Bella

"Los días corrían frente a mí a un ritmo vertiginoso..., pasaban junto a mí, sin prestarme la más mínima atención y yo tampoco los atendía a ellos. Muy pronto ellos me dejarían en paz, pues el tiempo dejaría de significar algo real para mí."

Desperté.

Diecinueve..., tan sólo faltaban diecinueve días. Diecinueve días para que mi vida cambiara..., en más de un sentido.

Aun no sabía qué emociones debería experimentar exactamente, ni siquiera podía precisar lo que sentía en ese momento. Miré hacia el cielo de mi cuarto, donde aún permanecía la pantalla de luz que mi padre comprara para mi años atrás, cuando todavía era una niña. Era rosada, aunque en un inicio había sido fucsia, pues los años no pasaban en vano, ni siquiera para objetos inertes e inanimados.

Incluso los motivos infantiles- los corazones y los osos- habían palidecido, y lo que en su momento me pareció lo más hermoso del mundo, bien ahora podría pasar por basura. Esa lámpara, junto con la cama y el escritorio, eran lo único que yo no había cambiado cuando volví. Me arrepentí de no haberlo hecho, pues ahora aquel objeto se empecinaba en recordarme sólo una cosa y esa era que "todo envejece". Todo se va poniendo viejo, perdiendo el brillo, la fuerza, el encanto..., hasta que finalmente no sirve más.

Pero eso no tenía por qué suceder conmigo..., no si tomaba la decisión correcta. En realidad, la decisión ya estaba tomada. Más que tomada; anunciada, publicada, autorizada y transcrita a múltiples tarjetas de invitación. Ya no podía echar pie atrás. Debía ser consecuente, debía asumir. ¿Acaso no habían sido mis labios los que pronunciaron un ? ¿No era mi propia mano la que se había ofrecido para llevar el sello de la alianza?...

Me giré hacia un costado de la cama- el que quedaba junto a la mesita de noche- y busqué entre el papeleo del último cajón. Desde que Edward y yo comunicáramos nuestra decisión a Reneé y a Charlie- quienes se lo tomaron bastante a la ligera o por lo menos, esa fue mi impresión- y se fijara la fecha para aquello, había adoptado la estúpida manía de marcar los días en un calendario. Lo mantenía allí, oculto, pues no quería que mi novio lo viera. Porque había algo más allá de todas las cosas, más allá de toda complicación y de todo prejuicio. Y ese algo era Edward Cullen..., Edward, y todo el amor que profesaba por él.

¿Qué importaba que tuviera que caminar hacia el altar bajo la mirada reprobatoria de una multitud de personas? ¿Y qué si tenía que usar un ridículo vestido retrograda? ¿O si tenía que cargar con el estigma de ser una de esas muchachas idiotas que se casan antes de terminar sus estudios? ¡Nada! Absolutamente nada. Todo aquello, que tal vez, hace un par de años atrás hubiera yo misma calificado como una zoncera, ahora cobraba un sentido diferente.

Y el sentido era él. La forma en como me miraba, con la misma pasión que en nuestros primeros encuentros, el esplendor de su sonrisa y la forma en la que titilaban sus ojos de ámbar cada vez que hablaba del día de nuestra unión eterna. Eterna, sí, porque ese día no significaba sólo dejar de ser un alma independiente o de perder el apellido de mi padre. Estábamos hablando de algo mucho más grande, pues ese sería el día en el que Edward- por fin- me transformaría.

Con el grueso marcador rojo tracé otra equis sobre el calendario; era oficial...,ahora faltaban diecinueve días para el matrimonio. Al igual que cada vez que lo hacía, me sentí culpable, pues en el fondo, muy en el fondo, sabía que no lo hacía porque me emocionara la idea, sino al contrario. Pero de lo único que estaba segura, era de que Edward me amaba y de que yo le amaba a él por sobre todas las cosas, incluso por sobre mi orgullo, mi familia, mi vida y..., de Jacob. Mi amigo. Mi mejor amigo, a quién no había vuelto a ver desde que decidiéramos tomar caminos diferentes, el día en que le visité en la Push.

Todos en la reserva estaban afectados por su partida, pero tranquilos, pues sabían que- por el momento- se encontraba bien. No así Charlie, que de hecho, se mostraba mucho más preocupado que el mismo Billy- ovbiamente porque desconocía ciertos detalles de la historia- y había dedicado gran parte de su tiempo y dinero para encontrar a Jake. Ejemplo de ello eran los múltiples folletos y carteles que empapelaban el pueblo entero, con la fotografía de mi amigo y frases como "PERDIDO", "¿HA VISTO USTED A ESTE CHICO?", "JOVEN DESAPARECIDO", "¿CONOCE SU PARADERO?", "SI LE HA VISTO,..."..., y luego venía el listado de números telefónicos de la estación de policías, incluyendo el de casa.

Jacob se había apartado de mi vida, en más de un sentido. Ha de haber creído que eso sería lo mejor para mí, mas se equivocaba. Lo único que había causado su desaparición era que yo le extrañara aun más, y que mis pensamientos volaran hacia él cada vez que Edward se ausentaba. Pensé un momento en aquello...¡Qué egoísta de mi parte! Cuando no estaba Edward, pensaba en Jacob y ahora que él se marchaba, me aferraba a Edward...

Era estúpido, ilógico y hasta cruel. Y lo peor de todo, es que yo no era así, y pensar en estas cosas me hacía daño. Sólo tenía que dejar que todo fluyera y tomara su propio rumbo. Me levanté con el cuerpo pesado y me dirigí al cuarto de baño, para tomar una ducha. Me metí en la bañera y abrí el grifo del agua fría. No me resultaba ajena la temperatura, pues me había acostumbrado a tacto de hielo de Edward y prefería eso mil veces antes de abrir el del agua caliente. Cerré los ojos, y dejé que el agua mojara mi pelo y se deslizara por mi cuerpo. Me pregunté si luego de cambiar percibiría el agua del mismo modo. No sólo el agua, el resto de las cosas también..., los aromas, los sonidos, el tacto. ¿Qué tanto podría llegar a cambiar? ¿Lo suficiente como para olvidar mi existencia como humana? ¿Cambiaría también mi sentir, mi forma de pensar? ¿Se desvanecerían mis deseos y se doblegarían ante mis ansias de sed?...

Salí de la ducha entumida de frío y me envolví con la toalla. Luego de vestirme, bajé a desayunar. Por la quietud que imperaba en la casa- y porque su coche no estaba- supuse que Charlie ya se habría marchado. Me dirigí hacia la despensa y cogí mi caja de cereal, demasiado ligera. Mire en su interior. "Perfecto"..., estaba vacía. Tuve que echar un vistazo en la nevera, donde no encontré nada más que un paquete de salchichas, un empaquetado de tocino, refresco, leche y algunos huevos.

Tenía un agujero en el estómago y la situación me irritó bastante. Claro, ahora que Charlie y yo nos encontrábamos tan absortos- cada uno con sus asuntos que atender- que ninguno de los dos había recordado ir al supermercado. El lado positivo, era que luego de transformarme no tendría que preocuparme de este tipo de cosas, y me bastaría con echar una vuelta al bosque para conseguir mi alimento. Pero no tenía la más mínima intención de morir de hambre ahora, así que opté por la leche, y me bebí un vaso entero.

Me supo agrio y me dejó un mal sabor de boca, por lo que deduje que estaba vencida. Completamente exasperada, recogí mi bolso y mi chaqueta de la percha del vestíbulo y salí de casa, en dirección a mi auto. Mi nuevo auto..., cortesía de mi vampiro favorito. Odiaba al vehículo y a cada parte de él- incluyendo el stereo- era demasiado presuntuoso, demasiado elegante, demasiado grande...demasiado. Nada lo describía mejor y se lo hice saber a Edward en cuanto me lo enseñó, mas hizo caso omiso de mis reclamos, recordándome que había sido yo la que había aceptado sus condiciones. No me había quedado más remedio que recibir su obsequio gustosa.

"A caballo regalado no se le miran los dientes..., como a auto obsequiado no se le mira el motor", había dicho Edward.

"Que un mal rayo parta al que inventó esa estupidez de refrán", había pensado yo para mis adentros.

Abrí la puerta del mercedes y me acomodé en el asiento del conductor. A penas encendí el motor, me percate de otro detalle. Tendría que hacer una visita a la gasolinería sino quería quedar botada a medio camino. Después de cargar combustible, me dirigí hacia el supermercado. Al bajarme, percibía- como a donde quiera que fuera- las miradas de los curiosos. Obviamente la atracción no era yo, sino la máquina deslumbrante que conducía. Ignoré aquello, y me aseguré de programar la alarma. Luego entré en la tienda.

Lo primero que hice fue coger un canastillo- tenía planeado hacer sólo compras para la semana- y encaminarme hacia el pasillo de los abarrotes. Tomé un caja de cereal, un paquete de tostadas y algunas galletas. Habían días en que la tensión me superaba y no había nada mejor para tranquilizarme que unos cuantos bocadillos dulces. Fui hacia la sección de los congelados, donde opté por una serie de platos congelados, entre ellos lasaña. Tenía que ir acostumbrando al estómago de Charlie para cuando no tuviera quien le cocinara. Algunos yogurths, la leche y un paquete de pasta..., estaba a punto de coger una caja de concentrado de manzana, cuando una mano se posó sobre mi hombro. Me sobresalté.

-¡Hola, Bella!- saludó Alice. Nunca hubiera esperado toparme con un vampiro en la sección de jugos, refrescos y bebidas de un supermercado.

-¡Alice!- exclamé con asombro- casi me matas de un susto...

-Ni de broma..., después de tanto cuidarte las espaldas- rió. Era verdad. Desde que formaba parte de la vida de los Cullen, no había hecho más que causarles preocupación..., pero eso cambiaría. Y pronto.

-¿Qué haces aquí?- pregunté

-Lo mismo que tú. Compro- respondió ella enseñándome su carro, el cual estaba abarrotado de comida, confites y otras cosas.

-¿Y desde cuando los vampiros gustan de Coca-cola?- inquirí con ironía señalando una de las botellas de bebida de su carro.

-Ay, tonta, !por supuesto que no es para mí!

-¿Entonces?

-¡Para mi nueva hermanita!- contestó como si fuera algo evidente- ¿es que no te lo ha contado Edward?

-No- repliqué imitándola y ella se encogió de hombros.

-De todas formas- siguió- tenía planeado invitarte.

-¿Dónde?

-A casa, esta noche...- se giró para coger una botella de jugo de piña- no faltes...

Hizo calzar la botella de forma magistral en su carro y la perdí de vista cuando dobló al terminar el pasillo. Un muchacho de cabello oscuro se le había quedado mirándo. Seguramente, se preguntaría de donde sacaba la fuerza para empujar todo ese peso, pues Alice daba la idea de ser sumamente débil y frágil. ¡Si la viera luchar!...

Pero, ¿acaso había oído bien? Ella había dicho textualmente mi nueva hermanita. Me pregunté que habría querido decir con eso. Hace dos días que Edward se había ido a cazar con Esme, Carlisle y Jasper..., ese era precisamente uno de los motivos por el cual estaba irritada. Le necesitaba, siempre le necesitaba y él lo sabía.


Caía el crepúsculo cuando Charlie llegó a casa. Sentí el ruido del motor cuando se detuvo frente a casa y me asomé por mi ventana, con la estúpida esperanza de que fuera Edward. Me desilusioné al ver el desvencijado coche de patrulla, en vez del Volvo plateado. El auto de Charlie ahora desentonaba brutalmente junto al mío. Supuse que así sería. Él se quedaría en aquella casa, en Forks, mientras que yo me iría a Alaska a darme la buena vida, por decirlo de algún modo.

Una de las cosas más difíciles que implicaba mi decisión era dejar a mi familia y amigos atrás. No podría verles más, no si ponerles en peligro. Era por eso que- como acordamos- Edward y yo partiríamos a Alaska, ya que supuestamente estabamos inscritos en la universidad. No era mentira del todo, pues efectivamente, estábamos matriculados. La asistencia era un tema completamente aparte.

Vi a Charlie desaparecer de mi vista en cuanto entró en la casa y le oí llamarme.

-¡Bella, llegué!

-Bien- contesté a viva voz- bajo enseguida...

Dejé a un lado la pila de cuadernos. Me había pasado el día revisando los apuntes del instituto, revisando, guardando lo que me serviría y desechando lo que no. Entre ellos, había hallado el cuaderno de biología, aquel que me había acompañado en mis inolvidables clases junto a Edward.

Cuando entré en la cocina, papá ya se encontraba cómodamente sentado frente a la mesa. Realmente sería muy duro para él cuando yo partiera, pues era el que más se había acostumbrado a mi presencia. ¿Quién le cocinaría el strogonoff? ¿Quién le serviría la cena cada vez que volviera de una extenuante jornada de trabajo? ¿Cómo se las ingeniaría sin mí?...Es verdad, antes de mi llegada lo llevaba bastante bien, mas ahora que se había acostumbrado a mis atenciones tendría que volver a adaptarse a la vida de soltero. No era sólo que se marchara la persona que se ocupaba de los quehaceres, era una especie de retroceso..., un retorno a la soledad. Mi único consuelo era la trillada excusa de "la ley de la vida"...los hijos dejan a sus padres..."el pajaro tiene que volar fuera - y lejos- del nido"...La diferencia radicaba en que una vez fuera, yo no podría volver al nido. Ni siquiera de visita.

Calenté rápidamente su cena- acostumbraba a servirle a él primero- mas no para mí. Se extraño cuando me vió sentarme frente a él sin servirme comida.

-¿Qué pasa, Bella?- dijo cuando hubo dado el primer bocado- ¿Estás enferma?

-No...-contesté desconcertada- ¿tan mal luzco?

-Bueno..., últimamente no te preocupas mucho por tu apariencia- hizo una pausa- de hecho, ni siquiera te preocupas por ti

-¿De qué hablas? Me voy a casar...-fue mi excusa maquinal. Mi padre frunció el ceño. A él era al que menos le hacia gracia la idea de mi boda con Edward.

-No me refiero a eso, Bella...

Me levanté de mi asiento, con la intención de cortar el tema. Sabía precisamente a dónde quería llegar.

-Voy a cenar a casa de Edward- anuncié mientras iba en busca de un vaso.

-¿Ves? ¡Es exactamente a eso a lo que me refiero!

Le ignoré al tiempo que llenaba mi vaso con agua del grifo.

-¡Has perdido por completo el juicio! ¡Ya no haces nada que no esté relacionado con ese chico!

-Ese chico- le corregí con severidad- es mi novio...

Resultaba incluso gracioso que mi padre usara el termino chico para referirse a Edward, quien le superaba con creces en edad.

-Esa no es razón para que tu vida gire entorno a él- ahora Charlie había abandonado la comida, para centrarse en lo que realmente le interesaba..., nuestra discusión. No era la primera vez que lo hacíamos. Desde que Edward me abandonara, mi padre había cambiado su percepción hacia él hasta el día de hoy, y no había modo de hacerle entrar en razón. ¿Cómo no podía entender que para mi Edward era..., indispensable?

-Sabes que no es así- tanto él como yo habíamos elevado el tono de nuestras voces

-¿A no? ¿A no? ¿Y dime, qué haces cuando tu noviecito no está? ¿Acaso no te encierras en el cuarto intentando matar el tiempo todo el día?

No podía debatirle aquello, no tenía como. Estaba en lo correcto, cada vez que él se iba de caza era como si el sol se alejara de mí, dejándome a oscuras. Aun así, nunca lo había visto como algo negativo, al contrario. Charlie continuó sermoneándome.

-Papá- Dije recobrando la compostura- ¿podemos parar con todo esto? !Es una locura! Ni tú ni yo vamos a ceder...

-Sí...-murmuró alargando el monosílabo- creo que en eso te pareces a mi, ¿no?

-Volveré a calentar tu cena, ha de haberse enfriado- dije cogiendo el plato a medio comer de la mesa. Al rato, un aroma inconfundible invadió la habitación. Un aroma grato, dulce, delicioso..., y no era el quiso precisamente. Me volteé con la respiración agitada y vi por una fracción de segundo a mi Edward de pie en el umbral de la cocina. Luego se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. Dejé el plato de cena sobre la mesa y salí apresuradamente hacia las escaleras.

-¿Bella? ¿Qué sucede? – oí preguntar a Charlie...

-¡Nada!- respondí a la carrera.

Una vez arriba, me precipité hacia mi habitación, cerrando con un portazo y corriendo el pestillo. Apenas me volteé me vi envuelta entre los fríos y musculosos brazos de Edward. Sin pensarlo ni un segundo busqué sus labios con los míos, y el respondió a mi beso con igual pasión. Habían sido dos días. Dos días enteros sin verle.

-Te extrañe- musité, me sorprendí de que estuviera sollozando

-Pero ya estoy aquí, Bella mía- contestó él con su voz dulce, acariciando mi mejilla con su pulgar. Me miraba intensamente a los ojos, como hacia siempre que estábamos juntos. Aquello me daba cierta tranquilidad, pues no sería capaz de hacerlo si me ocultara alguna cosa.

-Lo sé...,- me así con más fuerza a su cuello- es que siempre tengo la sensación de que no volverás...

-No seas tonta...

Edward cogió mi rostro, levantando mi mentón con delicadeza.

-¡Nos vamos a casar!- exclamó con emoción, y una vez más pude ver aflorar aquella sonrisa- esa que se transmitía a los ojos- que me dedicaba cada vez que se tocaba el tema. Era realmente una bendición el extraño hecho de que yo escapara a las facultades de su don. Probablemente, saber lo que yo experimentaba cada vez que escuchaba la palabra "matrimonio" o cualquier cosa relacionada con ella, le hubiera roto el corazón.

-¡Sí!- le imité, intentando sonreír para ocultar el pánico que me recorría por dentro.

-Entonces nada importa...-musitó exultante de alegría en mi oído, yo pude imaginar su sonrisa..., y ya no pude pensar en nada más. Simplemente, reposé mi cabeza sobre su pecho, que a pesar de ser duro como la piedra, nunca dejaría de ser mi almohada predilecta. Y allí acunada en su abrazo, incluso la palabra matrimonio comenzaba a carecer de sentido.

Absolutamente nadie en el mundo podría siquiera imaginar el torbellino de emociones que se formaba en mi interior, acelerándome el pulso. Todo en mí gritaba su nombre y una especie de música recorría mis venas..., Tenía la sensación de que el corazón se me saldría por la boca de pura dicha y me invadían unas ganas locas de llorar. De felicidad, por supuesto...

Porque era eso lo que Edward representaba para mí..., felicidad.