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Doce horas.
¿Puede un hombre decidir en tan corto tiempo su vida y la de la persona amada? No era una decisión al azar, cualquier idea de echarlo a la suerte estaba descartada.
Edward caminaba libremente por las calles de la ciudad, pero parte de su ser estaba aun preso en aquella minúscula celda oscura. Ridícula amabilidad había tenido el hombre de la Gestapo al ofrecerle miserables doce horas para decidir formar parte de ellos o no.
-¡Cómo si hubiera otra opción!-era lo último que el joven Elric había mencionado antes de marcharse. Recordaba cada palabra que el sujeto había mencionado: "El joven Heiderich es un brillante ingeniero y usted señor Elric posee habilidades por las que el Führer está dispuesto a olvidar sus altercados con cierta organización que no vale la pena mencionar" y todo aquello dicho con un tremendo tono de burla, como si ese hombre supiera que no tenía opciones.
Edward hubiera escapado con Alfons de no ver sido ese el plan más peligroso de todos los que había tenido, se sabía vigilado y temía que Alfons estuviera en las mismas condiciones, o peor aún, tal vez había sido secuestrado.
Para no llenarse la cabeza de fantasmas se apresuró a llegar al modesto edificio donde vivían. El tiempo, traicionero y burlón, se hizo tremendamente largo hasta el instante en que abrió la puerta de su cuerpo de golpe y buscó a Alfons.
La misma desesperación que Alfons había sentido cuando Edward no volvió a casa, recorría el cuerpo de éste último. Su temperamento furibundo explotó contra cada mueble y posesión que tenían. Los nazis fueron los primeros culpables de la ausencia de su amado, quien sin que Edward lo advirtiera le buscaba con el cuerpo debilitado a unas calles.
