-Has tardado bastante -observó Izzy una vez que Mimi hubo salido de la casa. Estaba pálida como si hubiera visto un fantasma, por lo que Izzy preguntó preocupado: -¿Ha ocurrido algo?
Mimi compuso una sonrisa falsa y negó con la cabeza. No le apetecía hablar de esas cosas tan desagradables estando tan cerca de la amenaza, así que decidió desviar el tema de la conversación.
-¿A cuánto está la casa del señor Sato? -Preguntó intentando sonar lo más indiferente posible.
-A media hora -contestó Izzy, esforzándose también en parecer despreocupado. Se debatía interiormente, pues aunque sentía curisoidad, no estaba seguro de si quería oír lo que había ocurrido. Por otro lado, también compartía con Mimi la necesidad de disfrutar todo lo posible antes de llegar a su destino.
Pero esas esperanzas se vieron frustaradas cuando ambos se percataron de lo cerca que estaban del fin del viaje.
Si el señor Sato estaba dispuesto a ayudarles, no tardarían más de unas horas en llegar a su destino. Si no lo hacía, enviarían un mensaje a la amenaza para avisarle de su llegada. Aquello era algo inevitable. Quizás, por esa razón, aunque inconscientemente, trataban de relentizar el viaje. Lo que les esperaba allí era un misterio para Mimi, pero como suele pasar cuando se enfrenta a lo desconocido, los sentimientos se anteponen al sentido común. Y siendo Mimi una persona tan emocional, el esfuerzo que suponía para ella permanecer callada sin molestar era inmenso. Izzy, quien estaba seguro de haber conocido la naturaleza de la amenaza, no podía evitar sentirse aterrorizado, pero era encesario que se convenciera así mismo de que todo saldría bien. Se amparaba en aquella esperanzadora posibilidad de que la pesadilla lo hubiera afectado demasiado nublando su juicio, por esa razón trataba de olvidar el hecho de que no era normal tener el mismo sueño dos veces en un día. Pero aunque quería envolverse en un manto de positividad, en su interior sabía que el enemigo era inesperadamente peligroso. De ser así no quería imaginarse las terribles consecuencias que ello traería. Y además estaba ella. La chica que antes había creído irresponsable e inmadura ahora estaba a su lado, posiblemente corriendo un gravísimo peligro. La imaginó sangrando de nuevo, una imagen chocante que se había instalado en su cerebro como una célula maligna. Poco a poco, el manto se fue rompiendo al tiempo que el recuerdo de la pesadilla se hacía cada vez más fuerte hasta quedar plenamente convencido de que la amenaza de su sueño era real.
A cada paso que daban, Izzy se sentía más culpable consigo mismo. Pensaba que era un egoísta. Sin quererlo, Izzy le había hecho chantage emocional; ahora que sabía de su irregular estado anímico, no tendría otra alternativa que acompañarlo. Sabía que no podría hacer nada solo frente al monstruo, pero era injusto que la chica tuviese que acompañarlo irremediablemente. Además parecía muy asustada, y que tratara de ocultarlo con observaciones irrelevantes le sacó un arrebato de afecto hacia ella.
-Mimi, no vas a veneir conmigo -sentenció secamente una vez llegaron a la calle en dónde se encontraba el edificio del señor Sato.
-¿Qué estás diciendo? -Se sorprendió la chica, arrugando la frente-. Hemos llegado hasta aquí, no puedo irme ahora.
-Sabía que ibas a decir eso, Mimi, y te lo agradezco -respondió Izzy, aprentando la mandíbula por el miedo y la preocupación. Hubiera deseado que el tiempo retrocediese una hora, cuando estaban tirándose el desayuno en la cocina de su hermano.
-No voy a echarme para atrás y lo sabes -replicó Mimi, pues aunque negara que se sentía aterrorizada, la repentina negativa de Izzy a que la acompañara la había envalentonado. Eso la hizo sentirse extraña y sorprendentemente orgullosa de sí misma.
-Mimi, escúchame porfavor -insistió el chico-. Sabes que yo podría tener problemas mentales y por esa razón no te apartas de mi. Pero estoy bien, ya no me siento como un robot, ahora puedo sentir cosas. A veces tengo problemas con mis sentimientos pero creo que puedo controlarlo. No tienes que sentirte obligada a acompañarme.
Mimi se cruzó de brazos, cerró los ojos y suspiró gravemente. No sabía si sentía felicidad porque Izzy se preocupara por ella o si quería soltarle un guantazo. Al cabo de unos segundos abrió los ojos y dijo:
-Sí, tengo miedo, Izzy.
-Y podrías no tenerlo -le recordó Izzy.
Por unos momentos pareció que Mimi iba a descomponerse en llantos y él estuvo seguro de que, a pesar de que no quería estar solo, el dolor de verla sufrir en la batalla sería mucho mayor.
-Tengo miedo por mis padres. ¿Sabes? Soy una digielegida y tengo una responsabilidad. El resto del mundo necesita mi ayuda.
A Izzy le confundió y le sorprendió que Mimi mencionara al resto del mundo, pues por unos instantes él solo se había estado preocupado por ella. Se maldijo así mismo por olvidarlo y pensó en qué decir para convencerla. Pero no podría intentar convencerla con aquel argumento.
-También tengo miedo por tí, que lo sepas. Sé que el monstruo te afecta más que los demás. Tú solo no podrías hacerlo, admítelo.
Tendrás que conformarte, porque no voy a dejarte. Desde que te vi allí tan... vulnerable me dije que te acompañaría. Además, por si no lo has notado, ahora somos amigos -la chica terminó y se giró roja de la verguenza.
Izzy estaba aturdido por las palabras de Mimi y no sabía qué contestar. Como había supuesto, Mimi sentía lástima de dejarlo, lo cual le provocaba una tremenda verguenza y también miedo por ella. No obstante, aquellas eran palabras de alguien que lo estimaba mucho. Y hacía tiempo que nadie le quería tanto.
Lo único que se le ocurrió en ese momento fue agradecérselo. No estaba acostumbrado a dar abrazos, y eso fue algo que Mimi notó cuando el chico se acercó a ella y la rodeó torpemente con sus brazos. Ella respondió con sorpresa y gratitud.
Una última mirada, esta vez muy seria, y tocaron al timbre. La puerta se abrió con un sonido de zumbido, y ambos entraron al edificio. Mimi subió las escaleras con determinación. Estaba tan contenta consigo misma y con lo que consideraba un heroico y efectivo discurso, y tan enternecida por la reacción de su amigo, que había olvidado un poco a la amenaza. Su carácter inestable pronto haría que volviera a sentir miedo ante el devenir de los acontecimientos, pero ahora estaba más segura que nunca de que no se apartaría de Izzy. Mientras tanto, él seguía teniendo aquella extraña mezcla de verguenza, miedo y felicidad.
Cuando llegaronal tercer piso, el señor Sato les estaba recibiendo en la puerta. La escasa luz que entraba en el puiso iluminaba tenuemente una sonrisa en su rostro. El resto del cuerpo era una sombra larga y vigorosa que se lanzó hacia ellos con los brazos en alto. Con una voz afable y estruendosa dijo:
- ¡Izzy, Mimi, cuánto tiempo chicos! -Exclamó al tiempo que los estrujaba en sus brazos. Los chicos respondieron con timidez ante tan cálido recibimiento-. Venga, pesad, tengo preparadas unas galletas -les apremió el señor Sato con alegría.
Ambos se miraron, sorprendidos de que conociera sus nombres, pues ellos no recordaban haberlo visto nunca. Los observadores ojos del señor Sato se anticiparon a las palabras de los chicos.
-Mis amigos suelen decirme que tengo una memoria de elefante -se explicó, encendiendo la luz del piso, y los hizo entrar a su casa.
A Mimi le pareció que la casa era bastante imponente, aunque en un sentido muy diferente de la casa de los padres de Ryota. Era una estancia bastante amplia, inteligentemente decorada para que no diera impresión de ostentosidad, pero si de una sobria elegancia. Había numerosos y delicados jarrones de porcelana, reliquias y cuadros, pero respondía más a una necesidad artística. Se quedó embobada mirando unos segundos a un cuadro particularme expresivo de una vaca. Aquello le producía alegría, sentimiento que no quería hacer desaparecer. Izzy tenía demasiadas cosas en la cabeza como para preocuparse de los cuadros. Como si el señor Sato le hubiese leído la mente, le invitó a que se sentara en el sofá y comiera una galleta. Izzy lo hizo, mientras se preguntaba cómo iba a reaccionar aquel hombre. No podía imaginarlo serio.
-¿Mimi, no quieres una una galletita? -preguntó con tono ligeramente aflautado.
Mimi entró al espacioso comedor, borracha de felicidad, lo cual hizo sonreír momentaneamente a Izzy. La chica tomó una galleta, hizo una señal con la mano para indicar que le gustaban y acordó que el señor Sato era la mejor persona con la que se podían haber encontrado.
-Tiene muy buen gusto, señor -comentó Mimi.
-Gracias -rió el señor Sato-. Lo cierto es que me obsesiono con muchas cosas. Por eso tengo tantas colecciones.
Izzy estaba deseoso de tocar el tema importante, pero Mimi no parecía tan dispuesta; conversaba animadamente con Sato sobre gastronomíó que hablara, al fin y al cabo, ella era la que tenía el don de gentes. Pero a los pocos minutos vio que la sonrisa del señor Sato se iba volviendo cada vez más forzada, y su felicidad más fingida. Durante un instante, posó sus ojos en Izzy, y este comprendió entonces que sí lo había visto alguna vez esa mirada. Se decidió a hablarle:
-Señor Sato, nos preguntábamos si podría ayudarnos con algo.
-Por supuesto –dijo Sato, frotándose las manos y poniéndose de repente muy serio. Era extraño verlo así.
-Bien –comenzó Izzy-, quizás se sorprenda un poco al oír esto, pero es necesario que lo sepa.
-Lo sé –le cortó rápidamente de nuevo con aquella sonrisa-. Hay una amenaza a la que destruir.
Izzy tosió de la sorpresa, casi atragantándose con la galleta. Mimi le dio unos golpecitos en la espalda, como en trance. Tras la impactante declaración, se sintieron aliviados, pues aquello le evitaría tener que convencerle con tediosas explicaciones.
-¿Y va a ayudarnos? –Preguntó atónita Mimi.
-Naturalmente –afirmó el sonriente individuo, como si estuviera accediendo a ayudarles con los deberes en lugar de embarcarse en una sangriente batalla-. Como sabréis, yo soy el director del campamento al que fuiste hace unos años.
-Hasta ahí llegamos –interrumpió Mimi, encontrando la aclaración fuera de lugar; no era tonta.
-Me alegro de que me recordéis, porque yo recordaba vuestros rostros. Tu has cambiado mucho, Mimi, pero tú, Izzy… -paró de hablar, pues tuvo la prudencia de no hacer ningún comentario sobre el aspecto aniñado de Izzy. El chico se agarraba fuertemente del pantalón, pero en su interior se sentía aliviado de que no hubiera llegado a más. La mano de Mimi, que se posó suavemente sobre la suya, acabó por eliminar toda tensión-… desde entonces. Aquel día hubo un profundo cambio en nuestro mundo. Una serie de sucesos inexplicables, que me llevaron a investigar. Para ese entonces vosotros ya habíais desaparecido. Así que me dediqué a buscaros. A medida que os buscaba más me iba acercando cada vez más a algo extraordinario: un mundo paralelo al nuestro compuesto por datos. Debo decir que al principio pensé que la falta de sueño podría haberme afectado, pero al final estuve plenamente convencido de su existencia. Y recientemente he conseguido algo sorprendente.
-¿Qué? -Preguntaron ansiosos los chicos.
-Encontrar el modo de comunicarme con ese mundo.
Mimi ahogó un grito de sorpresa e Izzy abrió los ojos como platos. Ahora estaba deseoso de hacerle cientos de preguntas al señor Sato. Pero antes de que pudiera hacerlo, el hombre dijo algo que captó la atención de ambos:
-Y tengo entendido que hay un ser de ese mundo que no tiene buenas intenciones para con este planeta y el mundo digital.
Le dijeron que estaba en lo correcto y se apresuraron a relatarle las inquietantes llamadas de teléfono y los mensajes.
-Propio de un ser de su naturaleza meter miedo jugueteando con las telecomunicaciones.
-¿Y por qué solo quiere hablar conmigo? –inquirió Izzy- . Bueno, lo cierto es que no he podido comprobar todavía si ha contactado con los otros, pero con Mimi, por ejemplo, no lo ha hecho.
-Eso es porque tu portátil estuvo en ese mundo –explicó Sato-. Los datos pueden ser copiados en el mundo digital.
-Él sabe que vamos a ir a luchar con él –intervino Mimi con ansiedad.
-Y yo os acompañaré.
-¿De verdad? –Se sorprendió la chica, exultante de felicidad. Ninguno de los dos había esperado que recibirían ese tipo de ayuda. Después de tantos sucesos desafortunados, aquello cambiaba las cosas. La presencia de un adulto les haría sentirse seguros, aunque ignoraban hasta qué punto les sería útil.
-Tengo mis propias armas, no os preocupéis –contestó el señor Sato, una vez más, como si hubiera leído sus pensamientos-. Aunque supongo que mi ayuda no os hará falta, pues al parecer esta supuesta amenaza es un fantoche de cuidado. Os diré una cosa: mientras confiéis que podéis derrotarle, no tendréis problema en hacerlo.
Mimi no pudo evitarlo. Saltó de su asiento y se lanzó a los brazos de Sato, casi tirándole de la butaca; era increíble, pensaba Izzy, la rapidez con la que Mimi establecía lazos de confianza. Izzy, en cambio, no quería sentirse tan alegre todavía. Todavía tenía muchas dudas y mucha experiencia en ver cómo sus expectativas acababan destrozadas.
-Te lo dije, Izzy, te lo dijo. Ahora no tenemos nada de lo que preocuparnos –canturreaba Mimi, pero el chico no parecía dispuesto a alegrarse tanto como ella.
-¿Te pasa algo, Izzy? –Preguntó el señor Sato entre carcajadas-. Pareces bastante serio.
Izzy sonrió levemente y negó con la cabeza, a lo cual Sato respondió con otra de sus luminosas sonrisas.
Paseó la vista por el comedor, recorriendo todos cuadros y estantes de libros. Sato parecía una persona de fiar, pero su optimismo le parecía tan bonito como incierto, sobre todo después de su último sueño. Su vista se fijó en una tarjeta de agradecimiento que había en una mesita.
-Creo que no debería exponer esas cosas a los visitantes –dijo Sato a sus espaldas cuando se percató de que Izzy leía la carta.
El chico se volvió con timidez y preguntó:
-¿De quién es?
-Es de la madre de un niño autista al que he ayudado. Soy psicólogo –respondió.
Que mencionara su profesión le ayudó a contar al señor Sato algo en lo que solía pensar constantemente.
-Señor, puedo preguntarle algo más?
-No hace falta que seas tan educado, chico. Tu hermano era mucho menos cortado.
-Sí, bueno, es que he tenido unos sueños. Tengo la impresión de que en ellos aparecía la amenza. No me gustaba el aspecto que tenía, creo que estoy obsesionándome por si debo tomármelo en serio.
-¿Debo creer que si sueño con un pulpo gigante este aparecerá de un momento a otro para estrangularme? –respondió Sato.
Izzy respiró aliviado. Sin duda, era muy afortunado de haber encontrado al señor Sato.
