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La nieve caía con delicadeza desde las nubes, directo a la tierra del pequeño jardín. La niña de cabellos y ojos oscuros se encontraba de pie, mirando fijamente el cielo nublado y las manchas blancas que descendían hacía ella. Su expresión tranquila no era capaz de reflejar su verdadera admiración al ver los cocos descender y sentirlos tocando su rostro tan blanco como ellos. Una vez más venía otro invierno, como tantos que había visto y como tantos que de seguro habría de ver.
Cada invierno los cerezos de su jardín se quedaban sin hojas, como si estuvieran muertos. Sin embargo, era todo lo contrario, ya que la época de invierno significaba que estaba más cerca la primavera, la época en la que esos mismos árboles se llenaban de vida, floreciendo y rociando sus alrededores con sus pétalos rosados. Le dolía más ver como los árboles perdían todas sus flores en el verano; se veían más muertos en ese momento que durante el invierno. Así eran las cosas: cuando un ser esta en la plenitud de su hermosura, es cuando duele más su muerte.
- Tomoe. – Pronunció una dulce voz a sus espaldas. La niña la escuchó, pero permaneció más rato parada en el mismo lugar, con su vista puesta en el mismo punto del cielo. La voz pareció insistirle. – Tomoe, entra a la casa, hace mucho frío pequeña.
- El frío no me molesta. – Exclamó la jovencita sin moverse. – Me disgusta más el calor del verano.
La mujer parada en el pasillo exterior de la casa pareció sonreír ante el comentario de la pequeña. Lentamente posó sus pies en el suelo blanco, caminando con cuidado hacía el lugar en el que ella estaba.
- Se ve que te pareces más a mí que a tu padre, y no sólo en el físico. – Mencionó mientras se le acercaba. La mujer tenía un cabello largo y negro del mismo tono que la niña. Vestía un elegante kimono de color blanco, y sobre éste un abrigo de color rosado oscuro. – A mí también me gusta ver caer la nieve.
La mujer se paró a la diestra de la pequeña. Una vez estando la una a lado de la otra, ambas fijaron su vista en el mismo punto del cielo oscuro. Por unos segundos no se pronunció ni una sola palabra más entre ellas, sólo el silencio profundo.
- ¿Hacía mucho frío en lugar en el que nació, madre? – Preguntó la pequeña con un singular respeto en su tono.
- Así es, al menos más frío que aquí sí. Claro que para la gente que vive más al norte como mi familia, ese frío era algo común. A pesar de todo, tú has vivido toda tu vida aquí en Edo. De seguro si en esta época fueras a mi pueblo natal, le perderías el gusto al frío.
El último comentario de la mujer iba acompañado de un cierto tono de broma, pero la pequeña no pareció compartir el mismo sentimiento.
- Jamás dije que el frío me gustara… sólo que no me molesta.
- Lo sé. – Contestó la mujer de blanco con una sonrisa despreocupada. – Pero igual te gusta ver como cae la nieve, ¿no? Si no fuera así, no estarías aquí afuera viendo al cielo por tanto tiempo en un día como éste.
La pequeña no contestó; su rostro permaneció inmutable como al principio.
- Me gusta más ver caer las flores de cerezo. – Agregó luego de algunos segundos.
- En ese caso… - La madre bajó su rostro y cerró con cuidado sus ojos. La niña de cabello negro la miró extrañada. – Podrías cerrar tus ojos, sentir como los cocos de nieve caen a tu alrededor, e imaginar que en realidad son pétalos de cerezo blanco… y tal vez al abrirlos de nuevo así sea.
- ¿Cómo podría hacer algo como eso? – La niña pareció no comprender las palabras de su madre.
- Es más sencillo de lo que crees.
La madre se acercó a su hija y se paró a sus espaldas. Alzó con delicadeza su mano derecha y la colocó frente a los ojos de la pequeña, tapándolos con cuidado.
- Para ti y para mí es sencillo. – Comenzó a decirle mientras ella también cerraba sus ojos. – Porque tú y yo somos parecidas. Podemos ver el color y la forma de un objeto sin necesidad de usar los ojos. Podemos sentir el calor o el frío de algo sin tener que tocarlo. Podemos decir mil palabras sin tener que abrir la boca. Podemos escuchar el sonido más lejano, sin necesidad de que éste llegue a nuestros oídos. Esto es gracias a que tú y yo somos capaces de percibir, no con nuestros sentidos, sino con nuestro corazón. Tus ojos y tu cuerpo pueden ser engañados, pero tu corazón nunca. Si lo sigues a él, siempre encontrarás la respuesta a todas tus preguntas.
La niña se quedó silencio escuchando esas extrañas palabras. Una vez que su madre dejó de hablar, ésta retiró la mano de su rostro, y ambas voltearon su mirada de nuevo al cielo. Una vez más, la niña sólo vio caer los cocos blancos de nieve.
- No lo entiendo. – Exclamó la pequeña, volteando a verla encima de su hombro. La mujer le sonrió con dulzura.
- Algún día lo entenderás pequeña. – Fue la corta respuesta que le transmitió.
La mujer se dio la media vuelta y se dispuso a retirarse de nuevo al interior de la casa.
- No te quedes mucho tiempo afuera Tomoe, o te resfriarás.
La niña observó a su madre hasta que ésta desapareció por el lado derecho del pasillo. De nuevo sola, levantó una vez más su cabeza, tal y como estaba antes de ser interrumpida…
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¿Por qué ese recuerdo venía a su mente justamente en ese momento? Lo había olvidado, o ella creía haberlo olvidado, pero ahora regresaba a ella en el momento en el que menos lo esperaba. No estaba segura de cuanto tiempo llevaba en ese suelo frío, frente a esa estatura entre azul y verde del buda. Todo a su alrededor se había cubierto por completo de silencio, lúgubre y profundo silencio. Cada segundo que pasaba le parecía una eternidad. Ya para esos momentos no estaba segura de que era lo que realmente deseaba: que el momento nunca llegara, o que todo terminara de una vez…
RUROUNI KENSHIN
LAS
ESPADA ASESINA
CAPITULO X
LA MARCA ETERNA DE LA ESPADA
ASESINA
Había comenzado a nevar con moderación desde ya algunos minutos. Junto con lo cocos que caían del cielo, había llegado también un brisa ligera pero fría.
El destajador se encontraba marchando por el sendero de nieve, prácticamente arrastrando sus pies por todo el camino. A sus espaldas, quedaba el rastro rojo marcado por sus propias gotas de sangre, todas surgidas de las heridas que lo acompañaban de sus peleas más recientes. No estaba seguro de cuanto tiempo había estado caminando después de derrotar a sus últimos dos enemigos; ni siquiera estaba muy seguro de por donde caminaba por tener su oído y su vista dañada por las explosiones. Constantemente tocaba los árboles a su lado, y extendía sus manos al frente cuando creía que tenía alguna figura frente a él antes de que chocara. Por el momento, parecía que caminaba por el sendero indicado.
Estaba débil, el frío entumía cada vez su cuerpo. Sus heridas le dolían y con cada paso forzado sentía que éstas se le abrían más. No estaba seguro, pero podía sentir que ya había perdido demasiada sangre solamente en el camino. Las piernas le pesaban, los oídos y los ojos le dolían, la cabeza le daba vueltas y su equilibrio no era para nada el indicado. Si cualquier enemigo le apareciera de entre los árboles como había pasado la primera vez, de seguro ese sería su fin. Himura intentaba estar alerta lo más que podía; después de todo, aún había uno de esos ninjas por ahí, sin mencionar al sujeto de las garras que había logrado escapar. El peligro lo rodeaba en todas las direcciones.
Cualquiera en esa situación ya hubiera muerto, o si no al menos habría intentado huir de ese lugar. Todo su instinto de supervivencia le indicaba justamente eso, que tenía que irse o de seguro moriría sin remedio. Sin embargo, había algo más poderoso que ese instinto, algo que lo obligaba a seguir caminando en línea recta y esperar encontrarse con esa persona a la que estaba buscando.
Después de tanto tiempo de lucha, el cuerpo pareció derrotar a la voluntad por un sólo instante, y con tan sólo eso el cuerpo del pelirrojo se desplomó por completo contra la nieve. Sus fuerzas lo abandonaron y su cuerpo no reaccionó en lo más mínimo. Por más que lo intentaba, simplemente le era imposible moverse, mucho menos levantarse. Su sangre seguía saliendo, mezclándose con la nieve. Después de unos segundos, se comenzó a ver como se dibuja una mancha roja a su alrededor surgida de sus heridas.
Inconscientemente sus ojos se cerraron, y por un instante le pareció quedarse dormido… sólo por un segundo…
- Por favor Satomi… – Escuchó claramente que una voz pronunciaba ante él, a pesar del estado de su Oído. Aún en el suelo, lentamente alzó su cabeza, intentando divisar algo.
Por unos momentos ya no se encontraba en ese bosque, sino frente a una pequeña choza de madera, rodeada por una densa noche. Frente a la puerta de la choza, se encontraba una mujer de cabellos rojizos, frente a dos niños: un niño y una niña.
- Llévate a tu hermano lo más lejos que puedas. Tienes que protegerlo. – Pronunció la mujer con gran preocupación en su voz.
- Pero madre... – Exclamó la pequeña, pero la mujer la interrumpió antes de eso.
- Escucha, pueden salvarse ustedes y me puedo salvar yo, pero no los tres. Mi vida ya no tiene ninguna importancia, pero la de ustedes apenas está comenzando. Tienes que irte Satomi, irte y vivir…
Himura no pareció comprender que era lo que ocurría ante él. Sin que lo deseara, sus ojos se volvieron a cerrar con lentitud…
- Shinta… – Escuchó que la voz de la misma niña pronunciaba muy cerca de él, casi como si viniera de todas sus direcciones, aunque con sus ojos cerrados ya no era capaz de ver nada. – Corre al pueblo lo más rápido que puedas.
- ¿Qué dices? – Escuchó una segunda voz, la voz… de un niño…
- Si corremos los dos nos moveremos muy lento. Tú solo puedes correr más rápido, y si yo lo detengo te daré tiempo de escapar.
- ¡No hermana!
- Escúchame Shinta, él no te quiere matar a ti, me quiere matar a mí y llevarte. Si nos atrapa a los dos, me matará y te convertirá en un asesino. Mi madre no quiere que eso pase, y yo tampoco. Si lo distraigo tú puedes huir, y así no cumplirá su cometido. Es mejor que me mate y que tú huyas a que me mate y te lleve con él. Tú debes de irte, ser libre y decidir tu propio destino…
- Pero Satomi-neesan...
- ¡Shinta!,¡¡ deja de contradecir a tu hermana y vete ahora!!
- ¿Shin… ta…? – Pronunció en un tono muy bajo el destajador al mismo tiempo que sus ojos azules se volvían a abrir. Ese nombre, hacía mucho tiempo que no lo escuchaba… pero, ¿realmente lo había escuchado?...
Lentamente, utilizando sus manos, comenzó a levantar la parte superior de su cuerpo. Sacó su espada larga con todo y vaina de su cintura, clavándola en el suelo frente a él. Utilizándola como si fuera un bastón, la tomó con sus dos manos de la empuñadura y pasó a intentar ponerse de pie poco a poco…
- ¡Shinta…! – Otra persona pronuncia ese nombre, pero ahora era otra voz… la voz de una joven. – ¡Shinta!, tú aun eres muy pequeño y no puedes elegir tu modo de vida como lo hicimos nosotras. Pero no debes morir... tú debes de vivir... Vivir y elegir tu propia vida... ¡Vive Shinta!, ¡¡Vive...!!
- "Sakura… Akane… Kasumi…" – A pesar de que de vez en cuando recordaba los rostros de esas chicas, hacía mucho tiempo que esos tres nombres no sonaban en su mente.
Todo comenzó esa noche, aproximadamente un año después de perder a su familia. No fue la primera vez que tomó una espada en sus manos; su padre, aquel hombre que lo había llevado desde niño a verlo matar personas, ya le había dado la oportunidad de tomar su espada, para que comenzara a acostumbrarse a su peso y a su forma. Sin embargo, esa noche, cuando tomó esa arma, la tomó con la intención de atacar a ese ladrón frente a él y proteger a las tres chicas. Sin embargo, al final de cuentas, fueron ellas los que lo protegieron…
¿Eran esas voces e imágenes recuerdos de su vida que pasaban frente a sus ojos?... ¿Era acaso una señal de que su muerte estaba muy cerca…?
Himura logró pararse de nuevo, sosteniendo aún su arma al frente. Sujetándolo de la misma manera a forma de bastón, comenzó a marchar de nuevo, sujetando su espada y colocándola al frente antes de cada paso.
Por unos instantes, el chico levantó su mirada al frente y le pareció distinguir algo más entre todo lo borroso de su vista. Era un atardecer, con el sol ocultándose frente a él, rodeado de un campo lleno de cruces…
- Aunque no eras capaz de proteger a aquellos seres queridos, se te confió la vida de éstas tres. – La voz grave de su maestro retumbo en sus oídos mientras él mismo se veía parado frente a esas tres pequeñas piedras. – Incluso un pequeño como tú entiende esa responsabilidad tan grande. Pero el verdadero peso con el que debes cargar ahora es la vida que ellas tres te otorgaron, sacrificando las propias. Deberás de valerte por ti mismo y aprender cómo proteger a las personas que quieres y querrás en el futuro.
- ¿Proteger? – Era la misma voz del mismo niño.
- ¿Cómo te llamas?
- Shinta… Shinta Himura.
- No, ese no es nombre apropiado para un guerrero…De ahora en adelante tu nombre será Kenshin…
- ¡¿Ken… shin?!
Igual que como esa imagen había venido, de igual manera se fue. Todo había sido de nuevo un mal juego de su mente, y de nuevo estaba en el mismo bosque. No le importó, y de igual manera siguió caminando. Su marcha era más lenta que antes, pero igual de decidida a llegar a su destino…
- No importa que tanto adornes las palabras: la Espada es un Arma, y el Hiten Mitsurugi es un arte para matar. Para lograr proteger a unos, tendrás que matar a otros. Para permitir que unos vivan, tendrás que dejar a otros morir. Esta es la verdad de la espada. Al momento en que abandones estas montañas, lo único que ganarás será comenzar una matanza sin sentido, guiada por una justicia conflictiva y ciega. Si te corrompes, el Hiten Mitsurugi te convertirá en un asesino frío…
En un sólo instante había recordado su primer y su último día como el aprendiz de Hiko Seijuro de la escuela Hiten Mitsurugi. Ya había pasado más de un año desde aquel día en el que se separó de su maestro, el hombre que había sido prácticamente su padre durante tantos años. Al final, ese hombre le había dejado un legado mucho mayor que el de su verdadero padre, el mismo legado que ahora portaba en su espada. Él se había ido con la esperanza de poder usar su poder para proteger a las personas, pero a cambió de ello simplemente se había transformado en un asesino que le había arrebatado lo más importante a una persona inocente, el mismo tipo de persona que él deseaba proteger.
Esa persona, esa misma persona a la que le arrebató la felicidad, fue también la persona que le mostró que era una felicidad verdadera…
- ¿Tú… eres en verdad… quien hace llover sangre? – La voz de Tomoe retumbó en su cabeza aún más fuerte que las demás. Rápidamente se giró hacía los lados, pero su vista dañada no le permitió ver más haya de su nariz…
- Piensa como quieras de mí, pero yo mato por una nueva era en la que todos puedan vivir en paz. No asesino indiscriminadamente, sólo a hombres armados del gobierno y por defensa. Los civiles se nos oponen, pero aún así... nunca eliminó a hombres desarmados... – Eso que oía ahora era su propia voz…
- Entonces... Si en estos momentos usara esta daga para atacarte, si tuviera la intención de matarte con ella, ¿entonces tú…?
No podía ver toda su vida pasar delante de él sin recordar ese momento. ¿Quién iba a pensar que una persona como ella iba a ejercer tanta influencia en el hombre que todos llamaban "Battousai Himura el Destajador"? Esa persona, esa joven con olor a perfume de cerezo blanco, aquella que comenzó a cuestionar todo lo que hasta ese momento era normal para él. Jamás pensó que esa persona pudiera darle a él un poco de la felicidad que había deseado conocer…
Himura prosiguió su marcha, y esperó a que más voces del pasado le hablaran…
- Voy a investigar que va a pasar hoy en la noche exactamente. Ya que no irás a la reunión, podríamos venir juntos al festival. Además, ¿qué harás con respecto a Tomoe?
- No tengo porque hacer algo. No asumas que ya es mi mujer.
- Eso dices tú, pero la verdad es que es una mujer a la que ya has salvado antes, por lo que te aconsejaría pensarlo un poco…
- Deben de estarme buscando si es que no me han dado por muerto ahora. Yoshida y Miyabe están muertos, ¿no es así? Tuvimos que desalojar el Hantei lo antes posible; ahora está rodeado por soldados del Shogunato. Tenía en vista una situación así a futuro. Lo importante ahora es encontrar la manera de sacarte de Kyoto Himura, a ti y a Tomoe. He preparado una casa en Otsu, donde ustedes podrán ir como marido y mujer. Es mejor así. Una pareja de recién casados llamará menos la atención que si te escondes tú solo. Izuka te contactará en cuanto nos sea posible. Hasta entonces, tienes que pasar inadvertido… Cuídense…
Sí, recordaba esa noche con claridad. Con eso comenzó su nueva vida, una vida totalmente diferente a la que había conocido. Fue más de medio año, un tiempo en el que permaneció a lado de esa persona día y noche, y a poco sentía regresar a él lo mismo que sentía en los tiempos en los que vivía con su hermana mayor. Después, ese sentimiento se hizo aún mayor, hasta que por fin conoció algo que le fue prácticamente prohibido durante toda su vida: felicidad…
- Tú eres una de las tantas personas que ha perdido su felicidad por culpa de esta era. Pero eres también quién me ha demostrado que es la felicidad verdadera. Por eso, a partir de este momento... yo te protegeré… Te protegeré a ti y también protegeré tu felicidad, así como tu prometido intentó hacerlo…
Ahora, al escuchar de nuevo esas palabras que él mismo había dicho, una gran mezcla de sentimiento se apoderaba de su pecho. ¿Con que descaro le había dicho que protegería su felicidad como su prometido lo había hecho cuando él mismo había sido el culpable de que muriera? Esa persona le había entregado justamente lo que él le había arrancado. Era posible que no pudiera volver a verla directamente a los ojos. Aún así, ahí se encontraba, marchando con pasos lentos y débiles, apoyándose al frente con su espada enfundada, intentando no volver a caer al suelo ya que sabía que de seguro no se volvería a levantar si eso pasaba.
¿Qué era lo que Battousai Himura tenía que hacer? ¿Y qué era lo que Kenshin Himura tenía que hacer? ¿Serian ambas cosas la misma?, y si no fuera así, ¿al final de cuentas cuál era la decisión que tomaría?... Todas esas preguntas se juntaban en su cabeza, acompañando a la tensión provocada por el estado de su cuerpo…
Su cuerpo flaqueó y por unos instantes estuvo a punto de caer al suelo de nuevo. Logró sostenerse al último momento con su espada, pero cayó de rodillas en la nieve. Su respiración era agitada, y con cada exhalación se veía el vapor blanco surgir de su boca; el frío parecía ser mayor…
- ¡Deja de ser tan llorón Shinta! – Escuchó de nuevo la voz de esa niña frente a él. – Sólo es un raspón.
Lentamente, el chico alzó su mirada al frente. Por unos instantes, entre todo el fondo blanco y borroso que yacía ante él, surgió la silueta de una persona, delgada y de estatura baja, de cabellos rojizos y ojos azules que lo miraban con una expresión de regaño.
- Esto te pasó por ser tan descuidado Shinta. – Prosiguió esa persona, aunque su voz parecía resonar más en su cabeza. – Debes de dejar de llorar por cosas tan pequeñas como ésta, ¿entiendes?
- ¿Qué…?
La imagen de la pequeña se esfumó tras una cortina de nieve. Había visto con toda lucidez la imagen de su hermana Satomi justo frente a él. Pero eso no había sido un sueño o una visión; estaba casi seguro de haberle visto ante él, parada en ese lugar, regañándolo…
Pudo distinguir como otro escenario comenzaba a aclarecerse justo a su derecha… Ahí, podía verse así mismo, acompañado de Tomoe…
- Lamento haberte hecho esperar. – Exclamó él y después extendió sus manos al frente, entregándole un objeto redondo envuelto. – Aquí está.
Tomoe tomó el objeto con sus manos. Lo admiró por unos segundos, como si fuera capaz de verlo aún a través del material que lo rodeaba. Lo acercó hacía ella, sujetándolo contra su pecho. Luego alzó su vista hacía el pelirrojo, sonriéndole con agradecimiento.
- Muchas gracias. – Exclamó la joven después de un rato…
Himura se quedó atónito al ver esa imagen justo frente a él… como un espejismo…
- Mi padre me dijo que no jugara con usted... Porque no sabemos nada de ustedes ni de donde han venido. – Escuchó que la voz de una niña retumbaba alrededor de él, al momento de que el nuevo espejismo desaparecía. –Pero mi madre me dijo que tú haces que la gente se sienta bien, que eres amable con todos y que no puedes ser una mala persona…
- ¿Una… mala persona…? – Pronunció en voz baja el muchacho, aparentemente algo confundido…
- Si tu madre y tu hermana no hubieran muerto, ¿crees que ésta sería la vida que tendrías? Me parece que no fuiste una persona hecha para las Guerras. Podrías haber vivido así, pacíficamente, cultivando y comiendo de lo que cosechas con tus propias manos. Dime, ¿la vida pacifica que hemos vivido estos meses no ha cambiado tu forma de pensar?...
De un momento a otro, todas las voces y todas las imágenes a sus alrededores desaparecieron por completo. ¿Había sido todo un sueño? ¿Cuánto tiempo había estado parado en ese lugar? Comenzó a resentir el dolor de sus heridas, el frío y el cansancio, pero en esos instantes ya no le importaba del todo.
Aún seguía convida… esas imágenes no habían sido una señal de su aproximación con la muerte… ¿habrán sido fantasmas? ¿Será realmente ese bosque tal y como dijo el primero de los Ninjas? En todo caso, si todos esos recuerdos no significaban que se acercaba a la muerte… ¿Qué era lo que le querían decir…?
- To… mo… e…
Un ligero aire helado pareció atravesar la puerta y llegar justo a la espalda de Tomoe. El frío subió por toda su espina, hasta llegar a su cabeza. La sensación la hizo sobresaltarse un poco; había sido una sensación demasiado extraña, misma que de alguna manera la obligó a girarse hacía la entrada del templo. La puerta estaba semiabierta, y aparentemente por ahí había entrado esa brisa.
Sentía como si se hubiera quedado dormida por unos instantes. La espera parecía estarla agotando más de lo debido. En todo ese tiempo ya había vuelto a pensar en la posibilidad de intentar de nuevo suicidarse, pero esa idea parecía ya no ser llamativa para ella. Ya no estaba seguro de que era lo que realmente deseaba, ni que era lo que ella debía de hacer en esos momentos. Además, en verdad no tenía mucho que pudiera hacer. Sólo le quedaba esperar a que todo terminara y de seguro su segunda persona amada terminaría muerta como la primera. ¿Qué sería de su vida después de eso?, ¿Podría de alguna manera resistir eso de nuevo?, ¿Podría de alguna manera seguir viviendo?
- Ya está aquí. – Escuchó de pronto que la voz de Tatsumi pronunciaba desde el exterior de la choza. Tomoe se exaltó al escucharlo.
El líder ninja estaba de pie frente al templo, con sus brazos cruzados y sus ojos puertos en el sendero oscuro frente a él. De entre las sombras del bosque y la nieve blanca que caía, poco a poco comenzó a visualizarse la silueta andante del Destajador. Battousai apareció tambaleándose ante su nuevo contrincante. Después de dar un par de pasos erráticos, clavó de nuevo su arma al frente para apoyarse en ella.
Tomoe se paró apresurada, como si sus energías le regresaran de golpe al escuchar el anuncio de la cercanía de Himura. Abrió un poco la puerta, dejando que un poco del aire frío del exterior entrara. Sus ojos oscuros se centraron por completo en la figura moribunda del chico, que permaneció a fuerzas de pie y respiraba con dificultad. Su imagen era aún pero de la que se había imaginado. Más que un hombre, parecía un muerto ambulante… No pudo verlo por mucho tiempo. Después de un par de segundo, la joven desvió su mirada de nuevo al interior del templo, esperando no tener que voltear otra vez al exterior.
- "La herida de su mejilla está volviendo a sangrar…" – Fue el primer pensamiento que llegó a Tomoe después de volverse al interior.
Himura permaneció en su lugar sin decir alguna palabra o moverse. Por su parte, el líder ninja también se quedó de pie frente al templo, como si estuviera analizando el estado de su objetivo.
- Tu apariencia muestra que has usado hasta el último gramo de fuerza para llegar hasta este lugar. – Mencionó Tatsumi con seriedad. – El no tener nada que proteger convierte la pelea en algo más difícil, incluso para el mismo Battousai. Desde un principio no has tenido nada que proteger, a diferencia de nosotros. Sabiendo esto, ¿A que viniste hasta acá Battousai?... ¿viniste hasta nuestro bosque con el sólo propósito de matarnos?
Himura no reaccionó ante las palabras del ninja. Era muy probable que no lo hubiera escuchado en lo más mínimo, y Tatsumi ya lo esperaba.
- Tomoe... – Pronunció de pronto el pelirrojo con una voz casi apagada. –Yo vine aquí… por Tomoe…
- Sí, ya veo... – El ninja sonrió ligeramente al lograr escuchar sus voz entre todo el viento que soplaba. – Todo el que viera esta escena pensaría que Battousai mató a todos sus enemigos fríamente en su camino, para llegar aquí como el asesino que es. Sin embargo a mi ver, no eres más que un tonto controlado por el amor. Si me enfrentara a Battousai no podría ganarle, sin embargo al enfrentarme a ti que has olvidado esos deseos fríos y te has calentado por el amor, y estando en esas condiciones, no eres rival para mí.
Battousai continuó en el mismo estado. Era claro que estaba conciente de que su enemigo estaba frente a él, pero lo más seguro era que sus sentidos y su cuerpo no lo dejaban reaccionar ante su presencia. Tatsumi continuó sin importarle el que lo estuvieran escuchando o no.
- Por orden del Gobierno regente del Shogun Tokugawa Iemochi, yo, Tatsumi, el líder del Yaminobu, te derrotaré en este mismo lugar... de esa manera honraré la muerte de mis hombres...
Dichas esas palabras y sin esperar ningún momento más, el hombre se lanzó en su contra con pasos veloces. Sin embargo, justo cuando el hombre ante él comenzó a moverse, Himura pareció comenzar a reaccionar.
Sosteniendo aún su espada para apoyarse, Himura colocó su mano derecha justo en la empuñadura de ésta, mientras la izquierda permanecía aferrada a la vaina. Movió la punta de la empuñadura hacía el frente, haciendo que la funda dejara de tocar el suelo y por lo tanto dejara de sostenerlo a él. El asesino cayó de rodillas en la nieve, teniendo su espada sujeta a su lado izquierdo. Justo cuando Tatsumi se encontraba próximo a él, el Destajador desenfundó con todas sus fuerzas desde el suelo, intentando acertar con un ataque circular desde su posición. Sin embargo, el ninja pareció adivinar sus intenciones desde mucho antes. Se detuvo de lleno justo frente a su objetivo, provocando que la punta de la espada prácticamente le rozara el traje.
El movimiento de Kenshin llevó su espada hasta su lado derecho. Una vez que el ataque había terminado, Tatsumi se lanzó de nuevo al frente, lanzando un golpe con su puño derecho directo a la barbilla del pelirrojo. El golpe fue tan fuerte que prácticamente levantó al destajador del suelo.
Himura dio un paso torpe hacía atrás por el golpe, al tiempo que de su boca surgía un poco de sangre debido al impacto. Rápidamente intentó enderezarse de nuevo y comenzó a atacar al frente a como pudo. Tatsumi por su parte, se movió a un lado a otro con gran facilidad, esquivando cada uno de los sablazos de Battousai.
- "No tiene su intuición, vista ni audición..." – Pensó el ninja al notar que Himura parecía estar lanzando golpes al aire. – "Todos sus ataques son al azar..."
Tatsumi se movió hacía la diestra del destajador. Himura pareció percibir su movimiento y de inmediato se giró hacía él, lanzando su espada a la altura de su rostro. El ninja alzó su brazo derecho, haciendo que la hoja de la espada de Himura chocará contra el guante que le cubría casi toda la mano y parte del brazo. El choque de la espada con el guante provocó un sonido metálico, que aún con sus oídos daños Himura fue capaz de percibir.
- "¿Guantera de metal?" – Pensó al momento de percibirlo.
De pronto, aún teniendo la espada de Himura detenida con su guante, el ninja alzó su pierna izquierda, encentándole una fuerte patada justo al lado derecho de su cabeza. La patada lo empujó con fuerza hacía un lado y hacía atrás, cayendo de llenó en la nieve.
Tomoe fue capaz de escuchar el ligero quejido de dolor que el joven había soltado al recibir esos golpes. Inconscientemente alzó sus dos manos para taparse lo oídos y no seguir escuchando. A su vez, cerraba sus ojos, y esperaba que todo terminara rápido…
Himura se puso de pie a duras penas, y se giró tambaleante hacía el ninja. Sólo era capaz de ver su silueta, parada con firmeza a unos metros.
- "No usa ningún arma…" – Pensó mientras miraba al frente con expresión perdida. – "Su estilo de pelea es de Taijutsu, combate a mano limpia… aún así…"
Tatsumi de pronto tomó una posición de combate, alzando su brazo derecho hacía atrás. Se pudo ver como comenzaba a hacer fuerza con el brazo, hasta el punto de que los músculos de éste comenzaron a sobresaltarse.
- ¡¡Toma esto!!... – Gritó el ninja mientras se dirigía en su contra. – ¡Estilo Muteki Taijutsu!, ¡Goufubaku!
Tatsumi se lanzó a toda velocidad en contra del Destajador, antes de que éste pudiera enderezarse por completo o incluso reaccionar de alguna manera. El Yaminobu lo embistió con todas sus fuerzas utilizando su brazo derecho, golpeándolo justo a la altura del cuello. Himura sintió como su cuello era lastimado por el impacto, al mismo tiempo que era empujado con fuerza, cayendo de nuevo de espaldas a la nieve.
- Con tu cuerpo agotado y malherido, y con mi Estilo Muteki a mi favor, no tienes ninguna oportunidad de ganar...
En ese momento, antes de que el ninja terminara de hablarle, sintió un dolor repentino en el pecho. De la nada, a la altura de su pecho, surgió una larga herida de lado a lado, la cual pareció abrirse de la nada. El ninja miró sorprendido esa herida, y luego alzó su mirada al oponente. Himura ya estaba semiarrodillado en el suelo, y la punta de su espada se encontraba manchada con sangre…
- No puedo ver ni escuchar correctamente. – Comenzó a decir con esfuerzo el pelirrojo, mientras llevaba su mano izquierda a su recién golpeado cuello. – Por lo tanto, un ataque a larga distancia no es recomendable… pero, mientras pueda acercarme lo suficiente, podré acertar… si concentro toda mi energía en un golpe... puedo vencer...
- Ya veo... Así que si me acercó de más podría ser fatal, ¿o no?... Veamos que tal te funciona...
Tomoe seguía sentada a lado de la puerta, con sus ojos fuertemente cerrados y sus manos aferradas a sus oídos. Sentía unas enormes ganas de soltarse a llorar, tal y como lo había hecho la noche anterior en los brazos de Himura, pero parecía que de nuevo le era imposible.
¿Era todo lo que podía hacer en ese momento?, ¿Sólo era capaz de sentarse y lamentarse de si misma?, ¿Era realmente tan inútil que ya no era capaz de hacer nada? Ya para ese momento comenzaba a lamentarse de demasiadas cosas en su vida… si no hubiera venido esa mañana a este bosque, si en lugar de eso se hubiera quedado con Himura y le hubiera dicho toda la verdad… pero también estaba su hermano… si no hubiera aceptado unirse a este plan para matarlo, si no hubiera dejado Edo para venir sola hasta Kyoto… o simplemente si no hubiera dejado que Kyosato la dejará, si le hubiera dicho desde un principio lo que sentía… tantos errores cometidos, tantos caminos equivocados y malas elecciones la habían llevado hasta ese momento de total frustración.
Ya no tenía nada a que aferrarse ni a nadie a quien llorarle… sólo deseba de alguna manera recibir una respuesta a todo…
- Tomoe… - Escuchó de pronto que una voz lejana pronunciaba con fuerza.
Tomoe abrió sus ojos de golpe al percibir su propio nombre pronunciado por esa voz, la cual extrañamente había sido capaz de oír con claridad a pesar de que tenía sus oídos tapados. La joven alzó su mirada confundida hacía el fondo del templo, al lugar en el que estaba erguido el buda de color azul y verde. De la nada, parada frente a la estatua, le pareció percibir la silueta de una persona.
La mirada de la joven se quedó congelada al igual que su expresión. Por unos instantes todo a su alrededor se quedó en silencio, y los ruidos de la pelea en el exterior desaparecieron por completo. Ante ella, parada con delicadeza y a la vez con firmeza, se encontraba una mujer, de cabello negro y largo hasta su cintura, vestida con un kimono complementa blanco y sobre éste un abrigo de color rosa. La mujer estaba de pie frente a ella, sonriéndole con gentileza.
- ¡Madre…! – Exclamó en voz baja, aparentemente sin poder entender que era lo que se aparecía ante ella. La visión le sonrió con dulzura.
- Tú y yo somos parecidas. – Escuchó que la misma voz familiar y cálida le hablaba, aunque la imagen ante ella ni siquiera movía los labios. – Podemos ver el color y la forma de un objeto sin necesidad de usar los ojos. Podemos sentir el calor o el frío de algo sin tener que tocarlo. Podemos decir mil palabras sin tener que abrir la boca. Podemos escuchar el sonido más lejano, sin necesidad de que éste llegue a nuestros oídos. Esto es gracias a que tú y yo somos capaces de percibir, no con nuestros sentidos, sino con nuestro corazón. Tus ojos y tu cuerpo pueden ser engañados, pero tu corazón nunca. Si lo sigues a él, siempre encontrarás la respuesta a todas tus preguntas…
- ¿Mi… corazón…? – Mencionó casi en un mormullo la joven de kimono blanco.
La visión ante ella asintió con la cabeza a la pregunta de la chica, al tiempo que su imagen poco a poco comenzaba a desaparecer, hasta que de nuevo Tomoe se encontró sola. La chica estaba confundida por lo que acababa de ver, y por lo que acababa de escuchar. ¿Por qué venía esa visión del pasado a perturbarla justo en ese instante?
Dudosa, la chica comenzó a girarse hacía la puerta, decidida a mirar de nuevo en dirección al combate que se libraba en el exterior. De pronto, otra visión pareció aparecer ante ella de la nada. Lo primero que su vista alcanzó a ver en cuanto se volteó hacía afuera, fue una silueta vestida con un traje negro, de cabello oscuro sujeto hacía arriba, empuñando una espada hacía el frente suyo, a pesar de tener el cuerpo lleno de heridas.
Reconoció su rostro de inmediato, ese rostro que no había visto en un año, y que se aparecía ante ella como otro fantasma: Era Kyosato, Akira Kyosato, la persona que se suponía debería de estar muerta… Esta visión, sin embargo, duró mucho menos que la anterior. En un parpadeo la imagen de su difunto prometido desapareció, siendo remplazada por la persona que realmente peleaba afuera: Himura.
¿Había confundido a Himura con su difunto prometido? ¿A que venía esa visión en esos momentos…?
Himura estaba de pie, a cierta distancia de Tatsumi luego de haber escapado de uno de sus golpes. Se le veía agotado y dañado. Miraba confundido al frente, aunque parecía que no estaba viendo nada en especial. Sin que él lo supiera, Tomoe lo observaba desde el interior del templo.
- "Kyosato-sama..." – Pensó la joven de blanco, mientras miraba en dirección al destajados. – "Tú moriste porque yo no fui capaz de detenerte... y por eso hice todo lo posible para verlo a él muerto, pensando que de esa manera podría remediar mi error... Pero luego yo me enamoré de él sin pensarlo… y ahora me encuentro aquí, llorando, y deseando no volver a sufrir lo mismo que sufrí con tu muerte…"
Tatsumi se dirigió rápidamente hacía el chico, quien seguía sin reaccionar. Antes de acercarse demasiado, el ninja se agachó de golpe, plantando sus manos en el suelo. Impulsó la parte inferior de su cuerpo hacía arriba, sosteniéndose con sus manos en el piso. Luego, impulsó sus pies hacía adelante, golpeándolo con ellos justo en el rostro. El golpe empujó a Himura hacía sus espaldas, aunque logró mantenerse de pie…
- "Ahora entiendo… todo este tiempo no se trato de ti ni de él… todo este tiempo sólo he estado pensando en mí, en mí y en la felicidad que perdí, en la que recuperé, en la infelicidad que no quiero volver a sentir. Nada de esto fue por las razones correctas..."
Los ojos de Tomoe se centraron en el rostro del fatigado espadachín, en sus ojos perdidos y en la larga herida que le sangraba en su mejilla izquierda. Sus ojos se abrieron por completo, como si se acabara de dar cuenta de algo.
- "Pero... entonces tú... esa cicatriz en su mejilla... ¿Acaso…?"
Tatsumi se aproximó a toda velocidad en contra de Himura, encestándole dos golpes, uno en cada costado. Justo cuando Himura iba a contestar el ataque con su espada, el ninja se movió con agilidad hacía su lado izquierdo, saliendo por completo del alcance del destajador. Luego, alzó con fuerza su pierna, golpeando a Kenshin justo en la pierna izquierda. La patada le hizo perder las fuerzas de su pierna y lo hizo casi caer al suelo. Tatsumi se alejó rápidamente del enemigo con un salto una vez que lo había logrado alcanzar de nuevo.
- Kyosato-sama... – Pronunció la joven de blanco para si misma. De pronto, prácticamente de la nada, su rostro se vio alumbrado por la presencia de una amplía sonrisa. – Entiendo...
Himura se hizo momentáneamente hacía atrás para ganar algo de distancia. Los golpes parecen estar empeorando cada vez más el estado de su cuerpo. Tatsumi se veía relajado, parado en posición de batalla, esperando a ver si el Destajador hacía algún tipo de movimiento. Se le veía satisfecho al ver la delantera que llevaba hasta ese momento.
- Parece que tú plan no está dando resultados muchachos. – Mencionó el ninja con una sonrisa. – Lo único que hago es golpearte con movimientos muy sencillos, que no te matan pero de igual manera se encargan de desgastar poco a poco tu ya de por si maltrecho cuerpo. Tú única salvación es matarme de un sólo golpe como lo ha hecho siempre el gran Battousai... pero en tu estado no eres capaz de alcanzarme...
Tatsumi alzó su mano derecha, atrapando en su palma uno de los cocos de nieve que caían.
- Entre el frío y la gran perdida de sangre que has sufrido, tu cuerpo está entumecido y no logras reaccionar... He aquí el efecto del cuarto obstáculo… ¿Te has dado cuenta?
Tatsumi alzó de nuevo su mirada a Kenshin. Estaba parado, mirando a su dirección pero no necesariamente mirándolo a él. Respiraba con dificultad, y tenía su mano izquierda cerca del lugar en el que había recibido la última patada. Tatsumi se miró inconforme.
- No sé porque gasto mi tiempo... posiblemente no puedes oír ni la mitad de lo que digo...
El hombre barbado apretó con fuerzas sus puños y se lanzó de nuevo al ataque, prácticamente arrastrando toda la nieve en el camino. Himura reaccionó torpemente, agitando su espada hacía el frente cuando creía que Tatsumi ya estaba a su alcance, pero de nuevo se equivocó. Después de que el chico falló su ataque de nuevo, el ninja lo embistió con un fuerte golpe de su puño izquierdo, justo en la boca del estomago. Himura gritó de dolor al sentir el impacto del golpe, el cual le había sacado todo el aire.
Después de dar el golpe, el líder se apartó un poco y luego alzó sus dos puños, bajándolos después con todas sus fuerzas hacía la cabeza de su oponente. El impacto lo hizo descender rápidamente de nuevo, y aparentemente volvería a caer directo a la nieve. Sin embargo, antes de que pudiera tocar el suelo, Tatsumi levantó su pierna derecha con fuerza, golpeándolo y evitando que cayera. Al mismo tiempo, el golpe de la pierna lo impulsó de regreso hacía arriba, en parte ayudándolo a pararse de nuevo.
Gracias al impulso de la patada de Tatsumi, logró ponerse de pie, dando un par de pasos en retroceso. El chico intentó reaccionar de nuevo y atacar, pero una vez más fue demasiado lento. Tatsumi se aproximó a él, clavando su mano derecha en su rostro y empujándolo hacía atrás con fuerza. En esta ocasión era prácticamente imposible que el destajador pudiera mantenerse erguido. El impulso provocado por Tatsumi lo lanzó hacía atrás, haciéndolo caer en la nieve boca arriba.
El líder ninja se paró firmemente con la choza del templo a sus espaldas, mientras Himura yacía tirado lejos de él, completamente inmóvil.
- De seguro piensas que soy un cobarde o un aprovechado por pelear contigo en estas situaciones... – Comenzó a decir Tatsumi, mirando fijamente la figura de Kenshin. – Pero me tiene sin cuidado lo que pienses. El trabajo de un ninja como yo es cumplir su misión cueste lo que cueste... no es muy diferente del trabajo de destajadores como tú. Ahora lo más que puedo hacer por ti, es darte la muerte digna de un gran guerrero...
Battousai estaba comenzando a ponerse de pie, apoyándose lo más que podía con sus manos y con su propia espada. En ese momento, sin importarle mucho el destajador, Tatsumi introdujo su mano derecha en su traje, sacando con cuidado el objeto que guardaba en ese lugar: la daga de Tomoe. La desenfundó rápidamente y tiró la pequeña funda de madera al suelo. Para cuando alzó de nuevo su vista al frente, Himura ya estaba de nuevo levantado.
- Tal vez no logres verla con claridad, pero por honor a todas tus victimas, ésta será el arma que te acabará, el arma de la persona a la que tanto amabas y que por lo mismo será tu perdición...
Tatsumi tomó la daga con su mano derecha, empuñándola con firmeza. Himura se alzó de nuevo, y levantó su mirada con firmeza. Por primera vez en todo el combate, Tatsumi sintió que sus ojos se enfocaban justo en él.
- Tal vez no tenga oportunidad de vencerte... – Mencionó de pronto el chico, respirando con algo de dificultad. – Pero... si muero… tú vendrás conmigo...
- "¡Sus sentidos están volviendo!"... – Pensó sorprendido el ninja. No estaba seguro de que le provocaba esa sensación, pero lo sus instintos se lo indicaban. – ¿En serio? ¡¡Entonces acabemos con esto de una vez!!
De pronto, Himura apretó con todas sus fuerza su espada, hasta que su mano casi sangrara. Alzó con fuerza la cabeza al cielo, lanzando un fuerte grito que resonó como estruendo en todos los alrededores.
Enishi sintió de golpe una extraña brisa que le llegaba del frente. Era un aire diferente que lo golpeaba justo en el rostro y lo hizo detenerse casi por completo. Un instante después de sentirlo, pudo escuchar un agudo y fuerte grito proveniente de la misma dirección que casi lo hizo retroceder. Unos pasos más adelante estaba el templo en el que estaba su hermana. No podía detenerse ahora. Sin perder más el tiempo, aceleró por completo su paso, corriendo lo más que pudo hacía adelante…
- ¡¡Hermana!! – Gritó con fuerza mientras corría.
Himura pareció sacar todas sus fuerzas internas junto con ese grito. Empuñando sus espada con ambas manos, se lanzó a toda velocidad hacía el frente, más rápido que cualquier otro de los movimiento que había hecho en toda la pelea. Sus rápidos pasos eran acompañados de igual manera por un fuerte grito de batalla. Sin embargo, su velocidad seguía siendo menor a la de su oponente, y él lo notó de inmediato. Sin temerle a la figura del destajador acercándose, Tatsumi se dirigió hacía su choque con su oponente, empuñando la daga de Tomoe en su mano derecha.
Sólo una estocada de la pequeña daga bastaría para acabarlo. En el cuello o en el puro corazón, cualquier lugar y de seguro moriría al instante… Himura lo sabía, y ya estaba listo para ello. Moriría tal y como debía de morir: con la hoja del arma de un ser al que le había destruido la vida. En ese momento estaba decidido a dar su vida si de alguna manera eso podía compensar todo el daño que había provocado. Ya no podría seguir viviendo sabiendo lo que hizo, y en especial ya no podría volver a ver a Tomoe a la cara. Así que todo estaba dicho… sin miedo a lo que pasara al final de ese movimiento, Battousai Himura se preparó para lanzar su último ataque…
- "Yo maté a muchas personas con la excusa de proteger la felicidad de los débiles..." – Pensaba en su propia cabeza el destajador, mientras con los ojos cerrados y su grito al aire seguía corriendo hacía el frente. – "Pero en el camino, yo mismo fui quien provocó que perdieras tu felicidad... te quité todo lo que era importante para ti sin saberlo siquiera... no valgo lo suficiente para protegerte, no tengo el derecho de hacerlo... Lo único que puedo hacer es poner todo de mí en este último golpe..." – Himura alzó con fuerza su espada al aire, preparándose para dar un corte directo de arriba hacía abajo. – "Lo siento Tomoe… espero que seas feliz… en la Nueva Era..."
La espada del destajador comenzó a descender con fuerza, directo a su objetivo, esperando al menos poder alcanzarlo antes de que él lo alcanzara…
- Me han dejado que decida tu futuro. No sé si lo comprendas, pero por azares del destino te involucraste en algo muy delicado. Por eso necesito que me jures olvidar todo lo que viste anoche. Olvidarlo e irte de este lugar ahora mismo.
- ¿Soy una molestia para ti?
- ¿Qué dices?
- A la señora Okami le agrado.
- ¿No crees que tu familia debe de estar preocupada por ti?
- Si tuviera familia o un hogar al cual llegar, ¿crees que andaría bebiendo sola de noche?... Yo soy… una Gata Perdida...
Los ojos de Himura se abrieron de golpe sin que él lo pidiera. Una vez más su vista le engañaba, pero ahora se trataba incluso de sus oídos y de todo su cuerpo. Al abrir los ojos, ya no se encontraba en movimiento, ni tampoco estaba parado en ese bosque nevado ante ese ninja. Al abrir los ojos, se encontraba en un escenario totalmente distinto: Estaba de pie en la cima de un peñasco, un alto y empinado peñasco aparentemente en la parte más alta de una isla. Debajo del peñasco se veía un denso bosque que se alargaba al frente hasta toparse con las aguas del mar azul. El mar se alargaba más adelante, hasta perderse en el horizonte. No sentía el frío de la nieve, sino el calor intenso del sol de verano sobre él, así como el aire salado golpeándole el rostro.
Miró confundido el escenario del mar y el bosque funcionándose frente a él, totalmente atónito. De un momento a otro, comenzó a sentir una gran paz en su interior...
- ¿Por qué Kenshin? – Escuchó que la voz de una persona pronunciaba a sus espaldas, parecía la voz de una mujer. – ¿Por qué tienen que ser las cosas de este modo?, ¿Por qué no puedes olvidarte de Battousai el Destajador y de Kenshin el Vagabundo?, ¿Por qué no puedes ser simplemente tú, Kenshin Himura?, ¿Por qué no puedes ser la persona a la que amo y a la que quiero?, ¡¿Por qué no podemos vivir juntos como una familia?!, ¡¡Dime porqué!!
- ¡¿Tomoe?! – Gritó apresurado mientras se daba rápidamente la media vuelta.
De pronto, justo cuando se giró, todo a su alrededor se cubrió de completa oscuridad. Sin embargo, al frente, rodeado por todas las sombras, logró divisar la figura de una persona, hincada en el suelo, aparentemente vestida con un kimono amarillo, dándole la espalda a él. En sus brazos, parece sujetar a una persona a la cual no logra divisar con claridad. La persona del kimono amarillo acerca su rostro al de la persona que sostiene, y le mormura algo sólo a él…
El filo de la espada de Battousai atravesó sin problema la carne y el hueso. Bajó con una velocidad menor a la que había comenzado, pasando desde la altura del hombro, hasta llegar por debajo de la cintura, en donde la espada salió del cuerpo y culminó su corte…
- "¡Este olor!" – Pensó horrorizado el Destajador volviendo en si… Sus ojos se abrieron de golpe ante su deseo, justamente cuando el movimiento de su espada había culminado. – "¡Perfume de cerezo blanco… combinado con sangre…!"
Su vista y su oído parecieron volver de golpe, justo en ese instante casi como acto de magia. Una vez que su vista se había aclarado, ésta fue recibida de golpe por el rojo de la sangre que brotaba desde el frente hacía él, aunque no era capaz de cubrir lo horrenda escena… Entre ella y Tatsumi se encontraba una larga cabellera negra que caía hacía atrás, tapando la tela blanca de un kimono. La espada de Himura había dañado al Ninja a través de ese obstáculo, atravesándola e hiriéndolo de muerte con una herida que iba de su hombro izquierdo hasta la altura de su estomago.
Himura vio horrorizado esa segunda figura y percibió ese olor tan penetrante que había olido hace ya mucho tiempo… La sangre de ambos brotó de sus heridas, empapando al chico.
- No entiendo... a las mujeres... – Dijo como últimas palabras el ninja barbado, mientras descendía hacía atrás y soltaba el cuchillo que traía consigo, dejándolo sin resistencia en las manos blancas de aquella que había detenido sus intentos de apuñalar a Battousai. El líder del Yaminobu cayó al suelo sin vida…
Por su parte, la persona que estaba entre ambos comenzó a descender hacía Kenshin, chocando con él antes de caer al suelo. Himura se había quedado casi congelado con su mirada puesta al frente. Sintió ese cuerpo cálido chocar contra el suyo. Soltó su espada de golpe, y se dejó caer junto con ella al suelo…
- ¡¡¡TOMOE!!! – Gritó con todas sus fuerzas mientras caía de rodillas…
Tomoe se había interpuesto entre los dos justo en el momento del ataque. Tatsumi hubiera podido sin problema esquivar el ataque y la daga que portaba en su mano hubiera atacado al Destajador sin problema. Sin embargo, ella se había puesto justo frente a él, sujetándole la mano y evitando que atacara con la daga. Tatsumi, por causa de esa sorpresa, no logró reaccionar y por lo tanto no escapó de la espada de Battousai, que lo había alcanzado atravesando el cuerpo de Tomoe en el proceso.
Himura ahora estaba en el suelo, teniendo a Tomoe recostada en sus rodillas. El viento había cesado y todo el bosque volvió al silencio completo. Los cocos de nieve continuaban cayendo a su alrededor con tranquilidad, algunos cayendo en el suelo combinado de blanco y rojo…
La herida de su cuerpo se alargaba desde su hombro derecho hasta debajo de su cintura. Casi todo el lado derecho del cuerpo de Tomoe estaba manchado con su sangre. Su kimono blanco se había combinado con el rojo, así como la nieve debajo de ella. Kenshin veía a la mujer agonizante, sin poder creer lo que había ocurrido…
- Tomoe... – Pronunció el Destajador, prácticamente sin poder hablar. – ¿Porqué?...
La mujer abrió lentamente sus ojos y los junto con los del Destajador. A duras penas, logró abrir su boca para pronunciar unas palabras.
- Kenshin... – Pronunció la joven con esfuerzo. Himura se quedó sorprendido. Era tal vez la primera vez que alguien lo llamaba "Kenshin" desde que era Battousai el Destajador. – ¿Esa cicatriz... Kyosato-sama...?
- Así es... – Le contestó él apresurado, sabiendo muy bien que era lo que le quería preguntar. El chico la tomó con delicadeza, levantándola un poco. La chica pareció querer continuar a pesar de su debilidad.
- Te dije… aquella noche en Kyoto... que me preguntaba que pensaba el hombre que te la había hecho...
Las palabras de la joven fueron interrumpidas por un repentino ataque de tos, el cual provocó que de su boca surgiera un poco más de sangre.
- ¡Tomoe! – Exclamó aterrorizado el pelirrojo. Sin embargo, Tomoe no se preocupó por eso y continuó.
- Ahora… lo sé... – Pronunció en voz baja. Himura se extrañó al oírla. – Lo que me dijiste en aquel entonces... Kyosato deseaba vivir... es por eso que esa cicatriz te acompaña... porque aún vive en ella su... deseo...
De pronto, la joven alza su mano izquierda lentamente, aparentemente usando las pocas fuerzas que le quedaban. Himura nota de inmediato el objeto que Tomoe porta en esa mano: su daga; se había quedado con ella luego de arrebatársela a Tatsumi. La joven comenzó a acercar la daga hacía el rostro de Himura, el cual no hizo nada para detenerla.
- Quiero que mi deseo... también esté... contigo...
Tomoe tocó el rostro del destajador con la punta de la dada, justo en su mejilla a algunos centímetros por debajo de su ojo izquierdo. Luego, movió la daga hacía un lado, haciendo una herida pequeña que pasaba perpendicular a la herida que le había hecho Kyosato, y la atravesaba hasta casi llegar a la base de la cara. Tomoe sonrió satisfecha al verla.
- Nunca... lo olvides... – Pronunció al tiempo que soltaba la daga y la dejaba caer al igual que su brazo.
Los ojos de la mujer comenzaron a cubrirse de lágrimas, al igual que los del muchacho. Cada vez se veía más próxima su muerte… Tomoe alzó su mirada hacía el cielo, observando como los cocos de nieve caían desde arriba, directo hacía ella. Cerró por un instante sus ojos, y luego los volvió a abrir con cuidado. Al volverlos a abrir, veía de nuevo al cielo… Una amplía sonrisa de satisfacción surgió en su rostro al tiempo que las lágrimas resbalaban por sus mejillas…
- Cerezos… blancos… - Pronunció por último, antes de volver a cerrar sus ojos y quedarse totalmente quieta.
Himura se quedó congelado al ver el rostro tan tranquilo de la joven. Ya había dejado de respirar y de moverse. La herida había dejado de sangrar más; su corazón de seguro se había detenido… Llorando, el joven tomó a la joven y acercó su cabeza su pecho.
Sin que él se hubiera dado cuenta, había otro observador justamente en ese lugar. Parado en el sendero a sus espaldas, mirando incrédulo hacía él, se encontraba la figura del pequeño Enishi. Había estado parado ahí desde hace un largo tiempo. Había llegado muy tarde, o tal vez justo al tiempo para ver como la espada de Battousai atravesaba a su hermana y alcanzaba al líder de los Yaminobu en el proceso. Parecía que el tiempo se le había detenido justo en ese momento. No se había movido, ni había dicho nada, ni siquiera se había acercado. Estaba totalmente petrificado, viendo esa escena ante él.
Pareció sentir que su hermana acababa de fallecer, ya que justo en ese momento Enishi reaccionó, retrocediendo sin quitar su mirada perdida del frente.
- "¡Her…mana…!" – Pensó atónito el chico mientras caminaba hacía atrás. Luego, dio rápidamente la media vuelta y se alejó corriendo del lugar lo más rápido que sus pies lo llevaran, sin detenerse ni un segundo.
Himura ni siquiera notó al chico que se alejaba. En cualquier otra situación, de seguro hubiera sido capaz de sentir su presencia de inmediato. Sin embargo, en esos momentos su mente estaba demasiado confundida. Seguía aferrando el cuerpo de la mujer contra el suyo, mientras lloraba sin poder detenerse.
- ¡Yo soy el Destajador!... – Pronunció con un tono fuerte y lleno de frustración. – yo soy el que debió morir... ¡Yo debí de haber muerto!, ¡¿Por qué?! ¡¡Tomoe!!
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- Madre… - Exclamó la niña recostada en las rodillas de su madre. – Dígame como es el lugar en el que nació…
- Es un pequeño pueblo al norte. – Le contestó la mujer mientras le acariciaba con delicadeza su fino cabello negro. – Está rodeado casi por completo por árboles y montañas, hermosos valles y hasta un pequeño lago cristalino. En la primavera, los cerezos florecen hermosamente, y puedes ver como caen con delicadeza como lluvia. En las noches de verano, puedes ver cientos de luciérnagas danzar en el largo. En el otoño, desde el tejado de mi casa, podías ver la hermosa luna llena que alumbraba todo el pueblo desde las alturas…
- ¿Y en invierno madre? – Preguntó la niña al ver que su madre se detenía. – ¿Qué hay en invierno?
La mujer sonrió ante la pregunta de su hija.
- En invierno… cae la nieve blanca… como la que cae ahora…
- Me gustaría conocer ese lugar algún día madre.
- Tal vez… algún día…
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El día llegó con cuidado al Japón, pero el cielo seguía completamente nublado. Estaba nevando de nuevo, tal y como había sido en los últimos días. Ese sería un invierno muy largo, y también muy frío. La choza de aquel chico que se dedicaba a vender medicinas se veía más tranquila que nunca.
Himura estaba sentado frente a la humeante hoguera de la choza de madera. El fuego ya se había extinto, y sólo quedaban sus vestigios. Tenía su espalda recargada contra la pared del lado derecho, teniendo en el suelo a su lado su espada enfundada, junto con el pequeño trompo de madera. En su mano derecha, sostenía el diario de Tomoe, pero ya no lo leía. Lo sujetaba a su lado, mientras su mirada se centraba en el humo que surgía de las brazas.
Aún en su rostro se veían algunas manchas o rastros de los combates. Sus ropas estaban rotas y maltratadas; ni siquiera se había preocupado por cambiarse.
- Tomoe... – Pronunció en voz baja para él mismo. – Ahora me doy cuenta de todo lo que tuviste que sufrir al perder a un ser amado... sólo con tu muerte me pude dar cuenta de lo que en verdad sufriste... Y esto es lo que sufren todas las personas de esta era...
Himura desvió momentáneamente su mirada hacía su zurda, donde descansaba su espada. Alargó su mano izquierda hacía esa dirección, pero no para tomar la espada, sino para tomar el trompo de madera con colores que también descansaba ahí.
- Satomi-neesan... Sakura, Akane y Kasumi... y ahora tú... todas han muerto para protegerme a mí y permitirme vivir... me han dado todas el regalo más preciado que se puede tener. Ninguna de ustedes volverá a sufrir nunca más... pero ahora yo debo de cargar con la responsabilidad de purgar todos mis pecados... una vez que logré que una nueva era de paz llegue... en su nombre, y en el nombre de todos los que han muerto y morirán todavía por mi culpa... sin importa lo doloroso que pueda ser.
El chico bajó su mano, colocando el trompo de nuevo del piso. Bajó cabeza por completo, centrándola en sus propias piernas.
- Será nuestro castigo... – Exclamó una voz desde la puerta de la casa. – Tanto el tuyo como el mío.
Kenshin reaccionó de inmediato, alzando su mirada en dirección a la puerta. Su expresión se quedó congelada al ver la figura del hombre parado ahí, quitándose el sombrero de paja de su cabeza.
- Himura, siento lo sucedido... – Comentó el recién llegado, agachando su cabeza.
- ¡Katsura-san! – Exclamó sorprendido el muchacho al desaparecido líder del Clan Chosu. – ¡Está bien...!
No había sabido nada de Katsura desde la noche del incidente de Ikedaya. Según lo que había dicho Izuka, estaba desaparecido y de seguro huyendo. Estaba seguro de que lo volvería a ver, pero no creyó que sería justo en ese momento.
Katsura entró a la choza, retirando su espada del cinturón y sentándose en el recibidor. Teniendo su vista puesta en la puerta, comenzó a hablarle.
- Me enteré de todo... Lo siento. Esta desgracia se debió a dos cosas: Que mataras a su prometido, y que ambos se enamoraran. Pero en ninguno de los dos casos tú fuiste el culpable... la culpa de todo esto es mía...
Himura no estaba muy convencido de esas palabras, volvió a bajar su mirada, centrándola en el mismo sitio.
- Hace algún tiempo yo le pedí un favor a Tomoe. – Mencionó de pronto el líder. Kenshin se sorprendió al oírlo, pero no levantó de nuevo su mirada. – Como sabes, una espada poderosa en las manos de la locura puede ser un verdadero peligro. Sin embargo, hasta la espada más letal puede ser detenida por una funda… Yo le pedí a Tomoe que fuera tu funda… Aún en estos momentos sigo pensando que ella lo es...
Kenshin no lo volteó a ver de nuevo. Esas palabras le habían confundido…
- He descubierto también quien fue el verdadero espía responsable de revelarle tu identidad al Yaminobu y mantenerlos informados de tus movimientos.
- Izuka... – Pronunció tranquilo el destajador. Ya lo había visto venir, ya que nadie más que él podría haberles informado de su ubicación.
- Así es. – Contestó Katsura. – He encontrado a otro Destajador para que se haga cargo de los asesinatos en las sombras. Ahora mismo lo he enviado a encargarse de ese asunto.
Las calles de la ciudad de Kyoto también se encontraban cubiertas por nieve. Sin embargo, eso no impedía que la gente pudiera moverse con libertada por ellas. Izuka acababa de llegar a la ciudad completamente a escondidas. La mañana anterior había ido hacía Himura, cumpliendo de esa manera la última parte de su trato con los Yaminobu. Ahora estaba de regreso a la capital, llevando en sus manos dos paquetes con monedas de oro como pago de por su información y servicio.
- Amo estar un paso adelante de todos. – Pronunciaba con orgullo el antiguo miembro de Chosu, mientras lanzaba y atrapa los paquetes con monedas. El hombre se movía sigilosamente por una calle vacía de la ciudad, aparentemente disponiéndose a irse. – Ya no me importa cual de los dos lados sea el vencedor en esta guerra. No necesitaré más de una espada mientras tenga esto a mi lado.
De pronto, Izuka dio confiado la vuelta en un callejón y se detuvo de golpe. Ante sus ojos, parado en el pequeño callejón con el suelo cubierto por completo de nieve, estaba la figura de una persona. Vestía un hakama largo de color negro, y kendogi de color gris oscuro, además de un largo sombrero en forma de cesto que le cubría la parte superior de la cabeza y los ojos. En su cintura portaba sus dos espadas al igual que él.
- Shozo Izuka... – Pronunció el extraño desde su posición, teniendo su mano izquierda sujetando la funda de su espada larga. – Por tú traición al Clan Chosu... he venido a traerte el Tenchuu…
El extraño alzó su mano derecha, colocándola en la empuñadura de la espada. Izuka sonrió confiado al ver la escena ante él. Evidentemente había sido descubierto después de todo.
- Así que... Katsura no me quiere dejar ir, ¿verdad...? – Exclamó el antiguo informante sin la menor preocupación. – Pues bien, después de todo, la vida es un juego... tendré que confiar en mi espada una última vez...
Izuka guardó las monedas en el interior de su traje y acercó su mano a su espada. Sin esperar mucho tiempo, el informante comenzó a desenfundar lo más rápido que pudo, aunque al final ni siquiera fue capaz de sacar la espada por completo de su vaina.
En un solo parpadeo, la espada del asesino enviado a matarlo ya se encontraba afuera, y como por acto de magia la hoja de ésta se cubrió por completo de llamas incandescentes. Izuka no pudo siquiera reaccionar. Sólo vio como las llamas se le acercaban de un instante a otro, y sentía como el filo caliente de la espada lo cortaba por la cintura…
- ¡Homura Dama! – Gritó el asesino, mientras realizaba el corte.
- ¡¿Qué es… esto...?! – Exclamó Izuka, un segundo antes de que su cuerpo partido a la mitad se cubriera por completo de fuego.
Ambas partes del cuerpo cayeron a la nieve, quedándose con las llamas a su alrededor. Después de terminar el movimiento, las llamas de la espada se esfumaron, regresando la hoja a la normalidad. El asesino colocó su espada sobre su hombro izquierdo y camino en dirección adonde estaba en cuerpo. A un lado, tirado en la nieve, encontró los dos paquetes con monedas de oro, ligeramente consumidos por la lumbre. Se agachó con cuidado, tomando todas las monedas con su mano izquierda.
- ¿Ésta fue realmente una misión...? – Se preguntó sonriente, mientras admiraba el oro. – Está bien… aún quedan muchos débiles en este conflicto que pueden servir de alimento…
El hombre guardó las monedas en su traje y enfundó de regreso su espada, al tiempo que alzaba sus ojos púrpura hacía el cielo…
- Su nombre es Shishio Makoto. – Le informó Katsura a su destajador, el cuál seguía aún sentado en el mismo lugar, con el diario de Tomoe a su lado. – Su escuela y sus origines son desconocidos, pero sus habilidades se comparan ampliamente con las tuyas. He decidido que él será el nuevo Destajador encargado de los asesinatos.
Nunca pensó que encontrarían a otro asesino que se encargara de los asesinatos de Battousai. Fue el destajador encargado de los asesinatos en las sombras por un año, y esperaba que en algún momento eso cambiara, pero ahora parecía que todo le estaba cayendo de golpe en esos momentos. La noticia de Katsura no le causaba gran emoción a Himura, posiblemente a causa de todo lo que había vivido.
- Entonces... supongo que estoy despedido. – Mencionó Himura, manteniendo su mirada baja.
- No, aún no es el momento de que dejes tu espada. – Le contestó el líder Chosu. – Kyoto es muy peligroso en estos días. Las batallas con el Shinsengumi no han cesado, y los Lobos de Mibou aumentan cada vez más la caza de los patriotas. Si no los enfrentamos con todo lo que tenemos, de seguro perderemos.
Katsura volteó a ver con seriedad al chico, quien desde hace un largo rato no lo había volteado a ver siquiera.
- Himura, te necesito de regreso en el frente de batalla, pero ya no más como un Destajador en las sombras... sino como un espadachín de escuadrón, como un soldado más de nuestro ejército.
Battousai no reaccionó en lo más mínimo ante las palabras del hombre. Katsura comenzaba a darse cuenta que lo ocurrido con Tomoe le había afectado demasiado.
- Sé que es cruel pedírtelo en estos momentos, pero no hay nadie más que pueda hacer algo como esto. Aunque parezca difícil, quiero pedirte que hagas tu corazón a un lado por ahora... y que pelees de nuevo con la Espada del Hiten Mitsurugi.
- Con la Espada del Hiten Mitsurugi… - Repitió en voz baja el muchacho sin cambiar de posición.
El silencio volvió a sembrarse entre los dos realistas. Himura guardaba completo silencio, mientras Katsura, sentado aún en la entrada mirando en su dirección, parecía esperar con ansias que el chico le contestara algo. Esperaba de todo corazón que no estuviera considerando el desertar. Después de todo, él mismo estaba diciendo al momento en el que llegó que tendría que abrir paso a una nueva era para luego purgar por sus crimines. El único camino para lograrlo era peleando, no había otra manera. El Movimiento necesitaba a Hitokiri Battousai…
De pronto, Katsura escucha unos pasos pequeños contra al nieve que se acercan hacía la puerta. El líder voltea de nuevo en dirección al exterior. En el umbral de la puerta, aparecen cinco pequeños, dos niños y tres niñas, los cuales miran extrañados al hombre de traje negro. Uno de los niños, uno de cabeza rapada, traía en sus manos una pequeña cometa.
- Oye hermano Kenshin. – Pronunció la más grande de las niñas, inclinando la cabeza hacía adentro. – ¿No vas a salir a jugar hoy?
- Vamos a intentar volar cometas... – Exclamó el niño rapado con energía.
- Es imposible que vuele, ¿no ves que está nevando? – Le regaño el otro de los chicos.
Katsura miró confundido al grupo de niños. Parecía que Himura se había hecho de alguna reputación entre los habitantes de los alrededores, pero eso ya no sería importante, ya que fuera como fuera tendría que dejar ese lugar a más tardar esa noche.
- En estos momentos estamos algo ocupados. – Les dijo Katsura con un tono tranquilo. – Por favor, si pueden volver mañana...
- Está bien. – Pronunció de pronto Kenshin desde su posición.
Katsura se sobresaltó al escuchar de nuevo la voz del muchacho. Rápidamente se giró en su dirección, justamente cuando Himura ya estaba de pie.
- En un momento voy. – Les dijo el chico, y los niños se adelantaron a esperarlo afuera de la choza.
- Himura... – Exclamó sorprendido Katsura al verlo.
El chico caminó hacía la entrada, dejando en el suelo su espada y su trompo de madera tirados. Sin embargo, el muchacho seguía sujetando en su mano derecha el diario…
- Katasura-san. – Comenzó a decir el chico, parándose a su lado. – Si dejó mi espada ahora, todas las vidas que he tomado hasta este momento serían en vano. Si muero, las vidas de aquellas que han muerto para protegerme también se habrán perdido sin ninguna razón... – El pelirrojo tomó el diario y lo comenzó a guardar en el interior de su traje. – Lo que puedo hacer ahora es seguir peleando utilizando mi espada. Pienso que esa es la razón por la que Tomoe deseó protegerme. Ella me brindó un poco de la felicidad que todas las personas desean… Es por eso que es mi deber seguir blandiendo mi espada por una Nueva Era... Pero... cuando esa Nueva Era que espero llegue...
- ¿Dejarás tu espada? – Interrumpió Katsura, como prediciendo lo que diría.
Himura guardó silencio, como si dudara de su respuesta.
- No lo sé... – Contestó de pronto con un tono serio. – Pero de algo sí estoy seguro…
Casi sin que él quisiera hacerlo, Himura levantó su mano izquierda, tocando con ella la cicatriz en forma de cruz que ahora adornaba su rostro. Ambas heridas, la hecha por Kyosato y la hecha por Tomoe, las dos se habían cerrado por completo y habían dejado de sangrar, aunque la marca de sus armas seguía aún totalmente visible en su rostro.
- Mi espada dejará de ser una Espada Asesina… - Pronunció mientras tocaba su mejilla. – Cuando la Nueva Era llegue, no volveré a matar... nunca más...
Después de darle su respuesta al líder Chosu y de haber guardado el diario consigo, se dirigió con pasos lentos hacía el exterior de la casa. Katsura, sentado aún en el recibidor, miraba casi admirado la figura del destajador saliendo de la casa… Un sentimiento de tristeza pareció invadirlo al ver tal escena.
- "Tenías toda la razón Shinsaku..." – Pensó el líder, sin apartar sus ojos del mismo lugar. – "La Espada del Hiten Mitsurugi nunca debió de ser usada para destruir la vieja era... sino para proteger la que vendría... lo siento Himura. Sólo espero que encuentres el camino adecuado..."
Ya afuera, Himura se reunió con los pequeños. Dos de las niñas se le acercaron, tomándose cada una de sus manos.
- ¡Qué genial atuendo! – Mencionó el mayor de los niños, al ver que traía puesto un traje de Hakama al estilo de los samuráis o de los practicantes de Kendo. Ellos nunca antes lo habían visto con ese traje.
- Pero está algo roto y manchado. – Mencionó una de las niñas, mirando extrañada el atuendo del chico.
- Sí, ya es algo viejo. – Mencionó el hombre, mientras todos comenzaban a caminar.
- ¿Qué te ocurrió en el rostro? – Preguntó el otro niño. – Ahora tienes otra cicatriz.
- Fue un accidente. – Les contestó con una sonrisa aparentemente despreocupada.
- ¿Dónde está la señorita Tomoe? – Preguntó la niña de su mano izquierda.
- Ella se ha ido muy lejos, para nunca regresar...
- ¿Se separaron?
- Algo así… Y me temo que yo también tendré que irme dentro de poco…
Todos los niños parecieron sobresaltarse al escuchar tal noticia.
- ¡No puedes irte! – Le dijeron con energía. – ¡Eres el único adulto que acepta jugar con nosotros!
- El invierno ya empezó, ¿por qué no te quedas hasta que termine?
- Quédate hermano Kenshin…
Himura sonrió satisfecho al escuchar las palabras de los niños. Había una razón por la que siempre le gustaba jugar con ellos. Además del hecho de que nunca había tenido una verdadera infancia, siempre que estaba con ellos las cosas le parecían tan sencillas y simples, y podía olvidarse por completo de sus preocupaciones… como un adulto que juega a ser niño…
- No se preocupen por cosas como esas. – Les dijo Himura con una sonrisa, mientras todos seguían caminando juntos. – Ustedes no tienen porque preocuparse por esto... ni tampoco por las cosas que incomodan a los adultos... ustedes sólo deben de preocuparse por jugar hasta al atardecer, y nadie debe de impedírselos... de eso se encargan los adultos como yo...
Himura marchó junto con el grupo de pequeños, mientras la nieve blanca seguía cayendo sobre ellos, así como pétalos de cerezo blanco…
¿F I N?
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Notas Finales del Autor:
Hoy es 6 de Enero del 2007. Lo primero que escribo y termino en este nuevo año que acaba de empezar es justamente ese último capitulo de esta precuela de mi serie de Rurouni Kenshin titulada "La Espada Asesina". No estoy seguro de cuanto tiempo ha pasado desde que comencé con esta mi versión personal de la historia de Kenshin y Tomoe, basada en las diferentes versiones que existen de los acontecimientos de esa época. Han pasado ya muchos años desde el momento en el que se comenzó a escribir el primera parte de toda esta saga, "La Saga de Osaka", el primero de mis Fanfics y con el que se inicia todo.
Bueno, ya cuando llegamos a este punto, al décimo y último capitulo de esta historia, una pregunta que puede llegar a muchos es "¿Cuál fue el propósito de reescribir todo este pedazo de la historia de Rurouni Kenshin de nuevo?" Lo mismo me preguntaría yo… pues bien, el reescribir esta historia, hacerle esos cambios y agregarle detalles cumple a muchas razones, y no lo hice sólo porque me gusto toda esta parte. Cumple a varios propósitos, sobre todo a que me ayudó a la perfecta comprensión de esta parte de la historia, a practicar la escritura el manejo de los personajes de esta serie, y por supuesto el más importante, establecer las bases para lo que serán mis próximos fanfics de esta saga…. Pues como lo dice las últimas palabras del capitulo, esto no es realmente el final de la historia, sólo el de esta parte…
Hace algunos años, cuando se terminó "La Última Redención", continuación de "La Saga de Osaka", mencioné que no tenía planeada hasta ese momento ningún tipo de continuación. Bueno, eso fue ya hace muchos años y actualmente las cosas han cambiado drásticamente. Pero antes de que vean una continuación directa, aún faltan muchas partes previas que faltan por ver.
Sólo puedo agregar que me gusto mucho escribir esta historia, y espero que aquellos que hayan leído del manga de Rurouni Kenshin, visto los ovas, leído o visto Pace Maker Kurogane, les haya agrado este fic, y si tenían algún tipo de duda sobre lo ocurrido en esta faceta les haya ayudado a comprenderla. Ahora sólo me queda mencionarles las otras partes de esta historia que vendrán en un futuro, entre ellas "Hacedor de Paz", que como lo mencioné mucho a lo largo de esta historia, es la otra parte de este fic, como su "complemento". Esta historia nos cuenta otra perspectiva de esta época, desde la perspectiva del famoso Shinsengumi. Les invito a aquellos que les haya gustado "La Espada Asesina" a leer este otro fic que apenas va comenzando y los ayudará a entender algunas de las cosas que ocurrieron en éste. En cuanto a continuación después de esta historia, eso ocurrirá cuando "Hacedor de Paz" termine, pero mientras tanto vendrá el inicio de "Los Cuatro Rurouni", una historia que muchos que leyeron "La Saga de Osaka" y "La Última Redención" esperaban, y que se ubicara al final de la era de Kenshin como Battousai.
Así que, aún tenemos muchas historias de Rurouni Kenshin de mi parte para rato. Espero de todo corazón que sigan la secuencia de esta larga serie que estoy formando, ya que ni siquiera se esperan lo que viene en un futuro tal vez lejano. Les agradezco a todos sus comentarios en esta historia, y veamos que tal nos va con el resto.
Atte.
Wing Beelezemon – Wingzemon X
"The
Last Power of this
