La historia no me pertenece yo solo me ajusto a la traduccion.
Un falso Novio
Capitulo Diez
Bella observaba a Edward hablando con su cuñado a través de la ventana. Necesitaba tiempo para poner su mente en orden. Tiempo para pensar como podía mirarlo sin ponerse colorada como una cría.
Pero Edward había aparecido en el porche de su casa por la mañana, preparado para llevarla a la granja de Rose y Emmett. Era un viaje corto y ella había ido diciendo incoherencias durante todo el camino, sin darle oportunidad para hablar de lo que había ocurrido entre ellos la noche anterior.
Una ola de calor subió a sus mejillas en ese momento. Era increíble pensar que prácticamente habían hecho el amor en el porche de la casa de sus padres.
Bella tembló al recordarlo, luchando para apagar la hoguera que parecía encenderse en su cuerpo. ¿Qué le estaba pasando? Había pasado de ser virginal a ser insaciable en menos de una semana.
—Oye, ¿puedes dejar de mirarlo por un segundo? —preguntó Rose, detrás de ella. Bella apartó la cara para mirar a su hermana.
Rose elevaba en la mano una bandeja con dos tazas de café y dos trozos de pastel de chocolate—. Venga, cuéntame. Tienes toda la vida para mirar a Edward.
Al menos tenía un par de días, pensaba Bella, pero se sentó en el sofá al lado de su hermana, intentando disimular.
Mientras Rose hablaba, ella miraba a su alrededor. El salón estaba muy limpio, pero lleno de cosas. Había juguetes, muñecas, libros, zapatos y calcetines por el suelo de madera. Era la imagen de un hogar.
Si las paredes pudieran hablar, aquellas podrían contar secretos de besos, abrazos infantiles y muchas risas.
En ese momento, Bella recordó su dúplex: limpio, estéril, vacío. De repente, sintió un nudo en la garganta y tuvo que parpadear para que las lágrimas no asomaran a sus ojos.
Después de aquel viaje, le parecería aún más vacío.
—¿Te encuentras bien? —preguntó su hermana.
Bella asintió y sonrió tímidamente.
—Claro. ¿Dónde están los niños?
—Los he mandado a casa de la madre de Emmett —rió Rose—. Quería hablar contigo un rato —añadió, apartando la larga melena rubia de su cara—. Con los cuatro fantásticos alrededor, no hay tranquilidad posible.
Una punzada de envidia cruzó el corazón de Bella. Su hermana tenía un marido que la adoraba, una familia y un hogar encantador. Ella, por otra parte, tenía un dúplex de dos habitaciones, una larga lista de socios y tenía que inventarse un novio para que la gente no sintiera compasión por ella.
Era curioso como dos mujeres criadas de la misma forma podían tener vidas tan diferentes.
Bella no podía evitar preguntarse cómo habría sido su vida si hubiera tenido la seguridad que tenía su hermana cuando era adolescente.
—Los cinco magníficos, dentro de poco —dijo, acariciando el abultado vientre de Rose. En ese momento recordó que ella misma podría estar embarazada. Y aunque una parte de ella lo deseaba con todas sus fuerzas, tenía que admitir que había pocas posibilidades.
—Sí —sonrió su hermana—. Es increíble, ¿verdad? Otro hijo. Supongo que pensarás que estoy loca, pero es que me encantan los niños.
—No estás loca. Eres una madre maravillosa.
—Eso espero —susurró Rose, poniéndose la mano sobre el vientre.
¿Dudas? ¿Su hermana tenía dudas?
Rosalie miró la ventana tras la cual estaba su marido.
—A Emmett y a mí nos encantan los niños y tendremos todos los que Dios nos mande. Pero es que…
—¿Qué? —preguntó Bella, olvidándose de su problema.
—Es una bobada —confesó Rosalie, dejando su tasa sobre la bandeja—. Si alguna vez se lo cuentas a alguien, lo negaré y después contrataré a un matón para que te quite de en medio.
—Te juro que no se lo diré a nadie —rió Bella.
—Nunca te lo he dicho, pero siempre he tenido envidia de ti.
—¿Qué? — Bella no había podido evitar una carcajada, porque lo que acababa de decir su hermana era simplemente absurdo.
Rosalie tenía todo lo que ella siempre había deseado. Era imposible que la envidiase.
—No me malinterpretes. No cambiaría nada de mi vida. Estoy loca por Emmett y no me puedo imaginar la vida sin él… o sin los niños.
—¿Entonces?
—Pues… —empezó a decir Rose, colocando las piernas sobre el sofá— que de vez en cuando, cuando los niños me vuelven loca, pienso en ti… sola en tu casa. Con tu propio negocio. Clientes que te admiran —Rose se echo a reír—. Capaz de ir al cuarto de baño y quedarte en él todo el tiempo que quieras.
—Pero tú tienes tantas cosas…
—Ya lo sé. Y estoy muy agradecida a la vida por ello. Pero, ¿sabes una cosa, Bella? —suspiró su hermana—. Tú tienes algo que yo siempre he querido —suspiró. ¿Qué podría ser?, se preguntaba Bella, sorprendida—. Yo nunca fui buena en los estudios. Y tú eres tan inteligente. Sé que nunca te lo he dicho, pero siempre he estado tan orgullosa de ti como papá y mamá. Y lo sigo estando.
Bella miró a los ojos de Rose y vio allí una verdad que no había visto hasta entonces. Las lágrimas amenazaban con aparecer de nuevo y parpadeó furiosamente para evitarlo. Tenía el corazón encogido y se le había hecho un nudo en la garganta.
Se sentía orgullosa de sí misma y, por primera vez, miró a su hermana mayor y se sintió como una igual. Quizá los viejos clichés se convertían en clichés porque eran ciertos: «La hierba siempre parece más verde al otro lado de la valla».
Después de un largo y cálido abrazo, Rose se apoyó en el respaldo del sofá y tomo su trozo de pastel.
—Bueno, háblame de ti y de Edward —dijo con la boca llena—. ¿Desde cuándo son novios y por qué no me lo habías dicho? — Bella se quedó muda ante el repentino cambio de conversación. Allí estaba su hermana, desnudando su alma ante ella, invitando a las confidencias y ella tenía que mentir—. Y otra cosa. ¿Es tan bueno en la cama como yo siempre había creído que sería? —preguntó, bajando la voz. Bella se puso colorada hasta la raíz del cabello al recordar la escena de la noche anterior. Y junto a aquellas imágenes, llegaba un pensamiento muy alentador. Edward y su hermana nunca… Bella tuvo que sonreír—. Ah, ya veo que sí —rió su hermana, acercándose mas—. Quiero detalles.
Edward le dio a Emmett una llave inglesa y se apoyó en el capó mientras el otro hombre se metía debajo del coche.
—Y Bella y tú —estaba diciendo su amigo—. ¿Quién lo hubiera imaginado?
—Ya —murmuró Edward, incómodo, mirando la casa como si quisiera ver a Bella a través de la pared.
Sabía que ella había tratado de evitarlo durante toda la mañana. Por eso había ido a buscarla muy temprano y la había esperado sentado en el balancín del porche. Pero, claro, sentarse en aquel balancín nunca volvería a ser lo mismo. No después de la noche anterior.
Edward tuvo que apretar los puños para controlar su respiración. No había podido dejar de recordar lo que había ocurrido por la noche. No podía dejar de recordar el momento en que ella se había derretido en sus brazos. Cuando el clímax la había obligado a enterrar la cara en su pecho para disimular sus gemidos.
Edward deseaba aquello de nuevo. Quería sentir su corazón latiendo para él. Quería sus sonrisas. Sus lágrimas. Su amor.
Edward esperó el familiar escalofrío que sentía cada vez que pensaba en aquella palabra, pero cuando no llego estuvo a punto de sonreír. ¿Podía la vida de un hombre cambiar de la noche a la mañana?Pero, ¿sería Bella feliz con la vida nómada de un soldado profesional? ¿Podría sobrevivir lo que sentían el uno por el otro?
—¿Podrá funcionar? —dijo en voz alta, sin darse cuenta.
—Claro que funcionará —dijo Emmett, claramente insultado—. Este coche tiene un par de problemillas, pero yo siempre consigo arreglarlo.
Edward sacudió la cabeza y miró a su amigo, que salía de debajo del coche.
—Siempre se te han dado bien los coches.
—¡Desde luego! —rió Emmett, apartándose el pelo de la cara—.¿Recuerdas que siempre arreglaba el tuyo, que era un trasto?
—Ese trasto mío te llevaba por todas partes, por si no te acuerdas –replicó Edward, haciéndose el insultado.
—A mí y a tus hermanos –rió Emmett. Después dejó de sonreír y se quedó mirando al horizonte, como perdido en sus pensamientos—. Eran buenos tiempos, ¿verdad?
—Los mejores – asintió Edward aunque, en realidad, los mejores días con Bella le habían aportado más recuerdos que la mayoría de sus años en Forks.
El sonido de un claxon interrumpió sus pensamientos y los dos hombres se dieron la vuelta para mirar hacia la carretera.
—Vaya, ya están todos aquí –dijo Emmett.
-Eso parece –sonrió Edward, acercándose a los dos hombres que habían saltado del coche—.¿Qué demonios están haciendo aquí?
Jasper Cullen miró a su hermano Jake con cara de orgullo herido.
—¿Has oído eso? Nuestro hermano mayor no tiene ganas de vernos.
—Vaya, hombre. Es igual de orgulloso que todos los oficiales –rió Jake.
—Sí. ¡Un momento! ¡Yo también soy oficial! –exclamó Jasper.
—¿Le habras quitado el coche a mamá? –preguntó Edward, abrazando a sus hermanos.
—Sí. La hemos dejado atada en la despensa.
—Sí, claro –sonrió Edward.
—No ha hecho falta –explicó Jake, burlón—. Estaba en casa de los Swan, planeando una boda de la que no nos habíamos enterado.
La boda. Edward frunció el ceño, pero entonces recordó que debía dar la imagen de un novio feliz y volvió a sonreír.
—Yo no ando contando todo lo que hago.
—No me lo podía creer cuando me lo contó papá —dijo Jasper—. Bella Swan era el terror de tu adolescencia.
—Imagínate casarse con una chica que se llama Pecas —añadió Jake.
—Yo he crecido —dijo Edward, dispuesto a defender a Bella incluso de sus propios hermanos—. Al contrario que ustedes.
—Yo paso. Mi segunda adolescencia es muy divertida —rió Jasper.
De repente, Jake miró por encima del hombro de su hermano y lanzó un silbido. Allí, en el porche, estaban Bella y Rose, mirando a los hombres.
—Parece que Bella también ha crecido. Y mucho.
Edward empezó a pensar seriamente en matar a sus hermanos.
Los antiguos alumnos del instituto habían llegado a Forks y la pequeña ciudad costera parecía encantada. Los hoteles estaban llenos y las tiendas del puerto hacían el negocio del año.
Edward compró comida para focas en el muelle y le dio una bolsa a cada uno de los sobrinos de Bella.
Los mayores salieron corriendo para ver a los graciosos animales y Jenny, la de cuatro años, le dio la mano.
—¿Lamenta haberse ofrecido voluntario para esta misión, capitán? —bromeó Bella. La brisa fresca del mar movía su pelo y le daba un glorioso color a sus mejillas. Estaba sonriendo y sus ojos brillaban de alegría. Era tan guapa que casi le dolía mirarla. ¿Que si lamentaba estar con ella?, se preguntaba. En absoluto. Lo que le dolería seria dejarla después de aquel viaje—. Es una aventura peligrosa —añadió, señalando a su sobrino David, que se inclinaba peligrosamente sobre la barandilla del muelle para darle de comer a las focas.
—Te recuerdo que soy un marinero. El riesgo es mi profesión —bromeo él.
Aunque, tres horas más tarde, prefería enfrentarse al enemigo antes que volver a llevar de paseo a los cuatro niños.
—Agotadores, ¿verdad? —reía ella mientras se sentaban en el muelle.
Edward miró a los cuatro críos, en aquel momento muy concentrados en comer algodón de azúcar.
—No sé cómo lo hacen Rose y Emmett.
—Supongo que le echan valor —dijo Edward, limpiándole la cara a Jenny.
—Se te dan bien los niños —dijo él. Aunque aquello era decir poco. Bella no había tenido que enfadarse ni una sola vez en toda la mañana.
No había perdido el sentido del humor y no había gritado por horrible que fueran las trastadas.
—Es fácil. Solo se necesita amor.
Ella lo hacía parecer muy fácil, pensaba Edward con admiración. Habían paseado por el muelle, dado de comer a las focas, visitado cada uno de los servicios en un radio de tres manzanas, habían atrapado a David antes de que cayera sobre un bote, comprado una camiseta para Becky después de que su hermano manchara la suya de limonada. Y habían tenido que volver sobre sus pasos porque Jenny había perdido su muñeca. Y sin embargo, Bella no parecía cansada. Estaba tan radiante como lo estaba a primera hora.
El amor, se repetía Edward a sí mismo. Bella brillaba de amor. El amor le salía por los ojos cada vez que miraba a aquellos niños y ellos respondían de la misma manera. Los niños, pensaba Edward, eran más inteligentes que los adultos. Ellos aceptaban el amor llegara de quien llegara, sin hacerse preguntas. Sin dudar.
¿Era él demasiado viejo como para aprender de un niño?
—¿En qué estás pensando? —preguntó ella.
—Estaba pensando en lo guapa que eres —contestó el—. Y en cuanto me gustaría volver a sentarme contigo en un balancín.
Bella se había ruborizado y tuvo que tragar saliva, incómoda.
Edward se dio cuenta de su incomodidad y la suya propia creció hasta proporciones monumentales. La deseaba de nuevo y no podía hacer nada para evitarlo.
— Edward …
Fuera lo que fuera lo que iba a decir, se perdió cuando su sobrino David empezó a darse sonoros besos en la mano.
—Están hablando como en las películas —rió el niño.
Edward sonrió. Eran agotadores, pero tenían gracia.
—¿Yo no soy guapa? —preguntó la pequeña Jenny, tirando de su manga.
Sonriendo al ver la carita sucia de la niña, Edward la tomó en brazos y la sentó sobre sus rodillas.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Tú eres incluso más guapa que tu tía Bella.
La niña empezó a reírse, encantada y le dio un abrazo. El espontáneo regalo le llego directamente al corazón. La inesperada dulzura de la niña lo había dejado sin defensas.
Nunca en toda su vida había considerado la posibilidad de casarse y tener hijos. Y, sin embargo, cuando miro a Bella, no pudo evitar deslizar la mirada hasta su vientre. En aquel momento, su hijo podría estar dentro de ella. Una diminuta y milagrosa combinación de sus genes y los de Bella.
Aquel pensamiento hacía que se sintiera humilde y aterrorizado a la vez. Y sin embargo, lo llenaba de alegría.
Cuando volvió a mirarla a los ojos, se dio cuenta de que Bella sabía en qué estaba pensando. Ella lo miraba con una angustia en sus ojos chocolates y él deseaba reconfortarla. Le hubiera gustado hablar con ella sobre su vida, sobre sus sueños, sus deseos, sus miedos, pero aquél no era el sitio ni el momento adecuado.
Se decía a sí mismo que debía ser paciente.
Tenia tiempo. Mientras pasaba la mano por el pelo de Jenny, se preguntaba si su hijo sería tan dulce como aquella niña.
Edward no la había visto sacarle la lengua a su hermano.
Estaba perdido en el mundo de los sueños.
Ame los ultimos parrafos! ustedes no?
jajaja emmett y rose son unos conejos! hay amor jaja
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Pronto volvere cn el resto los dejare cn un poco de misterio jojo.
