¡Historia Nueva!
Los personajes son de S. Meyer y la historia es una adaptación. La Originas es de Penny Jordan.


Amor en público

Penny Jordan

Capítulo 8

Bella había accedido a casarse con Edward. Se rían marido y mujer. Pero solo de puertas para afuera, se recordó rápidamente, mientras salía de la cama para ver si Vanessa ya se había despertado.

La niña todavía estaba dormida plácidamente en su cuna. Por la ventana de la habitación, se veía el cielo azul y el sol brillando sobre los jardines. Era el hogar de Edward, y su casa durante los próximos años. Pero habría sido así de cualquier forma, porque después de todo ya había firmado un contrato hasta que Vanessa tuviera cinco años.

Solo para trabajar de niñera, y no para casarse con él. Siempre podía cambiar de opinión y marcharse, pero sabía que no los abandonaría.

Sin embargo, no sabía cómo iba a convivir con sus sentimientos secretos hacia Edward. ¿Cómo po dría esconder lo que sentía? Se decía que la familiari dad daba paso al desprecio, y quizá descubriera, ha ciendo el papel de esposa de Edward, que su amor por él se desvanecía.

Aquel era un argumento tan frágil que Bella sabía que no serviría de nada.

Iba a casarse con Edward solo para proteger a Vanessa de Lauren. ¿Iría esa mujer a ver a su nieta a la habitación? Bella estaba llena de dudas.

La niña se despertó y la llevó hasta la ventana, acunándola y abrazándola con ternura, disfrutando de aquel momento que compartía con ella, justo después del despertar.

Un par de horas después, sonó su teléfono móvil, y cuando descolgó, reconoció la voz de su hermana.

-¿Bella? -preguntó Rosalie con entusiasmo-, ¿Por qué no nos habías dicho nada? ¡Ni siquiera nos has dado una pequeña pista! Tanya nos ha contado que no es de extrañar, porque saltaron chispas entre vosotros desde el primer momento en que os visteis. Casi no nos lo podíamos creer esta mañana, cuando papá nos llamó para decirnos que Edward lo había llamado para pedirle tu mano. Mamá y papá están aquí, por cierto, y quieren hablar contigo. Estamos deseando llegar y conocer a tu futuro marido. Es muy generoso por su parte que nos invite a todos al palacio. Suena estupendo. Tanya dice que es un hombre genial.

A Bella le daba vueltas la cabeza. Edward había te lefoneado a su familia y les había contado que iban a casarse, y había pedido su mano formalmente, sin preguntárselo a ella.

Su hermana estaba hablando con otra persona, y Bella la oía reírse.

-Tanya pretende que nos creamos que no está en cantada con la idea de ser dama de honor, pero sí lo está. Dice que te diga, de todas formas, que no va a ir de rosa. ¿La familia de Edward es muy numerosa? Es todo tan romántico... Evidentemente, no puede espe rar para casarse contigo. ¡Cuatro semanas! No es nada. Papá y mamá quieren hablar contigo...

Bella habló con casi todos los miembros de la fa milia, que querían felicitarla, aunque después no se acordaba muy bien de la conversación.

Tomó a Vanessa en brazos y se dirigió abajo. Te nía que hablar con Edward en aquel mismo momento.

En el salón principal, se topó con Sue, que le dedicó una sonrisa resplandeciente y fue corriendo hacia ella.

-¡El conde nos ha dicho que van ustedes a casar se! Va a ser usted una buena esposa y una buena ma dre para esta pequeñina -añadió, acariciándole la me jilla a Vanessa-. Y Dios mediante, pronto le darán hermanitos.

¡Hermanitos! Bella asimiló el comentario en si lencio, rogando que el ama de llaves no se diera cuenta de que se había ruborizado. Por supuesto, era natural que ella pensara que Edward querría tener hi jos.

-Necesito hablar con Edward, Sue. ¿Sabe dónde está?

-Está en la biblioteca -le dijo, y la miró con una picardía que hizo que Bella enrojeciera aún más.

-¿Y... Lauren? -preguntó rápidamente. Estaba sorprendida de que la mujer no hubiera subido a la habitación de Vanessa a verla. Sue la miró muy seria y respondió:

-Esa se ha ido. Mejor, a nadie le gusta.

¡Se había ido! Sin hacer ningún intento por ver a su nieta, ni asegurarse de que estaba bien atendida y sana. Aquel comportamiento intensificó el sentimien to de desagrado que Bella tenía hacia ella. En su opi nión, Lauren no podía cuidar de un niño. Estaba claro que no tenía otra opción que proteger a Vanessa, incluso si aquello significaba casarse con Edward.

Él tenía razón cuando decía que el único interés que tenía aquella mujer por la niña estaba basado en el dinero, pero a Bella le dolía que no tuviera ningún cariño por Vanessa. Ningún abuelo o abuela que se mereciera ese nombre se habría ido sin ver a alguien que tenía su misma sangre.

Estaba en mitad del salón, cuando apareció Edward.

-Iba hacia la habitación de la niña -le dijo.

-Y yo estaba buscándolo -Bella se puso nerviosa con solo verlo acercarse-. Mi hermana acaba de telefonearme. Perdone, pero usted no tenía ningún dere cho a llamar a mi familia y contarles todo sin pregun tarme primero. Ahora piensan que...

-¿Qué piensan? -la presionó Edward.

Vanessa se había dormido contra el hombro de Bella y pesaba mucho. Edward notó que estaba incó moda, y le dijo:

-Démela. ¿Se encuentra bien? ¿Le duele la cabe za?

-Estoy bien -le aseguró Bella-. Pero de verdad habría preferido que me hubiera preguntado antes de llamar a mi familia.

-¿Qué piensan?

Bella notó que su cara volvía a enrojecer. Él tenía la culpa de que su familia creyera que su matrimonio era por amor, así que ¿por qué se sentía culpable e in segura a la hora de explicarle el malentendido?

-Creen que nosotros... que nuestro matrimonio va a ser normal. Sobre todo, por el hecho de que usted haya hablado con mi padre en términos tan formales, y les haya invitado a todos a la boda. ¿Por qué lo ha hecho? -le preguntó en tono acusador.

-Porque es la manera correcta de hacer las cosas -le respondió Edward rápidamente-. Usted es su hija, y yo seré su yerno.

-¿Pero es que no lo entiende? Ahora piensan que... nosotros estamos enamorados -dijo, cada vez más incómoda.

Edward se encogió de hombros.

-Y ¿hay algún problema?

-Pues sí lo hay.

Bella se interrumpió, y sin querer tuvo la imagen mental de lo que su familia estaría esperando encontrarse cuando llegaran para la boda. Seguramente, una pareja enamorada que no podría quitarse los ojos el uno del otro, intercambiando besos y susurros, y demostrando sin tapujos su amor. En resumen, una pareja enamorada y a punto de casarse.

-Nuestro matrimonio es una cuestión de negocios y...

-¿Usted se lo iba a contar? -le preguntó Edward con incredulidad.

La verdad era que Bella no había pensado todavía lo que iba a decirle a su familia.

-No iba a decirles nada.

-¿Nada?

Ella percibió un tono de reproche en su voz.

-No quería complicar las cosas -se defendió Bella- Después de todo, nuestra boda es solo una prolongación de mi contrato de trabajo. Mi familia no lo habría entendido, son muy tradicionales, y mi herma na... -se quedó en silencio.

-Para que esto funcione, tenemos que ser capaces de convencer a un tribunal de que es un matrimonio normal -le dijo él seriamente- ¿Cómo cree que reac cionaría Lauren si se enterara que hemos guardado nuestro matrimonio en secreto, y de que su familia piensa que usted está solo trabajando aquí? Utilizaría la información sin escrúpulos en el juicio para que darse con Vanessa.

Bella no podía responder nada. Sabía que lo que él decía era verdad, y también sabía que era imposi ble explicarle cómo se sentía en realidad.

-Y ya que estamos hablando del tema de la boda -continuó Edward-, para eso era para lo que iba a ver la. Ya lo he arreglado casi todo. La ceremonia se ce lebrará en la iglesia del pueblo, dentro de cuatro se manas. Hay otras formalidades con las que hay que cumplir, pero no son complicadas. Sin embargo, hay mucho que hacer aquí, en el palacio. Ya le he dicho a Sue que contrate a todo el personal necesario. Mi familia tiene muchas ramas y hay muchos indivi duos, cómo lo diría, excéntricos y ancianos, a los que hay que invitar para que sean testigos de nuestro ma trimonio y que lo celebren con nosotros. No se preo cupe -le dijo a Bella cuando ella emitió un sonido de aprensión-. Se agarrarán a su cuello y llorarán lágri mas de gratitud, porque todos opinan que debería ha berme casado hace unos años. Tengo tres tías abuelas a las que es especialmente difícil complacer.

-Entonces ¿por qué no se ha casado antes? -Bella no pudo reprimir la pregunta.

La miraba con el ceño fruncido, y ella recordó la primera vez que lo había visto. Una vez más, la esta ba observando con arrogancia, y a ella la estaba molestando.

-Hasta ahora no había sido necesario -dijo él se camente.

-¿Necesario? -Bella no daba crédito-. La gente no se casa porque sea necesario. Se casan porque se quieren, y necesitan estar juntos.

-Ya me lo había contado James -respondió él.

-¿Está diciendo que el amor no es importante? -no sabía por qué continuaba con aquella conversación.

-Para mí, el matrimonio es algo más que el deseo sexual -la informó él con altanería-. Tiene que ver con compartir objetivos e ideales, educación y creen cias. Tiene que basarse en algo que durará toda la vida, y no se desvanecerá cuando se sacie la lujuria. En mi opinión, demasiada gente confunde el deseo con el amor.

Aquel desprecio irónico que tenía por el amor ad virtió a Bella del destino que la esperaba si él llegaba a enterarse de sus sentimientos. Pero antes de que pu diera contenerse, explotó:

-¡No estoy de acuerdo con usted! Yo creo que el amor es más importante que cualquier otra cosa, y siempre lo creeré. Me horrorizaría pensar que no es vital. Pero me imagino que alguien como usted...

-¿A qué se refiere cuando dice «alguien como yo»? -le preguntó al instante. No le había gustado nada su crítica, pero le gustó aún menos la fiereza con la que había reaccionado ante esa crítica.

Bella se asustó un poco con su salida de tono. In tentó aplacarlo:

-Es evidente que un hombre como usted, con su posición, con una familia tan antigua, tiene otra idea del matrimonio. Supongo que está más acostumbrado a los matrimonios de conveniencia, por posición y riqueza, que por amor. Creo que son valores diferen tes.

Por la forma en que hablaba y lo miraba, Edward pensó que ella consideraba sus valores mucho más elevados que los de él. Le enfureció aquel pensa miento y estuvo a punto de decirle que el matrimonio de sus padres había sido de cuento de hadas, pero en vez de eso buscó otros medios de vengarse.

-Por supuesto que lo son -convino suavemente-. Y según tengo entendido, sus valores, a diferencia de los míos, son muy modernos.

Bella frunció el ceño sin comprender a qué se re fería.

-¿Qué quiere decir?

Él la atravesó con la mirada.

-Como usted bien ha dicho, pertenecemos a dos culturas diferentes, y yo sé que, aunque se compro mete completamente con su trabajo y con los peque ños a los que cuida, sus valores morales dejan mucho que desear.

-¿A qué se refiere? -lo interrumpió Bella agresi vamente.

Edward desvió la mirada y le dijo:

-Sé que tuvo una aventura con su jefe anterior.

Bella se quedó sin habla. ¿De qué estaba hablando?

Ella jamás tendría una aventura con un hombre casado, ni con un hombre que estuviera unido de cualquier forma con otra persona. Solo pensarlo ha cía que se le revolviera el estómago.

-Yo le había escrito una carta a su esposa para pe dirle referencias, y ella me contestó y lo mencionó. Decía que usted era la mejor niñera que había tenido, pero que su marido había confesado que se había acostado con usted. También insinuaba que podría haber ocurrido con otros de los maridos de sus jefas.

Bella siempre había tenido la sospecha de que Jane Vulturi tenía un resentimiento irracional contra ella por el hecho de que hubiera logrado estar más cerca de sus hijos que ella misma. Pero no se es peraba algo así.

Recordaba perfectamente el día en que había ha blado con Jane para decirle que no iba a ir a Nue va York con ellos porque había decidido cambiar de trabajo. La misma Jane había sacado el tema de su marido, Alec, y le había preguntado directamente si él era la razón por la que se despedía. Ella admitió que estaba cada vez más incómoda porque Alec ha bía tomado una actitud muy posesiva y hacía constantes referencias a su frustrante vida sexual. Jane acabó pidiéndole disculpas y Bella se lo agradeció sinceramente.

¿Cómo podía haberle hecho aquello? Se sentía humillada y dolida al darse cuenta de cuál era la ver dadera opinión que tenía Edward sobre ella. Cuando, finalmente pudo hablar, todo lo que pudo decir fue:

-¿Cree algo así de mí, y sin embargo quiere que nos casemos?

Edward entrecerró los ojos y la observó fijamente. Su reacción no era la que él había esperado. No hizo ningún intento por explicar ni negar la acusación, pero la mirada dura que le lanzó lo sorprendió.

-Vanessa es mi preocupación principal -respon dió Edward con frialdad-. Y en lo que respecta a nues tro matrimonio, es simplemente de conveniencia. Si estuviera buscando realmente una esposa...

-¿Nunca me elegiría a mí? Yo tampoco me casa ría con usted -le mintió-. Cuando me case de verdad, quiero que sea alguien sin el cual no pueda vivir, en quien crea y a quien adore, y que él sienta lo mismo por mí-le dijo apasionadamente.

Lo que acababa de confesarle le había hecho mu cho daño y se había defendido instintivamente. El juicio cínico y erróneo que había emitido sobre ella le confería un matiz muy diferente al hecho de que la hubiera besado. ¿Pensaba que ella era una mujer que se acostaba con cualquiera, incluso con hombres casados?

Supo que, de no haber sido por Vanessa, habría reservado un billete para el primer vuelo a casa. Pero no podía hacerlo.

De repente, otra pregunta más se abrió paso en su mente. Tenía que formularla.

-Si usted pensaba eso de mí ¿por qué me contra tó? -su voz sonó ronca.

Edward la observó detenidamente.

Tanto como para castigarla a ella, como para cas tigarse a sí mismo, le dijo;

-No fue para gozar de sus favores.

La furia con la que lo miró hizo que sintiera re mordimientos. ¿Es que todas las mujeres eran buenas actrices por naturaleza?

-Al principio, usted era la mejor candidata de to das. Si hubiera recibido la carta de Jane Vulturi antes de que hubiera empezado a trabajar para mí, y antes de que Vanessa estuviera tan unida a usted, no la habría contratado, sin duda. Sin embargo, su predi lección por los maridos de otras mujeres aquí no re presenta un problema, ya que yo no tengo esposa. Y para cuando Vanessa necesite un modelo en quien fijarse...

-Yo ya no formaré parte de su vida -terminó Ali-ce con amargura. ¿En qué se había metido?

-Ahora -Edward continuó como si todo lo que ha bía dicho no tuviera ninguna importancia-, volvamos al asunto que teníamos entre manos. Por supuesto, tendrá que ir a Milán para elegir un diseñador que confeccione su traje de novia y los de sus damas de honor. Creo que mi joven amiga, la ladrona de coches, será una de ellas, y ha dicho que no quiere ir de rosa.

Bella lo miró fijamente. ¿Cómo era posible que se permitiera hacer bromas después de lo que acababa de decir? Si necesitaba pruebas de que no tenía nin gún interés personal en ella, le había proporcionado una. Y además, saber aquello le había dolido mucho más que enterarse de que él pensaba que era el tipo de mujer que se acostaba con cualquiera.

-Estoy segura de que puedo encontrar un traje de confección sencillo -le contestó sin ningún ánimo-. Como bien ha dicho, nuestro matrimonio es de conveniencia. Nosotros no nos queremos.

-Pero sigue siendo una celebración, y para nues tras familias, es algo real. No tengo intención de defraudarlos.

Afortunadamente, antes de que la conversación pudiera continuar, Vanessa se despertó y empezó a llorar.

-Sue me ha dicho que Lauren se ha ido -Bella intentó que no le temblara la voz mientras to maba a la niña de los brazos de Edward, poniendo es pecial cuidado en no rozarle. Después de lo que le había dicho, no debía permitir que él supiera lo que sentía.

Acunó a la niña con ternura hasta que dejó de llo rar.

-Sí, se ha ido.

-¿Cree que todavía quiere llevarse a la niña? -Bella se estremeció de aprensión.

-No importa lo que quiera si estamos casados. Eso garantizará que Vanessa permanezca donde tiene que estar, aquí, con la gente que la quiere -respondió Edward con firmeza-. Y ahora tenemos que hablar de otras cosas. Por supuesto, tenemos que organizar una cena para recibir a la familia antes de la boda. Y hay otra tradición familiar: cuando uno de los herederos de la familia se casa, se ofrece una fiesta para los trabajadores, pero yo me ocuparé de todo eso. He invi tado a toda su familia para que venga una semana an tes de la boda; en ese tiempo. la pequeña ladrona de Ferraris tendrá tiempo para arreglar el asunto de su traje. Por descontado, su hermana será la dama de honor principal. Mis tías son muy tradicionales, así que tenemos que dormir en habitaciones separadas hasta que nos casemos, así que en ese sentido no tendremos que pasarlo mal. Pero sí que tendremos que hacer alguna demostración pública de cariño.

-¡No! -se quedó blanca como el papel-. No. No voy a hacer eso.

La intensidad de su negativa hizo que a Edward le brillasen los ojos de ira.

-Está exagerando la cuestión. Después de todo, no es nada que no haya hecho muchas veces antes, y en una intimidad mayor.

Era más de lo que Bella podía soportar, e intentó vengarse ciegamente.

-Aquellas otras veces era diferente, porque no te nía que fingir nada. Lo deseaba... Los deseaba -se corrigió, al ver que le brillaban aún más los ojos.

Dio un pequeño grito de miedo cuando Edward la atrajo hacia sí con fuerza y atrapó sus labios en un beso salvaje. Aunque Bella no tenía experiencia, sa bía que era un error desafiar sexualmente a un hom bre, y todavía más peligroso insinuar que era inferior a otros en ese terreno. Por esa razón, indudablemen te, Edward la estaba besando de aquella manera, obli gándola a separar los labios para que su lengua se hundiera profundamente en su boca, haciendo que su cuerpo temblara de deseo.

Aquel era el beso que un hombre daría a una mujer que supiera lo que era el sexo, un beso que antici paba un goce sensual inimaginable.

Notó que le acariciaba el pecho sin rodeos, to mando el pezón entre las puntas de los dedos y ha ciendo que ansiara frenéticamente ir más allá. Bella supo que iba a odiarse por sentirse de aquella forma, pero no tenía la experiencia necesaria para defender se del erotismo que desprendían sus caricias. Sin po der evitarlo, se apoyó en Edward y acarició su mandí bula, demostrándole que necesitaba que el beso se prolongara. Pero en cuanto lo hizo, él la apartó, aga rró sus muñecas para separarla de él y le dijo:

-Ahora dime que estabas fingiendo.

Bella no fue capaz de decir nada. No podía disi mular la vergüenza que sentía.

-No podremos hacerlo -susurró, angustiada.

-No podemos permitirnos el lujo de no hacerlo -la corrigió Edward con dureza-. Es demasiado tarde para que cambies de opinión.

Su propio comportamiento le había asombrado. ¡Había actuado como un amante celoso!


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Bueno, pues para acceder a ellas solo deben pasar a mi facebook ;)
En mi perfil está el link de acceso ;) www . facebook karen . oshea . 568?fref=ts

Besos: K. O'Shea.