Los personajes de Candy Candy pertenecen únicamente a Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, esta versión del final ha sido hecha sin fines de lucro y por motivos de entretenimiento.

¿Dónde estoy?

¿Qué hago aquí?

¿Quiénes son ustedes?

Fueron las tres primeras frases que pronuncie al recobrar el conocimiento.

Todo absolutamente todo daba vueltas, mi cabeza dolía y solo zumbidos resonaban dentro de ella.

—¡Doctor! ¡doctor! El paciente ha despertado —grito una mujer vestida de blanco.

Yo no podía esperar a que alguien apareciera, quise levantarme, pero lo único que logre fue irme de lado y caer de espaldas contra la camilla.

—Señor tranquilícese todo estará bien.

—¿Dónde estoy? ¡dígamelo! —le grite sintiendo que el dolor pronto me quebraría.

—Está en un hospital militar… ¿puede decirme su nombre?

—¿Cómo llegue aquí? —pregunte aturdido.

—Usted venía en un tren ¿no lo recuerda? Hubo una explosión y dicen otros sobrevivientes que salto justo a tiempo, este hospital está relativamente cerca del lugar del accidente, fue imposible no darnos cuenta —me dijo, como si yo pudiera entenderle todo.

En eso el medico entro a la habitación haciendo a un lado a la enfermera.

—Díganos, ¿Quién es? ¿Qué hacía en el tren? ¿usted detono la bomba? ¡conteste! —me interrogo sin parar.

—Yo… yo no… —balbucee, la cabeza dolía mucho y el simple hecho de intentar recordar algo me hacía aumentar la jaqueca; me doble de dolor, era insoportable, pero pese a eso el medico quiso obligarme a hablar zarandeándome con fuerza; insistiendo una y otra vez con las preguntas.

Yo no podía recordar y lo único que hice fue reaccionar con furia y lanzarlo lejos de mí, haciéndolo chocar contra la pared. Las enfermeras al ver mi reacción corrieron a auxiliar al médico, mientras a mí me dedicaban duras miradas y luego de intentar sostenerme entre varios me aplicaron un calmante y de nuevo todo se volvió oscuro.

Dentro de mi cabeza todo parecía ser un profundo vació, no había nada y solo me vi a mi mismo repitiendo una y otra vez las palabras Chicago y America… de un momento a otro, el miedo me invadió y una sensación extraña se apodero de mí, me desperté gritando de pavor…

¿Quién era yo?

Me quede viendo al infinito… no había nada, nada que me dijera algo de mi pasado…

De repente una mano extraña se posó en mi hombro, me giré horrorizado y de nuevo lo que hice fue intentar defenderme de aquel sujeto que en realidad era solo una enfermera, la hice caer al piso y aunque quise ayudarle no pude levantarme de la camilla, no entendía nada de lo que pasaba.

La enfermera se levantó del piso a toda prisa y salió de mi habitación, todos los demás pacientes me miraban serios e inquisitivos… todos querían saber la verdadera razón de todo esto, ¿qué hacía en el tren y por qué había saltado justo a tiempo para salvarme la vida?

Ni siquiera yo lo sabía y solo intentar encontrar una respuesta me hacía sentir frustrado.

Pase los días y las noches drogado por amnésicos y calmantes… mi estado era alarmante, no solo por mi falta de memoria, sino también por la fuerza y agresividad con la que reaccionaba cada vez que alguien intentaba acercarse a mí.

¿Cómo tener confianza cuando todos te juzgan?

Yo no podía y todo a mi alrededor me daba miedo. A lo lejos, se escuchaban los sonidos de las bombas, los disparos, gritos y voces… y esto solo me hacía sentir mucho más ansioso de lo que ya estaba…

Además, las pesadillas no paraban de acosar mis sueños, constantemente me veía a mí mismo rememorando los sonidos escuchados en el día y siempre me despertaba gritando Chicago y America.

Mi cuerpo pronto se recuperó, pero mi memoria estaba perdida quien sabe en dónde.

Por mi comportamiento fui catalogado como paciente peligroso y presunto espía.

Y luego de que estuve completamente sano los doctores prefirieron deshacerse de mí, enviándome a otro hospital; según ellos porque ya no necesitaba cuidados, pero en realidad era porque me consideraban un problema…

Y así fue mi vida desde que desperté, andando de un hospital en otro, entre sedantes y calmantes, dormido y con pesadillas. Las únicas veces que logre estar cuerdo fueron cuando una enfermera intentó ayudarme… pero esta solo consiguió tener problemas.

Nadie a parte de ella quería tener relación conmigo, para todos era un asesino, un espía, un desconocido con el que no debían tener ni la más mínima cortesía. Por esta misma razón, a pesar de que ya estaba sano fui perdiendo peso, nadie se preocupaba por si ya había comido o si necesitaba algo, me sentía un estorbo y a decir verdad eso era lo que era, un maldito estorbo.

Estaba harto, frustrado y deprimido… sin saber cómo sacar esos sentimientos, los doctores me descubrieron múltiples veces teniendo un ataque de nervios, mientras rasgaba las cortinas y golpeaba las almohadas. Luego de eso prefirieron transferirme nuevamente, pero esta vez a Chicago, si tanto mencionaba ese nombre seguramente allá descubrirían la razón.

Sin preguntarme y completamente inconsciente me subieron a bordo del barco y así me mantuvieron durante todo el trayecto. Tirado en una celda como criminal y recibiendo platos de comida fríos…

¿Qué había hecho para merecer este trato?

¿Y si de verdad tenían razón y era un asesino?

Ya ni siquiera tenía esperanzas de recobrar mis recuerdos… para qué hacerlo, si seguramente era verdad todo lo que hablaban de mí a mis espaldas… si resultaba ser cierto todo aquello, mi vida estaría aún más arruinada.

o-o-O-o-O-o-o

A lo lejos escuche que alguien gritaba tierra a la vista; luego después de eso, vi a la enfermera aparecer con una enorme y puntiaguda aguja, de nuevo me sedarían y aunque nada me costaba resistirme como siempre, esta vez deje que lo hiciera sin ningún problema.

Mi cuerpo se tambaleaba, seguramente los médicos me transportaban... Y de un de repente empecé a sentir una gran calma... A lo lejos en algún lugar lejano, una dulce voz hablaba. ¿Quién era? ¿Sería mi esposa? ¿Mi madre? No lo sabía, pero dejé que su voz me tranquilizara.

Pronto recobré el sentido, hallándome en una fría habitación de hospital, con un aroma tan desagradable que me vi obligado a ir en dirección a la ventana; mis pies estaban débiles aún, pero pude sostenerme lo suficiente, para llegar hasta los pocos rayos de sol que se filtraban por los cristales.

Afuera todo resplandecía en un verde hermoso, había enfermeras por todos las cuidando de sus pacientes y todo parecía estar en calma, no había bombas ni sonidos de guerra.

Entonces la puerta rechino y supe que había entrado alguien, me giré con avidez y pude verla a ella, una jovencita que lejos de tenerme miedo como las demás parecía estar sorprendida.

Ella sostenía una charola de comida y su amabilidad me hizo sentir extraño, hacía tanto que nadie me trataba así.

—¿Quién es usted? —le pregunté temiendo que me diera más calmantes.

Ella no respondió a mi pregunta y solo balbuceo el nombre de un tal Albert.

Luego se dirigió a la mofeta que me había acompañado todo este tiempo llamándola Pupe, y de nuevo hablándome a mí.

—Señor Albert, haría mejor comiendo algo... —¿Quién era Albert? ¿Yo? —y pienso que debería descansar acostado todavía un poco —termino de decir sonriendo.

Trate de ignorar su amabilidad, no quería hacerme falsas ilusiones y pensar que aquí me tratarían bien.

—¿En dónde estoy?

Y pese a mi hostilidad ella me siguió tratando como si nada.

—En el hospital Santa Juana de Chicago, en América.

—Entonces me trasladaron hasta América... Chicago...

La simple mención de estas palabras hizo que un torbellino de bruma se mezclara en mi cabeza y de nuevo las jaquecas aparecieron.

Al verme reaccionar así, la jovencita se lanzó a sostenerme, temiendo que cayera y con cuidado me ayudó a acomodarme en la cama... Qué extraño era todo esto y cuanta calma me inspiraba.

—Señor Albert, vale mas no reflexionar por ahora... Vamos descanse un poco.

De nuevo me llamaba Albert...

—¿Quién es Albert? ¿Por qué me llama así? —pregunte confundido.

Ella me miro herida, mis preguntas habían hecho que ella reaccionara de esa forma ¿Por qué?

—Perdone, es el nombre de mi hermano mayor —dijo sin quitarme la mirada de encima —y como se parece a él y es más práctico darle un nombre... ¿no quiere?

De pronto su mirada se puso triste... ¿Qué le habría pasado a su hermano? No lo sabría, pero su amabilidad y respuesta me dejaron sin palabras.

—Sí, puede... Entonces es el nombre de su hermano —quise preguntar más, pero una jaqueca se apoderó de mí.

—Una vez que haya recuperado las fuerzas, a medida recobrará la memoria ¡Y estoy segura que irá recordando su nombre! ¡No lo parezco, pero soy una gran enfermera! Mientras esté aquí, no tendrá preocupación, sé que hay que hacer... —dijo de un solo golpe y yo solo intenté seguirle el paso.

Hablaba mucho, pero era muy linda.

—Y usted... ¿Cuál es su nombre? —le pregunté dudando en recibir la respuesta, pero ella al instante contestó.

—Me llamo Candy White Andrew... ¡Llámeme Candy!

—Señorita Candy... —susurre, no solo ella era dulce, sino también su nombre...

Pero inmediatamente luego de que dije eso, me corrigió diciendo que solo la llamara Candy. Después se giró hacia la mofeta diciéndole que ella se llamaría Pupe y está salto y chillo de alegría.

Quizás después de todo si había sido bueno que me transfirieran aquí...

Pero pese a que al día siguiente esperaba que la dulce enferma apareciera, está no lo hizo. Contrario a esto llego una chica de trenza larga que casi me arrojo la charola de comida desde la puerta...

¿Dónde estaba Candy ahora?

Me volví a recostar, no podía hacer nada por el momento, aún me sentía muy débil y el sueño me absorbía.

Varios días después Candy apareció nuevamente, con su habitual sonrisa y esa aura de tranquilidad que me contagiaba.

—¿Cómo se encuentra señor Albert? —pregunto mientras me examinaba con la mirada —perdone, no puedo venir tan a menudo como antes porque estoy un poco ocupada —se disculpó al verme en las circunstancias que estaba.

Había traído castañas para Pupe y luego de dárselas se quedó callada viéndome de manera extraña y pensativa, y de un momento a otro su rostro cambio.

—¡Un poco de valor! ¡si llego a ser una verdadera enfermera, podré ocuparme mejor de usted! —me ánimo, cuando en realidad la que necesitaba eso, era ella.

Su sonrisa era tan contraria a los labios tensos de las otras...

—Veo que no soy bienvenido en este hospital —le dije recordando los días pasados, todo era igual, era la misma situación que en Italia.

Ella se atraganto ante mi respuesta, pero contestó.

—¿Por qué dice eso? ¡Todos los pacientes son tratados de la misma manera! —recalco, si claro... pensé yo —¡No diga tonterías!

La verdad era que, yo ya estaba bien al tanto de todo lo que hablaban de mi... Si el rumor no se hubiera corrido desde Italia, quizás las cosas serían diferentes, pero en realidad quien sabe.

—Te estoy muy agradecido por todo esto que haces por mí... En Italia cambiaba a menudo de hospital... Es normal para un paciente que no sabe más quien es... —dije sintiendo que no valía la pena seguir luchando... En todos lados era considerado un estorbo o una carga, pero ella en lugar de concordar conmigo contraargumento.

—¡Cuando este mejor, estoy segura que la memoria volverá! ¡Haga un esfuerzo para pensar en recuperarse!

Parecía que su preocupación era genuina, pero yo... Yo no quería causarle lástima.

—No vale la pena preocuparse por un paciente que el mismo hospital abandona... Si yo muero aquí, no tiene ninguna importancia... —dije haciendo que su rostro se tensara y que por alguna razón yo me sintiera culpable por haberla lastimado.

…Pero, en verdad me sentía así... Quizás... Quizás era mejor dejar de luchar...

o-o-O-o-O-o-o

Luego de aquella discusión recapacite un poco mis palabras, había sido muy duro con ella, mientras que ella solo intentaba ayudarme. Había hecho mal, claro estaba; ella era la única de entre todos, que de verdad se preocupaba por mí y yo lo único que hacía era intentar alejarla, pero lo que en realidad me movía, era el hecho de que no quería que pasara lo mismo que en Italia, con aquella enfermera que intentaba ayudarme... Era mejor reponer fuerzas y entonces marcharme.

Si mal no estaba, el día de hoy ella presentaba su examen, había pasado días y horas sumergida entre libros y yo en verdad deseaba que lo lograra... Pero pese a que esto me hacía sentir motivado, no era suficiente; el día paso muy rápido y no supe si de verdad había acreditado o no... Luego el día siguiente llego y pensé que lo más seguro era que no, de lo contrario ya estaría ella aquí cuidándome, y no esa enfermera fría y maleducada.

A comparación de los otros días ya me sentía lo suficientemente fuerte como para andar por mi cuenta, me levanté de la cama y me vestí con unas ropas que había dejado Candy para mí... ¿Qué diría cuando lo supiera?

Intentando no tener remordimientos, tendí la cama, junte mis cosas, subí a Pupe a mi hombro y salí en dirección a la oficina del doctor Lenard.

Dejaría el hospital y me marcharía en seguida.

El doctor Lenard me recibió cómo a una cucaracha, y su cara denoto alivio cuando le dije que me iría, supongo que esperaba esto desde hacía tiempo.

Con dificultad baje las escaleras y ya estando fuera del hospital divise con nostalgia... Esperaba ver a Candy antes de irme, pero era mejor así, seguramente si ella me hubiera descubierto me habría hecho cambiar de parecer.

Sin saber qué rumbo tomar o a dónde ir, deje que mis piernas me llevarán a dónde quisieran, no tenía un hogar o alguien que me esperara, así que poco importaba en donde estuviera yo.

Casi sin darme cuenta cruce las puertas que daban paso a un verde y bello parque... Tenía una laguna y una vista espléndida del atardecer... ¿Qué haría ahora? No lo sabía, pero por el momento lo único que quería era sentirme tranquilo aquí, reflejándome en el agua con Pupe a mi lado.

Las horas pasaron y pronto todo se tornó oscuro, había algo de familiar en esto, el firmamento estrellado y yo recostado en el pasto con la cabeza descansando sobre mis brazos; si pudiera continuaría así toda la noche, pero ya venía siendo tiempo de encontrar mi camino, me levanté lentamente y entonces algo llamo mi atención.

Ahí estaba ella, con la cara fruncida y los ojos llenos de lágrimas, ¿Cómo había hecho para encontrarme? ¿Quién era ella en verdad?

Ni siquiera me permitió articular palabra, enseguida corrió a mis brazos, aferrándose a mí con desesperación, gritando y repitiendo una y otra vez el nombre de su hermano.

—¿Por qué te has ido sin decir nada? Te busque durante tanto tiempo… —me dijo derramando gruesas lagrimas que se resbalaban por sus mejillas.

Me sentí confundido, tenerla entre mis brazos genero dentro de mí una sensación inexplicable… incluso su forma de llamarme había cambiado, ya no me hablaba de usted sino de tú… ¿Qué significaba todo esto?

—¿Cómo lo supiste? —le pregunte sintiéndome sumamente confundido, pero luego mi pensamiento de independencia regreso —Candy, no te ocupes de mí, no puedo continuar causando molestias a alguien que no conozco… —le dije sintiendo que mis palabras la herirían, pero ella reacciono de manera que no me lo esperaba.

—¡Pero te conozco! —grito con fuerza y desesperación —¡es por eso que sabía en dónde encontrarte!

Escucharla decir eso me impacto de sobremanera, ella sabía quién era yo… todo este tiempo…

—Candy… —susurre su nombre sorprendido.

—Te encantaba la naturaleza y a menudo ibas a lugares como este, los bosques de Lakewood, el zoo de Londres, después África —dijo aceleradamente y luego se calmó un poco —te conozco desde hace tanto tiempo…

Me volví a sentar en el pasto, asimilando todo lo que ella me decía…

—Si es verdad lo que dices, no hay gran diferencia entre el pasado y el ahora —de todas formas, era un ser sin lazos de ningún tipo —sin apellidos, sin trabajo ni dirección, viajo con Pupe… era y soy todavía un criminal o un vagabundo…

Quizás todos en Italia tenían razón, yo era un vago que al no tener raíces en ningún lugar, hacía y deshacía a su antojo.

—¡Es mentira! ¡eres alguien muy bueno! —grito Candy de nuevo —¡te lo garantizo!

—Pero, ¿Qué sabes de mí, Candy? No me conoces, tampoco mi apellido, ni mi profesión… —le grite un poco alterado, pero ella se mantuvo firme.

—¡Te digo que te conozco muy bien Albert! Eres alegre, valiente y despreocupado.

—Me parece tener un vacío en la cabeza…

Me sentía frustrado por no recordar nada y ella solo hacía que me sintiera aún más confundido.

—Seguramente iras recobrando la memoria, ¡entonces déjame ocuparme de ti!

Dentro de mí, quería pensar que lo que ella decía era cierto, pero los hechos hablaban otra cosa, yo era un criminal y debía estar lejos de ella.

—¡No, no hace falta! ¡deberías volver al hospital! Ahora que estoy bien físicamente, no hay razón para volver —le respondí irguiéndome de nuevo, estaba decidido, me marcharía —adiós Candy. No te preocupes más por mí. De una manera u otra, puedo vivir solo. En verdad he sido muy afortunado por el modo en que te ocupaste de mí —debía convencerla que todo estaría bien.

Me di la vuelta para evitar mirar sus profundos ojos verdes… yo parecía ser muy importante para ella y eso me asustaba… no quería hacerle daño.

—¡Albert! No te vayas… —dijo casi en un susurro, pero ella debía entender que era mejor que me marchara.

—Tan pronto como haya recobrado la memoria, vendré a verte —le prometí tratando de no hacerla sentir aún más mal.

Pero ella se puso peor de lo que estaba…

—¡No te vayas! ¡No me dejes! —grito con todas sus fuerzas al verme marchar, mis pies que pesaban en cada paso me obligaron a detenerme, no quería irme esa era la verdad.

—¡Cuando me caí por la cascada, fuiste tú quien me salvo la vida! ¡cuando Anthony murió, cuanto me alivio tu presencia! ¡y cuando me separe de Terry, me hubiera gustado tanto verte y hablarte! ¡ahora me toca a mí! —dijo lanzándose a mí y sujetando con fuerza mi chaqueta…

—Candy…

—¡Déjame ocuparme de ti! Quiero devolver al menos la mitad de ternura que me ofreciste… —me dijo llorando a mares y su mirada… esa mirada que me ponía nervioso…

—Te mentí cuando te dije que tenía un hermano mayor. En realidad, soy huérfana… es por eso que encontré en ti, Albert un verdadero hermano mayor… un verdadero hermano —termino de decir agachando la cabeza.

Me partió el corazón verla así, en ese estado y todo por mi necedad, no quería aceptarlo, pero quería quedarme con ella, su compañía me hacía bien y ahora más que nunca sabía que de verdad le importaba a alguien…

—Gracias… gracias Candy…

Y luego de estas simples palabras su rostro cambio completamente.

—Albert, voy a ocuparme de ti… ¡hare lo mejor posible!

Estaba de nuevo en mis brazos y otra vez esa sensación regresaba… me sentía tan tranquilo con ella… me quedaría a su lado el tiempo que fuera necesario y haría todo lo posible por recuperar la memoria cuanto antes…

—Ahora volvamos al hospital — me dijo tomándome del brazo.

—Candy… yo —balbucee sin saber cómo decirle que ya no podía volver.

—¿Qué sucede Albert? —pregunto confundida.

—Es que… ya no puedo regresar al hospital yo…

—¿Por qué no?

—Bueno yo… yo fui a decirle al doctor Lenard que me marcharía…

—Albert, ¿Por qué lo hiciste?

Yo agache la cabeza ante su cuestionamiento…

—Yo no quería ser una carga para ti ni para nadie más… discúlpame.

Ella me miro por un par de segundos y luego hablo.

—Bueno, no nos preocupemos por eso ahora, solo vayamos al hospital, Archie y Stear nos esperan —respondió sonriendo y tomándome nuevamente del brazo, me sentí como un niño pequeño del que su madre cuida para que no se pierda.

Caminamos por un buen rato de esta forma, ella no hablaba y yo tampoco… habíamos dicho muchas cosas en el lago, que por el momento no era necesario articular palabra… el silencio era más valioso por ahora.

Al llegar nos encontramos con un par de muchachos algunos años mayores que Candy, me recibieron felices y vi claramente como ellos también parecían conocerme.

Luego de esto Candy les comunico lo sucedido, aunque quisiera volver no podía hacerlo, físicamente ya estaba recuperado y el hospital no podía hacer más por mí, pues mi memoria podía volver en poco o mucho tiempo.

Ellos no parecieron preocuparse al respecto, a decir verdad, si tenía que dormir a la intemperie seguro no me molestaría, al parecer ya lo había hecho en otro tiempo, que más daba hacerlo una vez más. Pero mucho antes de expresar lo que pensaba, los chicos encontraron la solución.

—Por el momento Albert puede dormir en la caravana que hice —dijo Stear.

—Además ya es un poco tarde para buscar un hotel o un departamento, mañana nosotros los ayudaremos a encontrar uno —agrego Archie.

Yo acepte en seguida, además si dormía en la dichosa caravana podía hacer que esta estuviera en donde yo quisiera… sobre todo ahora que necesitaba tanto pensar las cosas.

Stear y Archie no tardaron en aparecer y antes de que me montara en la caravana Candy se acercó a abrazarme nuevamente.

—Por favor Albert, no te vayas a ir otra vez… —dijo casi en un susurro.

Yo asentí, ya había dicho que me quedaría con ella. A lo lejos divisamos como Candy nos despedía con la mano, y luego la mire entrar al hospital.

Stear estaciono la caravana cerca del parque en donde Candy me había encontrado, al parecer ellos también sabían sobre mi fascinación por la naturaleza; les agradecí todas sus atenciones y me tiré en la improvisada cama.

Mi respiración era lenta y acompasada… enterarme que Candy me conocía había cambiado por mucho mi inseguridad, ahora tenía un propósito fijo, recuperarme.

A la mañana siguiente me desperté con el calor del sol en la cara, Candy había quedado en venir a buscarme en cuanto le dieran su hora de descanso, mientras que Stear y Archie habían dicho que llegarían antes con el almuerzo, pero al parecer se habían quedado dormidos pues ya pasaba de las 11 del día, había dormido mucho y descansado como no lo hacía en mucho tiempo.

Me levante a estirar las piernas y ya estando afuera, divise como el par de hermanos llegaban en coche algo apresurados.

—¡Albert! ¡Albert! —me llamo Stear —hemos encontrado un departamento para ti.

—¿De verdad? Que gran noticia, ojalá Candy llegue pronto para decirle.

Y diciendo esto, ella también hizo acto de presencia.

—Albert, chicos, que gusto verlos —dijo emocionada de ver que no me había marchado.

—Candy, Stear tiene una gran noticia.

—Sí, es verdad, ha encontrado en donde se quede Albert —dijo Archie.

Ella se quedó callada y ninguno de los tres supo por qué.

—Pero Albert, tú no puedes vivir solo...

Los chicos la miraron confundidos.

—Candy claro que puedo, yo...

—No Albert, ¿Quién te cuidara si necesitas algo? Yo me iré a vivir contigo —sentencio y los demás, así como yo, la vimos atónitos.

—¿Hablas en serio Candy?

—No creo que sea lo más apropiado.

—Saben que eso no me importa, solo estando cerca podré cuidar de él, es mi responsabilidad —finalizo sin dar lugar a más quejas.

—En ese caso habría que ver si la casera está de acuerdo... —dijo Stear rascándose la cabeza.

—Supongo que no habrá problema —opino Archie levantando los brazos.

—Bueno, será mejor que vayamos de una vez ¿no creen? —dijo Candy montándose en el coche.

Al llegar al edificio donde nos rentaron el departamento, la casera nos recibió en la entrada, todo marchaba bien hasta que Candy dijo que también viviría allí conmigo.

—Están casados, ¿verdad? —nos preguntó, haciendo que yo me sintiera extrañamente apenado.

—No, pero Albert necesita cuidados y...

—Aah no, en ese caso no puedo permitir que un par de indecentes vivan en mi casa —nos gritó frente a Stear y Archie —tomen su dinero y váyanse —termino de decir cerrándonos la puerta en las narices.

Que incómodo había sido eso, pero curiosamente paso en todos los demás sitios a los que fuimos. Siempre preguntaban si éramos pareja o algo por el estilo y aunque quisimos mentir diciendo que éramos hermanos, menos de la mitad nos creyeron esa farsa. Además, aunque Candy ganaba bien como enfermera, no podía pagar un lugar cerca del hospital o incluso mejor adaptado.

Ella comenzaba a preocuparse y yo me sentía incómodo dejando que ella hiciera todo esto por mi… era agradable que se preocupara, pero no era justo.

—De verdad Candy, no es necesario que vivas conmigo —le dije al ver la misma situación en todos lados.

—No Albert, no es algo que discutiré, ya he tomado la decisión.

Para el final del día los pies dolían de tanto caminar, habíamos recorrido casi toda la ciudad sin éxito, fue entonces cuando decidimos sentarnos para descansar un poco, todo estaba tranquilo y aunque todavía no era muy tarde, las calles ya estaban un poco solas, no quería que Candy se sintiera mal por no encontrarnos sitio, pero ella era fuerte y no necesito mi ayuda.

Por suerte Stear y Archie aparecieron nuevamente; otra vez tenían buenas noticias, parecía ser que habían encontrado un pequeño departamento en la avenida Magnolia, que está casi a las afueras de Chicago.

Al llegar y tocar la puerta, cruzamos los dedos para que el dueño del edificio si aceptará; en un principio se había negado, pero después al saber que era amnésico y que había peleado en el frente italiano se apiado de mí y para antes de que cayera la noche Candy y yo habíamos conseguido dónde quedarnos.

A decir verdad, haber logrado quedarnos en este sitio había sido la mejor de las sorpresas, no solo porque el casero aceptara, sino porque la vista desde allí era magnifica, debido a que estaba a las afueras había más árboles y flores en los alrededores, incluso podía divisarse un pequeño riachuelo que me tranquilizaba.

Por ahora lo que quedaba por hacer era que Candy hablara con la jefa de enfermeras, para que le permitiera dejar el instituto y así poder vivir conmigo. Por el momento yo me acomode en un pequeño espacio, no habría necesidad de dormir afuera y el simple hecho de pensar que Candy estaría cerca, me ilusionaba.

A la mañana siguiente Candy llego con Stear y Archie, los tres irían al hospital por sus cosas y me obligó terminantemente a quedarme en el departamento, diciendo que yo no debía hacer mucho esfuerzo y que, si quería hacer algo, eso sería descansar.

Me reí luego de verla salir toda apurada, pero pese a que me había propuesto hacer todo lo que ella me pidiera, me fue imposible mantenerme quieto, pronto me vi limpiando y sacudiendo la casa... Que bien se me daba esto.

Cuando llegaron todos se sorprendieron por los resultados, había dejado el departamento impecable y todos aplaudieron mis recién descubiertos dones.

Por cierto, está de más decir que hoy conocí a Annie y a Patty, ambas amigas de Candy, que terminaron de ayudarnos con la instalación.

La chica del cabello corto, Patty, me sorprendió con un obsequió, según dijo, yo había cuidado de su tortuga July y por esta razón lo hacía en agradecimiento.

Nunca imaginé que alguien dijera que yo era tan bueno como ellos decían, las palabras de los doctores sobre mí, de que era un criminal y un espía ya se me habían quedado bien grabadas, que de no ser por Candy seguramente me las habría tomado por ciertas.

Para la hora de la cena todos ya se habían marchado dejándonos solos y aún faltaban cosas por desempacar. Con cuidado levante algunas cajas y las lleve a lo que sería el dormitorio, Candy se había empeñado en que ambos durmiéramos en el mismo cuarto, ya que si en medio de la noche necesitaba algo, sería más fácil para ella auxiliarme. Por esta razón habíamos comprado una litera.

Acomode las cajas en el buro y le pregunte si deseaba que le ayudara a desempacar, me contesto que sí y comencé a sacar las cosas una a una… entonces un pequeño manojo de cartas salto a la luz.

…Terruce Grandchester…

Fue lo que leí y de inmediato las preguntas llegaron a mí… ¿Quién era él?

Por la cantidad de cartas era alguien importante y sabiendo ya que Candy era huérfana, estaba de más pensar que era un familiar suyo, me sentí extraño y las hice a un lado ignorándolas, para enfocarme en otra cosa.

—Albert, te compre un poco de ropa ¿ya la has visto? —me pregunto entrando a la habitación.

—He sí… me las probare enseguida —le dije tomando las prendas que también estaban dentro de la caja.

Era curioso lo mucho que ella me conocía, al grado de comprarme ropa a la medida exacta y perfectamente a mi gusto, ella era muy linda conmigo…

Cuando salí del vestidor me la encontré escribiendo arduamente en una hoja.

—¿Qué tal? —le pregunte, pero ella solo me hecho un vistazo rápidamente.

—Te quedan bien ¿no? —pregunto de manera automática.

—Sí… —le respondí yo, y luego de ver que no me hacía más caso le pregunte —¿Qué escribes?

Ella se volteó sonriente.

—Una carta… a Terry —me respondió, en seguida llego a mi mente el nombre que venía escrito en las misivas, seguramente era él.

—¿El que te escribe desde Nueva York? —le pregunte sintiendo que mi boca me había traicionado.

Ella me miro incrédula y a la vez emocionada…

—¡Albert! ¿acaso has recordado a Terry?

Yo no supe que decir en ese momento, se le decía que lo sabía por sus cartas seguramente se molestaría, pensaría que yo husmeaba entre sus cosas.

—En realidad… miré un manojo de cartas hace un momento… —le respondí prefiriendo hablar con la verdad —¿Quién es él?

Ella antes mi pregunta se tornó colorada, eso solo podía significar una cosa… era su novio.

Continuara...

Notas de la autora:

Muchas gracias a Glenda, grau grey, Silvia gc, Yeneli, Rore, Nina, Mary silenciosa, Becky, Skarllet northman, AnMonCer, Locadeamor, Glen, HaniR, Sol, Isasi, Stormaw, Carolina Macias, Love Andrew, Ilovexmas, YAGUI, Mercedes, Lizita, LeslieArgyll, Carolinamaciaslandaeta, Betzy C, Fancya, Roceli, Yeneli les deseo un feliz 14 de febrero, mis más sinceros deseos de que la pasen bien y disfruten de este día.

Sobre todo a tú Stormaw gracias por tu mensaje el día de hoy.