Los días se habían vuelto una cómoda rutina para la pelirosa, se levantaba temprano, le preparaba el desayuno a su marido, en las ocasiones en que le advertía que no podría regresar para el almuerzo, también le llenaba un obento y se lo envolvía para el camino. No podía decirse que Sasuke hubiera cambiado mucho, seguía siendo reservado y sereno , pero en las noches, cuando se encontraban en la soledad de su habitación, no tenía nada de sereno a la hora de hacerla sentir viva y satisfecha. Konohamaru, por su parte se veía más desenvuelto, ya no tenía pesadillas en las noches y Sakura lo había sorprendido, más de una vez, atisbando en los establos, deleitándose con los animales.
Normalmente, tenían una vida tranquila, ellos cuatro, ocasionalmente recibían las visitas de sus vecinos y de Itachi con su esposa, y normalmente lo disfrutaban. Hoy sin embargo, Sakura sospechó que se avecinaba tormenta.
Era un domingo temprano en la mañana, Sakura sintió estacionarse la camioneta al frente de la casa. A través de las ventanas, distinguió las siluetas de Itachi e Izumi. Esta última que se alejaba dándole un portazo al auto.
Sasuke que también se había acercado al escuchar el sonido del motor, enarcó una ceja. La morena caminó en furiosas zancadas hacia la casa, mientras que Itachi, agotado, sacudía la cabeza, como si no acabara de entender del todo. La puerta de la casa se abrió dando paso a una furibunda Izumi.
— ¡Eres un neandertal sin sentimientos! –gritó con los ojos húmedos– ¡No quiero verte!
Atravesó a toda prisa el umbral sin darle una segunda mirada al matrimonio que observaba la escena, enajenados, lo siguiente que escucharon fue el chirrido de la puerta de la habitación de huéspedes al cerrarse. El hermano mayor lanzó un bufido y abrió su camino desde el auto hasta la casa.
— Lo siento –se disculpó mirando entre su hermano y su cuñada–. Está muy sensible en estos días.
— ¡Sensible tú abuela! –le gritó ella desde dentro–. ¡Yo no soy el problema, tú lo eres!
— ¿Qué ha pasado? –se atrevió a preguntar Sasuke
Y es que no era normal. Muchas veces se había preguntado si Izumi no era el resultado de algún experimento genético. Jamás había conocido a una pareja que encajaran tan bien. Dónde Itachi era reservado y silencioso, Izumi era cálida y risueña, con la cabeza bien puesta sobre los hombros. Uno prácticamente terminaba la frase del otro, era casi como si se comunicaran por telepatía, y eso por no mencionar que jamás los había escuchado discutir, así que esto era completamente nuevo. Sasuke contempló con cierta diversión la expresión cansada de su hermano.
— No lo sé. Lleva unos días un poco irritable, hace dos días me comentó que le gustaría ver nuestra habitación pintada de color verde, así que aproveché que ayer estaría todo el día fuera y cambié el color de nuestra alcoba, cuando llegó puso el grito en el cielo, diciendo que le parecía que estaba en un hospital, ni siquiera me echó de la habitación, se fue a dormir al sofá. Luego esta mañana, le preparé su desayuno habitual, quería que se sintiera mejor, y se puso a gritar como una histérica diciendo que quería hacerla engordar cuatrocientos kilos cuando vio que además de los huevos y el tocino le había puesto unos dangos. ¡Ella ama los dangos! Y…
El Uchiha mayor cortó su diatriba cuando notó el peligroso brillo divertido que habían adquirido los ojos negros de su hermano. Sus ojos se estrecharon en dirección a Sasuke:
— Estás disfrutando esto –sentenció con voz amenazante.
Sasuke levantó las manos en señal de rendición. La puerta de la habitación de huéspedes se abrió dejando paso a una muy enojada Izumi, que salvó el espacio que la separaba de su marido:
— ¡Me estás llamando llorona! Oh, bien, insensible, y yo que te había comprado esto como regalo de aniversario. ¡Si seré idiota!
Le dejó caer algo en la mano y volvió a encerrarse en el aposento. Cuando Itachi observó el presente, prácticamente quedó horrorizado, se trataba de un pequeño peluche, que no podía precisar si era un conejo con rabia o un híbrido entre perro y un ratón, en el que además habían impreso en medio de un corazón en el pecho en letras doradas: "Mi comadreja favorita" Itachi se giró a ver a su hermano, cuando escuchó un sospechoso ataque de tos ahogado, como sea, caminó hasta la habitación y golpeó suavemente la puerta cerrada:
— Izumi, ¿no crees que estás exagerando un poco?
— ¡Vete! ¡Insensible!
Se sorprendió cuando sintió la pequeña mano de su cuñada, tocar su hombro. La pelirosa lo miraba con una rara expresión en sus verdes ojos.
— Déjame intentarlo –pidió en un susurro
El morocho, un poco curioso por saber que harían a continuación, se apartó y le dejó vía libre. Sakura golpeó suavemente la puerta:
— Izumi –llamó con cuidado–, soy yo. ¿Me dejas pasar?
La puerta se abrió en un chirrido, dejando una hendija suficiente para dejar pasar a una persona, la joven se coló dentro. Observó los ojos hinchados y enrojecidos de la morena, y algo más, unas máculas ligeramente más oscuras, cerca del cuello y en las mejillas, que estaba segura antes no habían estado allí.
— Izumi, ¿qué ocurre?
— ¡No lo sé! –contestó en un nuevo ataque de llanto–. ¡Estoy tan irritable! ¡Itachi tiene razón, estoy hipersensible!
Antes de que pudiera evitarlo, la chica se le abrazó llorando a lágrima viva. La pelirosa, medio incómoda, medio sorprendida, solo pudo atinar a darle suaves golpecitos en la espalda.
— Mmmm, Izumi, ¿desde cuándo tienes melasma?
— ¿Melasma?
Esa sola frase cortó las lágrimas de la chica, y fue suficiente como para que se apartara a mirarla confundida. Sakura suspiró, evitando torcer los ojos.
— Eh, sí. Esas manchas en el rostro. ¿Cuándo comenzaron a salirte?
Con eso, la mujer salió disparada a mirarse en el espejo de la habitación. Luego de un concienzudo repaso, se alejó con una expresión de absoluto horror:
— ¿Cuándo salieron esas cosas? ¿Mi rostro se ha manchado por el sol? Y ahora seguro que con mi llanto y con semejante rostro, Itachi ahora sí que me deja.
Sakura abrió los ojos incrédula, ante la nueva crisis de llanto que sacudió a la mujer. ¡Había metido la pata! ¡Hombre, no podía ser que con dos años sin ejercer la medicina, ya hubiera olvidad cómo tratar a los pacientes! Su mano se dirigía dubitativa al cuerpo de Izumi, cuando esta volvió a levantar la mirada, con una expresión asesina:
— ¡Oh, espera! ¡Eso no será signo de una esas asquerosas enfermedades sexuales! ¿Cierto? Ahora seguro vas a decirme que sí, y cómo no he estado con nadie más, seguro que fue él quien me la contagió. ¡Claro! ¡Eso explicaría por qué está tan distinto conmigo! ¡Ahora verá como…!
La mujer marchaba en dirección a la puerta como una manada de elefantes en estampida, no quería estar en medio, pero tampoco podía dejarla emprenderla contra el moreno. Menos si las cosas eran lo que sospechaba. Aun a riesgo de recibir un guantazo se atrevió a detenerla por un hombro:
— Espera. No te precipites –la mirada que le dio le hizo pasar saliva–. Solo, una última pregunta, ¿cuándo fue tu último periodo?
Con eso, la ira se desvaneció. La morena parpadeó incrédula unos segundos, abrió la boca, probablemente preparada para gruñir algo, pero la cerró de inmediato, entonces la vio levantar las manos y comenzar a mover los dedos, llevando los cálculos. Al cabo de lo que parecieron horas, y luego de hacerse nudos y nudos con los dedos, levantó la cabeza derrotada y susurró:
— Creo que fue una semana antes de tu boda con Sasuke.
Una semana antes de la boda. Eso daba unos dos meses y medio más o menos. La morena retrocedió hasta sentarse en el colchón.
— ¿Crees qué…?
— Es posible –concordó Sakura despacio–. Eso explicaría tus cambios de humor, y el melasma. Hay algo más. ¿Náuseas? ¿Antojos?
— No, aunque últimamente si que me dan muchas migrañas, y tengo que levantarme de madrugada a comer porque el hambre no me deja dormir. ¿Eso cuenta?
— Pues sí, pero necesitas confirmarlo.
Como Sakura comprobaría más tarde, debió haberse guardado ese comentario. Resulta que su concuña era una mujer de acción, así que tan pronto la escuchó decir eso, la tomó de la muñeca y prácticamente la arrastró a través de la casa.
Sentado en el porche, con su hermano, Sasuke vigilaba a Ayumi y a Konohamaru, bueno, más bien a Ayumi, porque el hermano de Sakura se contentaba con mirar el paisaje y acariciar a los tres perros de la casa. A su fuero interno, admitía estar preocupado por la pelirosa, nunca había visto a Izumi tan alterada, y no sabía cómo podía estarles yendo a esas dos juntas. Sus peores sospechas quedaron confirmadas cuando vio salir a su cuñada prácticamente arrastrando a Sakura.
— Sasuke, cuida de los niños. Me llevo prestada a Sakura por un rato.
Las dos mujeres se metieron en la camioneta y las vio desaparecer en una nube de polvo. Itachi se encogió de hombros.
— Tú cocinas –le dijo–, yo tuve suficientes experiencias en la cocina esta mañana. Yo me hago cargo de los niños. Además, me la debes.
Gruñendo unas cuantas palabrotas, el moreno enfiló sus pasos a la cocina.
Hicieron todo el trayecto en silencio, más bien roto por las continuas expresiones de ansiedad de la morena, que no cesaba de morderse el labio y de apretar los puños. Sakura llegó a temer que se incrustarían contra algún otro auto o acabarían volcadas fuera de la carretera, con todo, lograron llegar a salvo a la ciudad, más concretamente a la farmacia. Sakura se mordió el labio, mirando inquieta alrededor, odiaba la idea de estar tan descubierta, sin embargo, la morena la arrastró dentro.
— ¿Cuál crees que será mejor? –preguntó indecisa mirando las estanterías
— La que te hagan en un hospital –contestó ella sin miramientos
— ¡No quiero ir a un hospital! –protestó–. Bueno, no todavía.
La pelirosa lanzó un suspiro cansada mientras rodaba los ojos. ¿Quién la habría mandado a meterse en esto? Eso le pasaba por estar de buena samaritana, o mejor dicho, por no dejar las raíces de la doctora detrás.
— Está bien, espera aquí.
Se perdió entre las estanterías, comprobando los componentes, las fechas, las instrucciones y las propiedades de cada una de las diferentes pruebas puestas en venta, le tomó unos treinta minutos, pero finalmente, quedó convencida con dos cajas diferentes. Las tomó y caminó con ellas en dirección a la caja registradora, casi se les caen de las manos cuando vio a la morena, con una bolsa de plástico, cargada con al menos siete pruebas más, todas de diferentes marcas.
— ¿Para qué demonios quieres esas?
— Solo por si las moscas –respondió–. Quiero tener buenas bases si me decido ir al hospital.
Con otra torcida de ojos, la pelirosa la dejó ser, a último minuto, recordó que también tenía que hacer sus propias compras, notó la mirada de extrañeza de Izumi. Se encogió de hombros.
— A Sasuke no le preocupa mucho el control de natalidad, pero a mí sí.
La verdad sea dicha, desde aquella tarde desenfrenada en el establo, Sakura se había mostrado más cauta, había llevado un severo control de su calendario, pero además, recordó que por algún tiempo luego de la muerte de sus padres había tenido severos descontroles menstruales, por lo que había recurrido al uso de píldoras hormonales, mismas píldoras que se utilizaban en algunos casos para el control de natalidad, suerte que le quedaran unas pocas de reserva, era esa reserva la que había utilizado desde entonces, pero ya se iban terminando, además, cómo no sabía cuándo volvería por allí, aun con el rostro rojo, también se hizo de una reserva de preservativos. Cómo convencería a su marido de usarlos, ya sería otro tema, pero la responsabilidad era de ambos si llegaban a agotarse las tabletas.
Izumi la obligó a parar en una gasolinera, no quería hacerse las pruebas en casa, así que a la pelirosa no le quedó más remedio que esperar. Le tomaría al menos media hora sospechó, con la cantidad de pruebas que había comprado. Un dato interesante, su concuña tenía rasgos compulsivos, según parecía. Aburrida como una ostra, la mirada de Sakura paseó por todo el lugar, hasta que se topó con una vieja cabina telefónica. Se mordió los labios y se pellizcó las uñas, luchando por resistir la tentación, pero fue demasiado grande, palpó sus bolsillos, si tenía suficiente cambio, salió del coche y fue directa allí, sus dedos temblaban cuando depositó las monedas en la hendija, y dejaron un rastro de sudor sobre las teclas del teléfono. Escuchó los timbres distantes, uno, dos, tres…
— Familia Hozuki –respondió una conocida voz en la lejanía
— Soy yo –logró susurrar con la respiración atascada
Se hizo silencio durante unos agonizantes minutos, hasta que escuchó el gemido ahogado desde el otro lado:
— ¡Estás como una cabra! ¿Qué crees que haces? –increpó asustada la voz de mujer.
— Lo siento. Tenía que llamar. Necesito saber. ¿Cómo va todo?
— ¡Y una mierda! ¿Crees que nosotros no estamos igual de desesperados?
— Yo…, nosotros estamos…
— ¡Olvídalo! ¡No quiero, no puedo saber! ¡Tú sabes cómo funciona esto!
Sí, Sakura sabía. Sabía que podían estar rastreando la llamada, sabía que podían tener escuchas en aquella casa, la única que había sido un puente seguro para ella, pero no había podido evitarlo. Presintió cuándo iban a cortarle, porque se apresuró a chillar:
— ¿Solo necesito saber cómo está?
— Todo igual –le contestaron antes de cortar.
Derrotada, colgó el teléfono y dejó caer la cabeza contra el frío metal. Todo igual. La metedura de pata que había hecho años atrás, seguía sin resolverse. Definitivamente lo mejor sería que nunca más volviera a practicar la medicina.
— ¿Sakura?
La dubitativa voz de Izumi la sacó de sus turbulentos pensamientos. La morena la observaba inquieta, pero en la mano sostenía diez tablillas de plástico de diferentes tamaños y colores, pero eran lo mismo, pruebas de embarazo. Con cuidado, y tratando de ignorar el hecho de que los paquetitos de plásticos estaban embebidos en el pis de la mujer, Sakura los observó. Identificó un par que conocía como positivas, y el resto…
— Las diez –susurró Izumi–. Las diez están positivas.
