Abrí los ojos lentamente, cegado y aturdido por la luz que inundaba la habitación. Me incorporé de golpe y apreté los párpados con fuerza cuando sentí el repentino mareo que me provocó haber sido tan brusco. Mi visión poco a poco se fue haciendo más nítida y a medida que eso ocurría, me iba embargando una terrible presión que iba desde la nuca hasta la frente producto de una jaqueca. Joder, sentía que mis hombros no sostenían mi cabeza, sino unos diez kilos de piedra. Dolía como el demonio.
—Levi...
Su voz, aunque haya sido bastante suave, resonó tan fuerte para mí que sentí como si me hubiesen zarandeado. Giré bruscamente la cabeza hacia ella, que estaba parada junto a mí mirándome con una sonrisa sobre sus labios. Fruncí levemente el ceño por la punzada de dolor que me causó esta simple acción; ella pareció notar el malestar que cargaba en ese momento por lo que se acercó y puso una mano sobre mi frente. ¿Qué estaba haciendo esa mocosa? La miré con confusión, pero aun así dejé que lo hiciera. No me alejé de ella y permití que me tocase y que luego retirara algunos mechones que caían ante mis ojos.
—Buenos días —murmuré cuando pareció estar aliviada al comprobar que mi temperatura corporal era normal.
—Querrás decir buenas tardes —me susurró—. Lamento haberte despertado, pero si te dejaba dormir ibas a saltarte la hora del almuerzo... Y pienso que es necesario que comas algo.
¿Buenas tardes? ¿Hora de almuerzo? Giré la vista ahora hacia el lado contrario, donde tenía mi despertador sobre la otra mesita de noche. Mierda, era casi la una de la tarde. ¿Cuánto tiempo había dormido? No lo sabía, pero sentía que habían sido días, semanas, incluso meses. No podía seguir desperdiciando más tiempo de esa manera, necesitaba salir de la cama. Aparté la cobija y me levanté soltando un gruñido ante la pesadez que tenía en cada músculo de mi cuerpo. ¿Esa era la sensación que dejaba el dormir tanto? Que insoportable y molesto.
—¿Te sientes bien? —cuestionó con cierta preocupación.
—Sí —contesté pasando por su lado y dirigiéndome hacia el baño, anhelando casi con desesperación una ducha con agua fría para tratar de desentumecerme.
—Tengo que quitar tus ven…
—Puedo hacerlo yo, ya puedo moverme mejor —le interrumpí con voz cortante y fría. De repente caí en cuenta que, por alguna extraña razón, sentí que no era necesario ni adecuado hablarle de esa manera… Pero, aun así, no me retracté. La verdad es que se me hacía un poco difícil controlar el jodido mal humor al despertar con esta pesadez, y peor aún, acompañado de un maldito dolor de cabeza que apenas me dejase pensar.
—De acuerdo —aceptó resignada. Se quedó parada ahí, pensando, quizá debatiendo mentalmente si debía decir o no lo que sea que estaba articulando en su cabeza—. Me preguntaba si… Si podía usar tu cocina para preparar algo…
Pronunció aquellas últimas palabras casi como un susurro y sin mirarme, probablemente sintiéndose intimidada por mi semblante serio y mi rudo tono de voz. De momento no dije absolutamente nada, me quedé inmóvil en el umbral de la puerta del baño con mis ojos clavados en ella, meditando si permitirle aquello o no. Jamás le había dejado a ningún particular hacer algo parecido, siempre receloso de mi espacio y de todo lo que tenga que ver con ello. Pero, para mi ahora infinita sorpresa, si lo pensaba bien no me causaba molestia o angustia que Mikasa lo hiciera. Eso era algo que nunca le había permitido ni siquiera a Petra luego de dos años de "relación"… ¿Cómo no sentirme extrañado que de alguna u otra manera, esta mocosa no causaba esa incomodidad al meterse en mi vida de esta manera? Tan forzada e inesperadamente… Y aun así la aceptaba. ¿Qué demonios significaba todo eso?
—O si lo deseas, puedo salir a comprarte algo… —comenzó a decir al no soportar más mi silencio.
—Puedes usarla, en la alacena y el refrigerador encontrarás lo que necesites —volví a interrumpirla, tratando de sonar calmado y sereno. Me quedé callado un instante y luego seguí—. Sólo no hagas ningún desastre y cuando termines deja todo exactamente como está.
A pesar de que le dije lo último con firmeza haciéndolo sonar como una orden, ella curveó sus labios como un amago de sonrisa y salió de la habitación. Apenas cerró la puerta pasé una mano por mi cabello y dejé salir aire con frustración, no podía entenderlo, no podía… ¿Cómo era todo esto posible? Siempre acostumbrado a estar solo, siempre renuente a permitirle a cualquier persona intervenir en mi casa, en mi mente, en mi vida, en todo. Y ahora ella…
Joder, si seguía pensando así mi cabeza iba a terminar estallando irremediablemente. Con un arrebato de molestia, me quité mi camisa con rapidez y me deshice de las vendas y del resto de mi ropa de la misma manera sin reparar si llegaba a dolerme o no. Me metí bajo la ducha, eché la cabeza hacia atrás de modo que el agua golpeteaba mi rostro sin parar, tratando de relajarme y de no pensar en nada más que no sea la agradable sensación que me propiciaba tener el agua fría corriendo por todo mi cuerpo. Esperaba de verdad que pudiese aliviar mi malestar, tanto físico como mental.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que salí de allí. Me sequé, envolví mi torso con la toalla y con una pequeña secaba mi cabello mientras caminaba de vuelta a la habitación. Me quedé paralizado en la puerta al percatarme de algo bastante particular, pero no desagradable: toda la estancia estaba impregnada con un aroma dulce y suave, como si se tratase de un perfume. Ahora que lo pensaba, las veces que la había tenido cerca, ella desprendía esta misma fragancia, pero la verdad era que no estaba seguro si era su olor característico o si se trataba de alguna loción que se aplicaba. Miré hacia el lado opuesto al que yo había ocupado mientras dormía, que estaba perfectamente acomodado, recordando lo que me dijo justo antes de cerrar los ojos la noche anterior "estaré aquí por si necesitas algo, ¿de acuerdo?",y lo que había sucedido después…Fruncí el ceño al evocar la sensación de sus dedos deslizándose por mis facciones. Entonces no fue un sueño, ni una ilusión, ni tampoco era mi propia imaginación tratando de burlarse de mí. No estaba loco, había sido ella. Durmió conmigo… Durmió conmigo en el sentido más inocente de la palabra.
Me posé frente al espejo y examiné de nuevo mi cuerpo. Los moretones seguían casi iguales, pero por suerte ya no dolían demasiado, al menos no al moverme, aunque si los apretaba era otro cuento. No pude evitar reparar en lo que significaban, ¿tenía otra salida? ¿Alguna escapatoria de todo este lío? Sí, sí la había: una bala que atravesaría mi cerebro sin vacilar por insubordinación. Una solución nada conveniente para mí, sin duda.
Mi mente luego se dedicó otra vez, como solía pasar bastante seguido, a pensar en ella. ¿Acaso Mikasa también había hecho algo para negarse, para detenerlo, para no tener que estar conmigo? Inconscientemente apreté la mandíbula al recordar sus ojos tristes… De seguro no había hecho nada, era muy probable que esos bastardos la hayan amenazado con algo bastante sólido para que ella ni siquiera moviera un dedo para tratar de "salvarse" de su destino. Sentí un vacío en mi estómago al pensar siquiera en tener que vivir el resto de mi vida teniendo que ver su semblante apagado y sus ojos, sus preciosos orbes grises, opacados por la aflicción y tristeza. Maldición.
Suspiré, caminé hasta mi closet y me vestí con un pantalón de algodón algo suelto y un jumper azul marino muy parecido a esos que usan los chiquillos para ir a la escuela. Me acomodé el pelo con las manos pasando mis dedos a través de este varias veces hacia atrás y luego salí de la habitación. Apenas iba por el pasillo hacia las escaleras cuando un delicioso olor a guiso inundó mis fosas nasales, joder, no había sido consciente hasta ahora del hambre que tenía y para mi fortuna, eso olía muy bien.
Bajé escalón por escalón lentamente mirando hacia la cocina, bueno, específicamente hacia ella. Sin embargo, la azabache ni siquiera se giró a verme cuando aparecí en su campo periférico, aparentemente estaba bastante concentrada en su tarea, tanto, que notó mi presencia cuando ya estaba justo detrás de ella. Pude notar cómo se estremeció y luego se tensó cuando su espalda rozó mi torso, mientras me estiraba hasta el gabinete justo sobre ella para alcanzar el frasco donde guardaba mi té negro. Sonreí internamente cuando retrasé a propósito mi objetivo y me quedé allí con mi cuerpo pegado al suyo estudiando su reacción, pero la azabache permaneció muy quieta e incluso podía jurar que hasta estaba conteniendo la respiración. Me alejé y me acomodé a su lado recostando mi espalda de la encimera, mientras ella me miraba de reojo con sus mejillas encendidas. También la miré de soslayo con cierto brillo en mis ojos y una expresión algo burlona, suprimiendo las ganas que tenía de sonreírle y de hacer algún comentario ocurrente sobre lo graciosa que se veía estando así. Graciosa y… hermosa. Joder. Otra vez pensando en ese pequeño, pequeñísimo detalle.
No pude evitar sorprenderme cuando en un abrir y cerrar de ojos, me arrebató el envase que tenía en mis manos dedicándome una mirada seria, manteniendo el ceño fruncido y sus labios apretados aún con ese lindo color rosáceo sobre sus cachetes.
—Yo te lo preparo —sentenció con un tono de voz firme, ese que me indicaba que sería inútil tratar de detenerla por más que llegase a insistir—. Puedes ir a sentarte.
Rodé los ojos, ¿lo hacía para que la dejara sola? ¿Para mantenerme alejado de la cocina, y por lo tanto, de ella? Tsk, tiene sentido. Me dio la espalda para probar lo que estaba cocinándose sobre la estufa y para poner a hervir el agua para preparar el té. Yo, por mi parte, no me moví hasta que al girarse volvió a lanzarme una mirada dura y casi asesina, ¿estaba molesta? ¿Le había incomodado tanto mi cercanía?
Me ocupé de tomar algún analgésico para calmar la migraña, luego como niño regañado fui hasta la mesa de mi comedor y me senté de mala gana apoyando un codo sobre esta y el mentón sobre mi mano. Que me alejase no me impedía verla, ella se movía en ese espacio con gracia, con desenvoltura, con destreza, como si lo conociera a la perfección, como si fuese suyo…
Desvié la vista hacia la ventana cuando me descubrió observándola fijamente. Una extraña sensación recorrió mi cuerpo al darme cuenta de que no se sentía tan mal después de todo el hecho de compartir mi espacio con alguien más. ¿Cuántas veces me lo había planteado en toda mi vida? Quizás nunca, no que lo recuerde. ¿Por qué? Porque conociendo lo terco y obstinado que suelo ser, al considerarlo siempre terminaría llegando a la misma conclusión: solo estaba mejor, siempre tan independiente…, tan vacío.
Un sabor amargo anegó mi boca cuando por la calle no veía más que parejas tomadas de la mano, disfrutando y siendo felices por el hecho de compartir sus días con otra persona. Por otro lado, se paseaban frente a mis ojos un par de adultos sintiendo pleno regocijo al ver a sus niños correr y brincar sobre los montones de hojas secas reunidas a lo largo de la acera, reían y se abrazaban con sus dedos entrelazados al apreciar como sus pequeños ni siquiera parecían reparar en las personas que pasaban y también sonreían ante tal espectáculo lleno de júbilo e inocencia. ¿Acaso ese era el secreto de la felicidad? ¿Acaso todos debemos hacer lo mismo para que la vida pueda tener un sentido, un destino, alguna utilidad? Pues, hasta ese entonces para mí todo aquello no había sido una opción, ni siquiera había logrado imaginarme en una situación parecida. ¿Tenía que comenzar a hacerlo? ¿Contemplar la idea de entregarle a alguien mis sentimientos, esos que he mantenido dormidos, guardados y protegidos con tanto egoísmo y recelo? Siempre indispuesto, negándome rotundamente a la idea y ahora…
El sonido del peso de la porcelana recaer sobre la mesa de vidrio me sacó de golpe de mis cavilaciones. Miré la taza humeante frente a mí y luego dirigí mi vista hacia ella, que estaba parada a mi lado con la cabeza ligeramente ladeada, mostrando cierta curiosidad ante mi actitud pensativa y ausente.
—¿Azúcar? —preguntó. Fue entonces cuando divisé el envase que sostenía entre sus manos, donde guardaba el endulzante.
—No, así está bien —ella asintió y volvió a su labor.
—Tienes una bonita casa —agregó ya desde la cocina, sin dejar que el silencio se impusiera de nuevo, ese que hacía más grande el espacio que nos separaba.
—Gracias —dije en un tono de voz bajo, pero perfectamente audible por la calma que nos rodeaba.
—Aunque es un poco grande para ti, que vives solo.
—No siempre fue así —comenté antes de dar otro sorbo a la bebida, mientras ella dejó lo que sea que estaba haciendo y se giró hacia mí lanzándome otra mirada curiosa y llena de perplejidad. Me quedé callado por un momento con mis ojos fijos en ella, otorgándole el beneficio de la duda, ¿acaso estaba pensando que viví con alguna mujer? Probablemente—. Viví con Erwin durante un tiempo, hace ya bastante. Cuando nos mudamos a esta ciudad, no queríamos vivir alquilados en habitaciones lúgubres y pequeñas, lo cual era bastante miserable a nuestro parecer. Así que ambos unimos nuestros ahorros y alquilamos este townhouse, la habitación que está frente a la mía, era la suya —hice una pausa. Ella pareció relajarse, esbozando una pequeña sonrisa—. Ya luego él quiso mudarse a un lugar más alejado del centro y yo decidí quedarme, me gusta este lugar. Un tiempo después lo compré, cuando tuve el ingreso suficiente para hacerlo.
Ella asintió satisfecha por mi explicación volviendo a su labor. Justo terminé mi té cuando ella se aproximó a la mesa, colocó un par de servilletas y sobre estas los platos. Mis ojos se abrieron con asombro al ver lo que tenía justo frente a mis narices: pasta cubierta con carne en salsa roja, muy similar a lo que sirven en los restaurantes italianos. El olor me embargó de inmediato y yo me sentí agonizar con el hambre que tenía y con semejante exquisitez esperando ser degustada y devorada. No pude evitar sorprenderme más cuando Mikasa volvió a acercarse, pero esta vez con un par de vasos con hielo y una jarra con jugo de… ¿Naranja? ¿En qué momento había hecho todo esto? Sirvió la bebida y sonrió con disimulo cuando me miró de reojo y apreció esa expresión de sorpresa que era tan rara de ver en mí. Se dejó caer en la silla frente a mí y probó el jugo, asintiendo y levantando las cejas con gozo, supongo que porque le había quedado como le gustaba.
—Buen provecho —dijo antes de comenzar a comer. Le respondí lo mismo.
Cuando comencé a comer, supe que inconscientemente mis ojos brillaban y que mi expresión era de puro gusto, porque de inmediato ella volvió a sonreír mientras detallaba mi reacción. Estaba tan delicioso que ni siquiera me preocupé por tratar de ocultar ni un poco lo bien que sabía y lo mucho que lo estaba disfrutando, ni tampoco me importó el hecho de que ella había notado mi asombro incluso desde antes que comenzara a degustar el tan apetitoso platillo.
—¿Te gusta? —preguntó antes de beber un poco de zumo.
—Si no te hubiese visto preparándolo, no habría creído que lo preparaste tú —comenté sin mirarla.
—¿Qué? ¿Acaso pensabas que soy una niñata malcriada y holgazana que no sabe ni le gusta hacer nada? —cuestionó divertida.
—La verdad, sí.
Se quedó callada, inmóvil. Esta vez sí levanté la vista hacia ella y no supe cómo interpretar su expresión, escruté su rostro buscando alguna señal, pero no obtuve ninguna que me dijera que estaba pensando, ni como había tomado lo que acababa de decir. Se mantuvo tan inexpresiva que no podía leerla, ni tampoco adivinar lo que significaba su mirada, que me veía fijamente sin siquiera pestañear. Mantuve mis ojos en los de ella esperando que dijera algo, que por lo menos hiciera una mueca, pero no lo hacía. Estaba comenzando a ponerme ansioso cuando, luego de no sé cuánto tiempo, se encogió de hombros restándole importancia y volvió su atención al plato, como si fuese normal lo que le había dicho.
—Pues lamento decepcionarte —expresó con un tono de voz neutro.
Después, silencio. Aunque no era del todo incómodo, me impacientaba un poco cuando estaba con ella, quizás por tener el patético y estúpido deseo de poder tener una conversación con ella que fuese normal y amena.
—¿Vives sola? —las palabras salieron de mi boca sin pensarlo, pero al menos logré mantener la sorpresa bajo mi semblante serio y frío.
—Sí —afirmó sonriéndome tímidamente. Nos miramos y luego su atención recayó en mi plato, que ya estaba vacío—. ¿Quieres más?
Mis hombros se tensaron involuntariamente y desvié la mirada hacia la mesa sintiéndome algo avergonzado. La verdad era que quería, pero de repente mi lengua se negó a funcionar y las palabras se quedaron atoradas en mi garganta, no encontraba la manera de pronunciar un simple "sí", por lo que opté afirmando con la cabeza lentamente. Ella soltó una pequeña carcajada ante mi necedad y fue a servirme lo que acabé de comer con rapidez nuevamente.
Como era de esperarse, la azabache se negó a que la ayudase a lavar los trastes, porque según ella claramente le había "ordenado" que dejase todo tal cual estaba. Era tan testaruda que ni siquiera quise insistirle, por lo que me limité a limpiar la mesa y guardar las servilletas en su lugar. Luego fui hasta la librería que tenía en una esquina de la sala y tomé un libro de Stephen King que había comprado hace ya unas semanas y que hasta ahora no había tenido la oportunidad de dedicarle algo de tiempo. Desde el sofá en el que estaba echado podía ver a la perfección todo lo que hacía, ya que estaba justo frente a la cocina. La observaba por sobre el libro mientras estaba distraída y cuando se giraba hacia mí bajaba la mirada hacia las páginas fingiendo no prestarle atención a lo que hacía. Mientras tanto, ella terminaba de fregar y ordenar todo en su lugar (para mi sorpresa, colocó todo exactamente donde tenía que estar) y luego limpió las encimeras.
Habiendo finalizado su tarea se dirigió hacia mí, alcé la vista y nuestras miradas se cruzaron.
—Te sientes mejor, ¿verdad? —preguntó poniendo sus brazos en jarras, como una madre que le pregunta a su hijo si ya se siente bien.
—Sí —afirmé sin dejar de mirarla.
—Bien, ya mañana iremos a trabajar —se movió hasta uno de los muebles, tomó un abrigo beige y un pequeño bolso donde suponía tenía sus cosas, ¿desde cuándo estaba eso ahí? Ni siquiera lo había visto—. Iré a mi casa y aprovecharé de pasar por el cuartel para informarle a Erwin sobre tu mejoría —se puso el gabán, se guindó el bolso en un hombro y luego fue hasta la puerta, pero antes de abrirla volvió a mirarme—. Traeré la cena, no te duermas ni cocines nada. ¿De acuerdo?
Por un momento tuve la intención de responderle con un "sí, mamá", pero me contuve y sólo afirmé omitiendo la última palabra. Me sonrió una vez más y luego salió sin decir nada más. ¿Es que acaso no se cansaba de sonreír? ¿Le pagarán por ello? ¿O es que ya se dio cuenta que me gusta que lo haga? Esa mocosa estaba causando estragos en mí, lo hacía por más que tratase de ignorarlo y de hacer la vista gorda ante todo eso.
Me concentré tanto en la lectura que las horas pasaron con rapidez, sin que me diera cuenta ya sólo me faltaban unas pocas páginas para terminar el libro cuando fui interrumpido por unos suaves golpes en la puerta. Me levanté estirando mis músculos y luego me dispuse a abrir, ni siquiera tenía necesidad de preguntar quién era, sabía de sobra de quién se trataba. Del otro lado de la puerta estaba la joven azabache con una linda sonrisa en sus labios, que se apresuró a entrar sin siquiera pedirme permiso. Tsk, tenía que acostumbrarme, ¿no?
La seguí con la mirada y no pude evitar detallarla, se veía preciosa aunque su vestimenta era bastante sencilla: un jean oscuro y ajustado, un jumper muy parecido al mío aunque el de ella era gris (le quedaba bastante ancho, por cierto), la bufanda roja y esas botas del otro día. Ah, y un gorrito de lana negro. Se quitó su bolso y lo dejó sobre el mismo sillón donde estuvo temprano y después se dirigió a la mesa en la que puso un par de bolsas y una caja que trajo consigo.
—Traje pizza —caminó hasta la cocina, tomó dos vasos con hielo y volvió a la mesa mientras yo la miraba estático junto a la puerta—. ¿Qué? ¿Acaso te has congelado ahí? —preguntó viéndome con una ceja alzada sin comprender porqué me había quedado tieso como si hubiese visto a un fantasma. Aún manteniendo mi expresión vacía, por mi mente pasó un "no es eso, es sólo que a veces logras sorprenderme con lo osada y confianzuda que sueles ser" y que, para colmo yo no haga nada contra ello... Porque me siento a gusto con eso. Cuando notó que no tenía intención de responder volvió su atención a la caja sobre la mesa—. Ven, vamos a comer.
Me senté a su lado y comenzamos a comer lanzándonos de vez en cuando miradas de reojo con el persistente deseo de comenzar una conversación decente, pero que aparentemente ninguno de los dos sabía cómo.
—El capitán Erwin se puso bastante contento por tu mejoría —genial, al fin uno de los dos dejó la cobardía y dio el primer paso. Para mi desgracia, seguía siendo el cobarde por ahora—. Me mandó a decirte que ha mantenido tu trabajo al día y que no tienes nada de qué preocuparte —me sonrió—. Ah, y lamento si tardé, pero tuve que hacer otras cosas antes de volver.
—No te preocupes —hice un ademán con la mano para restarle importancia. Piensa Ackerman, piensa y dile algo, cualquier cosa—. Gracias por la cena… y por el almuerzo —bien, estás siguiendo el consejo de tu amigo y no estás actuando como un completo imbécil. Siéntete orgulloso de mí, Erwin.
Terminamos de cenar en mudez, ambos concentrados en comer y nada más. No nos habíamos levantado aun cuando decidí hablar.
—Sabes que no tienes que quedarte, ¿verdad? —mi voz hizo eco en el silencio que nos rodeaba—. Puedes irte si lo deseas.
La muchacha me miró con dureza, cruzando los brazos y frunciendo levemente el ceño.
—¿Quieres que me vaya? —abrí los ojos con sorpresa. Jodida actitud altanera y atrevida que siempre lograba descolocarme; habría preferido mil veces en esta ocasión tener al lado a esa Mikasa tímida y modesta. Tsk—. Me iré sin vacilar si me pides que lo haga.
¿Qué?
Parpadeé un par de veces y desvié la mirada a cualquier otro lugar que no fuese ella. Mierda. ¿Ahora qué?
Un silencio incómodo se apoderó del ambiente, la tensión era tal que podía partirme en dos con tan sólo moverme un poco, por lo tanto, estaba paralizado con la presión de sus grandes orbes grises recayendo en mí sin pestañear. "Díselo, dile que no quieres que se vaya, maldita sea", me gritaba mi subconsciente, pero mi orgullo no dejaba que mi boca articulase un simple "no". Tragué duro, esto era ridículo.
—¿Eso quieres o no? —insistió con la impaciencia palpable en su pregunta.
—No —logré responder con firmeza—… Pero puedes dormir en la otra habitación si quieres —agregué, pero de inmediato me arrepentí de haberlo dicho.
Justo cuando iba a retractarme de mis estúpidas palabras, tocaron la puerta e inevitablemente todos mis músculos se tensaron con tan sólo pensar en la persona que, a juzgar por la hora, seguramente estaba del otro lado. Me levanté de golpe y con grandes zancadas fui hasta esta y abrí.
Mierda.
Petra estaba a punto de entrar sin mi consentimiento justo cuando sus ojos se cruzaron con los de Mikasa, que había desviado la atención de mí hacia ella. Juro que el tiempo y todo lo demás a mi alrededor pareció detenerse y desaparecer mientras ambas muchachas sostenían las miradas con un hilo invisible de confusión e incomodidad manteniendo una postura rígida y retadora. No tuve el valor de voltear a ver a la azabache ni de reojo, por lo que empujé levemente a Petra, salí y cerré la puerta detrás de mí aún con la respiración contenida y cada músculo de mi cuerpo tenso por el inesperado e infernal encuentro. Si las miradas mataran, esas dos estarían muertas en ese preciso momento, pero no sin antes asesinarme a mí. La peli-naranja me lanzó una mirada dura, su ceño fruncido y su mandíbula apretada me dejaban bien claro las ganas que tenía de, como mínimo, golpearme.
—¿Quién es ella? —preguntó de inmediato, su tono de voz me exigía una buena explicación.
"Mi futura esposa", resonó una vocecita socarrona en mi cabeza. Tsk, ni de broma le explicaría la situación ahora.
—¿Qué haces aquí? —cuestioné con fastidio.
—No debería ser una sorpresa para ti el hecho de que venga a visitarte —contestó con reproche.
Pasé una mano por mi rostro exasperado, carajo, la suerte realmente se empeñaba en burlarse de mí una y otra vez. La veía fijamente con mi expresión fría y más severa de lo normal, ansiando desesperadamente que se diera la vuelta y se fuera sin hacer escándalo ni armar ninguna escena bochornosa. Los celos por razones obvias no podían formar parte de esta "relación", desde un principio ambos acordamos que fuese así, aunque ella solía olvidarlo a veces. Me mantuve callado, sin la intención de decir absolutamente nada.
—Al menos dime si te acuestas con ella.
—No, joder, Petra. Ya basta —gruñí con molestia lanzando una mirada hacia la ventana que estaba a mi derecha, comprobando que afortunadamente Mikasa no estaba allí observando la ridícula escena ni tampoco escuchando las preguntas acusadoras de la ojos miel.
Ella bufó y se removió inquieta.
—Sólo venía a decirte que mañana me iré de la ciudad por unas cuantas semanas, me han dado vacaciones y las aprovecharé para ir a visitar a mis padres —sentí un pequeño alivio ante estas palabras. Aún no tenía ni idea de cómo manifestarle mi complicada situación, de esta manera al menos me daría tiempo de pensar en algún modo para evitar que se cabree demasiado—. Quería despedirme de otra forma, pero veo que tienes compañía.
—Que tengas buen viaje —fue lo único que se me ocurrió decirle en un intento de acabar con eso cuanto antes.
Ella hizo una mueca que no se pareció nada a una sonrisa, se acercó a mí y antes de que pudiese evitarlo me envolvió en un abrazo. Maldije mentalmente a mi suerte sin siquiera corresponder a su agarre, mientras por otro lado rezaba para que me soltara y que por nada del mundo la azabache viese lo que estaba ocurriendo. Jamás había pasado por algo parecido y debía admitir que era realmente estresante y perturbador.
Volvió a tomarme por sorpresa cuando se separó de mí y depositó sobre mis labios un simple beso para luego voltearse, susurrar un "nos vemos luego" y por último alejarse con rapidez. Supongo que al final recordó que no estaba en posición de reclamar nada y decidió marcharse antes de que comenzara a actuar más a la defensiva por ello.
Suspiré y luego de reunir un poco de valor, entré y justo en ese momento Mikasa estaba justo frente a mí a punto de agarrar el bolso que trajo. Nos miramos y su expresión era casi tan seria como la mía, aunque ya había puesto ese escudo, esa coraza que no me permite ver más allá. ¿Estaba enojada? Tal vez. Se volvió y caminó hasta la escalera, deteniéndose al poner un pie en el primer escalón.
—No sabía que tenías novia —comentó en un tono neutro, sin hacerlo sonar como un reclamo.
—No lo es.
—Pues no parecía feliz de verme aquí contigo —añadió sin moverse, aún de espaldas a mí—. Esa chica estaba molesta.
—Tch, no lo estaba —volví a negar aun sabiendo perfectamente que Mikasa había notado el enojo de Petra en esos pocos segundos en los que sus miradas se cruzaron. Y comenzaba a pensar que ella estaba molesta también; sin embargo, no podía estar seguro de ello, su voz era indiferente y su postura tampoco me daba una respuesta referente a su humor.
No dijo nada más y subió las escaleras con presura. Pasé una mano por mi cabello con frustración y soltando una pequeñísima e inaudible maldición la seguí subiendo los escalones de dos en dos, pero ella caminaba tan rápido que cuando llegué al principio del pasillo, ya se había adentrado en la otra habitación. Fui a la mía y me encerré de un portazo.
—Esa mocosa… —siseé entre dientes caminando de un lado a otro mientras revolvía mi cabello y lanzaba blasfemias en susurros, me sacaba de quicio no tener el control de la situación y terminar actuando como un idiota, como un estúpido por la misma razón. No pude evitar que una ola de calor atravesara mi cuerpo, el mal humor haciendo su aparición en el momento menos conveniente. Me senté en la cama y escondí el rostro entre mis manos luchando por calmarme y no descargar la ira con el primer objeto inocente y desafortunado que encontrase en mi camino.
Pasó un buen rato hasta que sentí mi arrebato de rabia mermar y mi respiración volver a la normalidad; no obstante, la irritación estaba lejos de abandonarme. Dos golpes en la puerta me hicieron espabilar y dirigirme hacia esta con prisa, abriendo de golpe y clavando mis ojos fríos en la azabache, esa que era la causante de mi malestar.
—Te traje tus medi…
No la dejé terminar de hablar, sin ser realmente consciente de lo que estaba haciendo la tomé bruscamente por el brazo y la jalé hacia dentro cerrando la puerta de nuevo con fuerza. Ella jadeó de la impresión y me miró con asombro y confusión mientras yo la veía con el ceño fruncido y mis rasgos bastante serios. Hasta ese momento tampoco era consciente de lo cerca que estaba de mí, ni de lo vulnerable y descolocada que la había dejado por mi inusual actitud. Tenía la mente nublada, mi cuerpo se había desconectado de mi cerebro y raciocinio, actuando por puro impulso… Impulso de idiotez.
—Quiero que duermas conmigo —murmuré sin moverme ni un ápice ni dejar de verla a los ojos. Podía quedarme así por mucho tiempo, era agradable sentir su aliento tibio mezclarse con el mío y hacerme cosquillas en la piel.
De repente su expresión cambió por completo y su cuerpo se relajó, una sonrisa ladina se formó sobre sus labios, el color rojo tiñó sus mejillas y me miró con cierto brillo extraño en ellos. Un brillo de picardía y complicidad.
—¿Es esa una orden, capitán? —inquirió en tono burlón.
Apreté la mandíbula y la solté retrocediendo un paso, ahora también osa reírse de mí. Eso era inconcebible.
—Tch, haz lo que quieras —contesté cortante.
—Vale, me quedo contigo, pero primero debes tomar tus medicinas y dejarme colocarte las vendas.
—Al carajo con eso —sentencié en voz baja irritado.
Puso los ojos en blanco, negó con la cabeza divertida y desistió por completo con el tema, con rapidez comprendió que no valdría de nada insistir y menos si estaba colérico.
—No seas tan gruñón —dijo entre risas—. Sólo estaba bromeando—agregó apagando la luz, agarrándome por la muñeca y llevándome hasta la cama. Levantó el grueso edredón y se subió obligándome a hacer lo mismo. Se zafó de mí, se acomodó del lado izquierdo que ocupó la noche anterior y se arropó hasta la barbilla mientras se acurrucaba de lado.
Me quedé inmóvil por un instante, aturdido por lo que tanto ella como yo habíamos hecho, actué como un loco y aun así a la mocosa le causó gracia, no quería comenzar a cuestionarme cuál de los dos estaba peor de la cabeza. Me reprimí mentalmente por mi arrebato para con ella y sin querer pensar en nada más me metí bajo la cobija despacio sin perderla de vista. Por su parte, ella estaba muy quieta con los ojos cerrados, quizás tratando de ignorarme, no lo sé.
Me posicioné de frente a ella, bastante cerca para ser honesto, y me quedé así, acostado de lado observándola. La pálida luz de luna que se colaba por la ventana la iluminaba tenuemente, lo que me permitía detallar cada rasgo de su rostro como si quisiera aprendérmelos de memoria. Más rápido de lo que esperé su respiración se volvió lenta y pesada: se había quedado dormida.
Lentamente estiré un brazo hacia ella y con la yema de los dedos rocé su frente, sus cejas, su nariz, sus mejillas… Era tan suave y delicada que sentía que con tan sólo ese simple toque podría hacerle daño. Quité la mano dando un leve respingo cuando se removió un poco, y sentí que mi estómago dio un vuelco ante el hecho de que notase lo que estaba haciendo, el como la estaba observando.
Gigantesca fue mi sorpresa cuando arrugó el entrecejo y abriendo un poco sus somnolientos orbes, tomó mi mano y la puso suavemente en su cabeza justo sobre la oreja para luego volver a caer rendida en los brazos de Morfeo. Me quedé paralizado por unos segundos y al comprender lo que quería deslicé mis dedos por su cabello como si la estuviese peinando hacia atrás, suave y lentamente, una y otra vez. Sus labios se curvearon levemente hacia arriba y yo finalmente me permití relajarme y sonreír también… Estaba dispuesto a soportar que la mocosa me sacara de mis casillas y me volviera loco, además de buscar hasta debajo de las piedras la manera de hacerla feliz si al final del día podíamos terminar así por el resto de nuestras vidas.
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¿Qué tal estuvo? ¿Les gustó? ¡Yo espero que sí!
Aprovecho para desearles a todos unas felices fiestas, y una feliz navidad también. :)
