―Tsk, eres demasiado precipitada, mocosa ―le reproché, terminando de echarle alcohol a la herida y deslizando las vendas por su mano.
―Cállate, ¿quieres? ―murmuró, desviando la vista. Tras su respuesta, apreté la venda a propósito―. ¡Hmm! ―se quejó, y yo sonreí de medio lado. Me divertía hacerla enojar―. Tarado.
Acabé de vendarle la herida, esta vez, siendo lo más cuidadoso posible. Normalmente, Hanji se encargaba de estas cosas, pero ya era tarde y la mocosa no quería molestarla.
―Listo ―sentencié, levantando la vista y topándome de lleno con sus ojos platas.
Y, entonces, a mi memoria vino aquella escena en el callejón, justo antes de que los shindas nos encontraran.
¿Qué mierda había sido eso?
Me había dejado llevar por su cercanía. Sentir su cuerpo pegado al mío ―su presencia― fue una perdición. Y no entendía. No comprendía por qué reaccioné así ante ella. No sabía hasta qué punto hubiésemos llegado, pero al sentir sus labios apenas rozando los míos, supe la respuesta.
Pero, en fin. Estaba cien por ciento seguro de que solamente nos habíamos dejado llevar por la extraña situación. Tanto ella como yo.
―Gracias... ―murmuró apenas audible, revisando su mano.
Mikasa desvió la mirada, colocándose de pie. Se dirigió a la alacena y de ahí sacó una pequeña bolsa con comida de perro, claramente, para Taffy.
―¿Mañana vamos a la zona este? ―pregunté, antes de que saliera de la cocina.
―Claro ―dijo, tomando el pomo de la puerta―. Como te dije esta mañana, nos beneficiaba más esa zona. Pero, como tú eres terco, no hiciste caso ―me mandó una mirada que escondía burla―. ¿No crees?
―Tsk, ya cierra la boca y ve a alimentar a ese saco de pulgas ―bufé, mirando a cualquier lado con tal de que no sea la mocosa de mierda.
Largó una seca risa, saliendo sin hacer ruido de la cocina.
~.~
―Oye, en serio. ¿Qué mierda te ocurre? ―volví a preguntarle―. Hace rato ya que estás mirando hacia todos lados como una paranoica.
Si bien, la zona este de la ciudad no tenía tantos shindas, debíamos estar concentrados para no cometer los mismos errores que el día anterior. Y, por esa razón, me inquietaba que ella estuviese tan distraída.
―¿No sientes que alguien te está observando? ―preguntó de la nada, mirando un punto fijo, mientras se agachaba y acariciaba la cabeza de Taffy.
Luego de mucho tiempo, el perro nos había acompañado. Sospechaba que era por el comportamiento de Mikasa; lo trajo para averiguar si sus supuestas sospechas de que alguien estaba al rededor, eran ciertas.
―¿No? ―contesté un poco confundido por su forma de actuar.
―Yo sí ―respondió segura.
Justo en ese preciso instante, se escuchó un estruendo, como si alguien hubiese tirado varias tarros de basura. Le dirigí una mirada a Mikasa y ella asintió. Nos acercamos despacio, preparando las armas, atentos a cualquier mínimo ruido. Taffy iba al frente, como si fuese nuestro guardián.
Doblamos por una calle y el extraño sonido se intensificó, al mismo tiempo que el gruñido de un perro se hizo oír. Miré a Taffy, con intensiones de hacerlo callar, pero, para mí sorpresa, no era él.
Mi vista se colocó al frente, captando a un Dóberman. Un Dóberman al que le faltaba piel, se le notaban huesos en varias partes, y le salía abundante saliva de su boca. Taffy, al milisegundo, comenzó a ladrar, preparándose para saltar y atacarlo. No obstante, antes de que sucediera, Mikasa lo tomó fuertemente entre sus brazos, resguardándolo para evitar que se soltara de su agarre.
―¡Acaba con él! ―me gritó, aunque yo ya había pateado al Dóberman en las costillas para evitar que se acercara a ellos.
Si Taffy mordía a ese perro, o ese perro lo mordía a él, se contagiaría. Y necesitaba evitar eso a toda costa; no quería que Mikasa se quedara sin su compañero, por más irritante que me pareciera a mí el saco de pulgas. Podía oír los incesantes ladridos y gruñidos del pastor alemán; incluso quiso morder a su dueña para liberarse y ponerse a pelear con el que antes era un perro normal.
El Dóberman no tardó en restablecerse, como si el golpe que le di no le hubiese afectado en nada. Se adelantó hacia mí, y yo apunté la pistola hasta su cabeza. El inconfundible ruido de la bala se hizo escuchar, y gran parte de sus sesos se desparramaron sobre el asfalto, asqueándome.
Mikasa, por fin, soltó a Taffy al ver que se tranquilizó.
―¿Te mordió? ―pregunté, revisándola con la mirada.
―Apenas ―se subió la manga de la chaqueta, mostrándome su brazo marcado levemente por los colmillos de su perro―, pero no importa, sólo quería protegernos ―palmeó la cabeza del can, el cual bajó las orejas―. Continuemos.
~.~
Subimos al auto que habíamos pedido prestado el día anterior. Taffy se colocó en los asientos traseros, Mikasa en el conductor, y yo en el copiloto.
El día de hoy había sido productivo, si podría decirse. Estaba seguro de que ya no existían shindas en esta zona; que acabamos con cada uno de ellos. Por lo tanto, no debíamos preocuparnos.
Aunque una cosa sí ocupaba mi mente la mayor parte del tiempo: mi hermano. No quería admitirlo en voz alta, pero mis esperanzas estaban muriendo. Hace más de un mes que lo buscamos y no hay ni rastros de él; como si se lo hubiese llevado el viento.
Empero, una cosa era lo que mantenía el fuego vivo: los shindas. Cada vez que mataba a uno, lo observaba con atención para saber si era Farlan. Y, hasta ahora, no pude encontrar a ninguno con sus características. Así que mi terquedad me decía que seguía vivo.
Sí, seguía vivo.
Cuando la azabache encendió el motor, el pastor alemán sacó la cabeza por la ventanilla, comenzando a ladrarle a la nada.
―Ese perro te vino fallado ―chasqueé la lengua, molesto por el ruido que realizaba.
―Si ladra, es por algo ―Mikasa observó, otra vez, hacia todos lados.
Momentos después, suspiró al no ver resultado alguno a sus teorías, poniendo el vehículo en movimiento.
―4 días después―
Coloqué la última caja de suministros en el armario de la cocina, aliviado de haber terminado esa tarea y poder irme a bañar. Cerré el mueble con llave, ya que una golosa llamada Sasha se levantaba en las noches a robarse la comida, así que tuvimos que sellarlo con candado. Un grupo reducido de personas tenían acceso a la llave: Petra, Alma, Mikasa y yo. Las dos primeras porque eran las principales que se encargaban de hacer la comida, y nosotros dos porque éramos los encargados de traer los suministros.
Cuando me di vuelta para salir de ese lugar y encaminarme al baño, encontré a Mikasa y a los mocosos de Matteo e Historia. La azabache les estaba dando unas paletas de frutilla a escondidasy ellos le agradecían en susurros, para luego guardarlas entre sus ropas.
―Oh, así que comiendo dulces a escondidas de sus madres ―dije, colocándome al lado de ellos.
Ambos niños se tensaron, observándome con sonrisas forzadas.
―¡C-claro que no! ―murmuró Historia, en un tono chillón.
Mikasa se cruzó de brazos, apoyándose contra la pared y mirando divertida la escena.
―¿Ah, no? ¿Y qué es lo que tienen escondido bajo las chaquetas? ―indagué, levantando una ceja.
Historia y Matteo inflaron las mejillas y me sacaron la lengua.
―Creo que Petra y Alma tienen que enterarse de lo que se guardan... ―comenté al aire―. Qué pena, ¿no?
―¡T-tú..! ―Matteo puso una mano en su mentón, pensando en qué decir―. ¡Tú siempre te guardas a Mikasa para ti mismo y nadie te dice nada!
Silencio.
Me quedé procesando las palabras como un idiota. Mi cerebro se tildó y mi expresión debió de ser un poema, ya que los mocosos sonrieron y chocaron los cinco.
¿Me acaban de ganar unos niños de mierda?
―Tsk, quédense con esos estúpidos dulces ―dije, malhumorado.
Ambos empezaron a reír y Mikasa sonrió. Entonces, en ese pequeño momento, pensé que haber sido humillado por esas pulgas de ocho años, había valido la pena.
Pero claro que la tranquilidad nunca duraba para siempre.
Las sonrisas se desvanecieron al instante cuando el ruido de cristal roto resonó en todos lados. Mikasa salió corriendo de la cocina, y yo la seguí para averiguar quién había sido el causante.
Cruzamos uno de los pasillos y nos detuvimos abruptamente. El vidrio de un ventanal estaba completamente destrozado y los cristales caían sobre el piso de madera. Al lado de estos, habían un par de piedras de un considerable tamaño, las cuales ―obviamente― habían sido usadas para romperlo.
¿Qué carajos pasó?
Me dirigí a la ventana y eché un vistazo hacia afuera. Cuando enfoqué mi vista en las rejas que cubrían la mansión, me quedé mudo.
No son shindas...
―¿Qué es lo hay? ―Mikasa se acercó a mí. Y, en cuanto pudo divisar lo mismo que yo, se quedó en las mismas condiciones.
Son personas...
―No puede ser ―susurré. Una cabellera rubia ceniza que conocía a la perfección se notaba entre todas.
Farlan...
