La tercera primera vez que lo acompaña en un caso, Sherlock baja del taxi a toda velocidad, dejándolo pagar la cuenta y apremiándolo con la mirada para que se dé prisa, sosteniendo a la altura del pecho el cordón policial.
—¿Sabes que esta vez no es psicosomático, verdad? —Le espeta John señalando el bastón vagamente.
Y Sherlock sólo rueda los ojos y pasa tras él a la escena del crimen, que resulta ser un decepcionante seis y lo resuelven —Sherlock lo hace— mucho antes de lo que esperan.
Aun así, esa tarde, con una taza caliente de té entre sus manos y su portátil sobre las rodillas, John siente al entusiasmo hormiguear descontrolado en la punta de sus dedos.
Han pasado diez días desde que le dieran el alta hospitalaria —aunque aún tiene que hacer rehabilitación— y la nueva situación se presenta mucho más desafiante de lo que cualquiera de los dos habría esperado.
John esperaba que todo fuese fácil, volver a casa y establecerse en la rutina de una niña de casi tres años y un detective consultor especialista en sacar a todo el mundo de sus casillas. Su casa, su niña y su detective consultor. Sonaba sencillo y perfecto en su cabeza.
Sin embargo, la escalera no son el único desafío al que tiene que enfrentarse y John comprende que establecerse en una rutina que no has creado no es nada fácil. Y llega la frustración y el enfado y la horrible sensación de estar fuera de lugar aun sabiendo que está justo donde pertenece.
Y John tiene que lidiar con todo eso. Y tiene que hacerlo al tiempo que intenta descubrir a su hija; la personita que es, sus gustos y sus manías, lo que la hace enfadar y reír a carcajadas, y se encuentra agradeciendo a Dios o al universo que todavía lo de las risas sea lo más frecuente y lo más fácil de todo.
Y también tiene que hacerlo al mismo tiempo en el que intenta reaprender su vida con Sherlock, adaptarse a sus tiempos, sin saber cómo avanzar para no estropearlo. En el hospital hablaron de todo, de lo importante y de lo nimio, de lo que sentían ahora y de lo que habían estado sintiendo durante años. O al menos John lo hizo, y pudo ver entendimiento y reciprocidad en los ojos del detective. Pero nunca hablaron del futuro, de cómo cambiarían las cosas entre ellos o de si lo harían en absoluto.
John esperaba que Sherlock fuese el que diese el siguiente paso, porque fue quien lo hizo en primer lugar y porque no quiere presionarlo. Por eso, que no lo haga lo aterra de alguna forma y lo bloquea. Y tiene que lidiar también con eso. Con saber que quiere más de él, que lo quiere todo, pero que tiene que conformarse con el toque suave de las manos del detective en su espalda cuando pasa detrás de él o de sus dedos largos acariciando su mano cuando le ofrece una taza de té. Tiene que conformarse con las sonrisas cálidas y las miradas entusiasmadas y llenas de cariño que comparten cuando alguno de los dos atienden a Rosie a los pies de la cama, de madrugada.
Tiene que conformarse pero quiere besar su sonrisa y enredarse en su pelo y decirle que lo quiere porque lo hace y abrazarlo por las noches, o por las mañanas, o cuando se cruzan en el pasillo, sólo porque puede hacerlo. Y esa es otra de las cosas que empieza a formar parte de la lista de frustraciones y enfados de John. Y lo está superando.
Sherlock mantiene los ojos cerrados y la respiración pausada, tendido sobre el sofá, imperturbable e inusualmente tranquilo; a pesar de que ya hace algunos días desde su último caso y de que éste fuese tan inesperado como decepcionante. O así es como lo ve John desde su propio lugar en la sala.
Sherlock nota la mirada de John sobre él, tan intensa como siempre pero mucho más a menudo ahora.
La nota tranquila y admirada cuando toca el violín frente a la ventana, entusiasmada y brillante cuando descifra la pista definitiva del caso en el que se encuentran, desbordada por la risa cuando es mordaz y afilado pero sin malicia, teñida de un duro reproche cuando sus deducciones son crueles a propósito, y profundamente enamorada y llena de cariño cuando Rosie está con ellos y él demuestra que no sólo ha permitido a la niña entrar en su mundo sino que se lo ha ofrecido en bandeja.
Lo nota, claro, pero no sabe qué hacer con ello. Por alguna razón, no es capaz de unir los puntos, de deducir a John, de saber lo que quiere.
En el hospital, John dijo que estaba enamorado de él y le devolvió el beso con bastante entusiasmo pero llevan en casa casi veinte días y no ha intentado ningún acercamiento.
No rechaza los toques suaves de sus manos, ni cuando la apoya en su espalda ni cuando acarician sus dedos, pero nunca inicia el contacto. Tampoco rechazó dormir en la cama doble del detective y éste se sintió desbordado por la anticipación y el deseo de dormir abrazados, de refugiarse en su pecho y tal vez oír los latidos de John sin ninguna máquina de por medio; pero eso tampoco ha pasado.
Y Sherlock ha llegado a creer que John dijo que sí a compartir habitación porque las escaleras no son una opción todavía y porque su hija duerme aún en una cuna en el dormitorio del detective.
Sherlock abre los ojos frustrado, se levanta con la determinación estallando en energía vibrante y apoya los brazos a ambos lados de la cabeza de John, atrapándolo entre el sillón y su cuerpo.
—John. —Murmura profundo con la mirada clavada en los ojos azueles del doctor.
John se humedece los labios y prueba su voz que suena inesperadamente ronca.
—¿Qué pasa, Sherlock?
Y el detective sonríe de esa forma que hace que el mundo se sacuda bajo los pies del doctor, petulante y retorcida. Una sonrisa satisfecha por la mirada oscurecida y la respiración agitada de su blogger.
Se deja caer en las piernas de John y entierra la cabeza en la curva de su cuello al tiempo que pregunta si es demasiado.
John le rodea instintivamente por la cintura tratando de pegarlo más aún a su cuerpo.
—Es perfecto. —Reconoce.
—¿Y tus piernas? —Pregunta respirándole desde la unión de su hombro con su cuello hasta justo debajo de su oreja.
—Estoy casi completamente recuperado y tú casi no comes, difícilmente sostenerte es un problema.
—Uhum.
El tiempo se comporta de forma extraña después de eso y ninguno puede decir cuánto pasan acurrucados uno contra el otro, con los labios de Sherlock presionándose suave y desordenadamente por el cuello y la mandíbula de John, sin ir más allá todavía. Mientras el doctor atesora el calor y la cercanía con los ojos cerrados.
—¿John? —Susurra en el oído de su blogger el detective un tiempo después.
—Dime. —Casi ronronea el doctor, siendo brutalmente consciente ahora de sus ojos cerrados y de que el pulgar de la mano con la que rodea al detective está dibujando suaves círculos en su cadera. Y piensa durante un segundo en detenerse pero lo descarta y se extraña por el silencio denso de su compañero.
—¿Por qué no me has besado desde que volvimos?
John tarda algunos segundos en aceptar que lo que cree haber oído es justo lo que Sherlock ha preguntado, aunque lo haya hecho en un susurro tan suave que John haya considerado la posibilidad de habérselo inventado.
Y después se toma algunos segundos más para lidiar con la inocencia y la tristeza que trataban de ocultarse en la voz profunda del detective.
Y él no es el genio en esta singular pareja pero no ha podido evitar notar que Sherlock ha usado el plural «volvimos» refiriéndose sin duda a la vida que tenían y no a la estancia consciente de John en el hospital.
Y es cálido e inesperado. Y con un significado tan preciso de lo que son ahora, de lo que siempre han sido, que John siente el corazón desbocado por el entendimiento y no sabe si alguna vez será capaz de encontrar las palabras de nuevo.
Pero entonces Sherlock se remueve incómodo sobre sus piernas y John sabe que tiene que hablar pronto. Trata de aclarar su voz inútilmente y nota a Sherlock tensarse por una inusual deducción errónea.
Encuentra la mirada del detective y se asegura de mantener el contacto mientras responde que estaba esperando que él lo hiciese.
Sherlock entrecierra los ojos como respuesta y John se descubre a sí mismo explicándole que estaba intentando ajustarse a sus tiempos para no presionarlo. Y se siente abruptamente ridículo reconociendo en voz alta que temía que Sherlock lo rechazara, que no estuviese preparado para algo más o que simplemente no estuviese interesado. Y le cuenta también que estaba encontrando su propio ritmo, readaptándose a su vida en el 221, a los casos, a la rehabilitación, a su hija... intentando encontrar el equilibrio.
La voz de John se va apagando conforme habla, convirtiéndose en un susurro que Sherlock se esfuerza por oír. Cuando finalmente se calla nota en los labios del detective una sonrisa compuesta por diversión y ternura en porcentajes variables. La misma sonrisa que se presiona contra su boca un instante después y sólo durante un segundo.
—He estado a punto de volverme loco. —Sentencia Sherlock—. Creía que se trataba de algo más elaborado que nuestra aparente estupidez. Pensé que eras tú el que no estaba interesado. No parecía una conclusión lógica después de tu cursi declaración en el hospital, ni de que no rechazaras mis avances, ni de que no te negaras a compartir la cama, pero a pesar de las evidencias... tu respiración acelerada, tu frecuencia cardíaca elevada, la profundidad de tu voz, la dilatación de tus pupilas... eran señales inequívocas de atracción sexual pero...
Su discurso se ve interrumpido por una boca demandante que se presiona contra la suya. La intención de separarse y protestar vehementemente disipándose instantáneamente cuando la mano contraria a la que aún rodea su cintura se enreda entre sus rizos y los presiona aún más cerca, apagando el mundo a su alrededor, enfocándolo sólo en John. En su boca y en sus manos y en la necesidad vital de fundirse con su blogger.
