En Bluegard existe una comunidad que desde tiempos remotos custodia una de las entradas al reino submarino, el territorio del emperador Poseidón.

Fundada por caballeros leales a Atena, su misión originaria era velar el sueño en que el alma del dios del mar fue puesta desde la época del mito.

Sin embargo, tal necesidad había dejado de sustentar a Bluegard, pues Poseidón no era más un dios durmiente.

El paso de los siglos relegó a Bluegard y a sus guerreros al olvido en las vastas tierras congeladas al este de Siberia. Sus dirigentes fueron fieles a una misión ya no tan clara, hasta que el actual señor de Bluegard, Alexer, decidiera cambiar el destino de su pueblo.

Eso fue muchos años atrás, mas su ambición frenó cuando el Cisne Hyoga fue elegido para detenerle, logrando que recapacitara, que abandonara sus sueños de expansión y conquista.

Tras los eventos que cambiaron al mundo quince años atrás, fue sorpresivo para el pueblo de Bluegard que el Imperio de la Atlántida buscara una asociación diferente. Una alianza en la que el emperador Poseidón, lejos de guardar rencor hacia aquellos que cuidaron su cautiverio, mostró una auténtica necesidad por volverlos sus aliados.

Poseidón jamás pondrá en duda la eficiencia con la que dichos guerreros han protegido la entrada a su morada, por lo que deseó asegurarse que seguirán haciéndolo, pero por motivaciones diferentes.

A cambio de continuar custodiando la entrada a su reino, el emperador aseguró prosperidad a los habitantes de Bluegard. Su cosmos divino permitiría estaciones más amigables a los pobladores. Los crueles inviernos mitigarían su intensidad, la vegetación verde sería posible en las temporadas apropiadas. No faltaría la comida ni las medicinas ya que él proveería.

Alexer no sintió deberle nada a Atena o al Santuario, aunque sus antepasados le sirvieron, ella ni siquiera llegó a brindarles ayuda cuando más la necesitaron. Fue entendible que el soberano de Bluegard aceptara el acuerdo con la Atlántida, pese a que algunos de sus seguidores no lo concibieron.

Después de más de una década, Alexer veía satisfecho los frutos de esa relación diplomática con el emperador del mar. Únicamente le bastaba ver a un grupo de niños jugueteando por los floridos jardines del palacio para no dudar de su elección.

El cielo enteramente despejado que mostraba el rostro cálido del sol y alegraba a sus subordinados, era paga suficiente para inclinar la cabeza al dios que alguna vez fue su enemigo.

Alexer caminaba por los pasillos laterales del hermoso jardín cuando—Hermano —escuchó al final de la hilera de columnas blancas.

Una bella mujer de cabello rubio lo llamó, acompañada por un hombre de túnica reluciente y máscara ceremonial metálica.

Alexer caminó hacia ellos, la túnica azul que vestía tocaba ligeramente el suelo tras cada uno de sus pasos. Reconoció casi de inmediato al mensajero del Shaman King, no era la primera vez que enviaba a un sirviente en búsqueda de un libro o información que en algún lugar de la biblioteca se podía hallar.

El señor de Blugard decidió hace tiempo cumplir con cada petición del extraño gobernante de la tribu de los shamanes, pues sabía bien de su posición en el orden de las cosas. Independientemente de los dioses que llegaban a reencarnar en la Tierra, el Shaman King es la entidad humana más importante que puede pisar el mundo cada quinientos años. No le convenía tener algún altercado con él, mucho menos si el mismo Poseidón parecía apreciarlo.

El shaman se inclinó respetuoso al soberano mientras la hermana explicó.

—El señor Yoh ha enviado algo. Su deseo es que lo recibas primero que nadie.

El shaman secundó al mostrarle el libro de pasta tinta— Mi señor ha trabajado mucho en su contenido. Considera apropiado que forme parte de su gran biblioteca.

Alexer tomó el libro sin demasiado interés, la lectura no era uno de sus pasatiempos favoritos.

—¿Qué es lo que contiene? —pensó en voz alta al abrir el ejemplar, examinando la primera hoja.

—Hechos que le aseguro pocos hombres conocen hoy en día. El señor Yoh ha decidido que llegó tiempo de compartirlo. En tan sencilla presentación se haya la verdad.

—¿La verdad?— repitió contrariado Alexer, intrigando a Natasha por igual.

El shaman asintió— La razón por la que los dioses permitieron que la humanidad pudiera descansar de sus castigos y conflictos.

Capitulo 9

Una vez en el Olimpo

Más allá de las galaxias, al borde de la eternidad, elevado en una dimensión de ensueño, se encuentra el Olimpo, residencia de los dioses antiguos.

La Tierra y los mortales habían quedado a años luz de distancia.

En esos dominios que le vieron nacer, su esencia se desnudó del cuerpo humano que la resguardó durante un efímero tiempo.

El éter del que estaba formada la volvieron ese ser resplandeciente que armonizaba con el esplendor que brotaba de cada mineral, planta y líquido que moldean el paraíso utópico que los dioses habitan.

Su regreso a casa no fue grato, ni mucho menos bien recibido, pues hermanos y tíos desaprobaron por completo los actos ocurridos entre los hombres, señalándola como responsable de los crímenes cometidos hacia ellos.

La mayoría exigió su cabeza, mientras otros pocos suplicaron comprensión, mas ella decidió permanecer en silencio aún ante las resonantes voces.

El tiempo para los dioses carece de importancia, y la disputa entre las ocho divinidades coronadas no parecía llegar a una resolución unánime.

Como aquella que era juzgada, permaneció dentro del círculo en ese Partenón de columnas de mármol, oro y marfil. Alrededor de ese círculo, como números en un reloj, se situaban doce pedestales de los que emergían cadenas de luz, mismas aprisionaban su esencia divina. Estaba sometida a las ocho voluntades que se manifestaban arriba de cada podio.

Cuatro de las plataformas permanecían sin vida, las demás destellaban por la presencia de quienes las ocupaban.

Cansada de escuchar las insistentes palabras de hijos y hermanos, la reina del Olimpo decidió intervenir. Su cosmos estrellado apaciguó a los iracundos dioses. En su magnificencia Hera, esposa de Zeus, habló.

Su cuerpo, cabellos y ropajes se ocultaban tras las galaxias que emiten su cosmos infinito, ocultando cualquier vestigio de humanidad— Atena —nombró a la juzgada quien alzó el rostro como respuesta.

Es claro nuestro desconcierto con tu regreso al Olimpo. Tus manos están manchadas con la sangre de uno de nosotros, ¿entiendes la gravedad de tus acciones?

Atena, la diosa de la sabiduría, privada de armadura o báculo para defenderse, decidió tomar una actitud pasiva y humilde hacia la monarca del Olimpo— Lo sé bien, mi señora. Por eso he vuelto, para evitar que el castigo me alcanzara en el mundo de los hombres, a quienes no les deseo mal —ella ya no era Saori Kido, su figura volvía a ser la de la mujer de bucles castaños que nació de la cabeza de Zeus.

¿De verdad te crees capaz de resistir el castigo divino que merece cada ser humano que ayudó en tu cruzada? —preguntó la voz escéptica del dios del Sol, Apolo.

Pagaré con creces por mi pecado, el de detener la locura milenaria de Hades —con una sonrisa, respondió ella a su luminoso hermano.

El dios ocultaba su rostro humano al verse envuelto por llamas anaranjadas propias del Astro Rey— La convivencia con los humanos te ha vuelto irracional, Atena.

Es un hecho que hemos sido descuidados en permitir que los hombres lleguen tan lejos como para atreverse a desafiar a los dioses —meditó Hera con frialdad.

Los humanos… —bufó divertido el de estelas rojas, aquel que permanecía en el interior de un vapor denso y nebuloso del color de la sangre—. ¿Dónde estaría la diversión sin esos pequeños crédulos? —comentó cínico la cruel voz de Ares, dios de la guerra—. Lo más increíble es que me acusan de incitar a los problemas, de mal aconsejar a los hombres, pero no he sido yo, sino Atena, Hades y Poseidón, quienes les han mostrado el camino hacia las Guerras Santas, quienes les han enseñado a dominar el cosmos, quienes les han dado herramientas para destruirnos —rió malicioso—. Buen trabajo querida hermana, me has superado.

El dios de la guerra no era más que un invitado especial en la reunión, algo por lo que algunos de los demás dioses mostraban desagrado. Pero con la muerte de Hades y el próximo castigo de los dioses sobre la humanidad, se le permitió tomar lugar en el puesto del dios del inframundo.

Es Atena la responsable de tal situación —reclamó Artemisa, rodeada por un velo de rayos de luna—. Debe pagar sus crímenes contra la orden impuesta por el padre Zeus.

Pero amada sobrina —intervino de pronto la frágil voz de Demeter, recubierta por plantas verdes y de otros preciosos colores, convertida en una gentil brisa matinal ante los presentes—. Debemos recordar que no ha sido Atena quien ha comenzado las guerras sagradas ¿No fue acaso nuestro hermano, Poseidón, quien insatisfecho con sus propios dominios buscó hacerse de los de Zeus? ¿No es Atena a quien él encargó el cuidado de su reino? Para mí, ha respondido tal cual es su deber —dijo la diosa, recibiendo un sutil agradecimiento por parte de la deidad encadenada.

Lo mismo podemos decir de Hades —añadió el silencioso Hefesto, protegido por fuego, magma y azufre que remolineaba a su alrededor. Cenizas emergían por cada palabra emergente de sus labios—, quien sin consentimiento del consejo de dioses, decidió impartir un castigo a los hombres y apropiarse tanto de la tierra como del mar en ausencia de sus legítimos dueños.

Poseidón y Hades ya han recibido sus merecidos castigos ¿no lo creen? —habló Dionisio, manifestado en una espesa bruma de color tinto y hojas de vid—. Nadie negará sus faltas, ni mucho menos apoyará sus decisiones egoístas y personales. Poseidón vive el más cruel de los castigos pues nunca más podrá volver a ser lo que era o formar parte de nosotros. Y Hades ha dejado de existir, el olvido es su sentencia.

Eso quiere decir que únicamente queda la pequeña Atena… —musitó con aire aburrido la deslumbrante Afrodita, cuya belleza real se esconde detrás de su cosmos violeta del que nacen un sin número de mariposas.

No se puede reparar lo que se ha roto —habló entonces Hermes convertido en viento relampagueante, de su cabeza sobresalían un par de alas majestuosas que parecían las de un ángel—. Los humanos inclusive han dejado de creer en nosotros, no somos más que meras leyendas en la historia. Y aquellos que todavía creen, sólo luchan entre ellos… — el mensajero de los dioses reflexionó—. El caos domina esa Tierra en la que depositamos nuestra fe.

¿Y a quién debemos culpar de tal situación? Me pregunto —escucharon la voz de la entidad que comenzó a manifestarse en uno de los pedestales vacíos. Una luz emanó como fuente de agua cristalina, la cual tomó la silueta de un hombre de largas barbas y tridente.

Los dioses dentro del Partenón se conmocionaron por la aparición de un noveno miembro del consejo. El ser de agua y huracanes permaneció en absoluto silencio.

¿Será posible? —se atrevió a decir Hera, sumida en la completa sorpresa—. Poseidón ¿has vuelto una vez más al Olimpo?

Después de tantos siglos de ausencia, el emperador del mar se digna a volver a esa tierra de leyenda. Pero jamás se sintió un traidor hacia los suyos, ni mucho menos temía de alguno de ellos para frenar su regreso. Fue una cuestión de orgullo, nada más, lo que le impidió presentarse en los palacios de su hermano menor hasta ahora.

Oh, pero miren lo que trajo la marea, esto si que es una ocasión memorable —siseó Ares sin ocultar el gusto que sentía al percibir la tensión en la que se sumergió el Partenón cuando el cosmos de Poseidón inundara todo el complejo.

Al igual que Atena al ascender a tierras sagradas, Poseidón abandonó en algún lugar seguro el cuerpo al que se encuentra atado. Estaba arriesgando su esencia pura e inmutable, pues a diferencia de todos los allí presentes, la carencia de su cuerpo original lo ponían en un gran peligro de tener que enfrentar a alguno de ellos.

La misma Atena empalideció al verlo ahí. No entendía la razón de su visita al Olimpo ¿acaso esperaba ser parte de la corte que decidirá su condena y el de la humanidad? Ella no temía por su vida, pero si por la del planeta Tierra y sus habitantes.

Bienvenido hermano mío, nos honras con tu visita —dijo Demeter con un tono cordial.

¿Por qué el rey del mar osa volver en el momento preciso de éste juicio? ¿Acaso también Poseidón planea someterse a la voluntad del consejo al que abandonó desde la época del mito? — intervino Apolo, con visible desagrado.

¿Someterme? Jamás verán eso tus ojos Apolo —respondió peligrosamente el ser de agua y centellas.

¿Será entonces que viene a salvar a Atena? —musitó en broma la diosa Afrodita.

Absurdas palabras provenientes de una diosa igual de absurda — añadió indiferente el emperador.

Cuida tus modales, hermano —advirtió Hera al no soportar la insolencia del rey del océano—, has estado demasiado tiempo fuera del Olimpo, las cosas no son como eran antes.

Extraño que lo digas, pues el panorama no ha cambiado en todos estos milenios —aclaró Poseidón analizando el entorno, así como a cada uno de sus dioses hermanos.

¿Por qué estás aquí entonces? —refunfuñó Hefesto, chisporroteando lava de su cosmos al resentir la ofensa hacia su esposa—. No tienes derecho alguno de reclamar el puesto sobre el que te alzas. Tus revueltas contra Zeus te lo han arrebatado.

Es extraño que afirmes tales palabras, cuando ha sido el mismo Zeus quien me pidió venir al Olimpo —respondió el emperador con desdén.

¡¿Zeus?! —exclamó en un sobresalto la diosa Hera.

Hestia, Demeter, Afrodita, Artemisa y Atena la acompañaron en su sentir, mientras que Apolo, Dionisio, Hefesto y Hermes vacilaron en su interior. Ares simplemente esbozó una sonrisa, riendo a carcajadas, pensando en lo mucho que se divertiría en la reunión familiar que cada vez se tornaba mejor.

Entre la sonora risa de Ares, un relámpago hizo crujir las paredes del Partenón, oscureciendo los cielos, ahuyentando a los insectos y animales que se encontraban en las cercanías, alertando a los guerreros de los dioses, haciendo temblar los cimientos del Olimpo así como a cada uno de sus habitantes.

Un rayo cayó sobre el pedestal de mayor importancia determinada por su elevación, y en un instante un ser de energía eléctrica se presentó. Un hombre alto, musculoso, formado de rayos blancos y azules resplandecía frente a las once divinidades, cuyos cosmos se empequeñecieron al lado de el del rey de los dioses.

Atena fue la primera en reconocerle, y por ende la primera en hincarse en sumisión. Hermes le continuó, flexionando una rodilla, seguido por Hefesto y Afrodita.

Apolo inclinó el cabeza, impulsado por su hermana Artemisa.

Ares abrió los brazos, reverenciando a su glorioso padre con cinismo.

Hestia y Demeter del mismo modo mostraron su respeto, mientras que Hera, lentamente logró reverenciarle —Hermano y esposo mío… Bienvenido seas a tu hogar.

Zeus pareció inspeccionar todo el Olimpo con sus sentidos antes de dejarse escuchar por la familia— Gracias, es un placer estar en casa —sonó la voz del magnánimo Zeus, llena de serenidad—. Hermanos e hijos míos, hablemos.

****

Siberia, Bluegard

En cuanto se despidió del shaman, Alexer fue hacia sus aposentos. Tomó lugar en el escritorio del que retiró el papeleo innecesario, comenzando a leer con cierta desesperación.

Línea tras línea dibujaron en su mente el escenario sobre el cual leía, sin poder pausar a menos que sea para dar vuelta a las páginas.

¿Podría ser eso cierto? ¿Ese juicio en el Olimpo, la reunión de los dioses, el regreso del exiliado Poseidón y la reaparición de Zeus?

Cualquier mortal se preocuparía al saber que las deidades se reunieron para debatir sobre el destino definitivo de la humanidad, y ni Atena fue capaz de detenerlos.

****

Querido esposo, el Olimpo echaba de menos tu presencia —susurró Hera todavía consternada por tan repentina aparición.

Así como tan abruptamente el dios del trueno se despidió de ellos un día, del mismo modo regresaba de su destino incierto.

No es necesario mentir, esposa mía —pidió Zeus con amabilidad—, pero aún agradezco su bienvenida. Sé que mi llegada ha sido repentina y los ha tomado desprevenidos —miró a Atena quien permaneció con la cabeza casi en el suelo—. Parece que mi regreso fue en el momento justo.

¿Al tanto estás de lo ocurrido en la Tierra? —únicamente Hera se atrevía a dirigirle palabra al coloso de relámpagos.

Un aire de tristeza arrugó el rostro del dios— El último alarido de mi bien amado hermano Hades, atravesó las galaxias, el tiempo y espacio para alcanzarme. Al igual que ustedes, la pena corrió por mi ser al sentirlo desvanecerse en la grandeza de la Gran Voluntad. Decidí entonces abandonar mi travesía para regresa, sabiendo que necesitarían de mi guía y consejo.

Entiendes entonces el agravio de Atena y los humanos hacia nuestra casta ¿no es así padre? ¿Planeas castigar a Atena y a la humanidad cuál es tu deber? —vociferó Apolo con valentía.

Todos esperaron la respuesta de Zeus. Algunos esperaron que fulminara a Atena en ese instante para dar inicio a la destrucción de la civilización corrupta en la Tierra. Otros apostaban a la rectitud de Zeus, así como al corazón que alberga amor hacia su amada hija.

¿Te atreves a cuestionarme, Apolo? No es tu trabajo recordarme cuales son mis deberes, los sé bien, y por ello es que me tienen de vuelta —clamó, liberando centellas que atemorizaron a más de un dios.

El ciclo de guerras santas ha terminado —alzó los brazos el poderoso dios—. Es una vergüenza que los hermanos en los que más confié decidieran utilizar mi ausencia para traicionar e ignorar mis decretos —lanzó una mirada acusadora a Poseidón quien se mantuvo firme y desafiante a Zeus a cada momento—. Y otra mucha más grande que el resto de mi familia se los haya permitido, siendo mi Atena la única que me fue fiel —dijo con ternura a la diosa quien lentamente se animó a alzar el rostro.

—¿Este es el trato que merece aquella que no me ha abandonado desde los tiempos en que vencí a Tifón? ¿Qué pueden decirme ustedes, hermanos e hijos? ¿Dónde estuvieron cuando lo que era mío estuvo por ser arrebatado? —inquirió con dureza a las deidades—. ¿Qué han hecho para que los hombres continúen respetándonos?

Se impuso el silencio gracias a la tormenta eléctrica que ennegreció los paisajes del Olimpo.

Pareciera que les han cercenado las lenguas. No hace mucho vitoreaban la ejecución de Atena y cantaban himnos para las próximas guerras contra los hombres ¿A dónde se fue todo ese entusiasmo? —exigió respuestas—. ¿Ninguno se atreve a responder a las preguntas de su dios?

Hasta que se aseguró de que ninguno de ellos se atrevería a interrumpirle, el gran Zeus prosiguió—. ¿Acaso creen que no sé de sus revueltas, de sus disgustos? Aún a años luz de distancia, me encuentro ensordecido por sus resentimientos y disputas. Me ausenté un par de milenios, esperando que a mi regreso hayan podido aprender lo que yo no era capaz de enseñarles. Mas veo con tristeza que me equivoqué. Pero, no hay mal que no pueda arreglarse, es momento de volver a tomar las riendas del Olimpo… a menos que alguno de ustedes se muestre inconforme y desee desafiarme.

Paz padre, imploro paz y sensatez —pidió el de hojas de vid, de cuyo cosmos emergió una regordeta mano sosteniendo una copa dorada con incrustaciones de coloridas gemas—. Sólo quiero aconsejar que lo tomes con calma, supongo que ninguno de nosotros pensó que ésta reunión se convertiría en algo tan grande como tu bienvenida. No hagamos que esta ocasión que debe festejarse se convierta en un holocausto —los ánimo Dionisio, abandonando la protección de su aura, apareciendo como un joven de mejillas rosadas, cabello castaño sobre el que se encimaba una corona de laureles. Sus dedos recubiertos con anillos, muñecas y brazos por lujoso brazaletes. Una toga tinta se amarraba sobre su hombro derecho dejando el izquierdo desprotegido. Poseía piel bronceada por exponerse al sol durante sus festines. Tenía ojos muy expresivos que recordaban a los de un niño entusiasta.

Incluso Zeus se conmovió por la cordialidad de Dionisio. Él fue lo suficientemente humilde para bajar del pedestal, caminar dentro del círculo donde permanece la ajusticiada y rendirle tributo con su mejor vino.

Bebe padre mío. No sé a dónde habrás ido, pero seguro estoy que jamás has encontrado bebida que sosiegue tu sed como lo que yo aquí te ofrezco.

En eso te doy la razón mi hijo —dijo con gentileza el rey de los dioses.

La copa dorada resistió la tormenta en la que estaba convertido el dios. El elixir bajó por su garganta y un sinnúmero de recuerdos, así como sensaciones, se avivaron en Zeus al beber de esa copa de paz.

Exquisito… Ha valido la pena el viaje de regreso sólo para este momento. Te lo agradezco —devolvió Zeus el recipiente.

Ahora que has entrado en calma querido hermano —fue Demeter la indicada para hablar—, por favor, entendemos tu reacción y merecemos tu rencor. Acataremos cualquiera que sea tu voluntad.

No es mi voluntad la que deseo que respeten —aclaró Zeus a su familia. A excepción de Poseidón, los demás dioses se intrigaron.

Hermanos, hijos, amigos, cumplamos todos el deseo de nuestra gran madre, Gea.

¿Gea? —musitó Hera.

La gran madre me ha pedido… no, me ha suplicado que detengamos las disputas, que llevemos nuestros conflictos y los resolvamos lejos de ella. Pero sobretodo, que permita a los hombres vivir.

No lo entiendo —dijo Demeter, sintiéndose más cercana a Gea por sus capacidades —, ¿no ha sido el hombre el causante de la enfermedad de nuestra gloriosa madre, de su sufrimientos así como sus dolencias?

¿Por qué ahora pide por ellos? —añadió Artemisa, tan absorta como muchos de sus congéneres. Tenía entendido que hace eones, Gea sumió su conciencia en lo profundo del planeta y allí ha permanecido silenciosa. ¿Por qué ahora abandona su letargo e implora a Zeus piedad por la humanidad?

–—De hacer algo más que pasar sus días sobre sus tronos y palacios de oro, sabrían que la Tierra ha pasado por demasiados cambios —habló Poseidón con irreverencia—. Incluso yo me siento satisfecho —mostrando una sonrisa que alarmó a Atena.

Padre —lo llamó ella con clara preocupación—. ¿Qué ha ocurrido con la Tierra? ¿Qué es lo que ustedes…?

No te precipites Atena —respondió el dios del mar—. Aunque no debería extrañarte, debiste prever que destruir a Hades tendría sus amargas consecuencias. Incluso los hombres tienen la mitad de la responsabilidad, pues fueron tus actos y los suyos los que desequilibraron al mundo tal cual era. No sólo los Campos Elíseos y el Inframundo habrían colapsado ese día. Pero fue por intervención de nuestra madre, invocada por los humanos, que la Tierra fue salvada.

Durante siglos ella ha ignorado nuestras voces ¿Qué han hecho los humanos para merecer respuesta? —cuestionó Afrodita algo contrariada.

¿Qué has hecho tú por ella, Afrodita? —cuestionó Zeus seriamente—. Me sorprende que la soberbia continúe nublando sus juicios. Mi viaje me ha permitido apartar ese velo de ignorancia de mis ojos, y ahora puedo ver las cosas con claridad, darme cuenta de sus desperfectos —dijo en tono despectivo, agrediendo a ciertos dioses—. Abandonamos la Tierra hace ya tanto tiempo, realmente pocos de nosotros mantuvimos su interés, y el resto decidimos dejar de mirar. Se necesitó la muerte de uno de los nuestros para dignarnos a observar nuevamente, encontrando un panorama desagradable para muchos.

Ares resopló manteniendo una sonrisa perversa, revelando que él estaba más que encantado por todo lo acontecido a diferencia de los demás. Para él, los humanos eran una divertida herramienta de destrucción, y las Guerras Santas obras espectaculares.

—¿Y cómo desean responder? Imitando el fracaso de Poseidón y Hades quienes, descorazonados por las faltas de los hombres, han intentado erradicarlos, sin éxito— lanzó miradas recriminatorias a sus familiares que no podían pensar si quiera en decir palabra—. Tal vez hayan escuchado sólo lo que les ha convenido escuchar, pero yo que debo ser imparcial me he dedicado a oír a la única que realmente ha estado ahí, conviviendo día tras día con cada ser humano que ha nacido. Gea conoce el mal de los humanos, pero también la capacidad de bondad que Atena no se cansa de admirar de ellos. La gran madre ha sido herida por los hombres, pero también amada… Han sido los únicos que le han ayudado mientras que el resto de nosotros le dimos la espalda. Los humanos y Atena son los responsables de que ya no se encuentre enferma, ha recuperado su vitalidad, su hermosura, ella suplica por permanecer de ese modo. ¡Y yo, como el rey de todos ustedes, he aceptado el acuerdo! ¡Desde este momento, los dioses no volverán a iniciar una guerra santa en la Tierra!

Una gran tensión podía percibirse en el Olimpo. Cada dios tomó la noticia de forma muy personal. Para unos era una orden que no los afectaba para nada, otros fueron invadidos por un gran alivio, y el resto ahogaron su desaprobación dentro de sus pechos.

Zeus prosiguió— El universo es infinito, hay tanto allá afuera que empequeñecerían al Olimpo en belleza. Una vez que comprendí eso, me fue difícil volver, ¿por qué conformarse con un trozo de tierra o una encuadrada galaxia, cuando puedo maravillarme en otros proyectos? Los invito a que busquen otras ocupaciones en la infinidad de las galaxias, de las cuales podrían ser dueños y reyes, conceder vida a otros mundos, combatir como titanes por la Vía Láctea… Pero la Tierra, no volverá a sufrir por el látigo de ningún dios.

¡Esto es inaudito! —clamó Apolo al no poder resistirlo más—. Padre ¿cómo pides eso? ¿Tan fácilmente dejarás que los humanos, creaciones nuestras, merodeen libres y sin alguna clase de autoridad? Mira en lo que se han convertido aún supervisados. Son un peligro latente para la madre Gea y para ellos mismos.

Oh, hijo —dijo con decepción el dios del relámpago—. ¿Acaso todavía no entiendes que los humanos dejaron de necesitarnos desde hace siglos? ¿Realmente alguno de ustedes necesita de ellos? —preguntó, implorando sinceridad—. Por favor, sean honestos con ustedes mismos… Fue hermoso mientras duró, jamás olvidaré algunas de las historias que compartí con los mortales, pero no nos hemos esforzado lo suficiente para que existan tales necesidades.

Atena sonrió por las palabras de su padre, a quien admiraba todavía más por el grado de sabiduría y justicia que obtuvo durante su viaje. En su nombre, en el de la humanidad, se inclinó en eterno agradecimiento.

Entiendo lo que deseas decir hermano, pero considero que es una imprudencia. La humanidad sigue siendo salvaje, seres de instintos, y si el mundo ha renacido tal vez no encontrarán forma de salir adelante —Hera expresó su preocupación.

De eso no nos concernirá preocuparnos esposa mía. Tú y yo estaremos muy lejos como para inquietarnos por ellos —aclaró con galanura—. Te pido venir conmigo, permíteme enseñarte las maravillas de la Gran Voluntad que te has perdido por encontrarte aquí. Yo te libero de tus deberes sobre el Olimpo, y como mi compañera espero aceptes el unirte a mi travesía —estiró la mano hacia la reina de los dioses quien permaneció muda por la impresión, sin saber qué hacer.

Como devota esposa que era, debía acatar las peticiones de su marido aunque todavía no descubriera su propósito. Era extraño para la diosa el admitir que, aún después de tantos siglo, Zeus continuaba poniéndola nerviosa. Todavía le despertaba un deseo de lujuria incomprensible.

Su mano cubierta de estrellas tomó la creada por centellas, subiendo al mismo estrado en el que Zeus estaba por encima de los demás.

Parece que planeas abandonarnos una vez que hayas arreglado todo ¿no es así, padre? —preguntó sonriente el dios de la guerra—. Típico de ti, pero a la vez es algo que admiro. Después de centurias ausente, tienes el poder para que a tu regreso nadie se atreva a reclamar. Pero sobretodo, conservas el poder para hacernos temblar y por el que tenemos que someternos a tu voluntad.

No habría regresado a menos que lo considerara necesario— explicó el dios quien se aferró a Hera con ternura—. Mas tienes razón, volví a este rebaño descarriado buscando reparar su cerco, para mostrarles el camino correcto a los campos más fértiles donde prosperarán. Una vez concluido, planeo proseguir con mi aprendizaje, y ceder mi lugar a mejores pastores.

Cada uno comenzó a especular sobre el plan de Zeus. Quitar a Hera del trono del Olimpo era sólo el comienzo. ¿Qué es lo que tramaba realmente? Se preguntaban todos con evidente desconfianza.

Recuerdo bien que desde tiempos remotos, la humanidad tenía un guía absoluto. Un ser humano elegido por habilidades, acciones y batallas que le daban el mérito de ser apreciado no sólo por Gea, sino por la misma gran voluntad —Zeus intentó recordarles—. Esa entidad mortal era un mediador entre el Olimpo y la Tierra… pero entonces, mi ignorancia me llevó a finiquitar tales diplomacias —arrastró un poco sus palabras—. Planeo reparar ese error, el Shaman King volverá a cumplir su función originaria, cooperando con aquellos dioses que desean una segunda oportunidad de convivir con la humanidad.

Apolo fue el primero en verlo, al saco de carne y huesos que apareció detrás del altar de Zeus. Con propiedad, el mortal reverenció a los dioses, permaneciendo con ambas rodillas en el suelo, inclinando la cabeza en signo de humildad y completa sumisión. Vestía una túnica de rasposa tela que cubría su delgado cuerpo, una serie de colguijes de huesos tallados y plumas adornaban su cuello.

Ciertos cosmos se mostraron iracundos por la pestilente presencia humana.

Lo he traído aquí, éste día, para decretarlo— aclaró Zeus.

¡¿Un humano pisando los campos del Olimpo?! ¡Esto es un sacrilegio! —pronunció Apolo, con evidente furia.

No es el primero, ni el último hombre que es invitado al Olimpo de la mano de un dios —comentó Afrodita coquetamente, interesada por el apuesto joven de largo cabello café—. Pero sí ha pasado demasiado tiempo desde la última vez —musitó nostálgica por los recuerdos de antaño.

Les presento al Shaman King de ésta nueva era, aquel a quien la gran madre Gea me ha pedido traer. Vocero de su voluntad y de sus deseos— señaló al mortal que permaneció con la vista en el suelo.

Para Atena, todo resultaba algo sin precedentes. Su mente se encontraba sumida en la confusión absoluta, intentando encontrar un sentido a lo que pasaba. Miró perpleja al hombre que permanecía tranquilamente arrodillado, aún cuando las tormentas de cosmos se debatían por su presencia allí.

Él pareció haber leído los pensamientos de la diosa, por lo que se atrevió a sostener su mirada, sonriéndole de tal forma en la que le aseguraba que todo iba a salir bien.

Les ofrezco una oportunidad para revivir la lealtad y devoción que alguna vez los humanos les tuvieron, si es que les interesa— anunció Zeus, expectante a las reacciones de sus familiares.

Ningún dios se sometería a las órdenes de un mortal —espetó Artemisa con indignación.

Pero sí se someterán a las mías —advirtió el dios del trueno, mostrándose todavía más intimidante—. ¿O piensan rebelarse contra mi? —miró a Apolo, a Artemisa y a Ares de quienes recibía un aire mucho más hostil.

Yo… —deseó intervenir la diosa Demeter, angustiada por la situación—, me gustaría escuchar lo que Poseidón piensa al respecto. De entre todos nosotros él, junto con Atena, es quien ha pasado más tiempo en el mundo humano. ¿De qué lado estás querido hermano? Tú que gobiernas el mar y a las criaturas del océano, a ti quien afectará estos nuevos designios.

Todos esperaron la resolución de Poseidón al respecto. Él, quien había caído del Olimpo hacia una existencia en la que su alma dormitaba en un ánfora, debiendo actuar a través de un huésped humano. Él, quien debía ser el dios que más odiara a Atena y a la humanidad como para verlos erradicados. Él, cuyo poder inclinará la balanza favorablemente hacia cualquier bando que elija.

Todos apostaron a que elegiría la revolución, pero sorprendentemente Poseidón permaneció del lado de Zeus— ¿Qué es lo que buscaba la última vez que azoté al mundo con diluvios e inundaciones? —preguntó el dios, dirigida más propiamente a la diosa encadenada—… Purificar a la humanidad. Algo que la misma Gea hizo sin consentimiento de nadie. Y tal cual era mi deseo, seleccionó a quienes ella consideró dignos para lograr un mundo prospero en su seno. Extraño que las cosas hayan dado resultado pese a mi obvia derrota —explicó sin remordimientos, con un tono triunfante en su voz—. Me agrada el mundo como es ahora.

Dioses como Demeter y Dionisio sonrieron alegres de escuchar su gusto por el mundo humano, aún cuando no hace mucho él intento destruirlo. Para el resto fue inconcebible.

Por tal razón, estoy dispuesto a aceptar la propuesta que Zeus tiene para todos nosotros, y no sólo el Olimpo, sino para el resto de los reinos celestiales —anunció el dios del mar.

¡Al hombre lo que es del hombre!— tronó la voz de Zeus— Nosotros les dimos la capacidad de pensar, de sentir y de crear. En estos milenios han evolucionado pese a su corto tiempo de vida, mientras que nosotros que somos eternos continuamos siendo los mismos desde el inicio de los tiempos… Llegó el momento del cambio— sentenció.

Atena, ponte de pie —pidió el gran padre, Zeus.

La diosa titubeó un momento, pero se alzó. En cuanto se irguió, vio sorprendida como las cadenas doradas desaparecieron, aunque los grilletes permanecieron alrededor de sus muñecas, tobillos y garganta.

Querida Atena… —musitó Zeus con gran pesar—, aunque sé las razones por las que actuaste como lo hiciste en la Tierra, mismas por las que el consejo de dioses desea condenarte… pese a que te ame con todo mi ser, la muerte de Hades no es algo que pueda pasar por alto. Y siendo tú la mano ejecutora, temo que debo ser justo.

La diosa de la guerra permaneció imperturbable, decidida a aceptar el castigo. Preparó su mente para cualquier condena, con la tranquilidad de saber que sin importar lo que le sucediera, la Tierra estará a salvo finalmente. Su pecado ha valido bien la pena.

Atena anticipó muchas sentencias… pero no la que le fue dada.

A partir de ahora, tu deber será permanecer en el Olimpo. Jamás podrás volver al mundo de los mortales. Velarás por ellos desde aquí, ya que he decidido que serás tú quien esté a cargo a partir de ahora, procurando que se lleve a cabo el plan que he de poner en marcha desde éste momento.

***

Siberia, Bluegard

Alexer permanecía pasmado ante su lectura. Varias veces tuvo que releer creyendo que estaba pasando cosas por alto, se esmeró por leer entre líneas en búsqueda de algo sospechoso.

Estaba sorprendido, a la vez preocupado… Por alguna razón, el contenido no le transmitía alivio, sino creaba todavía muchas más preguntas de las que temía su contestación. Tal vez más adelante lo descubra.

No terminó de darle vuelta a la siguiente página, cuando uno de los guerreros azules entró repentinamente por la puerta del estudio.

Era obvia la urgencia del guerrero por comunicarle una noticia— ¡Señor Alexer, algo sucede por la entrada sur! ¡Estamos bajo ataque!

****

Grecia, Villa Rodorio

En un callejón polvoriento repleto de sombras, un par de ojos saltones miran con codicia las mercancías del establecimiento más cercano. Aquel que era atendido por un anciano encorvado que no podía ver más allá de su nariz, pero que reconocía fácilmente el valor de las monedas entre sus dedos.

Sólo tenía una oportunidad, el dolor en su estomago lo impulsó todavía más a abandonar su escondite, acercarse a la tienda, tomar toda la fruta que pudiera sujetar entre sus brazos.

El anciano se percató del robo por los sonidos. Intentó inútilmente seguir al maleante con una escoba en mano, pero inútil fue por sus débiles y artríticas rodillas. Sin embargo, sus gritos alertaron a todo curioso.

El ladronzuelo corrió entre la gente, utilizó su pequeña estatura para no ser notado nadie.

En su desespere de mirar hacia atrás mientras corría, alguien le metió el pie. Tropezó aparatosamente sobre el camino empedrado, raspándose rodillas y rostro, soltando el botín de manzanas.

El pequeño de no más de siete años, fue alzado con brusquedad por el brazo. Miró asustado a quien lo pilló.

—¿Pero qué tenemos aquí? —dijo al hombre de ojos dorados que lo sujetaba por la muñeca.

El niño comenzó a llorar, hablando en un idioma que fue inentendible para los oídos de su captor.

—Es una lástima, tan pequeños y ya cometen actos de ésta clase. Robarle a un pobre viejo —ignoró los lloriqueos, importándole muy poco el no comprender su lengua—. Es claro que hay que enseñarte una lección para que nunca más pienses si quiera en volver a robar —comentó el viajero quien ya era observado por algunas personas en las cercanías.

Arrastró al niño hacia un estante, en cuya superficie colocó el brazo del pequeño quien enmudeció al intuir la intensión.

Algunos castigo barbáricos permanecían en la memoria de las personas, y Nauj planeaba llevar a cabo la mejor sanción que conocía para los ladrones.

Quienes observaban, se exaltaron al entender lo que sucederá, pero ninguno de ellos era lo suficientemente veloz para interferir.

Nauj alzó su brazo como si se tratara de una espada desenvainada, soltando un golpe que será capaz de separar al niño de su mano derecha. Pero, antes de lograr su cometido, alguien apretó fuertemente su antebrazo, deteniéndolo.

Nauj miró con hostilidad el rostro sereno del hombre que contuvo su fuerza. Ambos intercambiaron miradas retadoras, dejando en claro que ninguno de los dos rehuiría una pelea de ser necesaria.

—¡No puedo creerlo! —se sorprendió aquel que acompañaba a Nauj—. ¡Te descuido por unos momentos y estabas por cometer tal barbaridad! —espetó el joven Jack, aproximándose.

Jack sólo se detuvo a comprar un poco de pan y frutas debido al hambre que sentía. No terminó de pagar cuando escuchó las exclamaciones de la gente, percatándose con horror de lo que acontecía. En algún momento llegó a pensar en utilizar sus poderes, pero pensó en todas las personas a las que podría herir. Afortunadamente alguien más apareció para controlar la situación.

—¿Qué es lo que exactamente planeabas hacer? —murmuró el de cabello escarlata a Nauj, quien sonrió ampliamente, liberando al rapaz.

Tras notar el equipaje que ese otro viajero llevaba a espaldas, Nauj decidió comportarse. Podía saberlo, lidiaba con un santo. Reconocería esa soberbia donde fuera, así mismo sintió el aire frió que en advertencia el joven le soplaba en la cara.

Tembloroso, el niño busco refugio detrás de la persona que le salvó.

—¿Yo? —Nauj fingió demencia—. ¿De verdad crees que sería capaz de lastimar a un niño?

—Vi lo suficiente como para afirmarlo —respondió el dueño del cosmos frío.

—No lo tomes tan en serio, no iba a lastimarlo —aclaró sonriente—. Sólo quería darle un escarmiento, asustarlo un poco ¿lo ves? —lanzó una mirada al niño que de un sobresalto se escondió todavía más detrás del santo—. Te aseguro que no volverá a intentar nada parecido sabiendo que un loco como yo podría aparecer para detenerlo —masculló. Tras un rápido movimiento, Nauj retomó el control de su brazo, imponiendo su fuerza.

—Eso jamás lo sabremos, ¿cierto? —musitó Terario, bajando la mano.

—Por favor, perdone a mi amigo —se acercó Jack con cautela. Él también percibió el cosmos gélido del viajero de ojos negros, así como el de Nauj que se avivó por un mero instante. No le gustaría estar en medio de una pelea irracional entre dos posibles santos, por lo que tenía que evocar a la razón—. No sabe comportarse con las personas —reprochó con una mirada dura hacia el susodicho—, y es un poco irracional cuando se trata de alguien infringiendo la ley.

Terario ignoró a ese par, girándose hacia el niño que musitaba una y otra vez el mismo enunciado. Flexionó las rodillas para estar a su altura, hablándole en el mismo idioma. El pequeño de rostro sucio abrió los ojos con gran sorpresa, aliviado por encontrar a una persona que pudiera entenderle en esas tierras desconocidas.

Después de un intercambio de palabras y algunos sollozos, Terario tomó la mano del pequeño para guiarlo— Este niño ha viajado desde Rusia para reencontrarse con su hermano —explicó a Jack, de quien podía percibir auténtica preocupación por el infante, así como responsabilidad por lo ocurrido—. Dice que durante el largo viaje en barco, su hermana enfermó como muchos otros pasajeros y murió días antes de arribar a puerto. Desde entonces ha vagado por la zona sin poder darse a entender. El miedo, así como la tristeza, lo llevó a desconfiar de todos. Finalmente, cuando el hambre fue demasiada no encontró más remedio que hurtar sus alimentos. Pero promete que no volverá a hacerlo.

Jack observó al asustadizo niño con ojos llenos de compasión— Que desafortunado, debes estar hambriento amiguito —le obsequió la bolsa de los comestibles que compró hace un momento—. Toma, son tuyos. Es lo menos que puedo hacer después del gran susto que te llevaste.

—Yo me haré responsable de él hasta que lo reúna con su hermano. Pagaré también la deuda con el anciano a quien robó —explicó Terario tranquilamente. Viendo como el niño de cabello rubio miró dentro de la bolsa y sus ojitos se iluminaron de felicidad.

Terario tenía la intención de marcharse, pero la voz curiosa del sujeto de ojos escalofriantes lo detuvo.

—Así que eres de Rusia, cuna de los caballeros de cristal —Nauj recalcó, permaneciendo de brazos cruzados.

—De una de ellas —corrigió Terario con indiferencia—. Ustedes dos… también son santos de Atena ¿o me equivoco? —percibía la energía del cosmos fluyendo por sus cuerpos.

—Es complicado... —murmuró Jack.

De pronto, se alzó una voz autoritaria que exclamó— ¡Ustedes forasteros! ¿Qué es todo este alboroto? ¿Qué es lo que pasa? —el comandante de una pequeña tropa de guardias exigió explicaciones.

Alertados por algunos ciudadanos, cinco soldados acudieron al lugar, rodeando al grupo que alteró el orden.

—Nada de qué alarmarse, ya todo se ha arreglado señores —explicó calmado el santo de Acuario—. No fue más que un malentendido.

—Eso parece… —el cabecilla del escuadrón inspeccionó a los tres con la mirada, sabiendo cuál debía ser su comportamiento hacia ellos, sobre todo al ver el brillo dorado que escapó de entre las mantas de su equipaje.

Antes de que alguno de ellos pudiera moverse o continuar, una inesperada corriente comenzó a soplar por Villa Rodorio. Eran los vientos que alertaban de una tormenta, arrastrando con rapidez las nubes, alzando el polvo y la tierra. El aire sopla con fuerza, meciendo ropas, cerrando puertas y ventanas. Súbitamente una tormenta de arena sacudió la ciudad como un tornado, logrando que la gente buscara refugio en sus casas con rapidez.

La cortina de arena cubrió casi de inmediato la villa, extendiéndose hacia las mismas puertas del Santuario donde nuevos centuriones custodiaban la entrada.

Se extrañaron por la inesperada tormenta de arena, jamás había ocurrido nada como esto en Villa Rodorio. Se tomaron unos segundos para tallarse el rostro por el picazón que sintieron en los ojos, maldiciendo no poder ver.

La arena sirvió como una cortina espectral, una que escondió las figuras que se desplazaron como una jauría de chacales hambrientos por todo Rodorio. Una vez que la dejaron atrás, el que encabezaba la manada entró en frenesí al observar a sus primeras dos víctimas.

Un rayo azul atravesó el corazón del guardia de la izquierda, cayendo al suelo sin saber siquiera qué le mató. Para el segundo, el golpe que recibió en la nuca terminó por partirle el cuello en dos.

Dentro del Santuario, los sensibles al cosmos se sobresaltaron al percibir extrañas presencias aproximándose. La tormenta estaba envuelta por una energía que circulaba por toda la bruma, ocultando a un número de individuos del que todavía no podían estar del todo seguros. El viento arenoso obstruía cualquier intento de averiguarlo.

Sabiendo que en esta ocasión no se trataba de ninguna prueba, Shiryu envió las órdenes a cada miembro del Santuario que pudiera escuchar su espíritu.

El Patriarca permaneció en el Gran Salón cual era su deber, siendo Seiya sus ojos al poder ver el nubarrón que ha devorado el pie del Santuario.

—No creo que esa capa de arena pueda avanzar más —pudo asegurar Seiya, sabedor del tremendo poder que ungía al Santuario capaz de repeler muchas clases de artimañas—. Deberán abandonar su escondite dentro de poco.

—He sentido como dos de los nuestros han caído… —musitó el Patriarca, contrariado—. Esto no es bueno ¿Qué es lo que está pasando? ¿Quién nos ataca y por qué?

A su lado, Shunrei permanecía silenciosa.

—Quienesquiera que sean no avanzarán mucho. Los santos de oro están en posición —informó Seiya, a la expectativa de lo que pudiera percibir.

—Hasta aquí. Mí cosmos no puede extenderse más allá de estas escaleras —aclaró la voz de un joven varón dentro de la ventisca.

—Esta debe ser entonces, la entrada hacia las famosas Doce Casas del Zodiaco. ¿No es así, Shai? —preguntó otro hombre, momentos antes de abandonar el refugio de la tormenta de arena. El sol golpeó sus ropajes de oro, iluminando un rostro de tez morena y la cabellera oscura emergente del casco con forma de cabeza de halcón.

Cualquiera sería capaz de confundirlo con un santo de oro, mas el diseño de su manto dorado estaba fuera de de las doce vestimentas del zodiaco. Se mostraba mucho más colorida y vibrante por las líneas turquesas, blancas y negras que adornaban la coraza. Así mismo, las alas metálicas que protegían su espalda llegaban a tocarle las pantorrillas.

Otra vestimenta de oro emergió del torrente arenoso. Una máscara cubría la cara de la guerrera que parecía conocer bien los territorios del Santuario.

—Precisamente. Si queremos llegar hasta donde se encuentra el Patriarca, habrá que traspasar esos doce templos, venciendo a sus respectivos guardianes —explicó la enmascarada de cabello largo y negro.

—Pero yo no siento ningún poder de alguna de esas casas —se adelantó un hombre de armadura negruzca—. ¿No dijiste que la orden dorada se encontraba incompleta?

—No seas imbécil— siseó molesta la mujer—, los santos pueden desaparecer su cosmos a voluntad y sólo hacerlo estallar cuando lo crean necesario. Han pasado muchos años desde mi última visita al Santuario. Podría haber ya doces santos de oro esperándonos.

—Once, querrás decir —corrigió sarcástico el de apariencia sombria y tenebrosa—. Recuerden que no es mi problema el número de enemigos que ahí haya… El tiempo corre —les recordó, imitando el sonido de las manecillas de un reloj al chasquear la lengua.

—Y no fallaremos —aseguró otra mujer de llamativa armadura azul. Las alas de su ropaje lucían majestuosas con el contacto de la luz solar. Su piel morena resaltaba en gran medida por el turquesa de su ropaje. Sin mascara que escondiera su femineidad, era dueña de dos zafiros que permanecían en su mirada, y de una cabellera ondulada de color oscuro.

—Yo permaneceré aquí — aclaró el creador de la polvareda, sin abandonar el refugio que le da el viento—. Cuidaré que nadie intente sorprenderlos por la retaguardia.

Ninguno de ellos dudó en dejar a su compañero atrás. Subieron las escalinatas de peldaños blancos a toda prisa. Estaban por entrar a la primera casa, cuando cinco luces escarlatas destellaron desde el interior, dirigiéndose hacia ellos como estrellas fugaces.

Cada uno de los cinco guerreros eludió aquella que fue dirigida sólo para ellos. Deteniéndose estrepitosamente, estudiando el cosmos que emergía del templo.

—Eso fue únicamente la bienvenida, la próxima vez no pienso ser tan cordial —advirtió el santo dorado que salió a la luz—. Ha pasado mucho tiempo, Shai ¿amigos tuyos?

—Souva… —musitó desconcertada la mujer de máscara dorada—. ¿Qué hace el caballero de Escorpión en el templo de Aries?

Efectivamente, el Escorpión Souva adoptó Aries como su casa guardiana— Temo que no existe todavía un guerrero que tome éste puesto. Por lo que me permití venir y ser el primero en recibir a nuestros invitados —realizó una sarcástica reverencia moviendo su capa carmesí—. Aunque nunca esperé reencontrarme con una antigua conocida —masculló con rencor—. Dime ¿qué es lo que exactamente planeas? ¿Quiénes son tus nuevos amigos?

—¡Apártate Souva si sabes lo que te conviene! —aconsejó la guerrera, cuya cloth no era otra más que la inspirada en la constelación de Virgo.

Antes de que Shai atacara, la apartó el hombre de atuendos dorados. Sin preámbulos, éste dijo— ¡Somos los Apóstoles del poderoso Ra! ¡Hemos venido al Santuario a tomar la vida de su Patriarca y la de todos los santos que lo conforman.

Continuará…