DISCLAIMER: Los personajes le pertenecen a Meyer, yo sólo me encargo de la historia... Ay sí, ay sí. La historia no es muy buena, pero mientras me pertenezca no permito su publicación en ningún sitio. (Y no es como si alguien quisiera robármela jajajaja)


Capítulo beteado por Yanina Barboza, Beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)


Capítulo ocho.

EDWARD.

Me había quedado a comer en la casa de Isabella. Estábamos a la mitad de la comida cuando mi teléfono sonó.

—Lo siento —me excusé y me levanté para ir a contestar. El número de quien llamaba era desconocido, aun así contesté—. ¿Hola?

¿Edward? —preguntó una voz familiar que hace mucho no escuchaba.

—¿Sí? —contesté, debía asegurarme de que era ella antes de cometer un error.

¡Por Dios! —exclamó contenta—. Soy Alice.

¡Era Alice!

No sabía qué decir. Sentí cómo mi corazón se aceleraba. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que hablé con ella y con mi madre. Me aclaré un par de veces la garganta, creo que tenía ganas de llorar.

—Hola —volví a decir, en realidad no se me ocurría nada más. Sí. Definitivamente iba a llorar como un bebé.

Oh, Edward. Te extraño mucho, hermanito. —Ella estaba llorando, tenía que hacer que se detuviera.

—Yo también te he extrañado, Alice. —Levanté la vista hacia donde estaba Isabella y su hijo, ellos me miraban expectantes.

Tenía que salir de aquí para ir a casa y hablar con Alice. Quería saber de mi madre. Quería saber qué había sido de mi familia.

—Lo siento, Alice. Ahora estoy... estoy un poco ocupado. Te llamaré en un par de minutos, ¿sí? —Quería darle un buen motivo para que no creyera que no quería hablar con ella, pero no podía decirle nada más.

Esperaré tu llamada. —Sorbió por la nariz y un segundo después colgó.

Guardé mi teléfono y regresé junto a Isabella y Max.

—Tengo que marcharme —anuncié, nadie dijo nada.

Después de unos segundos más, Isabella por fin habló:

—Oh, sí, lo siento. —Se levantó de su lugar rápidamente—. Ehmm... Max, cariño, despídete de Edward.

Antes de que Max se levantara de su lugar, me acerqué a donde estaba y me incliné, quedando a su altura.

—Por ahora tengo que irme. Vendré pronto, ¿sí? —En realidad no sabía si me estaba despidiendo de la manera adecuada, pero Max parecía conforme con lo que le había dicho. Asintió con la cabeza. Llevé mi mano hacia sus cabellos rubios y los revolví—. Nos vemos luego, campeón.

Me levanté y caminé hacia la salida. Giré mi cabeza solo un poco y pude ver de reojo a Max, él me miraba y sonreía ampliamente. Seguí con mi camino y al llegar a la puerta me giré para ver a Isabella.

—Siento irme de esta manera, yo...

—Está bien —me interrumpió y se encogió de hombros.

—Respecto a la conversación de hace una hora...

—Acepto tu ayuda —dijo rápidamente. Después dio un suspiro—. Pero tenemos que hablar un poco más del tema, ¿sí? Te llamaré mañana si estás de acuerdo.

—Sí, claro. —«Ya estás dentro, Cullen», me dije mentalmente.

—Entonces... ¿a qué hora quieres que llame?

Calculé la hora de salida y el tiempo que me tomaría llegar al departamento.

—Después de las seis —respondí.

—Ok. Después de las seis entonces.

Asentí y comencé a bajar los escalones del porche, caminé sin voltear ni una sola vez hacia atrás.

.

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Al llegar al departamento, fui a mi habitación y marqué el número de Alice, contestó al tercer timbre.

¿Diga? —respondieron al otro lado de la línea. Estaba eufórico por volver a escuchar la voz de Alice.

Hablamos por dos horas.

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Siete días después...

Estaba echado sobre la cama, mirando el techo, no veía nada en particular, solo trataba de relajarme un poco tras un día largo de trabajo. No sé en qué momento me quedé dormido.

Desperté de golpe, no sabía dónde estaba; me encontraba desorientado. Cuando vi alrededor de la habitación, me calmé un poco. Pasé una mano sobre mi rostro para quitarme el sueño.

Hice un cálculo mental para saber qué día era hoy.

Domingo.

Diablos. Era domingo. Había pasado una semana desde que fui a casa de Isabella. Siete malditos días en los cuales no recibí ninguna llamada de parte de ella. Con tanto trabajo en el hospital, no me di cuenta de los días transcurridos.

Busqué mi teléfono por la cama, estaba dispuesto a llamarla. Inventaría cualquier pretexto para poder ver a Max y así poder conseguir la muestra de ADN.

«Primero busca un buen pretexto para tu llamada», me dije a mí mismo.

Ninguna maldita idea vino a mi cabeza.

Diablos.

Desesperado, salí de la habitación. Tal vez Emmett podría ayudarme. Lo encontré merodeando por los sofás.

—Hey, hermano. ¿Qué te animó a salir de tu cueva? —preguntó mientras pasaba las manos debajo de los cojines.

Ignoré su pregunta.

—¿Vas a salir? —Me sentí un idiota al preguntar aquello, era demasiado obvio que iba a salir.

—Sí —dijo y tomó las llaves del sofá—. Me gustaría charlar contigo, hermano, pero si llego tarde, mi cita me cortará las pelotas.

Hice una mueca.

—Se escucha doloroso.

—Lo es. Me marcho —dijo y salió.

Mi teléfono sonó. Era Alice.

—Hola, Alice.

Hola, hermanito. Me preguntaba si tienes tiempo para ir a comer juntos.

—No se supone que estás en...

¡Estoy en New York! Jasper vino a un asunto de trabajo —soltó emocionada.

Sonreí. Por supuesto que quería verla.

—Sí.

Ok. Dame tu dirección, si estoy cerca de ahí pasaré por ti.

.

.

Una hora después, Alice estaba fuera del edificio. En cuanto la vi estacionarse, me dirigí hacia ella; salió del coche y la vi.

Se podría decir que estaba igual que hace tiempo, excepto porque ahora tenía un abultado vientre. Al ver mi rostro de asombro, Alice sonrió.

—¡Sorpresa! —dijo, tocándose el abultado vientre. Se acercó a paso lento hasta donde estaba.

—¿Estás...?

Me fulminó con la mirada.

—¡Por Dios, Edward! Mi embarazo puede verse a un kilómetro de distancia. ¿Y tú me preguntas si estoy embarazada?

—Lo siento. Sabes, es extraño verte así.

—Lo sé. ¿Nos vamos?

Asentí.

Fuimos al primer restaurante que estaba cerca.

Antes de tomar asiento en nuestra mesa asignada, Alice me detuvo y me entregó su teléfono.

—Toma —dijo—. Eres más alto que yo, toma la foto para que la vea mamá. Tengo que llevar evidencia de que estuve contigo.

Después de un par de fotos, tomamos asiento y ordenamos la comida.

Mientras Alice y yo conversábamos, mi teléfono comenzó a sonar. Vi el numeró. Era ella: Isabella.

Hola, Edward. Lamento no haberte llamado en la semana. Tuve mucho trabajo por hacer y no tuve tiempo. Ehm... Max quiere verte.

Me alegré un poco al escuchar aquello. Ya no había necesidad de que me quebrara la cabeza buscando una excusa para llamarla. Esperé unos segundos más en silencio.

¿Qué podía decirle? Yo también quiero ver a Max para conseguir un poco de su ADN. Definitivamente no iba decirle aquello. En lugar de eso dije:

—¿Quieres que vaya a tu casa?

Un ruido se escuchó al otro lado.

¡Hola, Edward! —dijo Max, se escuchaba agitado.

La voz de Isabella reprendiendo a su hijo se escuchó de fondo.

—Hola, campeón —dije y una sonrisa se formó en mi boca.

¿Vendrás a verme hoy?

—Claro que sí —respondí sin pensármelo dos veces.

Ven pronto, mamá se está poniendo gruñona.

Otro ruido.

Lo siento, Max está hiperactivo hoy. Alcancé a escuchar lo que dijiste, y sí, estaría bien que vinieras a la casa.

—Estaré ahí en una hora.

Está bien —respondió, y colgó.

Me había olvidado de que me encontraba con compañía.

—¿Quién era?

—Una amiga.

Frunció el ceño, luego sacudió la cabeza y no dijo nada más. Me extrañaba su comportamiento.

Después de unos minutos, ella no pudo más y lanzó la siguiente pregunta:

—¿Qué sucede, Edward? Has estado muy nervioso desde que colgaste la llamada.

—No sucede nada —respondí a la defensiva.

—No te creo. Acaso es por...

—No —dije antes de que dijera algo más—. Es más complicado de lo que te imaginas.

—¿Qué es?

¿Sería bueno decírselo?

«Si no le dices, no dejará de insistir». Inhalé todo el aire que pude.

—Creo que soy papá —solté de repente.

—¡¿Qué?!

—No sé si el pequeño es mío, tengo la sospecha. Hice cuentas más de una docena de veces; la mayoría de éstas concuerdan a la edad del niño.

—Eso es... —bufó—. No puedo creerlo. Pero en todo caso, la madre debió decírtelo desde el principio. Espera, ¿cuántos años tiene el niño?

—Seis.

—Con mucha más razón. La madre debió decirte hace mucho y no ahora. En tal caso realiza una prueba de ADN.

—No es tan sencillo, Alice. Ella no... No es fácil de explicar.

—¿Hay más?

Asentí.

—Suéltalo. Quiero que me cuentes todo.

Le dije todo, incluyendo lo que tenía planeado hacer.

Miré mi reloj, era tarde, tenía que irme.

—Tengo que irme, le he dicho que iría a ver a Max en una hora.

—Voy contigo.

—No, no puedes.

—¿Por qué no? Estoy segura de que seré de gran ayuda. Podría facilitarte las cosas para conseguir una prueba más rápido de lo que tú podrías. Además, tu noviecita confiará más en ti al ver que tienes a una hermana embarazada, todo el mundo ama a las embarazadas.

Si ella iba a la casa de Isabella esto se tornaría más complicado.

—No. Ya me las arreglaré por mi cuenta.

—Al menos déjame acercarte a la casa de tu... —Iba a decir noviecita de nuevo, así que la fulminé con la mirada—. Perdón —sonrió burlona—. De Isabella.

—No —dije.

—Vamos, Edward, no te pongas pesado.

No tuve otra opción más que dejar que Alice viniera, no porque quisiera, sino porque se me hacía tarde, y tomar un taxi hasta la casa de Isabella me costaría una fortuna.

Al llegar a nuestro destino, Alice aparcó frente a la casa de Isabella. Iba a bajar del auto, cuando la puerta de la casa se abrió, dejándonos ver a Max que corría hacia el auto.

—¡Max! —gritó Isabella detrás de él, pero fue inútil, pues el niño ya estaba en camino a mi dirección.

—Viniste, Edward —dijo emocionado.

—Dije que lo haría, campeón.

Me giré para poder despedirme de Alice, pero ella ya había bajado del auto y rodeaba éste para encontrarse conmigo y con Max.

«Esto no va acabar bien», pensé.

Volví la vista hacia la casa y vi a Isabella acercándose a paso lento. No dejaba de ver a Alice y su voluminoso vientre.

—Hola —saludó Alice sacudiendo su mano en el aire en dirección a Isabella.


Gracias por leer y comentar. Nos vemos pronto.