Bien, aquí está el siguiente. Se me ocurrió un día que estaba un poco depre.

Aún así, espero que les guste C:

-Notas de autor ligeramente editadas al 1 de diciembre de 2013


La fama del bebé

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Hanabi se sentía incómoda: más incómoda que nunca en su vida. Y se sentía tan ruinmente cobarde… ¡había tenido que pedirle a Kiba que la acompañara, luego de aguantar su hilarante, insoportable e interminable risa-carcajada-vulgar! (Y claro, quién no se sentiría cobarde si ni siquiera se atrevía a salir de casa a comprar un —agárrense, que se caen— peluche, sí, porque tu almohada ya no suple tus necesidades de comodidad igual que antes —e incluso tuvo que comprar muchas más que ya estaban en casa).

Hanabi se colgaba del brazo de Kiba mientras pasaban frente a unos pequeños restaurantes apretujados entre otros mercados en una callejuela de Konoha. La gente detenía lo que sea que estuviera haciendo, al menos por un segundo, y sonreían al verla —al ver lo que parecía imposible. Incluso los saludaban sin siquiera conocerlos, gente que Hanabi jamás había visto en su vida, vociferando cosas como: "¡Felicidades!" o "¡Enhorabuena!".

Era la primera vez que Hanabi salía a la calle cuando su vientre era realmente notable. No excesivamente, lo suficiente para que la gente viera en ella su pequeño bulto, y sonriera al pensar en lo que crece dentro. Hanabi sentía la sangre cálida en sus mejillas —sabía que estaba ruborizada.

—Quiero irme a casa. —Le murmuró a Kiba.

Él no respondió nada; pero casi enseguida Hanabi se dio cuenta que la estaba desviando de camino. Se detuvo obligándole a él hacer lo mismo y lo miró interrogante.

—Espera, sólo será un momento —dijo Kiba sonriendo, y Hanabi se asombró de lo bondadoso que se sentía, sin una negra intención detrás de sus palabras—. Después prometo que iremos directamente a casa.

Caminaron un poco más hasta que las casas aparecían más espaciadas y se veía a lo lejos los infinitos bosques que daban a la Aldea su nombre. Cuando Hanabi se dio cuenta que la llevaba a campo abierto, probablemente a alguno de entrenamiento, se detuvo de nuevo, sorprendida, casi asustada.

Kiba la atrajo hacia sí por los hombros y ella se tranquilizó. Continuaron andando en silencio. Era cómodo para ambos, estar así, sólo juntos. Solo estando juntos.

—Debes amarme mucho para soportar todo lo que… sufres… —Comentó Kiba, rompiendo el silencio.

Y entonces Hanabi se quedó rígida. En las últimas semanas había tratado de no quejarse, de llevarla con tranquilidad… ¡De verdad lo había intentado, se había esforzado mucho por seguir lo más normal posible! ¡Y para nada, porque todo lo había hecho para que el maldito de Kiba no la pasara tan mal! Pues bien, si no había funcionado, si Kiba se daba cuenta, entonces sí se quejaría y con gusto. Decir todo lo que pensaba y sentía. ¡Y no eran cosas nada buenas!

—Pero…

Kiba habló tan bajo, tan en serio, que no sólo interrumpió los pensamientos de Hanabi, sino que logró que se sintiera mal por haber pensado como lo hizo. Se apegó más a él.

—…cada vez que sientas dolor, cada vez que tu embarazo te agobie, recuerda que siempre hay un reverso a ese dolor, y es vida —Kiba sonrió tierno, y puso una mano en el vientre de Hanabi.

Y el sol se puso. Como en la más cursi de las situaciones.