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Rima XXXIII

Terry apartó con un ligero empujón a Jeffrey para entrar a la habitación de Susana. El muchacho de ojos negros llamó a Candy y ésta avanzó con George a su lado. Aún temblaba atónita por la reciente noticia.

— Está durmiendo. — dijo Jeffrey una vez todos estaban en el cuarto. — Grandchester, no quiero arruinar tu felicidad, pero hay algo más.

Terry, que ya estaba sentado en la orilla de la cama mirando el vientre cubierto de Susana, arrugó el entrecejo. Asintió preparado para las palabras del cirujano. Estaba seguro que nada bueno saldría de sus labios, pero no podía hacer nada más que escuchar. Forjó una muralla de fortaleza en su corazón, nada podría arruinar ese momento.

— Dime cuántas medicinas toma al día y para qué.

— Son tres en el desayuno para la jaqueca, las vitaminas y el hierro, una antes de dormir para evitar problemas en el estómago, y ocasionalmente se toma una pastilla para el dolor fantasma. — explicó el actor levantando la mirada algo confundido.

— ¿Dolor fantasma? — preguntó alzando una ceja.

— Sí, cuando le duele la pierna izquierda… o ella cree que le duele. Se siente mejor una vez toma el analgésico. — explicó Terry mirando de reojo a Candy. Estaba seguro que ella comprendería mejor que su jefe. Ella era más sensible y empática. Además, sabía que la necesitaría para recibir la siguiente noticia. — Es normal en personas que han perdido un miembro.

— Conozco su significado. Tenía entendido que eso les ocurría a los soldados a los que la guerra les cobró una pierna o un brazo. Escuchan el impacto en su cabeza, evocan la escena y en base a eso sufren por su extremidad faltante.

— Ella puede recordar el momento en el que la lámpara cayó sobre ella. — intervino Candy separándose unos centímetros de su protector.

El rostro de Terry estaba cada vez más pálido y eso le preocupaba. Lo entendía, Jeffrey aún no revelaba el peligro del embarazo que Candy ya sospechaba. Rezó en su interior por el bienestar de los Grandchester y por el suyo, sabía que si algo le sucedía a Terry, ella lo sentiría de igual manera. Era su secreta conexión, su secreta comprensión.

Terry le lanzó una mirada de agradecimiento. No era demasiado fuerte para detallar el malestar de Susana. Aunque sí lo era para defenderla. Durante mucho tiempo culpó a Susana de su infelicidad e incluso la trató con cierta indiferencia. Luego advirtió su dolor. Entonces la admiró y le proporcionó parte de su cariño. Por supuesto, nunca le dirigió el mismo cariño que todavía le profesaba a Candy, a esa enfermera con una mano apretada sobre su pecho, como si ya supiera el terrible diagnóstico de Jeffrey. Le dirigió una mirada de enojo a Jeffrey y apretó los dientes. Detestaba que su expresión fuera tan serena.

— El hecho de que no llevara un uniforme puesto no quiere decir que no sea una heroína de guerra. Susana ha sufrido mucho. No existe nadie en el mundo que lo sepa más que yo. — aclaró con los ojos clavados en Jeffrey.

Un ápice de asombro cruzó por el rostro del médico.

— No quise decir eso. — carraspeó. — En fin, sus órganos internos son más frágiles a causa del bombardeo de pastillas ingeridas. Susana es más propensa que todos nosotros a sufrir enfermedades en el hígado, colon o riñón. Seré directo: en su condición no es recomendable un embarazo. No sólo peligrará la vida del feto, sino la de ella misma. La matriz puede no tolerar a esta criatura y al estar absorbiendo sus nutrimentos, Susana está más susceptible a perder los anticuerpos. Un resfriado común podría matarla en cuestión de horas.

— ¿Matarla? — repitió Terry con hilo de voz. — ¿Entonces qué recomiendas? ¿No existe otra alternativa?

Jeffrey giró el rostro antes de humedecerse los labios. Candy negó con la cabeza adivinando sus intenciones, pero antes de que dijera algo, Albert le apretó la mano. No debía interferir.

— Todo depende de cuánto quieras arriesgar. — respondió Jeffrey recuperando su tono formal.

La enfermera soltó a Albert y dio un paso adelante con un puño apretado. No podía siquiera imaginarse ese pecado. No quería que su amado se inmiscuyera en un problema así. No lo toleraría, él no lo toleraría. Ya había sufrido demasiado, no podía condenarlo al infierno.

— ¡Jeffrey, basta! — ordenó esforzándose por mantener sus ojos secos.

Terry miró a Candy. Sus ojos estaban aterrados, sus labios temblaban y sus piernas apenas la sostenían. Sólo una vez la había visto así, era la pose que indicaba que su fortaleza estaba a punto de flaquear. Por un momento olvidó el tema de Susana, quiso correr hacia la pecosa para abrazarla y evitar que se derrumbara o huyera. No quería que se fuera, todavía no.

Tragó saliva y desvió su vista hacia el aludido.

— ¿A qué te refieres?

— Podemos salvar a Susana, pero tendríamos que sacrificar al feto. Al contrario, si permitimos que el embarazo continúe, no prometo que alguno de los dos sobreviva. — explicó Jeffrey ignorando la mirada suplicante de la uniformada.

Albert y George abrieron la boca al mismo tiempo. Era evidente lo que el médico proponía, así como los riesgos que eso implicaba. El primero conocía la falta de moral de Jeffrey, pero no lo creía capaz de realizar semejante acto de asesinato. Incluso para él era ser extremista.

Terry se mordió los labios y clavó la mirada en el piso. También él entendía las palabras que acababan de pronunciarse. Intentó reordenar sus ideas y con la voz más serena que pudo preguntó:

— ¿Quieres decir que para salvar a mi esposa tengo que matar a mi hijo? — escuchó el mudo asentimiento del doctor en su cabeza. — ¡No! — exclamó con los ojos enardecidos. — ¡Debe existir otra salida! ¡Candy! — la llamó con desesperación. Ella se sobresaltó sorprendida. — ¡Dime que puedo hacer algo menos terrible!

"Ayúdame" articuló con los labios sin soltar ningún sonido. La muchacha se llevó las manos a la boca al leer los pensamientos de su antiguo novio. Sus deseos por quitarle el malestar que cargaba, incrementaron a cada segundo. Se sentía responsable de ese dolor, quería ser ella quien lo despejara de cualquier sufrimiento. Pero esta vez no podría hacerlo, la explicación de Jeffrey tenía lógica, aunque no estaba de acuerdo con el método que sugería. Además, estaba penado, no debía siquiera arriesgarse a plantearlo.

Imitando la falsa determinación del señor Grandchester alzó la voz.

— Los riesgos del embarazo son altos, Terry. Pero lo que propone Jeffrey es un imperdonable pecado; por no mencionar que es ilegal: todos podemos ir a la cárcel, incluso Susana.

— No sucederá si nadie abre la boca, Andley. — replicó su jefe. — Existen más posibilidades de que ella sobreviva si se aplica este procedimiento.

— ¿Más posibilidades? ¿No es seguro que lo haga? — inquirió el inglés aferrándose al edredón que cubría la cama.

— Será una operación muy delicada, pero es mi mejor propuesta.

Terry se quedó quieto. Quería la excelente solución para Susana. Quizá no la amara, pero el cariño que le tenía era la de un mejor amigo, de un compañero del trabajo de antaño y del insuperable hombre que conocía todos sus miedos y alegrías. Él no sólo era su esposo — quizá de todos los adjetivos, ése era el menos indicado para describirlo —, sino era el único caballero que procuraba su bien, y más que eso, era su único amigo. Toda su vida giraba en torno a su relación, así había sido tratada durante años y así seguiría hasta que le enseñaran algo más. Toda la responsabilidad de su bienestar recaía sobre los hombros del británico. Además, no sólo estaba lo que Terry representaba para ella, sino viceversa. Si bien fue por ella que Candy se alejó de él, del mismo modo fue pensando en ella que regresó a Broadway después de dejar los vicios que adquirió en el teatro clandestino. Indirectamente, Susana era su razón de ser. Susana era su promesa a cumplir. El objetivo de su vida era hacerla feliz. Por lo tanto, perderla significaría un incomparable vacío en la existencia del actor. Sin ella no habría promesa que cumplir. Sin embargo, si le permitía vivir, se atendría a vivir bajo el bajo el pecado del aborto; entonces no la haría feliz. Entonces nunca podría cumplir con la promesa que le hizo a Candy.

Soltó el edredón antes de levantarse con el rostro agachado. Caminó hacia la puerta arrastrando los pies. El enigma de su resolución flotaba en el aire, robándole el oxígeno a todos los que lo rodeaban. Se detuvo a un lado de Albert y susurró: "Avísame cuando despierte."

Momentos más tarde, un grito femenino llamó a Terry desde el otro lado de la casona. El aludido suspiró.

— Es su madre. Tengo que ir. No le diré nada del embarazo ni de su presencia. — informó.

Candy dejó escapar un gemido de dolor apenas el inglés abandonó la habitación. La expresión desolada del muchacho atizó su mente. George la tomó de los hombros y la sentó en el mismo lugar que Terry había ocupado instantes atrás. Ella colocó las manos sobre la frente. Era evidente el cariño que la pareja compartía. Entendía la indecisión de su amado, Susana debía ser muy especial para él. Candy debía apartar de su corazón la esperanza de ser inolvidable para el amor de su adolescencia. Después de cuatro años él ya estaría enamorado de la que ahora era su esposa, tenía la prueba frente a sus ojos: el embarazo. Si su corazón ya se había entregado a la actriz, una enfermera no tenía lucha que combatir. Desde siempre lo había sabido, una simple enfermera ojerosa no era rival para una mujer tan talentosa como hermosa. Susana la superaba. Concebía la razón de Terry al enamorarse de ella.

— George, quédate con Candy, voy a hablar con Terry. — dijo Albert al pasar un minuto.


Elisa se plantó frente al sofá predilecto de su madre. Ésta mantenía la vista en un libro, ajena al enojo de su hija que despertó con más fuerza al leer en el periódico una noticia que anunciaba la felicidad de una hospiciana. A pesar de que la señora Leagan no había visto a Elisa desde hacía varios días, no se sentía muy interesada en su presencia, ya sabía que en poco tiempo se desataría una nueva discusión.

— ¡Mamá! ¡¿Acaso ya leíste el periódico?! — exclamó furiosa la menor de los Leagan. Sarah alzó el rostro casi con aburrimiento. — ¡Se van a casar! ¡Annie Britter se va a casar! ¡Annie Britter!

— Elisa, las mujeres no tenemos nada que leer en los periódicos, hay cosas demasiado complicadas para nosotras. Déjale el periódico a tu hermano y ve a arreglarte ese cabello, se te ve espantoso cuando no lo rizas. — advirtió la dama regresando su atención a la literatura.

— Ahora entiendo, parece que no has notado la ausencia de tu primogénito. — se burló con las muñecas en la cintura.

— ¿A qué te refieres? ¡Claro que noté su ausencia! — respondió mirando nuevamente a su hija. — Está con la tía abuela, deberías de saberlo.

Elisa río divertida antes de retroceder un paso para darle más dramatismo a sus palabras.

— Neil se ha ido, partió ayer por la mañana. — explicó con arrogancia.

— ¿Pero qué tonterías estás diciendo? — espetó preocupada. — ¿Mi niño se ha ido? ¿Por qué lo haría?

— No soporta la presión en la que ustedes lo colocaron. Él no quiere casarse con Jane Essex.

— Eso es mentira. Jane es la indicada para él. ¡Dalia! — llamó a una de las sirvientas. — Ve a buscar a Neil a la mansión Andley y tráelo ante mí.

La mucama asintió con frenesí, se despidió y salió del cuarto. Elisa soltó una carcajada sin quitarle el ojo a su progenitora. En serio le regodeaba su ignorancia. Saber algo que Sarah Leagan desconocía era lo más cercano a la felicidad o venganza.

— ¡Es inútil! ¡Neil se ha ido! Y si no me permiten casarme, nunca les diré el paradero de mi hermano. — amenazó eliminando cualquier tono de sorna.

Su madre abrió y cerró la boca unos segundos, en un desesperado intento por pronunciar una oración coherente. El asombro y dolor que la embargaban no se lo permitían. Maldijo internamente la hora en que malcrió a sus hijos.

— La decisión de tu futuro está tomada. No voy a necesitar de ti para encontrarle, contrataré un detective y a la policía entera para traerlo de regreso. Te lo advierto, Elisa, ¡ya no harán lo que ustedes quieran! Ahora, sal de mi vista y no te presentes a la hora de comer.

— Como tú quieras, "mamita". — contestó Elisa sin perder el orgullo.

Dejó caer el periódico en las piernas de la señora Leagan antes de salir del cuarto con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro. Claro que podían encontrar a Neil Leagan, si es que él continuara usando ese nombre.

El señor Leagan llegó a su hogar después de tres horas. Desde que sus hijos habían cumplido la mayoría de edad, la casa estaba mucho más silenciosa; cuando decidieron pasar una temporada con la tía abuela, no se escuchaba más que a los sirvientes limpiando los muebles. No se arrepentía de nada aunque dentro de sí sabía que en cuestión de tiempo su familia se disolvería. Entró a la sala de té de su esposa; no la encontró ahí. Vio un periódico doblado a la mitad en el sofá que tanto le gustaba a la señora Leagan. Lo abrió con desinterés. Una fotografía de Annie Britter y Archibald Cornwell llenaban media cuartilla. Era el anuncio de su compromiso. Cerró los ojos tras adivinar la furia que despertaría en su hija aquella noticia. Se dejó caer en el sillón frontal y llamó a su mujer antes de colocar las manos sobre su frente. Estaba agotado de tantos problemas.

Sin embargo, al descubrirse el rostro tras escuchar cómo la puerta del salón se abría, se percató de la presencia de su esposa y la afamada Elroy Andley. El señor Leaganse levantó de inmediato.

— ¡Señora Elroy! ¡Qué agradable sorpresa! — saludó con cortesía.

— Basta de formalidades. Hay un asunto que tratar con urgencia. — respondió la anciana avanzando hacia los sillones. Sarah la siguió con un pañuelo limpiándose las lágrimas.

Ambas damas se sentaron frente al caballero. Éste ocupó su lugar de siempre con la preocupación marcada en cada centímetro de su rostro.

— ¿Qué es lo que las agobia, entonces?

— Tus dos hijos. Parece que no toleran las órdenes que se les impone. Tanto Elisa como Neil no están de acuerdo con el futuro que escogimos para ellos. — comenzó la tía abuela con suficiencia.

— Son jóvenes, su rebeldía es natural. — replicó algo avergonzado.

— Te daría la razón si tuvieran diecisiete años o fueran como mi adoptada nieta, pero me temo que ninguno es lo que yo esperaba. Me atrevería a afirmar que tan siquiera uno de ellos ha renunciado por completo a sus planes.

— Elisa es terca y caprichosa, pero no creo que su actitud sea tan radical… con todo respeto.

— En realidad me refería a Neil, el mayor de tus hijos.

— ¿Neil? Lo siento, pero no comprendo lo que quiere decirme, señora Elroy. — admitió mirando de reojo a su cónyuge. — ¿Qué ha ocurrido con él?

— Parece ser que ayer por la mañana ha dejado mi casa. Creí que por fin se había decidido a regresar con ustedes, por eso no di aviso. Empero, Sarah me ha revelado su ausencia.

El señor Leagan se puso de pie, completamente atónito. Era imposible, Neil ni siquiera podría mantenerse con vida un par de días. Era un total inútil, no conseguiría estar solo.

— No. — murmuró paseándose por la sala. — ¿Pero por qué? ¿Dejó alguna nota?

— Una, a su hermana, mas ella afirma que la ha quemado. No quiere revelar el paradero de Neil.

— Habrá que obligarla, entonces. Haré lo que sea para recuperarlo. No voy a permitir que uno de mis hijos arruine su vida.

— En realidad esperábamos que tú hablaras con ella, querido. — intervino por primera vez la señora Leagan. El tono de su voz estaba igual de roto que su expresión. — Tú eres más sutil. Quizá te escuche a ti.

— ¿A mí?... ¿No sería adecuado que una amiga suya viniera?

— ¿Y qué amiga? Querido, Elisa no tiene amigas.

— ¿Qué hay de Candy? ¿En dónde está ella?

— William me informó que ahora trabaja en Los Ángeles. — respondió la tía abuela avergonzada. — Esa niña se esmera por arruinar su reputación. Le he sugerido en múltiples ocasiones a mi sobrino que la case con prontitud, pero él insiste en permitir que ella decida su futuro. Es evidente que la juventud ya no es lo de antes.

— ¿Y Archie? ¿Él no podría hablar con Elisa? Quiero decir, sería una buena idea que una persona de su edad la hiciera recapacitar.

— Archibald está arreglando su boda. Sus padres se han negado con rotundidad a ese espectáculo, con justa razón: Annie Britter no es una mujer conveniente. — suspiró. — Es otro rebelde que William también defiende.

El señor Leagan ignoró el último comentario de la anciana. Ahora no le preocupaba lo que sus sobrinos hicieran, pero sí lo que sus hijos planearan. Temía por el bienestar de Neil. De repente, todas las cuestiones de honor no tenían importancia, sólo quería ver a su hijo, saber que estaba a salvo.

— Yo lo arreglaré. — prometió levantándose.

Se dirigió al cuarto de Elisa, estaba dispuesto a negociar con ella.

La pelirroja colgaba los vestidos que se había llevado durante su estancia en la mansión Andley, mientras repetía en su cabeza las palabras exactas de la carta de su hermano. Lo odiaba un poco, después de todo, la había abandonado a su suerte. Ahora sí estaba sola, como nunca antes.

"Querida hermana:

Lamento dejarte de esta forma, he tomado una decisión: no seré más el títere de mis padres. En lugar de eso haré lo único que hasta ahora sé hacer: amar a Candy. No puedo revelarte los problemas que la rodean porque no los comprendo del todo, sólo sé que está en peligro. Esta vez no quiero ser un inútil, quiero hacer algo por ella. Sé que ni tú ni mis padres estarán de acuerdo; lo lamento por ti, de verdad te juro que deseo que todo fuera distinto, así podría llevarte conmigo y alejarte de los que no nos entienden. Nuevamente, lo lamento, Elisa, no quería abandonarte, lo juro.

Mandaré una carta cada cuarto día, pero debes buscar un empleado de confianza, no quiero arriesgarme a que mis padres descubran que seguimos en contacto, menos quiero que sepan en dónde y qué estoy haciendo. En cuatro días te mandaré la dirección a donde enviarás tus respuestas. Levántate temprano y recoge tú misma el correo, sólo así podremos evitar que la carta caiga en manos inadecuadas.

Hasta entonces, amada hermana.

N. L."

La puerta de la habitación se abrió repentinamente; ella giró el cuello. Frunció los labios antes de cerrar el armario y darle la cara a su padre. Detestaba enfrentarse a él. Siempre se había caracterizado por se el más humilde de los Leagan, le dolía lastimarlo con sus palabras y actitudes. Pero también le escocía en el corazón el hecho de que no pudiera comprenderla. Cuando su madre le dijo que no se casaría nunca, esperó que él la contradijera, que la apoyara; pero no fue así, sólo hundió la nariz en el periódico sin decir palabra alguna. Esa imagen aún era la razón por la que se sentía resentida hacia él.

— Me enteré de la huida de Neil. — dijo el señor Leagan sin perder tiempo. Ella lo miró sin perturbar su rostro. — Me han dicho que te dejó una carta.

— La quemé. — se limitó a contestar recargando su peso en una pierna.

— No obstante, sé que recuerdas sus palabras. ¿A dónde ha ido?

— No lo sé.

— Sé que lo sabes. Dímelo, es una orden.

Pero Elisa no obedeció. Colocó las manos en su espalda y acarició su ya largo cabello rojizo. Mantuvo sus escarlatas ojos fijos en los cafés de su padre. No planeaba rendirse, Neil confiaba en ella, no lo defraudaría. El señor Leagan lo sabía, por eso decidió jugar su última carta.

— De acuerdo. Te ofrezco un trato. — dijo sentándose en la cama. Elisa alzó una ceja, llena de curiosidad. — Si encontramos a tu hermano, tendrás nuestro permiso de contraer matrimonio.

La pelirroja soltó sus caireles y abrió la boca con asombro. En definitiva no esperaba que su amenaza tuviera efecto. Aunque su libertad era lo que más deseaba, no se permitiría traicionar a su hermano. No podía revelar su paradero, no podía perder a la única persona que aún amaba con todo su ser. No a su único amigo. Siendo tan lista, ideó un plan en menos de cinco segundos.

— Muy bien, hagamos un trato. Antes de decirles en donde está Neil, me casaré y ustedes organizarán mi boda. Además, quiero la mitad de la herencia.

— Nada de eso. Si en este momento evidencias su ubicación, te otorgaré mi consentimiento de casarte. Lo de la herencia lo veremos después. Elisa, comprende que sólo quiero saber si está bien.

— ¿Sólo eso? — preguntó con una cínica sonrisa. — Entonces podremos arreglarlo. Dame cuatro meses, Neil pasará una larga temporada fuera, así que el tiempo que les pido no es bastante a comparación. En cuanto reciba una decente propuesta de matrimonio, les daré los datos de Neil e incluso lo haré volver. Y si en cuatro meses no recibo nada, sólo les daré la dirección, pero no prometo hacerlo volver.

— ¿Y por qué nosotros tendríamos que pagar el hecho de que no te cases?

— Por su culpa he permanecido meses encerrada en esta casa, mi reputación ha disminuido entre la sociedad. Es su responsabilidad alzarme como la dama más prestigiada de Chicago.

El señor Britter sonrió. Quizá podía tomar ventaja de esa propuesta. No sólo la haría una criatura dócil, sino le enseñaría a ser independiente. A esas alturas, era necesario tanto lo uno como lo otro.

— De acuerdo. Querías la mitad de la herencia, ¿cierto? Bien, nos demostrarás que puedes controlar el dinero. Te daré una magna cantidad de billetes y tú decidirás cómo organizar tus fiestas en búsqueda del hombre perfecto. ¡Ojo! No te permitiré que contrates decoradores o diseñadores, si necesitas ayuda, sólo un sirviente o sirvienta podrá hacerlo.

— ¿Perdón? — cuestionó incrédula.

— Sí, tendrás todo el dinero que quieras, pero tú lo controlarás. Sólo tú. — se levantó. — Si necesitas ayuda, podrás consultar a cualquier personal de servicio.

— ¿Y qué pasará cuando necesite que me lleven a la ciudad por el vestido y las decoraciones? ¿Y la comida?

— La prepararás tú. Que tengas suerte, Elisa. Esperaré el reporte de Neil el viernes. Buenas noches, hijita.

Se despidió golpeando ligeramente su frente con los labios en un beso.

Ella se petrificó en su lugar. Le habían dado una cucharada de su propia medicina. Su propio padre la haría quedar en ridículo. ¿Ella cocinando? ¿Acaso tenía cara de cocinera?

Refunfuñó durante horas la actitud de su padre, antes de admitir su propia suerte. Pasadas las ocho de la noche avanzó a trompicones al balcón. Siguió remilgando por el trato que recién comenzaba y miró al jardín. En semanas no había dado un paseo, temía encontrarse con el jardinero. Era el ser más molesto del planeta. No sólo era su obsesión por silbar, era su simple presencia, su alegría al trabajar. Si bien antes no le molestaba en absoluto ver a Anthony plantar rosas, ahora le parecía inadmisible que alguien más tuviera la misma pasión. Más que eso, envidiaba su felicidad. Replicó algo acerca de que hasta los sirvientes estaban más satisfechos con su vida que ella y arrojó su pañuelo al aire. Maldijo por enésima ocasión, previo a darse la vuelta para abandonar el balcón.

— ¡Hey, señorita! ¡No debería hacer eso, contaminar el jardín evitará que crezcan flores hermosas! — le gritó una voz justo abajo. Ella giró el rostro, completamente furiosa. — Lo siento, creo que esto es suyo. — señaló levantando el pañuelo.

— ¿Y qué si lo es? Sólo tíralo a la basura, no me importa. — espetó Elisa recargándose en los barrotes.

— Lo haré, no lo dude. Únicamente quería advertirle que cualquier objeto le hace daño a las plantas. Por insignificante que le parezca, estorba en su crecimiento. Es como si a usted le obstruyeran las fosas nasales. El conducto de su respiración es semejante, el oxígeno no llegaría a sus pulmones si algo obstaculizara su tráquea. Lo mismo sucede con ellas, si la tierra está repleta de objetos no podrán respirar ni recibir agua. — explicó mucho más tranquilo y con su inolvidable sonrisa en el rostro.

— ¿Qué haces ahí tan noche? ¿No es que deberías estar cenando con los demás? — cambió de tema la chica, sin admitir que no tenía muy claro la clase de biología que el jardinero acababa de darle.

— ¿Los demás? — repitió consternado. — Ah, ya, las mucamas y los cocineros, ¿cierto? — rió. — Ya he cenado, ellos saben que ceno temprano, así tengo más tiempo de trabajar en el jardín. ¿Qué le parece? ¿Ya vio el huerto en el jardín trasero? He plantado cerezos y algunos narcisos.

— ¿Narcisos? Detesto los narcisos. — comentó ella recordando el colegio en Londres.

— No me diga eso, tendré que cambiarlos. ¿Le gustan las buganvilias? Pienso que vendrían bien a un lado de los cerezos.

— Sólo deshazte de los narcisos.

— De acuerdo, señorita Leagan. ¿Qué le gustaría ver frente a su ventana? Me temo que también he plantado narcisos.

— ¿Qué? ¿Pero qué has hecho? ¡Ahora mismo quítalos! Son las plantas más horribles del planeta.

— De eso nada, son bellísimos. Pero si usted insiste, los trasplantaré a la huerta de mi casa y venderé los que no quepan. — dijo antes de agacharse y sacar del bolsillo una pala. — Por suerte no son muchos, sólo eran alrededor de diez o quince. Mi hermana los adora, tendré que comprar una maceta para entregárselo como regalo de cumpleaños.

— ¿Le darás una planta a tu hermana por su cumpleaños? — preguntó repentinamente interesada. En su vida jamás había recibido tal regalo.

— Por supuesto, le fascinará.

— ¿Ah, sí?

— ¿Qué le sorprende tanto, señorita? Si algo la apasiona, ¿no cree que sería buena idea regalarle algo referente a eso? Mi hermana ama los jardines de narcisos. En mi casa no hay suficiente espacio para complacerla, pero una sola flor la haría feliz.

Elisa arrugó el entrecejo. No creía posible que una persona pudiera ser feliz con algo tan miserable. Desde pequeña su única alegría era lo novedoso y caro. Sus vestidos tenían que costar mínimo doscientos dólares. Una planta no costaba más de dos. Era cierto que Candy muchas veces fue feliz con las palabras que le otorgaban cierta libertad, pero ahora entendía la razón. Sin embargo, no concebía la dicha con un regalo tan humilde. Ella no podría serlo.

— De acuerdo, están desplantados. — informó el jardinero limpiándose la frente perlada por el sudor.

— Hmph. — farfulló.

— Aún no me dice qué es lo que quiere oler en las mañanas. — advirtió con cierta diversión en el tono.

— Violetas. — contestó con un suspiro. — Sólo violetas.

Y sin despedirse siquiera, se dio la vuelta y llamó a la mucama para que la asistiera. Necesitaba una larga noche de sueños.


Una semana más tarde, los sirvientes de los Grandchester trasladaron más de una docena de maletas al interior de la mansión. Dos rubias, acompañadas por un caballero que hacía un reporte en una pequeña libreta, miraban la labor desde el salón principal. La más joven parecía afligida.

— Es una pena que trabajen así. — dijo Candy.

— Lamentarse por eso es equivalente a hacerlo porque yo solía operar hasta tres veces al día. Para eso les pagan. — contestó Jeffrey a sus espaldas. — Vamos, Andley.

La segunda rubia miró a los jóvenes con cierta desconfianza. Como a los demás, no le gustaba el trato del médico hacia su enfermera.

— ¿Susana está bien? — preguntó la pecosa.

— Sí. Necesito que hables con ella, debes hacerle entender que debe seguir con el tratamiento. — explicó el cirujano echándole un vistazo a los apuntes de George. — ¿Qué haces?

— Apunto la dirección de las maletas. — respondió con una voz más fría de lo usual.

Jeffrey no le encontró sentido a su actividad, pero no alegó. Sabía que no era del agrado del guardaespaldas de la muchacha, así que no iba a provocarlo. No era tan divertido como jugar con el señor Grandchester.

— ¿Acaso eso no pondrá en riesgo la vida del bebé? — cuestionó Eleonor. — Me refiero a continuar con las medicinas.

— Si no lo hace, podría morir, señora Baker. — replicó el doctor.

— ¿Y Terry?

— No lo sé, no está con ella. Mejor así, sólo estorba en mi trabajo.

Antes de que siquiera hubiera tiempo de que la actriz defendiera a su hijo, la enfermera se acomodó la boina en la cabeza y caminó hacia las escaleras.

— Yo lo arreglo.

Por alguna razón, la única persona que conseguía la atención de Susana, era Candy. Ni siquiera su marido recibía el mismo trato. Desde que la señora Grandchester se enteró de la delicadeza de su embarazo, buscó la mirada verde de Candy. Estiró el brazo hacia ella para pedirle apoyo. La chica, sorprendida, avanzó y tomó su mano con un miedo palpable.

— Acércate. — ordenó Susana. Candy obedeció inclinando su oído hacia los labios de la paciente. — ¿Tú qué harías en mi lugar? Por favor piensa en él. Sólo tú puedes ayudarme, más que nada, comprenderme. Dime, ¿qué lo haría menos infeliz?

Candy tragó saliva. Nunca había escuchado una pregunta tan difícil. No sabía siquiera qué pensar. Entendía porqué Susana acudió a ella, pero desconocía la respuesta que esperaba. Miles de noches se había detenido a pensar qué haría ella en lugar de Susana, cómo sería su vida si fuera ella la prometida de semejante hombre. Se imaginaba feliz, sonriendo, esperando las fechas de los estrenos teatrales. Satisfecha por el derecho de tomar en público el brazo de Terry. Pero nunca se imaginó desesperada entre la espada y la pared. Buscó en su cerebro las palabras perfectas, mas sus labios la traicionaron.

— Yo jamás lo condenaría al infierno.

Susana se enjugó los labios. Candy divisó en sus hermosos ojos azules la duda desaparecer ante el miedo. Tomar la decisión de vivir o morir no era nada fácil. Finalmente, la embarazada asintió.

— Tienes razón. Gracias. — le sonrió.

A partir de ese día, se aferró a su deseo por continuar con el embarazo al mismo tiempo en el que Terry se encerró en su estudio, furioso por la decisión tan tajante de su esposa. Tan siquiera, ésa fue su excusa para alejarse de Candy. Ésta se sintió culpable por ambas cuestiones. Sin contar con que cada día Jeffrey se distanciaba más de ella. Era como si de un momento a otro, el destino se volviera completamente en su contra.

— "Soy un triste juguete del destino."[1]— recitaba Candy mientras acomodaba su equipaje en la maleta de siempre.


Dos días antes de que Jeffrey Northeng, Candice Andley, George Johnson y Eleonor Baker decidieran mudarse a la mansión de los Grandchester, el primero salió a tomar un café con Albert. Ambos hombres tenían un aspecto abatido.

— No quiero continuar con esto. — susurró Jeffrey.

— ¿A qué te refieres? — preguntó Albert al preparar su café.

— A todo esto. Yo no soy una niñera, creo que ya te lo había dicho. — contestó antes de hacer a un lado su taza. No tenía deseos de ingerir nada.

— Yo jamás te dije que lo fueras, sólo eres su jefe. George es su protector.

— Él no conoce la gravedad del asunto.

— Mejor así. De saberlo sería capaz de perseguirla a todos lados. Quiero que la cuide, no que la hostigue. — bebió un sorbo. — Tú no eres su niñera y lo sabes. ¿Por qué me pediste una audiencia? ¿A qué le temes?

— Simplemente ya no quiero hacer esto.

— ¿Acaso temes por la situación de Susana?

Jeffrey bufó. William no sabía nada de medicina ni de su vida. Era obvio que todavía no podría recibir el título de amigo. Quizá nunca lo consiguiera.

— No, he visto casos peores. Además, es evidente que ella morirá joven de cualquier manera, no tiene suficientes anticuerpos. Digamos que la ginecología no es mi especialidad.

— ¿En serio? — cuestionó Albert alzando una ceja. — Es extraño que toda tu casa esté llena de libros de esa materia. No intentes negarlo, no debería importarte lo que digan de ti, la ginecología no es sólo para las mujeres.

— ¿Acaso parezco un hombre que se arrastra por la sociedad? — se burló con una sonrisa cínica en los labios. — ¡Por favor, William! No olvides que fui yo quien propuso un aborto. Ni siquiera me importa lo que diga la iglesia.

Albert examinó al jovencito con cierta pesadumbre. Estaba muy joven para hablar con tanta amargura. Aún así, no se atrevió a indagar en el corazón del muchacho. Sus heridas sanarían con el tiempo, confiaba en ello. Por eso lo había acercado a Candy, era una magnífica enfermera en todos los ámbitos. Por eso no se rendiría, no lo dejaría ir tan fácil. Conocía su punto débil: el orgullo.

— ¡Qué lástima! Creí que tú eras el hombre más hábil para este trabajo. — se lamentó entre un suspiro. — Tendré que buscar a un doctor mucho más capacitado.

— No quise decir eso. Por supuesto que estoy capacitado. — atajó Jeffrey con los puños apretados.

— Entonces no me hagas perder tiempo.

— Nunca lo hago.

— No renuncies. El trabajo es tuyo si todavía lo quieres. Pero recuerda que no eres irremplazable.

Por un instante que pareció una eternidad, el cirujano endureció la mirada. Debía tomar una decisión, su orgullo ya la conocía, pero algo dentro de él se esforzaba por declinar la propuesta. El miedo, eso era. Esa sensación de perder todo lo que había conseguido a partir de ese día. La culpa también estaba ahí, el dolor que causó años atrás aún lo perseguía. Debía pagar. Pero no quería arriesgarse a hacer más daño. No a ella. Asimismo, no podía permitir que alguien más la lastimara.

— De acuerdo, tomaré el trabajo. — dijo con los ojos negros reflejados en el cristal del local. — Seguiré con el caso de Susana.

— Excelente elección. — lo felicitó Albert colocando una mano sobre el hombro del hombre.

— Hmp. — farfulló Jeffrey. — Pero no me acercaré más a Candy, estoy harto de ella. — prometió antes de levantarse del asiento.

Albert lo vio alejarse. Ahora entendía todo. A lo que Jeffrey Northeng le temía era a enamorarse de Candy. Se cubrió el rostro con ambas manos. No recordaba que tener veintitrés años fuera tan complicado. Ahora prefería las hormonas de los jóvenes de dieciséis años. Antes enamorarse no era temer, era disfrutar. ¿En qué momento amar se convertía en una tortura peor que morir? En el preciso momento en el que decides debatirte entre demostrarlo o callarlo. Quizá debía dejar de leer las novelas del siglo XIX. Quizá debía olvidarse de los poemas de los hispanos del romanticismo. Nada en el amor era como lo pintaban.

— La vida no es poesía. — se dijo. — El amor no es poesía.

Se tomó el resto del café con melancolía. Parecía que su plan no sólo estaba fracasando, sino que si las cosas continuaban así, únicamente conseguiría herir a su Candy. No sólo porque Jeffrey sería todavía más seco con ella, sino porque Terry también había tomado la decisión de alejarse. Maldijo internamente el orgullo de ambos muchachos. Aún recordaba con claridad las últimas palabras que Terry le había dedicado tras salir de una habitación unos días atrás.

— Vas a dejar que ella decida. — le dijo Albert.

— Es su vida, tiene derecho. — se limitó a responder pasando de largo a su amigo.

— Has hecho bien, Terry. En realidad quiero felicitarte, has madurado.

— Ella va a morir, querrá sacrificarse. — dijo Terry recargándose en el barandal del pasillo. — La conozco. Cree que puede sacrificarse una y otra vez. Parece que piensa que es inmortal e innecesaria.

— ¿Tú la necesitas? — preguntó con cierta lástima.

— Es mi objetivo en la vida. — aclaró apretando los puños en el barandal. — Desde que regresé de los teatros clandestinos, ella se convirtió en mi promesa. Por supuesto que la necesito.

Albert desvió la mirada al sacar sus propias conclusiones.

— No puedo creerlo, de verdad la amas.

— No es lo que imaginas. — hizo una pausa. — ¿Ella jamás te contó lo que sucedió la última noche en Nueva York?

— ¿Ella?

— Tu hija legal. — contestó Terry sin atreverse a mencionar su nombre.

Una ráfaga de escenas ahondaron en la mente del magnate. Claro que recordaba la etapa en la que Candy pasaba día y noche llorando por aquel invierno. Pero no recordaba haber escuchado la historia completa.

— Dijo que Susana intentó matarse para no interferir entre ustedes dos.

Terry hizo una mueca de incomodidad.

— Nos prometimos que seríamos felices… También le prometí que cuidaría de Susana. Lamentablemente no puedo cumplir la primera, pero Dios sabe cómo me esfuerzo por cumplir la segunda. Yo mismo añadí a la promesa la felicidad de Susana. Por eso me casé. Sólo para cumplirle a ella, a tu hija legal.

— ¿Entonces todavía la amas? ¿Aún amas a Candy?

Terry no respondió de inmediato, a pesar de que la respuesta flotaba en el aire. Albert lo estudió. Su rostro no era el mismo del jovencito que conoció en Londres, ni siquiera se parecía al hombre afligido que ayudó dos años atrás. Había madurado, sus ojos eran otros. No cabía la travesura estudiantil ni la debilidad por el alcohol. En su lugar, la responsabilidad llenaba las pupilas azules con matices verdes. ¡Cuánto había tenido que crecer en tan poco tiempo! Ahora entendía todas sus palabras, ahora comprendía porqué, sin importar sus sentimientos, había negado su proposición horas antes.

— Podrá vivir aquí. — dijo al fin. — Pero no podré cuidarla, no me acercaré a ella.

Lo complicado era que Albert aún no podía distinguir qué predominaba en el alma de esos dos. Era claro que estaban enamorados de Candy, así como también era claro su orgullo.

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Es cuestión de palabras, y no obstante

ni tú ni yo jamás,

después de lo pasado convendremos

en quién la culpa está.

¡Lástima que el amor un diccionario

no tenga donde hallar

cuándo el orgullo es simplemente orgullo,

y cuándo es dignidad!

— Bécquer, Gustavo Adolfo.


[1] Shakespeare, William, Romeo y Julieta, acto 3 escena I.

¡Hola!:

Lamento muchísimo el retraso, ayer tuve un problema muy grave; pero aquí tienen el capítulo.

Hay tantas cosas en este capítulo que no podría hacer lo que regularmente hago. No obstante, me concentraré en un tema: el aborto. A pesar de que tengo argumentos a favor del aborto, en la época en la que manejo el fic, no hay posibilidad de que mis argumentos tengan sentido, mucho menos cuando se pone al infierno de por medio. Me pareció interesante incluir ese tema, queda a la par con Jeffrey y su indiferencia por todo. Era evidente que Candy, al ser criada por mujeres religiosas y estudiar por un corto tiempo en un colegio de monjas, estaría en desacuerdo y trataría de evitarlo. Quería dejar todo en manos de Terry, hacer que él se rompiera la cabeza debatiéndose entre eso, pero creo que Susana era la que debía tomar la decisión.

El asunto de Elisa es divertido, sé que merece una oportunidad, pero me encanta meterla en estos enredos. Le dará un buen toque al fic o eso creo.

Como sea, les agradezco mucho el apoyo que me brindaron en el 2014 y les deseo lo mejor para el 2015. Mando un fuerte abrazo y muchas bendiciones.

Nos leemos el próximo jueves.

Andreea Maca.