- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.


"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".


Capítulo X

"Noche de bodas"

El clamor de la batalla llegaba difuso a mis oídos. Escuchaba los gritos y exclamaciones a distancia, el trote de los caballos de combate, todo lejos, muy lejos del lugar en donde permanecía.

Era como si estuviera dentro de un sueño, un sopor inquietante hacia que mis ojos permanecieran cerrados. Me parecía estar fuera de mi propio cuerpo, flotando en una especie de nube, un lugar desconocido e intimidante. La oscuridad que me rodeaba tampoco era muy tranquilizadora.

Concentré mis sentidos y escuché una voz femenina, chillona y desesperada llamándome por mi nombre con insistencia, luego, sentí unos suaves golpes en mi mejilla reiteradas veces.

La voz se fue clarificando y dulcificando hasta que no me quedaron dudas de que mi doncella era quien me llamaba a los gritos. Traté de sonreír sin saber si lo conseguí, ya que no era dueña de mis movimientos, lo supe cuando intenté con todas mis fuerzas de abrir los ojos y mover mi cuerpo, sin lograrlo.

Luego escuché su voz, estaba muy cerca y parecía ofuscado; no, ofuscado no alcanzaba para describir lo que me demostraba con su tono de voz, furioso era la palabra exacta.

-¡Qué sucedió! ¡Por qué te encuentras aquí junto a mi esposa!

Esa voz, potente y autoritaria no podía ser de otra persona más que la de mi señor. Quise hablarle, quise saltar a sus brazos, pero mi cuerpo se negaba a obedecerme.

-Mi señor…

La voz de Ukyo denotaba preocupación y temor; pobre chica, seguramente estaba aterrorizada ante la reacción que tendría el señor de Nerima.

-¡Contesta! ¡Qué demonios hace mi esposa aquí! ¡Debería estar en el castillo, en la seguridad del castillo y no aquí!

La voz de mi esposo se había acercado al punto de que la escuchaba claramente ahora. Lentamente, mis ojos comenzaron a responder a mis demandas y la luminosidad se fue filtrando por entre mis pestañas.

-Mi señor, es que yo… yo…

Evidentemente mi doncella no sabía qué contestarle al furioso daimyö que seguramente se encontraba frente a ella.

El trote apresurado de un caballo fue lo siguiente que pude distinguir, mis ojos finalmente se abrieron y tras parpadear en repetidas ocasiones, logré enfocarlos en el difuso rostro de mi doncella.

Ukyo lloraba sosteniendo mi cabeza en su regazo, quizá por eso pareció no percatarse de que yo había despertado. Sus brazos temblaban y el gesto en su rostro era de completo terror.

-¡Tú! –la voz de mi señor había causado un notorio sobresalto en mi doncella y ahora se alejaba de donde me encontraba tendida, totalmente mareada, desconcertada y con mi cuerpo adormilado y muy dolorido-. ¡Tú! ¡Cómo te atreves a presentarte aquí!

-Mi señor, vine en busca de tu esposa y…

-¡En busca de mi esposa! ¡Debías cuidarla y ahora mírala!

-Mi señor, soy culpable, lo admito.

Lo siguiente que escuché fue un golpe de puño y alguien cayendo bruscamente al suelo. Luego vino el sonido característico que emite el acero al salir limpiamente de la vaina. Me desesperé y comencé a remover mi cuerpo para alertar a mi doncella.

-Ukyo –dije con dificultad.

-¡Mi señora!

El grito de mi doncella fue tan estridente que me dio la impresión que mi cabeza se partiría en el acto. Volví mi vista al costado y mis ojos encontraron la figura de mi esposo, borrosa y oscurecida a causa de la dificultad que tenía para enfocar mi vista, pero era él, de eso podía estar segura y se encontraba de pie frente al monje guardián que él mismo me había asignado.

El monje permanecía arrodillado, con su cabeza expuesta ante el frío acero que pendía sobre él. Sería cuestión de descargar un solo movimiento y la cabeza del amable monje rodaría frente a mis ojos, cercenada por el afilado sable que mi señor mantenía amenazante sobre él.

-No –musité con voz apenas audible-, por favor, no lo hagas…mi señor.

Traté de extender mi brazo hacia él, pero mi cuerpo se encontraba debilitado, dolorido y no respondía a mis requerimientos.

Mi señor soltó su katana de inmediato y el gesto duro e iracundo que había adquirido su rostro se dulcificó instantáneamente. A mi memoria vino un recuerdo de cuando era una niña, habíamos viajado junto a padre al mar y yo había encontrado una manera bastante entretenida de pasar mis horas de juego infantil marcando mis pies en la húmeda arena y viendo cuánto tardaba el mar en borrarlas; así había sucedido con el rostro de mi esposo, era como si de pronto una ola hubiera arrasado con la fiereza de su gesto y le hubiera devuelto la pasividad, aunque no dejaba de mostrar algo de preocupación.

Se acercó a mí, acortando la distancia gracias a los gigantescos pasos que dio en el inestable terreno, me miró sonriendo y se arrodillo a mi lado tomando una de mis manos en las ensangrentadas, heridas y sucias manos de él.

-Estás bien –le escuché decir y creo que fue una pregunta, pero su entonación fue casi como si quisiera convencerse de que eso era verdad.

-No le hagas daño, mi señor, por favor –fue mi susurrante respuesta-, la única culpable soy yo, ni el monje ni mi doncella tuvieron nada que ver en esto.

Pareció no escucharme o entrar en una especie de trance. Su mirada encontró la mía y logró transmitirme toda esa calidez y fortaleza que yo siempre había admirado en esos ojos azul grisáceo. Parpadeé un par de veces para encontrar claridad, fue entonces cuando rozó mi mejilla con sus dedos temblorosos de forma tierna y casi como si temiera hacerlo.

-Estás bien –susurró de forma susurrante.

-Sí, mi señor, sólo fue una caída leve que me dejó inconsciente por algún tiempo.

-No deberías estar aquí –dijo de pronto, recuperando ese tono airado que le había escuchado con anterioridad-, deberías estar en el castillo. Shinnosuke cometió un error, quizá el más grave de su vida.

-El monje no tiene la culpa –le contradije ganándome una mirada de desaprobación por parte de mi esposo. No me importó e incorporándome con dificultad para quedar sentada sobre mis rodillas, seguí hablándole de manera desafiante-. Sólo yo soy responsable de mis actos. Sé que arriesgué mi vida y la vida de otros, entre ellos, la de mi única amiga pero si no lo hubiera hecho… -detuve mi discurso, miré directamente a esos ojos profundamente azules, dejé escapar un suspiro y luego, continué hablando con seriedad-. Si no lo hubiera hecho, mi señor, si no hubiera escapado del castillo para venir al campo de batalla, jamás me lo hubiera perdonado.

Me observó confundido y emocionado, o por lo menos, eso me pareció a mí. Bajé mi mirada para enfocarla en mis manos entrelazadas.

-Si hubiera demorado un poco más en llegar… te hubiera perdido, mi señor… para siempre –murmuré y no pude evitar que mi voz se escuchara quebrada y conmovida-. Prefiero irme yo a Sukhavati, yo, que no soy más que una niña testaruda y torpe a privar a todo un pueblo de un gran señor como lo eres tú.

Una de sus manos recorrió mis cabellos y bajó hasta posarse en mi barbilla, allí ejerció la presión suficiente como para indicarme que levantara el rostro. Sus ojos brillaban y una sonrisa sincera iluminaba su semblante.

-Gracias –dijo con profunda emoción-, gracias por salvar mi vida y con ello, darme la posibilidad de compartir la tuya.

No respondí, cerré mis ojos y bajé mi cabeza para ocultarme ante de su escrutinio. Mi esposo estaba a salvo, lo había visto y había comprobado que yo era importante para él, quizá tanto como él lo era para mí, pero estaba segura que de un momento a otro, eso cambiaría. La batalla por el dominio de Nerima había concluido y yo volvía a mi realidad. Sabía que una vez de vuelta en el castillo, debía enfrentarme a mi esposo y finalmente, revelarle toda la verdad sobre mi engaño. Entonces, él tendría dos opciones, quitarme la vida con sus propias manos o dejar que se la ofreciera por propia voluntad. La última opción me agradaba mucho más que la primera, ya que tendría la opción de demostrarle una vez más que no temía morir por él.

Sus manos se posaron en mis hombros y luego de la sorpresa inicial que esto me causó, mis ojos se abrieron inmensamente al sentirme estrechada con fuerza por los brazos de mi señor.

-Creí perderte –susurró cerca de mi oído-, cuando te vi caer del caballo no sabía quien eras, pero al descubrir que mi arquero salvador no era otra que mi joven esposa y que se encontraba malherida en tierra, pensé que me moría.

Para ese entonces, mis ojos habían dejado escapar las lágrimas de alegría y tristeza que habían contenido. Ambos sentimientos, tan distintos uno del otro se conjugaban en perfecta armonía dentro de mi oprimido corazón.

-No vuelvas a hacerme algo así, Akane. No vuelvas a exponer tu preciosa vida en una estupidez como una batalla provocada por orgullo y rivalidades entre señores idiotas que creen que matándose unos a otros lograrán sus mezquinos objetivos.

El sollozo ahogado que escapó de mis labios logró alertarle. Me separó de sí y me observó con preocupación.

-¿Te hice daño?

-No –logré articular controlando la emoción en mi voz-. No mi señor, el daño me lo hice yo misma y no medí las consecuencias.

La tierna mirada que me dedicó me hizo comprender que seguramente pensaba que yo hablaba de mi impetuosa participación en el final de la batalla y en mi posterior caída del caballo, pero sólo yo sabía que mis palabras se referían al daño que yo misma le había provocado a mi joven corazón, el daño que todavía le estaba haciendo y que finalmente, terminaría por arrebatarme la vida.

No pudo seguir hablando, yo tampoco porque un jinete al trote llegó a nuestro lado desmontando precipitadamente.

Vi al comandante Hibiki avanzar hasta donde nos encontrábamos, tan sorprendido como asustado.

-Mi señor –dijo posando una rodilla en tierra e inclinando su cabeza reverencialmente, la forma en que los guerreros se prosternaban en el campo de batalla-. Señora Saotome.

Me sorprendió su saludo y sólo contesté con una leve inclinación de cabeza.

-Mi señor –continuó Hibiki-, han enviado un emisario, dice que el señor Kuno quiere reunirse para pactar una tregua.

-Una tregua –rió mi esposo al tiempo que se ponía en pie y me tomaba en sus brazos, tal y como si yo fuera una pequeña niña. Debo reconocer que me sentí desfallecer, no por los efectos que todavía pudieran tener sobre mí la caída del caballo, sino por la cercanía de ese hombre al cual adoraba-. Ése idiota quiere pactar una tregua, cuando fue él quien inició todas las hostilidades.

-Entonces qué harás, ¿seguirás luchando contra el clan Kuno? –inquirió Hibiki avanzando al lado de mi señor.

-No –contestó mi esposo tajantemente.

Se detuvo frente al monje que se había encargado de ser mi custodio y le observó de forma implacable. El monje había permanecido prosternado y sin moverse desde que el señor Saotome hubiera ido a mi encuentro.

Debo reconocer que sentí lástima por el joven, yo lo había desobedecido y casi había pagado con su vida por aquella acción. Él había sido amable y comprensivo conmigo y yo había traicionado su confianza.

-Incorpórate Shinnosuke.

El joven monje obedeció de inmediato y enfrentó la mirada gélida que le dedicó el señor de Nerima. Yo lo observé por unos momentos, avergonzada por mi accionar y temerosa de su reacción.

-Te daré una segunda oportunidad –sentenció mi señor-. Volverás al castillo escoltando a mi esposa, velarás día y noche por ella y atenderás a todas sus necesidades. Acaba de tener una caída bastante peligrosa, así que lo primero que harás será conseguir un palanquín para que regrese al castillo de una forma más segura y apropiada. También traerás contigo a un médico, quiero que mi esposa sea atendida con prontitud.

-Sí, mi señor.

Me sorprendió la decisión de mi esposo ya que él sabía bien que no me gustaba viajar en palanquín, pero más me sorprendió la marcialidad con la que el monje contestó y pareció acatar las órdenes del señor Saotome.

-Ryoga, quiero que le digas a Sentaro que necesito su ayuda para brindarle protección a la señora Saotome.

-Sí –asintió Hibiki.

-Mi señor –se atrevió a hablar el monje-, me tomé la libertad de traer a algunos hombres de la escolta personal de la señora Tendo.

-De igual forma no me parece que sea suficiente, Sentaro y algunos de sus hombres los acompañarán hasta el castillo.

-¿No confías en mí, Ranma? –preguntó el monje con desazón.

Mi señor no contestó, acomodó mi peso entre sus brazos y avanzó en dirección a la arboleda. Yo no fui capaz de interferir, por mi culpa él desconfiaba del monje guerrero, su amigo de la infancia. Yo había roto la amistad entre ambos y no sabía cómo reparar el daño.

Cuando llegamos a la sombra de los frondosos árboles, mi esposo me bajó con sumo cuidado y depositó mi cuerpo dolorido cerca del tronco de un añoso cedro. Permaneció arrodillado y en silencio a mi lado, sólo observándome minuciosamente.

-Tu amigo no tiene la culpa, mi señor –dije enfocando mis ojos en la figura del monje quien ya había montado y se disponía a partir del campo de batalla, seguramente para cumplir con la orden de conseguir un médico y un molesto palanquín-. Nadie más que yo es responsable de lo que sucedió.

-Es culpable de descuidar su puesto –contestó secamente-, debió estar alerta en todo momento. Ahora le estoy dando una segunda oportunidad para recuperar mi confianza, otro daimyö le hubiera quitado la vida a pesar de las suplicas de su esposa.

-Los otros daimyös suelen ser unos idiotas –contesté despreocupadamente, buscando con mi mirada a mi doncella.

Sonreí ampliamente con la imagen que pude presenciar, Ukyo se encontraba de pie frente a un preocupado comandante de caballería. Ella se merecía ser feliz y yo esperaba de todo corazón que pudiera conseguirlo junto al señor Hibiki, aunque pensar en que así sucedería me hacía recordar la mentira en la que estaba fundada mi unión con el señor de Nerima.

-No sabes cómo extrañé esa sonrisa todos estos días.

Las palabras de mi señor me devolvieron a la realidad. Di vuelta el rostro y le observé sorprendida, recién entonces pude detenerme a contemplarlo con detenimiento.

Su semblante demacrado y sucio denotaba cansancio, su impecable armadura se encontraba sucia, embarrada y ensangrentada y uno de sus brazos estaba siendo teñido por un espeso líquido carmesí. Estaba herido y yo me había olvidado por completo de aquello.

-Estás herido –dije alarmada tratando de acercar mi mano a su brazo, pero él me detuvo tomándome firmemente del antebrazo.

-Es sólo un rasguño, nada de importancia.

-Pero…

-Akane –me interrumpió adquiriendo ese tono de voz serio con el que me hablaba cuando quería decirme algo importante-, quiero que esta vez le obedezcas a tu esposo. Quiero que hagas el viaje de regreso al castillo en compañía de mis hombres y que por nada te expongas nuevamente como lo hiciste hoy.

Asentí en silencio, conmovida por lo que acababa de descubrir. El hombre al que amaba me correspondía de igual forma, o al menos, eso pensaba.

Mis ojos se humedecieron y los cerré para evitar que las lágrimas cayeran con libertad. Sería tan fácil dejar que todo siguiera como estaba, sería tan fácil continuar disfrutando de ese cariño que no me pertenecía.

Me quedaba un largo camino hasta el castillo y me hice la promesa que decidiría durante aquel trayecto si seguir engañando a mi señor y disfrutando de todas sus atenciones, o decir la verdad de una vez por todas y partir al encuentro de mi madre.

El leve contacto de los dedos de mi esposo con la piel de mi rostro me sacó de mis pensamientos y al abrir mis ojos, me encontré con esos maravillosos ojos azulados que me hechizaron desde el primer momento en que los vi de cerca. Fue entonces cuando pude recordarlo y sonreí melancólicamente.

-Fue aquí, ¿verdad?

Me observó sin comprender. Seguí hablando ante la atenta y curiosa mirada de mi señor.

-Fue aquí donde nos vimos por primera vez. Al centro del valle se detuvo la caravana y el señor de Nerima apareció acompañado por diez de sus hombres desde este mismo bosquecillo.

Sonrió tiernamente y asintió ante mis palabras.

-Y la señora Tendo apareció frente a mí como una diosa montada en su caballo blanco –dijo con seguridad-. Sí, fue en este lugar.

Permanecimos en silencio por unos momentos, perdidos el uno en la mirada del otro, yo recordando aquel encuentro que había marcado mi destino y quizá él rememorando el mismo episodio hasta que su semblante cambió nuevamente. A su rostro volvió ese gesto implacable y desafiante. Se llevó las manos a su cuello y pude apreciar cómo se despojaba del jade que yo le había dado durante nuestra despedida.

-Debo irme –dijo entregándome el colgante-. Kuno ha de estar esperando por mí y entre más rápido pactemos la tregua, menos tardaré en volver junto a mi esposa.

Cerré mi mano alrededor de la piedra y bajé la mirada, otra amarga despedida del hombre que amaba y yo no quería que eso sucediera. No, lo que yo quería era permanecer el mayor tiempo posible a su lado pero sabía que debía dejarlo ir una vez más, dejar que el daimyö cumpliera con la misión para la cual había sido designado por los dioses.

-¿Puedo confiar en que volverás al castillo?

-Puedes, mi señor –contesté de forma sumisa.

-¿En el palanquín? –sonreí ante la pregunta y él me devolvió la sonrisa.

-En el palanquín –asentí-, haré todo el camino en el fastidioso palanquín.

-Bien –dijo levantándose con agilidad-, enviaré a tu doncella para que te haga compañía hasta que Shinnosuke vuelva. Mis hombres te resguardarán y cuando el monje llegue, partirán de inmediato.

-Así será –contesté.

-Espérame en el castillo, Akane, muy pronto volveremos a vernos.

-Sí.

Se dio media vuelta y lo vi avanzar con total seguridad y desplante hacia el lugar en donde se encontraba Ukyo. Mi doncella corrió a mi lado y de pronto me vi rodeada de guerreros que componían mi escolta, pero a mí nada de lo que sucedía a mi alrededor me importaba, mis ojos estaban fijos en la figura cada vez más difusa del señor Saotome. Se alejaba de mi una vez más, internándose en el campo de batalla. Suspiré profundamente cerrando mis ojos y apoyé mi espalda en el grueso tronco del árbol que me cobijaba.

-¿Estás bien, mi señora?

Asentí sonriendo levemente ante la pregunta de mi fiel amiga, no quería abrir mis ojos, no quería contemplar aquel valle porque sabía que al hacerlo, él ya no estaría frente a mí y lo único que vería sería el horrible espectáculo de la muerte. A mis oídos llegaba claramente la constante y escalofriante melodía que entonaban los moribundos y malheridos guerreros que habían caído a manos del enemigo. Rogué para que el monje se apresurara en llegar y pudiéramos salir de aquel lugar. Me obligué a reponerme y abrí mis ojos nuevamente, yo había hecho todo por estar allí y ahora no podía flaquear dejando que mis emociones me desbordaran.

-Sí, Ukyo –contesté finalmente-, ahora que lo vi y estuve a su lado estoy bien.

-Pensé que acabaría conmigo y con el monje –dijo mi doncella mientras se acercaba mas a mi lado y con delicadeza acomodaba mis cabellos con sus finas manos.

-Él es diferente a todos los daimyös que hemos conocido –dije suavemente.

-Sí y por eso mi señora le ama.

No contesté, no tenía para qué confirmar algo que resultaba evidente.

-Debes descansar, Akane –continuó diciendo mi doncella cambiando rápidamente de tema-, la caída que tuviste fue bastante fea.

-Pero me siento bien –rebatí-, soy más fuerte de lo que parezco ser, lo sabes Ukyo.

Ella sonrió y luego soltó un suspiro de alivio al ver que el monje regresaba con un palanquín con sus cuatro porteadores y un señor mayor quien se apresuró en desmontar del caballo y dirigió sus pasos hasta donde yo le esperaba.

Luego de un minucioso examen efectuado dentro del palanquín para que pudiera tener algo de privacidad, el médico concluyó que sólo había perdido el conocimiento momentáneamente producto del golpe y que no tenía absolutamente nada más, aparte del dolor en ciertas partes del cuerpo por la forma en que había caído al suelo.

Dijo que mis instintos habían logrado hacer que el golpe no fuese tan grave y que el terreno blando a causa de las últimas lluvias había amortiguado el golpe haciendo que mi cuerpo se resintiera escasamente. Un buen descanso y una mezcla de hierbas medicinales que debía tomar cada cierto tiempo fue lo único que recetó.

Luego se despidió amablemente y partió rápidamente al campamento desde donde lo habían traído diciendo que había muchos heridos que atender en aquel lugar.

Shinnosuke le hizo jurar por su vida que lo que decía respecto a mi estado de salud era verdad y antes de que el amable doctor emprendiera su camino, lo vi amenazarle con buscarlo y acabar con él si a mí me sucedía algo producto del golpe. El médico lo observó desafiante al tiempo que volvía a jurar que yo no tenía nada más que unos cuantos rasguños a causa del golpe y que había otros seres humanos que se estaban muriendo en el campamento.

Me sentí realmente mal al contemplar la escena; el médico tenía razón, había perdido tiempo valioso examinándome mientras había guerreros que agonizaban por heridas graves que realmente necesitaban atención. Entendía los temores del monje ya que la furia del señor Saotome si a mí me sucedía algo malo sería tremenda. Cerré la lona que hacía las veces de puerta del palanquín y recosté mi cansado cuerpo en el asiento.

No había pasado mucho tiempo cuando escuché una voz masculina y susurrante que pedía mi autorización para abrir la portezuela del palanquín. Reconocí la voz de inmediato y di mi autorización.

-Señora Saotome…

-Déjame hablar a mí –le interrumpí sin atreverme a mirarlo de frente-. Creo… No, estoy segura que te debo una disculpa –dije con firmeza, aunque el temblor en mi voz delataba mi nerviosismo-. Sé que lo que hice estuvo mal, sé que debí permanecer en el castillo y que te puse en peligro cuando lo único que tú querías era protegerme. Lo siento, en verdad lo siento pero…

-No, mi señora –interrumpió él-. No te disculpes, yo sabía que algo así sucedería porque eres joven y estás enamorada.

Levanté mi rostro y lo observé con sorpresa, el monje me dedicó una sonrisa traviesa y sus ojos adquirieron una luminosidad que antes no había visto.

-¿Entonces tú… sabías que trataría de escapar?

-No soy tan estúpido como para no darme cuenta de los planes de quienes son asignados a mi protección –contestó de forma divertida-. Las estaba esperando junto a tres hombres de mi confianza a las afueras del castillo la noche en que escaparon. Luego me dediqué a seguirlas muy de cerca, tú y tu doncella se expusieron bastante por lo que no podía dejarlas sin protección, pero debía asegurarme de que no se percataran de mi presencia en los alrededores. Detuve a los hombres que envió Happosai tras ustedes y me mantuve cerca hasta el final, dispuesto a ir en tu ayuda en el momento que fuera necesario. Para mi sorpresa y tu fortuna, ese momento nunca llegó. Mi único error fue no anticipar la embestida del despreciable Taro.

-¿Lo conoces? –pregunté, todavía impresionada por el relato que acababa de escuchar-, ¿conoces a quien me atacó?

Shinnosuke suspiró y desvió la mirada hacia un costado.

-Es el hombre que asesinó al padre de Ranma –dijo con amargura-. Él jamás lo ha perdonado, pero no puede hacerle daño si no es durante una batalla, va en contra de los principios de tu esposo el asesinar por venganza. Además, Taro es uno de los hombres más importantes del clan Kuno y sabes que cuentan con la protección del shōgun, desafiarlo sin motivo significaría romper la precaria alianza con el shögunato… y también con el emperador.

-Entiendo.

Permanecimos en silencio por un momento, creo que para ambos había resultado fructífera esa conversación.

-Señora Saotome, debo darte las gracias –dijo de pronto el joven que permanecía frente a mí-, de no haber llegado a tiempo, el señor de Nerima estaría muerto… Gracias por salvar la vida de un hombre tan valioso, gracias por salvar a mi amigo.

No supe qué contestar, el señor Saotome había estado a punto de asesinar al hombre que tenía en frente y que me agradecía por haberle salvado la vida a su amigo. Nuevamente sentí ese sentimiento de culpa por haber roto aquella unión, ahora mas sabiendo que en todo momento yo y mi doncella fuimos protegidas por nuestro guardián.

-Bien, te traje esto para que viajes con comodidad –dijo extendiendo un sencillo kimono de toscos colores-. Es todo cuanto pude conseguir, es la ropa que me facilitó un jovencito del campamento, pero servirá para que dejes de usar esa incómoda y pesada armadura.

-Gracias –contesté recibiendo las prendas.

-Partiremos en cuanto estés lista, señora Saotome.

-Sí.

Me quedé totalmente sorprendida ante los últimos acontecimientos y me costó reaccionar para entender que debía apresurarme en cambiar mi indumentaria. No lo hubiera hecho de no ser porque mi fiel compañera llegó a mi lado y comenzó a despojarme de la armadura que llevaba para luego vestir las ropas que me había entregado el monje, mientras me hablaba de todo un poco tratando de hacerme sonreír, pero lo cierto es que yo no le estaba prestando la menor atención a lo que me decía Ukyo.

No, en mi cabeza no dejaban de dar vueltas y más vueltas las palabras de Shinnosuke, las de mi señor y mis propios pensamientos. Era cierto, yo estaba enamorada, de eso no había duda, pero no podía ser egoísta y pensar sólo en mí. Tarde o temprano se sabría la verdad y todo mi mundo se desplomaría a mis pies.

-Sería la mujer más feliz si pudiera retroceder el tiempo, Ukyo. Volver al momento en que padre me envió como compañera de viaje de Kasumi. Entonces le diría que no, que a Nabiki le correspondería venir y todo esto se hubiera evitado. Yo seguiría con mi vida tranquila en Kyoto y jamás hubiera conocido al señor Saotome, jamás hubiera mentido y jamás me hubiera enamorado de él.

-Los dioses siempre tienen nuestro destino trazado, mi señora. Te aseguro que tarde o temprano te hubieras encontrado con el señor Saotome y el resultado hubiera sido el mismo.

-No.

-Sí –rebatió Ukyo con dulzura-. Hay personas que están destinadas a odiarse, así como hay otras que están destinadas a amarse. Pase lo que pase y en cualquier circunstancia, así será porque los dioses han dispuesto que así sea. En tu caso, fue tan evidente desde el primer momento en que te encontraste con el señor Saotome, que me cuesta creer que hace tan poco tiempo lo hayas aceptado.

No contesté, dejé que mi doncella terminara de arreglar mi atuendo y cuando lo hubo hecho, le pedí que informara al monje que me encontraba lista para partir.

Emprendimos la marcha de inmediato. Yo iba sola en el palanquín, ya que mi doncella montaba su caballo a un costado y Kyo iba muy cerca cargando la armadura que había utilizado para entrar en batalla.

Eran cinco o seis días los que tardaríamos en llegar al castillo, tiempo suficiente para tomar una decisión respecto a mi unión con el señor Saotome.

Si creía en las palabras de Ukyo, tal vez sería mejor callar y dejar que mi señor tomase una decisión final cuando se enterara de la verdad por alguien que no fuera yo. Si así lo hacía, contaba con la ventaja de disfrutar un poco más de la compañía de mi esposo y del amor que cada vez se fortalecía en mi interior.

Sólo me hubiera gustado saber qué haría madre en mi lugar. Recordé el jade que mi señor me había devuelto y lo busqué dentro del palanquín, lo tomé entre mis manos y rogué en silencio por fortaleza y sabiduría, luego me lo colgué al cuello e intenté conciliar el sueño.

Quizás una vez llegando al castillo todo diera un vuelco y mis temores, inseguridades y malos presagios se esfumaran con la vuelta de mi señor.

Dejaría que los dioses decidieran una vez más mi destino.


La pareja de ancianos se encontraba uno frente al otro, ambos sentados y separados a una distancia de cinco o seis pasos.

Ambos permanecían en posición de meditación y aparentemente, sin intenciones de beber el té que se les había servido y que se enfriaba sobre la mesa que hacía las veces de pared divisoria entre ellos.

Para la anciana era evidente que su acompañante no se sentía cómodo en su presencia, pero debían hacer el esfuerzo de soportarse, por lo menos por esa noche. Ella debía acompañar a su joven señora asumiendo el rol que le hubiera correspondido al padre de ésta y él tendría que acompañar a su señor por ser el chambelán y primer guerrero en jerarquía y rango.

Así era el protocolo y por muy desagradable que fuera, debían cumplir con las normas.

-Debimos esperar un poco más –dijo de pronto Happosai, rompiendo el incómodo silencio de la habitación-, mi señor llegó tan sólo ayer del campo de batalla, no creo que esté repuesto del cansancio tanto físico como mental que librar una batalla significa.

-Fue él quien no quiso esperar –respondió Cologne-, mi señora hubiera esperado el tiempo que fuera necesario, pero no puede contradecir los deseos de su esposo.

-Ya lo hizo –rió el anciano golpeándose la rodilla en señal de burla-, o no recuerdas que escapó del castillo exponiendo su vida sólo para ir tras mi señor, sabiendo que él mismo le había prohibido que hiciera algo semejante.

-Es joven e impetuosa y creo que está enamorada.

-El estar enamorado no es motivo suficiente para desobedecer a las reglas y los códigos que nos han sido impuestos –rezongó Happosai frunciendo el ceño y dedicándole una mirada llena de reproche a su compañera.

-Lo había olvidado –respondió Cologne enfocando sus pequeños ojos en los de su anfitrión-, había olvidado lo importante que resulta para ustedes el respeto a los famosos códigos. Aun así, yo la entiendo y comparto su forma de enfrentarse a la vida, pero claro, alguien como el gran maestro Happosai, chambelán del clan Saotome, no comprende ni comprenderá jamás lo que puede llegar a hacer una mujer sólo por amor.

-Amor, amor, ese insulso sentimiento no sirve para nada más que para hacernos la vida insoportable.

-Comprendo por tus palabras que jamás te has enamorado.

Happosai permaneció en silencio por un momento, sólo mirando el rostro envejecido de aquella mujer que tanta incomodidad había despertado en él apenas la viera ingresar al castillo acompañando a la señora Tendo. Suspiró audiblemente y luego contestó.

-Sólo una vez –reconoció-, puedo decir que sólo una vez conocí ese sentimiento.

-Y lo dejaste escapar porque así lo dictaban los antiguos preceptos, porque así lo pedían tus famosos códigos de honor ¿No es verdad… Happy?

El anciano chambelán abrió los ojos sorprendido y fue como si un manto que hasta ese momento mantuviera oculta a la mujer que tenía enfrente cayera al suelo dejándole apreciar con claridad ese rostro por tantos años olvidado.

-Soy yo –asintió Cologne con seriedad-, soy la misma niña que llegó con sus padres y hermanos desde el continente defendiendo por obligación la bandera del Gran Jan y que fue derrotada por las tropas del emperador de Je-pen-kuo con la ayuda del viento y que luego, tras quedar huérfana fue capturada y entregada al poderoso clan Saotome en calidad de dorei. Esa niña creció y se enamoró de uno de los más valientes y fuertes guerreros de clan, un joven apuesto y sencillo que sin embargo, la despreció cuando se enteró de que no podría ascender en jerarquía si mantenía un romance con una esclava extranjera, por tanto, no dudó en convencer al antiguo señor que la esclava sería un buen regalo por el nacimiento de la hija de uno de sus aliados –Cologne hizo una pausa y se llevó la taza de té ya frío a los labios para beber un sorbo-. La muchacha nunca entendió por qué su amado guerrero había hecho aquello hasta hoy, que vuelve a comprobar que para él, los códigos ancestrales son lo más importante en la tierra.

-Ku-Lohn –dijo Happosai sin entonación.

-Ya no soy tan joven ¿verdad? –contestó Cologne observando sus manos marchitas por el paso de los años-. Afortunadamente, la familia que recibió el regalo de parte de tu antiguo señor me transformó en algo más que en una esclava y pude disfrutar de un poco de cariño, algo que se me había negado durante toda mi vida.

-Yo… no sabía que…

-Y nadie más debe saberlo, maestro Happosai –interrumpió la anciana de forma decidida.

Happosai iba a retomar la conversación, pero unos gritos llamándolo con desesperación hicieron que se olvidase de todo lo que lo rodeaba y se dirigiera corriendo en la dirección desde donde provenía el llamado.

Cologne dejó escapar un profundo suspiro, se puso en pie y siguió a Happosai con calma y resignación.


Me sentía impaciente e inquieto. Luego de casi un mes de no haber visto el castillo, me encontraba en su interior, vestido con un traje de ceremonia y experimentando esa mezcla de ansiedad y nerviosismo característicos al enfrentar una situación para la que me sentía preparado pero no por ello, confiado en que resultaría bien.

Había llegado el día anterior desde el campo de batalla con todo el contingente que me había acompañado en la lucha y desde entonces, no había parado la actividad.

Parecía como si el dominio entero se hubiera volcado a las calles, vitoreando y alentando a sus guerreros, ésos que llegaban victoriosos y rebosantes de orgullo por haber vencido al clan Kuno en batalla.

Todavía recordaba las tediosas e infructuosas primeras negociaciones con el señor Kuno. Un ser tan estúpido como él no debería ostentar el título de daimyö.

En un principio me pareció divertido el que se obstinara en retribuirme en algo para que abandonara la lucha, pero luego, cuando a través de su enviado me expuso que ése algo sería el sacrificio de sus generales, la aversión, el repudio y el rencor hacia un hombre que había provocado una lucha sumiendo a su pueblo y al mío en el dolor de las perdidas humanas irreparables y que quería pagar todas esas vidas desperdiciadas con otras que no eran la suya me pareció una actitud de lo más cobarde, insensata, insensible y totalmente contra todos los preceptos que nos imponían los antiguos códigos.

Yo había renunciado desde que acabara la batalla al cobro de cabezas, a pesar de que sabía que habían muerto importantes personajes del bando contrario, así que el que Kuno me ofreciera la vida de sus hombres me enfureció todavía más. Si había alguien que tenía que practicar el seppuku en retribución y muestra de humildad, así como para lavar el deshonor que significaba la derrota, ése alguien debía ser Tatewaki Kuno, pero claro, era Kuno y él no cometería el seppuku sólo por haber perdido una batalla. No, cómo renunciar a su preciosa aunque miserable vida.

Además, él sabía que yo no era un daimyö normal, por decirlo de alguna forma. Estoy seguro que conocía de antemano las acciones que llevaría a cabo. Jamás lo perseguiría hasta darle muerte, como hubiera hecho otro señor al saberse vencedor, tampoco destrozaría su pueblo para apropiarme de sus tierras o tomaría rehenes valiosos para asegurar la paz entre ambos clanes, él lo sabía y se aprovecharía de ello.

Así, el encuentro entre el emisario resguardado por una serie de guerreros Kuno y nosotros se produjo al centro del campo de batalla.

El hombre se presentó temeroso, lo había visto en alguna ocasión anterior pero me sorprendió que Kuno lo enviase a negociar.

Hikaru Gosunkugui era una persona demasiado extraña, misteriosa e impredecible como para confiar en él. De aspecto siempre enfermo, rostro enjuto y ceniciento, vestía unas ropas extrañas, mezcla kimono y mezcla túnica.

Había sabido que además de consejero de Kuno, el sujeto que permanecía frente a mí como una comadreja asustada se dedicaba a otros menesteres. Por supuesto eran rumores que no habían sido confirmados nunca, pero el que dijeran que el extraño personaje era una especie de hechicero me tenía algo nervioso y en alerta.

Afortunadamente nada ocurrió durante el tiempo que tardaron las negociaciones, él recibía mi respuesta y regresaba al lado de su señor una vez que escuchaba mis demandas. Desde un principio le hice saber que yo no transaría mi condición para hacer efectiva la tregua que el señor Kuno solicitaba.

Mi única condición era que el mismo Kuno se presentara ante mí, me ofreciera sus disculpas y prometiera que no desafiaría nuevamente al señor de Nerima. Sí, sabía que lo que estaba solicitando era improbable y acaso imposible, pero verle la cara al idiota, pidiendo perdón y humillándose para no verse despojado de su vida y sus bienes era una dulce recompensa para mí.

Así fue como a la hora del mono y después de tres días de negociaciones, el idiota se presento ante mí, con su armadura impecable, sin un rasguño, totalmente limpio, sin muestras de cansancio y un sequito de veinte hombres malhumorados resguardándole. Todos fueron recibidos por la postura y el aplomo implacable de mis propios hombres. Ningún guerrero Saotome confiaba en los hombres del clan Kuno, así que conocía sus aprensiones.

Ryoga se encontraba a mi lado; del otro lado, el extranjero que había salvado mi vida luchando a mi lado y más atrás, todos los guerreros Saotome que me habían acompañado y servido en la desgastante batalla.

Creo que fue más placentero para todos ellos que para mí el ver bajar lentamente de su corcel al señor Kuno y avanzar acompañado por el señor Gosunkugui hasta quedar de frente a mí y decir las palabras que todavía permanecen frescas e intactas en mi memoria.

"El señor Saotome solicita una disculpa formal de mi parte para pactar la tregua de nuestros clanes, yo estoy dispuesto a ofrecerla. Señor Saotome, te pido me perdones por mi atrevimiento al querer arrebatarte por la fuerza de las armas lo que… lo que te pertenece por… derecho."

La forma titubeante hacia el final de su discurso me hizo comprender que no estaba para nada de acuerdo con lo que decía por obligación para conseguir la tregua que salvaría su miserable vida y la vida de toda su gente.

Juro que si no hubiera sido porque estaba dispuesto a no derramar mas sangre innecesariamente, hubiese desenfundado a kibö y hubiera dejado que el filo del acero separara esa elegante y perfumada cabeza que se inclinaba ante mí, pidiendo mi perdón.

"El señor Kuno debe admitir que fue su responsabilidad el que ambos clanes terminaran enfrentándose, así que no tendrá otra opción que la de retirar de inmediato a sus guerreros y dirigirlos hacia su dominio. Yo, como señor de Nerima, no le exijo nada más que la retirada de toda su gente, incluyendo la de sus aliados y la no provocación o el intento de incurrir en un nuevo enfrentamiento."

Ahora me divierte el recuerdo de aquel sermón, pero más que mis palabras lo que me causó gracia fue la expresión furibunda y ofendida de Kuno, él, acostumbrado a vanagloriarse de su poder, su riqueza y su apostura ante cualquiera, inclusive ante el mismísimo emperador, no debía serle grato tener que acatar sumisamente mis condiciones y órdenes; las órdenes de un bastardo, debe haber pensado.

El resto sucedió muy rápido, intercambiamos unas cuantas frases más y nos despedimos formalmente con una profunda reverencia, luego dejamos que nuestros hombres siguieran las negociaciones. Kuno se retiró al galope del lugar, tal y como había llegado y yo me devolví a la tienda, debía prepararme para regresar al castillo y no dejaba de pensar ni por un momento en Akane; rogaba porque estuviera bien en la seguridad y comodidad del castillo.

Ryoga pactó un no despreciable tributo a modo de compensación por el daño causado al dominio de Nerima en perdidas tanto materiales como humanas, muchas mujeres quedarían sin la protección de sus esposos, hijos o padres, así que bien podíamos utilizar los recursos de Kuno para darles algo de tranquilidad a aquellas familias.

Durante al camino de vuelta, Ryoga me fue relatando todos los por menores de su encuentro con Gosunkugui, además de lo que había averiguado gracias a la intervención de Mousse. Ese joven extranjero estaba demostrando ser de mucha utilidad y lentamente se iba ganando mi confianza, pero por sobre todo, la confianza del hombre más suspicaz que yo hubiera conocido jamás, mi comandante de caballería, Ryoga Hibiki.

Fue gracias a Mousse que nos enteramos que el señor Kuno se había unido con Satori y Sanzenin prácticamente obligándoles a hacerlo ya que éstos tenían una deuda con él debido a su favorable intervención ante el shōgun y el emperador respecto de unas deudas y los privilegios de sus tierras. También supimos que Kuno había sabido de mi unión matrimonial en el templo del ruiseñor y que justamente por eso había decidido atacar, tratando de sorprenderme. Debió sentirse pésimo al comprobar que su plan no había tenido el éxito esperado.

Luego de aquella reunión regresamos al castillo, a casa, no sin antes dejar un fuerte contingente custodiando las fronteras, porque una cosa era pactar una tregua y otra muy distinta, confiar en un ser traicionero y vengativo como Tatewaki Kuno.

Así que después de asegurarnos de que todo quedaría bien custodiado, emprendimos el viaje de regreso. Fue entonces cuando comencé a experimentar la ansiedad y el nerviosismo que me acompaña hasta ahora, porque sabía muy dentro de mí lo que me esperaba y lo que se esperaba de mí una vez que llegase al castillo.

Ayer por la tarde ingresamos al pueblo y todos salieron a nuestro encuentro, pero yo sólo tenía ojos para observar el último piso del castillo, jamás me había parecido tan largo el camino hasta él y jamás había estado tan ansioso por llegar.

Ryoga me conoce bien, así que adivinó de inmediato mi angustia aliviando mi corazón al comunicarme que él podía hacerse cargo de todo y que yo debía dirigirme con prontitud al castillo.

Recuerdo haber sonreído en agradecimiento y haber partido al galope en el caballo prestado que habían predispuesto para mi uso personal luego de la perdida de mi corcel durante la batalla.

Cuando llegué a las cercanías del gran portón divisorio, lo primero que pude observar fue un tumulto de gente agolpada, esperando mi arribo y entre todos ellos, una silueta femenina que se destacaba de las demás no por los rasgos especiales que pudiera tener tales como el tamaño, la vestimenta o la fisonomía, sino porque mi corazón dio un vuelco en mi pecho y la reconoció mucho antes que mis ojos pudieran distinguirla con claridad.

Akane se encontraba de pie, sana y a salvo esperándome junto al resto de los habitantes del castillo. Bajé del caballo apresuradamente y todos se arrojaron al suelo como si fuesen briznas de hierba doblándose con la fuerza del viento; todos, excepto ella.

Permanecía en pie, observándome fijamente y con la sonrisa más radiante que hubiera tenido ocasión de observar en ese delicado rostro. Hizo el intento de imitar a los demás prosternándose a mis pies, pero yo ya había llegado a su lado y la acerqué de forma brusca a mi cuerpo, abrazándola fuertemente después.

Me había hecho tanta falta y la había extrañado tanto que no iba a permitir que el protocolo interfiriera nuevamente en nuestro reencuentro. Hubiese querido que aquel abrazo se prolongara por la eternidad, pero mi chambelán siempre tan oportuno, me hizo recordar que estábamos a las puertas del castillo, frente a muchos testigos y que debía mantener la compostura.

Luego, todo fue un ir y venir de encuentros, reuniones y debates para recibir reportes y darlos. Happosai fue el primero en reclamarme por el comportamiento de mi esposa, aunque ya se había enterado por boca de Shinnosuke de toda la aventura y el desenlace de la intervención de mi esposa en el campo de batalla.

Ahora me encuentro aquí, de pie en esta habitación después de haber descansado con todas las comodidades la noche anterior y luego de haber disfrutado de una cena especialmente preparada para mí, tratando de controlar el nerviosismo de saber que debo enfrentarme al momento que dejamos inconcluso la tarde en que uní mi vida con la de la señora Tendo.

Mi noche de bodas está próxima y jamás en mi vida había estado más nervioso. Dos golpecitos a mi puerta y una delicada voz me hicieron el anuncio de que ya todo está dispuesto. Es la señal que estaba esperando para dirigirme al cuarto que han preparado para nosotros, allí me espera mi joven esposa y yo quisiera saber si ella se siente tan nerviosa y ansiosa como yo.

Salí de la habitación y me interné por los pasadizos del castillo lentamente y con mi corazón latiendo muy fuerte dentro de mi pecho.

Finalmente llegué a la puerta indicada, sabía que Happosai y la anciana nodriza de mi esposa estarían cerca, seguramente a dos o tres habitaciones de la que compartiría con Akane, motivo suficiente como para sentir mayor inquietud. No sé por cuánto tiempo permanecí de pie frente a la puerta corredera sin atreverme a abrirla, el hecho es que cuando logré reunir el valor para hacerlo, me maravilló la imagen que registraron mis ojos.

Mi joven esposa se encontraba sentada sobre sus talones, vestida con un fino y elegante kimono totalmente blanco sin ningún adorno, sus cabellos recogidos levemente y una tenue sonrisa en el rostro.

-"Se encuentra tan nerviosa como yo lo estoy"

Me dije contemplándola a la luz amarillenta que emitían dos lámparas que se encontraban encendidas a distancia prudente.

No me fijé en el lecho ya que sería un nuevo aliciente para alentar mi nerviosismo, por tanto, busqué con la mirada y me enfoqué en el juego completo que permanecía frente a mi joven esposa para la preparación del té. Cerré lentamente la puerta tras de mí y pienso que como Akane viera que no avanzaba, me invitó a hacerlo con voz dulce y delicada.

-Mi señor, por favor –dijo extendiendo una de sus manos para indicarme que podía tomar asiento frente a ella.

Obedecí y me dediqué a observar cada movimiento que ella efectuaba para la preparación del brebaje. Era tan hermosa, tan joven y tan delicada que con cada movimiento que hacía, sentía que no podría controlar por más tiempo mis impulsos y esperar a que ella terminase con lo que estaba haciendo, pero luego, algo llamó mi atención y me alarmé.

-Akane –dije mientras observaba los delicados dedos de mi esposa temblar sin control ante mis ojos.

Luego, el recipiente resbaló de sus manos derramando la pasta verde que se había formado dentro, algo andaba mal y comencé a asustarme en serio. Durante todo ese tiempo, ella me había demostrado que compartía mis sentimientos, que me quería, no podía estar tan equivocado en mis apreciaciones cuando incluso se había arriesgado para salvarme la vida en la batalla, entonces, a qué le temía mi esposa.

-Lo siento… yo –se interrumpió y recogió el recipiente.

-Akane, mírame –exigí, lamentando enseguida haberlo hecho.

-No puedo –contestó con un hilo de voz-. No puedo mirarte a los ojos, mi señor, ya no.

-¿Por qué? –dije alejando por un momento el sentimiento de angustia que crecía en mi interior.

-Perdóname, perdona lo que hice pero debes saber que todo lo hice para salvar a mi gente. Merezco la muerte, lo sé. Sólo te pido que dejes volver a Kyoto a mis acompañantes.

-¿Qué? ¿Por qué estás diciendo esas cosas? –inquirí cada vez más asustado.

Desconocía a la mujer asustada que permanecía con su rostro escondido y las manos entrelazadas en su regazo en actitud sumisa y suplicante.

-Yo… te mentí –dijo susurrando las palabras-, te mentí a ti y a todos en Nerima. Yo no soy quien debía casarse con el señor de Nerima, yo no era tu prometida, mi señor, no debía ser tu esposa y… usurpé el lugar de Kasumi Tendo, mi hermana mayor, tu verdadera prometida.

Simplemente no podía dar crédito a lo que escuchaba, eso no podía ser cierto y no me podía suceder a mí. Engañado por una niña, engañado y deshonrado por esa niña que permanecía arrodillada frente a mí…

-¿Qué… dices? –mi voz se escuchó tan suave que dudé por un momento el haber puesto mi pregunta en palabras reales.

-Mi hermana mayor, Kasumi Tendo, era tu verdadera prometida –dijo controlando el llanto-, yo sólo debía acompañarla a desposarse y me quedaría durante los primeros meses, pero las cosas se complicaron y poco a poco fui… no quería hacerlo, pero fue mi única opción. Lo siento.

Un pesado silencio se instauró en la habitación que era interrumpido por los sollozos de la que hasta ese momento, creía mi esposa.

Las lágrimas bañaban su rostro cayendo libremente al tatami y humedeciéndolo lentamente. En mi mente sólo se repetía una única palabra, traición.

Entre sollozos me contó lo que había sucedido con su hermana, la huída con el médico antes de llegar a Nerima, la decisión que había tomado ella al descubrirlo, las veces que había estado a punto de confesarme la verdad, toda la historia me parecía tan increíble que rogaba porque se tratara de un extraño sueño producto del cansancio después de la batalla y que de un momento a otro todo volviera a ser como hasta el día anterior, cuando la había visto de pie en la entrada al castillo, esperándome para brindarme la felicidad que estaba seguro, sólo ella podía entregarme, pero mi aspiración y esperanza se vino abajo cuando ella se prosternó totalmente y apartó sus cabellos, dejando la parte trasera de su cuello libre.

-Te ofrezco lo único que me pertenece por la afrenta que cometí en tu contra. Toma mi vida en compensación al engaño en que te envolví con el propósito de salvar la vida de mi hermana, de mi familia y de mi gente… es lo único que puedo darte para enmendar el grave error que cometí.

No podía reaccionar, no podía asimilar sus palabras, no podía creer que me hubiera engañado de esa manera, ella, la mujer de la que estaba enamorado.

La observé y descubrí que no la conocía, la niña que se encontraba frente a mí no era la misma de la cual me había enamorado, era una impostora que había jugado conmigo, burlándose de mis sentimientos y pisoteando mi orgullo y mi honor.

En ese momento sentí que todo el rencor, todo el odio y todo el resentimiento que no había sentido durante toda mi vida se reunía en mi corazón y lo volvía en contra de la joven temblorosa y arrodillada que tenía en frente.

Me puse en pie de un salto y no me importó volcar los utensilios para la preparación del té que habían permanecido frente a mí.

Sentí mi sable temblar en mi mano, la rabia me dominaba por completo y confieso que quise acabar con la vida de la única mujer que había logrado enamorarme perdidamente al punto de ignorar todos los códigos y protocolos.

Sería tan fácil para un daimyö como yo hacer un corte certero y preciso en aquel níveo cuello que se me presentaba sin reservas y quise hacerlo, en verdad sentí fuertemente el impulso de acabar allí mismo con la farsa…

Las lágrimas, agua salada que demostraba la debilidad del hombre y las cuales nunca en mi vida había derramado, comenzaron a escurrir libremente de mis ojos.

A mi mente volvieron las palabras que mi maestro me dedicara cuando conoció a la señora Tendo

"Ten cuidado muchacho, sé de muchos guerreros que se dejan cegar por el amor, caen rendidos a los pies de una mujer y luego lo pierden todo por no poner atención a los verdaderos problemas de la vida."

El anciano tenía razón y ahora sus palabras adquirían la veracidad de una profecía.

Observé a la impostora, arrodillada frente a mí, con su rostro al suelo, sus azulados cabellos cayendo en cascada escondiendo su semblante, la piel de su cuello expuesta al filo de kibö y el temblor en sus hombros y en todo su cuerpo.

Lloraba, al igual que yo lo hacía.

Me acerqué un par de pasos hacia ella, no intentó hacer ningún movimiento; enfoqué mi vista en kibö y el frío acero reflejó mis ojos en sus azulados destellos, le había desenfundado y quería alimentarse, el sable deseaba probar un poco de sangre.

Sonreí tristemente y lo hice, un corte certero que de inmediato comenzó a liberar el espeso y tibio líquido carmesí de la limpia herida.

Al tatami fueron cayendo las gotas que la piel abierta dejaba escapar copiosamente, una a una fueron manchando de rojo la alfombra de bambú, un rojo furioso e intensamente doloroso.

Bajé mi sable, había cumplido con el ritual dejando que por su afilada piel de acero templado corriera la sangre que solicitaba.

-Happosai –me escuché decir en alta voz con un tono grave y demandante-. ¡Happosai! ¡Ven acá, Happosai! –exigí gritando con todas mis fuerzas.

Momentos después, la puerta de la habitación se abrió de par en par y la figura de mi anciano chambelán y maestro se dibujó a contra luz en la entrada de la habitación. También pude ver a la anciana nodriza de la que había creído mi esposa tras él. No me importó.

Avancé con desgana hacia donde se encontraba el anciano mirándome de forma incrédula y me detuve a no más de tres pasos de él.

-Encárgate de ella, maestro –dije sin entonación-, de ella y de todos sus acompañantes.

-¿Encargarme? –cuestionó mi chambelán.

-Supongo que la anciana te puede explicar lo que sucede, yo no soy capaz de repetir la historia –respondí sin poder evitar la amargura en el tono de mi voz.

-Mi señor, tu mano, estás herido –se alarmó Happosai.

Seguramente recién se había percatado de que de mi palma izquierda manaba abundante sangre que manchaba el cuidado tatami en donde permanecíamos de pie.

-Esta herida… –dije sonriendo irónicamente mientras levantaba mi mano hasta la altura de mis ojos para examinar el limpio corte que atravesaba mi palma de lado a lado. La sangre tibia corrió por mi muñeca hasta mi antebrazo tiñendo rápidamente la seda del elegante kimono que vestía-, esta herida no es tan profunda como la que acabo de recibir allí dentro Happosai –terminé de decir enfocando mi mirada directamente en los ojos de la anciana que permanecía tras mi chambelán.

-¿Qué sucedió, mi señor? ¿Tu esposa está bien?

Fue como si me estrujaran el corazón al escuchar esa palabra. Mi esposa… una impostora.

-Ella está bien –contesté avanzando hacia el corredor.

-Mi señor…

-Sólo una cosa te voy a pedir, Happosai, cuando te revelen lo que sucedió… no –me interrumpí cerrando los ojos con fuerza-. No le hagas daño –dije finalmente de forma susurrante-. A pesar de todo, no quiero que le hagas daño… no podría soportarlo. Tomaré una decisión luego, ahora necesito salir de aquí.

-¿Dónde vas, mi señor?

Continué avanzando con la mirada perdida y el corazón muerto dentro de mi pecho.

-¡Ranma!

-Estaré bien, viejo, en la última torre –dije finalmente-. Lejos de ella estaré bien.

Comencé a avanzar cada vez más rápido, tenía que salir de aquel lugar, alejarme de la impostora y encontrar algo de paz.

La última habitación del castillo, la menos concurrida y la más alejada de todo y de todos sería un buen refugio para reponerme al duro golpe que había significado para mí el enterarme de que la niña testaruda que había robado mi corazón, mi razón y mi alma, la mujer a quien amaba por sobre todas las leyes humanas y divinas, aquella por quien moriría una y mil veces, me había traicionado cruelmente.

Cuando finalmente llegué a mi destino y me encontré totalmente solo en la habitación más silenciosa del castillo, me acerqué a la ventana, la abrí y desde allí pude observar los plateados rayos de la luna bañar el valle de mi dominio, el dominio de Nerima por el cual había luchado durante toda mi vida.

Me desplomé sobre mis rodillas y permanecí sentado observando el paisaje nocturno. Las estrellas parpadeaban en la inmensidad del firmamento y por un momento quise estar junto a ellas, distante y lejos, en aquel lugar en donde el dolor, el odio y el amor no pudieran alcanzarme.

Y entonces y sin proponérmelo, comencé a llorar nuevamente, tal y como lo hubiera hecho un niño de pecho.

-"Debí respetar mi juramento –pensé mientras sentía el tibio líquido correr por mis mejillas, humedeciendo mi piel y mojando mis ropas-, nunca debí dejar que mi corazón flaqueara en la convicción de no enamorarme… nunca debí amarla porque ese maldito sentimiento debilita y empobrece el alma del guerrero. Si lo hubiera hecho, ahora no dudaría en acabar con su vida."

Enfoqué mi vista en la luna menguante y un gruñido escapó de mis labios.

-"Todavía puedo retractarme, todavía puedo olvidarla y alejarla de mi corazón –cerré mi puño derecho y descargué un fuerte golpe en la veranda, la cual se desastilló de inmediato al contacto de mi mano-. Todavía puedo transformar este sentimiento en aversión".

Observé mi mano izquierda ensangrentada, la herida ya estaba cicatrizando porque el corte no había sido profundo, rasgué la manga de mi kimono y con la suave tela, envolví mi mano. Exhalé un profundo suspiro y sequé mis mejillas húmedas.

-Todavía puedo odiarla –dije cerrando mi mano herida para contener la hemorragia.

Sí, todavía podía odiar a la mujer que momentos antes amaba tiernamente y con locura.

Bajo el manto negro de aquella noche hice un nuevo juramento poniendo a la luna y las estrellas como únicos testigos. Yo, Ranma Saotome, señor de Nerima, transformaría el amor que sentía por mi esposa en profundo odio.

Sólo el tiempo y los dioses dirían si lo lograría, pero yo haría mi mayor esfuerzo por conseguir que ese juramento se cumpliera a cabalidad, no me sentía capaz de perdonar una traición, menos si la traidora era la persona más importante en mi vida.

Akane Tendo debía ser desterrada de mi corazón… aunque no así del dominio de Nerima.


Notas finales:

1.- Apuesto a que no se esperaban este desenlace al leer el título del capítulo. Lo siento por quienes esperaban algo más dulce pero, quienes leen mis historias saben que me encantan los momentos dramáticos ^^

¿Cómo seguirá todo esto?, paciencia, trataré de sacar el próximo capítulo lo más rápido posible.

2.-Paso rápidamente a las palabras del capítulo:

- Gran Jan (o Gran Kan): Descendientes de la dinastía de Gengis Kan, unificador del imperio mongol. Gran Kan era el título de rango imperial que se le daba a los emperadores mongoles. Durante el siglo XIII hubo expediciones de los mongoles a Japón que tenían por objetivo detener el comercio entre japoneses y chinos, pero los mongoles fueron derrotados por los japoneses dos veces, gracias a la fortuita ayuda del clima (una tormenta acabó con la gran flota que había enviado el Gran Jan, Kublai Jan).

- Dorei: Término utilizado por los japoneses para indicar la condición de esclavo.

-Cobro de cabezas: El cobro de cabezas se refiere a la práctica de cercenar la cabeza del enemigo, embellecerla y luego, exhibirla (sí, algo que a nuestros ojos puede parecer incomprensible y barbárico, pero así era). Ahora, mientras más alto rango ostentaba el señor vencido, mayor motivo de orgullo y reconocimiento para el guerrero que le daba muerte.

-Seppuku: Ésta creo que no es desconocida pero de todas formas la explicaré. El seppuku se refiere al suicidio ritual japonés cometido en esa época por el guerrero voluntariamente u obligado por un daimyö o por el shögun. Tiene todo un simbolismo bastante interesante que no explicaré aquí porque no me parece necesario.

3.- Agradezco sinceramente y de todo corazón a quienes leen esta historia y esperan cada actualización. Sé que a veces tardo demasiado en actualizar pero en verdad hago mi mayor esfuerzo por sacar adelante cada capítulo, así que gracias, muchas gracias por esperarlos ^^

A quienes comentaron el capítulo anterior, mil gracias por haberlo hecho. A Preust (Gracias por el review ^^ Bueno, ya sabes qué sucedió con Akane. Tienes razón, Ranma se asemeja a Julio César, pienso que es porque siempre me han gustado los personajes que van de frente a la batalla, asumiendo todos los peligros que ello conlleva. Gracias por tus palabras, aquí seguiré escribiendo y tratando de acelerar las entregas. Un beso ^^), MedicinaForense, lerinne, syndy, annkarem, Sonia, usaguitendo-saotome, Veruska, Arashi, kary14, IramAkane, Des, Yuna Lockheart, hitoki-chan, monyk (Gracias, muchas gracias por seguir acompañándome en este desafío. Un beso y espero que te siga gustando lo que escribo ^^), belli (Mil gracias por el review ^^ Bueno, ya ves que trabajé mucho durante este fin de semana para subir el capi… y resultó esto que espero te siga gustando. Trataré de adelantar un poco más mis escritos, así que quién sabe si sorprendo con una nueva entrega muy pronto. Un beso y gracias por comentar ^^), Hatoko Nara, Ranm .a .lways .OCD, Nia06, ELOWYN3, Sakura y Naomi Saotome, Sele, Marce, Sofi, Ifis (Gracias por seguir comentando cada capítulo ^^ Más abajo te contesto más extenso ¿si? Un beso ^^), Ranma y Akane Per Sempre, rosstock, Caro y Faby Sama.

Gracias, gracias por seguir junto a mí y por dedicar minutos de su tiempo, primero a leer lo que escribo y luego a comentarlo, en verdad me hacen muy feliz.

4.- Un beso y un abrazo y será hasta un próximo capítulo.

Buena suerte!

Madame De La Fère – Du Vallon.


Bueno Ifis, déjame decirte que no comparto eso de que lo que dices es irrelevante, al contrario, me parece demasiado importante lo que escribiste como para pasarlo por alto. Me complace saber que este escrito provoque un cuestionamiento acerca de un tema tan complejo como la guerra y no porque me enorgullezca de conseguirlo, sino porque es uno de los aspectos que yo misma me he cuestionado muchas veces al escribir esta historia. Por eso quise escribirla con tanto realismo, para tratar de abordar una temática siempre presente en la historia de la humanidad (lamentablemente). Desde que el hombre habita la tierra han existido las diferencias de pensamiento o credos, así que es, hasta cierto punto, entendible pero NO justificable el enfrentamiento armado. Yo no soy quién para juzgar los motivos que tienen tales o cuales naciones para pelearse entre ellas, pero si de algo estoy segura es que la guerra no es la solución a un conflicto porque, a fin de cuentas, quien siempre resulta perdedor es el inocente, la persona común que se ve envuelta en las odiosidades de otros… lamentablemente han pasado siglos y seguirán pasando más y el ser humano parece que no logrará entenderlo nunca. No me considero pacifista ni mucho menos, pero el hecho de comprobar que todavía hay muertes y países devastado porque sólo algunos piensan que el mejor camino para resolver X problema es destruir al de al lado, es algo que me llena de tristeza e impotencia. Como ves, no tan sólo quienes leen esta historia se cuestionan temas tan importantes y delicados, su autora también lo hace y creo que con una persona que me lo haya expresado (en este caso, tú) ya me siento satisfecha. Una última cosa, nunca sientas que lo que dices no es relevante, al menos no conmigo, porque para mí, hasta una única palabra que me deje alguien escrita en un review tiene especial importancia, así que de verdad, muchas gracias por expresar lo que piensas de esta historia y de lo que te produce el leerla, haces a esta autora extremadamente feliz y le indicas que lo que quiere entregar esta siendo recepcionado con claridad.

Un beso, que estés muy bien y nos encontramos en un nuevo capítulo ^^