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La Rosa del Desierto

por Lyldane

Capítulo X: Maldito karma

En su impaciente opinión, la semana había transcurrido lenta como un desfile de lisiados de guerra. Pero por fin, el tan esperado día había llegado, y esa misma tarde sus señores padres se presentarían en la Villa Oculta de la Arena más de un mes después de su separación.

A Sakura poco le faltaba para dar saltitos de alegría.

—Parece que alguien se ha despertado de un exagerado buen humor esta mañana—la miró suspicaz la venerable Chiyo, sin poder ocultar una sonrisa.

La pelirrosa no pudo sino corresponderle con un gesto tan alegre como el que presentaba cuando era sabedora del regreso de sus compañero de equipo a Konoha. Caminaban a la par, llevando cuenta de las revisiones de los heridos de la planta de cuidados intensivos antes de la hora de comer.

—Está previsto que lleguen hoy al atardecer—le informó—. El equipo de escolta envió noticias hace hoy cuatro días de que ya habían salido, y todo iba como la seda.

La expresión "como la seda" tal vez fuera un poco forzada, dadas las circunstancias en las que se movía el país. Pero Gaara había dado sus órdenes sin consultarlo con nadie, y todos confiaban en su buen criterio.

—Uhm, qué generoso por parte del Kazekage, desde luego.

Le dedicó una mirada pícara a través de sus diminutos ojos arrugados de la que Sakura no pudo escapar.

—H-hay que reconocérselo, efectivamente—asintió, huyendo de sus intenciones—. Se ha tomado las molestias aun cuando la situación no es propicia para muchos desplazamientos… y menos dada la condición de civiles de mis padres.

Y se lo agradezco, y de veras. Sakura nunca había sido una desconsiderada, y no pretendía empezar a serlo ahora.

La abuela Chiyo no tocó más el tema, y tras inspeccionar diligentemente a un par más de ingresados, terminaron la ronda de revisión. Antes de que Sakura se arrancara los guantes con las manos incluidas dentro, dado su ímpetu, la detuvo con un ademán.

—Espera. Antes nos queda ver a alguien más al que quiero presentarte.

En seguida Sakura se irguió disciplinadamente y siguió a la diminuta anciana a través de los pasillos. Habían trabado una relación sólida en poco tiempo; la venerable Chiyo era mucho menos irascible que su maestra Tsunade. Aunque impulsiva, tenía más paciencia y menos humos, y acostumbrada como estaba ella a tan riguroso entrenamiento, tanto médico como físico, su colaboración había resultado más fácil que aquella vez en la que Kakashi los llevó a escalar árboles acumulando chakra en las plantas de los pies, y había superado con creces a Sasuke y Naruto.

Se detuvieron frente a una puerta blanca, y Chiyo-baasama mantuvo su ajada mano sobre el pomo de metal.

—Si comienza a narrarte absurdeces o a comentar sinsentidos, no se lo tengas en cuenta—le informó—. A mi hermano se le va la cabeza de vez en cuando, producto de la enfermedad degenerativa que padece.

Un hombre enjuto y tan minúsculo como la venerable anciana reposaba sobre un camastro demasiado grande para él, ocupando un sitio junto al ventanal. El mobiliario restante se componía de poco más de una cómoda, una mesita coronada por un jarrón con flores frescas y un pequeño cuarto de baño anexo.

—Ebizo.

Cuando se acercaron, Sakura comprobó que tenía las cejas tan exageradamente pobladas que prácticamente le tapaban los ojos.

— ¡Querida hermana! Estás aquí, no faltas ni un día a tu visita, no, no, no…—se removió de un lado para otro—. ¿Qué día es hoy? ¿Lunes?

—Jueves— respondió ella, plácidamente—. ¿Cómo te encuentras hoy?

— ¡Estupendamente! ¿No me ves hermana? ¡Sí estoy hecho un chaval! ¡Dos años más que tú, para ser precisos!

El anciano parecía frágil, y presentaba los huesos prominentes a través del viejo pellejo que se los cubría. Sin embargo, su energía y vigor sorprendió a Sakura dada su aparente debilidad. El hombre reparó entonces en su presencia.

— ¿Quién es la nueva que te acompaña? —la contempló de arriba abajo—. Me acordaría de haber sido atendido por una enfermera tan guapa, desde luego que sí…

—Es Sakura Haruno de Konoha, hermano. Ninja médico alumna de Tsunade. Y esposa del Kazekage.

Ebizo se descolocó con tanta información recibida y se puso en pie violentamente sobre la cama.

— ¡Tsunade de la Villa Oculta de la Hoja! —un relámpago de antigua lucidez cruzó su mente—. Sí, sí… la recuerdo a ella, y lo mucho que te hacía trabajar durante la Segunda Gran Guerra…—contempló a la pelirrosa de nuevo—. Debe ser todo un portento. Guapa y lista. ¡Y es la esposa de Rasa, nada menos! Un poco joven para él, de todos modos.

Sakura miró interrogante a la anciana, sin saber bien qué responder.

—Rasa no—puntualizó la honorable—. Gaara.

— ¿Gaara?

Un destello de pánico fulguró en sus ojos durante un breve segundo, para después desaparecer sin dejar rastro.

—Rasa murió años atrás, Gaara es el nuevo Kazekage. Ya lo sabes.

—Lo sé, sí, ya lo sé…—por fin dejó el titubeo que había traído el nombre del pelirrojo—. ¡Dejad que os dé mi enhorabuena! Esto sí es inesperado, el muchacho ha conseguido encontrar finalmente el amor—Sakura negó enérgicamente con la cabeza, pero el viejo no le atendía—. Y parecía tan retraído, desde bien chiquito… Esto sin duda le vendrá de perlas para mantener a raya al Shukaku, ¿no crees hermana?

A los locos, como a los niños y los borrachos, siempre se les permitía hablar de más sin juzgarlos en demasía. Desde luego, el viejo no era consciente de la tensa sonrisa de circunstancias de Sakura. La demencia le había eliminado cualquier pelo en la lengua que pudiera haber tenido en el pasado.

Y la situación sólo estaba a punto de agravarse todavía aún más.

—Disculpad, no sabía que hubiera visitas.

La figura del Kazekage se materializó por la puerta entreabierta, dejando clara constancia de que llevaba allí el suficiente tiempo como para haber escuchado la última parte de su conversación.

La tensión del ambiente podía cortarse con un cuchillo, pero el viejo Ebizo se levantó de la cama de un salto, entre carcajadas.

— ¡Por Kami-sama, esto parece cosa de brujería! —le hizo un gesto enérgico—. Hablando del diablo, y nunca mejor dicho… ¡pasa, muchacho, no te cortes!

La venerable Chiyo comprendió en seguida las intenciones de Gaara. No podía decir que compartiera la buena opinión acerca de aquella idea, dada la condición de su hermano, pero el Kazekage ya le había hecho saber días antes que no disponía de ningún recurso más. Supo en seguida lo que tenía que hacer.

—Nosotras nos marchábamos ya. Mi hermano queda a tu completa disposición.

— ¿Qué? ¡No! —Protestó el viejo—. ¡Yo quería que jugáramos al dominó por parejas! Y así los tortolitos pueden relatarme mientras su apasionada historia de amor…

Inevitablemente, Sakura miró a Gaara con espanto. El pelirrojo centró su atención en ella, y de haber tenido ceja, Sakura estaba segura de que la habría alzado en la misma mueca de interrogante quasi-diversión que mantenía en el momento. No pudo sino contagiarse de lo absurdo de la situación y sonreír.

Gaara y amor en la misma frase. Descabellado.

—Tal vez otro día—le ofreció a la vez que abandonaba la sala junto a la anciana—. ¡Encanta de conocerle, Ebizo-jiisama!

Aunque más encantada estaba todavía con su hermana por haberla sacado de aquella espinosa situación tan rápidamente. El reloj de pared tocó la una anunciando la hora del descanso para comer.

Pero ella no se dirigiría a la cafetería.

— ¡La veo mañana, Chiyo-baasama!

La venerable no podría haberle concedido una ocasión mejor para el propósito de sus planes. Todo estaba saliendo a pedir de boca, y Gaara poniendo involuntariamente de su parte.

Casi se arrepentía de tener que violar la intimidad del despacho del Kazekage.

Se internó en el edificio y se escurrió entre los pasillos como buena ninja que era, sin dejar de repetirse que aquello era estrictamente necesario para proceder a la realización de un bien mayor.

El amor entre dos jóvenes. Y esta vez, se trataba de uno real.

Frente al tosco portón de madera, Sakura dudó una última vez. Su relación con Gaara se había destensado la última semana, e inmiscuyéndose en sus cosas estaba segura de que no contribuía a la progresiva mejora que se estaba desarrollando. Ella no era una metiche como Ino, o al menos no a su legendario nivel. Pero por otra parte, había dado su palabra a Aika, y aunque no le agradara aquél método era el único plausible con el que contaba por el momento…

Un sonido amortiguado de pasos en la lejanía fue aliciente suficiente para que se decidiera y entrara con sigilo en los dominios del Kazekage. Se aseguró de cerrar la puerta con el seguro tras de sí, y una vez dentro, se dispuso a husmear.

—Maldición…

Aun a pesar de la ingente cantidad de documentos y papeles que colmaban estantes, cómodas, anaqueles y mesitas, el meticuloso orden con el que había sido dispuesto todo aquello la desquició. Era casi algo maniático, pero aquello no le sorprendía en Gaara. El principal problema era que dada aquella milimétrica colocación, Sakura no podría tocar nada sin que fuera evidentemente obvio.

Gaara lo advertiría en cero coma.

Chasqueó la lengua a sabiendas de que no contaba con mucho tiempo, ojeando con cuidado entre las estanterías. ¿Dónde podría guardar algo tan importante como las autorizaciones de paso y permisos de residencia?

Cerca. A salvo.

Se acercó al escritorio del Kazekage, ignorando el viejo pergamino roto y garabateado que reposaba sobre otro montón de papeles, y centrando la atención en los tres cajones con los que contaba el buró. Tiró del primero sin resultado; no se abría.

—Mierda.

Le costó sus buenos diez minutos comprobar todo el contenido del segundo, para terminar no encontrando nada de utilidad.

—Mierda, mierda…

Cuando abrió el tercero, y examinó un sobre de grandes proporciones con los documentos que buscaba, la fortuna le sonrió. Bingo. Sólo necesitaría una copia de ambas licencias y ya estaba hecho. ¿Las tendría numeradas? Había bastantes duplicados, y se arriesgó a hacerse con ello. Perfecto. Ahora sólo tenía que salir de ahí y…

Volvió la vista al primer cajón. El escritorio parecía antiguo, y no especialmente labrado. La cerradura parecía fácil de manipular con un poco de chakra y buen manejo de éste, y si en algo destacaba ella, era precisamente en eso. Mirara como lo mirara, parecía que el destino la instaba a intentarlo.

No, Sakura. Ya has terminado, no metas las narices más de lo que has hecho ya…

Haciendo caso omiso a su fuero interno, su mano rozó la cerradura como si tuviera voluntad propia, tentando su solidez. Una corriente azul de chakra salió despedida de entre sus dedos, viajando como un rayo entre los recovecos de la cerraja. Sonó un bien recibido click y Sakura supo que ya no había marcha atrás. Abrió con cuidado el cajón, encontrándose con una caja roja que lo ocupaba por completo. La dejó con cuidado sobre el escritorio.

Sólo un vistazo fugaz, nada más.

Cogería lo primero con lo que se encontrara, lo prometía. Quitó la tapa y un sobre pequeño de color ocre, relegado al fondo de la urna llamó poderosamente su atención. No era llamativo ni especial, pero por alguna razón había sido "amor a primera vista". Se encontraba escondido, pero perfectamente delimitada su parcela, como si se hubiera cuidado de que no se doblaba. Sakura lo recogió delicadamente y comprobó que el envoltorio se encontraba abierto.

Y que la textura inconfundible del papel de una fotografía sobresalía a través del triángulo del sobre.

¿Por qué no? Ella le había enseñado sus fotografías. Tal vez se tratara de una instantánea de su familia al completo, o un recuerdo de su niñez, o…

Sus pensamientos se volatilizaron en el aire cuando se descubrió a sí misma en el papel, sonriendo tensamente, ataviada en su lujoso traje de bodas. Él aparecía junto a ella, con su ropa correspondiente, y el hierático rostro de siempre. Recordaba aquel instante en el que se había acercado el fotógrafo y les había pedido "una sonrisa de la feliz pareja".

Lo que no se esperaba es que él guardara algo como aquello, en un sitio tan escondido, tan…. íntimo. ¿Por qué razón? La fotografía le quemó en los dedos y se sintió tremendamente miserable, culpable. Ella no debería estar ahí, ni debería haber visto nada de aquello.

Se apresuró a dejarlo todo tal y como estaba, huyendo del lugar casi a la carrera. La mente le funcionaba a mil revoluciones por minuto, barajando cientos de hipótesis disparatadas acerca de la razón que lo habría llevado a conservar la fotografía.

No todos los días se casa uno, genio. Es más que obvio que se trata de un acontecimiento importante, seas Kage o el vendedor de la esquina.

Aquello la calmó un poco, pero no pudo apaciguar lo mal que se sentía por su intrusión en la vida privada de Gaara. Sería su esposa, pero no compartían nada. Prometiéndose que se lo compensaría de algún modo, se dirigió con garbo a las dependencias de sus doncellas. Le daría las pruebas del delito a Aika y se olvidaría del asunto, volviendo al hospital a comer con sus colegas de profesión. Ella misma se había preparado un bento aquella mañana, experimentando un nuevo –y seguramente repugnante para la gran mayoría- contraste de sabores con sus bien amadas ciruelas umeboshi.

Su invención tendría que esperar. Era una verdadera pena el que se le hubiera quitado el apetito.


—Tú tienes algo en mente que no te deja pensar con claridad, ¿me equivoco? —El viejo soltó una risita—. Esa ha sido una mala jugada.

Movió una de sus piedras negras en la intersección correcta, bloqueando una más de las blancas de su contrincante. Después de haberse negado a jugar al shogu, dominó, hacer origami o palabras encadenadas, Gaara había terminado por aceptar la última de las casi súplicas del enfermo.

Y así llevaba más de una hora, jugando al go contra el anciano y por un camino que auguraba amarga derrota. Suspiró.

—Mis obligaciones no me conceden mucho tiempo para practicar.

—Yo por el contrario tengo todo el tiempo del mundo. O el que me quede.

Ebizo estudió con mente analítica durante unos instantes la situación del tablero y movió otra de sus redondas fichas.

—Ya perdonará no ser un rival digno.

—Aunque seas el Kazekage, no te estoy dando ningún trato de favor—rio—. Que hayas llegado hasta este punto sin perder ya te convierte en un buen rival.

—Se lo agradezco… supongo.

Continuaron jugando un rato más en silencio. Ya se lo había advertido su hermana Chiyo, y él mismo sabía que siendo insistente y comenzando con un interrogatorio no lograría sacar nada de la inestable mente del anciano. Un par de días atrás había hablado con la venerable, pero no había conseguido arrojar ni un poco de luz sobre el asunto. La anciana no tenía información que aportar, pero se había tomado muy en serio la pista, y le había asegurado su estrecha colaboración.

—He oído rumores de que se avecina una tormenta de arena para la semana que viene—comentó alegre el viejo—. Las enfermeras me cuentan muchas cosas. Se creen que me aburro, pero siempre encuentro mucho que hacer.

—Eso ha predicho el instituto meteorológico, en efecto. Será la más grande en lo que va de año.

El venerable soltó un silbido de asombro.

—Pues tendré que pedir que me cierren bien la ventana—se rascó compulsivamente los antebrazos—. Pica. La arena pica.

Gaara sólo asintió y movió una de sus piedritas blancas, sin poner mucha atención en el juego.

—Sí… las tormentas de arena son un engorro que paralizan la vida de la ciudad. Pero cuando te atacan con ella, el picor se convierte en un dolor lacerante, casi como el de diminutas cuchillas—lo miró a los ojos—. ¿Ha sufrido alguna vez un ataque así, Ebizo-jiisama?

Por un momento, tembló. El viejo trató de discernir en sus turquesas si aquello se trataba de una amenaza. Cuando apostó, por la negativa, pudo relajarse un tanto y soltar una risita nerviosa.

—Oh no, no… ¡Por suerte! aquellos que conocí con las habilidades requeridas nunca supusieron un peligro, al estar de mi bando—se perdió en sus pensamientos—. Tú sabes, conocí a muchas personas en mi juventud, durante la guerra, valerosos ninjas, desde luego…

— ¿Quiénes eran ellos?

El juego se había detenido, y el abuelo se llevó la mano a la barbilla en un gesto. Comenzó a enumerar, levantando un primer dedo.

—Un tipo de Amegakure al que vi combatir durante la Segunda Gran Guerra. Era todo un portento, no recuerdo su nombre, pero sí su cabeza aplastada contra la tierra del campo de batalla. Como digo, afortunadamente, el destino no quiso que tuviera que enfrentarme a él…

No conocía el caso, pero Gaara desechó inmediatamente la idea de que ese personaje ya fallecido tuviera algo que ver.

—Continúe.

—El sacerdote Bunpuku, el primer jinchuriki del Shukaku—asintió—. Es de un tiempo mucho anterior al mío, se dice que también tenía esa capacidad con la arena…—había levantado un segundo dedo—. ¡Oh! Tu padre Rasa por supuesto. Era todo un genio en el manejo del chakra magnético, si mal no recuerdo. Y el tercer Kazekage, quien murió a manos del pequeño nieto de mi hermana… Él sí que era todo un maestro en sus técnicas. No hubo día en el que no me impresionara.

—Sí, sí—lo interrumpió Gaara—. Los conozco a todos. ¿Pero no recuerdo a nadie más?

Tuvo que esperar más de dos minutos en completo silencio hasta que el anciano se pronunció. No estaba seguro de si pensaba, o simplemente se mantenía con la mente en blanco fruto de su locura.

— ¡No recuerdo! Creo que no. Puedo decirlo sin miedo a equivocarme—finalizó, orgulloso.

Aunque no podía decirse lo mismo de su yo del pasado, había aprendido por la fuerza a madurar sus nervios, y en la actualidad consideraba la paciencia uno de sus rasgos notables. Sin embargo, a Gaara se le estaba empezando a agotar una de sus escasas virtudes, y aquello no era bueno. Optó por ser directo.

— ¿No le suena de nada un tal Keizo?

Fue sólo un segundo, pero no se le escapó. Pudo verlo. El gesto de pánico que transmutó el rostro del anciano, acompañado por un singular brillo de miedo que le atravesó los ojos.

—No—su nerviosismo patente sólo confirmo las sospechas del pelirrojo—. No, no, no, no. No conozco ese nombre, disculpe Kazekage.

Negaba con la cabeza enérgicamente, y había cambiado el trato a usted. Gaara se inclinó sobre el anciano y se arriesgó a insistir un poco más.

—Encontramos una hoja escrita por él. Sonaba agónico, desesperado…—el viejo continuaba con su negativa empecinada—. Parecía estar encerrado en alguna parte.

—Keizo, no. Ese nombre ya no existe, Kazekage. Se equivoca—parecía próximo al llanto. Se tapó los oídos—. Lamento decírselo, pero se equivoca.

Aquella reacción exagerada no tenía sentido salvo que efectivamente, el viejo conociera de aquel nombre. Gaara frunció los labios en una fina línea y se inclinó un poco más hacia el anciano. No había invertido tanto tiempo como para que ahora el esfuerzo se quedara en nada.

—Venerable Ebizo…

El viejo tiró el tablero desperdigando todas las fichas por el suelo, para relegarse a una esquina de la cama entre temblores asustados.

— ¡YA NO QUIERO JUGAR MÁS! ¡Ha ganado, usted ha ganado, Kazekage-sama!

Gaara se puso en pie. Un par de enfermeros no tardaron en aparecer en la habitación, alertados por el alboroto. Miraron algo azorados al líder, sin saber bien qué hacer. No le pedirían que abandonara la sala, dada su condición, así que el pelirrojo se disculpó quedamente y salió por donde había venido, a la vez que los sanitarios le administraban calmantes al paciente.

El débil lloriqueo de Ebizo fue desapareciendo gradualmente a la vez que Gaara se alejaba a paso vivo entre los pasillos del hospital.


Ya casi se había olvidado de lo que era que la despertaran a gritos, con la escasa delicadeza propia de su señora madre. A pesar de su nueva condición, para Mebuki Haruno su hija seguía siendo su hija, y por lo tanto tenía –consideraba- todo el derecho del mundo a reprenderle cuando se comportaba perezosa. Sakura únicamente aprovecha a dormir algo de más, ahora que le habían concedido en el hospital los días libres coincidiendo con la visita de sus progenitores.

—Hoy iremos al mercado—había dicho su madre, y ni Kizashi ni Sakura se habían atrevido a contradecir sus planes.

A sus padres les había encantado la ciudad. Habían llegado hacía cuatro días, recibidos por una emocionada y casi llorosa Sakura que a punto estuvo de tumbarlos a ambos en su brío amoroso. Desde entonces se habían dedicado a conocer la ciudad y sus costumbres, siempre bajo protección shinobi y con la compañía de Sakura y sus doncellas. Paseaban, visitaban monumentos y puntos de interés, asistían a ceremonias tradicionales… eran, con probabilidad, los únicos turistas de toda Suna. Y los mejores atendidos.

— ¿Le apetece probar, señor? —le ofreció un vendedor de frutas a su padre, tendiéndole una naranja ya desgajada de piel brillante.

El señor Kizashi Haruno tenía buena gana y no rechazó el ofrecimiento. Casi puso los ojos en blanco.

— ¡Qué dulce!

—Contamos con los mejores cítricos del país, señor.

Para avanzar, tenían que ir arrastrando de su padre de entre la cantidad de puestos de comida allí presentes. Desde el principio, a Sakura también le había impresionado el mercado y todo su revuelo. Sin duda, lo mejor era el olor: el aroma de las especias, los vegetales, frutas y dulces era un regalo para los sentidos que le recordaba más que nunca lo lejos que se encontraba de casa.

Suna es ahora mi casa. Al menos, formalmente. No dejaba de recordárselo.

—Precioso—no dejaba de repetir su madre, ahora que habían llegado a la zona de los orfebres—. Precioso.

—Si me permite el consejo, éste le sentaría de maravilla—comentó Nadeshiko, señalando un collar engarzado con una esmeralda—. Iría a juego con sus ojos. Es fino y elegante.

Mebuki concedió a la mujer una agradecida sonrisa que la otra correspondió. Dado su parecido y fuerte carácter, Sakura había augurado un choque de titanes que nunca llegó, sorprendiéndose al descubrir que habían hecho buenas migas.

De alguna manera u otra, Suna no dejaba de sorprenderla.

— ¡Plata de primera ley, a buen precio! —Vociferaba un chico, llamando su atención—. Acérquese, señorita. No cobramos por eso.

Sakura hizo un gesto a los guardias y se aproximó al puesto sin verdadera intención de comprar. Al menos nada para ella, pues siendo la esposa del líder del país tenía más joyas de las que podría ponerse en toda su vida, pero no desechaba la idea de comprarle un detalle a su madre para dárselo antes de que partieran.

— ¿Tienen pulseras con algún motivo bonito?

—Por supuesto—el joven parecía más que empeñado en hacer bien su trabajo—. Motivos florales, también animales—fue enseñándole el género—. Mariposas, búhos, cabezas de felinos… también las tenemos con serpientes.

El chico se fijó por primera vez en su cliente, y se la quedó mirando como un pasmarote, reconociendo aquel pelo rosa y ojos verdes. Sakura, por su parte, permanecía inmersa en sus meditaciones, decidiéndose por uno u otro brazalete.

No, el de la serpiente desde luego que no.

—Ponme la del tigre, por favor.

Al no obtener respuesta, miró al chico con el ceño fruncido. Era un adolescente de poco más de quince, calculó, con el pelo oscuro y rasgos comunes. La miraba tan embelesado que se sintió azorada.

— ¡¿Qué haces, niño?! —Apareció el dueño del puesto y le propinó un coscorrón al chaval—. ¡Deja de empanarte y atiende a la señorita! —cuando el hombre cayó en la cuenta, cambió a un tono mucho más formal, casi servil—. Es decir, señora. Mi señora, ahora mismo se lo entrego.

—Sin problemas…—murmuró ésta, con una sonrisa tensa—. El muchacho me ha atendido bien.

El dueño asintió adulador y marchó a envolver el regalo con especial pulcritud. El joven la miró con un deje malhumorado que a Sakura le hizo gracia.

—Discúlpeme, MI señora…—murmuró sin que a ella se le escapara el tono irónico.

—No es necesario—ella alzó una ceja—. Es tu primer día aquí, ¿cierto?

El chico boqueó, pero en seguida recuperó su postura, cruzándose de brazos.

—El segundo.

—Eres buen comercial—se permitió el lujo de guiñarle un ojo—. No lo eches a perder con tu mal genio. A veces tenemos que tragarnos el orgullo y hacer cosas que no queremos para sobrevivir.

— ¡Y tú que sabrás! —le espetó, sorpresivamente—. Vives entre algodones, no pretendas hacer creer que has sufrido mucho en la vida.

Sakura parpadeó, algo dolida. Bien era cierto, ella nunca había pasado calamidades en su entorno familiar. Su situación económica siempre había sido estable. Pero como shinobi, y desde que tenía uso de razón, siempre había estado sufriendo. Esforzándose, sufriendo, para alcanzar sus objetivos. La mayoría de las veces lo hacía: no había sido sino la mejor de su clase desde la Academia. Sufriendo con Kakashi, sufriendo aún mucho más con Tsunade… y también con Sasuke.

—No, no lo he hecho. Discúlpame.

El muchacho frunció el ceño, esperando por su parte un grito de indignación, y no una sonrisa apesadumbrada que no pudo sino sentarle como un jarro de agua fría por la espalda. Le sorprendió. La chica le sorprendió.

—A-Además, ¿quién te crees como para decirme lo que tengo que hacer o no?

Aquello último lo pronunció sin mirarla a los ojos, casi como una negación a dejar de hablar con la chica. Sakura ejecutó su mejor pose autoritaria, inclinándose sobre su víctima y con las manos en las caderas.

—TU señora. No lo olvides.

Le concedió sin embargo una sonrisa divertida antes de coger su paquete y marcharse de vuelta a su séquito.

El joven Yuusei estuvo a punto de pegarse un puñetazo en la cara al comprobar que todavía le ardía después de su pequeña charla. No tuvo que hacerlo, pues el barrigudo de su jefe no tardó en aparecer y volverle a propinarle un pescozón, esta vez con algo más de fuerza.

—Como no te comportes, chaval, volverás a dormir en la puta calle. ¿Entendido?

—Sí señor. Entendido.

El muchacho siguió con la mirada aquel brillo rosa hasta que desapareció entre la multitud y el bullicio del mercado, con las mejillas todavía coloradas.


El marionetista se les había juntado tras un encuentro inesperado, cuando volvía de comprar material para sus creaciones. Kankuro, junto con Temari, ya se había presentado a los padres de su cuñada el mismo día de su llegada. Y ahora se los encontraba junto con su hija, las tres doncellas de ésta y seis jonin como armarios que los acompañaban. Juzgó que ya llamaban excesivamente la atención.

Y por eso no habría problema en que él también se les uniera, cuando además ya habían terminado con todas sus compras.

—Un buen día, sin duda—comentó Mebuki Haruno contenta, cuando ya atardecía de vuelta a casa.

—Sin duda—su marido cargaba con cantidad de bolsas, pero parecía igualmente contento.

—No os van a caber tantos trastos en casa.

Sakura lucía a su vez contenta, pero a ojos de Kankuro no podía esconder su ánimo apagado, probablemente a causa de la ya inminente partida de sus padres a la mañana siguiente. La estancia no podía prolongarse más por cuestiones de seguridad. De hecho, a Kankuro la noticia no había sino conseguido pasmarlo. Un gesto muy generoso, y poco apropiado por parte de su hermano.

Ya salían del mercado cuando un último puesto llamó la atención del señor Haruno.

— ¡Tenemos el mejor sake de la región, acérquense a probarlo!

Sakura se acercó con paso impostamente agotado hasta su padre, al que le brillaban los ojos.

— ¿Más cosas?

—He oído que el sake del sur del País del Viento es famoso por su tono seco. El clima propicia que el sabor sea mucho más fuerte.

—Y ha oído usted bien, señor—intervino el vendedor, un hombre de mediana edad y barba negra—. No hay mejor recuerdo del desierto que el que deja en la garganta un buen trago de su sake.

Kizashi asintió complacido.

—Deme a probar pues un poco de su género—se volvió a su hija—. ¿Quieres un poco tú también, mi pastelito Sakura? Ya eres mayor de edad.

La pelirrosa puso cara de derrota, abochornada.

—Papá por favor—se había enrojecido—. Además, tenemos que llegar pronto al edificio del Kazekage. Ya está anocheciendo.

—Está bien, pero tómate antes un trago con tu padre—puso mirada soñadora—. Siempre deseé hacerlo antes de tenerte, pero cuando supe que ibas a ser niña se extinguió esa idea en mí…

Lo decía sin maldad, porque Sakura era su "pequeña y delicada flor", como bien había elegido el nombre. Pero fue suficiente para golpear ahí donde a Sakura más le dolía, y ésta puso gesto aguerrido.

— ¿Y quién dice que las niñas no podamos beber? —Se volvió hacia el vendedor—. Ponnos dos vasos de esa botella que llevas en la mano.

El hombre tardó unos instantes preciosos en reaccionar.

— ¿De ésta? Oh no, no es lo suficientemente buena para la esposa del Kazekage y su señor padre—rebuscó en el interior del tenderete y les enseñó una botella pulcramente etiquetada—. Si me permitís el consejo, este sake es mucho mejor. De aromas superiores.

—Como sea.

El hombre se tomó su tiempo entre lisonjas para descorchar la botella y verter con sumo cuidado su contenido en dos cuencos para sake, especialmente ornamentados.

—Le aviso mi señora de que como bien comentaba su señor padre, es fuerte, téngalo en cuenta—sonrió el hombre mientras le tendía el cuenco primero a ella.

Sólo le faltaba frotarse las manos. Kankuro reaccionó.

—Yo también lo soy.

—No.

Sakura miró iracunda al marionetista, que había detenido su brazo a medio camino hasta la boca.

— ¿Qué pasa, es que ahora la esposa del Kazekage tampoco puede beber si no le da la real gana?

Kankuro la miró de tal forma que Sakura entendió que algo iba mal.

—No—le quitó el cuenco con delicadeza y se volvió al hombre—. Pruébelo usted primero.

El vendedor no pudo sino mantener una sonrisa tensa y frotarse las manos con la tela del pantalón.

—No soy digno de ese sake, es demasiado valioso—se acercó con la botella—. Si no quiere tomarlo, no hace falta que lo haga. Tírelo y…

Kankuro le arrebató la botella de un violento estirón y ante el espanto del señor Haruno vertió su contenido sobre una brizna de hierba seca que creía a un lado de la calzada. Aquel era un tipo de arbusto que si había conseguido crecer en aquel páramo desolado, podría hacerlo con casi cualquier circunstancia.

En menos de diez segundos, comenzó a marchitarse hasta ennegrecerse por completo.

—Veneno—las doncellas de su cuñada gritaron. El vendedor aprovechó ese momento para salir en su huida—. ¡Se escapa!

No llegó muy lejos. Los seis jounin que escoltaban al grupo lo detuvieron de no muy considerados modos antes de que llegara a dar la quinta zancada.

— ¡Libertad para el País del Viento! —gritó antes de que un par se lo llevaran, Dios sabía dónde.

Sakura se compuso de todo aquello que acababa de pasar. Sus padres la miraban abrazados, con un semblante de preocupación mortal.

—Y-Ya dije que no debíamos tardarnos en volver.

—Todo está controlado—tranquilizó Kankuro a la pareja y a las tres jóvenes sirvientas—. Será mejor que sigamos el consejo de Sakura.

El resto del camino transcurrió deprisa, sin incidentes y en un silencio casi completo. Sakura permanecía tranquila, a pesar del susto: era la primera vez que intentaban una acción directa contra ella, pero no se le hacía descabellado. Después de todo, era plenamente consciente de que había gente a la que su presencia allí no agradaba en absoluto. Por lo que ella representaba. Por el efecto que tenía en su posición exterior.

Suna, la aldea rescatada. Y Konoha era el héroe bondadoso, una vez más.

Una vez ya en el vestíbulo del edificio, sus padres se dejaron caer pesadamente sobre los sillones. Ella se colocó junto a ellos, apretando cariñosamente el brazo de su madre.

— ¿Veis? Todo está bien. Sabíamos que podía pasar. Tengo gente que me protege—se forzó a sonreír—. La mejor.

Sus padres suspiraron sin emitir palabra, todavía demasiado afectados. Nadeshiko y las demás se arrodillaron a su lado, solícitas. Sumiko se ofreció presurosa a traerles un vaso de agua.

—Nosotras nos ocupamos, señora.

Sakura asintió complacida y buscó a Kankuro en las intermediaciones. Todavía no le había agradecido al marionetista el hecho de haberle salvado la vida. Y es que sin su intervención, y con el orgullo estúpido que había provocado su padre con su inocente comentario, se habría envenenado de seguro.

—…doblar las patrullas de vigilancia en las calles y los registros…

El perfil del marionetista apareció ante sus ojos tras girar una esquina.

— ¡Kankuro!

Se acercó. El aludido hablaba en tono serio con su hermano. Sakura se sorprendió de ver a Gaara, hecho que dejó vislumbrar en su semblante. No se veían desde el encuentro en la habitación del hermano de la venerable Chiyo. Ella había permanecido muy ocupada con sus padres ahora en la ciudad. Y él, bueno… parecía concentrado en sus quehaceres. Más incluso que de costumbre.

—Sakura—la saludó el Kazekage con un movimiento de cabeza que ella correspondió.

—Yo venía a…—la presencia del pelirrojo le había hecho olvidar lo que tenía planeado decirle—. Venía a agradecerte sinceramente, Kankuro. Muchas gracias por salvarme la vida.

Gaara desvió la vista hacia su hermano mayor, que la miró, tal vez, un segundo más de lo necesario.

—No tienes por qué.

Tras unos instantes en silencio, el pelirrojo se pronunció.

—Tendré en cuenta tus palabras, Kankuro. Ahora me retiro.

— ¡Espera! —la voz de la pelirrosa lo hizo volverse—. A ti también quiero agradecerte. Gracias a ti mis padres han podido venir a visitarme. Este es el último día que permanecerán en la ciudad y bueno, c-como aún no te conocen…—clavó la vista en el suelo—. He pensado que tal vez te gustaría cenar con nosotros—levantó la mirada hacia el moreno—. Os. Es decir, Kankuro y Temari también estáis invitados, por supuesto.

El mayor afirmó conforme. Gaara permaneció estoico como él solo, unos segundos en silencio masticando la propuesta, hasta terminar asintiendo lentamente.

No lo demostraría, pero con aquello había conseguido sorprenderle.

Se reunieron hora y media más tarde en el comedor. No era gran cosa. Una larga mesa de madera labrada y sus correspondientes sillas, un antiguo reloj de salón, una cómoda desvencijada y un par de cuadros decorando la pared. Nada ostentoso ni especialmente decorado, como todo era en Suna: sobrio, sencillo y sin florituras. Pero ahora, en comparación con la mayoría de días, cuando Sakura desayunada y cenaba sola en esa misma sala, se le hacía la habitación más agradable de todo el edificio.

Y es que, sorpresivamente, el ambiente se mantuvo destensado durante el transcurso total de la cena. Su padre charlaba amenamente con Kankuro. Había descubierto la habilidad del marionetista, y asombrado, le había pedido con admiración que le explicara su funcionamiento. El moreno había procedido a explicarle, ufano.

Su madre hablaba, quizás no con tanta pasión y de temas algo menos trascendentales, con Temari y Nadeshiko, que también había sido invitada a la cena. Los pulcros modales de la mujer hicieron casi reír a Sakura.

Gaara, como de costumbre, permanecía en silencio. Las apelaciones directas de su madre conseguían arrancarle las palabras siempre adecuadas en términos de cortesía, pero nunca calidez. Tampoco se lo esperaba, y de haberlo hecho, le hubiera sorprendido verdaderamente. Sakura se dedicó un tiempo a contemplarlo comer de manera mecánica, y modales casi tan cuidadosos con los de Nadeshiko.

Cuando terminaron los postres, se permitieron charlar con un poco más de disposición. Nadeshiko se dispensó y agradeció la invitación y marchó a sus dependencias. Sakura estaba más que segura de que consideraba que ya había excedido de su amabilidad. Típico de ella.

— ¿Ha aprovechado su visita al mercado? —le preguntó respetuosamente Temari a su madre.

La mujer hizo una leve mueca, pero obvió con maestría el ligero detalle de que había estado a punto de envenenar a su hija y su marido.

—No hace falta que me trates de usted Temari, me hace sentir mayor—le confesó Mebuki Haruno—. Si me lo permites, usaré la misma fórmula contigo. ¡Y si! Ha sido una experiencia grata. Hemos comprado regalos para toda la familia…

El señor Haruno pronunció una exclamación.

— ¡Para toda no! —se percató—. Nos hemos olvidado de la tía Rinko.

—Vaya, ya me parecía a mí que se nos pasaba alguien—se lamentó su madre, y luego puso al tanto al resto de los presentes—. La tía Rinko es la…

—Hermana de su madre—todos se volvieron hacia la voz que se había pronunciado. Gaara parpadeó—. Tía abuela de Sakura por tanto, ¿me equivoco?

Se hizo un silencio inesperado. Mebuki no se molestó en ocultar su asombro, dada la opinión que ya se había creado del chico dado su comportamiento.

—Sí. Es decir, no. No te equivocas—frunció el ceño—. ¿Cómo es que sabes de la tía Rinko?

Gaara se volvió hacia la pelirrosa, sentada a su lado.

—Sakura me enseñó su álbum de fotografías.

—Es verdad—concedió ella, atónita de que se acordara de detalles como aquel—. Le enseñé las fotos de la familia y fui contándole quién era quién…

— ¡Cierto! —Se levantó su padre del sitio—. Tu álbum Sakura, sé que no llegaste a completarlo. Ya casi se me olvidaba. No tardo.

Kizashi Haruno salió corriendo con su nerviosismo habitual, dejando a su hija con una perspectiva más que reticente acerca de lo que se iba a encontrar allí. Cuando llegó con un sobre e instó a todos a que se cambiaran a la sala de estar para acomodarse sobre los sofás, Sakura fue testigo de cómo el karma se la devolvía y con intereses.

Kizashi Haruno había traído las fotografías familiares. Aquellas que, intencionadamente, Sakura había decidido dejar en la intimidad de su casa en Konoha.

—Te habías dejado algunas muy buenas que consideré te gustaría tener, pastelito mío.

Sakura enrojeció y maldijo en su fuero interno mil y unas veces la jodida obsesión que tenía de llamarla con ese apodo tan estúpido. Gaara le dedicó una mirada de reojo, que aunque sin maldad, únicamente consiguió avergonzarla todavía más. Su padre iba pasando las fotos a través que comentaba su historia, tendiéndoselas a los hermanos.

—Sakura siempre ha sido una niña un poco llorona—colaboró su madre en la vejación—. Y torpe. Siempre tenía que ir curándole los raspones de las rodillas de tantas y tantas caídas.

Temari ahogó una risa nasal que estuvo a punto de hacer que Sakura la agarrara por los pelos. Su padre se carcajeó ante la nueva instantánea que había encontrado y se la tendió a la rubia.

—Esto fue una cena de Año Nuevo con la familia, hará un par de años. Sakura se pasó con el champán y terminó haciendo tonterías por el suelo…

Se llevó las manos al rostro; se acordaba perfectamente de esa fotografía, sin mirarla. De aquella noche no tanto, pues había dormido como un bebé. Las risas de Temari y Kankuro no tardaron en llegarle a través de la oscuridad que le conferían sus palmas.

—Estaba muy graciosa—sonrió su madre.

Por Kami-sama, ¿por qué se lo estaban pasando todos tan bien? No parecían darse cuenta de que ella era objeto de todas sus burlas, tal vez precisamente porque no lo hacían con malicia, ni con ese objetivo… pero eso no hacía que a ella se le hiciera menos bochornosa la situación. Debía presentar el aspecto de una granada.

Un segundo. Tal vez no todos se divertían. Miró a Gaara y se espantó al contemplarlo muy concentrado ojeando entre un pequeño montón de fotografías que su padre había dispuesto sobre la mesita de café. Se detuvo en una que sostuvo en alto unos instantes, entre sus dedos, para terminar por volverse al padre de la pelirrosa, que reposaba a su izquierda.

— ¿Esta es Sakura?

La aludida se acercó en dos zancadas y le arrebató el papel de un solo movimiento. Sus peores sospechas se confirmaron.

Ella. De bebé. Desnuda sobre el cambiador tras el baño.

¿POR QUÉ COJONES TODOS LOS PADRES TENÍAN LA MALDITA MANÍA DE HACER ESA MISMA FOTO, SIEMPRE?

— ¡Mi favorita! —Exclamó el hombre con amor de padre, habiéndole dado tiempo a identificar la instantánea—. Tienes buen ojo. Tenía cuatro meses y estaba gorda como una bolita. Pero mira qué ojos, tan brillantes, y esa sonrisa…

— ¡Suficiente por hoy! —Sakura recogió una a una todas las fotografías—. Te agradezco que me las hayas traído, papá. Ya es tarde y mañana partiréis de vuelta a Konoha temprano. Tenéis que descansar.

Kizashi se quejó más propiamente de un niño que de un adulto, pero su esposa se puso en pie y lo instó a que hiciera lo mismo, con una sonrisa.

—Creo que será buena idea que hagamos caso a tu hija.

Dieron por finalizada la velada, intercambiando unos cuantos comentarios más de camino a los dormitorios. Se despidieron, y Sakura acompañó a sus bien amados padres a la intimidad de su cuarto de invitados, donde la regañina duró cerca de media hora.

—Te queremos—terminaron por canturrearle a dúo, una vez se hubo calmado.

—Ya me lo pagaréis, ya.

Les deseó las buenas noches y se retiró a su propio dormitorio, donde se despojó de sus zapatos con un par de patadas. Segundos después, llamaron a la puerta.

—No creo haberme dejado nada—les dijo a sus padres, yendo a abrir.

—No—la figura de Gaara se le apareció de frente—. Soy yo.

—Ya veo.

La chica frunció el ceño y se apoyó en el marco de la puerta, todavía molesta. Por culpa del pelirrojo y sus comentarios había salido a la luz su vergonzoso e ilustrado pasado.

Aunque pensándolo bien, después de rebuscar en sus cosas se lo tenía bien merecido.

— Quiero hablar.

—Tal vez yo no quiera.

Gaara parpadeó confundido, sin saber muy bien cómo enfrentarse a la negativa. Ella siempre lo había tratado con guante blanco, cuidadosa. Ahora lo miraba con la ceja alzada y los brazos cruzados. Estudió sus posibilidades en silencio.

— ¿Puedo pasar?

Sakura lo miró unos instantes, para terminar suspirando e internarse en la habitación.

—Pasa. Acomódate.

El chico cerró la puerta y siguió sus instrucciones, sentándose en el borde de la cama, mientras ella ordenaba sus ropas en el armario.

—He venido a disculparme—habló él—. No me di cuenta, pero parecías ofendida esta noche. Perdona si algo de lo que he dicho te ha molestado.

Sakura se volvió hacia él, suavizando su voz y su mirada.

—No… pasa nada. Mi padre no sabe mantener la boca cerrada, después de todo.

—Es un buen hombre—terció él.

—Sí—le concedió ella—. Sí lo es.

No había más cosas que ordenar ni limpiar. Sakura se frotó las manos en la tela de su falda, esperando a que el pelirrojo hablara. Parecía estar dándole vueltas a algo.

—Kankuro me ha contado sobre el incidente en el mercado—habló por fin.

—Oh, sí. Pudimos gestionarlo sin problema.

El Kazekage alzó la vista hacia ella.

—No es ninguna minucia, Sakura. Lo tenían preparado, hay un grupo actuando activamente en la propia Aldea.

—Soy consciente del peligro.

—Sé que no me permitirás que ponga un guardia detrás de ti las 24 horas del día, pero sí que te pido que vayas con los ojos bien abiertos. Ahora eres…

—Ya lo sé—lo interrumpió ella—. La esposa del Kazekage. Tu esposa.

La intensidad de sus turquesas le quemó la retina, y Sakura se arrepintió de haber sido tan atrevida.

—Exacto. Mi esposa.

La pelirrosa tragó saliva, incapaz de aguantarle la mirada, como de costumbre en los primeros días. La afirmación había sido tan rotunda que le había sentado como una patada en el estómago. Pero más que tristeza, había aparecido un nuevo sentimiento que había descolocado al anterior: incomodidad.

Incomodidad de tenerlo ahí delante, sentado en el borde de su cama con los brazos sobre las rodillas en actitud relajada. Incomodidad de que se llevara tan anormalmente natural con sus padres. Incomodidad de que poco a poco, se estaba acercando a su vida pasada, a sus recuerdos. A ella.

Había sido muy consciente del ambiente de unión que había reinado en la salita de estar mientras sus padres enseñaban las fotos y todos reían. Familiar.

Casi parecían una familia. Una de verdad. Y eso sólo le provocó miedo. Miedo de lo tangible que se le hacía. Pero sobretodo, miedo de olvidar. Quién era ella. Y de a quién debía lealtad.

Gaara se percató de su ensimismamiento interno y se levantó del sitio.

— ¿Te vas?

— ¿Quieres un cuento para dormir, o tal vez otra cosa?

Ella apretó los labios en una fina línea, sin evitar que el rubor apareciera ante esa última insinuación. No se había imaginado el tonito sarcásticamente evocador, estaba segura.

—No. No hace falta.

Él se quedó con la mano sobre el pomo.

—Mantente alerta, Sakura. Tu fama como kunoichi te precede—la miró largamente—. ¿Voy a tener que seguir preocupándome por ti?

Era una pregunta retórica, estaba claro. Pero Sakura no pudo sino mirarlo como un pasmarote. Parecía… él parecía hablar en serio.

¿Se preocupaba por ella?

—No. Descuida.

—Bien. Buenas noches.

—Buenas noches—susurró ella casi imperceptiblemente, antes de que se cerrara la puerta.

Ya en su intimidad, y en noche cerrada, Sakura se lanzó sobre su camastro hundiendo la cara en el almohadón para que éste ahogara sus chillidos de frustración. No entendía nada de nada. Y por si fuera poco, él era siempre tan correcto con ella…

No volveré a meterme en su despacho ni harta de sake.

Maldito karma. De esto sí que estaba segura.

Continuará...

PD: Me retracto de aquellos avisos agoreros que hice en capítulos anteriores. Como véis, siempre queda espacio para el humor XD