¿Qué creen? Pues sí, más Defteros/Asmita.


Erinias.

Llevaba varias noches sin poder dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía a Aspros frente a él, desafiándolo a cumplir con su deber. Retándolo. Amenazando.

Él se quedaba inmóvil, sin saber si atacarlo, discutir o unírsele.

Sin variar, era ese el momento en el que escuchaba su voz. Esa voz frágil que lo impulsaba a hacer lo correcto y evitar condenarse junto con su hermano.

Así que lo hacía. Atravesaba a Aspros y evitaba el inicio de una guerra dentro del Santuario.

Había hecho lo correcto, se había ganado la armadura de Géminis y había salvado al Santuario de la confusión y la división.

Había sido un héroe, pero no se sentía como tal.

Y entonces, las Erinias llegaban y lo torturaban. Entre los muros de Géminis y en el tacto de la armadura las escuchaba susurrar que había matado a su hermano, que había acabado con su propia sangre.

Y él volvía a aparecer, él y su voz inhumana. Su voz calmándolo y diciendo que era necesario. Pero nada funcionaba, las Erinias se reían de él y pronto adoptaban su voz etérea.

Ya no sabía si soñaba o vivía. Ya no podía estar más tiempo en el Santuario, con esas voces y fantasmas tras él.

Así que decidió partir a aquella isla. Esa de la que tantas veces habían hablado Asmita y él.

Y funcionó, a medias, pero funcionó. Las Erinias no lo torturaban más, pero la ausencia de Asmita lo hería, aunque tenerlo era casi igual de malo, porque las voces volvían en susurros.

Resignado, miró al volcán. Debería terminar con todo y arrojarse al cráter.

—¿Cómo puedes aguantar este calor? Si no fuera por ti, jamás volvería a poner un pie en esta endemoniada isla.

Esa voz, tan inesperada como siempre. Tan maldita y divina.

Tal vez esta vez pudiera acallar las voces, ya fuera con sus puños o con sus labios. No había diferencia.