Estetoscopio

Canción desesperada

Sora se acercó despacio a una calavera cubierta por un pañuelo de cuadros. Su cuerpo se tapaba de ropas negras que se camuflaban con el fondo, tan solo asomaba su mano huesuda agarrando un bastón.

―No tienes carne ―susurró. La calavera negó.

Sora quería preguntárselo, por qué seguía sentada en la mesa de siempre como si estuviese esperando algo. No podía entenderlo, ¿qué esperar cuando todo ya ha pasado?

―A mí ―resolvió despegando los párpados. Al segundo los cerró molesta con la luz que se reflejaba en las paredes blancas. Lo recordó, minutos antes estaba en la calle. Luego vino el ruido de la sirena.

Giró la cabeza. Quería perder la consciencia de nuevo y averiguar por qué la esperaba esa calavera. Pero no lo iba a saber, no mientras la mueca de Yamato la siguiese juzgando.

Yamato le hizo saber que llevaba dieciséis horas esperando que despertase; Sora pensó que a veces diez minutos pesaban más que dieciséis horas, por lo que no era una medida demasiado fiable.

Yamato le confesó que no se imaginaba la vida sin ella; Sora pensó que la única vida que imaginaba era sin él.

―No deberías seguir pensando eso. Yo no lo merezco, no soy lo que crees. Yo… te he sido infiel ―Sora repitió esas últimas palabras como si fuera necesario hacerlo para compensar todas las veces que no fueron dichas.

―No importa.

―Digo que te he sido infiel antes. Digo que te lo oculté todos estos años, te recriminaba mis propios fallos.

Yamato cruzó las piernas y le apartó la mirada. Sora podía sentir cómo él quería decir algo y al mismo tiempo tenía miedo de que al hacerlo todos los errores que ella hubiese podido cometer careciesen de importancia ante los suyos.

―Ya lo sabía ―dijo Yamato y apretó un labio contra otro para disimular su temblor.

―No entiendo nada ―Sora calló nerviosa esperando algún tipo de explicación―. Qué hemos hecho de nuestra vida, qué absurdo es todo. No paro de pensar en eso, pasan los años y sigo esperando algo y a veces le pongo nombre, a veces creo que estoy cerca y entonces me doy cuenta de que nunca pasará porque… simplemente no lo hará, estoy condenada a repetir este sentimiento.

Yamato abandonó la habitación tratando de enfriar su cabeza antes de tener que arrepentirse. No tenía respuestas para Sora, no del tipo de respuestas que otros están dispuestos a escuchar. Avisó a los médicos de que había despertado y salió por una de las puertas principales, incrementando la velocidad de sus piernas hasta que no le quedó más remedio que reducirla.

Su móvil almacenaba seis llamadas perdidas e iba a por la séptima. Yamato pensó que ese tipo de melodías deberían estar prohibidas, pensó también que vivía una época en la que uno parecía poco menos que un ogro por el simple hecho de no contestar cuando no le apetecía. Maldiciendo esa esclavitud y tratando de pasar desapercibido, tiró el objeto a un contenedor.

Quería romper todos los cristales que veía, esperó con gesto malhumorado a que alguien le insultase y así tener una excusa para iniciar una pelea, pero ni una de las miles de personas con las que se cruzó parecía compartir sus ganas. Pensó que estaría bien saber con quién había sido infiel Sora, para dar y recibir golpes hasta que ya no recordara ni su propio nombre.

Tener un nombre no daba más que problemas.

Pero, desaparecer, huir del pasado, de todo lo que conllevaba atarse a un nombre, no era tan difícil. Él tenía un plan.

Pensó en coger un coche, quemar toda su documentación, ir hasta la otra punta del país y estrellarse. Perder la memoria y elegir un nombre nuevo. Sin restricciones. Descubrir lo que le gustaba y lo que no, podía sorprenderse a sí mismo al ver que odiaba la música ¡Y toda una vida creyendo que la amaba! ¿Por qué no? Ese pensamiento seguía sin parecerle tan estúpido como el discurso de Sora.

Quería destruir algo que le recordase la fragilidad de las cosas bellas. Quería perder el control, comprobar los huecos por los que el caos se cuela al igual que las termitas acaban con la madera.

Quería saber que no lo había hecho tan mal. No. Se prometió a sí mismo no culparse por las decisiones que tomase otra persona. Nunca iba a saber hasta qué punto le había influido la presión de su carrera, su historia familiar, sus recuerdos idealizados: él no tenía la culpa de que la hierba lejana siempre parezca verde.

Abrió la puerta de su casa deseando no salir hasta que lo hiciera la luna, siempre se había sentido mejor en la oscuridad.

Cogió una botella de licor con la intención de echarse a dormir. Luego de dos tragos, entró como agua.

Tumbado sobre la cama, pensó que debería cambiar de casa, y cuando lo hiciera, pintaría las paredes de gris; Sora nunca hubiese estado de acuerdo en utilizar ese color.

Los pensamientos extraños comenzaron a aparecer. Había pedido perdón demasiadas veces, la había tratado demasiado bien: ese era el problema. La había tratado tan bien que ella había acabado por creer que lo hacía porque era demasiado para él. Sí, él no tenía la culpa, habían sido las paredes de esa casa, por atrapar las discusiones. Habían sido esas series de televisión con mujeres divorciadas. La vida en ciudad, porque todos los días uno se cruzaba con personas con vidas mejores, con personas que no tenían escrúpulos en señalarte tu infelicidad encubierta. Tantas cosas… y él ¡había dado tanto! ¿Dónde estaba su juventud?

Una vieja melodía retumbó en su cabeza, una de sus primeras canciones. La única que había escrito para ella, la única que le había convencido lo suficiente como para creer que estaba a la altura.

Se incorporó, abrió el armario y con torpeza retiró la ropa del último cajón. Al fondo se encontraba su vieja harmónica.

Había perdido su toque, incluso ebrio era consciente de ello. No sonaba cómo antes y el alcohol no tenía nada que ver. Nadie lo sabía, estaba solo con ese temor, pero hacía años que el calibre se había perdido. Y con ello, una parte de él no había podido crecer, tan solo pudrirse. Atraparse en melodías distorsionadas.

Tiró el instrumento con fuerza al suelo, y se apretó los ojos para no dejar salir las lágrimas. No era porque sonase peor que nunca, no. Por muy mal que sonase, seguía siendo una canción de amor.

No sé si pedir perdón por este capítulo o no. Quería dedicarle unos párrafos a Yamato, porque para mí todos los personajes de esta historia tienen mucho que decir a la pregunta que planteó Japific en el reto ¿es posible huir del pasado?

El problema es que no quería desviarme de la trama. De todos modos, el siguiente capítulo está muy avanzado y ya queda muy poco de fic, así que espero que me perdonéis tener en vilo algunos asuntos. Nada más, espero que lo disfrutéis.