calmado y tranquilo, y esas palabras tan duras, se le clavaban en el alma, y segregaban veneno. Era la suavidad, la musicalidad de esa voz casi angelical lo que a ella más le dolía. Le hacía pensar en el aprecio que él le tenía.

"Nulo" Pensaba. "No le intereso, ni siquiera como individuo. Me destruye con su indiferencia. ¿Es que no soy nada para él?" Bajó la cabeza derrotada, con la mirada clavada en el barro. Vencida su espada se perdía entre la tierra líquida.

-No- Susurró.

-¿No? - El eco surgió de los labios del monarca, mientras arqueaba una ceja confundido. -¿Uh? ¿No dices? ¿No qué? ¿Uh? -Ahora el tono era de burla. Armide tomó la empuñadura firmemente y levantó la punta de la espada al tiempo que se incorporaba. La mirada fue lo último que ascendió y cuando se posó sobre Jareth, éste dio un paso hacia atrás.

-No te permito que me hables así. No eres quién para juzgarme. No sabes quién soy. -Dijo con firmeza.- Tu...no...sabes...nada..- Imitó la chica.

-No tengo porque dar explicaciones sobre mis motivos, sobre mis ideales, y menos a tí. ¿Pero quién te crees que eres? No eres el centro del universo, Jareth. -El nombre se escapó de sus labios con sorna.

-Ahora enfréntate a mi como se debe o vete a practicar tus monólogos con tus súbditos. No me hagas perder el tiempo. -

-Ah, perder el tiempo. -Hizo una breve pausa.- Estoy convencido de que te gustaría estar en compañía te tus "semejantes". - Unos tenues reflejos rojizos comenzaban a aparecer sobre el cabello platinado de Jareth. Atónita la chica o observaba.

-No haré que la "Gran Guerrera Armide" pierda más su tiempo. - Sarcástico comentó mientras completaba la escena con una reverencia demasiado dramática. Entonces la muchacha rompió en carcajadas, cayó de rodillas agarrándose el estómago.

-¿De verdad?- Preguntó aún entre risas. Él arqueó una ceja y desapareció enfurecido, no sin antes patear a un goblin que pasaba por ahí.