N. A.: Sé que tardé en actualizar, pero ya esta aquí la continuación. Me ha costado un poco definir este capítulo, pero finalmente lo he hecho y espero que les guste cómo ha quedado. Como siempre, agradezco a quienes se toman un tiempo para escribirme un comentario. Saben que me encanta recibirlos y para esta entrega no es la excepción. Por cierto, hace bien poquito que subí un one-shot titulado 'Stubby Boardman, alias Sirius Black… ¿celoso?' Espero que se den una vuelta por ahí y que me manden sus reviews. Ya me dejo de tanta perorata para que puedan leer. ¡Disfrútenlo!

Siempre Puro.

Capítulo 10.

En el ambiente de la sala de reliquias ubicada en el ala oeste de la Mansión Black se respiraba tensión en estado puro. Stella permanecía de pie cerca de la puerta contemplando con rabia a los dos chicos frente a ella. Temblaba por la ira contenida, pues Sirius, quien aún abrazaba a Remus, tenía desabotonado el cuello y varios botones de su blanca camisa, y respiraba con dificultad. Remus, quien tenía entre las manos el pañuelo de seda que Sirius había llevado anudado al cuello, estaba notablemente sonrojado por la fogosidad de los besos recibidos y sus labios se habían hinchado ligeramente adquiriendo un color rojo encendido.

La suave y larga prenda que el castaño le había quitado a Sirius en su desesperación de besar no sólo su boca sino también el cuello y más allá, resbaló de entre sus dedos y terminó en el suelo cuando Remus miró a Stella. Ambos chicos estaban bastante sorprendidos de verla ahí.

Sirius solo pudo pensar ¡Maldita bruja!, ¿por qué tenías que llegar justo en este momento?

-¡Suéltalo ahora mismo, Black! -exigió Stella usando un tono realmente amenazador.

Sirius no se movió ni un centímetro. Más bien, apretó todavía más a Remus. Al ver eso, Stella sacó su varita y, en un susurro bajo, dijo:

-Nuestros invitados están por llegar, Sirius. De manera que, sueltas a ese y vienes conmigo, o…

-¿O qué?... -interrumpió Remus con una nota de furia en la voz y aferrándose aún más a Sirius- ¿Qué harás esta vez, Stella?

La chica se acercó a ellos lentamente con el odio cristalizado en la sonrisa.

-¡Tú sabes muy bien de lo que soy capaz, imbécil! -exclamó encolerizada-, pero está visto que hoy tendré que aplicar métodos mucho más duros contigo porque una simple maldición no ha sido suficiente, ¿verdad?...

Sirius la miró confundido. No comprendía de qué maldición hablaba Stella.

-…, así que, ¿por qué no sueltas a Black ahora mismo? -continúo ella-, ¿por qué no vienes para enseñarte una pequeña lección, niño estúpido?

Sirius se confundió aún más al ver que Remus no replicó sino que comenzó a soltarse lentamente del abrazo.

-Pero, Moony, ¿qué haces? -preguntó tratando de retenerlo.

Remus se acercó a él de forma que sus labios rozaron la oreja del chico y musitó:

-Esto se tiene que acabar, Sirius. Y se acabará ahora mismo.

-Pero, ¿qué dices?. ¿De qué maldición habla Stella?

-Ella se coló en la enfermería aquella noche. Me insultó y utilizó la maldición imperius para hacer que yo te repudiara -siguió murmurando Remus en su oído.

-¡¿Ella... te lanzó una maldición imperdonable?

-Sí, lo hizo.

Sirius sintió su sangre hervir cuando lo escuchó.

-¡¿Lo dejarás de una vez o tendré que obligarte de nuevo, idiota? -bramó Stella mirando que los chicos no se habían soltado aún.

-Eso no será necesario -dijo Remus con voz calmada soltándose completamente de los brazos de Sirius.

Stella estaba de pie frente a él y empuñaba su varita. Remus también empuñó la suya.

La chica sonrió torvamente y dijo:

-Muy bien, mariquita..., veamos qué es lo que sabes hacer. En realidad no creo que mucho. Un sangre sucia inmundo y despreciable como tú no es rival pa…

Sin aviso alguno Stella se vio interrumpida, y cuando se dio cuenta estaba en el suelo. Un golpe hueco se produjo cuando se estrelló en él; una línea rojiza, similar a la que provoca una fusta al golpear la carne, le cruzaba el rostro. Ella lo sintió arder.

-¡No te atrevas a hablarle así!

Cuando Stella alzó los ojos vio a Sirius de pie, justo entre ella y Remus, con la varita al frente y un brillo furioso en la mirada.

-¿Cómo has podido, Black? -vociferó Stella al sentir el sabor metálico de la sangre que comenzaba a salir de sus labios y resbalaba por su barbilla.

-¡No voy a permitir que le hables así! Y, como te atrevas a lanzar un solo hechizo contra él o a intentar tocar siquiera uno solo de sus cabellos, te vas a enterar de quién soy yo -dijo Sirius con una voz atronadora.

-Me conmueves -dijo ella con un tono burlón. Reponiéndose, se levantó elegantemente sacudiendo su túnica de gala- ¿Acaso el mariquita no es lo suficientemente hombre para defenderse solo?

Sirius la fulminaba con la mirada. Levantó de nuevo la varita con la intención de lanzarle un maleficio cuando escuchó la voz de Remus que decía:

-¡Detente, Sirius!

Remus había alcanzado la mano con la que su amigo sostenía la varita. Mirándolo a los ojos, dijo:

-No te interpongas, por favor. Este es un asunto entre ella y yo.

Pero Sirius, bajando el tono de la voz de manera que solo Remus pudiera escucharlo, replicó:

-No puedo dejar que te hable de esa forma tan insultante. Y no pienses que voy a permitir que te enfrentes a ella. Apenas anoche tuvimos luna llena…, tú debes sentirte muy débil aún.

El castaño le sonrió.

-No te preocupes por mí… Esto es algo que debo hacer. Me prometí que no dejaría que ella te apartara de mí..., y fallé. No lo haré de nuevo.

-Pero es que yo no…

-¡Ya es suficiente, Black! -gritó Stella.

Sin esperar un segundo más, la chica conjuró:

-¡Incarcerus!

Sirius cayó al suelo atado con gruesas cuerdas. Su varita salió volando y se perdió debajo de una de las estanterías que decoraban la enorme sala.

-¡Sirius!

Remus se inclinó para tratar de ayudarlo, pero la chica fue muy rápida y lanzó otro hechizo que arrastró a Sirius hacia ella, alejándolo del alcance del castaño.

-Esta noche te unirás a mí, Black -susurró Stella arrodillándose junto a Sirius para comprobar que no podría escapar- Y me encargaré de que ese sangre sucia no pueda impedirlo.

-¡Tú le haces el más ligero rasguño, y te juro que haré que te arrepientas de haber nacido, Stella! -exclamó Sirius mientras se esforzaba por liberarse de sus ataduras.

-¡Oh!, ¿tanto lo quieres? -preguntó Stella con voz falsa y dulzona- Entonces jugaré un poco con él solo por el placer de hacerte sufrir un poco…

Remus los observaba concentrado. No quería arriesgarse a lanzar ninguna clase de hechizo, pues temía que Stella pudiera dañar a Sirius si lo hacía.

-… Sí, quiero verte sufrir, Black -siguió diciendo la chica-, así pagarás tu indiferencia y tu rechazo hacia mí.

Se puso en pie y apretando con fuerza su varita se dirigió hacia Remus dejando a Sirius sumido en la desesperación.

El castaño se mantenía alerta, Stella, en cambio, había bajado la varita acercándose lentamente sin apartar sus ojos negros de él. Cuando estuvo lo bastante cerca lo tomó de los cabellos y le plantó un beso mordiéndole los labios con una violencia inusitada.

-¡Apártate de él, Stella! -vociferó Sirius- ¡No lo toques!

Ese acercamiento había tomado por sorpresa a Remus, pero reaccionó de inmediato y apartó a la chica con un fuerte empujón. Sin embargo, el labio inferior comenzó a sangrar debido al violento mordisco. Stella se limitó a sonreír.

-Así me gusta, mariquita. Ahora estamos en igualdad de condiciones.

Ambos estaban frente a frente. Con los labios sangrantes y la varita preparada. Con un amplio movimiento de varita, Stella conjuró un ¡Silencius! para después apuntar al chico directamente en el pecho.

-Ahora nadie podrá escucharte gritar por ayuda, idiota. Nadie podrá escuchar cuando me supliques por tu miserable vida…, nadie, excepto tu amado Sirius -dijo Stella soltando una carcajada- Y, ya que el juego está a mi favor, te daré la oportunidad de atacar primero. Anda, niño…, quiero ver qué es lo que sabes hacer.

Remus se lo pensó un segundo.

-No acostumbro tomar ventaja sobre mi oponente…

-¡Ja!... Lo único que demuestras con eso es tu enorme estupidez -respondió Stella con una mueca de desprecio. Sin más, conjuró:

-¡Desmaius!

Pero Remus blandió su varita y con voz firme convoco: ¡Protego! Un reluciente escudo plateado surgió ante él. El hechizo lanzado por la chica rebotó y fue a golpear la vitrina que estaba a su espalda. Los cristales vibraron con el impacto amenazando con hacerse pedazos de un momento a otro.

Stella quiso alejarse de ahí y, al ver eso, Remus gritó:

-¡Impedimenta!

La chica apenas pudo esquivarlo con otro movimiento de varita, y dando traspies consiguió apartarse de ahí. El hechizo de Remus terminó impactando de lleno la enorme vitrina y esta se vino abajo provocando un enorme estruendo.

-Ni siquiera eres capaz de alcanzarme con un hechizo tan básico, mariquita -se burló ella- Yo te enseñaré cómo debe hacerse. Ahh, pero no lo haré con una tontería tan común como esa, vamos a dejarnos de hechizos estúpidos. Te enseñaré lanzándote una maldición en toda regla. Observa…, ¡y tú también, Black! -vociferó la chica girando la cabeza para fijar su oscura mirada en Sirius que seguía luchando por liberarse- ¡Observa muy bien lo que haré con tu querido noviecito! No quiero que pierdas ni un solo detalle…

La siguiente palabra que Remus escuchó de los labios de Stella fue ¡Crucio! De inmediato sintió que su cuerpo se perdía en un dolor superior a sus fuerzas, sentía que sus músculos se tensaban y amenazaban con desgarrarse mientras a lo lejos escuchaba la fría risa de Stella burlándose de él y la voz desesperada de Sirius. Apretó los dientes y se concentró en no soltar ni un solo gemido. No daría ni un solo grito porque no estaba dispuesto a dejar que Stella se burlara a su costa, y mucho menos quería que Sirius pensara que estaba sufriendo…, aunque por dentro sintiera que se estaba deshaciendo del dolor.

-Ah, ¿te niegas a admitir que duele, imbécil? -preguntó la chica al ver que Remus no emitía ni un leve gemido- Entonces será peor.

Stella apretó con más fuerza su varita y Remus sintió como si todas las heridas que la luna le había dejado se abrieran de golpe. No pudo evitar una queja de dolor, pero aún así logró controlarse y no gritó a pesar de que una sensación molesta y ardorosa lo recorría quemando cada centímetro de su piel haciéndole sentir un dolor atroz mientras que una opresión inmensa amenazaba con hacerlo pedazos internamente. Tenía la impresión de que sus huesos estaban hechos polvo, pero aún así fue capaz de esbozar una sonrisa.

En ese instante, Stella bajó un poco la varita y, desconcertada, preguntó:

-¿Por qué sonríes, mariquita?

El chico la miró. Acentuando aún más su sonrisa dijo:

-¿Crees que esto es dolor, Stella?

Remus se había mantenido en pie con muchos esfuerzos y temblaba casi incontrolablemente, pero también negaba con la cabeza lentamente.

-No, esto no es dolor -siguió diciendo mientras su sonrisa se ensanchaba- No para mí, que he soportado durante años el dolor que deja la luna.

Stella estaba francamente desconcertada. No entendía lo que Remus trataba de decir, y en un ataque de ira levantó la varita para dirigir nuevamente la maldición hacia el castaño. Sin embargo, este fue más rápido al lanzar sobre ella un potente Desmaius lo que provocó que la chica cayera produciendo un golpe sordo al dar contra el suelo. En ese momento, Remus quiso correr hacia Sirius pero sus piernas no le respondieron, las sentía entumecidas por el dolor. Antes de caer al suelo, gritó:

-¡Sirius, atrápala! -y lanzó su propia varita mágica hacia el rincón en el que Sirius estaba amarrado.

Cuando Sirius la alcanzó, murmuró Diffendo y las cuerdas se aflojaron. Remus lo escuchó conjurar ¡Accio varita!, lo vio ponerse rapidamente en pie y dirigirse hacia él, pero también escuchó la voz de Stella que gritaba:

-¡No, Black, no vas a tocarlo!... ¡Impedimenta!

Sirius logró desviar el hechizo, mismo que chocó contra uno de los enormes estantes haciendo que algunos volúmenes terminaran regados en el suelo. Una gastada espada de plata que colgaba de la repisa superior cayó rozando peligrosamente la pierna derecha de Remus.

Ahora, Stella estaba de pie entre este y Sirius con la varita en riste.

-¿Remus?… -preguntó asustado Sirius, esa espada había pasado muy cerca.

-Estoy bien, Sirius -respondió el castaño arrastrándose un poco para alejarse de ella.

Sin pensarlo dos veces, Sirius le lanzó un Desmaius a Stella, pero ella, al igual que había hecho él, lo desvió. El rencor se reflejaba en sus rostros pero sus miradas eran calculadoras, atentas al más ligero movimiento. De pronto, un segundo parecía una eternidad para Sirius, que estaba ansioso por llegar junto a Remus.

-¿Por qué no te pierdes de una maldita vez, Stella?

-Y tú, ¿por qué insistes tanto con esta basura? -dijo Stella desesperada- ¡Tú y yo podemos tenerlo todo!… Una inmensa fortuna, una posición encumbrada..., ¡La gloria está reservada para nosotros y tú solo piensas en enredarte con este idiota!…

- ¡Cállate! -bramó Sirius- Un insulto más y…

-¿Qué es lo que ves en él? -vociferó Stella girándose para mirar a Remus, quien aún estaba tendido en el suelo incapaz de moverse- ¡Es sólo un sangre sucia insignificante y estúpido!…

Stella dirigió su varita contra el chico de cabellos castaños, pero Sirius describió un movimiento rápido y elegante con la suya lo que provocó que la chica saliera despedida por los aires y terminara impactándose dolorosamente contra la fría pared.

-Te lo advertí. Te dije que si lo dañabas te haría pagar, y esto es solo el principio.

Sin más, Sirius apuntó su varita hacia ella, y con voz fuerte y clara conjuró:

-¡Cru…!

-¡No, Sirius, no lo hagas! -pidió Remus- ¡Sabes bien que el uso de las maldiciones imperdonables se castiga con Azkaban!

Sirius aún apuntaba a Stella y la miraba con odio mortal. Dentro de él una voz clamaba con fuerza y lo incitaba a hacerla pagar todo el dolor que le había causado a Remus y a él mismo. Ella los había separado, le había hecho creer que Moony no lo amaba, y casi había logrado que cometiera el peor error de su vida… No podía dejarla allí, solo con unos cuantos rasguños cuyo dolor no se compararía jamás con el que ella les causó.

No, él tenía que hacerla pagar…

-¡Por favor, Sirius, no lo hagas! -volvió a rogar el castaño.

La mano con la que Sirius sostenía su varita temblaba de ira. Miraba a la chica con una furia tal que Remus temió que de un momento a otro Sirius perdiera el control pues de la punta de su varita brotaban chispas rojas encendidas que al caer se volvían fuego y allí donde caían mordían la lujosa alfombra del salón dejando agujeros negros y requemados.

-Sirius... Tú no eres como ellos.

Sirius pareció reaccionar al escuchar esas palabras. Sus ojos se apartaron de Stella y miró a Remus. Su chico tenía razón; él no era como ellos, nunca lo había sido.

Haciendo un descomunal esfuerzo Sirius se decidió.

Con una extraña sonrisa en los labios se arrodilló junto a Stella y murmuró ¡Petrificus totalus! Después, le quitó la varita de entre los inmovilizados dedos, la partió limpiamente en dos y, ante la mirada furibunda de la chica, arrojó los pedazos al fuego que ardía en la chimenea.

-Es verdad. No soy como tú ni como ellos... Pero no pienses ni por un momento que te has librado, Stella -sentenció Sirius-, porque cuando mi madre se entere de que me he marchado va a desquitarse con alguien... y ese alguien serás tú, ya lo veras. Ella siempre busca un chivo expiatorio cuando las cosas no resultan conforme a su voluntad. Ese papel siempre lo he jugado yo, pero ahora será tu turno, y no será nada grato…, lo sé por experiencia...

Sirius la miraba fijamente mientras le hablaba, pero ya no tenía esa mirada cargada de odio. Sus ojos grises se habían ensombrecido y ahora expresaban lastima.

-Mi madre sí que puede hacerte desear no haber nacido porque en su vocabulario no existe la palabra piedad. Ella no conoce lo que es la compasión. Ella piensa que solo el dolor puede enseñarte a no cometer errores. Ni siquiera la maldición cruciatus es suficiente para Walburga Black, no, ella sabe cómo causar un dolor muy superior a ese. Es una bruja oscura, de mente retorcida; y yo lo siento por ti. De verdad que lo siento por ti.

Sin decir más, Sirius se puso en pie y se acercó a Remus con un sentimiento de inquietud en el corazón al notarlo tan lastimado. Este trató de sonreírle para aliviar la preocupación que se reflejaba en la mirada del animago, y Sirius se sintió embargado de una fuerte emoción al verlo intentar sonreír a pesar del dolor.

Abrazándolo con ternura preguntó:

-¿Cómo estás?

-Estoy bien, Sirius -musitó el chico pero lo cierto es que aún temblaba y su labio seguía sangrando.

-No, no estás bien, pero yo me encargare de que lo estés en cuanto salgamos de aquí.

Usando su varita, Sirius atrajó el pañuelo de seda que el castaño le había quitado y con él rozó suavemente sus labios para retirar la sangre. Cuando terminó lo anudó despacio en el cuello de Remus y, sin dejar de mirarlo, le dio un pequeño beso en la nariz. Después guardó su varita y con un tono sutil preguntó:

-¿Crees que podrás viajar por la red flu?

-Sí, eso creo…, tengo una habitación reservada en el Caldero Chorreante.

-Perfecto. Entonces vamos.

Levantándolo en brazos con sumo cuidado, Sirius lo llevó hasta imponente la chimenea que estaba al fondo de la sala. De pie ante ella, Remus se apoyó en Sirius mientras tomaba un puñado de polvos flu pero, antes de que pudiera lanzarlos al fuego, un estruendo los sobresaltó. Al volverse pudieron ver que Kreacher los observaba con sus protuberantes ojos que parecían a punto de salírsele de las cuencas.

-¿A dónde va el amo? -preguntó el elfo mientras repasaba la destrozada sala con sus ojos saltones- ¿Acaso el amo piensa escabullirse justo cuando Kreacher ha dado con él?

Sirius no respondió.

-… ¡sí, el amo planea huir! -gritó el elfo con voz chillona al ver que Stella yacía en un rincón- ¡El amo Sirius ha matado a su prometida y quiere escapar con su cómplice!... Debo informar a mi ama cuanto antes.

-¡Alto, Kreacher!-bramó Sirius con voz autoritaria- Tú no vas a ir a ningún lado.

El elfo se quedó plantado frente al joven y, de pronto, comenzó a temblar cuando Sirius sacó su varita de entre los pliegues de su túnica y la dirigió hacia él.

-El amo p-planea ma-matar a Kreacher también…

-¡Pero qué tonterias dices, Kreacher! -rió Sirius.

Y sin dejar de sonreír el chico murmuró ¡Obliviate!

El elfo cayó de espaldas y Sirius aprovechó ese momento de desconcierto para lanzar una par de hechizos más. En un segundo las altas vitrinas y los estantes lucían como nuevos. La sala mostraba la impecable apariencia de siempre.

-Sirius, creo que también deberías…-Remus señalaba a Stella. El moreno comprendió de inmediato las intenciones del castaño y susurró de nuevo el hechizo desmemorizante.

-Listo -dijo Sirius complacido mientras sostenía firmemente a su chico- Ahora lanza los polvos, Moony.

Remus obedeció y las llamas se tornaron verdosas al instante. Antes de desaparecer en la chimenea, Sirius dijo:

-Me encantaría quedarme a la sesión de tortura que le espera a Stella, pero tú y yo tenemos cosas mucho mas interesantes que hacer esta noche, ¿no es así, Moony?…

Remus se sonrojó asintiendo débilmente y Sirius solo sonrió.

-¡Al caldero Chorreante! -gritó.

Y, abrazados se perdieron entre las llamas de un brillante color esmeralda.


Kreacher abrió los ojos. Estaba desorientado y miraba a su alrededor no muy seguro de saber qué es lo que hacía en la sala de reliquias del ala oeste cuando se suponía que debía estar en el vestíbulo, pendiente de la llegada de los invitados a la fiesta. Se puso en pie y movió la cabeza de un lado a otro tratando de ubicarse. Lo último que recordaba era haber llevado la comida a Sirius junto con su túnica de gala. De pronto, un suave 'plaf' lo sobresaltó. Cuando se giró para mirar pudo distinguir la esbelta y elegante figura de Walburga Black junto a él.

-¿Lo has encontrado? -preguntó con su tono frío e indiferente- Nuestros invitados llegaran de un momento a otro y Sirius debe…-pero la mujer se interrumpió al ver a Stella inconsciente en el suelo. Se acercó, y al inclinarse sobre ella pudo ver la marca rojiza que le cruzaba el rostro y el camino de sangre seca que se había formado desde sus labios hasta el cuello de la túnica.

La señora Black se irguió estrechando los ojos a la vez que apretaba con ira los puños. Empleando un tono autoritario ordenó:

-¡Búscalo, Kreacher! Registra toda la casa. ¡Quiero a Sirius aquí ahora mismo!

-Sí, mi ama, como usted ordene.

El elfo desapareció tratando de hacer el menor ruido posible. Pasados unos minutos volvió. Estaba muy pálido y murmuraba palabras incomprensibles, pero cuando la voz de su ama lo llamó, reaccionó y haciendo una torpe reverencia, dijo:

-El amo Sirius n-no e-está en la m-mansión, mi señora. Kreacher lo ha buscado por todos lados y no está -el elfo pausó como si esperara una feroz refriega, pero al ver que esta no se produjo continuó con temor- Kreacher recuerda que la última vez que vio al amo Sirius fue en su habitación, a la hora de la comida, mi ama...

-Se ha marchado -musitó Walburga Black con una voz llena de fría cólera que se reflejaba no solo en su voz sino en cada una de sus aristocráticas facciones- ¡El infeliz se ha fugado justo ahora que todo esta listo para anunciar su compromiso matrimonial! Seguramente lo hizo para hacerme quedar en ridículo ante todo el mundo, para enlodar nuestro apellido… ¡maldito, maldito seas, Sirius!. Yo sabía que esa escoria traería la deshonra y la vergüenza a la familia tarde o temprano. ¡Lo sabía! -escupió la mujer llena de rabia.

Girándose, miró a Stella, quien seguía desplomada en el piso.

-..., y seguramente esta imbécil no ha sido capaz de obligarlo a quedarse.

Entonces sacó su larga y gruesa varita mágica de uno de los bolsillos de su lujosísima túnica de gala y, a pesar de que la chica estaba inconsciente, dijo:

-Te lo advertí, niña. Te dije que si no lograbas retenerlo, tú y tu noble familia pagarían las consecuencias…

Con un golpe de varita hizo aparecer una hoja de pergamino y una elegante pluma cargada de tinta. Comenzó a redactar un escrito mientras decía:

-Llévala al sótano, Kreacher. La distinguida y estúpida señorita Stella Vertmond va a aprender una lección.

-¿Al sótano mi ama…?

Kreacher sabía que la última vez que su ama dio esa orden, Sirius había pasado días enteros en cama recuperándose de la horrible 'lección' que Walburga le dio, todo porque el chico había estropeado la fiesta de cumpleaños de su hermano menor al soltar un lote entero de scarbatos entre los invitados. El elfo aún recordaba las espantosas heridas que Sirius lucía en gran parte del cuerpo después de salir del sótano, heridas que Walburga se encargaba de desaparecer usando artes oscuras.

-Sí, al sótano, Kreacher -afirmó la mujer con una sonrisa desquiciada al tiempo que firmaba el escrito y lo enrollaba para terminar sellándolo con el emblema de los Black.

Entregandoselo al elfo, añadió:

-Envía este pergamino al Banco de Gringotts cuanto antes. Quiero que todo…, absolutamente todo…, hasta el último sickle que pertenece a la familia Vertmond sea confiscado inmediatamente. Y despide a cualquiera que toque a la puerta. Da cualquier excusa, di lo que sea, no quiero que nadie nos moleste.

-Claro, mi señora -dijo el elfo, inclinándose hasta que su retorcida nariz tocó el suelo, y sonriéndo como si la situación lo alegrara sobremanera- Se hará como usted mande.

Esa noche, Stella Vertmond padeció lo indecible a manos de Walburga Black. Y nadie, ni siquiera el servil elfo, hizo nada para aliviar su sufrimiento a pesar de que la chica suplicó compasión y piedad con lágrimas en los ojos.

Continuará…