Perdónenme una vez más por el retraso, por favor, pero es que el colegio, la vida, etc, me quitan un poquito de tiempo. Y como que no me sentía conforme con el capitulo. Hice lo posible para que quedara como quería, aquí tiene más o menos una visión. ¡Disfrúten!
Disclaimer: Los personajes, Edward Cullen, Bella Swan y compañía, son de S. Meyer. La frase primera es de Shakespeare, de la obra Romeo y Julieta. El nombre del interludio es del solo de piano de Yiruma. Sólo me pertenece la trama.
Canción recomendada: First love - Yiruma.
ii. Pero qué más da hacer el amor
Interludio dos: First love
·
Junio, 2002. Port Angeles, un restaurant de por ahí.
Y, por supuesto, caminan de manos tomadas; y ambos sienten la descarga que realiza su piel sobre la otra, cuántas emociones que se esconden tras palabras mudas y miradas gritonas. Pero ellos se entienden, y eso es lo que importa. La mano de él presiona con un poquito de fuerza la de ella, y la muchacha mira de reojo a su acompañante: le sonríe con una calidez que tiñe sus propias mejillas de rojo. El ríe, ante el color del rostro de su amiga.
El lugar está con poca clientela, como él había pensado antes. Así tendrían una privacidad mayor en su tercera cita. La mira de frente, como si la vida se le fuera en ello, y, con la dulzura infinita que irradian sus caricias, roza la mejilla de ella con lentitud y suavidad, igual que lo haría con una muñeca de porcelana. Luego la toma por la cintura, y ella hace lo mismo, con confianza y sonrisas tímidas, lo atrae más hacia sí, con derechos y posesión. Ella apoya levemente su cabeza contra el hombro del chico, cerrando los ojos y suspirando, y pensando que la vida sería perfecta si pudieran permanecer así, para siempre.
Una pequeña risa hace que salga de su burbuja de ensoñación.
—¿Vamos? —pregunta la aterciopelada voz más hermosa que ella jamás escuchó y escuchará.
—Por supuesto —susurra en su oído, coqueta y decidida.
Se sonríen de forma amena y caminan por un pasillo entre las mesas deshabitadas, buscando la privacidad para ambos, tranquilos. Miran alrededor, notando unas cuantas parejas empalagosas, dos mujeres hablando con el volumen un poco alto, quejándose de Dios-sabe-qué, y hombres bebiendo en la barra del sitio una que otra bebida.
Y así, con esos pequeños imperfectos –los bebedores, sobre todo–, el lugar era ideal para ellos dos. Con las ventanas cubiertas por aquellas cortinas rojas, que le daban la sombra al lugar. Las mesas de vidrio y sillas mullidas de cojines rojos; las velas, servilletas, y condimentos en cada pequeña mesa. Las luces tenues de una tarde de junio. Del 20 de junio, para ser más exactos.
Caminaron tranquilamente, sintiendo que el mundo tiene que esperarlos, que tienen toda la eternidad. Llegan a una mesa apartada de las demás, y no tardan en tomar asiento y ser atendidos. Sólo faltó una mirada picaresca de la joven mesera para que ambos se sonrojaran al mismo tiempo, ella se aleja a pasos danzarines. Ambos, al verse, rieron quedamente; sentados uno frente al otro, pusieron sus manos sobre la mesa y entrelazaron sus dedos para no soltarse, y la vida se les iba en ello si lo hacían.
No necesitan palabras, ella sabe que eso, quizá, sólo puede herir. Pero, todo lo que quiere, todo lo que necesita, está ahí, frente a ella, entre sus manos, mirándola…, queriéndola. Y el universo se extiende con la infinidad más hermosa que nunca observó, y los tonos oscuros del cielo estelar se pintaron de verde esmeralda. Y las estrellas brillaron como las velas de la mesa reflejadas en el espejo más bello que jamás había visto. Y lee el alma más perfecta que jamás apreció, y gusta de lo que lee.
Y él hace lo mismo. Y su universo se tiñe de chocolate.
Caen en lo que más deseaban, y las dos líneas rosas dibujaron sonrisas tentadoras.
Labios.
Suelta la mano de ella, tranquilamente, acariciando el dorso antes que nada, y corre su silla lentamente, hasta quedar cerca, casi al lado, de ella. Toma su mano con más fuerza, expresándole los deseos de que no se alejara nunca.
Su boca dibuja un perfecto "te quiero" antes de que estuviera ocupada con un corto y pasional beso. Las manos de ella rodean el cuello de él, pasando por sus amplios hombros y quedando justo debajo de su oreja, cosa que no impide que juegue con los cabellos bronces de su amante. Él, con ternura, pasa su brazo por la cintura de ella, atrayéndola con silla y todo, deseando sentirla cada vez más cerca. Algo cruje con tono monocorde, y ella dirige su mirada a aquella bolsita que había colgado anteriormente en la silla, antes de sentarse. Y se sonroja recordando motivos silenciosos de su cita.
Su pedido llega con pasos mudos, y la mesera les mira con complicidad pintada en aquellos lindos ojos azules y pequeños. Les ofrece una que otra cosa. Niegan. Y la amable chica trae otro candelabro y más velas, las prende con delicadeza y les desea una linda tarde, aunque eso, de verdad, sobra.
Ahora el café para dos ya no se ve tan apetitoso teniendo el rostro del otro tan cerca. Y se miran los labios de reojo, preguntándose si sería mejor… No, no sería mejor. Y se acercan con exagerada lentitud, cerrando los ojos susurrando palabras de amor. Cuando sus labios se acarician, no esperan a que la pasión explote; se intensifica el roce, y vuelven a jugar a hacer el amor con sus bocas, tan inexpertas, queriendo alcanzar la perfección. Se abrazan, se atraen y juegan. Sus bocas danzan a un ritmo que sólo ellos conocen y no se cansan. Su cuerpo siente las descargas que sus labios mandan, y sabe a placer.
Buscan aire al momento de separarse, y se miran con labios dormidos.
Ella sonríe, y le abraza de manera desprevenida. Pero, a pesar de todo, él también le abraza a ella.
—Te ves hermosa —dice él, sintiéndola entre sus brazos e inhalando el aroma de sus cabellos marrones.
Ella se sonroja ante tal comentario.
—No me siento así —susurró ella, con la mirada gacha y sin saber qué decir realmente—. Todo ha sido obra de Alice y…
Él le cortó con un pequeño beso en los labios, por supuesto, ella no se quejó de aquello, pero le molestó que se separara antes de que pudiera corresponderle. Su respiración se había alterado levemente, pero no se preocupaba en avergonzarse.
—¿Y…? —inquiere él, un poco ansioso por la respuesta que ella le dará.
—No sé —suspira ella, y le mira a los ojos esmeraldas—, no me siento yo.
Él se da un tiempo para observarla; con aquélla ropa que le quedaba buenísima, esos jeans oscuros y ajustados, con aquella polera blanca y larga, con un escote que le permitía ver sus hombros níveos y suaves. El peinado un poco elaborado que, obviamente, no lo hizo ella sola. El conjunto perfecto de los aros y la cadena. Y su… brazalete. El que él le regaló, con el corazón de cristal brillando a la tenue luz de las velas, creando un pequeño arcoíris personal.
Perfecta, pensó él.
—No te preocupes —rió, estrechándola más contra sí—. Yo te quiero, no importa cómo luzcas. Siempre serás la misma para mí, hermosa y mía.
–Oh —sonríe ella a más no poder. Siente cómo un nudo se forma en su garganta y le pican los ojos, amenazando con que pequeños ríos de agua se desborden de las comisuras de ellos. Él siempre podía sorprenderla con palabras tan hermosas como aquellas—. Por cierto —dice, tomando la bolsita con una maniobra del brazo, y sacando un paquetito envuelto en papel azul—, feliz cumpleaños.
Él toma la cajita, y la deja sobre la mesa, yendo por un regalo extra que sabe que obtendrá.
—Gracias —y pone su mejor sonrisa torcida, que sabe que es la favorita de ella, a pesar que no se lo diga; antes de juntar sus labios otra vez con los de ella y comenzar a jugar una vez más.
—Ya son dieciséis —susurra ella contra los labios de él.
—Prefiero tus tiernos trece —y le roba un beso más.
—Pronto serán catorce.
—Pronto…
Y se vuelven a besar.
Diciembre, 2008. New York, restaurant Luna di Argento.
—¿Sabes? Creo que la mesera intentaba coquetear contigo —le dice ella, de brazos cruzados y cejas alzadas, mirando en la dirección en que aquella 'rubia peligrosa' se había marchado moviendo sus prominentes caderas. Caderas que el tiempo, a ella misma, no le había otorgado.
Él toma un sorbo de su vaso de agua, fingiendo indiferencia.
—Exageras —sentencia sin mirarla; pero algo en su interior se alegra del pequeño ataque de celos.
—¿De verdad? Entonces, dime, ¿por qué te hacía ojitos…? —pregunta batiendo las pestañas de forma rápida, imitando los actos de aquella camarera—, ¿… y se te acercaba lo suficiente para que vieras sus 'atributos superiores'? —bufa, obviamente descontenta y celosa.
Ríe con ganas al ver la expresión de ella: con el ceño fruncido y las mejillas hinchadas por el reciente puchero. Parecía una niñita, al igual que hace seis años atrás.
—Eres un idiota, Edward —masculla ella, cruzando sus brazos nuevamente sobre su estómago y desviando la mirada; sí, él era un idiota, ¡mira que reírse de ella…!
El aludido ignora el comentario. Sus codos se apoyan sobre la mesa y sus manos se entrelazan, aquel mentón marmóreo reposa en el dorso de la unión de las manos. Y la mira con tranquilidad, esperando que sus miradas se encontraran una vez más; cuando por fin lo hacen, pregunta, tranquilo, inquebrantable:
—¿Celosa, Isabella? —el rocío de su voz parece sacada de los cuentos de hadas.
Le mira de reojo, y es fácil sentir el calor en sus mejillas cuando contesta:
—Ya quisieras, Edward.
Se miran unos momentos, y ella suelta una pequeña risita.
—Pensé que sería peor.
—Supongo que debemos agradecerle a Alice este pequeño tiempo para los dos —suspira Edward.
Bella sopesa nuevamente aquella frase. Adora como suenan 'los' y 'dos' juntos, más cuando se refiere a ella y él. Sí, le gusta más de lo que debería.
Ella baja la mirada, un poco avergonzada de sus pensamientos, y un poco alejada de la realidad. No se da cuenta de que Edward le mira, con la profundidad de las esmeraldas relamiendo la dulzura del brillo verdoso en sus ojos. Explora el oscuro chocolate sin descubrir lo que se escribe en la mente de Bella. Suspira.
Y la nota diferente, un poco ida, un poco no-Bella. La ve mascullar algo en voz baja, muy baja, tanto que su oído no pudo oírla, el dibujo de sus labios tampoco ayudó mucho.
—¿Quieres que nos vayamos? —pregunta él, con cortesía, debatiéndose contra sus deseos de permanecer juntos en aquél lugar.
La ve negar lentamente, fingiendo la más forzada de las sonrisas.
—No, está bien —dice, y ahora su sonrisa parece sincera—. Disfruto estos momentos contigo… a solas.
Y se quedan en silencio, sin saber qué decirse, en realidad. Y el verde cae sobre el marrón una vez más, sus ojos gritan cosas que sus labios no están dispuestos a decir.
Y, tal vez, sólo tal vez, es mejor así.
Agosto, 2003. Seattle, aeropuerto.
Un pequeño gemido se escapa de su pecho en cuanto le oye decir, una vez más, sus razones elocuentes. Con la maleta aferrada de la manilla, se queda delante de ella, mirándola, esperando más gritos después de ese sonido tan roto que se escapó de su pecho. Los deseos de abrazarla se contienen al ver que no están solos.
¡Al diablo con la gente!, piensa él. Y sus brazos rodean el delicado cuerpo de la chica frente a él. El chasquido de la maleta al caer sólo llamó a miradas curiosas, depositando la visión en la joven pareja. Y su triste despedida. Los brazos fuertes de él la estrechan más fuerte, como si no la sintiera lo suficientemente cerca.
Están solos, los demás se han ido a esperarlos. Saben que necesitan un momento para los dos. Alice, a lo lejos, se debate entre ir o quedarse ahí, entre los brazos de Jasper, que le susurra que todo estará bien, y que los deje solos. Carlisle se ve atacado por Esme, quien le pregunta si de verdad es necesario que su hijo vaya con él, el doctor responde que ya no hay vuelta atrás.
Y ambos, de los que se habla en susurros, se abrazan con la intensidad de un beso apasionado.
—No quiero que te vayas —susurra ella, dolida, con el gusto de la separación en la lengua, y no era un sabor agradable.
—Volveré en un mes —repite él el cuento que ya había dicho tantas veces—, sólo iré con Carlisle a Italia a visitar…
—… a unos viejos amigos, lo sé —le corta ella, fría e indiferente… y rota por dentro—. Pero ¿por qué tienes que ir tú?
El tono que se quiebra en su voz de niñita le obliga a acercarla más a su cuerpo.
—Carlisle me pidió que le acompañara —musita él, con un encogimiento de hombros que le cuesta demasiado.
Él puede sentir cómo ella comienza con sus pequeños sollozos.
—Te echaré muchísimo de menos —solloza contra el pecho del muchacho.
Él se siente indefenso, inmune e impotente. No imaginó que aquello le podría hacer tanto daño, y mutuo.
—Y yo a ti, como ni te lo imaginas —él le abraza con toda la dulzura que le es posible, mientras acaricia la espalda de la chica temblorosa, entre sus brazos adolescentes.
Y se quedan en silencio unos segundos, sin saber qué decirse, en realidad. Todo lo que ya habían mencionado, sus rostros lo gritan en silencio, y comprenden, con el alma encogida, el regusto amargo de la despedida. Luego, ella cierra los ojos, suspira, y, sin pensárselo dos veces, dice, sin vergüenza:
—Te quiero.
El aliento de su boca se estrella contra la tela blanca de la camisa del muchacho, la perfora, y el vapor tibio acaricia su piel con la suavidad de la seda.
—Y yo te amo —dice él, atrayéndola más hacia sí, si aquello era posible. Y a ella se le crea un nudo en la garganta, por lo dicho, sus mejillas, completamente sonrosadas.
Y lo intenta una vez más.
—No te vayas —suplica.
La mira, y el verde se pierde en el marrón oscuro, sin vida y sin brillo. Se inclina un poco, rozan sus narices y él entrecierra sus ojos.
—Perdóname —susurra, contra los labios de ella.
Está dispuesto a darle un beso de despedida, pero ella se separa lentamente, evitando el roce entre sus bocas. Él la ve, escéptico, nunca antes le había rechazado así; y sus ojos se oscurecen, y el esmeralda se enfunda en negro verdoso, su mara se fue hacia sus zapatos oscuros.
La muchacha se suelta del agarre de sus brazos, y se maldice a sí misma interiormente, por romper ese contacto tan placentero.
—Te esperaré —le promete ella, sin mirarle, y él tampoco le mira—, pero… sólo como tu amiga…
—Bella… —él levanta la mirada, y la ve, ambos se ven. Desorientado por sus palabras, siente que se le encoge el corazón.
—Así que ¡regresa pronto, Edward! —exclama, y Bella se lanza a los brazos de Edward, y da su último beso por aquel tiempo, a pesar de romper su reciente promesa.
Y a pesar que los labios de Edward saben a adiós, ella si deleita con el elixir de su boca. Escuchan susurros reprobatorios, sienten dedos apuntándolos y niños exclamando gestos de asco…
… pero no les importa, porque ahora sólo estaban en su mundo.
En su lugar feliz.
Diciembre, 2008. New York, restaurant Luna di Argento. Mesa para dos.
Comen en silencio, mirándose de reojo. Sus asientos están más cerca de cuando llegaron, y sus cuerpos se rozan con delicadeza, investigando qué es aquella descarga que se expande por su piel al simple tacto. Comen a pesar de que no tienen hambre. Y ahora, estando tan cerca, tomar el tenedor para degustar la pasta es una ciencia difícil.
A Bella se le revuelve el estómago cuando descubre a Edward mirándola con aquellos ojos esmeralda, profundos, hermosos y tan de él. A Edward se le va la coherencia cuando ve a Bella, nerviosa, bella, mirándole, tan ella.
La ve tomar su vaso de jugo, sorber dos veces y volver a dejarlo sobre la mesa, y su mano descansando sobre la tela del mantel de la mesa.
Y no desaprovecha esta oportunidad.
Su mano marmórea se hace trampa sobre la nívea de Bella, sintiendo las descargas que había sentido antes, pero más fuertes, ahora. Ella parece sobresaltarse un poco, pero después mira a Edward con expresión de sorpresa; él solamente sonríe. Y, al parecer, le dice cosas en silencio con su simple mirada, porque los dedos de Bella se entrelazan con los de Edward, con fuerza, como si no quisiera soltarla jamás. Las palabras son completamente innecesarias.
O, quizás, no.
—Definitivamente, no es tan malo —susurra ella, recostando su cabeza en el hombro de Edward, y suspira.
—Creo… que no —dice él, con una sonrisa torcida en su hermoso rostro. Ella la ve, y no puede evitar sonrosarse la verle así, su sonrisa, su favorita. Intenta erguirse nuevamente, pero el brazo de Edward sobre su hombro no se lo permite y, al contrario de sus intenciones, la atrae más hacia sí.
—Ya podemos estar así en público, Bella —susurra él en su oído, con voz involuntariamente seductora; y Bella agradece que es a ella a quien se lo dice, y no a otra—. Ya somos grandecitos.
—Oh, si, verdad, mi amor —las palabras salen solas de sus labios, pero no se retracta de decirlas—. Cierto que nos casaremos.
El rió entre dientes, dándose cuenta de cuánto le gustaba que le dijera así. Mi amor. Más de lo que debería gustarle.
—¿Y tendremos muchos hijos? —pregunta Edward, para seguir la corriente.
—Una niña y un niño —dice ella, como si fuera un secreto—. Serán… uhm… dame un par de nombres como buen padre que serás.
Y juegan a que tienen un futuro por delante, con palabras demasiado sinceras para ser bromas. Al final de todo, se quedan en silencio. Sus platos están vacíos, y no tardan en llevárselos. Pagan la cuenta y se van, aún sin hablarse, pues sólo las miradas bastan.
La luna juega con los destellos de sus ojos. Para Bella, el infinito se enfunda en verde esmeralda. Para Edward, lo ilimitado se baña en chocolate.
—Edward —le llama Bella, tomando su mano.
—Dime.
—¿Qué… te dijo Alice para convencerte…? Digo, para que te cases conmigo, ya sabes —las palabras se trababan en su boca, con el nerviosismo de cómo él podría reaccionar ante la pregunta.
Le oye suspirar con pesadez, y después reír.
—Te quiero más que a nada en el mundo, ¿no te basta? —susurra él, muy cerca de ella, la oscuridad cubre el rostro de Bella, pero Edward bien puede ver el sonrojo en las mejillas de la joven—. Creo que es razón suficiente para aceptar.
—No intentes distraerme que no funcionará, y el juego ya acabó —dijo ella con dificultad. Su respiración casi pasa a ser un jadeo.
El suspira, repasando las palabras que Bella había dicho. Ella cree que es un juego.
—Prometo decírtelo después de nuestra boda.
—¿De verdad? —inquiere Bella, tomando a Edward del brazo mientras se dirigen al Volvo del mismo.
Y él se detiene, se pone frente a ella y la mira con intensidad. Y se comienza a acercar a su rostro con deliberada lentitud. La mente de Bella trabaja rápido, ve a Edward acercarse, y ahora entrecierra sus ojos verdes; ella se petrifica en su lugar, y, sin saber por qué, se pone en la punta de sus pies, esperando el roce de sus labios con los de Edward. Se toman las manos y la escena parece perfecta. Los labios de Edward acarician la piel de Bella…
… depositando un beso en su frente.
—Lo prometo —escucha la voz de Edward decir contra su piel, y su aliento se estrella contra sus cabellos.
Ella abre los ojos con la decepción en el rostro. Y baja la mirada, pensando en lo que estaba esperando antes de eso. Un beso. Uno de verdad.
Pero, a pesar de todo, ella sabe que es lo más lejos que puede llegar con su mejor amigo. Ese que se va a ser su esposo dentro de unas semanas. Ese que estuvo siempre con ella. Ese que era celoso. Ese que le inventó una nana a ella. Ese que tiene la sonrisa más cautivadora que jamás vio. Ese que posee la voz más hermosa y aterciopelada que jamás escuchó. Ese del que está enamorada.
Ese que fue, es y será su primer amor.
'Te quiero más que a nada en el mundo, ¿no te basta?'
'Sí, es suficiente, para siempre'
¡Los interludios sí que cuestan!
Tuve un ataque excesivo compulsivo de escribir poéticamente. Para ser completamente sincera, escribí este interludio mientras escuchaba 'No puedo dejarte de amar', de Camila y Reik. ¡Aw, es TAN linda esa canción! Creo que haré un songfic con ella, de Luna Nueva, con Edward. ¡Atentas! Ahora, ¿qué más? ¡Ah, sí! Descubrí que, de un momento a otro, Jackson Rathbone, el actor que hace de Jasper Hale en la película, es hermoso, bello, perfecto (a excepción de su peinado uOu). Las que me tienen en el msn pueden ver una foto de él en mi display; es por él que volví a mi casi-antiguo nick. Janelle Rathbone.
Y hablando de la película, odio al estúpido que se le ocurrió estrenar Crepúsculo para toda latinoamerica el mismo maldito día. ¡Ahora es el uno de enero en Chile! Apenas me enteré me puse a llorar, sí, a llorar, porque yo toda ilusionada con que sería el 27 de noviembre. ¡Estúpido, estúpido, estúpido!
Ah, salgamos de mi deprimente vida. ¿Les gustó el interludio? ¿Está mal? ¿Feo? ¿Ewww? ¿Awww? ¿ETC?
Espero que les haya gustado. nOn
Please, reviews. Para saber su opinión. Se los agradeceré eternamente. :D
LasQuiere!Miu/Janelle.
