¡Hola! Gracias a todos los que leen, a los que dejan review y a los que no por igual :D
Iukarey: Gracias por todos tus comentarios, amiga y gracias por estar siempre ahí a pesar de todo. Ánimo! Verás que todo va a mejorar muy pronto. Besos y que Dios te acompañe :D
FortuneLadyStar: XDDD Saki baka, esa es buena ;) eh… se me hace que después de este cap me vas a querer matar, bueno esperemos que no… aún recuerdo tu arsenal, pero que conste que sólo me hiciste amenazas por Mickey y Donny y he cumplido, no me mates, por favor ;_; Gracias, y no te apures, al contrario, te agradezco que te tomes el tiempo de dejarme algunas letras. Besos :D
Yuriko Hime: Gracias!:D Y sí, tiene que, pero a ver cómo le hace XDDD, Gracias por lo de Saki, se hace lo que se puede ;) Perdón por lo del face, es que salgo justamente a las siete del trabajo y cuando llegó a la casa ya es algo tardecillo y a veces puedo conectarme al face y otras no; espero que coincidamos de nuevo, y gracias por las imágenes, están geniales! :D
Bellefard: XDDDD un asilo, la verdad, sí da esa pinta, pero algunos son jóvenes y otros por muy grandecitos, se mantienen en forma ;) XDDD Todos quieren ver que Rafa se infarte por lo de Cinna y de paso lo mate por rondar a su hermano jejeje, admito que soy mala y también querría ver eso ;) O.O Me sorprende lo rápido que lees, mis respetos; la saga es genial (hay algunas cosillas que no me pasaron, pero no le quita lo buena que es :D) podrías leerlos online, si quieres, los hayas en el foro Purple rose, así lo buscas en google y lo encuentras fácil, ahí los tienen en pdf por si gustas :D Gracias,la verdad, me van a costar estos juegos porque me he encariñado con los tributos (diantres!) y sí, la verdad, me has dado ideas con el padre de tyrene :D sí pienso poner más de lo que me dices, sólo que en su debido momento :D Gracias de nuevo y espero que este capítulo te guste :D
Louperit: Sip, lograste algo que no había meditado, incluir de a poco a Karai; es probable que en lo venidero haga una aparición más oficial, depende de lo que me dicte la historia (otra vez le echo la culpa a la historia jeje), Gracias, pretendí darle un punto de vista a Saki, o sea, que no sólo es malo por ser malo, sino que tiene su retorcida forma de ver el mundo y lo que es correcto en él; no sé si lo conseguí,pero me alegra saber que sentiste eso por él y por los tributos. Gracias por todos tus comentarios; y ya veremos qué pasa con Karai en lo que viene :D Gracias por todo, nos estamos leyendo, Besos :D
Linna Hamato: Gracias! A ver que te parece este cap (creo que te gustara y me odiarás a la vez ) Gracias por todo, XDDD finnick ya sabe eso, por lo menos ahora ;) Gracias y muchos Besos :D
Tamat: Bienvenida, no te apures, es bueno tenerte aquí :D Gracias por lo que dices y…. a ver que te parece el cap… no me mates, por favor, sólo te digo, este no es su fin, puede que vuelva… Dios! Sólo lee el capítulo y a ver luego que me dices Muchas gracias por eso que me dices, me honras demasiado y no lo merezco (me sonrojo ) gracias de nuevo, espero que te guste el cap. Besos :D
I Love Kittens Too: Me da gusto verte, te extrañaba :D gracias por tus comentarios, espero que te guste este cap Besos :D
Dragonazabache: Gracias por tus comentarios; en este cap aun no se resuelven todas esas dudas… quizá sólo una. Espero que te guste y nos estamos leyendo. Besos y gracias por todo :D
FloMafer: XDDDD Lo siento, se vino en la escritura, sólo no me mates después de este, onegai :D tienes razón, ya hacía falta un momento entre ellos. Que bueno que te gustó lo de Finnick, la verdad, temí que hubiese quedado fuera de lugar :D (son buenas opciones esas fotos, ya hasta armaríamos un calendario y que se lleve a Leo de pasada para que se venda mejor XDDDDD) gracias por todo y espero que te guste este cap. Besos :D
Leonatello: XDDDDDDDDDDDD Me mataste con eso! (la dentadura, XDDD) Ya veremos que pasa con esos dos, por ahora, creo que si sigue así, Leo sí le partiría la cara a johana XDDD. Eh… creo que Rafa no se moriría, al contrario, mataría a Cinna, que más fácil que desquitarse así? :D lo del block… ya lo sabrás, ya lo sabrás jejeje, y lo de aquella parejita…mmmm…. Ya verás, ya verás XDD en cuanto a lo de Cinna, en el libro sí, se muere (y créeme que es algo que me dolió mucho), los libros los podrías hallar en el foro de Purple Rose, están en pdf (y no debería decirte eso porque forzarías más la vista ) Que bueno que tengas gente tan buena y positiva a tu lado, pero en especial que bueno que tengas ese espíritu de lucha y ese ánimo (eres toda una guerrera, una kunoichi de verdad) Gracias por lo que me dices y ¡Genial que te animes a sacar tu cuenta! Ya quiero leer tus historias :D Besos niña y cuídate mucho, nos estamos leyendo y conste, ¡Sube tus fics! :D
Disclaimer: Los juegos del Hambre, Teenage Mutant Ninja Turtles, personajes, situaciones y demás no me pertenecen a mí sino a sus respectivos autore: Suzanne Collins, Peter Laird y Kevin Eastman.
Gracias a mi beta Haoyoh Asakura, sin ella este fic no podría ser.
Warning: O advertencia, pa' que ando de sangrona XDDD En este capítulo existe una escena que es probable que a los no yaoistas les desagrade, por lo que la he marcado con asteriscos (*****) al principio y al final, por si desean saltársela.
Y lágrimas que tengo que ocultar
vienes para mantenerme a salvo
vienes para llevarme en tus brazos
¿Es sólo un juego? No lo sé
para salvarte de mi mundo
toma mi mano y mi corazón corre
las flamas iluminan nuestros rostros
y estamos en llamas
lanza un beso a la multitud
ellos son nuestra única esperanza ahora
y ahora conozco mi lugar
somos todos piezas en sus juegos.
Just a game
by Birdy
Capitulo X
El día de las entrevistas llegó y en el Penthouse del centro de entrenamiento la actividad había comenzado desde temprano.
Flavius, Venia y Octavia habían llegado para preparar a Leonardo con los habituales ritos de belleza a seguir con tal de conseguir el nivel cero que Cinna siempre les pedía; pero por desgracia para el muchacho, su equipo de preparación aun continuaba lloriqueando cada vez que lo miraban, lamentándose de la terrible suerte del muchacho y lo mucho que lo extrañarían después de mañana.
Pareciera como si eso le dieran nada más, un día dentro de la arena.
Sin embargo, el trabajo se dio y el muchacho quedó listo para el siguiente paso. Cinna entró a la habitación, dio el visto bueno a lo hecho por su equipo y les hizo salir; estos se alejaron no sin antes abrazar a Leonardo con fuerza y desearle que la suerte estuviera de su parte.
Cosa que no le hizo mucha gracia, sin embargo, el chico puso buena cara.
-Discúlpalos; ya hablé con ellos, les pedí que se moderaran, pero... parece que es imposible.
-No te preocupes, sé que no lo hacen de mala fe... Desconcierta, no lo niego, pero a fin de cuentas, les agradezco de corazón su consideración.
Cinna le sonrió.
-Por eso me gustas.- Murmuró, abrazándolo y dándole un beso. Leo se sonrojó pues por el momento sólo se hallaba ataviado con una bata afelpada que Venia le dio después de la consabida ducha con aquel líquido cremoso y rosáceo. Cinna le soltó suavemente, sonriéndole de nuevo y se separó de él, tomando la bolsa con el traje y entregándosela.-Aquí tienes.
El chico abrió la bolsa, sacando la ropa de su interior; un traje sastre de dos piezas color blanco, una camisa azul, corbata y zapatos negros; aparentemente muy sencillo y sin nada extraordinario como sus trajes anteriores; sin embargo, conservaba el toque de Cinna en la elección sublime de las telas y el corte cuidadoso y elegante que se ajustaba perfectamente al cuerpo de la persona para quien había sido confeccionada.
Sin embargo, Leo no pudo evitar notar algo.
-Está un poco... pesado...- Murmuró con extrañeza por sus propias palabras, considerando que sonaba raro que un traje tan sencillo pudiera pesar. Cinna sonrió al escucharlo, dándose la vuelta después de que se hubiese vestido.
-Lo sé, aun así no te impedirá girar.
-¿Debo girar otra vez?- El chico hizo un pequeño mohín de desagrado.
-Así es, y no me hagas esa cara.- Se acercó a él, pellizcándole la mejilla.- Si Caesar no te lo sugiere, ofrécelo tú, pero es importante que lo hagas, ¿de acuerdo?
-Está bien.- Replicó, sonriendo. Como siempre, confiaba totalmente en Cinna.
El hombre respondió a esa sonrisa con otra y le hizo sentarse en la silla para luego ubicarse frente a él con su maletín de maquillaje a un lado. Pasó varios minutos trabajando en los contornos de su rostro, por lo que Leo pensó que llevaría algún exótico y llamativo tatuaje nuevo en él como en las otras ocasiones; sin embargo, cuando Cinna terminó y el muchacho se miró en el espejo, sólo se encontró con su rostro normal y común, si acaso con lo básico de maquillaje que el estilista solía usar para darle ese aspecto de niño bueno sin que le brillara la piel.
-Hora de irnos.- Soltó Haymitch dando unos golpecitos en la puerta. Cinna miró a Leo de nuevo.
-Creo que no estás tan nervioso como el año pasado.
Leonardo negó con la cabeza.
-Después de todo un año cargando con las cámaras a mis espaldas, entrevistas y todas esas cosas... creo que ya les he perdido el miedo.
-Eso es bueno; sin embargo, si aún lo necesitas, estaré entre el público; puedes ubicarme ahí y hacer como si hablaras conmigo si lo necesitas, como la vez anterior.
El chico asintió, esbozando otra pequeña sonrisa. Cinna lo abrazó y ambos se besaron de nuevo, un beso profundo y cargado del amor más puro.
-Suerte.-Le deseó el estilista, y ambos, tomados de las manos, abandonaron la habitación, bajando con Effie y Haymitch al estacionamiento del centro de entrenamiento; abordando el auto negro que los conduciría hasta el estudio de televisión.
Al llegar, Cinna se despidió de Leo con una dulce sonrisa a la que el niño correspondió, para después ser escoltado por Haymitch y Effie hasta el salón donde los tributos esperaban el momento de iniciar el show.
-¡Wow!... ¿así nada más?- Soltó Johana al verlo llegar con aquel sencillo look.-No creí que Cinna te vistiera de esa forma, después de lo del desfile habría esperado algo más espectacular.
-Si él lo hizo es perfecto así como está.- Replicó Leo con cierta molestia que sólo provocó que la joven esbozara una media sonrisa, maliciosa.
-No le hagas caso, a mí me agrada; es fino por donde lo veas, no importa su sencillez.- Añadió Finnick, que venía ataviado con un traje verde mar, camisa negra y corbata a juego.-Además, Cinna tiene buen gusto y sobre todo inventiva; no como mi estilista que estuvo a punto de aventarme desnudo sólo porque según ella así atraería más a la audiencia.
-Bueno, hay que admitir que no se equivoca, con eso nos opacarías a todos.- Beetee, que acababa de llegar en compañía de Wiress, ambos ataviados con trajes elegantes de color metálico, se recargaba en la pared detrás de los muchachos.
-Y haría que la transmisión se censurara.- Rió Cecelia.- Oye, no es mala idea, deberías desnudarte Odair.
-Lo siento querida, pero mi pielecita tiene un costo; yo no me desnudo por nada.
-A menos que sea tu colección de fotos en ropa interior, ¿no?
-Tú sí sabes Crissi.- Le decía a Crissalida, quien era la que había hecho el comentario.- tú sí sabes.
Poco a poco, el auditorio se fue llenando; la gente se hallaba emocionada, charlando entre ellos y ansiosos por ver aquellas entrevistas que serían las más prometedoras de todos los juegos celebrados hasta ahora. Leonardo observaba de reojo entre el público. Recordó que Rafa le había dicho sobre el año pasado, que le había seguido a todos lados durante los juegos, por lo que la vana esperanza de verlo entre la gente se anidó en su corazón; sin embargo, él estaba consciente de que aquello era imposible; Rafael tenía en esos momentos cosas más importantes qué hacer y era más probable que estuviera atendiéndolas en lugar de estar ahí.
Entonces fue el momento; el equipo comenzó con las últimas llamadas, luego las luces del estudio y de las cámaras se encendieron al tiempo que aquella estridente música de trompetas que anunciaba el inicio del show de Caesar Flickerman, resonaba por todos los altavoces del lugar. El presentador, como era su costumbre, tras el anuncio de su locutor, giró la silla desde donde daba la espalda al público, sonriendo abiertamente mientras que en las pantallas del fondo aparecían distintas fotografías suyas en diferentes poses, todas con su look actual; el cabello y las cejas de un tono lavanda y el traje del mismo color.
-¡Buenas noches, Panem! ¡¿Listos para una noche llena de emociones sin igual?!
La gente saltaba en sus asientos a la par que aplaudían y reían, gritaban y chillaban llenos de excitación; aquella era la respuesta que el presentador esperaba.
-Bien, pues entonces no los haré esperar más, recibamos a las estrellas de la noche, y me quedo corto al decir estrellas, todo un "equipo de ensueño", ¡He aquí, los veintitrés tributos vencedores del gran "Vasallaje de los Veinticinco"!
Aquella era la señal; uno a uno comenzaron a aparecer por el lado izquierdo los diferentes tributos, todos ataviados de manera elegante y espléndida, saludando a la gente en su camino hacia el lado derecho del escenario, donde se hallaban las veintitrés sillas ubicadas en filas por niveles, donde habrían de tomar asiento, esperando su turno para ser entrevistados.
A cada tributo que salía la gente se volvía loca; había grupos de diferentes edades que vitoreaban a uno o a otro, según sus preferencias o incluso por haberles visto ganar en sus respectivos juegos.
Sin embargo y con todo, cuando Leonardo salió al final de la fila, la multitud se volvió loca. No importaba cuantos admiradores pudiesen tener los tributos anteriores, a pesar de todo, el pequeño "chico en llamas" del distrito doce mantenía atrapada a la audiencia que se hallaba pendiente de cada uno de sus pasos y más después de aquel paseo arrogante y distinguido en el desfile de las carrozas; además, su club de fans, el club de "Las chicas en llamas" que ahora se hallaba considerablemente más nutrido, metía más ruido y escándalo con los aplausos, los gritos y las declaraciones de amor que gritaban de tal manera que parecían a punto de quedarse afónicas.
El muchacho, obviamente, correspondía a tales muestras de aprecio con una respetuosa reverencia.
Cuando el chico tomó su lugar, Caesar, aun con la sonrisa a flor de labio, extendió su mano hacia la derecha al tiempo que las cámaras mostraban a todos los tributos en sus respectivos lugares.
-¡Aquí los tienen, damas y caballeros! ¡"El equipo de ensueño de los septuagésimo quintos juegos del hambre"!-La gente aplaudía frenéticamente y Caesar no paraba de sonreír.- Bien, ahora, recibamos con el mismo entusiasmo a ¡Gloss, del distrito uno!
Los aplausos continuaron con más intensidad al tiempo que el muchacho de veintiséis años, vestido con un traje de dos piezas color oro, se levantaba de su asiento y avanzaba hacia el centro del escenario, agradeciendo las muestras de afecto. Por fin, tomó su lugar junto a Caesar.
-Bienvenido, Gloss, es un placer tenerte de nuevo entre nosotros.
-Gracias, Caesar.
-Dime, ¿Qué sientes ahora que has vuelto al campo de juego?- Inquirió el presentador con animosidad, mirando al joven con una sonrisa expectativa.
-La verdad...-Gloss guardó silencio unos segundos, meditando lo que iba a decir a continuación, después miró al público.- sólo quiero aprovechar el tiempo que tengo en este momento para agradecer a todos aquellos que han expresado su simpatía por mí a través de todos estos años y decirles que, a lo igual que ustedes, lamento tanto que todo concluya de esta manera.
La sonrisa de Caesar se congeló por unos segundos. Obviamente aquella no era la respuesta que esperaba; él pretendía escuchar lo que cualquier jugador profesional de un deporte cualquiera diría al volver al campo de juego después de tanto tiempo; sin embargo, el presentador sintió lo mismo que todos los que se hallaban en la sala habían sentido.
Gloss, se sentía traicionado por el gobierno, por haberle prometido vivir después de aquel infierno y luego devolverlo a él; la ira de aquel joven, pese a tratar de disimularla en sus palabras, era evidente.
En el área de los tributos, la gran mayoría esbozaba ligeras sonrisas de aprobación. Era obvio que todos (o por lo menos aquellos a los que los vicios en los que habían caído no los tenía tan desconectados de la realidad) sentían y pensaban igual que el tributo del distrito uno. Gloss había abierto una puerta que los demás estaban deseosos de aprovechar.
Los tres minutos de tiempo asignado para Gloss pasaron rápidamente y Caesar le dejó ir de vuelta a su asiento entre aplausos y vítores; luego fue el turno de Cashmere. La tigresa se puso de pie y con ese andar propio de los felinos, que hacía que su vestido dorado ondeara con suavidad, se ubicó junto a Caesar también entre una oleada de aplausos.
-Bienvenida, Cashmere... ¡Vaya! Hace tanto que no tenemos el gusto de estar en el estudio los dos.
-Así es Caesar, quien lo diría, ¿verdad?
-Dime, querida, ¿cuáles son tus impresiones sobre toda la celebración?
-Bueno... ¿Qué puedo decirte, Caesar?- Murmuró la tigresa.- Es difícil pensar en una celebración cuando sabes que todas estas buenas personas en el Capitolio se hayan sufriendo por nuestra próxima partida.
Nuevamente Caesar quedó en blanco, mientras Cashmere miraba al público que le daba la razón al tiempo que algunos se ponían de pie con los rostros surcados de lágrimas y acongojados por sus palabras y lo que se estaba viviendo. Leonardo observaba aquello con atención; al parecer Cashmere tenía razón y no todos en el Capitolio se hallaban de acuerdo con que aquella gente, aquellos tributos que ya habían sufrido bastante, tuvieran que volver a la arena para jamás regresar.
Volvió a mirar a sus compañeros y se sintió orgulloso de ser parte de aquel grupo selecto, por muy irónico que pudiera sonar; sin embargo así era, era un grupo especial, guerreros dignos que peleaban de cualquier manera contra aquella injusticia que se había cernido sobre sus cabezas; para ellos la vida era una guerra, y las entrevistas sólo eran una más de sus batallas.
Nuevamente los tres minutos asignados para la entrevista pasaron volando, en especial cuando Caesar trataba con toda su habilidad de hacer pasar lo dicho por Cashmere como algo poco relevante. Ahora era el turno de Brutus; este se puso de pie y se acercó a Flickerman.
Un poco preocupado, Caesar inició la conversación, esperando que esta vez no hubiera algo que pudiera exaltar los ánimos; por suerte para él, aquella entrevista fue más por el rumbo deseado.
-¿Qué puedo decirte, amigo?- Decía Brutus con actitud relajada y una sonrisa.- Esta es de las pocas oportunidades que se tienen en la vida y yo he venido a ganar, a demostrar que los guerreros del distrito dos son los únicos merecedores de ser llamados campeones de los "Juegos del Hambre".
La gente aplaudía las palabras de aquel hombre, en especial aquellos que eran sus seguidores. Caesar sonrió claramente más aliviado, llevando la entrevista por ese terreno, hablando de la estrategia que planeaba usar y lo que haría con el título de bi-campeón si lo obtenía, algo que Brutus aseguraba, así sería.
Al terminar su tiempo fue el turno de Enobaria. La mujer, en su amplio vestido de satén negro contrastaba totalmente su feminidad con aquellos dientes afilados de tiburón. Tomó su lugar junto a Caesar, sonriendo al público que se hallaba fascinado con ella y su sonrisa mortal.
-... sólo puedo decirte, Caesar, que esto será muy reñido, pero lo digo porque es probable que la final sea entre Brutus y yo.- Respondía la mujer a las preguntas de Flickerman mientras que el público le aplaudía con euforia. Leonardo suspiró... por lo visto aquellos dos serían huesos muy duros de roer.
Después de que Enobaria se despidiera y volviera a su lugar entre vítores, fue el turno de Beetee; el hombre se puso de pie, saludando a la gente con humildad al tiempo que esta se deshacía en aplausos y gritos de alegría. Beetee tomó asiento junto a Caesar.
-Bienvenido, Beetee; sé que lo he dicho muchas veces esta noche, pero realmente me alegra que tengamos la oportunidad de estar en el estudio juntos una vez más.
-Lo mismo digo, Caesar.- Murmuró Beetee, sonriendo nerviosamente y casi retorciendo sus manos entre sí. Era bastante obvio que pese a sus años bajo la mira, aún no se sentía cómodo ante las cámaras.
-¿Dime, qué has pensado de este "Vasallaje..."? ¿Opinas igual que nosotros sobre lo emocionante que se tornará todo esto?
-La verdad, Caesar, más que tener una opinión, tengo una pregunta... ¿Qué tan... qué tan legal es todo esto? Digo... tú sabes... ¿Hay algún experto que... bueno, que haya verificado que esto es posible? Porque en mi opinión, bueno, esto contradice las propias reglas de los juegos, ¿no lo crees así?
Leonardo tuvo que hacer un esfuerzo para no levantarse a aplaudir y felicitar a Beetee. El hombre, pese a sus nervios y su titubeo al hablar a cámara había lanzado una piedra muy directa contra el presidente Saki y la gente de su gobierno. ¿Y él decía que sólo era un cerebrito y por lo tanto no era peligroso? Acababa de demostrar que el cerebro, bien usado, podía ser el arma más peligrosa de todas.
Caesar balbució algunas incoherencias al principio, pero pronto se repuso como todo el profesional que era; sin embargo aún se le notaba angustiado; si había creído que con Brutus y Enobaria había conseguido retomar el camino del show, ahora sabía que se había equivocado enormemente.
La entrevista de Beetee terminó y luego siguió la de Wiress quien a su estilo trató de apoyar las palabras de su compañero; para su desgracia, su problema de no completar sus frases fue usado en su contra, pues Caesar las terminaba como mejor le conviniera al espectáculo, cosa que a los demás tributos les pareció deplorable por parte del presentador. Wiress volvió a su asiento, cabizbaja.
Ahora era el turno de Finnick Odair.
El chico se levantó de su asiento y avanzó hacia Caesar, saludando al público en el camino, mandando besos y guiñando el ojo a las cientos de chicas que, como locas, se revolvían para atrapar alguno de aquellos obsequios.
-¡Bien, Finnick! Se ve que no has perdido tu toque.
-Eso es lo único que no se puede perder por aquí.-Replicó el chico, tomando asiento junto al presentador. El hombre rió a todo lo que daba, aunque por dentro estaba que quería que el escenario se abriera y se lo tragara de una buena vez, para así tener que dejar de lidiar con tanto tributo loco.
-Bien... Dime, ¿Hay algo que te gustaría decirle a todas esas fans tuyas aquí en el Capitolio?-Preguntó Caesar con reticencia, temeroso de que aquello diera pie a otra oleada de reproches disfrazados de entrevista.
-Si no te importa, sólo quiero leer algo que escribí... para mi verdadero amor.
Tanto Caesar como el público suspiraron al unísono, pero el primero por alivio y los segundos por encanto. Finnick sacó una hoja del bolsillo de su saco verde mar y tras desplegarla comenzó su lectura.
-"Princesa... ¿Quién iba a decirme que al verte en aquella ocasión no me encontraba frente a una ilusión sino frente a un ser real? Mientras más perdido me hallaba y más desesperado me sentía, eras tú mi perfecta guía y la única a la que podía amar..."
Las chicas suspiraban, pendientes de cada palabra salida de los labios de aquel encantador rubio; Caesar también, con una gran sonrisa de tranquilidad, escuchaba la mala poesía de Finnick.
-"... fuiste mi luz en los días oscuros, y ahora quiero seguirte otra vez, aunque tal vez no volvamos a vernos, pues ahora he de volver, a aquel círculo infernal que me alejará de ti, y yo sé, que aunque mi cuerpo expire, si tengo tu amor no moriré."
Las chicas comenzaron a gritar y a llorar como locas, incluso algunas se desmayaban; muchas aseguraban ser la inspiración de aquel insulso poemita, pero en especial, sufrían por el mensaje básico de aquella lectura. El adorable y hermoso Finnick Odair volvía a la arena, quizá para morir esta vez, sin merecerlo.
Los tres minutos acabaron para alivio de Caesar y esta vez fue el turno de Mags, quien, pese a usar un bastón, pasó al frente con paso digno, ataviada con un vestido del mismo color que el de Finnick. Tomó asiento junto al presentador y habló sobre lo triste que era el poema del muchacho, pues hablaba de una vida joven que terminaría de golpe cuando aún tenía tanto que dar.
Después fue el turno de Maddock, que siguió por el mismo tono que sus compañeros, hablando que sólo esperaba que la gente no sufriera mucho cuando los vieran caer en la arena; Vala, su compañera, apoyó lo dicho por Maddock, pidiendo que por lo menos no mostraran esta vez tan explícitamente las muertes de los tributos, así la gente no las sentiría tanto.
Palcov y Rupia por desgracia no siguieron el mismo camino; se hallaban tan desubicados por la abstinencia de morflina, que era un milagro el simple hecho de acomodar las suficientes palabras juntas para completar una respuesta; sin embargo, Leonardo sintió que ellos mismos daban un mensaje implícito; lo terrible que podía ser el convertirse en un Vencedor; Los Vencedores eran considerados la crema y nata de la sociedad en Panem; eso lo sabía desde niño y ahora en ese año lo había experimentado en carne propia; sin problemas económicos, con una enorme y elegante casa y el respeto y admiración de todos los que te rodean; la gente solía pensar que un Vencedor tenía la vida más feliz del mundo y nada de qué preocuparse; nadie era consciente del mal que la arena podía hacer en la mente de aquellos que lograban salvarse, de lo terriblemente dañados que podían quedar para el resto de sus vidas y que, no conforme con eso, ahora los devolvían al lugar del origen de sus pesadillas. Sí, Palcov y Rupia eran un mensaje por sí mismos, un mensaje para Panem y para el resto de sus compañeros.
Después fue el turno de Tyler Butler; vestido con un traje café y camisa verde (aparentemente la estilista del distrito siete carecía de imaginación), avanzó hacia donde Caesar y tomó asiento a su lado.
El semblante de Tyler era muy neutro, razón por la que Caesar no estaba muy seguro de que podría pasar con esa entrevista; sin embargo, debía continuar con el espectáculo y algo tenía en mente que podía quizá funcionar y regresar todo a su debido cauce. Sonriendo de nuevo, saludó a Tyler con el mismo gusto que sentía por ver a los antiguos Vencedores de nuevo.
-Dime, Tyler, tú no habías salido sorteado, y sin embargo te ofreciste voluntario para tomar el lugar como tributo del distrito siete en este vasallaje tan especial; ¿podrías decirnos la razón?
El hombre asintió, entrelazando los dedos de sus manos y mirando a la audiencia con seriedad.
-Es simple Caesar, era una oportunidad que no quería dejar pasar, y eso es porque sólo así podré lograr lo que he estado anhelando desde hace mucho tiempo.
-¡Grandioso!-Exclamó el presentador ahora más aliviado, mientras la gente aplaudía con emoción.- Y dinos, Tyler, ¿Cuál es ese anhelo tuyo que tanto deseas alcanzar?
-Vengar a mi hija.
La audiencia se quedó en silencio, mirando al hombre y luego mirándose alternativamente entre ellos. Caesar guardó silencio también, no comprendiendo lo que Tyler quería decir.
-Bueno, Tyler... eso es bastante fuerte, pero me temo que será algo difícil; si recordamos, Dominus, el tributo del distrito dos fue quien...
-Sí, pero el que lo provocó aún sigue aquí.
La gente siguió en silencio, pasmada; algunos miraron a Leonardo con preocupación, pues para ellos era obvio que se refería a él.
El muchacho miraba al señor Butler, manteniendo la serenidad. Las palabras de aquel hombre le habían calado en lo más profundo, en especial porque era algo que en cierto modo ya se esperaba; aquel desprecio que parecía mostrarle no era en vano y sí, había algo detrás de ello, un sentimiento de dolor muy justo y real, llevado al límite.
Quizá no había logrado hablar como se debía con él durante la "Gira de la Victoria", de modo que no pudo expresarle cuanto lo sentía, aquella situación le remordía la consciencia como si él mismo hubiese clavado ese cuchillo en la espalda de Tyrene; lo mismo pasaba con Usagi, Finch y los demás. El sólo hecho de pensar estar a solas con el señor Butler para pedir su perdón le provocaba un estremecimiento terrible, pero aun así no pensaba rehuir a esa situación; no sabía cómo, siendo que mañana entraban a la arena y por lo visto era más que obvio que él se convertiría en el blanco de Tyler, pero no se amilanaría, lo sacaría de la arena junto con todos los que pudiera (aunque aún no sabía cómo haría tal proeza) y cuando hubiese oportunidad se acercaría a él, le expresaría cuanto sentía la muerte de Tyrene, lo dejaría desahogarse si era necesario y si eso le devolvía la paz al señor Butler; pero no sería hasta que hubiese paz en Panem.
Pues por ahora no podía prescindir de su persona en pos de algo que no fuera la causa, y sólo esperaba que el señor Butler pudiera comprenderlo.
La entrevista de Tyler terminó y este volvió a su asiento, dejando el lugar libre para Johana.
Esta, a diferencia de las otras parejas, no secundó lo dicho por su compañero, sino que retomó el tema que la mayoría había estado llevando hasta el momento.
-... por eso estaba pensando, Caesar.- Decía la chica plácidamente recargada contra el respaldo de la silla, mirando al presentador y al público alternadamente.- ¿Acaso no se puede hacer algo para cambiar esto? Digo, seguro que los antecesores del presidente no pensaron que la gente se iba a encariñar con los tributos vencedores y que se formaría un vínculo como el que tenemos ahora, así que, ¿Por qué no lo cambian? ¿Por qué cometer la crueldad de que las cosas sigan su curso a pesar de que es claro que al público le disgusta?
La audiencia le aplaudió a la joven mientras asentían y le daban la razón a viva voz; a estas alturas, Caesar Flickerman ya sudaba frío y miraba discretamente hacia las puertas como si pretendiera salir corriendo en cualquier momento.
Por desgracia para el presentador, aquello parecía que iba a seguir, pues Woof del distrito ocho, secundó lo dicho por Johana, y Cecelia, su compañera, envió un muy conmovedor mensaje a las familias de Panem, pidiéndoles que abrazaran fuertemente a los suyos y gozaran con ellos todo el tiempo posible... porque nunca se sabía que podía pasar.
Por su parte, Colossus y Crissalida del nueve, parecían haber hecho eco el uno del otro sobre su tristeza al no volver a ver al Capitolio y su amable gente de nuevo; Fassé del diez habló sobre los "caprichos" de la suerte que ahora los tenía ahí otra vez, y Pinta, su compañera, reforzó aquello hablando de lo extraño de "las casualidades".
Por su parte, Chaff y Seeder del once hablaron sobre como en su distrito consideraban que el presidente Saki era todo poderoso y que si alguien podía cambiar aquellos juegos, ese obviamente era él... si quisiera, claro está.
Caesar ya no hallaba la puerta, pero por suerte ya sólo quedaba una persona más; con brío anunció a Leonardo, quien se puso de pie y avanzó hacia él en medio de una oleada de gritos, aplausos y llantos, más reclamos que pedían que se hiciera un cambio en el "Vasallaje de los Veinticinco", pues la gente ya se hallaba tan conmovida por la suerte de los "Tributos Vencedores", que el ver a aquel chico, el más joven de todo el grupo, les partía el corazón; en especial porque a lado de los demás era más pequeño y, con aquel traje blanco y ese semblante sereno, se veía tal y como lo que era, una criatura inocente que apenas despertaba a la vida sólo para quizá, perderla de golpe.
-Leonardo, me da gusto verte aquí de nuevo.- Dijo Caesar, tras tranquilizar lo mejor que pudo a su público, y sin saber ya como saludar a sus entrevistados sin arriesgarse a obtener una respuesta subversiva. Leo le sonrió dulcemente.
-También me da gusto estar aquí, Caesar, aunque admito que habría sido preferible bajo otras circunstancias.
-Lo... lo entiendo muchacho.- Replicó el hombre con cierto pesar, no sólo por los nervios de aquella noche tan extraña, sino porque él también sentía una gran simpatía hacia ese muchachito valiente que tan serenamente encaraba las cosas que el destino le enviaba.-Sin embargo, eso no quita que tenemos por lo menos el placer de estar juntos de nuevo esta noche.-Se esforzó por sonreír y siguió.-Dime, eres el más joven de todos los tributos aquí presentes, ellos están más experimentados que tú, ¿Qué sientes al respecto?
-Bueno, Caesar... ellos son el reflejo de cada uno de los distritos de Panem; representan la fuerza y el valor de la gente que habita en este país, y por el simple privilegio de poder conocerlos me siento muy honrado.- Añadió, haciendo una pequeña reverencia hacia sus compañeros mientras la gente aplaudía, fascinada con la humildad de aquel chico. Algunos de los Vencedores, como Beetee y Finnick, le correspondieron de la misma forma; otros como Mags, Cecelia y Maddock asintieron con sus cabezas en agradecimiento; incluso Johana Mason luchó por contener una sonrisa que insistía en dibujarse en sus labios.- Les agradezco por los días que hemos pasado juntos y todo lo que me han permitido aprender de ustedes.
-Así que has aprendido de ellos, ¿Eh? ¿Estrategias y formas de cómo enfrentarlos en la arena?
-No, he aprendido lo fuerte que es la gente de cada distrito, lo valioso que es cada ciudadano de Panem y lo mucho que se podría lograr si trabajáramos juntos por un bien común, si todos nos uniéramos como uno sólo.
Entre los Vencedores, la atención seguía fija a Leonardo y Caesar; algunos asentían a las palabras dichas por el chico mientras que otros sonreían en aprobación; algunos como Tyler, Brutus o Enobaria, no parecían expresar emoción alguna.
-Sin embargo, mañana será todo diferente cuando entren en la arena; ahí tendrás que ver por ti y jugar tu juego.-Añadió Caesar, tratando de encaminar de nuevo todo aquello, alejándolo de aquellas palabras que cada vez más le sonaban a arenga revolucionaria.
-No.- Siguió Leonardo, y el presentador dio un respingo casi con espanto.-Debo decirte Caesar, que ninguna de las personas que se encuentra ahí es mi enemigo y que no hay un juego que jugar.
-Bue... bueno.-El presentador empezó, discretamente, a pasarse el dedo entre el cuello de la camisa y su propia piel, sintiendo como si estuviera a punto de ahogarse. El que menos esperaba que le diera problemas, era al parecer el que estaba más dispuesto a provocarlos. -Bueno... si me permites decirlo.- Siguió Caesar, buscando como desviar el tema a algo menos incendiario.- nos has impresionado mucho esta noche... sobre todo por tu atuendo; es sencillo pero te hace ver adorable, ¿no lo creen amigos?
Los que aun podían responder, lo hacían a los gritos, los que se hallaban muy acongojados como para hablar, asentían; Leo se esforzó por sonreír; deseaba poder decir algo más y ahora Flickerman había dado un giro total a la conversación, retomar el tema desde ahí sería difícil.
-Aunque no se parece para nada al del año pasado.
-Por el contrario, este es tan espectacular como ese.- Replicó el chico, recordando lo que Cinna le había pedido y a fin de cuentas debía admitir que aquel giro le daba pie para hacerlo.- ¿Les gustaría verlo?-Le preguntó tanto a Caesar como a la audiencia, la cual pronto se deshizo en gritos de emoción, pidiéndole ver a que se refería. El niño se levantó, avanzó un poco hacia el frente y comenzó a girar aumentando de a poco la velocidad.
La gente soltó un "¡Ah!" impresionados; poco después comenzaron a gritar, incluso aquellos que se hallaban sollozando dejaron el llanto para unirse al alarido. Leonardo estaba extrañado por aquella reacción; el año pasado ante eso habían sido exclamaciones de asombro, ahora parecían gritos de miedo, de espanto, sin embargo continuó girando.
Luego comenzó a notar humo a su alrededor, humo de fuego real. Aquello lo alarmó, sin embargo, la confianza en Cinna le hizo continuar con aquel espectáculo, dando vueltas al tiempo que notaba como las llamas le envolvían por completo para luego extinguirse poco a poco.
El humo se dispersaba lentamente, trozos de la tela de su traje caía lentamente hacia el piso, quemada; el chico estaba realmente preocupado... ¿Por qué Cinna habría querido que su ropa se quemara de esa forma?
Notó las miradas de la gente en el público, de los otros tributos que lo veían con los ojos casi desorbitados y las bocas abiertas; Caesar Flickerman vacilaba entre acercarse a él o permanecer en su lugar. Leonardo levantó sus manos un poco frente a sí, para poder mirarlas y luego levantó la vista hacia una de las pantallas gigantes en el estudio, que mostraban su imagen en directo.
El traje había desaparecido, dejando en su lugar un saco largo y ceñido a su cuerpo y que, desde la cintura se ampliaba y extendía hacia el piso como una larga cola amplia, el pantalón era estrecho y los zapatos iban a juego, el traje entero se hallaba hecho todo de pequeñas y delicadas plumas de un color azul suave y brillante que despuntaba entre lo quemado del traje original; en su rostro se destacaba un detallado decorado que acentuaba su rostro y que parecían plumas mezcladas con llamas, dibujadas con sumo cuidado y que sólo fueron visibles después de que el fuego las iluminara, haciendo que el extraño maquillaje quedara presente de manera definitiva como si hubiese sido alguna especie de tinta invisible que se revelaba con el calor. Las mangas del chico parecían alas que se recogían o se desplegaban según los movimientos de sus brazos.
Caesar se acercó al muchacho.
-Vaya... eres... una especie de ave.
-Soy un Sinsajo.- Dijo Leonardo al entenderlo. Caesar tardó un poco en comprenderlo, pero pronto se dio cuenta de lo que tenía en su foro; un símbolo de rebelión hecho y derecho a la vista de todo Panem; quizá para la gente del Capitolio, que ahora aplaudía fascinada, aquello sólo sería un look nuevo e interesante, pero era obvio que en los distritos, aquello se entendería de otra manera, y peor si le añadían aquel mensaje del muchacho hablando de la hermandad entre ellos; aquello era un polvorín que no quería contener entre sus manos, nervioso, buscaba qué podía hacer.
-¡Cinna, deberías saludar a la audiencia! Te felicito, este trabajo es realmente sublime.- Dijo el presentador y, las cámaras y luces, se dirigieron a aquel lugar en el auditorio donde se hallaba el estilista. Cinna se puso de pie y agradeció con una elegante y sencilla reverencia al tiempo que la gente le aplaudía de manera frenética, mientras Leonardo hacía un esfuerzo supremo por controlarse a sí mismo.
Cinna se había señalado de aquella manera; al crear ese traje, al vestirlo de esa forma, estaba enviando un mensaje de rebeldía que nadie habría soñado jamás en dar a nivel nacional, y era obvio que para el presidente aquel detalle no iba a pasarse por alto. Recordó sus palabras, las palabras que Cinna le había dicho cuando se encontraron antes del desfile; que se hallaba molesto y se encerraba en su trabajo de modo que no podía dañar a nadie... "sólo a mí mismo".
El zumbido que marcaba el final de la entrevista se había dejado oír desde hacía unos segundos, por lo que Caesar pidió al muchacho que volviera a su asiento, aunque la verdad el presentador habría deseado salir corriendo de ahí a toda velocidad. Leonardo regresó a su lugar manteniendo el semblante sereno, aunque por dentro el miedo lo consumía; lo que pudiese pasarle a Cinna le carcomía el alma.
Caesar Flickerman aun batallaba consigo mismo y con la multitud, tratando de despedir la transmisión, al tiempo que los tributos se ponían de pie porque el himno de Panem comenzaba a sonar por todo lo alto.
Leonardo aún seguía angustiado, pero respiró profundo, controlándose nuevamente. Cinna se había jugado mucho en aquel movimiento y no era precisamente él quien iba a desperdiciarlo; sin pensarlo más, ofreció su mano a Chaff, y este, con su extensión de prótesis mecánica, acepto la oferta del muchachito ofreciendo a su vez la otra mano a Seeder.
Esta tomó la mano de su compañero y ofreció la otra a Fassé. Uno a uno, todos los "Tributos Vencedores" terminaron en una larga cadena, tomados de las manos; incluso Brutus y Enobaria accedieron a hacerlo, más por la presión de los que les rodeaban que por otra cosa. Cuando todos estuvieron unidos, Leonardo levantó su mano unida a la de Chaff, quien entendiendo el mensaje hizo lo mismo con la otra; en breve, las manos enlazadas de todos los Vencedores se hallaban en lo alto, a la vista de las cámaras, con el himno de Panem como fondo. Aquello había pasado tan rápido que aparentemente, el director de cámaras no había conseguido quitarlo del aire a tiempo, dejando que los vieran a nivel nacional.
Los distritos, humanos y mutos, unidos todos por el Sinsajo.
Las luces del auditorio se apagaron, la gente comenzaba a salir mientras que los Vencedores hacían lo propio por el lado del escenario por el que habían entrado. Caesar Flickerman había desaparecido, seguramente se habría encerrado en su camerino, esperando a reponerse de aquella noche tan ajetreada.
Haymitch se acercó a Leo y le tomó de la mano, jalándolo hacia él y escoltándolo hacia el auto mientras un grupo de agentes de la paz se agolpaba a su alrededor, al parecer tenían la orden de no dejarle entablar comunicación alguna con nadie. Frente al auto, les esperaban Effie y Cinna; el corazón de Leonardo dio un vuelco al ver al estilista.
Al entrar al vehículo, este arrancó de inmediato rumbo al centro de entrenamiento. Afuera parecía haber un caos poco usual; agentes de la paz debían armar una valla larga para permitir el paso de los vehículos sin que la gente se les echara encima. Adentro del auto, todos se encontraban sumidos en un profundo silencio. Leonardo observaba a Cinna fijamente mientras este mantenía su vista fija en la ventana. Haymitch, con los brazos cruzados, parecía como si dormitara, mientras que Effie miraba hacia afuera y luego volvía a acomodarse en su asiento.
- No lo entiendo, pareciera que la gente no está celebrando... gritan algo, pero no los entiendo.
Haymitch giró su rostro hacia la acompañante.
-Por cierto, Cinna.-Siguió la mujer.- ¡Excelente trabajo! ¡Convertir a Leo en un sinsajo, como el de su insignia! ¡Te has superado a ti mismo!
-Gracias.- Replicó el hombre, esbozando una débil sonrisa y girando su rostro hacia la acompañante; luego, al volver a dirigirlo hacia la ventana, captó los ojos de Leonardo fijos en él, por lo que bajó un poco el rostro y volvió a mirar hacia la ventana, huyendo a la mirada del muchacho.
El auto arribó al Centro de entrenamiento y todos bajaron de él para dirigirse al ascensor. Finnick y Johana que se hallaban en el lugar, hicieron el amago de ir con ellos para subir juntos, pero otro grupo de agentes de la paz se los impidió de un empujón.
La comitiva del distrito doce subió al ascensor sin ninguna otra compañía.
Al entrar al Penthouse, Effie se fue en busca de los avox para encargar la cena mientras que Haymitch se dirigía al balcón con tranquilidad; Leo y Cinna le siguieron de la misma forma, aunque al muchacho lo mataban todas las emociones que se revolvían en su pecho. Al llegar a aquel rincón, vieron que el mentor sólo miraba hacia la calle.
-La gente está pidiendo la cancelación de los juegos... algunos, otros sólo piden que intercambien a los tributos por desconocidos... todo es un caos, cancelaron las repeticiones de las entrevistas y están comenzando un toque de queda.-Se giró y miró a los dos muchachos.- Creo que tú y Effie se quedaran aquí a pasar la noche.-Le dijo a Cinna.
-Esa idea me agrada.-Replicó el estilista asintiendo, aunque Leonardo seguía inmerso en el silencio.
-Iré a ver si está la cena.- Murmuró el mentor al notarlo, dejándolos solos en el balcón; consideraba que él ahí ya se hallaba de más.
En cuanto Haymitch entró al Penthouse, Leo tomó la mano de Cinna, molesto, girándolo hacia él para encararlo. El estilista miró al muchacho a los ojos; el miedo, la ira y la preocupación se reflejaban en el rostro de Leonardo.
-¡¿Pero qué hiciste?!
-Lo correcto.
-¡No...! Digo... ¡¿Por qué?! ¡Cinna! ¡¿Por qué demonios...?!
-La gente debe tener presente quien eres, eso garantizará que hagan por ti lo que sea, cualquier cosa, ya sea que te sigan o te protejan; algunos comenzaban a olvidarlo al dejarse llevar por las tonterías que decían sobre ti, sólo quería que recordaran tu verdadero valor.
-¡¿Pero acaso no te das cuenta que ese loco puede hacerte daño sólo por esto?!- Exclamó, refiriéndose obviamente a Saki, cosa que hizo que el estilista sonriera divertido a pesar de todo; jamás había escuchado que alguien le llamara así al amo y señor de todo Panem.
-Mientras tú te encuentres bien nada más importa; tu bienestar significa el mío.
Leonardo negó con la cabeza... ¿Por qué las palabras no le salían (por lo menos no como él quería)? ¿Cómo decirle que si le ocurría algo él sufriría? ¿Cómo explicarle que temía por él a lo igual que por todos los suyos y que temía que algo malo les pasara por el simple hecho de quererlos? Temía por sus hermanos, por Magda y Abril, temía por sus amigos, los viejos y los nuevos, temía que Saki los considerara un objetivo por el simple hecho de ser importantes para él y que lo menos que necesitaban era todavía darle más motivos para ir a cazarlos. Si algo les pasaba, si algo le pasaba a Cinna, una gran parte de su corazón moriría y después de haber experimentado tantas perdidas (Splinter y Rafa en su momento) no se sentía capaz de reponerse de más.
-¡Pero a mí me importa tu bienestar!-Fue lo único que logró decir.- ¡¿Es que acaso no te das cuenta que...?!
Pero no pudo seguir, pues todo lo que quería expresar se atoraba en su garganta, su mente era incapaz de imponer un orden a aquella oleada de pensamientos envueltos en la angustia. Cinna le abrazó de repente, protegiéndolo entre sus brazos, acariciando suavemente su cabeza como si deseara con aquel gesto espantar todos los temores que le aquejaban y devolverle la confianza; el muchacho le correspondió, aferrándose a él con fuerza.
-No te separes de Haymitch, por favor... que te saque de aquí en cuanto pueda.-Le susurró al oído.
-De acuerdo.- Replicó el hombre de la misma forma, para luego darle un beso en la frente.-Pero no te preocupes, ¿quieres? No debes angustiarte más, no hoy, ya tienes muchos problemas como para que te pongas así.
Leo le miró, nuevamente molesto; en eso debió pensar Cinna antes de salir con aquella declaración de guerra; la cual, a pesar de todo, en el fondo Leonardo agradecía y sentía correcta; incluso la aplaudiría sino se sintiera tan asustado por él; el miedo le invadía amenazando con hacerle estallar y se aferraba al estilista como si temiera que al soltarlo el mundo entero se le cayera encima.
La cena transcurrió de manera lúgubre, en un silencio casi total. Esta vez, ni siquiera los insistentes comentarios de Effie lograron que la conversación se diera o que los ánimos se levantaran un poco.
Tal y cómo había dicho Haymitch, se había levantado un toque de queda que obligó a todos los ciudadanos del Capitolio a guardarse en sus casas más temprano de lo pensado en una noche previa a los juegos. Aquel decreto impedía también que tanto Effie como Cinna salieran del centro de entrenamiento, por lo que debieron acomodarse en el Penthouse para dormir. Effie tomó posesión del cuarto de Belle, quejándose amargamente de no poder regresar a su apartamento, mientras que Cinna debía de acomodarse en la sala.
Leonardo se acercó, llevando consigo una almohada y una cobija. Cinna al verlo, le sonrió dulcemente.
-Ten… se lo pedí a un…-Sintió un nudo en la garganta al tratar de pronunciar la palabra "avox", un cruel destino que les esperaba a aquellos que se atrevían a hacer algo contra el gobierno; una serie de pensamientos funestos donde Cinna era convertido en uno de ellos, insistían en invadir su mente haciéndole sufrir cruelmente.
-Gracias.- Murmuró el estilista, acercándose a él y tomando lo que le ofrecía, mirando la preocupación reflejada en su joven rostro. Cinna dejó la almohada y la manta en el sillón y volvió a abrazar al muchacho.-Lo lamento… sabía que era un riesgo… Portia me advirtió que no te agradaría…-le hablaba al oído, suavemente, con dulzura, tratando de tranquilizarlo.-Pero por favor, compréndeme, era necesario. Además estamos a mano, ¿no lo crees?
Leo se separó un poco de él para poder mirarlo a los ojos, con molestia y extrañeza mezclados, ¿Cómo era eso de que "estaban a mano"?
-Tú has hecho miles de cosas que me han tenido al borde del infarto, preocupándome por ti todos los días…durante los juegos pasados… ahora…
-No las hice a propósito.- Replicó el chico, enojado.- ¿Ahora resulta que vas a hacer las cosas por desquitarte?
-No, no, olvídalo, era una broma, no lo decía en serio… soy muy malo haciendo chistes.- Susurró riendo un poco.
Sintió que Leo temblaba entre sus brazos, le miró de nuevo y pudo notar sus ojos anegados en lágrimas; le estrechó nuevamente de manera protectora, tratando de hacerle sentir mejor.
El chico se hallaba superado, había rebasado su límite. Si bien era valiente y no se arrepentía de sus decisiones, en el fondo no dejaba de ser un niño, un pequeño que se hallaba con un gran peso sobre sus hombros, mismo que a veces le hacía tambalear. Es verdad que si regresaba a aquel momento en el que Rafael le ofrecía huir del distrito doce antes de la cosecha, volvería a quedarse para enfrentarla y enfrentar los juegos, sin embargo, no podía evitar que el miedo pugnara por apoderarse de él como ahora le ocurría; después de todo lo que menos deseaba en el mundo era volver a la arena; sus primeros juegos aún se presentaban cada noche entre sueños para torturarle, para recordarle lo que era el infierno, para no dejarle vivir en paz, y si bien por lo menos en esos instantes o tenía el alivio que Mickey le proporcionaba al dormir a su lado, o bien el consuelo de que las pesadillas se acabaran con la llegada del día, ahora no tenía ni una cosa ni otra; Mickey no estaba a su lado para ahuyentar el miedo con su inocencia, y la llegada del día no ahuyentaría las pesadillas, al contrario, lo entregaría a una nueva.
Sentía miedo, muchísimo miedo, y ahora no sólo por él, también debía añadirle su preocupación por Cinna. Se abrazó a él y comenzó a llorar, desconsolado.
-Tranquilo, todo estará bien… todo estará bien…-Le susurraba Cinna mientras acariciaba su cabeza y le daba pequeños besos en la mejilla. Entendía perfectamente el sentir de aquel chiquillo que debía afrontar tantas cosas siendo tan joven; comprendía que aquello debía estarle carcomiendo desde el día del anuncio del "Vasallaje..." y que fiel a su principio de no cargar con sus problemas a su familia, se había guardado para sí todo el dolor y el sufrimiento que aquello le suponía, así como siempre debió guardarse sus penas para no acongojar a sus hermanos. Siguió acariciando su espalda, sin embargo, Leonardo no paraba de temblar. El hombre continuaba consolándolo, abrazándolo con la intención de hacerle saber que no estaba solo, que podía contar con él, desahogarse a su lado, contarle sus penas y llorar todo lo que quisiera; el muchacho se deshizo en lágrimas, dejando salir aunque fuera por un momento, algo de toda aquella presión que traía sobre sí desde hacía años.
Poco a poco, el cuerpo de Leonardo dejó de temblar y los sollozos se hicieron menos. El chico seguía aferrado a Cinna mientras este continuaba acariciando su cabeza y abrazándolo con fuerza, convirtiéndose en ese apoyo, en ese soporte que necesitaba en aquel momento de desesperación. Leonardo abrió los ojos y notó que el hombro de la camisa de Cinna se hallaba empapado por sus lágrimas; apenado, esbozó una pequeña sonrisa nerviosa.
-Lo siento...- Murmuró, separándose un poquito de aquel agradable refugio, para poder mirar a Cinna al rostro; este le sonrió dulcemente mientras negaba con la cabeza y le observaba a los ojos con devoción.
Para después capturar sus labios en un beso dulce al que Leo correspondió de la misma forma.
El beso comenzó a subir de intensidad pues Leonardo, hambriento, necesitado, separó ligeramente sus labios permitiendo de aquel modo que Cinna profundizara el beso, al tiempo que lo aferraba más contra su cuerpo y sus manos se paseaban por la espalda del chico, mientras que las del muchacho se perdían entre los rizos del estilista.
La lengua de Cinna acariciaba con una mezcla de dulzura y pasión la de su amado pequeño mientras esta se dejaba dominar, anhelante y deseosa de seguir sintiendo aquel toque, degustando su sabor y dejándose llevar por aquella oleada de sensaciones tan nuevas y fascinantes para él; Leonardo sentía que su cuerpo, poco a poco, comenzaba a encenderse realmente en verdaderas llamas.
Las manos de Cinna recorrían la espalda del chico con deseo, bajando lentamente hasta llegar a sus glúteos, acariciándolos. Leonardo al sentirlo dio un ligero respingo, pero no opuso resistencia alguna, aceptando aquellas caricias con el mismo anhelo que Cinna sentía. El estilista, con aquel permiso, continuó acariciando con una mano aquella zona para después acariciar sus muslos, mientras la otra mano sostenía suavemente la cabeza del muchacho, profundizando aún más el beso; Cinna se sentía dichoso por poder por fin tocar aquel cuerpo tan preciado, dejándose llevar poco a poco por la pasión que aquel muchachito le inspiraba y que había debido controlar por tanto tiempo. Sus manos, eran como fuego para aquel niño que encontraba en aquellos momentos una paz que no quería que le abandonara nunca.
El beso se rompió, pero los labios de Cinna no estuvieron ociosos. Comenzó a recorrer el rostro del muchacho, descendiendo hasta llegar a su cuello donde devoró aquella suave piel con amor y lujuria entremezclados mientras sus manos continuaban acariciándolo. Leonardo se hallaba agitado, sus manos revolvían el cabello de Cinna al tiempo que se dejaba llevar de a poco por aquel deseo que excitaba su cuerpo, su mente y su alma.
Abrió los ojos, ya que los había mantenido cerrados durante todo aquel maravilloso momento y se dio cuenta de dónde estaban, en medio de la sala, enfrente del gran y largo sofá donde solían ver las transmisiones referentes a los juegos. Poco a poco el muchacho recuperó aunque fuera un poco de cordura y frenó sus manos, tratando de llamar la atención de su amado.
-No... Cinna... no...
El estilista tardó un poco en escuchar que Leo le llamaba, pero al oírlo se detuvo de aquel paseo de besos que le estaba prodigando en el cuello; levantó el rostro para verlo, riñéndose a sí mismo.
¿En qué estaba pensando? Era obvio que Leo se sentía muy presionado por las circunstancias y era obvio también que una noche previa a algo tan físicamente exigente como los juegos, él querría descansar. Apenado, le miró a los ojos, listo para disculparse y alejarse...
...sin embargo, Leonardo al tener su atención, le dio un dulce y suave beso en los labios.
-... aquí no...- Susurró, con las mejillas sonrojadas por la excitación y la timidez. Cinna comprendió el mensaje, sonriéndole al escucharlo…
…acompañándolo después hasta su habitación.
Una vez que la puerta del cuarto se cerró detrás de ellos; Leonardo abrazó de nuevo a Cinna, besándolo en los labios con anhelo. El estilista respondió de inmediato, aferrándolo a él con pasión mientras sus lenguas jugaban, luchando entre sí por conseguir el dominio de la otra.
Leonardo sólo se hallaba ataviado con un ligero pijama de seda que pronto fue un estorbo para Cinna; el estilista, en contraste a la delicadeza que solía gobernar cada uno de sus movimientos en la vida diaria, prácticamente arrancó en lugar de desabotonar, la camisa del pijama, a lo que Leo correspondió, sacándosela de encima y dejándola caer al suelo.
Leo, inspirado por la pasión, imitó el movimiento de Cinna, abriendo la camisa que este usaba e introduciendo sus manos en el pecho de aquel hombre, acariciando su piel, delineando sus músculos con sus dedos, ardiendo a cada nueva sensación que le permitía experimentar su tacto. Cinna por su parte imitó a su amado, deshaciéndose de la prenda y dejándola caer al piso.
Las manos del estilista volvieron a descender por la espalda desnuda del muchacho, llegando de nuevo a sus glúteos, acariciándolos con mayor libertad y desesperación; tomándolo de esa parte, le levantó ligeramente en sus brazos y le llevó a la cama, recostándolo sobre su espalda y subiendo sobre él, llenándolo de besos en los labios mientras las manos de Leonardo le tomaban de las mejillas, tratando de profundizar aún más aquel contacto; perdido en la sensación que le producía la piel de Cinna contra la suya.
Aun besando sus labios, lamiendo su lengua y acariciando su piel, el estilista logró deshacerse de los zapatos, al tiempo que sus dedos descendían hasta tomar la cintura de los pantalones de seda del pijama del chico, buscando un poco y tocando también el borde de su ropa interior. Sin mayores preámbulos, el hombre hizo descender ambas prendas, poco a poco, como quien desenvuelve un preciado regalo o descubre el más maravilloso de los tesoros.
En breve, Cinna ya tenía al chico frente a sí, completamente desnudo y a su merced. El hombre le miró por unos segundos, tratando de llenarse de aquella hermosa imagen que por cortesía y pudor tantas veces tuvo que evitar al momento de vestirlo. Leo se hallaba sonrojado, apenado y algo asustado; pero Cinna volvió a recostarse suavemente sobre él y le besó en los labios con dulzura para tranquilizarlo; cuando Leo se halló relajado, las manos de Cinna comenzaron a recorrer su cuerpo nuevamente, invadiendo ahora aquellas zonas a las que la ropa no le había permitido llegar.
Leo rodeó el cuerpo de Cinna con sus brazos, acariciando su espalda, ancha, viril y bien formada, estremeciéndose con el tacto de su piel y las caricias que el hombre le prodigaba; en un momento de pasión mezclado con picardía, el chico llevó sus manos a la cintura del pantalón de Cinna, desabotonándolo y bajando la cremallera, algo que hizo que el estilista sonriera en el beso que le estaba dando sobre el pecho. Entendiendo el mensaje, el estilista comenzó a deshacerse poco a poco del resto de su ropa, sin apartarse del muchacho, prodigándole aun todos aquellos besos que deseaba darle, sintiendo en sus labios cada centímetro de aquel cuerpo tan valioso para él.
Cuando por fin Cinna, se encontró completamente desnudo, Leo le apartó levemente de sí para poder admirarlo; el cuerpo de su estilista era hermosamente varonil, de pecho ancho y abdomen bien formado, de brazos y piernas fuertes. Leonardo, sonrojado, notó la erección entre sus piernas, excitándose ante aquella visión, sintiendo como incluso su cuerpo había respondido a todo aquel estímulo, imitando desde hacía rato a aquel miembro erguido y duro que tenía frente a sí.
Cinna le abrazó de nuevo, posicionándose sobre él con suavidad, besando sus labios al tiempo que era correspondido y bajando de nuevo al cuello, cubriendo con sus besos los lugares donde aquel desagradable Rontto había osado marcar a su amado y supliéndolos con su propia seña, algo que provocó que el chico se arqueara emitiendo un ligero gemido de placer, al tiempo que sus manos seguían acariciando la espalda de Cinna, deslizándose hasta llegar a sus glúteos y acariciándolos con deseo.
Cinna, sonriendo, llevó una de sus manos entre las piernas del muchacho y atrapó su erección con cuidado, haciendo que Leo se arqueara de nuevo y ahogara un grito. El hombre comenzó a acariciar aquel miembro endurecido, subiendo y bajando su mano por toda la longitud con cuidado, llevando su pulgar a la punta y dibujando suaves círculos sobre ella; la respiración de Leonardo se agitó aún más, haciéndole luchar por acallar los gritos de placer que pugnaban por salir de su boca.
Cinna resolvió el problema por él atrapando sus labios con los suyos; los gemidos del muchacho fueron a morir en la boca de su amante.
La mano de Cinna continuaba su labor, provocando en el muchacho espasmos de placer que le hacían arquearse cada vez de manera más violenta; pronto, la mano de Cinna fue sustituida por el miembro de este, comenzando a friccionar ambas erecciones, primero suave y lentamente, después un poco más rápido, con energía; la excitación de Leonardo aumentó al sentir como su amado se movía de aquella manera sobre él, al notar su respiración agitada y escuchar algunos gemidos ahogados a pesar del beso.
Los pre seminales de ambos se entremezclaban, resbalando por la piel de ambos; los dedos de Cinna volvieron a rodear la piel de los dos, recogiendo algo de aquel viscoso líquido en ellos para luego descender hasta la entrada del muchacho, comenzando a acariciarla en suaves círculos, masajeándole con aquella mezcla de los fluidos de ambos.
El beso se rompió, pues Leonardo al sentir aquel nuevo movimiento, se arqueó violentamente lanzando un gemido; sin embargo, Cinna siguió su labor, acariciando suavemente mientras besaba el pecho del muchacho, relajando su cuerpo con caricias, preparando aquella zona para que pudiera recibirlo.
Cuando consideró que era el momento, el estilista introdujo suave y lentamente uno de sus dedos en aquella pequeña zona, que se estrechó alrededor del intruso, provocando que el chico se mordiera los labios para no gritar, al tiempo que clavaba sus uñas en la piel de su amante.
Cinna detuvo la fricción entre ambas erecciones, pues si continuaba así seguro terminarían antes de lo debido y él deseaba que aquella noche fuera plena, especial, que ambos se entregaran el uno al otro por completo y lo disfrutaran totalmente; se dedicó de lleno a preparar a su amado, moviendo suavemente el dedo en el interior del chico en pequeños círculos que, poco a poco, comenzaban a relajar la zona, dilatándola lentamente.
Fue cuando Cinna vio la oportunidad e introdujo un segundo dedo.
Al sentirlo, el muchacho volvió a arquearse, mordiéndose de nuevo para evitar lanzar un grito que probablemente sería escuchado en todo el Penthouse. Cinna esperó un poco hasta que Leonardo se acostumbrara a aquella nueva intromisión y de nuevo, con movimientos pausados, retomó su labor de masajear el interior con movimientos circulares, preparando a su pequeño para soportar la entrada de otro más.
-¿Te... te encuentras bien?- Murmuró Cinna, aun moviendo sus dedos con calma, a lo que el muchacho respondió asintiendo con la cabeza, sintiéndose incapaz de pronunciar una palabra o de abrir la boca siquiera, sin lanzar un gemido de placer. Cinna, tranquilo de ver que Leo lo estaba disfrutando, y al sentir que podía proceder, introdujo un tercer dedo en aquella cavidad.
Provocando la misma reacción en el muchacho y que las uñas de este se clavaran aún más en la espalda del estilista, quien sintió aquello con infinito placer.
El hombre siguió masajeando la zona, poco a poco, lentamente; los tres dedos se encargaban de dilatar la entrada, de lubricarla con el pre seminal y de conseguir, lo mejor posible, que el muchacho estuviese listo para recibirlo, arrancándole en el proceso una serie de gemidos y jadeos que hacían que su corazón corriera a mil por hora.
Cuando por fin Cinna consideró que era el momento, extrajo sus dedos suavemente de su cálido refugio, algo que Leo resintió, manifestándolo con un pequeño gemido de decepción; el estilista sonrió y le dio un suave beso, a la vez que separaba con cuidado sus piernas un poco más.
Poco a poco se fue posicionando mejor sobre el muchacho, acoplándose entre sus piernas. La punta de su erección rozó la entrada del muchacho que se estremeció con anhelo y placer mezclado con un poco de miedo; Cinna le dio otro beso que fue correspondido por Leo, y tras acariciar su rostro con suavidad, mirándolo a los ojos durante todo el proceso, introdujo lentamente su miembro en el interior del muchacho.
Al sentir la punta de aquella firme y gruesa erección, Leonardo se arqueó de golpe y puso sus manos en el pecho de Cinna, mientras ambos gemían. Dividido entre empujarlo para alejarlo o aferrarse a él; Leonardo cayó seducido por la segunda opción y rodeó el cuerpo de su amante con sus brazos, mientras este le besaba para tranquilizarlo. Poco a poco continuó el estilista introduciéndose en el muchacho hasta que por fin la unión quedó completa.
Ambos lanzaron un grito, mezcla de dolor y placer.
Cinna esperó un poco para acostumbrarse a la estrechez del cuerpo de su amado, mismo tiempo que serviría para que el chico se acostumbrara a la intrusión. La respiración de ambos era agitada, el cuerpo de Leonardo temblaba por el esfuerzo y la adrenalina. Cinna le miró a los ojos, acariciando su rostro suavemente, delineando su contorno con sus dedos; los ojos dilatados por la pasión y el deseo.
-Mío...- Murmuró con la voz enronquecida al ver aquel rostro de ángel ante sí, aquella dulce criatura que se entregaba a él de esa manera.
-Sólo tuyo...- Replicó el chico con voz ahogada, aferrándose a él, sintiéndose pleno con aquella conexión casi sagrada que se había dado entre ellos. Cinna, ante esa respuesta, le sonrió abiertamente con dulzura y amor, volviendo a besarlo de manera profunda, siendo correspondido espléndidamente por aquel chico que ahora le pertenecía.
Cuando por fin sintió que ambos se hallaban listos, comenzó a moverse; lentamente al principio, pero poco a poco aumentando la velocidad y la fuerza de sus movimientos. Ambos jadeaban y gemían de placer, extasiados ante aquella serie de sensaciones que les invadían en aquel momento. Cinna continuaba embistiendo al muchacho, a la vez que Leonardo levantaba un poco las caderas, deseando mayor proximidad entre los dos, si es que acaso eso era posible, y sus manos se aferraban a los glúteos de su amante, siguiendo el ritmo de su pelvis que le embestía una y otra vez, aumentando a cada momento la intensidad.
-Te... te amo...- Susurraba Cinna, entre gemidos; Leonardo flexionó un poco su pierna, sin darse cuenta que aquel movimiento provocaba que la penetración se hiciera más profunda; Cinna, al sentirlo se arqueó, estremeciéndose de placer al mismo tiempo que Leo, quien clavó sus uñas en la espalda de su amado nuevamente; el estilista tomó la pierna del muchacho y la empujó otro poco, haciendo que la penetración volviera a profundizarse un poco más.
-Te amo…- Volvió a murmurar el estilista en el oído del muchacho, haciéndolo sentir una gran felicidad.
- Mi amor...- Soltaba el chico entre jadeos, aferrándose con más fuerza al cuerpo de Cinna; por instinto, Leo rodeó la cintura del hombre con aquella pierna que había flexionado, lo cual hizo que la fricción aumentara y la erección de Cinna llegara a lo más profundo del cuerpo del muchacho, topándose con la próstata de este, haciéndolos estallar de placer al sentirlo.
Cinna, loco de placer, amor y lujuria entremezclados, incrementó la velocidad y la intensidad de las embestidas, provocando en el muchacho una sensación inimaginable; como si su cuerpo fuera recorrido por una deliciosa corriente eléctrica que le estremecía por completo, mientras que la habitación se llenaba de los gemidos de ambos, los jadeos y las promesas de amor, mezcladas con el aroma a sexo.
-Te...amo...- Repetía Leo una y otra vez, deseando que aquello no terminara nunca; que al amanecer ambos estuvieran juntos y pudieran salir del Capitolio, sin pensar en nada más que pasar la vida así, uno a lado del otro, siguiendo un sólo camino para ambos.
-Te amo... mi amor, te amo…- Respondía Cinna, aferrándose a él, no queriendo pensar en el mañana, deseando imaginar que la sombra de los juegos era sólo un artífice creado por sus temores y que se borraría en cuanto saliera la luz del sol, dejándoles pasar la vida juntos, permitiéndoles unirse para siempre sin restricciones ni prohibiciones absurdas.
Desechando ambos aquellos pensamientos funestos, unieron sus labios con desesperación, haciendo luchar a sus lenguas por el dominio de su respectiva contraparte, al tiempo que el cuerpo de Leonardo tenía la batalla perdida ante el cuerpo de Cinna, que tomaba posesión de él una y otra vez, dominándolo con su peso, embistiéndolo con mayor rapidez y provocando que la fricción de su abdomen torturara placenteramente el miembro de Leo de una manera exquisita, amenazando con hacerle estallar en cualquier momento.
Leonardo se retorcía bajo el cuerpo de Cinna, deseando sentir cada centímetro de su piel y llenarse con su aroma y con todo lo que él pudiera darle; la fricción en su erección seguía enviándole diversas sensaciones de exquisito placer que le llevaban poco a poco al éxtasis.
Las estocadas de Cinna continuaban, haciendo que el muchacho se estremeciera y pidiera más; algo que su amante se hallaba totalmente dispuesto a darle. Los gemidos se hacían cada vez más roncos gracias al esfuerzo y la resequedad que les provocaba los constantes jadeos que emitían ambos. Leonardo mordía los labios de Cinna y este volvía a atraparle en un beso profundo donde todo era lengua, dientes y deseo.
Pronto, ambos sintieron un espasmo en la parte baja del vientre; Cinna derramó su simiente en el interior de Leonardo, arqueándose y gimiendo junto con él que a su vez sintió la suya estallar, llenando el abdomen de los dos.
Agitados, luchaban por recuperar el control de su respiración. Cinna miró a Leo, sonriéndole lleno de felicidad, algo a lo que Leo le correspondió con la misma intensidad; pronto comenzaron a llenarse de besos y caricias, mientras Cinna jalaba la manta, cubriéndolos a ambos, pero en especial a Leonardo, pues no deseaba que el clima pudiera dañarle después de tal actividad.
-Te amo.- Susurró el hombre en el oído del chico, el cual sonrió dichoso y pleno ante tales palabras.-Significas todo para mí.
-También te amo... te amaré por siempre.- Replicó, acariciándolo, deseando no pensar más que en aquel hermoso momento, anhelando mirar los ojos de Cinna, besar sus labios y sentir su amor durante toda la noche.
Por desgracia, el cansancio se apoderó de ambos y poco a poco comenzaron a caer dormidos, uno en brazos del otro, tranquilos y felices, por lo menos lo que quedaba de aquella noche.
A la mañana siguiente, Leonardo despertó temprano gracias al molesto ruido del despertador que, en las habitaciones de todos los tributos, se hallaba programado para despertarlos a tiempo para ir a los juegos.
Cinna despertó también y al darse cuenta que era de día se sintió descorazonado, en especial al ver a Leo a los ojos, comprendiendo que, por ahora, debían decirse adiós.
Sin embargo, nada podría impedirles disfrutar el tiempo que tenían; el hombre le dio un profundo beso, el cual fue correspondido con ternura y amor; posteriormente ambos procedieron a bañarse juntos.
-¡Buenos días equipo!- Exclamaba Effie al verlos llegar al comedor. Al verlos juntos quiso hacer algún pícaro comentario mordaz, pero prefirió evitarlo; la situación ya de por sí era bastante pesada como para incomodarlos de aquella manera.- ¡Arriba ese ánimo! No pongan esas caras; sé que están asustados por lo que pueda pasar a partir de hoy, pero estoy segura de que no ocurrirá nada malo.- Le sonrió a ambos.- Leonardo regresará más pronto de lo que imaginas, Cinna, y lo hará como un bi-campeón.
-Lo sé.- Replicó el estilista, esbozando una débil sonrisa.- Estoy seguro de eso.
-¡Por supuesto que sí! Por lo tanto, ¡arriba corazones! Todo saldrá bien el día de hoy, estoy segura; así que, anda niño, toma tu desayuno que no se ganan los juegos con el estómago vacío... ¡Oh, buenos días, Haymitch!
-Que tienen de buenos.- Rumió el mentor con mala cara, mirando a la parejita que no parecía tener mejor pinta que él. Haymitch suspiró y negó con la cabeza, sin poder evitar sonreír maliciosamente al pensar en qué pasaría si Rafael se enterara... quizá él mismo se lo diría cuando tuviera oportunidad.
Tras desayunar y asearse, llegó el momento de partir. Effie, cuya labor para con el muchacho terminaba en ese momento y se reiniciaba sólo si él volvía con vida, abrazó a Leonardo con fuerza, recordándole que presentía lo mejor para él y que no olvidara nunca que era una "perla", que surgía del carbón gracias al esfuerzo y el dolor (Aunque era obvio que Effie se equivocaba de piedra, llamando perla a un diamante, pero la intención era buena); el muchacho le abrazó con fuerza y le agradeció por su esfuerzo, pero en especial, por su amistad.
Haymitch, Leo y Cinna subieron a la azotea del edificio, dónde los otros tributos, acompañados de sus respectivas comitivas, ya se hallaban abordando el aerodeslizador que habría de llevarlos a la arena. Los tres se detuvieron cerca de la nave y el muchacho se giró para mirar a sus acompañantes. Cinna le sonrió con dulzura, no buscando aún una despedida pues él iría a la habitación de lanzamiento en la arena para ayudarle con el vestuario; Haymitch por su parte abrazó fuertemente a Leonardo.
-Recuerda, sabes quién es tu enemigo, sólo mantente alerta y procura seguir las instrucciones, todo estará bien.
El muchacho no comprendía del todo las palabras de Haymitch, pero prefirió confiar; sabía que su mentor hacía las cosas no sin una buena razón y si algo había aprendido en los últimos juegos, era a confiar en él.
Después de eso, el chico abordó el aerodeslizador.
Dentro de la nave tomó asiento enfrente de Johana Mason, quien al mirarlo arqueó una ceja y esbozó una media sonrisa a modo de saludo; Leo le correspondió asintiendo ligeramente con la cabeza. Un hombre joven, usando una bata de médico, se acercó al muchacho pidiéndole que extendiera el brazo, aplicándole después la inyección que colocaba el pequeño rastreador debajo de su piel que permitiría a los vigilantes saber en qué lugar se encontraba a todo momento durante los juegos.
La nave despegó, y tras un breve vuelo aterrizó en la vieja fortaleza que Leonardo recordaba tan bien.
Al descender, los tributos fueron llevados por diversas puertas. Leo pudo ver como Johana y Tyler entraban por puertas diferentes y alejadas una de la del otro; lo mismo ocurría con Finnick (quien le saludaba alegremente con la mano antes de desaparecer) y Mags, que a paso tranquilo y sin el bastón, desaparecía por otra; Beetee, nervioso, ingresaba por otra a la izquierda de Leonardo mientras que Wiress, algo perdida, ingresaba por la derecha.
Escoltado por un grupo de agentes; Leo fue ingresado en aquella vieja y austera habitación gris en la que había estado el año pasado... bueno, no estaba seguro de si era la misma, pero por lo menos se parecía bastante; pues sólo tenía una mesa junto a un panel de control empotrado en la pared, un largo sillón y en la esquina, el tubo de cristal con la plataforma que habría de llevarlo a la arena. La puerta se cerró después de que él entrara. El chico se quedó de pie, temblando ligeramente al recordar a lo que debía enfrentarse.
Poco después la puerta se abrió de nuevo y el chico se giró, encontrándose con Cinna, quien llevaba un paquete en sus manos. Su rostro se iluminó con una sonrisa al tiempo que el estilista le correspondía, acercándose a él en pocos pasos, abrazándolo con fuerza, estrechándolo contra su cuerpo al tiempo que Leonardo se aferraba a él de la misma manera. El paquete acabó en el suelo.
Duraron varios segundos así, unido el uno al otro, sin decir una palabra pues no eran necesarias; ambos sabían lo que el otro sentía y eso por ahora era más que suficiente.
Tal y como el año pasado, se hallaban renuentes a romper el abrazo, sin embargo no tenían más opción. Poco a poco se separaron, sin dejar de mirarse.
-Toma...- Susurró el estilista, levantando el paquete que había dejado caer al piso. Leo lo tomó en sus manos y procedió a abrirlo con desgano, sacando de su interior el uniforme estándar que los tributos usarían en la arena ese año. Un mono completo de cuello alto, de dos tonos de gris, claro y oscuro; la tela era delgada y elástica, medianamente resistente, a eso se añadía un cinturón negro hecho de un material desconocido para el muchacho. Leonardo miraba la tela y la estiraba entre sus dedos con curiosidad.
-¿Alguna idea?- Le preguntó, refiriéndose a la arena, ¿Qué tipo de lugar sería para que fuese necesario un traje así?
-No lo sé, no te protegería de las inclemencias del clima... quizá sea algún lugar desértico o algo así.- Murmuró el hombre, también manejando la tela entre sus manos.- Insisto, si yo lo hubiera diseñado, lo habría blindado.
Leonardo le sonrió, no dudaba absolutamente de su palabra.
Comenzó a vestirse en frente de él; a estas alturas ya estaba de más el pudor. El estilista le sonreía dulcemente, deleitándose con la vista que se le ofrecía y deseando nuevamente, hallarse a miles de kilómetros de ahí, viviendo una vida tranquila a lado de aquel chico que había llegado a convertirse en la prioridad de su vida; en la inspiración para su arte y el motivo que hacía que continuara viviendo; aquel niño que para él lo significaba todo.
Leonardo terminó de vestirse y miró a su amado, sonriéndole con una mezcla de dulzura y tristeza... era obvio que él pensaba y sentía lo mismo.
-Ten... tienes la mala costumbre de olvidarlo.- Cinna se acercó a él y le colocó en el pecho la insignia del sinsajo; Leo sonrió otra vez.
-Gracias...- Y sin más volvió a abrazarlo, pues quería poder sentirlo así el tiempo que quedara para el lanzamiento.
Cinna le estrechó entre sus brazos, con fuerza, aferrándolo contra su cuerpo, deseando no soltarlo nunca. Sus labios se buscaron y se fundieron en un profundo beso, deseando no separarse jamás.
-"Tres minutos para el lanzamiento".- Soltó la voz metálica desde el altavoz.
Los dos chicos cortaron el beso, pero sin deshacer el abrazo; Leonardo cerró los ojos, permitiendo que el resto de sus sentidos se llenaran de aquel hombre al que amaba; que su tacto se deleitara con la piel de Cinna, que su gusto aun saboreara aquel beso, que su olfato se inundara del aroma de su colonia y su piel, y que sus oídos se llenaran del latido de su corazón.
Cinna por su parte, acariciaba la cabeza del muchacho, deseando poder tener el poder en sus manos para sacarlo de ahí y evitarle volver a aquella horrible arena, fuente de todo su sufrimiento y sus pesadillas; anhelaba poder hacer algo para evitarle tantas penas y tanto dolor, y se maldecía a sí mismo por no poder hacer nada más, nada, tan sólo brindarle su talento para que la gente recordara que Leonardo Hamato debía vivir.
Volvieron a besarse profundamente, con intensidad, pasión y amor.
Teniendo que separarse de nueva cuenta.
Cinna acompañó a Leo hasta el tubo de lanzamiento; faltaban algunos segundos para que este se diera. El chico subió a la plataforma, mirando a Cinna al tiempo que el tubo de cristal se cerraba.
En cualquier momento la plataforma comenzaría su ascenso a la superficie...
... sin embargo no ocurría, el tiempo pasaba y ésta ni siquiera se movía, tampoco la voz mecánica del altavoz daba algún anuncio que justificara aquella demora.
Leo miró a Cinna con duda, preguntándole con la mirada que estaba pasando, este también parecía extrañado con aquella situación y negaba con la cabeza, tan desconcertado como él.
De repente se escuchó la puerta y fuertes pasos que entraban en la habitación.
Eran tres agentes de la paz; al verlos, Leonardo sintió que un escalofrío le recorría de pies a cabeza.
Dos de los agentes tomaron a Cinna de los brazos, esposándolo.
Mientras que el otro le daba un fuerte golpe en la cabeza usando un guante tachonado de metal, haciéndolo caer de rodillas ante el impacto.
-¡Cinna!-Gritó Leonardo dentro del tubo, aterrado, encolerizado. Comenzó a golpear el cristal de manera frenética, tratando de romperlo para salir de él y auxiliarlo.-¡Cinna!
Pero el maldito cristal era reforzado y los golpes del chico no le hacían mella; los agentes, sin hacer caso del muchacho que continuaba gritando el nombre de Cinna a todo pulmón mientras golpeaba el cristal como un desquiciado, siguieron golpeando al estilista a su antojo ; dejándolo inconsciente, abriéndole grandes heridas en la cara y el cuerpo que manaban grandes cantidades de sangre; después, se lo llevaron a rastras dejando un camino de sangre tras de ellos, sacándolo de la habitación mientras que Leonardo seguía debatiéndose dentro del tubo, golpeándolo con fuerza, gritando hasta quedarse afónico, con los ojos ardiendo por las lágrimas y la cabeza dándole vueltas por el dolor.
Entonces la plataforma se movió y comenzó su ascenso hacia la arena.
La respiración del muchacho se hallaba agitada, su garganta ardía por haber gritado tanto.
Lo comprendió todo; Saki no sólo quería castigar a Cinna por su atrevimiento con el traje de Sinsajo, sino que también quería desestabilizar a Leonardo, dejarlo tan marcado y dolido que le fuera difícil reaccionar en la arena.
¡El maldito!
Si pensaba que con eso lograría que se convirtiera en presa fácil se equivocaba; no le daría el gusto. Se pasó la mano por los ojos, quitando las lágrimas que aún se hallaban en ellos (aunque parecía ser caso perdido, pues a estas siguieron más) y se irguió, luchando por controlar su agitada respiración, tratando de concentrarse en lo que le esperaba.
No le daría el gusto de caer presa del dolor que le estaba consumiendo en ese momento; aunque su corazón gritaba por el dolor que le embargaba, no le daría la satisfacción de verlo tan desconcertado que cualquiera pudiese dar cuenta de él sin el mayor esfuerzo; no le daría la ventaja de deshacerse de él en esa arena.
Saldría de ella, ¡vaya que lo haría! Y le haría pagar por todos.
Por su padre, sus hermanos, Magda, Abril, Haymitch, Usagi y Miyamoto-san, Tyrene y su padre...
...Por Cinna.
Mataría a Oroku Saki con sus propias manos y le haría lamentar el día en que Miguel Ángel Hamato fue elegido tributo, ya que con eso había dado paso a su peor pesadilla.
La plataforma emergió por fin, y Leonardo, firme, con el semblante sombrío pero serio, con el alma hecha pedazos y el corazón gritando, llenaba sus pulmones con el aire de aquella arena.
Aire salado y rayos de sol.
Miró a su alrededor de reojo, aquello no era tierra firme.
Era agua... agua de mar, y a lo lejos se veía la playa, la arena.
-¡Damas y caballeros!- Se escuchó la voz de Claudius Templesmith, inundando el lugar.- ¡Qué empiece el "Vasallaje de los Veinticinco"! ¡Los septuagésimo quintos juegos del hambre!
Y el conteo comenzó sobre la lejana Cornucopia.
