Capítulo 9: ARIADNA ZELWYN

" No podía explicarle que él sabía

Lo que sentía el corazón de una mujer

Cuando se entregaba a un hombre por

Primera vez, que sabía que el primer hombre

Con quien yaciera Lucrecia se convertiría en

El dueño de su corazón y de sus actos…

Le estaría entregando las llaves de su alma…"

LOS BORGIA- Mario Puzo.

Hermione estrujaba el edredón entre sus manos con nerviosismo. Era presa de las torturas de su orgullo mancillado a la vez que víctima de su joven corazón. Cada vez que intentaba maldecir a Malfoy por el modo inhumano en que la había dejado tras haber sido ella quien cometiese el imperdonable error de traicionarse a sí misma confesándole sus sentimientos, una parte de ella le impedía insultar en modo alguno el nombre de su recién descubierto amor. ¡Maldita fuera aquella parte de su alma que la inducía a amarlo! Pero, ¡maldita fuera también ella por no permitir a su corazón amar y entregarse con la intensidad que quería hacerlo, condenándola con esto a las penas del infierno!

¡Si tan solo se hubiera dejado llevar conocería ahora lo que es la dicha de entregarse al amor! Estaría ahora entre sus brazos, con al menos una parte de ella satisfecha y no deseando morir en vida ante la idea de que el joven buscara consuelo en otros brazos por aquella noche. O, peor aún, que ya no volviera jamás, condenándola a su suerte.

A modo de consuelo, quería persuadirse de que igualmente estaba condenada a perderlo luego, sin importar lo que hiciera. Después de todo, lo que impulsaba a Malfoy a besarla no era más que deseo, ¿verdad? Estaba con ella solo por la posibilidad de regresar algún día a su mundo, ¿no era así? Había comprado aquellos bollos y le había hecho mil atenciones todo aquel tiempo solo porque era necesario para mantener la convivencia ¿o no? Extrañamente su corazón comenzaba a ganarle la partida a su razón y de pronto la imagen del rubio comenzó a lucir ante sus ojos mucho más atento, más amable, más digno de su amor. De un momento a otro el sarcástico Draco Malfoy contra el cual ella todo ese tiempo se había mantenido a la defensiva aparecía de pronto coronado por la aureola de los protagonistas de las novelas románticas de las que Hermione alguna vez se había burlado, pero que había disfrutado como cualquier otra joven que aún creía en el amor. Y de pronto, tuvo el convencimiento de que quizás Draco Malfoy si la amaba. Y aunque no la amase, que el mundo la perdonara, pero igualmente había sido una tonta en no haberse entregado como deseaba en el momento en que pudo. Y ahora, ¿que le esperaba ahora? Su indiferencia de ahí en adelante, o, peor aún, la soledad de su abandono. Y su corazón de niña sacó a flote todo el melodrama de que era capaz y lloró como no recordaba haber llorado nunca.

*

La mujer de cabellos rubios lo observaba detenidamente y en silencio, mientras la elfa, sin quitar de Draco su mirada recelosa, servía té para ambos. La rubia no debía tener más de treinta años y aunque sus hermosos rasgos eran ensombrecidos por una triste expresión, un brillo maligno en sus ojos hacía imposible tenerle lástima.

Dado lo incómodo del silencio que se había producido, Draco intentó desviar la mirada hacia el entorno. No tenía las dimensiones ni la majestuosidad de la mansión Malfoy, aunque un par de reliquias mal cuidadas que decoraban las paredes se le hacían increíblemente familiares.

- Lamento no poder ofreceros más que té y algo de pan.- interrumpió ella, intentando atraer su mirada de regreso. Pero el invierno acabó con las tentativas de cultivar algo en esta tierra ingrata que Shea y yo hemos hecho. Vendiendo lo que quedaba de valor en esta casa nos hemos mantenido hasta ahora.

- ¿Quién sois?- le preguntó Draco, algo cansado de aquel coloquio que no entendía. ¿Por qué aquella mujer decía que lo había estado esperando?

- Es cierto. No hemos sido presentados.- sonrió dejando la taza sobre el plato y sonriendo de medio lado- No estoy acostumbrada a recibir visitas.- Draco mantuvo su mirada expectante- Soy Ariadna Selwyn… Y lo que veis aquí es lo que queda de una de las familias más antiguas del mundo de la magia.- el joven sonrió con un descarado escepticismo, pero ella hizo caso omiso de su expresión incrédula- Descendemos del mismo Salazar Slytherin. ¿Lo conocéis, no es cierto?- Draco asintió- ¿De modo que en vuestro tiempo Hogwarts aún existe?- Draco la observó atónito.

- ¿Cómo sabéis que…?

- ¿Qué no pertenecéis aquí?

- ¿Fuiste tú? ¿Tú has hecho esto?- ella lo observó por un instante intentando comprender el cambio en el lenguaje pero tal era la ofuscación de Draco que no se percató de haber dejado de usar los modismos propios de esa época. Finalmente, la mujer negó con la cabeza.- ¿Y entonces…?

- Eso es lo que intento explicaros. ¿Me dejareis? ¿O seguiréis interrumpiéndome a cada momento?- él tomó asiento en silencio.- Bien. Sabía que no erais un necio… No como el otro… El verdadero Drago Malefoi

- ¿De modo que si es un mago?

- Así es… un mago y un idiota. Pero eso no os interesa a vos…

- Pero, si es mago, ¿cómo es que se comporta como un vil ladrón?

- Porque desconoce su naturaleza. Ha tenido accidentes, por supuesto, pero sus supersticiones le han hecho creer que es obra del demonio… vive ufanándose de ser la representación de una fuerza maligna aquí en la tierra, y con ello justifica sus crímenes… ¿Aún creéis que es solo un ladrón?- sonrió con sarcasmo.

- No entiendo… Si el os conoce, como es que..

- No me conoce. Lo he observado en las sombras, esperando a que vos llegaseis.

- ¿Quién sois?

- Ya os he dicho… una simple bruja. Y tú… Mi salvación ¿Me dejareis contaros una larga historia?- el asintió en silencio. El corazón le palpitaba a mil por hora ante la idea de encontrar finalmente una respuesta para cuanto estaba ocurriendo a él y Granger- Todo comenzó al morir mi padre…

*

Eleazar Selwyn provenía de uno de los linajes más puros entre los sangre limpia de su época. Tenía una Mansión, heredada de su opulenta familia, una gran herencia almacenada en Gringgots y una terrible afición por las apuestas. Se había casado con una profesora de Adivinación, de poco talento, pero emparentada con grandes videntes del pasado. Tuvieron dos hijas. Para el año en que Ariadna nació, su padre, presa de las deudas derivadas del juego, sufrió una afección al corazón que pronto lo llevó a la muerte, dejándolos sin más posesión que aquella casa.

A los pocos años, su hermana mayor, una genialidad de mirar profundo, terminaba Hogwarts cuando fue reconocida por profesores y autoridades como una vidente con un talento sin igual. Raras veces en la historia aparecía una bruja capaz de predecir conscientemente y en exactitud el futuro, y aconsejar a los grandes hombres sobre el camino que debían tomar. De niña, Ariadna disfrutaba de la admiración que su hermana despertaba en todos y era ese talento, según su madre, el que las salvaría de la ruina. Y así fue por los dos años siguientes: la joven vidente fue consultada por magos poderosos, todos dispuestos a conceder sus favores. Pudieron pagar las deudas, y el futuro lucía prometedor. Y entonces… todo se vino abajo.

Ariadna apenas había cumplido ocho cuando la desgracia cayó sobre la familia. Su hermana, la célebre vidente, había huido con un muggle y por tanto, fue borrada de cualquier genealogía y libro que la recordara. ¡Había renunciado a su mundo para vivir con "los otros", en una época en que no existían defensores de muggle ni nadie que fuera partidario de ese tipo de uniones!

Su madre, sumida en la miseria y el descrédito, fue presa de una pena que la acompañaría hasta el final de su vida. Y ella, como hermana de una traidora, sufrió una infancia en soledad.

Recién al cumplir los once años, junto con la carta que anunciaba su ingreso a Hogwarts, volvió a su hermana. Había aparecido en mitad de la habitación, con sus finas ropas muggles, para despertarla. Un dejo de tristeza enturbiaba sus ojos grises. Algo había cambiado irreversiblemente y, no obstante, no mostró arrepentimiento por la decisión que había tomado.

- Nuestra madre se pondrá muy contenta…- intentó decir Ariadna, pero la recién llegada negó con la cabeza.

- No puedo dejar que ella me vea… Nadie debe saber que he venido. Sólo a ti confiaré mi secreto, Ariadna, pues debéis velar porque las cosas ocurran en el modo correcto. Hay muchas formas de torcer el futuro, y si eso ocurre, estaréis perdida...

*

- Esa noche me explicó muchas cosas que yo no entendí entonces. Dijo que amaba a aquel muggle por quien nos había dejado, y que por amor no había hecho caso a sus visiones por muy claras que estas eran.

- Aún no entiendo qué tengo que ver yo en…

- Ella estaba embarazada. Cargaba con un hijo que sería el culpable de su muerte.

- Drago…- susurró Draco comprendiendo.

- Exacto… Drago Malefoi… Cuyo lugar tú habéis venido a ocupar.

- Pero… ¿Por qué?

- Os vio venir. Sabía que vos y la joven que os acompaña llegaríais aquí por esta fecha, y yo debía estar atenta para encontraros cuando estuvierais en Wiltshire.

- De modo que tú… ¿nos ayudarás a regresar?

- ¿Es eso lo que quieres? ¿Regresar?- Preguntó contrariada, como si eso no calzara en el plan que tenía preparado para él. Draco dudó. Sin saber bien por qué, el recuerdo de Hermione se hizo presente.- No, Drago… Aún no. Los sentimientos que os unen a esa joven también os atan a este mundo.

- ¿Sentimientos? ¿De qué joven habláis?- preguntó a la defensiva. No le gustaba la seguridad con que aquella mujer se atrevía a sugerir que el amor lo unía a Granger. Lo que él sentía por la joven era netamente pasional. Eso ya se lo había dejado claro a sí mismo. No necesitaba que alguien lo viniera a hacer dudar otra vez.

- ¿Aún no sois capaz de aceptarlo?- río la mujer burlesca.

- ¿Aceptar qué?

- Que la amáis…- la palabra golpeó tan fuerte en el corazón de Draco que no fue capaz de decir nada para rebatirla- Mi hermana lo sabía… La hija del Barón os atará a este lugar para que no queráis regresar hasta concretar lo que habéis venido a hacer. Y yo no os ayudaré a volver a vuestra época hasta entonces.

- ¿Y qué es lo que se supone que he venido a hacer?

- Vengarla a ella y salvar esta familia que, si no me equivoco, será vuestra familia…

- ¿Vengar a quién?

- A Elisa…- Draco recordaba ese nombre de algún lugar- Todo está predicho… Ella lo predijo: el Conde que os ha encontrado y os ha sacado de las calles… Tu huida, el reencontrarte con aquella joven… Incluso lo que sientes por ella estaba anunciado. Mi tarea es velar porque nada ni nadie tuerza el destino.

- ¿Por qué esperar a que llegáramos nosotros? ¿Por qué no imponer la misma tarea a aquellos que reemplazamos?

- Porque el destino de esos dos está sellado por la muerte… Hacia ella caminan sin saberlo, y nada ni nadie podrá cambiarlo. Pero tú y la joven estabais destinados a amaros… Y por causa de ese amor tú haréis todo cuanto estáis sentenciado a hacer…

- Te equivocas…- intentó reír- Por causa de ese "amor", como tú lo llamas, es que regresaré a ella en este mismo instante y me olvidaré de vos y vuestras locas predicciones.- ella amplió su sonrisa al verlo caminar hacia la puerta- ¿De qué reís?

- Incluso esto, vuestro intento de escapar de mi y de vuestro destino… también esto estaba predicho…- Draco siguió caminando sin prestarle atención, ignorando incluso la mirada curiosa de la elfa. Podía sentir la risa de Ariadna a sus espaldas y abrió la puerta convencido de que debía regresar con Hermione cuanto antes.- Hasta pronto, Drago… Iré a vos cuando sea necesario, y luego vos vendréis a mí.

Las últimas palabras de Ariadna retumbaron en sus oídos al dejar el lugar y lo siguieron todo el camino de regreso a casa.

*

Cavilaba confuso lo que acababa de ocurrir intentando retener en su memoria el más mínimo detalle de lo que había dicho la bruja; cualquier dato podía ser esencial para encontrar el modo de regresar a casa. El nombre de Elisa daba vueltas en su cabeza como si fuera la llave para liberar algún recuerdo importante atesorado en su memoria, pero por más que buscaba una imagen, un rostro que darle a aquel nombre, el recuerdo se desvanecía. ¿Había oído el mismo nombre en la casa del Conde de Dorset? ¿Había sido Higgins quien le hablara de ella? No lograba recordarlo, pero aunque lo hiciera, si la bruja tenía razón, la adivina formaba parte de todo cuanto lo ataba a aquel lugar, cuando lo que el necesitaba era encontrar el modo de huir de ahí, y ahora que había encontrado la un punto de contacto con los magos, haría lo imposible por hallar a alguno que estuviera dispuesto a ayudar, aunque aquello significara hacer guardia día y noche a la entrada que acababa de descubrir.

Se suponía que Granger era una bruja inteligente; bueno, de hecho él sabía que lo era, de modo que ella tendría que ser capaz de elaborar un plan. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos en tanto se acercaba a la casa donde debía estar la joven. Tan absorto estaba en sus pensamientos que había olvidado por completo la razón por la cual había salido de ahí hacía algunas horas. Por ello grande fue su sorpresa al traspasar la puerta y encontrarla a ella recogida sobre la butaca, con una expresión de angustia en el rostro que jamás le había visto. Se había quitado el vestido que él se encargara de rasgar y colocado el camisón que usaba para dormir, pero el cansancio en su rostro daba clara cuenta de que no había pegado los ojos desde que él la dejara.

- ¡Regresaste!- exclamó la joven, con inesperado alivio, mientras se ponía de pie y daba unos pasos hacia él, antes de que Draco pudiera decir nada. Al ver la expresión perpleja del rubio, se mordió el labio y bajó los ojos presa de una súbita vergüenza ante las palabras dichas, que al parecer evidenciaban demasiado.

- Creí que estarías dormida.- dijo él por decir algo; necesitaba cambiar el tema rápidamente o se iniciarían entre ambos ciertos reproches que entorpecerían su tentativa de regreso a su mundo. Ella le observó contrariada, confusa ante la idea de que él quisiera desviar la conversación, que pretendiera simplemente olvidar lo que había ocurrido. Sonrió de medio lado algo decepcionada y agachó la cabeza en señal de derrota.

- Eso estaba a punto de hacer ahora…- masculló, y por el modo triste en que lo dijo, Draco decidió que caminaba nuevamente sobre terreno peligroso, como si una bomba fuera a explotar en cualquier momento, y no le convenía gatillarla ahora. Quizás fuera mejor dejarla dormir y que el sueño le hiciera olvidar lo ocurrido. Ya mañana tendría tiempo de hablarle de sus planes.

- Buenas noches entonces.- intentó sonreír amable, pero lucía incómodo, aunque Hermione no lo notó.

- Buenas noches…- comenzaba a dar la vuelta para esconderse en su cuarto cuando se quedó de pie, inmóvil por unos instantes, y luego se giró bruscamente hacia él. Por la ira reflejada en aquel rostro, Draco supo que se avecinaba una tormenta.- No… No participaré de tu juego. No haré como si no hubiera pasado nada. ¡Estoy harta de fingir que no ocurre nada entre nosotros solo para mantener las cosas en paz, porque ambos sabemos que sí ocurre algo!- Draco abrió la boca para hablar pero las palabras se le atragantaron. Hermione lo miraba con rabia y los puños apretados, caminando en dirección a él.- Y aunque no puedo saber que es lo que pasa por tu cabeza, si puedo hablar por mí, porque necesito hacerlo, necesito decirte, aunque me pierda con ello, que no pasa un instante en que no me atormente la idea de desearte en el modo en que lo hago, porque sé que no es correcto, como tampoco es correcto sentir por ti lo que estoy sintiendo ahora. Me traiciono a mí misma al confesarte esto porque puede que bien poco te importan mis sentimientos. Me deseas, eso lo sé bien, pero… ¿sientes algo más? Necesito saberlo. Aunque tú respuesta me duela, necesito saberlo, Malfoy, y si algo de aprecio te he ganado en este tiempo que pasamos juntos, lo menos que puedes hacer es ser sincero conmigo.- expresó con voz suplicante. Las lágrimas se agolpaban a sus ojos y sólo lo que le quedaba de orgullo impidió que rodaran por sus mejillas evidenciando su desesperación. Malfoy seguía en silencio, contemplándola atónito, pero sus ojos grises, más oscuros que nunca, no dejaban traslucir nada, ni un solo pensamiento, lo que ella atribuyó a frialdad de corazón, o, peor aún, a su repulsión ante los sentimientos de ella. ¡Qué ciega había estado al no comprender que se trataba de Draco Malfoy! ¡Qué ilusa al creer que el hijo de Lucius pudiera sentir por ella algo más que desprecio! De un momento a otro se convenció de que su ridículo romanticismo la había enceguecido al extremo de inventar en Malfoy un lado más humano, reservado para ella. Ese necio deseo de las mujeres jóvenes de salvar al chico guapo pero malo, se había apoderado de ella con tanta facilidad como lo había hecho de sus antiguas compañeras de Hogwarts, de quienes ella se había burlado. El amor era sin duda una enfermedad terrible, y ella comenzaba recién a comprender la verdadera magnitud de su padecimiento. ¡Qué estúpida se sentía! ¡Y qué miserable! ¡Cuánto estaría disfrutando Malfoy el espectáculo de verla limosneando una migaja de su amor, prácticamente entregándose a él en cuerpo y alma! ¿Se estaría riendo ya? Las lágrimas le nublaban la visión impidiéndole ver el rostro del joven, pero su silencio lo decía todo. Sintió su cuerpo temblar con nerviosismo y al apreciar las lágrimas finalmente correr por sus mejillas se giró sobre sus pies para que él no viera el espectáculo. No quería darle también ese gusto. Intentó caminar, huir de él después de aquella bochornosa confesión, pero sus piernas no le respondían, y todo cuanto deseaba era dejarse caer, perderse y luego de unos segundos, sucumbió a la tentación. ¡Qué más daba ya que él la viera derrotada y vencida! ¡Qué importaba que la considerara más despreciable que nunca ahora que había descubierto su debilidad! Ya todo estaba perdido y no quedaba orgullo alguno que guardar. Se hincó sobre el frío piso de madera y apoyó sus brazos en la silla más cercana solo para dejar que sus lágrimas corrieran a destajo mientras su cuerpo convulsionaba melodramáticamente. ¡Si tan solo él tuviera la decencia de irse y dejarla llorar su miseria en paz! Pero seguía ahí, de pie, observándola. Seguramente regocijándose del espectáculo; Hermione estaba segura que el rubio comenzaría a reír de un momento a otro, solo para terminar de humillarla.

Pero eso estaba lejos de ser parte de los planes de Draco, que, contrario a lo que ella creía, en ese momento no era siquiera capaz de pensar. Tan atónito estaba ante el descubrimiento de que ella lo amara, y, peor aún, ante la idea de que él pudiera corresponder a ese sentimiento. ¿Sería posible que él la amara también?

De un momento a otro los recuerdos de toda una vida bombardearon su mente y es que en la sociedad en que un Malfoy debía crecer, las manifestaciones de afecto eran consideradas una debilidad aborrecible, culpable de las principales manchas en los árboles genealógicos de las familias más respetadas. Incluso el amor desmedido que Narcissa sentía por él había sido víctima de esta imposición, haciendo que la mujer se cuidara siempre de dar siquiera una caricia que pudiera hacer ver lo que sentía. Así pues, aunque de niño Draco había intentado amar, no había podido conseguirlo. No en un medio donde todos habían rechazado sus afectos: sus padres, sus tíos, los otros slytherin. Incluso el resto del mundo de la magia; tan acostumbrados estaban a que los Malfoy, los Black, y el resto de aquella cerrada sociedad de familias antiguas y poderosas, fueran incapaces de amar, que ante cualquier intento del niño por mostrar aprecio, respondían con desconfianza y lo evitaban. Gravado en la memoria tenía aquel episodio en que, a sus siete años, una niña de largas trenzas rubias le ofreciera un caramelo y le obsequiara una sonrisa. Draco creyó que aquel calor que lo envolvió al devolverle la sonrisa a la niña debía ser algo muy parecido al afecto; pero entonces vino la madre de la niña, aterrada, llevándola lejos de él, mientras gritaba: "¡No debes acercarte a él! ¡Es un Malfoy: te puede hacer daño!". Así pues, no es extraño que al entrar a Hogwarts tuviera ya el corazón frío. Pero no era su culpa. No era la capacidad de amar lo que le faltaba, sino la posibilidad de hacerlo. O eso había creído… Hasta ahora.

Resultaba irónico que fuese Hermione Granger, la sangre sucia, ni más ni menos, la que, con sus lágrimas y su lamentable espectáculo, que en cualquier otra mujer le hubiese resultado despreciable, hiciera nacer en él una sensación novedosa y contradictoria: novedosa, porque jamás antes había sido capaz de sentir el dolor ajeno como si fuera propio, hasta ahora en que el llanto de la joven despertaba en él una angustia insufrible; y, contradictoria también, porque esa angustia debía hacerlo sentirse mal y no obstante, era todo lo contrario: se sentía dichoso ante la idea de que ella lo amara, y es que, aunque él no lo había descubierto hasta entonces, él la amaba también. Nunca nadie le había dicho lo que era el amor, ni como se sentía, pero intuía, sabía, que no podía haber nada más maravilloso que lo que estaba sintiendo, y ¡si eso no era amor, que se lo tragara la tierra!.

¡Qué ciego había estado hasta entonces! De un momento a otro, el mundo entero parecía iluminado con una luz nueva, una luz que había asomado un par de veces en los últimos meses, pero que él se había negado a ver. Ahora, en cambio, la aceptación de su sentimiento le abría las puertas a toda una variedad de sensaciones que se había negado a experimentar durante toda una vida y, al menos por esa noche, le parecía haber descubierto el paraíso. ¿Qué importaban todas aquellas advertencias que daban los grandes filósofos respecto a los sinsabores que traía el amor consigo? Esa noche no importaba lo que pudiera traer el futuro, lo único importante es que ella le había confesado su amor y él, por primera vez en su vida, sentía que amaba también. Una sonrisa se apoderó de su rostro ante aquel descubrimiento, y, sin poder contenerse por más tiempo, se inclinó junto a Hermione e inesperadamente pasó su brazo alrededor de su cintura para atraerla hacia sí.

Hermione, temerosa de enfrentarlo, mantuvo el rostro cubierto con sus manos por unos instantes. Al comprender que él mantenía el firme agarre de su talle, una luz de esperanza iluminó su corazón. ¿Sería que su llanto lo había compadecido de algún modo? Por lastimoso que fuera su consuelo, hasta con eso se habría conformado: con su piedad. Pero al quitar las manos de su rostro para permitirse mirarlo, lo primero que vio fue la sonrisa dibujada en los labios del joven, y erróneamente la creyó producto del regocijo que le causaba a él verla así. Lo que le quedaba de orgullo se inflamó en el corazón de la joven que sacó fuerzas de su agotado cuerpo para intentar alejarse de él, pero Draco mantenía su agarre firme. Desesperada y llena de rabia intentó golpearlo, exigirle que la dejara ir pero él fijó su rubia cabeza al hueco del hombro descubierto de ella y estampó un beso.

¡Perdida! Así fue como se sintió Hermione, con su orgullo pujando por liberarse del agarre de su captor y su cuerpo anhelando entregarse a aquellos besos. Finalmente, presa de la impotencia, echó a llorar nuevamente y entonces Draco hizo algo inesperado: manteniendo el agarre que tenía en su cintura, llevó una de las manos de la joven a su propio pecho, el punto exacto donde debía latir su corazón. Ella volteó a mirarlo en busca de alguna explicación para su actuar y descubrió sus ojos, sus grises ojos, más brillantes de lo que le habían parecido nunca transmitían un sentimiento nuevo y excitante.

Draco habría querido decirle tantas cosas, explicarle con palabras que él correspondía a sus sentimientos, que de algún modo, ella lo había ayudado a descubrirlo, pero no era bueno con las palabras. Al colocar la mano de ella sobre su pecho intentaba decirle que su corazón latía en el mismo modo que el de ella y por la misma razón. Y ella, abriendo los ojos desmesuradamente, presa del asombro, pareció comprender ese mensaje y respondió a la sonrisa del joven con otra igual.

"¿Será posible?", se preguntaba Hermione. "¿Será posible que él me ame?" Y su corazón comenzó a palpitar con mayor rapidez que antes, casi al unísono con el de él, y la convicción de que era correspondida fue penetrando su alma poco a poco, sin necesidad de que mediaran palabras entre ambos, por el solo modo en que él la miraba. Y aquel dulce sentimiento se expresó en su rostro, que de un momento a otro había pasado de reflejar el dolor más vivo, a la alegría más intensa.

Draco se deleitó ante este cambio y no pudo evitar apreciar la belleza de sus hombros casi descubiertos, el desorden de sus cabellos castaños coronando su cabeza, y sus ojos, brillantes y más tentadores que nunca. Sin pensarlo, su boca viajó a encontrar los labios de ella y la joven le respondió en un modo en que no le había respondido nunca, se entregaba a él sin objeciones, sin oír razones ni pensar en futuros remordimientos.

Hermione se sentía embriagada por la dicha de amar, capaz de hacer las cosas más ridículas por demostrar la fuerza de sus sentimientos, y es que ya no había temor de que su entrega fuera en vano. De algún modo tenía la certeza de que él le correspondía por vez primera, y nada más importaba. Con un arrojo que no creía posible en ella, buscó los botones de la chaqueta de Draco para desabrocharla y fue todo el aliento que él necesitó para terminar de desvestirla.

Esa noche no hubo objeciones que detuvieran su avance, ni aún les importó el frío que invadió la habitación cuando los últimos leños de la chimenea se apagaron. El calor de aquel cuerpo sobre el suyo era todo lo que Hermione necesitaba esa noche.

Cuando finalmente decidieron trasladarse a la cama para evitar el frío del suelo, ella le preguntó entre beso y beso si alguna vez en sus tiempos de Hogwarts imaginó que terminarían en una situación así, y esta pregunta bastó para ensombrecer el semblante de Draco.

- No…- respondió acariciando su espalda.- Supongo que esto no habría sido posible en nuestro mundo.- Hermione mordió su labio con nerviosismo y buscó sus ojos.

- Ya no me importa regresar.- confesó, generando en Draco un ligero estremecimiento.- Lo único que me importa en este momento es estar aquí, contigo.

- Hablas como una loca.- sonrió con un dejo de tristeza, deseando que sus palabras fueran ciertas, que ella ya no quisiera regresar a aquel mundo donde la sobrevivencia de un amor entre ambos era improbable.

- Porque estoy loca de amor- sonrió, aunque inmediatamente sus mejillas se tornaron rojas y bajó la vista, avergonzada ante su confesión. ¡Cuán encantadora le parecía entonces! Levantando la barbilla de la joven buscó sus ojos.

- Pues entonces somos dos.- sonrió, y ella le respondió con un nuevo beso.

*

Horas más tarde, Draco se levantó en busca de leña para encender el fuego. Era uno de los últimos días de invierno, pero parecía más helado que nunca, y el blanco de la nieve que aún no se descongelaba lo cubría todo.

Mientras se ayudaba del hacha para partir los leños, su razón luchaba contra sus sentimientos. Sabía que nunca había estado tan cerca de regresar a su mundo como lo estaba en Wiltshire, y aunque sabía que lo correcto era confesárselo a Hermione como había planeado la noche anterior, temía que con ello los sentimientos de la joven pudieran cambiar. ¿Y si ella, esperanzada en aquel descubrimiento, quisiera regresar a aquel mundo donde su futuro lucía prometedor? Por mucho que dijera amarlo, quién garantizaba que aquel sentimiento se mantuviera en el tiempo cuando ella, expuesta a las restricciones que las mujeres de esa época debían soportar, no le exigiera en un tiempo más regresar a su mundo? Él, en cambio, no tenía nada a qué regresar, como bien lo sabía ahora. Hermione Granger, y su recién descubierto amor por ella era lo más grande que le había pasado en la vida, y regresar a su tiempo implicaba irremediablemente perderla a ella, y, sin ella, perderse a sí mismo en aquel mundo hipócrita y sin sentido en que había pasado toda su infancia. No. Él no tenía ninguna razón para regresar. ¡Qué claro lo veía ahora! Pero, ¿era justo condenarla a ella?

De pronto, sintió una mano sobre su hombro y se volteó a mirarla. Sus ojos, iluminados por el tibio sol de la mañana, lucían más hermosos que nunca, tal y como los había visto en las visiones que lo atormentaran tiempo atrás. ¡Qué tonto había sido al querer escapar de un destino tan delicioso! Pero entonces, cuando ella se apoyó en su pecho y se dejó envolver por su abrazo, él recordó las palabras de Ariadna: el amor que sentía por Hermione lo retendría en aquel tiempo. Y por causa de ese amor, según la bruja, haría todo cuanto estaba sentenciado a hacer. ¿Sería posible que no hubiera escapatoria a su destino? De algún modo estaba seguro, por aquel brillo maligno de sus ojos verdes, que el futuro que ella se aseguraría que él cumpliera no era precisamente beneficioso para ellos. Y la idea de sentirse manipulado en aquel modo no era precisamente algo que él aceptara fácil. De un momento a otro resolvió que si de todos modos acababa cumpliendo el vaticinio de la tal Elisa, no sería por no haber intentado evitarlo.

- Debemos irnos de Wiltshire.- susurró besando la cabeza de Hermione y por la determinación pintada en sus ojos, la joven supo que algún motivo poderoso lo movía a tomar aquella resolución. Recordó entonces que ambos venían huyendo hacía tiempo, sin que él supiera de quién huía ella, ni ella estuviera al tanto de qué huía él. Y de pronto sintió vergüenza de aquella falta de sinceridad entre ambos y resolvió que esa misma tarde le confesaría todo.- Debemos encontrar un lugar lo suficientemente lejos de Londres para que no debamos huir más. Así podremos casarnos.- ella lo observó con sus ojos abiertos como platos, atónita ante aquella sugerencia- En este tiempo es casi un crimen que una mujer sea madre sin estar casada y la imprudencia que cometimos anoche y que espero que sigamos cometiendo- sonrió sugerente- nos expone irremediablemente a ser padres.- Hermione asintió. Era cierto. Draco estaba completamente en lo cierto. Y aunque la idea de que fuera él quien propusiera el matrimonio debía henchirla de felicidad, el recordar que ya estaba casada le impedía disfrutar aquel momento. ¿Cómo se lo tomaría Draco?- ¿Estás dispuesta entonces a ser mi esposa?- Ella asintió, prometiéndose a sí misma explicarle luego los posibles obstáculos que habían en sus planes. Pero en ese momento solo quería disfrutar la dicha de amar en el modo en que lo hacía. Lo atrajo hacia sí para ocultar su rostro en el hueco de su hombre. El joven tenía el rostro increíblemente cálido.

- ¿Te sientes bien?- se separó de él alarmada, palpando el rostro de él con sus manos, para comprobar la presencia de fiebre.

- Nunca me había sentido mejor- sonrió él, pero ella estaba segura de que aquellas mejillas tan calientes no eran normales.

- Debemos entrar.- sugirió- Creo que nuestro atrevimiento de anoche te ha ganado un resfrío.

Draco obedeció, tras una nueva sucesión de besos, pero cuando el joven se agachó a recoger los leños, Hermione advirtió una mancha de sangre en su pantalón y recordó que ya la noche anterior se había quejado en un momento del dolor que le provocaba un rasguño que se hiciera en el muslo, que la oscuridad de la noche le impidió examinar. Hermione decidió que ya habría tiempo para analizarlo luego. Después de todo, ¡nadie se moría de un rasguño!

- Fin del capítulo 9-

Nuevo capítulo listo!!! Estaré al tanto de sus comentarios, ahora que lo verdaderamente bueno comienza… Bueno… lo que me gusta a mí, al menos, ja ja ja… Envíenme sus teorías, porfis, que aunque no cambiarán el curso de esta historia, me ayudan a tener una idea respecto a si se entiende o no lo que intento decir en cada capítulo.

Besos a todos. Alex.

PS: Si quieren leer un buen libro, lean "Los Borgia", de Mario Puzo… En algunos países lo tradujeron como "La Familia", es un libro tan esencial como su otra gran novela: "El Padrino". Espero que algún día hagan una película de esa terrible familia, pero basándose en este libro, y no otra como ese drama de segunda clase que hicieron los españoles en que pintan a Lucrecia Borgia como una pobre víctima de las circunstancias. Pero bueno… Si a alguien le gustó esa peli, creanme que al leer el libro cambiarán su modo de ver las cosas, principalmente porque el libro si se basa en datos que concuerdan mucho más con el relato histórico y la naturaleza de sus personalidades reflejadas en las cartas. Que muchas cosas son suposiciones del autor es cierto, pero también es cierto que bien pudiera ser lo más provable. Ahora si me callo, que he escrito demasiado el día de hoy.