Respuestas a reviews:

Katha Phantomhive: Gracias por el review! Y me alegro mucho que te haya gustado el lemon, y donde lo hicieron jajaja.. XDD Y el nombre Aqua es algo que le dedique a alguien especial para mí también. ;)

mininahermosa29: No te proecupes por no haber dejado un review antes. El saber que te gusta la historia me alegra mucho y es un halago el que la consideres así. Espero siga manteniendo el interés para ti.. :DD Muchas gracias por el review!

Guest: En un pequeño párrafo has dicho lo que yo pienso. jajaja.. Bueno, Ash realmente es un personaje extra y no tan extra a la vez. Además, la cosa del misterio está aún por ahí algo complicada pues, Ciel es malo sino es que pésimo para buscar pistas.. XDD Espero te guste este nuevo capítulo (habrá romance y más del misterio ;) ) y gracias por el review! :DD

plop: Creo que Ciel de alguna forma cree que "el no ser puro" es su culpa. Y por eso se castiga a sí mismo de ciertas formas algo extrañas. Me alegra que te haya gustado el capítulo y espero disfrutes del siguiente.. :DD Gracias por el review!

Bakaa-chan: Muchas gracias por el cumplido! :DD Espero que la historia te siga gustando y, tendremos un poco más de la dulzura y rudeza de Ciel en este capítulo. XDD Gracias por el review!


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El hombre de gabardina entró en el despacho del Conde y sonrió al verle plácidamente dormido en un sofá. Se quitó el sombrero, pues no se vería bien presentarse frente a un noble en esa forma.

-Conde Phantomhive, - Susurró, sacudiéndole un poco; pero, sin acercarse demasiado pues no quería arrugar su costoso y bien prensado abrigo. – despierte.

-¿Eh? – El niño se removió en el sofá y se giró perezosamente. - ¡Qué! ¡Ah! – Exclamó sorprendido, sentándose de golpe. - ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

-Soy Christopher Jenkins, señor Conde. – Tomó una bocanada de aire, intentando dar al ojiazul tiempo para reaccionar. – El detective al que usted le pidió venir de París. – Se puso en cuclillas para ver al menor de frente mientras éste seguía sentado en el sofá sin ofrecerle ni un pequeño espacio para que el hombre pudiera acompañarle.

-Hm. – Ciel le miró con detenimiento. – No parece usted francés. – "Y ciertamente se mira bastante engreído.", pensó el Conde pero, mantuvo esas palabras solo en su mente.

-No lo soy, conde Phantomhive. Soy inglés pero, he vivido en Francia casi toda mi vida. – El hombre se puso de pie y arregló su abrigo con cierta delicadeza. Sí, tenía que haber vivido en Francia para comportarse con tanto remilgo. – Por lo que veo usted tiene un caso difícil.

-Lo tengo. – Replicó el ojiazul, parándose y dirigiéndose a su enorme escritorio. – Espero que no sea demasiado para alguien como usted. –Una sonrisa sarcástica curvó los labios de Ciel.

-No. Pero, tiene que contarme la verdad a mí. – El Conde había tomado asiento y con un gesto le ofreció al detective otro. El hombre obedeció y se inclinó sobre el escritorio para continuar en un susurro. – Yo puedo ayudarle a probar que el pintor es inocente aún si fuera culpable. Claro que… le costaría un poco más de dinero pero, ¿qué es el dinero para alguien como Ciel Phantomhive?

-¿La verdad, eh? – Al menor no le había agradado nada el tono de Christopher. Era definitivamente un mal comienzo en eso. Suspiró. – Bueno, señor Jenkins. Sebastián Michaelis es mi amante. No sé si mató o no mató al estúpido de Trancy y, a estas alturas en realidad ni me importa. Así que encárguese de probar su inocencia. – Los dedos del menor tamborilearon sobre el mueble. – Le advierto que no le daré un solo centavo durante el proceso. Por tanto, si usted no es capaz de probar su inocencia; él y yo iremos a la horca. Dejándolo a usted, señor Jenkins, sin pago alguno.

El hombre se quedó paralizado ante tal confesión. Ciel le miró y dibujó una sonrisa ladeada. - ¿Qué me dice? ¿Acepta el trabajo? Yo solo le he dicho lo que usted quería. – Christopher sostuvo su cabeza entre ambas manos. Seguramente era pudoroso y la confesión del ojiazul le había carcomido la "inocencia". El Conde sabía que las cosas no irían tan fáciles y decidió mostrarle algo del botín que podía llevarse. Dejó caer una bolsa de monedas de oro en el escritorio de golpe.

-¿Todo? – Preguntó el detective incrédulo al abrir la bolsa y encontrarse con semejante cantidad. "Y más.", dijo el menor. "¿Entonces, señor Jenkins?"


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Saltó la barda que rodeaba la mansión Trancy y una enorme mancha de óxido quedó en su abrigo. Refunfuñó pero, solo para sí mismo pues, en realidad sabía que con lo que Ciel habría de pagarle podría comprar otros diez abrigos iguales.

-Maldito mocoso pervertido. – Masculló mientras caminaba hacia la puerta de la mansión.

Empujó con cuidado la puerta de la parte trasera. El Conde le había advertido sobre una mucama que pertenecía a la servidumbre del rubio y quien podría aún encontrarse en el lugar. Christopher no creía que estuviera aún ahí pues, la mansión era un completo desastre. Había huellas lodosas y las cosas estaban tiradas por todas partes. Obra de los de Scotland Yard seguramente, aunque si el homicidio tuvo lugar hace más de tres semanas era lógico que todo estuviera así.

El detective suspiró dejando el cansancio mostrarse en su rostro. –Bien, vamos a ver que hay por aquí. – Se dijo, mientras recorría la mansión en busca de alguna pista. Alois Trancy parecía haber sido un noble bien acomodado. Cada mueble combinaba a la perfección con la habitación en la que estaba. Tenía una sala estilo victoriano, otra con toques griegos y una más con estilo rococó.

Esta última llamó la atención del hombre pues, en ella, Trancy alojaba cada una de las obras de arte que había adquirido. Huevos de Fabergé y más joyería rusa, reliquias egipcias y frescos de pomposos pintores. – Por supuesto, el "Ausencia" de Sebastián Michaelis.

Christopher arqueó una ceja. La pintura no era la gran cosa. Un montón de brochazos sobre una tela que podría haber sido un bonito y simple cojín. Es más, ahora que la observaba de cerca notaba lo mal hecha que estaba. - ¿Y esta porquería era la que valía tanto? – Inusual. Sin embargo, en el fondo creía que los ricos eran siempre así. Escuchaban que algo era bueno y, ni siquiera se detenían a comprobarlo por sí mismos.

Se dio la vuelta y continuó su recorrido. La pintura continuó en su mente. No era que supiera mucho sobre el tema pero, había ido al Louvre unas cuantas veces al vivir en París por tantos años. Un pintor con un lado sensible como el que había visto en las demás obras de Michaelis solamente podría haberlo orillado a crear algo abstracto pero, de movimientos limpios y artísticos. En general, una obra de mucha más calidad en la que realmente pudiera leerse un sentimiento.

Entonces, las manchitas de sangre que aún quedaban en el suelo le distrajeron. Salpicaduras. El detective se agachó para estudiarlas más de cerca. Por la forma en que estaban indicaban un arrastre. El fallecido podría haber corrido, intentado escapar aún cuando ya estuviera herido. – Pero te alcanzaron. – Concluyó el hombre, imaginando que Trancy había recibido una puñalada, tal vez, una verdaderamente certera que era con la que le habían terminado. Después, el asesino le habría arrastrado por ese pasillo. - ¿Será que buscabas protección en tus obras de arte?

Se sentó en uno de los sillones. -Conclusiones. - Murmuró para sí. - El asesino era alguien lo suficientemente alto y grande para arrastrar al occiso. Sin embargo, tuvo que utilizar un arma pequeña, pues de lo contrario, las salpicaduras de la alfombra serían más. - Mordió su labio. - Raro. Muy raro.


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Sebastián terminó con sus tareas de ese día y fue hasta la cocina, llevando un candelabro en la mano. Había visto al chef real hornear un pastel de queso y zarzamora que le había hecho agua la boca. A un mayordomo como él no le estaba permitido probar semejante manjar pero, no afectaría a nadie el que el robara un pedazo, ¿no?

Se acercó a la puerta y desde ahí vigiló a la servidumbre que iba y venía. Trayendo y llevando platos de una alacena a la otra. La cocina del castillo era inmensa y llena de diferentes artefactos para preparar toda clase de platillos. Sebastián se deslizó hasta la mesa en donde se encontraba el pastel. Le habían cortado un par de trozos, por lo que el moreno fácilmente cortó otro más y se lo llevó escondido hasta el pasillo de las habitaciones para huéspedes, el área menos habitada de todo el palacio.

Se quitó los guantes, sacó el postre y comenzó a comerlo. Tal como lo había predicho, su sabor era exquisito. Lo ligeramente ácido de la fruta no dejaba que la base de queso pareciera demasiado dulce. Cerró los ojos, recordando la razón de su gusto por los pastelillos.

-Eres un ladrón según veo. – Sebastián se quedó inmóvil y abrió los ojos de inmediato. El rostro de Ciel le recibió con una sonrisa picaresca. – Vamos mayordomo, ahora tendrás que servirme toda la noche si no quieres que te acuse con su Majestad.

El pintor se puso de pie y fue tras el Conde. – Creí que no vendrías más por aquí. Dijiste que tenías demasiadas cosas que hacer.

Ciel entró en una de las habitaciones para huéspedes y se dejó caer en la cama. – Cierra la puerta. – Ordenó. - ¿Quién dice que ya no tengo todas esas cosas que hacer?

-Pero… - El moreno terminó su comida e hizo ademán de que volvería a colocarse los guantes.

-No lo hagas. - El ojiazul suspiró. – Pero… ¿qué sería de mí si no aprovechara hasta el último instante para estar contigo?

Sebastián bajó la vista. Ciel le había dicho todo hacía unos cuantos días. Sin embargo, él conocía al Conde y sabía que encontraría una manera de arreglarlo todo. - ¿Es qué has perdido la confianza en ti mismo?

-No. Soy realista solamente. – Farfulló el menor. – He contratado a un detective pero, no creo que nos sea de tanta ayuda. – Llevó una mano a su hombro y lo masajeó suavemente mientras una mueca de dolor aparecía en su cara.

-Vamos. Déjame ayudarte. – Musitó el moreno, desbrochando la parte superior de las ropas de Ciel y dejando al descubierto su espalda. – Recuéstate. Te daré un masaje. – El ojiazul sonrió. Era algo así lo que buscaba.

Las manos de Sebastián recorrieron su espalda, dibujando círculos con sus palmas y dejándole sentir el calor de su persona. La yemas de sus dedos llegaron a los hombros del ojiazul, provocándole escalofríos a éste ante las caricias y apretones que le daba el moreno. – Te extrañaba tanto, Sebastián.

-Y yo que pensaba que te habías olvidado de mí. – Agregó Sebastián, susurrándolo en el oído de su amante. – Cada noche me preguntaba si tu cuerpo me extrañaría siquiera un poco. – El pintor dejó caer su peso ligeramente sobre la espalda desnuda del conde, dejándole sentir su miembro endurecido sobre el trasero. Ciel se estremeció, poco era el hecho de que la ropa les separara.

-Jamás podría. Espera, hoy no quiero placer. – Musitó el menor. Sebastián embelesado por el espectáculo. La luz de la vela dejaba ver el rostro de Ciel, sonrojado y ligeramente sudoroso. Deseaba más pero, le gustaba castigar ese deseo. – Quiero dolor.

-¿Dolor? – El moreno lamió el lóbulo de la oreja del menor. Cuando éste estaba a punto de reprocharle el acto, Sebastián se levantó y tomó una de las velas del candelabro.

-¿Qué haces? – Preguntó el Conde, sin moverse, solo rodando los ojos para verle.

-Has dicho que quieres sentir dolor, ¿no es cierto? – El ojiazul pasó saliva y asintió. El moreno se acercó lentamente con la vela. Bajó los pantaloncillos de Ciel y éste cerró los ojos, imaginando lo que vendría. Sebastián apretó una de sus nalgas con una mano, dejando que su dedo índice resbalara traviesamente en la ralla del Conde.

-Mmm… - Gimió el menor y entonces, el moreno dejó caer una gota de parafina en su espalda. El líquido caliente y derretido le provocó un estremecimiento y una oleada de placer a la vez. – Ah. Hazlo otra vez.

El pintor derramó otra gota y esta vez, retiró el pedacito de cera de la anterior con su boca. Ciel mordió su labio inferior. - ¿Te gusta? – Preguntó el mayor mientras su mano se deslizaba en medio de los cabellos de Ciel y besaba su nuca con hambre. El pequeño había separado ligeramente las piernas, dejando ver la erección que crecía.

-Sí. – Respondió el Conde, moviendo una mano hacia su parte posterior y encontrándose con la entrepierna de Sebastián. – Y parece que a ti también.

El moreno sonrió, arrodillándose y apoyando parte de su peso en una mano mientras dejaba caer más cera liquida en la espalda de Ciel. Esta vez, la parafina se resbaló y alcanzó la piel de su axila, haciendo que el Conde lanzara un gemido de dolor. - ¡Ah! ¿Qué haces? – Masculló el ojiazul.

-Has pedido dolor, ¿no es así? – La mano de Sebastián hizo su camino hasta la entrepierna del menor y le masturbó con presteza. - ¿Es que era acaso otro tipo de dolor el que querías sentir?

Ciel lanzó una carcajada de dolor, tal vez de un poco de locura. – De tus manos quiero todo. Todo lo que puedas darme, mayordomo.

-Alza las caderas y te daré más. – El moreno se deshizo de su camisa y bajó sus pantalones hasta las rodillas. Su lengua recorrió la espalda de Ciel, retirando cada pedacito de cera y dejando la piel enrojecida al descubierto.

El ojiazul alzó las caderas y Sebastián se apresuró a deslizarse sobre el lecho hasta dejar su rostro encima de la cola del menor. Su lengua se entrometió en medio de las nalgas de Conde y éste gimió al sentirla colarse en su entrada. – Sigue, por favor. ¡Ah! Quiero más…

El moreno daba ligeras embestidas con su lengua, dejando sentir la humedad, el calor y la fuerza que podía tener aquel músculo cuando se trataba de dar placer. Ciel gimió, llevando sus manos a su cabeza y tirando sus cabellos. Su cuerpo exigía más. Quería a Sebastián dentro de él, penetrándolo, mancillando su cuerpo y haciéndole saber que era su dueño. Porque así le gustaba al Conde. Poseer y ser poseído.

Sebastián entendió el mensaje a la perfección, abandonó su tarea y se recostó sobre la espalda de Ciel mientras le penetraba con pasión. Una sola estocada, un solo gemido al unísono. Algo que no degradara a ninguno de los dos y sin embargo, que les permitiera comunicar aquella sensación única que provocaban uno en el otro. El latir veloz de sus corazones cuando el moreno embestía por primera vez y le dejaba al menor sentir el tamaño de su virilidad.

La entrada del ojiazul se estrechó. El pintor masajeó sus caderas, separando sus piernas levemente mientras continuaba embistiéndole. Jadeó al oído de Ciel y éste giró su rostro ligeramente para besarle. – No deberías. Mi boca estuvo en lugares no debidos. – Susurró el moreno con una sonrisa ligeramente cansada por el esfuerzo.

-Rico. Ahora sé que el sabor de mi trasero está en tu lengua. – La lujuria notable en la voz del Conde y a la vez, con tanto amor que le besaba. Sebastián aceleró sus movimientos mientras su mano daba jaloncitos al miembro de Ciel haciendo que éste se retorciera pero, ninguno rompía el beso.

Al contrario, el Conde movía las caderas contra el miembro del moreno, haciendo junto a este las embestidas más profundas y placenteras. Más rápidas también. Sebastián rodeó la cintura con sus brazos, besando el hombro del menor. El sudor de sus cuerpos les ayudaba a moverse aún más suavemente. Deslizándose uno sobre el otro hasta conducirlos a un orgasmo único y salvaje.

Cuando hubieron terminado. Sebastián se levantó, dejando el cuerpo de Ciel lentamente. El Conde ni siquiera se movió, se quedó ahí tirado en la cama, disfrutando de los últimos espasmos del orgasmo. – Te daría cualquier cosa que me pidieras en este momento. – Susurró.

-Solo hay algo que te pediría, Ciel. – El ojiazul se giró sobre su costado. Esperando que el mayor pidiera su libertad. No creía que deseara otra cosa. – Quiero un lienzo. Un canvas y unas pinturas. – Ciel se enderezó de inmediato. Sorprendido. Sebastián, por su parte, estaba sentado en la orilla de la cama y miraba hacia el piso.

-Tendrás todas las que necesites. – Ciel se arrodilló en la cama y rodeó el cuello del mayor por detrás. Acarició sus hombros. Cada milímetro de su piel era perfecta. Sin una marca ni una cicatriz. - Sé que extrañas la pintura. - Sebastián sonrió, el pequeño había olvidado el bosquejo del otro día.

-Si no consigues lograr tu cometido, ¿me juras que harás lo que te pida? – Preguntó el moreno repentinamente.

-Te lo juro. – Respondió el ojiazul, entretenido en su labor y sin prestar mayor atención a las palabras de Sebastián. – Pero lo lograré.