Se levantó sobresaltada y se sentó en la cama. Aún estaba oscuro, sería poco más de la medianoche. Observó a su alrededor. Ashley no estaba a su lado. La escasa y fantasmal luz de luna que entraba por el ventanal le permitió apreciar una sombra algo más oscura que las demás que llenaban la habitación. Ahogó un grito, pensó que la sombra había vuelto a materializarse fuera de su mente.
Un par de esferas doradas aparecieron en la oscuridad, literalmente brillantes. Era Ashley. Le volvió el alma al cuerpo por segundos antes de notar otro detalle. No veía el blanco de sus ojos. Se levantó de un salto y comprobó que estaba bien despierta. Intentó acercarse a ella, al escucharle gruñir se detuvo. Si bien sus gruñidos se escuchaban muy parecidos al producto de un animal durante el transcurso de esa semana, no cabía duda de que aquel había sido producto de una auténtica bestia.
Luego fue consciente de su altura. Ashley medía uno ochenta, cinco centímetros por sobre ella, pero en ese momento sus ojos estaban a aproximadamente treinta centímetros por sobre su nivel normal. Empezaba a darse cuenta de lo que pasaba. Temía que fuese así. Intentó acercarse a ella de nuevo. Sus ojos descendieron a medio metro por sobre el piso y otro gruñido rasgó el aire.
Ya sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra y el brillo de la luna le ayudaba a vislumbrar aquello que temía fuese verdad. Las orejas de la chica-lobo parecían más grandes, estaban hacia atrás. La escasa luz iluminaba un espeso pelaje gris, blanco y verde menta; los pelos de su lomo estaban erizados. Sus manos eran garras y sus pies patas con uñas de dos cm y medio. Sus ojos relucían en la oscuridad. Podía distinguir un hocico alargado, mostraba los dientes, colmillos de cuatro centímetros. Seguía gruñendo.
¿Cómo había pasado eso? ¿En qué momento se transformó? Dirigió la mirada rápidamente a la ventana. Luna llena. Debía ser eso. Se volvió hacia Ashley, quien seguía amenazándole. Avanzó un paso con cautela, con las manos al frente intentando mostrarse inofensiva. La chica-lobo retrocedió un paso, sin dejar de enseñar los dientes.
Cuando dio con la pared y no tuvo más lugar al que retroceder, subió el volumen de sus gruñidos. La reina no se atrevió a acercarse más, las separaban unos tres pasos, estaba convencida de que podría acortarlos de un salto. Pensaba qué debería hacer. Ashley le veía fijamente a los ojos, intentando averiguar sus intensiones. Ella le devolvía la mirada para que no pensase que no era de fiar y, por tanto, le atacase.
Se fue agachando lentamente, la chica-lobo ya no enseñaba los dientes, pero seguía gruñendo; hasta quedar arrodillada a la misma distancia prudencial. No apartaba la mirada de sus ojos, no quería darle motivos para desconfiar.
-Ash- musitó, la aludida se limitaba a seguir gruñendo y mantener distancia con ella- Ashley, soy yo: Elsa- dijo y acortó un paso, ahora eran separadas por escasos pasos, la chica-lobo le advirtió que no siguiese, volvía a enseñar los dientes- Ashley, por favor, tranquilízate- su voz comenzaba a quebrarse, Ashley parecía comprender sus palabras- Eso es, tranquila- dijo acortando otro paso, la chica-lobo la observaba desconfiada.
Su mano se encontraba a poca distancia de ella cuando un ruido sordo retumbó en el pasillo, algo parecido a una detonación. Los ojos dorados se abrieron abruptamente y, antes de que la reina pudiese hacer algo, salió disparada hacia la puerta, empujando a la reina en el proceso, quien dio a parar al suelo. Abrió la puerta de una embestida y se adentró en la espesa oscuridad de los pasillos. Cuando pasó a su lado podría jurar gruñó una palabra.
Antes de poder siquiera pensar en qué había sido aquel ruido, se puso de pie y se aventuró a la búsqueda de la chica-lobo. Sabía que buscaría la salida, no sabía cuánto le costaría encontrarla. En ese momento deseo conocer los atajos para llegar a las puertas principales tan bien como su hermana. Esperaba haber tomado un camino más rápido que el azar de Ashley.
Al llegar allí era muy tarde. Los soldados iban de un lugar a otro desconcertados, sin saber qué había pasado. Las puertas estaban abiertas de par en par. Ignorando a aquellos que le decían que debía volver a la seguridad de sus aposentos, corrió hasta los establos. Se apresuró a ensillar a su yegua, tanto ésta como los demás caballos relinchaban excitados, parecían percibir algo.
Sin prestar atención a aquellos que le decían debía volver a su alcoba, salió a toda velocidad del castillo. Sabía adónde se dirigía la Ashley. Una corazonada le dictaba a dónde debía ir, esperaba llegar antes de que la chica-lobo cometiese alguna tontería. El viento frío le daba en el rostro, a veces se estremecía por la falta de abrigo, pero no era como si realmente le afectase.
En lo que le pareció una verdadera eternidad llegó por fin a su destino. El castillo de hielo. Observó momentáneamente la estructura, las puertas estaban entreabiertas. Desmontó y corrió la escalonada hasta la puerta. Al entrar allí estaba. En medio del salón. Se sacudía, gruñía, saltaba al frente y lanzaba zarpazos al aire, luego retrocedía, soltando alaridos y gemidos de dolor, para luego volver a acometer contra el aire.
La puerta se cerró con un susurro detrás de ella. Titubeaba al momento de dar un paso, ya que el eco de cada uno era opacado por un gemido o un alarido de parte de la bestia que tenía delante. Pese a que seguía siendo de noche, las paredes de hielo del palacio desprendían una brillo mágico que era más útil que el de la luna.
No se había equivocado, era aproximadamente treinta centímetros más alta de lo normal. Una gruesa capa de pelo cubría su cuerpo, cuyos músculos eran más voluminosos. Sus brazos y piernas eran más largos, y éstas últimas parecían tener una segunda rodilla invertida. Sus colmillos sobresalían de su boca cuando la cerraba y seguía lanzando mordiscos al aire.
-Ash- le llamó antes de poder arrepentirse. La chica-lobo volvió a ella sus brillantes ojos, olvidándose por completo de lo que hacía momentos antes. Vio con pánico como un destello color azul se instalaba en sus ojos por un segundo y luego la bestia se acercaba a ella gruñendo amenazadoramente.
-Ashley- era inútil, parecía cegada e irracional, decidida a atacarle.
La bestia dio un salto con el que llegó hasta su posición y la fuese estrellado contra el suelo de no ser porque se hizo a un lado en el momento justo. Se alejó de ella lo más que pudo, lo cual no fue mucho, ya que emprendió en su persecución. En una ocasión tuvo que alzar un improvisado muro de hielo para que no embistiese contra ella.
Sus esfuerzos por mantenerla a raya eran en vano. Conforme iba escapando de sus ataques, intentaba hacerle reaccionar con palabras, pero solo parecían servir para incitarla a seguir acometiendo contra ella.
Eso le dio una idea. Era la idea más descabellada que se le hubiese ocurrido jamás, no podía estarse arriesgando más. Pero valdría la pena intentarlo. No tenía idea de cómo se le había ocurrido, pero la idea cruzó por su cabeza como si hubiese recordado algo que alguien le hubiese dicho hace mucho tiempo.
Al eludir otro ataque de forma que la chica-lobo fue a dar de cabeza contra otro muro improvisado, dejándole aturdida, se dirigió hasta la pared más cercana, donde simplemente se quedó de pie. De espaldas contra el muro. Esperando a que Ashley se dirigiese hasta ella. Tenía oportunidad de defenderse si su plan no funcionaba.
La bestia se volvió a ella, al verla acorralada no se apresuró en llegar hasta ella, gruñía con cada paso que daba. Si su plan no funcionaba, y no tenía demasiadas esperanzas de que lo hiciese, sería un milagro el salir de ésa ilesa. Cerró los ojos con fuerza, sintió su aliento caliente en su rostro. Se preparó para cualquier cosa, una mordida, un rasguño, un corte. Pero no pasó nada.
Abrió los ojos titubeando. Se veía en un lío. Una pared de hielo a sus espaldas, una mujer-lobo descontrolada frente a ella. Pero Ashley no hacía nada. Seguía gruñendo, no veía nada más que cólera en su mirada, enseñaba los dientes, pero no hacía nada.
Solo estaba allí, respirando agitadamente frente a ella, parecía estar conteniéndose.
-Ashley- su voz sonó más temblorosa de lo que hubiese querido. La chica-lobo resopló- ¿Estás…- alargó su mano para llegarla hasta ella, pero fue un error.
Al ver sus intenciones de tocarle, la bestia volvió a gruñir, casi rugiendo, y, aparentemente contra todos los instintos que le impulsaban en esos momentos, alzó su garra y lanzó un zarpazo. La reina hizo a un lado su rostro en el momento justo, pero no evitó que sus garras cortasen su rostro.
Sintió el pequeño ardor en su mejilla, por donde sus garras habían pasado, no era un corte muy profundo, pero sí lo suficiente para hacerle sangrar. No pensó que lo haría, no pensó que le lastimaría. Más que en la mejilla, sentía una opresión en el pecho. No se atrevía a abrir los ojos nuevamente. Se obligó a hacerlo cuando escuchó algo muy parecido a un gemido humano de Ashley.
Seguía frente a ella, sus brillantes ojos observaban con atención su propia garra, con la que le había rasguñado. Podía ver las filosas puntas de sus uñas apenas manchadas de rojo. Sangre. Su sangre. La observaba con interés, como si no supiese lo que era. De color rojo reluciente, casi podría decirse que vivo, cosa que no era propia de la sangre, cuyo color era más opaco.
La olfateó. Entonces sucedió. Sus ojos se abrieron de par en par. Dejó escapar todo el aire. Su garra empezó a temblar. Y soltó un fuerte alarido de dolor antes de reducirse en sí misma, sacudiéndose y retorciéndose hasta llegar al suelo, donde permaneció gimiendo.
Aunque no se le había pasado del todo el susto ni el dolor interior, la reina se apresuró a agachase a su lado, sin acercarse demasiado a ella.
-¿Ashley?- le llamó, la chica-lobo subió la mirada, y por un momento el pecho de la reina se infló con esperanza. Veía temor, confusión y desesperación. Podía ver emoción en sus ojos, ya no solo dos esferas vacías.
Intentó acercarse, pero ella soltó otro gemido, esta vez sí animal, y rápidamente se levantó y, entre saltos y correteos, se dirigió escaleras arriba, a la que había sido su habitación cuando escapó del reino e hizo de ese su hogar temporal. Fue detrás de ella, corriendo escaleras arriba. Al llegar a la habitación se detuvo en el umbral de la puerta.
Ashley estaba en el balcón. Seguía siendo una mujer-lobo, pero ya no se comportaba como tal.
P.O.V. Elsa
Se apoyó del barandal del balcón. El viento frío sacudía su pelaje y supuse debía de ayudare a serenarse. Podía notar su respiración alterada. Me acerqué a ella con cautela. Debo admitir que tenía miedo, en su estado era completamente impredecible y, aunque me doliese siquiera pensarlo, peligrosa. Pero, aún así, algo me decía que debía acercarme, una especie de fuerza magnética me llevaba a acercarme aunque no estuviese segura de si debía hacerlo.
-¿Ashley?- tartamudeé, escuché un sollozo de su parte.
Alargué una mano temblorosa hasta su peludo y musculoso hombro, ella dio un respingo. Se volvió lentamente. Me sacaba más de una cabeza de altura, y tenía que ver hacia abajo para verme a los ojos, su nariz húmeda estaba frente a mi rostro y me olfateaba suavemente. Acorté el paso que nos separaba, ella se echó hacia atrás, evidentemente asustada, mas no de mí. Antes de que hiciese otra cosa, como escapar, me abracé a su cuelo, fui consciente del respingo que dio por ello.
Sentí sus brazos rodearme y me sentí pequeña entre ellos. Me separó apenas de ella y tomó mi rostro en su mano, que más bien era una garra, tan grande que mi rostro entero cabía en ella, las yemas de sus dedos eran almohadillas y otra más grande estaba en la parte superior de la palma de su mano. Me veía a los ojos. No sabía qué predominaba, si el cariño o el remordimiento. Me encerró de nuevo entre sus brazos, estrechándome con fuerza, aunque moderándola para no dejarme sin aire.
Le devolví el abrazo. Noté que se hacía más pequeña, dejaba de sentir pelo. Volvía a ser humana. No me rompí inmediatamente el abrazo, Ashley aún respiraba entrecortadamente y se aferraba a mí con fuerza, como si temiese que pudiese esfumarme allí mismo. Me separé suavemente de ella, sus ojos estaban empeñados en lágrimas, seguía siendo de aquel color dorado brillante, pero ahora podía ver claramente sentimiento tras ellos.
Limpié sus lágrimas con mi mano, pequeños sollozos ahogados salían de su boca y sus brazos aún me rodeaban. Usaba a misma ropa con la que se había dormido hacía unas horas, solo que ahora tanto el pantalón como la camisa estaban rasgados y se veían algo pequeños para ella, pese a que no se ajustaban a su cuerpo.
-Ashley- murmuré con dulzura, si no tenía antes toda su atención, ahora sí la tenía-¿Estás bien?- ella abrió la boca para contestar, pero volvió a cerrarla y bajó las orejas. Subió una de sus manos hasta mi mejilla izquierda, tanteando el rasguño con delicadeza.
Noté que estaba a punto de romper a llorar, bajó la cabeza e intentó alejarse de mí, pero no se lo permití y me lancé a sus labios. Por muy asustada que estuviese no dejó de corresponder. Volvía a ser igual que siempre. Vivaz, deseosa, con un dejo de desesperación, mostrando la experiencia que había adquirido al saber exactamente cómo moverse, afectuosa y tierna bajo una máscara de picardía.
Comenzó a caminar, sin romper el beso, hasta lentamente acorralarme contra la pared de hielo a un lado de la puerta abierta del balcón. Aprovechó para encender el beso, enredé mis manos en su cabello y la atraje más hacia mí. Nos separamos por la falta de oxígeno. Tanto mi respiración como la suya eran erráticas, nos veíamos a los ojos, los suyos estaban nublados en deseo. El pensamiento de que tal vez sus ojos se quedarían de ese color cruzó por mi mente.
Realmente no importaba. Me gustaban sus ojos oscuros, contradictoriamente brillantes, pero más que eso, me encantaba la forma en que me miraban. Como si fuese algo difícil de creer. Siempre que se dedicaba a mirarme lo hacía con ensoñación, una especie de adoración que puede ser descrito como amor, inocencia y el más puro deseo, con fascinación. Me encantaba aquello, amaba sentirme responsable de esa mirada y que la dirigiera a mí.
Sentí sus manos bajar lentamente de mi cintura, acariciando los contornos de mi cuerpo por sobre la tela de mi vestido, hasta posarse en mis muslos. Me hizo dar un salto y enrollar mis piernas alrededor de su cintura, sin dejar de atacar mis labios, con aquella hambre que la caracterizaba, dejando en evidencia sus instintos animales. Sus instintos parecían ser aún mayores, tal vez efecto colateral de aquel estado de que no estaba segura si había salido por completo.
Me despegó de la pared y me llevó en brazos hasta el interior de la habitación. Me depositó con suavidad sobre la cama, cuya textura asemejaba a la nieve fresca, y se posicionó sobre mí. Me contempló desde arriba por momentos. En ese momento sus ojos se veían más brillantes que nunca, me dirigía aquella mirada que tanto me gustaba, sobrecargada con deseo. Vi que se mordía el labio inferior, cosa que solo logró incitarme.
No fui consciente del por qué de ese gesto sino cuando enarcó una ceja, divertida. Posó una mano en mi abdomen, el calor de ésta ardiendo directamente contra mi piel. ¡Estaba desnuda! Aparentemente mi vestido se había derretido, dejándome solo con una braguitas negras. Le dirigí un gesto de reproche, ella soltó una pequeña risa grave, de lo más divertida. No pudo sonar más sensual a mis oídos.
En ese momento me desprendí del entendimiento. Tiré de su camisa y reclamé sus labios con demanda, le sentí sonreír en el beso. Desabroché su camisa y dejé que se deslizase por sus hombros antes de apegarme más a ella. Fue a atacar mi cuello. Mordidas y lamidas por doquier, sabía que sus colmillos dejarían marcas en mi piel, me arrancaba suspiros profundos.
Bajó hasta mis senos y con su boca empezó a darle mimos a uno, mientras que el otro se ganó la atención de su mano. Los suspiros se intercalaban con gemidos. Subió nuevamente hasta mi boca e invertí los papeles. La senté al borde de la cama y se senté sobre sus piernas. Comencé a besar su cuello. Ella apoyaba en sus brazos. Emanaba el mismo olor de siempre: menta, bosque y noche.
Los suspiros que soltaba y que, notaba, trataba de controlar me instigaban a seguir. Sus manos se posaban en mis glúteos y les daban un suave, aunque firme, apretón cada tanto. Bajé, pasando por entre sus senos, me entretuve en su abdomen mientras quitaba sus pantalones. Ya estaba bastante húmeda, al dar la primera lamida arranqué un tembloroso gemido de su garganta.
Disfruté de ella con aquellas ansias que se acumulaban, sin excepción, con cada beso. Estaba extasiada e intentaba controlar sus gemidos en vano. Me detuve momentos antes de hacerle alcanzar el preciado clímax. Tenía otras intensiones. Escuché un gemido de descontento salir de su boca, no pude reprimir una risilla. Subí a besarle, tomó mi rostro entre sus manos y me atrajo más a ella.
Cuando descubrí sus intensiones fue demasiado tarde. Con un movimiento me recostó nuevamente en la cama. Atacó mi cuello sin piedad alguna, dejando marcas por toda la extensión del mismo. Se ahorró el camino y bajó directamente hasta mi entrepierna, procediendo a hacer lo que mejor sabía hacer.
Introdujo dos dedos en mí, entrando y saliendo de mí mientras sus labios jugueteaban con cierto botoncito rosado encargado de enviar oleadas de placer por todo mi cuerpo. Estaba a punto de explotar, me estaba llevando al límite y me sorprendía el estar aguantando tanto. Subió nuevamente y plantó un leve beso en mis labios y se quedó observándome mientras sus dedos seguían penetrándome.
Profundizó una de sus embestidas, llegando a un punto del que me fue imposible no gritar y aferrarme a ella. Mis caderas se alzaron, buscando más de ese delicioso contacto. Lo hizo de nuevo. Y otra vez, y otra hasta que mi cuerpo fue depositado en el paraíso y todas las sensaciones salieron de mí, dejándome momentáneamente vacía.
Intentaba recuperar el aliento, ya no se movía, pero seguía dentro de mí. Al abrir los ojos me encontré con aquel intenso brillo de su mirada y una sonrisa ladeada llena de afecto. Le devolví el gesto, la recosté en la cama y coloqué sobre ella. Merecía más que privarle del clímax. Quise hacer algo diferente.
Crucé mis piernas con las suyas y con una suave embestida comprobé la increíble fricción que nos otorgaba aquella posición. Mis gemidos, acompañados con los suyos, llenaban la habitación. Nuestras caderas se movían a un ritmo simultáneo que iba en ascenso. Volví besarle, dejando gemidos en su boca, para luego situar mi rostro a un lado del suyo. Oía sus gemidos, graves, sutiles, directamente en mi oído.
En pocos minutos llegué por segunda vez. Esta vez en sincronía con ella. Me dejé caer en la cama, exhausta, mi pecho subía y bajaba al compás de mi respiración. Estaba empapada en sudor. Subí la mirada, ella mantenía los ojos cerrados e intentaba acompasar su respiración. Planté un beso en su mejilla y me apoyé en uno de mis codos para verle.
Por muy raro que me pareciese comenzó a temblar. Temblaba de frío. Nunca lo había hecho. Al ser en parte lobo, el frío era su elemento por naturaleza, y nunca se había visto afectada por el mismo. Acaricié su mejilla y abrió los ojos, me dedicó una mirada llena de afecto y una cierta súplica.
No sabía exactamente qué hacer. Mi cuerpo era frío, no podía calentarla. Tomó mi mano en la suya, entrelazó nuestros dedos y sonrió para luego besar mis nudillos. Seguía temblando. Tenía que hacer algo.
No sé si fue instintivo, o fue solo una idea que se me hubiese ocurrido. Planté un beso en su frente antes de crear una sábana que ayudase a mantener el calor que despedía en su mayoría su cuerpo. Nos cubrí con ella. Se abrazó a mí, ocultando su rostro en mi pecho. Poco a poco dejaba de temblar.
Mientras acariciaba su cabello, iba dejándome caer dentro del mundo de los sueños. No me había dado cuenta de lo cansada que estaba. Y nuevamente podría dormir tranquila aquella noche. Ashley estaba allí, conmigo, abrazándome. Estaba bien, dejaba de estar fuera de control. Ya mi mente estaba perdida entre la neblina del sueño cuando escuché un leve susurro de su voz.
-Te amo…
No pude responder. Inmediatamente después caí dormida…
Los suaves roces de los rayos de Sol la despertaron a la mañana siguiente. Lo primero que sintió fue más frío de lo usual. Al abrir los ojos, más iluminación que la acostumbrada. Se vio a sí misma en su habitación en el castillo de hielo y se alarmó por segundos, antes de recordar los acontecimientos de la noche anterior. Bajó la mirada. Ashley dormía plácidamente, refugiada en su pecho. Un cálido sentimiento, que ya había sentido muchas veces, pero que no se cansaba de sentir, la embargó al instante.
Sin querer despertarle, pensó en lo que había pasado. Primero, luego de aquella semana de completo silencio, se había dirigido mentalmente a ella. Le había preguntado qué era lo que sentía. Luego le había besado. Después le había ordenado que se recostase con ella. Despertó para ver que se había transformado en algo muy parecido a los licántropos ilustrados en los libros de mitología. Igual de temible, menos feo. Pudo apaciguarle por momentos antes de que huyese y llegase hasta allí. La encontró luchando contra algún fantasma y luego acometió contra ella. Por alguna razón se detuvo y, luego de rasguñarle la mejilla se mostró profundamente arrepentida y huyó. Luego se comportó de manera normal, para posteriormente transformarse en humana.
¿Qué sentido tenía todo aquello? Ninguno. No sabía por qué, en primer lugar, había entrado en ese estado. En segundo lugar, no sabía con quién había mantenido conversaciones mentales. Todo lo que sabía, y más que un hecho, era una suposición, era que se había convertido en esa versión de licántropo gracias a la luna llena. Y solo era por relacionar esa transformación con algo, por la necesidad de darle sentido al menos a eso. Recordó otra cosa que había pasado.
Recordó aquellos… trances en los que entraba al quedarse viendo a los ojos dorados. Parecían ser recuerdos de la castaña, pero era imposible que pudiese… sentirlos, ¿cierto? Solo había visto unas pocas imágenes de uno de ellos, así que no podía decir que veía sus recuerdos. Pero sentía cosas. Cosas que, aunque sabía no estaba haciendo, estando consciente de que permanecía inmóvil, se sentía hacer. Su cuerpo era invadido por emociones intensas, pero que las sentía tan foráneas, que sabía no eras suyas.
Pero, ¿cómo? Una cosa era el hecho de poder comunicarse mentalmente con ella. Pero otra muy diferente, e incluso espeluznante, era sentir algo que ella sintió alguna vez.
Y volvemos a lo anterior. No tenía sentido. Necesitaba respuestas. Respuestas a tantas cosas que le costaba pensar en una en particular. Y sabía que Ashley no se las daría. No tan fácil. No pudo evitar soltar un pequeño gruñido por la frustración. Tendría que buscar sus propias respuestas, crear sus propias conclusiones, esperar a dar con algo que le diese alguna pista. Pero, ¿dónde tendría que buscar?
Notó que la joven se removía, despertando y quejándose levemente, tal vez por el desacostumbrado exceso de luz. Se separó cuanto le permitió el agarre de la castaña en su cintura para verle abrir lentamente los ojos, parpadeando y volviendo a quejarse. Sus ojos volvían a tener su acostumbrado color café oscuro. La castaña observó por un momento su situación, se levantó exaltada, apoyándose en su codo; luego, al ver su rostro, su cuerpo se relajó notablemente y volvió a tumbarse, soltando un largo suspiro.
-Por un momento pensé que…- le escuchó murmurar para sí misma, pero se calló antes de terminar la frase. En momentos como ése, es cuando a la reina le sería más útil el poder leer sus pensamientos. Pero, aparentemente, solo podía hacerlo si ella lo permitía- Buenos días- sonrió, tenía la voz ronca, no sabía si sería por el poco uso de la misma o por el sueño.
-Buenos días- no pudo evitar la dulzura en su voz, había extrañado tanto eso. La tristeza en la sonrisa lobuna de la joven no se le pasó por alto, tampoco la chispa nerviosa en sus ojos. Era evidente que quería decir algo, pero que no sabía cómo. Luego de fijarse en eso, se fijó en cómo había descrito su sonrisa. Y se amoldaba a la perfección con la naturaleza, tanto de la sonrisa como de su dueña- Ash…- le alentó a hablar.
-¿Cuánto… cuánto tiempo ha pasado?- preguntó, los nervios no le dejaban verle a los ojos por mucho tiempo- Digo, he estado ahí, pero…- suspiró- …no muy consciente- añadió apesadumbrada.
-Una semana, o tal vez más- respondió la reina en voz baja. La joven enarcó las cejas y bajó la mirada, intentando disimular otro suspiro. Se sentó en la cama, dándole la espalda, se abrazó a sus piernas, aún cubierta con la sábana. Su cola tenía un sutil movimiento, estaba evidentemente ansiosa. Se hizo un largo silencio, en el que la rubia observaba atenta la espalda de la joven con su peculiar marca.
-A veces pienso que cometí un error al volver…- comenzó a decir Ashley con voz quebradiza.
-No digas éso.
-…solo te expuse más al peligro- siguió como si no la hubiese escuchado- Me doy asco- dijo entre dientes.
-Deja de hablar así- replicó la reina con firmeza y se sentó a su lado- No fue ningún error el que volvieses- dijo rodeando su cuello con sus brazos- ¿Te parece ésto un error? - la castaña se volvió a ella.
-Te lastimé- aseveró, con su mano acarició con delicadeza su mejilla izquierda, donde estaba la marca de los tres dedos que la rasguñaron.
-Solo fue un rasguño- razonó- No es nada grave.
-Pero pudo haberlo sido- repuso, el tono taciturno había quedado de lado y hablaba como si quisiera hacerle entender algo- No puedo controlarla. No puedo controlarme. Estoy ahí, pero no puedo evitar hacer nada, no puedo evitar que te…- decía desesperada, haciendo ademanes con las manos, pero fue callada por los labios de la rubia sobre los suyos.
-Estás ahí. Y mientras lo estés, no me harás daño- susurró con convicción, su frente estaba pegada a la de la castaña y se veían a los ojos.
-¿Cómo estás tan segura de éso?- cuestionó la joven en un murmuro.
-Anoche pudiste haberme matado- dijo la reina en voz baja, la ojimarrón intentó alejarse, pero ella tomó su rostro y la mantuvo quieta- Pero no lo hiciste. Y podría jurar por la diosa Luna que fue por éso. Estabas ahí, lo sé. Y sé que no me harías daño por nada en el mundo- no por voluntad propia, llegó a pensar. Ashley esbozó una media sonrisa antes de plantar un beso en su frente y encerrarle en un cálido abrazo.
-¿Cómo estaba cuando…- comenzó a decir la joven al cabo de un rato en silencio, pero no halló las palabras para continuar.
-¿Te encontramos? – completó la reina en voz baja, la castaña asintió- Bueno, estabas inconsciente- comenzó a decir lentamente, un nudo amenazaba con formarse en su garganta- …tenías muchas heridas por todos lados y un brazo roto, la nieve debajo de ti estaba completamente teñida de rojo, no tenías abrigo- suspiró- Apenas respirabas… Pensé que…- se calló, tan solo imaginarse aquello apretaba el nudo que amenazaba con hacerle llorar, la joven la estrechó entre sus brazos.
-Al menos no fue algo mayor- soltó una risa amarga- Eso significa que no me encontré con nadie en el bosque.
-¿Cómo que no te encontraste con nadie? – inquirió la reina subiendo la mirada para encontrarse con sus ojos. No pudo no haberse topado con nadie, ¿de dónde saldrían entonces las heridas? - Tenía heridas profundas, alguien tuvo que habértelas hecho.
-Tienes razón- dijo con una media sonrisa triste en el rostro- Fui yo.
-¿Tú- tartamudeó- ¿Cómo…
-Ese… estado no es más que mi instinto en su forma más pura- explicó Ashley sin cambiar su cálida sonrisa- Cuando se libera, mi sentido de la razón queda, yo quedo allí sin poder manifestarme. Pero cuando recién está empezando aún tengo algo de dominio sobre mi cuerpo. Mi instinto es agresivo y al sentir un invasor en sí mismo decidió atacarlo. El problema es que amos estábamos en un mismo cuerpo, por lo tanto, me atacaba a mí misma- para este punto la sonrisa se había ido, pero su expresión seguía siendo serena- Era mejor dejar que lo hiciera. Sabía que no se cansaría mientras yo siguiese ahí. Me herí a mí misma hasta que estuve demasiado débil para seguir consciente. Lo último que recuerdo de ello fue caer rendida sobre la nieve y todo se quedó oscuro- finalizó.
Elsa estaba atónita. Entre tantas teorías que se formó para darle origen a las heridas que tenía, no hubo lugar para sospechar siquiera ésa posibilidad. Más que el hecho, ya que en el fondo tenía cierta lógica extraña, le sorprendió la indiferencia con la que la castaña lo relató. Como si el lastimarse a sí misma fuese algo normal, como si el sangrar hasta quedar inconsciente fuese algo que ya estuviese acostumbrada a hacer.
-¿Y no…
-¿Me dolió? – completó la joven, pareció leerle el pensamiento, lo cual puede que sea posible- Le dolió más a ella que a mí.
-Pero son la misma persona.
-Bueno… sí. Pero- hizo una pausa dramática, la cual aprovechó para plantar un beso en su mejilla y acercarse a su oído- la diferencia está en que yo tengo el privilegio de poder amarte- se quedó sin habla mientras el suave ronroneo de la voz de Ashley enviaba corrientes eléctricas por su espalda- Lo siguiente que recuerdo son voces. Muchas voces gritando cosas que quisiera no recordar- siguió relatando, su voz seguía teniendo aquel matiz aterciopelado y su mirada se perdió en la nada- Estaban dentro de mi cabeza, no podía huir de ellas. Luego vi tus ojos. No puedo saber dónde estaba porque no sabía nada en ese momento. Pero reconocí tus ojos. Y mientras los veía, al saber que estabas ahí, esas voces no eran más que un susurro, que no podía centrarme en entender. Porque mientras estabas ahí, no había nada que pudiese atormentarme- soltó una pequeña risa grave, música a los oídos de la reina- ¿Demasiado cursi?
La respuesta de ésta fue buscar su boca y recostarla nuevamente, colocándose sobre ella. Sentía a la castaña sonreír mientras se dedicaba a corresponder al beso. Disputaban para determinar quién llevaba el control del beso, ninguna queriendo dar su brazo a torcer, cuando…
-¡Elsa!
El grito de una voz muy familiar resonó desde la planta baja del castillo. La princesa había arribado junto a su novio, en busca de la reina. Ambas jóvenes se separaron de un brinco al escucharla. La sorpresa les había acelerado el pulso, más de lo que ya estaba. Lo último que esperaban era que alguien llegase a las puertas de ese palacio.
-¡Elsa! – volvió a llamar, escucharon su voz más cerca.
-Aguarda, Anna- respondió la aludida, intentando ganar tiempo.
-¡Date prisa! ¡Es importante! – apremió la rubia fresa. ¿Qué era importante?
Se levantó y la castaña imitó sus acciones. No hizo falta más que un ademán de manos para verse luciendo su fantástico vestido de hielo, con la variante de que hizo algunos arreglos para agregarle cuello alto, para ocultar las marcas que había dejado la chica-lobo. La ropa rasgada de Ashley le daba un aire muy animal, si no la conociera, no hubiese querido acercarse a ella. Con sus poderes, hizo lo que pudo para recomponerla. La castaña pareció satisfecha hasta que…
-Mi chaleco- recordó en voz alta, comenzando a buscarlo por el piso de la habitación- ¿Dónde está mi chaleco? – preguntó al aire, agachándose a ver bajo la cama.
-Ashley- comenzó la reina con cierto nerviosismo, la castaña dirigió la mirada a ella. Sabía que no se lo tomaría nada bien, amaba ese chaleco- Cuando te encontramos no lo traías contigo…
Esperó alguna reacción precipitada, pero, en lugar de éso, la ojimarrón solo se dejó caer sentada sobre la cama, afligida. Su mirada se perdió en la melancolía. ¿Cómo había podido perder ese chaleco? Era una tonta ¿Cómo había podido perder lo único que le quedaba de…
-¿Ashley? – la suave voz de Elsa la sacó de su ensimismamiento.
-Ese chaleco era muy especial para mí- se levantó y se acercó a ella, la reina escuchaba con atención- Era un recordatorio- suspiró, la reina la envolvió en un abrazo.
Nunca antes le había dicho por qué ese chaleco era tan especial. Ahora al menos tenía una razón. ¿Recordatorio de qué? La notaba muy afectada por ello. Tenía que hacer algo. Tal vez no fuese lo mismo, pero tenía que intentar subirle el ánimo, ¿cierto? Bastó con una ademan de manos. Se separó de ella sonriendo, pero su sonrisa se borró al ver su creación.
Era idéntico a su antiguo chaleco. El mismo estilo, el mismo cinturón ceñido a su cintura, el mismo cuello levantado. Todo era igual, menos el color. Era negro. Se suponía que debió haber sido del mismo color, azul rey, de su antiguo chaleco. ¿Qué había salido mal? La castaña observó su torso, el cual miraba la reina con mala cara que disimulaba con curiosidad, y volvió la mirada a ella. Le sonrió, agradecida y triste, enarcó una ceja.
-Sé que no es lo mismo, pero…- comenzó la reina, aun preguntándose la causa del fallo en el color. La ojimarrón soltó una pequeña risa para luego besar su frente con cariño.
-Me encanta- aseguró sonriente.
-Se supone que debió haber sido azul, pero…- no pudo seguir explicando cuando oyó la voz de su hermana apremiándola nuevamente.
Ambas fueron hasta la planta baja, donde Anna y Kristoff conversaban evidentemente ansiosos. Ambos se volvieron al verlas. Anna saludó con un abrazo a su hermana y luego notó con sorpresa que la castaña había vuelto a la normalidad, y darle un abrazo fraternal. Se abstuvo de comentar acerca de su ropa.
-Y bien, ¿qué era eso tan importante? - inquirió la reina.
-¿Recuerdas que la reina Jessica vendría aquí dentro de una semana y que tendríamos que llevar una escolta para proteger su carruaje?- dijo atropelladamente, jugando con sus manos, muy inquieta.
-Por supuesto.
-Pues, ha cambiado la fecha de su visita.
-¿Para cuándo debemos mandar la escolta, entonces?
-Para hoy al mediodía.
Hellow.
Me he dado cuenta de que no puedo prometer fechas, nunca las cumplo jeje.
Bueno, señores, aquí está la segunda parte del capítulo 8 de Blutmond, que en realidad se acaba de convertir en el capítulo 9.
Realmente no tengo mucho para decir, sino lo mismo de siempre. Espero que les haya gustado, déjenme saberlo en los comentarios. Acepto preguntas, críticas y sugerencias.
Espero que les esté gustando este pequeño y descabellado fic en el que he puesto parte de mi retorcida mente y alma diabólica.
Chau chau.
