Capitulo Diez

- Creo que nunca había presenciado tantos cambios en un hombre en tan poco tiempo.

Las palabras musitadas del conde reflejaban los pensamientos de Hinata. Los dos estaban sentados en el pequeño escritorio que ocupaba la esquina de la biblioteca, preparando las invitaciones para el baile. En otra mesa, Lord Sabaku y el vicario jugaban al ajedrez.

- Puede que cambiado no sea la palabra - se corrigió el conde, asegurándose de que su nieto no pudiera oírlo - Curado, sería mejor. Recuperado. Vuelve a ser quien era. Has sido una influencia más beneficiosa para él de lo que yo me atrevía a esperar, niña querida.

Hinata no despegó la mirada del sobre que estaba escribiendo para no darle la oportunidad al conde de adivinar sus pensamientos. Sabia que no era su influencia lo que había animado a Lord Sabaku a hacer el esfuerzo de volver a ser sociable. Porque había sido un esfuerzo. De eso no cabía duda. Ella también se había percatado de las miradas y los cuchicheos de aquella primera mañana en St. Owen.

Aunque Gaara Sabaku había ocultado sus sentimientos con la habilidad de siempre, ella había presentido la profundidad de su aversión a ser el centro de tanta expectación. Tras aquella mañana, no habría podido culparlo. Si hubiera vuelto a meterse en su concha, dispuesto a atacar a cualquiera que se aventurara a acercarse demasiado.

Pero no lo había hecho, y lo admiraba por ello. Es más: había empezado a involucrarse poco a poco en el reducido mundo de Grafton Renforth. Iba a la iglesia con regularidad e incluso había participado brevemente en la fiesta de despedida de Neji. El conde miró a su nieto y al señor Uzumaki.

- Parece disfrutar con la compañía de tu vicario, lo cual he de decir que me sorprende.

Hinata se volvió hacia ellos: uno tan pelirojo y otro tan rubio, le recordaron a los reyes del tablero.

- Son de la misma edad - le recordó al conde - y comparten varios intereses. No sé por qué no se iban a hacer amigos.

A pesar de lo que acababa de decir, no estaba convencida del todo. Aunque el señor Uzumaki había llegado a ser un invitado regular en Helmhurst, Hinata no estaba convencida de que Lord Sabaku disfrutase con su compañía. Quizás estuviera preparando el día que su abuelo pudiera necesitar el consuelo de un hombre de iglesia.

- ¿Te encuentras bien querida? - le preguntó el conde - Te has quedado pálida de pronto. -

- Estoy un poco cansada del viaje a Londres - improvisó.

- No me extraña. ¿Te has fijado qué hora es? - preguntó, mirando el reloj de pie - El resto de invitaciones pueden esperar hasta mañana. Gaara, hijo - lo llamó - debes llevar a Hinata a casa. La he agotado con tanto preparativo para el baile. Soy como un chico con un juguete nuevo.

- En absoluto - contestó ella, que en los últimos días había conseguido convencerse de que la salud del conde mejoraba. Aunque, de vez en cuando, un golpe de tos o una sombra de dolor que pasaba por su rostro hacía mil pedazos su esperanza.

- Ya sabe que disfruto con esto tanto como usted, abuelo. No interrumpan su partida, caballeros.

El vicario movió la cabeza.

- He de admitirme derrotado de antemano. Es solo cuestión de tiempo que Lord Sabaku me tenga acorralado. ¡Y a mí que me parecía que iba a ganar esta noche!

Hace unos cuantos movimientos, mi situación era prometedora.

- Es usted un digno adversario, vicario - Lord Sabaku avanzó con un peón y eliminó una pieza blanca del tablero - Y un buen estratega. Jaque.

- Me temo que no soy rival para un estratega de su categoría - contestó,contemplando su ruina sin dejar de mover la cabeza. Luego hizo un movimiento.

- Netherstowe me pilla de camino a casa, y como consuelo por haber perdido,estaré encantado de llevar a su casa a la señorita Hyuga -

Hinata intentó ignorar la desilusión. Estimaba mucho al vicario. Era un hombre amable, diligente, encantador y muy guapo. Sin embargo, comparándolo con Lord Sabaku, encontraba su compañía bastante insulsa, carente de la inteligencia o el sentido del humor del barón.

- Protesto, señor Uzumaki - Lord Sabaku capturó otro de los peones del vicario - Jaque. De haber sabido cuál era el castigo por perder, habría perdido hace ya tiempo.

Se volvió a mirar a Hinata, y ella tuvo la sensación de que hubiera ido a su lado y le hubiera pasado las yemas de los dedos por la nuca. Aun sabiendo que era una mera interpretación por el bien de su abuelo, se encontró indefensa ante la mirada oscura de Lord Sabaku.

- Estoy seguro de que estará de acuerdo - continuó en un tono por el que Hinata deseó tener un abanico a mano - en que el honor de acompañar a la señorita Hyuga es un premio que debe reservarse al ganador.

- Eh... sí, claro - el vicario fue a hacer un movimiento pero cambió de opinión - Tiene razón - tomó otra pieza entre los dedos - ¡Jaque!

Lord Sabaku apartó la mirada de Hinata fingiendo lamentarlo y estudió un instante el tablero. Luego tomó una pieza con el índice y el pulgar. Parecía un alfil.

- Jaque - lo colocó con determinación en el tablero - Mate - extendió una mano - Gracias por una partida emocionante, señor Uzumaki.

- Ha sido un placer - contestó el vicario - aceptando con gracia la derrota - Ahora, si me disculpan, he de irme a casa.

Tras estrechar la mano de Lord Sabaku, se dirigió al rincón de la habitación en el que Hinata estaba escribiendo la última invitación.

- Puesto que Milord ha ganado el honor de acompañarla a Netherstowe, señorita Hyuga, ¿quiere que me ocupe yo de ir a visitar al señor y la señora Momochi?

Aunque estaba convencida de que no era su intención, el ofrecimiento del vicario la hizo sentirse tremendamente culpable. Tantas vueltas le estaba dando a su deseo de que Lord Sabaku volviese a invitarla a la torre que se había olvidado de la pobre señora Momochi.

- Le estaría muy agradecido, vicario; No sé qué le ocurre últimamente al señor Momochi, con lo agradable que es. Cuando está sobrio, claro.

- ¿Zabuza el herrero? - Lord Sabaku se frotó la barbilla y los ojos se le oscurecieron hasta parecer casi negros - ¿No fue soldado de artillería en la guerra?

Hinata asintió.

- Tengo entendido que él y el primer marido de la señora Momochi sirvieron juntos. La mayor parte del tiempo es un hombre tranquilo y de carácter apacible, pero al menos un par de veces al año empieza a beber demasiado y se vuelve de lo más desapacible, por decirlo de algún modo, especialmente con su esposa. Me inquieta mucho lo que pueda pasarle a ella y a los niños.

- Una situación desgraciada, sin duda - corroboró el vicario, que parecía algo sorprendido por tal comportamiento - Si encuentro sobrio al señor Zabuza, intentaré animarlo. Pero si ha consumido alcohol, quizás pueda convencer a la señora Momochi de que se refugie en la vicaría.

- Eso sería un gesto maravilloso por su parte. Espero que con ello el señor Zabuza recupere el buen juicio.

El conde movió la cabeza.

- No estoy seguro de aprobar que estés envuelta en semejante situación, querida niña - intervino el conde.

- Yo tampoco - añadió Lord Sabaku.

- ¿En qué estado estaría nuestro mundo si todo el mundo pensara como ustedes? - espetó, levantándose - ¿Si la gente de buena voluntad nunca se involucrara en semejantes situaciones?

Ignoró la sorpresa del conde y el enfado de Lord Sabaku.

- ¿Y si Inglaterra no se hubiera involucrado en una situación peligrosa en el continente?

Tanta franqueza dejó a los caballeros sin habla. ¿Qué derecho tenían ellos a criticar su compasión, de la cual ambos se habían beneficiado?

- Siento lástima por la señora Momochi y por su marido... y sobre todo, por los niños. No podría dormir por las noches sabiendo que no he ayudado en la medida de mis posibilidades a una familia tan desgraciada.

En el fondo de su conciencia, sabia que no estaba siendo justa; que estaba descargando contra ellos una rabia que, en realidad, habían provocado los Shimura con su permanente desaprobación. Y antes de que sus sentimientos pudieran tomar caminos prohibidos, caminó hasta la puerta de la biblioteca.

- Señor Uzumaki, creo que voy a aceptar su ofrecimiento. Podemos pasar por casa de los Momochi de camino a casa.

- Pero... - el vicario señaló el tablero - Lord Sabaku...

Hinata miró al barón desafiándolo a que se opusiera a sus designios.

- Lord Sabaku tendrá en el futuro multitud de ocasiones de cobrarse su premio.

Y dicho esto, quiso dar media vuelta y salir con paso decidido. Pero el zapato se le enganchó en la alfombra y a punto estuvo de caer al suelo. En un último instante consiguió recuperar el equilibrio y salir de la habitación. El señor Uzumaki salió a toda prisa tras ella. Su absurdo enfrentamiento con Lord Sabaku y el abuelo había pasado ya, y se sentía más enfadada consigo misma que con nadie.

En lugar de disfrutar de unas encantadoras horas contemplando las estrellas, iba a disfrutar del dudoso placer de enfrentarse a un borracho.

Le estaba bien empleado.


Cuando los pasos de Hinata y el vicario se perdieron en la distancia, el conde se rascó el puente de la nariz.

- Hacía tiempo que nadie me echaba un rapapolvo semejante - hizo una pausa, e inesperadamente, sonrió - Resulta bastante refrescante, ¿no te parece?

Gaara tenía la mirada clavada en la puerta de la biblioteca.

- Lo mismo que un cubo de agua helada por la cabeza.

Desde luego, refrescante nunca sería el término que emplearía para describir la experiencia. Había albergado la esperanza de convencer a Hinata de que hicieran una parada antes de llegar a Netherstowe. Quizás un par de horas en la torre mirando a través del telescopio. La lluvia de meteoritos en Escorpio estaba siendo mucho más espectacular aquel año.

Mientras la contemplaba la noche anterior, había cometido la romántica estupidez de pedir un deseo. Y en aquel momento, estaba más claro que nunca que había sido una estupidez. Hinata prefería mediar en una disputa entre el herrero y su mujer antes que pasar unas horas con él.

Y puede que incluso deseara pasar un rato en compañía del guapo y virtuoso señor Uzumaki. Se conocían desde hacía poco, pero tenía que admitir que el vicario era un hombre de valía, con un carácter tan agradable como sus facciones.

El conde dejó la pluma en el tintero y miró el taco de invitaciones que Hinata había terminado.

- Y tenía razón, por supuesto, lo que resulta siempre vejatorio. No me sorprendería que alguien la previniera sobre su relación con un hombre de carácter tan áspero como el tuyo, o con un viejo carcamal como yo. Deberíamos darle gracias a nuestra buena estrella.

¿Buena estrella? ¿Por qué la gente se empeñaba en pensar que aquellas enormes balas de gas ardiente, a millones de kilómetros de distancia, podían detentar algún poder sobre el destino humano? ¿Sería por su modo de brillar en el cielo nocturno, resplandeciendo como los ojos de una madre al contemplar a su niño dormido en la cuna?

Menuda ilusión. Parecida a la ilusión de que Hinata hubiera empezado a sentir algo por él.

Las palabras de su abuelo le habían hecho recuperar el buen juicio. Hinata se preocupaba por todo el mundo: herreros borrachos y sus esposas, nobles envejecidos, veteranos de guerra desfigurados... lo mismo que las estrellas proyectaban su fulgor sobre justos y pecadores. No debía engañarse creyendo que había o que podía disfrutar de un lugar especial en su corazón.

- Sigue sin gustarme - dijo el conde al ocupar su sillón favorito - Me refiero a que Hinata pueda estar metida en un asunto tan desagradable. Inglaterra ha pagado un precio muy alto por inmiscuirse en los planes de conquista de Bonaparte.

Gaara continuó en silencio. Tenía la impresión de poseer las piezas de un rompecabezas que era incapaz de montar.

- Puedes decirme que soy un viejo metomentodo si quieres - habló de nuevo el conde, entrelazando las manos y apoyándolas sobre el pecho - pero ¿podemos hablar de lo que te ocurrió en Waterloo?

- ¡Waterloo! ¡Eso es!

Todos los hechos ocuparon su lugar.

- Gracias, abuelo - le dijo, caminando hacia la puerta - Hablaremos de ello, te lo prometo, pero ahora tengo un asunto urgente del que ocuparme.

El conde se despidió de él con un gesto de la mano que parecía comprenden... quizás mejor que el propio Gaara se comprendía a sí mismo.


El modesto carruaje del señor Uzumaki no había llegado aún a la carretera principal cuando los alcanzó un pony que trotaba en dirección a Helmhurst.

- ¿Es usted, señor vicario? - preguntó el jinete.

En la escasa luz del anochecer, Hinata creyó distinguir al molinero.

- Sí - contestó él, tirando de las riendas - ¿Ocurre algo?

- Es mi mujer, señor vicario. Acaba de dar a luz a gemelos.

Hinata le dio inmediatamente la enhorabuena, pero al mismo tiempo cayó en la cuenta de que el señor Maito no había ido a Helmhurst en busca del vicario si todo fuese bien.

- Han nacido muy pequeños - dijo el molinero, confirmando los temores de Hinata - Mi mujer teme que no puedan sobrevivir y quiere que los bauticemos cuanto antes. ¿Puede usted venir?

- Por supuesto. Dejaré a la señorita Hyuga en Netherstowe antes.

Cuando el molinero dio media vuelta a su montura, el señor Uzumaki miró a Hinata.

- A lo mejor prefiere que la lleve a Helmhurst para que sea Lord Sabaku quien la acerque a casa... sentiría mucho haber sido yo el culpable del desacuerdo que han tenido esta tarde. Aunque admiro su naturaleza compasiva, comprendo el deseo de Lord Sabaku de protegerla.

Hinata sintió que se le hacía un nudo en la garganta, pero no lo dejó arraigar. Podía haber montones de razones por las que Lord Sabaku no quisiera que se relacionara con los Momochi, pero el deseo de protegerla seguramente no estaría entre ellas.

- No quiero entretenerlo. Déjeme en casa de los Momochi. Está muy cerca de Netherstowe, así que puedo volver andando a casa.

- ¿Está segura? - el vicario animó a su caballo a avivar el paso - ¿Y si el señor Zabuza ha bebido?

- Invitaré a la señora Momochi y a su bebé a pasar la noche en Netherstowe.

Intentó parecer más segura de lo que en el fondo se sentía. Tía Mei se volvería loca si supiera que había dado cobijo a esa clase de gente en su casa. Quizás pudiera convencer a la servidumbre de hacer oídos sordos por una vez.

- Temo que Lord Sabaku no lo apruebe.

El vicario parecía hablar del barón con el mismo respeto que del Altísimo, y su ansiedad atizó las ascuas de la irritación de Hinata.

- Si el barón no aprobase la lectura de la Biblia en domingo, ¿dejaría de hacerlo también? No sé si su influencia está siendo buena para usted, vicario.

- Protesto, señorita Hyuga. Lo que ocurre es que...

- Por favor - lo interrumpió Hinata - jamás me lo perdonaría si no llegase a tiempo a bautizar a esos dos niños, y a consolar a esa pobre madre.

- En fin... si está decidida...

En la misma situación, Lord Sabaku no sé habría dejado convencer con protestas o excusas. Aunque no quería que el vicario se mostrara inflexible, no pudo evitar que su indecisión pesara ante sus ojos.

- Estoy totalmente decidida - contestó - El señor Zabuza puede estar sereno, o tan borracho que se haya quedado dormido y no represente un peligro para nadie.

- Espero que tenga razón - contestó y tiró de las riendas al llegar delante de la casa de los Momochi.

Hinata no quiso darle la oportunidad de cambiar de opinión, de modo que bajó del coche cuando las ruedas aún no habían dejado de girar.

- No se preocupe, vicario, que estaré bien. Gracias por traerme, y dele recuerdos de mi parte a la señora Maito.

¿Serían imaginaciones suyas, u oiría voces airadas dentro de la casa del herrero? No quería que el vicario lo oyera, de modo que le propinó una palmada en la grupa al caballo, que salió al trote. Respiró hondo para cobrar valor y llamó a la puerta de la casa, que se abrió con tanta fuerza que la sobresaltó.

- ¿Quién es? - preguntó una voz cargada de olor a ginebra.

- Soy Hinata Hyuga, señor Momochi - contestó fingiendo despreocupación - Me gustaría hablar un momento con su esposa, si es posible.

- ¿Por qué viene a estas horas? - espetó el herrero.

- ¿Llego en mal momento? - Hinata miró hacia el fondo del pasillo. La señora Momochi estaba muy pálida y tenía los ojos desmesuradamente abiertos

- Lo siento. El vicario me llevaba a casa y al ver las luces encendidas, pensé que...

- ¿Y qué quiere de Rin?

- Bueno... - Hinata utilizó la primera excusa que se le vino a la cabeza - El conde va a dar un baile de disfraces dentro de dos semanas, y como sé que su esposa es una maravillosa modista, he pensado que quizás...

- ¿Es que piensa que no soy capaz de mantener a mi propia familia, y que mi mujer tiene que trabajar para ganar dinero?

El herrero dio un paso hacia ella. Aunque era un hombre algo más bajo que ella, tenía unas manos fuertes y toscas, lo mismo que los brazos, y pensar en lo doloroso que podía ser un golpe que proviniera de aquellas zarpas a punto estuvo de hacerla dar media vuelta y salir corriendo para su casa. Y también fue esa misma idea lo que la obligó a quedarse, por el bien de Rin.

- Claro que no – ojalá la señora Momochi sacase a su pequeño de la cuna y saliera por la puerta de atrás mientras ella entretenía a su marido.

- Su esposa me haría un gran favor. No suelo hacerme ropa, con lo que no conozco a ninguna modista.

Hinata habría preferido que la torturasen antes que admitir tal cosa ante ningún habitante de Grafton Renforth, pero estaba desesperada por mantener la atención del herrero. Su esposa pareció comprender lo que pretendía, porque se acercó a la cuna y sacó al pequeño.

- Estoy segura de que su negocio es muy próspero – continuó - pero el conde va a regalarme el disfraz, y sé que para sacar adelante una familia todo el dinero es poco.

Quizás el miedo la hiciese hablar demasiado alto, o la señora Momochi había hecho ruido al sacar al niño, porque fuera como fuese, el pequeño, frotándose los ojos, preguntó:

- ¿Adónde vamos, mamá?

Justo antes de que el herrero se volviera hacia su mujer, Hinata vio que abría de par en par los ojos y que las aletas de la nariz se le dilataban hacia los lados, tal y como vio una vez que le ocurría a un toro de mal talante.

- ¡Contesta al niño, Rin! ¿Adónde lo llevas?

La mirada aterrorizada de la señora Momochi pasaba de Hinata a su marido.

- Yo... yo...

- ¡Pero qué niño tan precioso! - exclamó Hinata - Seguro que tenía que ponerle en el orinal, ¿verdad, señora Momochi? Siempre es preferible a que mojen las sábanas.

El herrero no se tragó aquella explicación al ver el terror reflejado en el rostro de su esposa.

- Maldita sea, Rin ...

- ¡Por favor, señor Momochi! - gritó Hinata, sujetándolo el brazo - ¡No haga nada que pueda lamentar después!

Por un instante sintió alivio al ver que se daba la vuelta, pero al ver la rabia que emanaba de sus ojos, junto con una especie de abismo de dolor...

- Esto estaba preparado, ¿verdad? - espetó, soltándose y alzando el brazo.

Indecisa entre el miedo y la compasión, Hinata se preparó para recibir un golpe que la tiraría al suelo, y al cerrar los ojos se le ocurrió algo ridículo.

¿Tendría Lord Sabaku alguna máscara de repuesto?

Porque si el herrero la golpeaba en la cara, iba a necesitarla.