¡REGRESÉ! ¡TACHÁN, TACHÁN! Bueno después de varios meses de espera, aquí tenéis el nuevo capítulo. Comentaros que el final lo he tenido que partir en dos capítulos, porque se hacía muy largo. Ésta tan solo es la primera parte, espero que la disfrutéis.

¡Besos! Ah, y una cosa más: Mil disculpas por la tardanza.

Capítulo 10: Todo

Draco Malfoy sabía guardar la calma en cualquier momento gracias a esa majestuosa y pura sangre fría que corría por sus venas. Pero en aquella situación, debía de admitir que los nervios le estaban sacudiendo el estómago de tal forma que más de una vez tuvo que respirar hondo para no salir corriendo en cuanto la ocasión se lo permitiera.

- Entra – el que habló fue Potter, que había llevado al Slytherin a una de las aulas abandonadas y cercanas a la de Pociones, donde ahora mismo Snape daba clases a los de séptimo.

El rubio se apoyó en la mesa del profesor, con los brazos cruzados y mirada desafiante. Harry por su parte había tomado asiento en uno de los pupitres mientras con suma tranquilidad (una tranquilidad sospechosa, a juicio de Malfoy) se limpiaba uno de los cristales de sus gafas. No se habían dirigido la palabra desde hacía rato, y es que en lo único que Draco podía pensar era en cómo explicar el encierro de él y Ginny en el cuarto de las escobas.

"Si le digo que nos habíamos caído ahí por casualidad… – pensaba el rubio a toda velocidad – Quizá se le ha pegado algo de la estupidez de Weasley y se lo crea".

Pero la fijeza de los ojos verdes de Harry, el rictus serio de la boca y el ceño ligeramente fruncido, le pusieron más que alerta a la hora de hablar. Sabía que si daba un paso en falso o Harry descubría que le mentía volverían a pelear como en el baile, y no es que temiese que Potter le diera una paliza, simplemente le asustaba (incluso tuvo que tragar saliva) el imaginar a cierta pelirroja cuando se enterara de lo sucedido.

De repente la puerta del aula chirrió y se abrió lentamente. Desde donde estaba, Draco pudo ver como Harry sacaba la varita de uno de los bolsillos de su túnica y la cerraba de nuevo. Luego se quedó con ella en alza, señalando el pecho de Malfoy. Entonces fue la primera vez que Harry se dio el lujo de sonreír.

- Sabes que estás en problemas ¿verdad?

No sonó como una amenaza, más bien era un hecho objetivo. Algo que se sabía con tanta claridad que no había ni que negarlo para no quedar como un tonto. El rubio cruzó las piernas y observó los estantes que poblaban la parte izquierda del aula con frascos extraños y líquidos viscosos. Quería ganar tiempo para responder, una explicación coherente pero ¿el qué? Ginny y él se habían besado, Potter lo había visto, quizá incluso escuchó su conversación con la pelirroja en la que aseguraba estar enamorado. Respiró hondo, contando hasta diez para fijar sus ojos grises y fríos como glaciares en Harry, que permanecía a la expectativa de una respuesta.

- No te metas en lo que no te importa

- Sí me importa

- Pues no debería – Los ojos de Harry se mantenían fijos en el rubio, y entonces hizo algo que Draco no esperaba: Guardó la varita en el bolsillo y soltó un suspiro de resignación antes de rascarse la nuca con tranquilidad y colocarse bien las gafas.

- Cuando Ron se entere de lo tuyo con Ginny te matará, Malfoy

Draco soltó una carcajada desprovista de humor y luego se encogió de hombros, como si el problema no fuera con él, queriendo dar a entender que estaba al margen de todo el asunto. Sin embargo, lo que tenía en mente era distinto. Por un lado, calibraba los pro y los contra de dar la cara ante semejante panda de pelirrojos (sabía que los gemelos y demás hermanos no se quedarían de brazos cruzados en cuanto les dieran la noticia), por el otro imaginaba la cara de sus padres y de su familia al saber que su novia pertenecía a una familia de magos de dudosa reputación y más pobre que un elfo doméstico.

- No importa. Antes me vas a matar tu ¿no? – se levantó de la mesa, acortando la distancia que había entre ambos hasta quedar frente a frente de Harry, tan cerca de él que podía sentir la respiración del chico en su rostro – Pero yo la tuve, Potter, la tuve como siempre la has deseado y jamás la has tenido – el moreno asintió lentamente, sin mostrar odio o indignación por las palabras de Draco - ¿Alguna vez te has parado a saborear el aroma que siempre la envuelve? ¿El color de su piel cuando el sol le da de lleno en la mañana? ¿Sus ojos al despertar o buscarte con la desesperación reflejada en ellos por miedo a que te hayas ido? – Hubo un silencio por parte del moreno, y fue entonces cuando Draco se apartó, negando con la cabeza y sonriendo de medio lado – Ella es mía… y tú deberías darte por vencido y dejarla en paz de una vez por todas.

- Ya me di por vencido, Malfoy.

La mirada que el rubio le prodigaba en aquellos momentos dejaba leer en los ojos grises una gran dosis de incredulidad.

- Tú te crees que yo soy tonto ¿verdad? – alzando una mano comenzó a contar con los dedos – Invitaste a Ginny al baile, le regalaste bombones, has intentado declararte un millón de veces… ¿Y ahora me dices, así de repente, que ya no la quieres? ¿Y yo debo creerte? ¿A ti? ¡No me hagas reír! – Harry ladeó la cabeza, buscando una forma de explicarle a Malfoy lo que había ocurrido exactamente.

- La sigo queriendo, solo que no del modo que yo me imaginaba. Es un amor de hermanos. Solo de hermanos.

- Claro, claro… ¿y a qué demonios debemos el milagroso cambio? – Potter entonces lo miró como siempre, volviéndose de nuevo hermético y tensando cada músculo de su cuerpo.

- Eso, Malfoy, creo que queda completamente fuera de lugar en esta conversación

Se bajó del pupitre y fue hasta los frascos que había en uno de los estantes. Eligió uno que tenía en su interior una rana gorda y de color violeta que nadaba en un líquido amarillo, sin la menor preocupación. Draco observó al chico que tenía enfrente, y no pudo reconocer al Harry Potter que con él había convivido en Hogwarts todos estos años. No era el tipo flacucho y con ganas de fama, ni tampoco el que se pavoneaba de hablar pársel o de haber acabado con Lord Voldemort. En esos momentos, Harry Potter le pareció, por primera vez en toda su vida, un chico normal.

- Ginny te quiere, Draco. De eso, por desgracia, estoy completamente seguro – observaba a la rana que en esos momentos hacía burbujas dentro del líquido amarillento y viscoso – Ella no se merece a nadie tan despreciable como tú y no entiendo cómo puede querer estar con alguien que prácticamente odia todo lo que ella ama – se encogió de hombros, volviendo a poner el frasco en su sitio – Supongo que ve en ti algo que no vemos nosotros – observó a Draco, analizándolo – Que nadie más ve.

- ¿Vas a decírselo a tu amiguito Weasley? – no es que le importara realmente, pero le incomodaba aquella situación, sobretodo el ver a su peor enemigo volviéndose Mahatma Gandhi. Harry por su parte negó un par de veces, antes de ir a sentarse justo al lado de Draco, en la mesa del profesor.

- Hoy hay una fiesta en la Torre de Astronomía. La organiza Gryffindor – se sacudió la túnica como si hubiera algo de polvo en ella, y sus ojos se posaron de nuevo en Draco, conciliadores – Todas las casas están invitadas, incluida Slytherin.

- ¿Estás hablando en serio? – pero Harry no le respondió. En esos instantes la campana anunció que las clases de la tarde habían terminado. El barullo de alumnos yendo de aquí para allá poblaron el pasillo que daba a las mazmorras, y los gritos retumbaron en las paredes de piedra del lugar.

- Es tu último día en la escuela, Malfoy. No la dejes marchar así sin más. – el moreno se levantó entonces, dirigiéndose a la puerta del aula, cuando la voz de Draco a su espalda lo retuvo.

- Yo la quiero – Harry giró y lo miró desde sus profundos ojos verdes. La puerta del aula permanecía abierta, y el pasillo que poco antes había estado repleto de alumnos ya se encontraba completamente vacío.

- Eso ya lo sé – dio un paso adelante, quedando en el umbral de la puerta – Lo que tienes que hacer ahora, es demostrarle al mundo que es así. Que no vas a joderla.

- No lo haré.

- Pues más te vale, porque entonces todo habrá sido en vano – y dicho esto cerró la puerta tras de sí, dejando a Draco Malfoy con una mueca de incredulidad en su rostro que rayaba en lo cómico.

Al cerrar la puerta del aula, Harry Potter no podía creer que él y el egocéntrico, arrogante y perverso Draco Malfoy hubieran tenido una conversación que se pudiese definir como civilizada. Dio unos pasos para dirigirse escaleras arriba a la torre de Gryffindor, pero algo lo hizo detenerse. Una risa de mujer sonó en el pasillo deshabitado, haciendo que Harry sonriera divertido, acariciándose los pelos rebeldes que estaban de punta en la coronilla.

- No recordaba que estabas aquí – soltó al aire, sin borrar por un instante la sonrisa de su rostro - Escuchaste toda la conversación ¿eh? – de nuevo la sonrisa retumbó entre las paredes de piedra de las mazmorras, para materializarse más tarde en un cuerpo delgado y femenino, un cabello largo y unos ojos grandes y azules que lo miraban con ternura – Nunca más te volveré a dejar mi capa invisible, Luna Lovegood. – La chica volvió a reír, esta vez abiertamente y con mas fuerza que antes.

- Lo has hecho muy bien, Harry – dijo, acercándose hasta el moreno para besarlo con delicadeza y enlazar sus brazos finos a la nuca del chico. Tenía la camisa entreabierta y por ella asomaba el débil brillo de un colgante de oro. Harry lo sacó a la luz, dejando ver en su extremo un pequeño reloj de arena.

- Gracias a tu giratiempo no me he perdido la clase de Pociones con Snape, ni tu la de Aritmancia con Véctor. Fue un buena herencia por parte de tu abuela materna – suspiró aliviado, dejando dibujar en sus labios una sonrisa cómplice – Me pregunto cómo se las apañará Malfoy para salir ileso del castigo que le espera por ausentarse. No es que me importe, pero su asistencia a la fiesta en la Torre…

- Es el favorito de Snape – lo interrumpió la chica, indiferente – Sobrevivirá.

Ambos se volvieron para observar la puerta del aula donde aún se encontraba el Slyherin, que aún no había salido.

- Solo espero – comentó Luna de repente – que sean tan felices como lo somos ahora tú y yo – frunció el ceño, con una sonrisa bailándole en el rostro- Aunque lo suyo me ha costado, tuviste que ver a Ginny besándose con Malfoy en el vestuario después de un entrenamiento de quidditch para que reaccionaras.

Harry chasqueó la lengua, evadiendo los ojos de Luna con vergüenza.

- Bueno, pero el caso es que finalmente estamos juntos ¿no? Además, después de eso nos hicimos amigos… muy amigos…

- Amigos con derecho a roce ¿eh?

- Exacto – asintió divertido el chico, separándose un poco para ir escaleras arriba – Ahora somos pareja, y eso no lo va a cambiar Ginny – lo pensó un instante y añadió – Ni nadie.

- ¿Qué crees que pasará en la fiesta? – preguntó con voz grave, echando pequeños vistazos hacia atrás para ver si Draco venía tras ellos escuchando la conversación.

- A eso, Luna Lovegood, no puedo responderte – suspiró resignado, siguiendo la mirada de su novia y comenzando a subir las escaleras de las mazmorras – Lo que sí puedo decirte, es que será una fiesta con mucha acción.

Y llegaron al hall del castillo, donde todos los alumnos se arremolinaban para la última cena de aquel año en Hogwarts.

Con al albornoz puesto y el pelo chorreándole agua en la almohada, Ginny Weasley pensaba en cómo su vida cambiaría doce horas más tarde. Se había dado un baño con todos los potingues inimaginables, traídos de contrabando a su habitación por Hermione y pertenecientes a Lavender Brown y Parvati Patil.

- Ellas dicen que esto te relaja – le había dicho la chica, que le echaba una mirada más que crítica a uno de los botes en los que se podía leer "Flor de la Polinesia, el jabón de la Pasión" – Aunque creo que más bien acelera el pulso de más de uno.

Cuando Hermione se fue, Ginny reunió todos los cosméticos mágicos y se encerró bajo mil embrujos una hora larga en el baño, llenando hasta arriba la bañera con espumas de colores y vaho que hacía diferentes figuras en su ascensión al techo de la estancia. Ahora, se encontraba tirada en la cama, y aún con las mariposas que tenía antes de la sesión de espuma y jabón revoloteando en su estómago, por las que ni siquiera había asistido a la cena del colegio, a la última cena.

En lo único que podía pensar era en su último encuentro con Draco, en sus labios y en el tacto de su piel. En aquella espalda que ella tantas veces había arañado y creía perfecta, en su sonrisa o sus ojos grises, tan expresivos para Ginny que con solo una mirada le describía un mundo de ensueño.

- Y ahora qué – dijo en alto, observando el techo inmaculado de la habitación – Ahora que te vas qué demonios vamos a hacer, Draco. Qué hago.

Suspiró con pesadez, y al intentar girarse, vio que alrededor suya, en la almohada blanca, se había formado un cerco oscuro debido al agua que le goteaba del cabello largo y pelirrojo. Sus compañeras de habitación habían ido a vestirse a la habitación de Hermione, donde Lavender y Parvati habían organizado una especie de salón ágico de peluquería y estética para todas las chicas pertenecientes a Gryffindor. Pero Ginny prefería ir más a su aire, con su propio estilo, que no tenía nada que ver en absoluto con las excentricidades de Lavender y Parvati, excentricidades que de vez en cuando rayaban en lo estrafalario.

Se incorporó con desgana, y con un movimiento de varita abrió su baúl, donde ya se encontraba su ropa bien doblada y muy ordenada. Le echó un vistazo a sus camisas, sus camisetas, faldas y pantalones. Tenía ya todo aquello tan visto que no se le antojaba nada realmente especial como para ponerse esa noche. Se sentó en el suelo, suspirando con furia y rascándose el cuero cabelludo con rabia, haciéndose daño.

- ¡Esto es una pesadilla! – gritó con exasperación, dejándose caer en la moqueta roja.

- Bueno, pues vamos a convertirlo en un bonito sueño hecho realidad ¿no? – cuando Ginny alzó los ojos, Luna estaba en su habitación. Vestía unos pantalones blancos que conjuntaba con una camiseta roja asimétrica. El cabello largo y lacio lo llevaba muy estirado, recogido en la nuca con una cola, dejando su flequillo sujeto con unas pinzas con forma de escarbatos que brillaban y cambiaban de color a cada paso de la muchacha.

- Vaya, Luna, estás…

- ¿Guapa?

- Sí – frunció el ceño, arrugando la nariz y multiplicándole las pecas del rostro - ¿de dónde has sacado esa ropa? – la chica se sentó al lado de la pelirroja, y fue cuando Ginny vio que cargaba con una caja enorme de color azul eléctrico con lazos plateados estampados. Luna la dejó a un lado, olvidada, llevando la mano al baúl para dejar caer la tapa con un sonoro "Pum".

- Fui a Hogsmeade con Harry ayer. No sé si sabrás que allí hay varias tiendas con artículos muggles, y bueno… - se encogió de hombros, sonriendo – Solo escogí lo que más me gustó. Más o menos media tienda – y le guiñó un ojo celeste a Ginny, que no salía de su asombro. Luego cogió la caja azul eléctrico, y se la puso a la pelirroja en el regazo – Esto es para ti. Harry me ayudó a elegirlo. Digamos que es un regalo de los dos.

- ¿Desde cuando eres tan amiguita de Harry como para ir juntos a Hogsmeade y no enterarme de ello? – sus oscuros ojos pasaban de Luna a la caja, y de ésta a la chica, que no había borrado ni por un instante la sonrisa de sus labios maquillados de un brillante color coral.

- Desde que cierto día me lo encontré cerca del campo de quidditch con escoba en mano, lleno de tierra y medio abatido porque había descubierto a la chica que le gustaba con otro – la pelirroja se sobresaltó, y abrió la boca para excusarse, pero Luna alzó una mano – A mí no tienes que darme ninguna explicación, Ginny. Si tú quieres estar con Malfoy… bueno, es cosa tuya.

- ¿Desde cuando lo sabes? – preguntó con un hilo de voz, sintiendo que un cubo de agua fría le caía encima, que sus músculos se entumecían y apenas podía moverse. Las mariposas de su estómago empezaron a moverse más rápido aún si cabía.

- Desde el curso pasado – respondió Luna con total tranquilidad - solo que esperé que lo vuestro fuera uno de esos amores pasajeros ¿sabes? Aunque me equivoqué del todo. ¡Pero no pongas esa cara, mujer, que no se lo he dicho a nadie!

La pelirroja tenía la boca abierta, el tono de su piel pecosa se tornó pálido, casi amarillento, y sus ojos marrones dejaban traslucir el miedo que sentía. Miedo que hizo que su estómago se encogiera hasta aplastar las mariposas que flotaban en él desde antes de la cena..

- Yo… no sé que decir – Luna negó insistentemente, haciendo que los escarbatos de sus adornos cambiaran intermitentemente del azul al verde. Del amarillo al violeta.

- Cuando Harry te vio en el vestuario con Malfoy… - torció la cabeza, como buscando la palabra exacta para describir la situación – Digamos que abrió los ojos respecto a lo que tú podrías llegar a sentir algún día por él. Me contó lo que había visto, y que tenía intención de contárselo a Ron para que terminara lo vuestro. Discutimos por ello, le dije que yo ya sabía a qué se refería y que no se lo iba a permitir. – abrió las manos, dando por sabido lo que venía después- Cada día quedábamos para charlar… y poco a poco fue reparando en cierta chica de Ravenclaw que lleva prácticamente dos años enamorada de él.

- ¿Tú estabas…? – Luna asintió, comenzando a jugar con un hilo deshilachado de la moqueta roja de la habitación.

- Desde finales de cuarto curso, cuando el día de fin de curso quiso ayudarme a encontrar mis pertenencias. Ya sabes la costumbre que tenían los de mi casa con hacerme esas bromas, aunque luego siempre aparecía todo en su sitio – arrancó por fin el hilo, lanzándolo al aire y haciéndolo flotar con un toque de varita, mientras susurraba "Wingardum Leviosa" – A veces, Ginny, la persona que quieres es la que menos esperas. Tú deberías saber de eso – dejó caer la varita, y con ella el hilo se perdió en algún lugar desconocido de la moqueta. Luna entonces sonrió – Ahora abre la caja, vamos ¿a qué esperas?

Ginny Weasley había asistido a muchas fiestas de su casa, pero desde luego ninguna se podría comparar jamás con la que organizaron aquella noche para despedir a los de séptimo y celebrar de nuevo el triunfo de Griffyndor ganando La Copa de las Casas y La Copa de Quidditch.

La Torre de Astronomía no parecía la misma después del cambio. Los telescopios, pergaminos, plumas, tintas y mapas lunares y estelares habían sido cambiados por pequeñas placas de cristal reflectante que dejaban escapar pequeños copos dorados, imitando polvo de hadas. Los muros del lugar estaban adornados por flores blancas y enormes, por enredaderas y pequeñas hadas plateadas y rosáceas que habitaban entre los ramajes para dar una luz tenue al lugar. Aun lado habían colocado una mesa con bebidas y algo que picar (empanadas, sándwiches, patatas y algunos dulces y chucherías que Ginny dedujo caprichos de su hermano Ron), y en el opuesto un atril se alzaba por encima de sus cabezas (apenas veinte centímetros) donde una chica de cabello corto, violeta con mechas blancas, tocaba el violín acompañada de varios instrumentos celtas que seguían el ritmo por medio de un embrujo. Todo estaba rodeado de velas que pendían solas y en un rincón, varios sofás y butacones de diferentes colores donde la gente que no bailaba descansaba tomando sus bebidas.

Cuando la puerta de la Torre se abrió, Seamus Finnigan y Neville Longbottom las recibieron con una más que amplia sonrisas.

- Heme aquí con las bellezas de Ravenclaw y Griffyndor – bromeó Seamus, dándole un codazo a Neville y guiñándole un ojo a éste cuando Luna y Ginny rieron divertidas por el piropo – Estás chicas se merecen los mejores antifaces de la fiesta ¿no crees Longbottom?

- ¿Antifaces? – preguntó Luna, incrédula, pero antes de que le respondieran, Neville ya les había puesto a cada una un hermoso antifaz entre sus manos. El de Ginny era negro con plumas doradas y verdes de reflejos azulados. En la frente tenía varias flores y dibujos hechos con purpurina de los mismos tonos que las plumas. El de Luna Lovegood era rosa pálido, casi blanco, con plumas malvas y purpurina plateada que dibujaba unas pequeñas aves en las sienes.

- Son preciosos – dijo Ginny, colocándose su antifaz. Seamus se puso el suyo, que era azul y amarillo, mientras que el de Neville era anaranjado - ¿Todos en la fiesta los llevan?

- Claro – asintió Neville, con su cara rechoncha oculta bajo el antifaz – Te lo tienes que quitar a medianoche – señaló un enorme reloj de arena que no tenía en su interior arena, sino piedras amarillas, verdes, rojas y azules, simulando el color de las cuatro casas de Hogwarts. Caía una por cada segundo – Cuando dé la última campanada habrá un espectáculo y todo ¿sabéis? La verdad es que tus hermanos gemelos nos han ayudado mucho, Ginny.

- Sí – admitió Seamus, arreglándose la camisa de rayas que llevaba al ver que Parvati Patil y Lavender Brown lo miraban coquetas, cuchicheando entre ellas – Bueno, yo creo que me voy a ir a bailar un rato ¿eh? – dijo dirigiéndose a la pista – ¡Por cierto! – se volvió, gritando por encima de la música celta que sonaba en esos momentos – ¡Esa ropa te queda muy bien, Ginny!

- ¡Gra… Gracias! – la pelirroja sonrió tímida, sonrojándose, mientras Neville se disculpaba e iba a saludar a unas chicas de Hufflepuff para ofrecerles antifaces y Luna le hacía señas a Harry para que se acercase.

Ginny entonces fijó su vista en el reflejo de una de las ventanas de la Torre de Astronomía, donde su reflejo le devolvía la mirada. La caja que le había dado Luna, contenía un hermoso traje azul medianoche, de escote redondo y cuyos finos tirantes (enlazados con hilo plateado) se cruzaban desde la espalda a la cintura. Era estrecho hasta las caderas, y ahí cogía un poco de vuelo, por encima de las rodillas. Los tacones eran negros, de tiras y adornados con unas finas cadenas plateadas (de una de ellas pendía una pequeña y disimulada "D"). El cabello lo llevaba suelto, ondulado, y de él pendía unas cadenas similares a la de los zapatos, pero mas finas, casi transparentes, que tenía engarzados unas pequeñas piedras que parecían flotar en el cabello ondulado. Aquí y allá había disimuladas trenzas puestas en lugares estratégicos.

Cuando Harry llegó a ellas no podía salir de su asombro. Vestía muy elegante, con una camisa negra de rayas blancas que le hacía verse más serio y maduro. Tras él, Ron y Hermione, muy abrazaditos, se acercaban con paso lento.

- ¡Estáis preciosas! – confirmó Hermione una vez más, admirando tanto el conjunto de Luna como el de Ginny. Ron por su parte rodeó a su hermana, frunciendo el ceño con gesto desaprobador - ¿Y a ti qué te pasa?

- Que eso no es un traje. Es un trapo que no oculta nada, así como el tuyo ¿quién te dijo que lo que llevas se puede llamar vestido?

- Carolina Herrera

- Pues esa Herrera no sabe nada de nada – bufó despectivamente, echándole un vistazo al vestido blanco de raso con flores rojas bordadas en el escote y palabra de honor que llevaba Hermione – Los muggles a cualquier cosa le llaman "moda".

La respuesta de Hermione Ginny no la escuchó, porque en esos momentos, en la puerta de la Torre de Astronomía, un chico rubio, de ojos grises que vestía una camisa blanca con pantalones oscuros, se ponía un antifaz verde oscuro con adornos en plata y negro. Tras él, un grupo numeroso también se colocaba con aspecto de pocos amigos, sus respectivos antifaces.

Los ojos de ambos se encontraron, y la pelirroja no pudo evitar que su cuerpo se estremeciera. Estaba ahí en la fiesta ¿pero cómo era posible, sin ningún Slytherin, que ella supiera, había sido invitado? ¿Por qué estaban ahí todos los chicos del último curso, entonces?

- Vaya – comentó Luna, observando la cara asqueada de Ron y la melancólica de Ginny – Creo que va a ser una fiesta interesante.

- De eso – dijo Hermione, con tono preocupado – No te quepa la menor duda.

Sé que dije que éste sería el último capítulo del fic, pero resulta que el final se me hizo más largo de lo que yo pensaba, y para no hacerlo muy pesado he decidido que mejor cortarlo aquí. Pido disculpas de nuevo por la tardanza, pero en serio tuve problemas para terminarlo. Ahora me despido, esperando no decepcionaros demasiado y que no me matéis por dejaros en vilo. ¡Besos! ¡Sed buenos!