Capítulo inspirado en una metamorfosis extraña entre Hurricane de 30STM y Kagayaku Sora no Shijima ni wa, de Kalafina [Sí, el del episodio Drama de la muerte de Alois T.T]
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Capítulo 10. Verdades que se esconden aún después de la muerte.
By:
HirotoKiyama13
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Cuando el llanto recorre tus frías mejillasy se te ha acabado el tiempo
Buscas la luz entre la oscuridad…
Pero ésta se ha alejado
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La silueta de una mujer de la edad de la chica se hizo presente, mostrando a una rubia con mirada azul grisácea, completamente decidida, que se encontraba apuntando a la de cabello castaño.
Eva se enderezó y miró fríamente a laintrusa.
—Quédate quieta, Eva Phantomhive.
La aludida se limitó a soltar un bufido, a la vez que dejaba caer las delgadas piernas de su hermano sin compasión alguna. En esos momentos, cualquier persona se diría sí misma '¿Cómo mierda es que llegaron? ¡Se supone que nadie lo sabría!', y entraría en pánico o comenzaría a divagar por la habitación para encontrar alguna arma que sea capaz de luchar contra la pistola que llevaba la intrusa. Pero con ella no era así. Ni siquiera se inmutó en que Ciel comenzó a toser fuertemente, ya que su mirada fría de un color azul oscuro se centraba únicamente en Amber.
—Vienes sola—la voz de Eva hizo eco en la habitación—. Es eso, o dejaste a tu compañía en el auto. La agente que se preocupa por el bienestar de los ciudadanos no quiere sacrificar más vidas de las necesarias—concluyó con algo de burla en su voz.
—Aléjate de Ciel—le ordenó, tratando de ignorar la sonrisa burlona que se surcó en el rostro de la castaña. Dirigió rápidamente su mirada al pequeño para asegurarse de que estaba bien—. Ciel, aléjate de Eva.
El Conde jadeaba sin poder evitarlo, y su mano izquierda se encontraba en su torso. Sentía que le dolía todo el cuerpo y una posibilidad de varios huesos rotos cruzó por su mente. Cerró los ojos con firmeza y lanzó un suspiro, el cual demostraba lo cansado que estaba. Su respiración sibilante y las exageradas bocanadas de aire del niño de cabellos azules, le dieron a entender a Amber que quizás la enfermedad crónica que éste padecía, se podría manifestar pronto. Le miró con preocupación, descuidando a Eva en el trayecto.
—Ciel, cariño…—le habló Amber. En seguida, la cabeza de Ciel comenzó a ladearse en su dirección con lentitud. Eva aprovechó eso para verificar el territorio, comprobando así que sólo estaban ellos tres—. ¿Dónde está tu inhalador?
Una pequeña carcajada salió de los labios delgados de Eva.
—Lo rompí hace menos de una hora.
Amber pegó un respingo y su mirada se dirigió a la Phantomhive, la cual no mostraba sentimiento de compasión o culpa al ver el estado de su hermano. Se maldijo a sí misma por olvidar la presencia de la castaña, pero después su cabeza quería explotar al no saber a quién prestarle más atención. En esos momentos, deseó tener por lo menos a Sebastian allí como ayuda, pero sabía que era demasiado riesgoso y que ella misma les rogó que se quedaran en el auto, al menos hasta por unos momentos.
Meneó ligeramente su cabeza, comenzando a preocuparse.
—¿Por qué?
—Porque quise—se limitó a decir. Su mano se posó en su cabello, tratando de hacer rizos con sus dedos largos y finos, recordando por breves momentos las enseñanzas de su madre, las cuales le sirvieron de poco. Bajó su mirada al cuerpo de su hermano—. Fue divertido hacerlo. Sabía que pronto pasaría.
La tosedera de Ciel interrumpió la extraña charla que tenían las dos mujeres. Amber alertó sus sentidos, aún con la pistola en mano apuntando a Eva aunque sus brazos le dolían demasiado. Se maldijo de nuevo por olvidar sus clases en Scotland Yard. En cambio, la castaña se limitó a suspirar. Se estaba aburriendo, y estaba calmando sus ansias asesinas porque sabía que Sebastian no tardaría en llegar. Lo conocía, y sabía que era una persona que no se tomaba las cosas con calma a pesar de que quisiera negar, diciendo lo contrario.
Amber comenzó a moverse lentamente, turnando su mirada en el cuerpo cansado y sudoroso de Ciel, a la inmóvil y frívola Eva. Con una seña en la cabeza, le indicó a la chica que se alejara, y sorprendentemente se alejó lo suficiente como para que ella se acercara a Ciel. Eso, a Brust se le hizo demasiado extraño. Pensó que se lanzaría hacia ella con un cuchillo en mano o que se quedaría estática ahí, sin moverse ni un milímetro.
Y eso era lo que Eva iba a hacer en esos momentos. Pero se retractó en cuanto se dio cuenta que detrás de ella, encima del buró, se encontraba un artefacto que a simple vista se veía lo suficientemente fuerte como para perforar o romper la cabeza de alguna persona. Y esa persona, sin duda, sería Amber. Ya después se divertiría o cambiaría de habitación. Un deje de adrenalina comenzó a correr por sus venas.
—Ciel, ¿me escuchas? —la voz temblorosa de Amber sonaba increíblemente audible a pesar de sólo estar susurrando—. Cariño, estarás…
La mirada que Ciel le dirigía hizo que se callara por breves segundos. Se podría decir que le trataba de decir algo, ya que se le imposibilitaba el habla. No entendía muy bien la situación, pero ni siquiera intentó voltear su rostro para observar a Eva, la cual se acercaba sigilosamente a ellos dos. Ciel lo único que quería era advertirle. El asma ya lo llevaba controlando desde hace tiempo, así que no había posibilidad alguna de que muriera ahí. Al menos no por esa razón.
No podía moverse y en verdad sentía que en cualquier momento perdería la consciencia por la falta de aire que sentía en esos momentos. Antes había estado en situaciones peores cuando sus padres estaban vivos, pero ahora no podía dejar a Amber sola, a pesar de que sabía que su presencia no afectaría en absoluto. Pero tenía la vaga esperanza de que alguien entrara por la puerta y les ayudara; o al menos que lo intentara. Con algo de dificultad, intentó alzar su brazo y, moviendo su mano en poco, apuntó hacia atrás de la rubia. Esta inmediatamente volteó, demasiado tarde.
Eva se lanzó contra ella ignorando completamente a Ciel, el cual recibió una patada de su parte por accidente. Lanzó un quejido de dolor e intentó moverse otra vez, ya que la riña que se estaba llevando en esos momentos podría ser mala para él. Divisó que Eva estaba encima de Amber, y de alguna u otra forma había conseguido quitarle la pistola; bien podría haberla matado ya, pero al parecer la rubia contratacó, aunque en lugar de tomar alguna cosa en forma de defensa, lanzó la pistola lejos de ambas. Escuchó un gruñido de parte de Eva, haciendo que por fin se decidiera a sacar su arma para acabar de una vez por todas con la vida de la agente.
Era uno de los cuchillos que se encontraban en el lugar, y que Eva tomó aprovechando que minutos atrás Amber le había dicho que retrocediera, ignorándola completamente para después ponerle atención a su hermano, el cual yacía en el piso aún. Se burlaba por sus adentros al preguntarse las razones por las que su amiga seguía siendo una agente si se distraía a cada rato por cosas verdaderamente tontas.
Siguieron forcejeando por un tiempo tratando de apuñalarla con el objeto, hasta que Amber, rompiendo todo patrón que su madre le enseñó antes de morir, la tomó de los cabellos y comenzó a zarandearla sin quitar, ahora sí, la vista del cuchillo que peligrosamente estaba en la mano de la Phantomhive.
De nuevo, se maldijo al no traer a algún hombre consigo.
La castaña tenía la horrible costumbre de jugar sucio con la mente de las personas cuando su cabeza estaba a punto de explotar por el estrés. Sabiendo por adelantado que no sería fácil enterrarle el cuchillo a Amber ya que estaba muy bien entrenada, decidió que primero recurriría a los golpes. Se quedó estática por unos segundos encima de la rubia, mirándola fijamente y con una sonrisa en su rostro. Al ver que ésta le devolvía la mirada fríamente, se carcajeó.
—¿Qué rayos fue eso, eh? —preguntó con ironía—. Pensé que tu madre te había enseñado a comportarte como una verdadera dama.
Amber, que apenas iba a intentar forcejear ya que el cuerpo de Eva prácticamente le quitaba el aire, se quedó helada al escuchar las palabras que salían de los labios de la castaña. Rompió el contacto visual y sus labios comenzaron a temblar, y espasmos comenzaron a recorrer su cuerpo. Eva, al ver la reacción de la rubia, comenzó a carcajearse. Y, sin esperar nada más, le dio una bofetada a la rubia, haciendo que su rostro se ladeara debido a la fuerza que había utilizado. Se mordió los labios y lanzó un suspiro, dándole la segunda bofetada en la mejilla contraria en el proceso. Miró de reojo a Ciel, el cual se había alejado lo suficiente como para poder darle una patada en la posición en la que estaba. Jadeaba exhaustivamente.
—Ambos me sacan de quicio—habló, mientras tomaba los rizados cabellos de la chica con firmeza, para después agitar su cabeza bruscamente—. He escuchado en la televisión que haciendo esto, puedes causar un grave problema en la persona. Bueno, voy a probarlo contigo—le dijo con voz fría.
Amber llevó sus manos a los costados, tratando de buscar mediante el tacto el lugar en donde Eva había dejado su cuchillo. Tendría que librarse de ahí pase lo que pase.
Se lo había prometido a sí misma.
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—Amber se está tardando.
—No me digas cosas notorias, Michaelis.
Sebastian miró con hastío al rubio, el cual caminaba de un lado a otro, debatiéndose si entrar o no. Él también estaba nervioso y muy preocupado por Ciel, y más cuando escuchó una detonación y varios objetos caer. Quiso entrar muchas veces, pero recordaba la mirada decidida de Amber y las razones por las que se empeñaba en atrapar a Eva.
—Pido mis más sinceras disculpas, Conde Trancy—espetó Sebastian con ironía, ignorando la mirada de advertencia del hombre de lentes que se encontraba a su lado—. Estoy preocupado, como pudiste notar.
—Por eso es que le insististe tanto a Amber para ir a con ella, ¿no? —Alois bufó molesto al ver, ahora hacia él, una mirada de reproche de parte de Claude—. ¡Yo también estoy preocupado! Entiendo que William tiene que ir, e incluso Amber. ¡Pero…!
Y su aparente queja se vio callada por un grito de enojo que se escuchó desde lo más recóndito del edificio. Se miraron entre sí con algo de sorpresa y luego con curiosidad. Ignorando completamente todo, Alois entró corriendo al edificio, sabiendo que sería seguido por Claude y Sebastian. Una vocecita en su interior le decía que no se preocupara, que todo estaría bien, pero al ver que Sebastian y hasta el mismísimo Claude irradiaban preocupación en su mirada, supo que eso no era nada bueno.
Era un niño. Vale, que lo era. Pero en situaciones como esa tenía que madurar y hacerse más fuerte para poder ayudar a su amigo. Inconscientemente llevó su mano a la herida que Eva le había hecho dos días atrás. Pasó saliva con algo de dificultad y miró de soslayo a los hombres que venían detrás de él. De pronto, notó algo que llamó su atención.
—¡Cuidado!
Al escuchar la voz de Claude y de Sebastian al unísono, se dejó caer al suelo y cubrió su cabeza con las manos. Sintió como varias piedras de tamaño minúsculo caían en su cuerpo, a la vez que algo de polvo aparecía en el lugar. No pudo evitar toser, para después alzarse rápidamente y ver hacia el frente. Dos hombres de una edad algo avanzada les apuntaban con una pistola, cada uno esperando atentamente cada movimiento.
Uno de ellos, el más pequeño, era algo gordo y llevaba un conjunto negro con una corbata de rayas a colores fosforescentes, chillantes, y una camisa azul perfectamente limpia. Estaba calvo de la parte frontal de su cabeza, y su boca parecía tener una mueca de frustración. El otro, en cambio, era más alto y más flaco, y no iba tan bien vestido como su compañero. Simplemente llevaba una camisa de rayas color blanco con tonalidades grises, y un pantalón de mezclilla color negro.
Maldijo por lo bajo mientras lentamente se acercaba a Claude.
—Así que…—la voz del tipo de la izquierda hizo eco. Tenía un timbre chillón que el mismo Alois pensó que era horrible. Sebastian entrecerró los ojos. Al parecer el tipo no era de ahí—… Ustedes son la compañía de la chica rubia, ¿no?
—Discúlpenos, caballeros—Michaelis se puso de pie dispuesto a ir hacia ellos, pero al ver que los hombres se ponían en posición de defensa listos para disparar, se retractó. Lanzó una mirada rápida a Claude, indicándole que se pusiera de pie. Éste enseguida obedeció, ayudándole a Alois en el transcurso—. Nuestros asuntos no les conciernen…
Los hombres al escucharlo tan seguro, tan frío, no pudieron evitar carcajearse al pensar que Sebastian era estúpido. Jamás se habían encontrado con una persona así… Al menos viva aún. Recordaron los tratos que habían tenido antes con Eva Phantomhive, y un rostro se coló por el pensamiento de uno de ellos.
—Oye, oye, Stroud [1] —le llamó el más bajo, sin despegar la mirada de Sebastian. El otro se dedicaba a mirar a Claude, y más específicamente a Alois—. Este tipo… ¿No te recuerda a alguien?
Stroud, pensó Alois. Ese nombre lo he escuchado en alguna parte, pero no recuerdo en qué lugar… Estoy seguro que lo había escuchado. Aparte, no parecen de por aquí… más bien parecen de…
—Estados Unidos—la voz fría y áspera de Claude lo sacó de sus pensamientos—. Son de Estados Unidos.
Los hombres le miraron con algo de sorpresa para después echarse a reír y avanzar unos cuantos pasos hacia ellos. Stroud, como le había llamado su compañero, apuntó a la cabeza de Claude y le indicó con la mirada que se alejara de Alois y colocara las manos en donde pudiera verlas. Este se quedó quieto por unos breves segundos sin saber qué hacer con claridad, hasta que finalmente se limitó a colocar sus brazos por los costados. En cambio, el hombre regordete se acercó a Sebastian y se dedicó a verlo de arriba abajo.
—Son inteligentes, mi querido Stroud.
—Vaya que sí, Capone [2]. Como unos pájaros adultos que conocen el mundo, dispuestos a desplegar sus alas. Pero qué pájaros tan más estúpidos* —susurró el más alto, mirando con una sonrisa perversa a Alois.
Y este, al escuchar lo que parecía el apellido del hombre, abrió sus ojos de par en par, recordando inmediatamente el lugar en donde había visto a esos dos.
—¡Al Capone y Robert Franklin Stroud! —gritó Alois, mirándolos inquisitoriamente. Los aludidos le miraron con mueca de sorpresa—. ¡Sí, lo recuerdo! ¡Vi sus nombres en el informe que le robé a Eva de su habitación! ¡Ellos le ayudaron a preparar todo para quemar la mansión de los padres de Ciel!
El chillido de susto de Capone les confirmaba la noticia. Sebastian, aprovechando la distracción, le propinó un golpe al hombre gordo para después intentar quitarle la pistola. Stroud al darse cuenta de que su compañero estaba en problemas estaba dispuesto a dispararle a Sebastian, hasta que sintió unos fuertes brazos tomar de los suyos y tirarlo al suelo, perdiendo su arma en el trayecto. Después una patada vino a dar a su estómago, tosiendo por el golpe.
Mientras tanto, Alois seguía con la mirada cada una de las peleas, sin saber muy bien que hacer. ¡Cómo no se acordó antes! Esos tipos eran de Estados Unidos, no de Inglaterra. Despejó sus pensamientos al escuchar el quejido de Sebastian por estar forcejeando con el tipo gordo, tratando de quitarle la pistola. Al Capone era un gánster, así que se imaginó que no la tendría fácil.
Entonces, vio un arma que estaba cerca de él. Dirigió su vista azulina hacia la pelea de Claude, y se dio cuenta de que Stroud, el pajarero de Alcatraz como había leído en el informe, no portaba la pistola. Con algo de duda se dirigió a ella y la tomó entre sus blanquecinas manos.
—¡Alois! —el gruñido de Claude lo sacó de sus ideas. Alzó su mirada de nuevo—. ¡Aléjate de aquí! ¡Llévate la pistola!
Trancy, sin saber que hacer, se quedó quieto deseando que Claude no saliera lastimado. Miró con nerviosismo la puerta en donde se suponía tenía que salir, para después mirar a Sebastian y a su pareja. La cosa no pintaba nada bien en el momento en que Stroud aprovechó la debilidad de Claude y le propinó un golpe, y lo mismo ocurrió con Sebastian.
—¡Ahora!
Y, con un temor en su corazón, asintió con nerviosismo para después salir corriendo.
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—Guarda silencio, Grell.
—Pero…
—¿Hah? ¿Sí ha sido eso? ¡Pero qué ridiculez!
William agudizó su sentido del oído, mientras se acurrucaba lo más que podía detrás del mueble rojo (qué ironía) en el que encontraban ocultos. Grell, que no dejaba de mirarlo, se cubrió la boca con sus manos, reconociendo la voz de Eva al instante.
Habían llegado al lugar correcto.
Podía sentir la furia contenida del hombre de lentes.
—Eres realmente… patética—dijo Eva, con un pie en el estómago de Amber, la cual estaba respirando con cansancio—. Dices que vas a rescatar a Ciel, pero…—dirigió su mirada al cuerpo iracundo de su hermano, el cual estaba recargado en la pared en la que anteriormente había estado atado—… Sólo lo has empeorado. Todo.
Una carcajada escapó de sus labios. Alzó su pie y lo dejó caer con brusquedad en el estómago de la rubia. Al sentir el golpe, Amber sintió que el aire se le iba de los pulmones. Tuvo que abrir exageradamente la boca para tomar aire y así no morir en el trayecto por falta de este. Su brazo trataba de estirarse, para así poder tomar el arma que estaba a unos cuantos metros de ella, pero que no podía alcanzar. Todo ante la atenta mirada de Eva.
—¡No me ignores cuando te estoy hablando!
El rostro de William se asomó por el sillón mullido al mismo tiempo en que Eva golpeaba a Amber con lo que parecía ser una vara de madera. Escuchó el quejido de Amber, la cual se retorcía de dolor todo lo que podía, ya que el pie de Eva no se quitaba de donde estaba. Los golpes se hacían más concurrentes, y pudo observar como lo que parecía ser Ciel Phantomhive, miraba atento la escena con una gran impotencia en su mirada.
Esa simple imagen le hizo recordar a su querida hermana, la siempre hermosa Kristen. Su sonrisa tierna y socarrona, su actitud infantil, pero que se tornaba seria cuando alguien se metía con ella o con su familia. Y entonces pensó, ¿qué hacía él ahí? ¿Por qué estaba oculto detrás del sillón? ¿No debería de estar matando a Eva como si su vida dependiera de ello?
Justo cuando su cuerpo despertó y estaba más que dispuesto a ir sin importarle nada, la mano de Grell en su hombro lo detuvo. Miró con curiosidad.
—Eva ha pateado el arma.
—¿Eh?
—Que Eva ha pateado el arma, Will-san.
—¿Qué quieres que te diga, eh? ¿A cuántas personas maté? ¿Por qué lo hice? —la voz burlona de Eva se escuchó de nuevo por el lugar—. ¿Quieres saber si estoy arrepentida de algo? —William y su acompañante se dedicaron a mirar otra vez la escena y vieron que Eva se dirigía a Ciel—. ¡Pues te mostraré mi arrepentimiento, Brust!
Vieron cómo tomó a Ciel de los cabellos, alzando su rostro bruscamente, ignorando el gruñido de dolor de parte del niño. Vieron también la mirada despectiva que le dirigía a Amber, la cual trataba de incorporarse con dificultad, para después tomar el palo de madera y propinarle severos golpes al ya magullado Ciel Phantomhive.
El niño, a pesar de sentir dolor, no lanzaba ninguna queja. Sólo gruñía, pero ni en el más fuerte golpe vieron una lágrima recorrer por sus mejillas.
Eva lo dejó caer con brusquedad justo al lado de Amber, para después mirar burlona la escena.
—C-Ciel…—la voz cantarina de Amber, ahora con cansancio, le habló al pequeño, el cual tenía entrecerrado los ojos—… Re-Resiste…
La castaña, que había comenzado a caminar hacia donde estaban ellos dos sin aún darse cuenta de su presencia, tomó el arma que había pateado y la colocó en el buró que estaba a su lado. Quería acabar con todos, pero primero quería divertirse con Sebastian. Quería que viera como mataba al mocoso de su hermano y lo descuartizaba poco a poco, para después explicarles a todos cómo se había sentido.
Cómo sintió esa adrenalina cuando acabó con la vida de todas aquellas personas que ella disfrutó matar. Pero sabía que nada sería más placentero que acabar con la vida del mocoso.
¿Por qué? Eso era un secreto que sólo ella sabía. Se lamió los labios con lentitud mientras giraba sobre sí misma para dirigirse a los cuerpos que patéticamente intentaban escapar.
—Espero que Al y Robert no acaben con Sebastian—suspiró, cansada. Miró a Amber, la cual le miraba sorprendida—. Sí, sí, amiga—escupió con ironía—. El gánster y El Pájaro de Alcatraz[*]. ¡Oh, vamos! Yo sé cómo mierda me los conseguí—dijo en un tono pícaro al ver la mirada de reproche de la rubia.
Amber negó con la cabeza.
—Estás… mal…—cerró sus ojos con firmeza. Le dolía su estómago—. Estás…
—Cuerda—le interrumpió Eva, mirándola fríamente—. Eso es lo que estoy. Cuerda.
William y Grell seguían ocultos. El segundo miraba al de lentes con algo de tristeza, pues sabía que traía una rabia iracunda en su interior. Pero también sabía que si no atacaba en el momento correcto, esa oportunidad que la vida le había dado de vengar a su hermana, se podría ir a la mierda. Lanzó un suspiró inaudible y abrazó un poco a su acompañante.
Después de un rato de silencio, la voz de Eva se escuchó de nuevo.
—Te contaré un recuerdito, Amber.
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Alois corría algo cansado, y de vez en cuando miraba hacia atrás para cerciorarse de que no lo seguían. Sentía que el arma estaba algo pesada y por eso se cansó más rápido de lo que pensaba, pero eso no le quitaba el hecho de que estaba preocupado por Claude… y por Sebastian.
Por un momento creyó que se había perdido, pero después de pasar por una puerta levemente abierta e iluminada, se detuvo un poco. Entonces, escuchó una voz que conocía perfectamente.
—Fue cuando realicé un viaje a Estados Unidos. Fue divertido—escuchó como Eva se reía—. E interesante. Aunque no por los tipos en sí, si no porque jamás había conocido a alguna persona que se diga a sí mismo asesino y sea tan… idiota.
¿De qué hablaba? Sin hacer ruido alguno, se acercó a la puerta, tomando bien la pistola, la cual la ocultaba en su chaleco de color morado, algo típico de él.
Un escalofrío recorrió su columna vertebral en cuando la temida Eva Phantomhive comenzó con su relato.
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—Me gustan las mujeres con senos grandes… y ojos grandes también.
—Ya veo…
Eva miró con diversión al hombre que se encontraba frente a ella. A sus dieciséis años, jamás había conocido a alguien que le dijera eso de forma tan despectiva. Le miró de arriba abajo. Tenía aproximadamente veintiocho años, pero el hombre tenía un rostro llamativo. Pálido, ojos del demonio de un color verde opaco, y con una sonrisa encantadoramente angelical. Pero había algo que más le había llamado la atención.
—¿Quieres tener sexo conmigo?
La diversión que le podía proporcionar.
La cafetería de una de las calles más concurridas de Washington estaba algo vacía, ya que era un poco tarde para tomar café. Eva miró su reloj con algo de cansancio, sin sorprenderse ni un poco por la propuesta que le había hecho su acompañante. Con la mirada le indicó que sí.
Pagaron lo que cada quién había pedido y salieron con algo de prisa de ahí. El hombre, del cual aún no conocía su nombre, le miraba atento. Eva le sonrió con ternura mientras ladeaba un poco su cabeza, dejando a la vista su cuello.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó de repente.
El hombre se lamió los labios con deseo sin despegar su mirada de Eva.
—Henry Lee Toole[3]. ¿Y tú? No pareces de aquí—se acercó a ella y la tomó de la cintura. La castaña no rechistó en ningún momento.
—Eva. Eva Phantomhive. Y no. Soy de Inglaterra.
Después de eso, Henry se dedicó a seducirla por el trayecto. Conforme iban caminando las calles se iban haciendo poco concurridas, hasta el punto en el que era raro que algún alma pasara por ahí. Eva se sentía con energías, y sabía que ese hombre sería interesante. Aunque poco le importara su vida.
Podría descargar lo que sentía hacia sus padres en una persona como él.
Llegaron a una casa, la cual no era ni pequeña ni grande. Era de un color beige brilloso, gracias a la luz de la luna que se esparcía por el lugar. Notó con la mirada que era un lugar alejado, ya que sólo unas cuantas viviendas se encontraban cerca. Tres. Cuatro. Seis. Escuchó el rechinido de la puerta y enseguida dejó sus pensamientos para mirar a Henry, el cual la miraba lujurioso.
—Pasa.
Sin decir nada, Eva entró. Monitoreó el hogar y notó muchas cosas interesantes. Primero, vio como varias fotografías de casas rodeadas de fuego, incendiadas, estaban pegadas y esparcidas por las paredes. Luego estaban las imágenes de hombres y mujeres besándose, tocándose o incluso en una orgía. No le sorprendió para nada, pero ante los demás, tenía que sorprenderse.
—¡Oh, disculpa! Es que… Hermanos, ya sabes—mintió. Sabía que mentía.
—No te preocupes—le sonrió, dejando todo de lado, para después tomar a Henry por los cabellos y besarle el cuello—. Tengo dieciséis años, y mis hormonas están a flote. Así que…
Pero no pudo continuar ya que los labios hambrientos y deliciosos de Henry se posaron sobre los suyos con ferocidad. Eva sonrió entre el beso para después corresponder con la misma locura que el hombre. Éste la alzó y ella enredó sus piernas alrededor de su cadera, mordiéndole la lengua en el trayecto. Un poco de sangre se escurrió entre el beso, guiándola así a la habitación.
Y entre gemidos, jadeos, y demás, terminaron agitados en la cama. Las ropas de ambos habían quedado esparcidas por el lugar, y Eva estaba más que atenta a cualquier movimiento del hombre, el cual se encontraba sentado en la esquina de la cama. Parecía ido, y no había eyaculado. Después de un largo silencio, el hombre se volteó hacia ella.
—No quedé satisfecho.
Eva, para sus adentros, sonrió.
—¿Crees que soy tierno?
Su sonrisa se ensanchó aún más. Asintió con la cabeza, aparentando ser tierna. Entonces vio como Henry se ponía de pie a la vez que sus ojos verdes y opacos le miraban hambrientos.
—Te he seducido.
—Estás en lo correcto—mintió.
Lanzó un suspiro al aire, cerrando los ojos al mismo tiempo. Entonces escuchó los pasos de Henry acercarse a ella con velocidad, y enseguida sus orbes azulinos miraron con fiereza al hombre que se detuvo con un cuchillo en mano.
—Quédate quieto—le ordenó—. No vas a matarme.
Ningún chillido. Ningún grito ahogado. Nada. Henry la estudió con la mirada, deleitándose con su cuerpo desnudo y con sus ojos frívolos, siendo que antes eran tiernos. La chica fingía, lo comprendió entonces.
—Te voy a matar—afirmó.
—Eso es lo que tú piensas.
De pronto, la actitud calmada de Henry se volvió extremadamente violenta cuando Eva le lanzó la lámpara que estaba en el buró al lado de la cama desarreglada. Se lanzó contra ella y una carcajada inundó la habitación. Eva no pudo evitar encontrar la escena divertida. Decidida a terminar con lo que había empezado, comenzó a hablar otra vez.
—Pirómano, caníbal, asesino y con aires de necrofilia. Eres demasiado fuerte e inteligente [4]. Buena combinación, Henry Lee Toole.
El hombre estaba sobre ella con el cuchillo a unos cuantos centímetros del cuello de la chica. Ella se la había pasado investigando sobre él, y sabía que había cometido demasiados asesinatos. Un psicópata suicida, sádico y con desviaciones sexuales. Miró su mano y divisó que portaba el anillo de los Phantomhive. Logró zafarse de esa mano y le propinó una bofetada, sacando un aullido de dolor del asesino. Lo quitó de encima y le arrebató el cuchillo. Sonrió con algo de aburrimiento.
—Eres débil. Demasiado, diría yo—se burló del hombre a la vez que miraba el cuchillo con desinterés—. No hago esto por tu país. Vine aquí para divertirme, y tus fotos me dieron ideas para matar a mis padres—la mirada del hombre le sacó de quicio—. ¡Eres un mentiroso!
Y dicho eso, enterró su cuchillo en el pecho, justo en el corazón. La sangre le salpicó hasta el rostro y manchó su cuerpo desnudo, trazando una línea justo en medio de sus pechos. Lanzó una risilla al sentir el brazo de Henry tomar su muñeca, tratando de detenerla. Eso hizo que quisiera continuar, y sacó el arma para después enterrarlo en diferentes partes del cuerpo.
—Violabas ovejas y perros. Estando en la cárcel probaste el sexo con humanos por primera vez—dijo burlándose. Los ojos verdes de Henry estaban perdidos, pero ella seguía enterrando el cuchillo con frenesí—. Patético. Realmente patético.
Se puso de pie sin dificultad alguna y tomó la lámpara que estaba en el suelo, rota. Tomó la parte metálica y de nuevo fue hacia el cuerpo inerte de Henry. Le miró con superioridad sin quitar la sonrisa de su rostro.
—Hospital psiquiátrico… Pero qué mierda—susurró.
Y diciendo esto, se dedicó a golpear al cuerpo inerte en la cabeza.
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—Es interesante, ¿no?
Todos estaban atónitos al escuchar el relato de parte de Eva. Tuvo un encuentro con un psicópata, uno de los más sanguinarios de todo Estados Unidos, y ella platicó su muerte como si estuviera hablando del clima.
Alois comenzó a temblar en el momento en que Claude y Sebastian llegaron con heridas y con sus camisas desgarradas, con la respiración agitada.
Mientras todos los demás comprendían el monstruo que podría llegar a ser Eva Phantomhive.
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—Undertaker-sama.
—Tanaka.
Hicieron una pequeña reverencia ante la atenta mirada de Ronald, que miraba curioso. Entraron en la gran mansión Phantomhive, y el viejo mayordomo los llevó a la sala de estar. Les indicó que tomaran asiento, mientras él se quedaba de pie, tratando de respetar el hecho de que su amo no estaba.
—Mi Joven Amo no está en estos momentos.
—Lo sé—dijo el de cabellos grises, mostrando su típica sonrisa—. Eva se lo llevó.
El rostro tranquilo de Tanaka cambió a uno de total preocupación al tiempo que sentía sus manos temblar. Ronald vio sus sentimientos que le envolvían en esos momentos, para luego preguntarse el por qué los humanos mostraban sus emociones sin importarles la situación.
—La señorita Eva no…
—La situación se adelantó demasiado. Para cuando me di cuenta, ellos ya estaban en Whitechapel—le interrumpió agitando su mano con aparente indiferencia
Ronald lanzó un suspiro con dificultad. Cruzó de piernas y alzó una de sus cejas al ver a Undertaker ponerse de pie demasiado pronto. Agitó su cabeza con cansancio. Las horas extras le absorbían por completo. Abrió su boca para hablar.
—Todos piensan que la señorita Eva tiene razones para odiar al Joven Amo—la voz de Tanaka resonó por el lugar.
Undertaker quitó su sonrisa para después quedarse quieto. Ronald puso más atención a lo que estaba diciendo el mayordomo, e incluso se inclinó hacia adelante con tal de escuchar mejor.
—¿Qué? ¿Acaso no lo tiene? —preguntó el rubio acomodando sus lentes en el trayecto— ¿No lo hace por la herencia? ¿No lo hace por el dinero? —respiró hondo, buscando aire— ¿No lo hace para tener a Sebastian Michaelis?
Tanaka les miró con una preocupación aún más notoria que antes, mientras volteaba su rostro para ver la gran pintura que se encontraba en las escaleras de la mansión, en donde se mostraba a un Ciel pequeño, sonriente, y a una Eva con cara de molestia.
—No.
Sólo lo hace por placer…
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La oscuridad de la noche te guardará
Y la luna te arrullará
Tus ojos no derramarán más lágrimas
Y pronto te dormirás
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[1] Robert Franklin Stroud fue prisionero de Alcatraz que se encontró consueño de su aislamiento criando y vendiendo pájaros * Es más conocido como 'El Pajarer de Acatraz'. Es por eso el asterisco, porque al parecer le gustaba la canaricultura.
[2] Alphonse Gabriel Capone, mejor conocido como Al Capone. Gánster estadounidense, prisionero de Alcatraz.
[3] Ese nombre, Henry Lee Toole, es una combinación de los nombres de Henry Lee Lucas y de Ottis Toole, ambos asesinos en serie provenientes de Estados Unidos. Sí, sí, las fechas difieren. Les cambié las edades y sus características. Toole a esas fechas ya estaba muerto y Henry estaba en la cárcel. Las características me limité a juntarlas. Tener un encuentro pequeño y fácil de describir entre una sociópata y un psicópata se me hizo interesante, aunque como el recuerdo era de parte de Eva, no podía poner qué pensaba Henry u Ottis. Ambos eran amantes.
[4] Henry era el inteligente y Ottis el fuerte. Como este personaje era con las cualidades de ambos, los junté, creando así a un Henry Lee Toole fuerte he inteligente. Ottis era un homosexual, aspirante a transexual, pirómano, caníbal, asesino y ligeramente retrasado (detalle que omití). Se masturbaba mientras incendiaba hogares. Necrofilia y zoofilia viene de parte de Henry. Tras la muerte de su padre, Henry abandonó definitivamente su casa e inició una prolífica carrera delictiva con pequeños robos, ingresando pronto en reformatorios y finalmente en la cárcel, donde probó el sexo con humanos por primera vez. Salió en libertad por poco tiempo en 1959 y volvió a su casa donde, tras una fuerte discusión con su madre, terminó seccionándole el cuello con una navaja y luego tuvo sexo con su cadáver por varias semanas hasta que el cuerpo se descompuso. Sus primeras experiencias sexuales, aproximadamente a los 13 años, fueron con animales: violaba ovejas y perros, y desde el primer momento relacionó el sexo con la muerte (al eyacular rajaba el cuello al animal). Él ponía como pretexto el no poder eyacular para poder matar a sus víctimas. Él prefería a las mujeres, Ottis a los hombres.
LOS DATOS MOSTRADOS ANTERIORMENTE SON CIERTOS.
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¡Hola, hola, gente! [Espero que Henry y/o Ottis no se me aparezcan a media noche por cambiar un poco sus vidas (?)]. Después de tanto actualizar, regreso aquí. Quiero pedir disculpas por las tardanzas.
Este capítulo es más como una introducción a lo que viene. Ya faltan menos de cinco capítulos para llegar al final, mis queridas lectoras.
Pero no tengan nada premeditado. Les tengo por ahí una sorpresa que sé que causará que muchas quieran matarme lenta y tortuosamente. Sólo que no lo hagan de forma dolorosa, pues.
Y ahí está. ¡Eva no odia a su hermano por la herencia, ni por Michaelis! Ella lo quiere matar sólo por matarlo, nada más. Es un secreto que sólo ella conoce y al parecer no sabe que Tanaka sabe todo (?). En el próximo capítulo me adentraré más en ese detalle, no se preocupen.
De nuevo, pongo en duda lo que son Ronald y Undertaker. ¿Si leyeron bien? Humanos. Ronald se dirigió a ellos como humanos. ¿Qué son Ronald y Undertaker? ¿Humanos? No lo creo xDDDD. ¿Ustedes que creen, mis queridas lectoras?
Sí, Amber fue derrotada fácilmente y William no hace nada. Pero ya verán, ya verán... Lo bueno apenas empieza xD. ¿En serio creen que Amber se quedará ahí tirada sin hacer nada? ¡No, señores! Ya verán que ella llevará los pantalones en la pelea, en lugar de Sebastian y Claude :k.
De Henry Lee Lucas me pasé a Ottis Toole, y de Ottis Toole me pasé a Charles Manson, luego al asesinato de Sharon Tate, el cual conocí gracias a un capítulo de Ghost Hunters [no importa que digan que es falso. A mí me gusta xDDD].
Estoy cansada y me pican los jodidos zancudos. La imaginación me llegó ayer de golpe cuando de nuevo pasaron La Ley el Orden, con el caso de la niña sociópata. Ah, pero qué cosas.
Quiero agradecerles a todos aquellos que comentan y colocan mi fic entre sus favoritos. ¡En serio, muchas graciaaaas! Las amo.
Espero y les guste el capítulo, que yo amé encontrar a un psicópata con una sociópata.
Que anden bien.
¡Saludos&besos!
HirotoKiyama13
PD: Sí, a Henry le gustaban las mujeres con pechos grandes... y ojos grandes también xDD.
