Disclaimer: Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi-sama.

SOUNDTRACK: Your favorite drug (Porcelain Black), Pretty Dope Fiend (The delinquents), Gangsta Paradise (Coolio).

Realidades de Cristal.

Capítulo 10: Methadone Clinic.

Miré incrédula las fotos que se hallaban en el sobre que me había dado Mousse junto a los chicos. Sentados en el piso de la sala de estar en la cabaña sin decir nada. Yo repasaba las fotos sin entender. Encontrar a qué clase de lugar pertenecía la dirección que me llegó en las notas iba a suponer un avance en encontrar que era lo que nos seguía.

El problema era que no fue así.

La dirección era un hospital que hoy en día se encontraba abandonado tras haber sido incendiado, dicen que accidentalmente. Ninguno de nosotros había estado en ese lugar, que ni siquiera estaba en el distrito de Nerima. Tampoco lo conocíamos o a alguien que hubiese sido internado allí. Ni siquiera estaba relativamente cerca de algún punto que conociésemos relacionado con nuestras investigaciones paranormales. No quedaba ni cerca de la Mansión Kuno, o del cruce de tren donde murió Ranko.

Era un callejón sin salida.

—Podemos intentar ir allí —sugirió de repente Ranma—. A lo mejor no tiene que ver con lo que nos persigue y nos visitó la otra noche a Akane y a mí, pero ya qué, ¿no? No perdemos nada con intentar.

—Oh, ¿y qué hacían tú y Akane, Ran-Chan? —preguntó Ukyo con una sonrisa socarrona en sus labios negros.

—Lo mismo que tú y Ryoga, princesa —contestó él sin dudar.

—Ah, con que ustedes también estaban-… —su burla fue interrumpida cuando la mano de su novio se apoyó en sus labios, impidiéndole terminar.

—…viendo una película de terror —completó Ryoga con las mejillas levemente sonrojadas.

—De hecho, sí —aprobé—. Vimos una peli de terror.

—¡Sólo porque no quisiste ver Deadpool conmigo, marimacho amargada!

—¡Ya vi Deadpool contigo un montón de veces! ¡Y también me aguanté ver Escuadrón Suicida POR TI! —le eché en cara—. Yo quería ver la de Terminator —finalicé con un pucherito.

—¡Bah! La última es malísima

—¡Igual quería verla!

—Oh, no le hagas caso, cielo, sabes que es como un nene chiquito buscando su chupete —me recordó Ukyo—. Ahora… veamos qué se puede hacer con lo de este lugar.

Cubrí mi boca con la manga de mi sweater azul príncipe a botones tras toser un poco debido a la pestilencia del lugar. Mi mano libre estaba enganchada con la de Ranma mientras caminábamos por el amplio pasillo del hospital abandonado.

Era justo cómo imaginaba sería un lugar de esa índole, todo maltratado y descuidado. El olor a humedad y agua estancada era más fuerte allí, parecía que se había roto alguna cañería debido a que nadie se molestó en hacerles un mantenimiento tras el incendio. Atravesábamos el primer piso, mientras Shampoo y Mousse estaban en la planta baja y Ryoga y Ukyo en la planta alta.

Tras nosotros, se comenzaron a escucharse pasos, como los que harían un par de tacones contra el mármol sucio. Me arriesgue a mirar sobre mi hombro, encontrándome con una enfermera, no podía ver su rostro –su flequillo negro lo cubría por completo-, pero si su uniforme de un blanco inmaculado.

—Ignórala —me aconsejó Ranma, optando por tironear ligeramente de mi mano para comenzar a caminar un poco más aprisa—. Sólo hay que tratar de no hacerle caso, no nos molestara si no nos la quedamos mirando.

—Muy bien —aprobé, siguiéndole el juego.

Los pasos comenzaron a escucharse cada vez más cerca y nosotros aumentábamos cada vez más el ritmo de nuestro andar. Llegó un punto en que estábamos corriendo a todo lo que nos daban las piernas, hasta llegar a las escaleras, dónde nos encontramos con Ryoga y Ukyo, que venían corriendo igual o más rápido que nosotros desde el piso superior.

—¡No pregunten, sólo corran! —nos advirtió él.

Rápidamente nos encontramos huyendo, conociendo nuestra suerte, probablemente por nuestras vidas, cuando atravesamos la puerta que daba finalmente a la planta baja. Mousse y Shampoo pronto nos siguieron, ella empezó a gritar cual posesa que teníamos que salir de allí lo más rápido posible porque algo peligroso estaba tras nosotros.

No sé qué me impulsó a hacerlo, sin embargo, llenándome de determinación, giré sobre mis talones y paré en seco, escaneando el oscuro pasillo por el que habíamos corrido. No vi cómo, pero, cuando yo hice eso, Ranma se chocó con Ryoga y ambos atravesaron una pared falsa hecha con lo que aparentaba ser papel tapiz.

—¡Ryoga! —gritó Ukyo espantada, asomándose al hoyo que causaron esos dos.

—¡Vayan a ver cómo están! —ordené a los demás.

Ukyo obedeció sin pensar, mientras que Shampoo y Mousse quisieron quedarse conmigo, pero me negué y les insistí que fueran con nuestros amigos para ver si estaban heridos o algo. Cuando, finalmente, fueron tras mi amiga castaña, volví la vista al frente. Allí, en lo más lejano del pasillo, se hallaba una figura oscura. Era la figura de un hombre, sí, pero no podía distinguir sus facciones.

—¿Quién eres? —demandé saber, no necesitaba gritar para que aquella figura me escuchase—. ¿Qué quieres? ¿Eres lo que nos atacó a Ranma y a mí? ¿Quieres lastimarnos? ¡Contesta, COBARDE! —demandé cuando no obtuve respuesta.

Molestar a un espíritu es SIEMPRE una mala idea, pero estaba tan preocupada que no pude contener mi temperamento. La aparición se quedó inmóvil unos momentos, para luego levantar con parsimonia un brazo con el dedo extendido, señalando el hoyo en la pared falsa por el que habían desaparecido mis amigos.

—¿Qué intentas decir? —cuestioné.

Extendió todos los dedos, dejando la palma hacia arriba, como cuando alguien te deja pasar y te lo indica con la mano.

—¿Quieres que vaya con mis amigos?

Asintió solemnemente y desapareció.

Al principio no quise confiar y no conseguía salir de mi confusión, pero podía más mi preocupación por Ranma. Un pinchazo de culpa me invadió al ver que me preocupaba más por él que por Ryoga, pronto alejé ese pensamiento mientras me acercaba al agujero. Mi amigo de colmillos tenía quién se preocupase por él.

Comencé a bajar por una rústica escalera de madera seca y vieja que se tambaleaba con cada uno de mis enérgicos pasos al moverme. Noté que aquella habitación debió de haber sido acondicionada como alguna especie de escondite. El papel tapiz cubría el marco de una puerta abierta que daba a lo que parecía un pequeño consultorio de un doctor pediátrico –aún había pequeños restos de juguetes-, parte del piso había sido removido para instalar las escaleras que yo utilizaba.

La pregunta era, ¿para esconder qué o de qué? La respuesta estuvo frente a mí cuando llegué al pie de las escaleras y no me gustó para nada. Había visto suficientes policiales americanos como para reconocer un laboratorio de drogas cuando lo veía.

Ranma y Ryoga se hallaban de pie, el primero maldiciendo mientras Mousse lo sostenía del brazo, entretanto Ukyo daba firmes pero amables palmadas a la chaqueta de cuero del segundo, que estaba cubierta por un fino polvo blanco.

—¡Oh, santo cielo! ¿Están bien? —inquirí acercándome.

—Eso… creo… —soltó apenas Ryoga, mientras mi amiga le limpiaba el rostro.

—Estoy entero —aprobó Ranma en un gruñido—. Aún así tendré que llamar a mi papá, tiene que ver esto —decidió con firmeza.

—¿Qué era lo que había arriba? —me preguntó Mousse.

—¡Esperar! —exclamó Shampoo, se llevó las manos a la sien, casi como si le doliese—. Haber una presencia cerca…

Nos quedamos mudos y pronto escuchamos que algo atravesaba el papel tapiz, después descendiendo por las escaleras. Si Shampoo lo había sentido, entonces era, obviamente, ajeno al plano terrenal. Sentí escalofríos y me negué a voltear, escuchando como los pasos se detenían justos detrás de mí. No entendía por qué el miedo, había lidiado con fantasmas antes.

—Te busca a ti —me comunicó Ukyo severa.

Fue cuando, tomando aire, volteé, sin entender por qué me sentía tan nerviosa y confundida. Esos brillantes ojos azules fueron toda la respuesta que necesite.

—¿Y tú quién demonios eres? —le espetó Ranma, colocándose detrás de mí, dejándome entre su cuerpo y el del espíritu, que sólo lo miró, para luego volver su vista a mí—. ¿Qué pasa? ¿No hablas?

—Shi-Shinnosuke… —tartamudeé.

No era posible. Shinnosuke era mi amigo de la infancia, lo había conocido en Hokkaido, estaba internado en el mismo hospital en el que se trataba mi mamá y se convirtió mi compañía en esas largas horas que debía pasar en el hospital, mientras mis hermanas se quedaban con una tía que tenemos allá, pues yo me rehusaba a alejarme de papá. Era dos años mayor que yo y tenía una memoria pésima. Tuvo que anotar mi nombre varias veces para poder recordarlo, ya que siempre perdía el papel en que lo había escrito.

—Shinnosuke… ¿pero qué te hicieron? —solté apenas en un susurro sin salir de mi estupefacción—. ¿¡QUÉ TE HICIERON!? —chillé histérica, asustando a todos.

Él siempre fue un chico enfermo, yo lo conocí cuando tenía ocho y él diez, pero nunca supieron bien qué tenía, hasta que cumplió los once años, cuando le diagnosticaron que tenía leucemia. La última vez que lo vi, ya teníamos quince y diecisiete años, poco antes de que Mamá fuese al hospital por última vez. Él estaba ganando la batalla, mi madre, por otro lado, no. Cuando lo transfirieron, no volví a saber de él, pero esperaba que se recuperara y que, algún día, nos volviésemos a ver.

Mas nunca quise que fuera así.

La mitad del rostro del chico estaba quemada, tanto que podías llegar a ver pedazos de carne y cabello chamuscados desde la sien hasta el cuello, vestido como estaba con una camiseta, pantalones deportivos y una bata de hospital.

Sonrió tranquilizador, dando un paso para atrás y tendiendo su mano, en una clara invitación a seguirme. Dudé un momento y, aún con cierta inseguridad entrelacé mis dedos con la helada mano del chico. Quién me llevó a las escaleras.

—¡Akane! ¡No vayas! —rezongó Ranma, sólo para que Ucchan pusiese una mano en su hombro.

—Está bien, no quiere lastimarla, sólo quiere enseñarle algo, ¿no es verdad?

Shinnosuke asintió.

—Yo ir con ustedes —apostilló rápidamente Shampoo.

—¿Es aquí? —pregunté, mientras Shinnosuke abría la puerta de una habitación.

No parecía muy diferente a las demás habitaciones, excepto por las marcas negras en las paredes que allí hubo fuego. Mi amigo no hablaba mucho, pero no me extrañaba, siempre fue callado.

Shampoo pareció sufrir un mareo momentáneo nada más poner un pie en la habitación, por lo que se aferró al marco de la puerta, como si no pudiese sostenerse en pie. Obviamente me aproximé a ella, sosteniéndola de la cintura y recargando su peso en mí. No tuve de otra que sentarla en lo que quedaba de una vieja banqueta de cuatro sillas de sala de espera en el pasillo. Respiraba pesado y sus mejillas estaban rojas.

Enseguida abrí su bolso, pensando que tenía una ataque de asma y necesitaba el inhalador, pero ella colocó su mano sobre las mías, haciendo que levantase la vista.

—N-no —alcanzó a decir—. N-no es eso…

Me senté en la silla a su lado, la había sentado en la del medio por si se caía, y Shinnosuke se sentó en la que estaba junto a mí.

—Pon la cabeza entre las rodillas —sugerí con mi brazo sobre sus hombros, sin saber qué más hacer por mi amiga.

Ella, sin preocuparse por el hecho de que llevaba vestido, llevó las rodillas al pecho y ocultó el rostro entre sus brazos. Sus hombros temblaron, estaba llorando.

Parpadeé desconcertada, jamás había visto a Shampoo llorar, pues ella siempre se está riendo, es igual a Ukyo en ese aspecto. Ninguna de las dos llora cuando les pasa algo, en su lugar se enojan y se desquitan con todo lo que respire. Acaricié su cabello, recientemente teñido –sí, otra vez- a lavanda, esta oportunidad con las puntas en color rosa pálido.

—¡Akane, Shampoo! —llamó Ranma, caminando en nuestra dirección—. Oh, ya, aquí están… ¿Hm? ¿Shampoo? ¿Qué pasa, princesa? —preguntó hincándose en una rodilla frente a ella, cuando no le contestó, volteó a mí—. ¿Qué le sucede?

—No lo sé, fue de la nada.

—¿De la nada? —repitió incrédulo, arqueando las cejas.

—Sí, entramos allí y ella sólo… —dejé la frase inconclusa, gesticulando con la mano a mi amiga.

La compresión chispeó en los ojos de Ranma y fue mi turno de arquear una de mis cejas.

—¿Qué viste? —preguntó Ranma, cuando no le contestó, repitió la pregunta con más urgencia—. Shampoo, ¿qué viste?

—No seas insensible —lo regañé, volteé a Shampoo—. ¿Por qué mejor no llamamos a Mousse para que se quede contigo, Shamps? —sugerí con suavidad sabiendo lo segura que se sentía cuando Mousse estaba con ella, que asintió, para luego sorber por la nariz. Volví a mirar a Ranma—. Ya oíste, Saotome, ve por Mousse, largo de aquí.

Ranma me frunció el ceño, pareció querer decirme algo, pero se lo guardó y corrió por el pasillo a buscar a nuestro amigo de lentes. La respiración de Shampoo se había normalizado y ya no lloraba, sólo sorbía por la nariz cada tanto. La marca de lágrimas secas comenzó a hacerse presente en sus mejillas, por lo que saqué un pañuelo y la hice mirarme.

—Ya pasó, Shampoo —la consolé, limpiando su rostro. No era la mejor persona para la tarea, sin embargo, me guié por lo que mis hermanas hacían cuando me consolaban.

En menos de lo que esperaba, Mousse llegó a la corrida y se sentó junto a ella, mi amiga se lanzó a él, enredando los brazos alrededor de su cuello y comenzando a llorar una vez más. El chico la consoló al oído en mandarín, para luego mirarme desconcertado, contesté encogiéndome de hombros.

Más pronto de lo que esperábamos, la chica china se separó de él. Volteó y se aferró a mi brazo, con mucha fuerza, sus ojos carmín me miraban suplicantes.

—Ir adentro, Akane, ser importante —no pude sino asentir a sus palabras. Ella me devolvió el gesto y volteó a ver a su novio—. ¿Llevarme afuera, por favor? No poder levantar.

Mousse sonrió tranquilizador y asintió, para luego pararse. Deslizó una mano en torno a la cintura de Shampoo y otra por debajo de sus rodillas, levantándola estilo novia. Comenzaron a alejarse por el pasillo, mas, antes de que desaparecieran de vista, Ranma les indicó que se quedaran dónde habíamos dejado las motos, que su papá estaría allí en unos quince o veinte minutos.

Entré a la habitación con Ranma tras de mí, Shinnosuke –que había estado tan callado, al punto que olvidé su presencia-, nos siguió. Señaló un punto junto a la cama, que parecía haber sido tirada con violencia porque estaba de costado. En el piso, había un sitio que había sido cortado en forma de cuadrado, como no pudimos sacarlo, Ranma fue a buscar la barreta que tenía en la Harley, esa que usaba para sacarle chispas al asfalto en las carreras.

Mientras Ranma iba a buscar aquello, yo me senté en el piso y resoplé. Estaban pasando tantas cosas tan rápido que la cabeza me daba vueltas. Shinnosuke se acuclilló a mi lado, poniendo una mano sobre mi cabeza a modo de consuelo.

—Gracias, Shinno-kun —le sonreí.

Me sonrió y Ranma volvió con la barreta en la mano.

—Hay que apurarnos, Papá llegará en cualquier momento y además hay que ayudar a Ryoga.

—¿Qué tiene Ryoga? —inquirí preocupada.

Me explicó rápidamente que Ryoga había comenzado a sentirse mal un poco después de que Shampoo y yo subiéramos, por eso se preocupó cuando la vio mal. Me informó también con cierta aprehensión que Ukyo ya había llamado a la mamá de nuestro amigo. No pude evitar hacer una mueca, la madre de Ryoga es dulce y maternal, casi tanto como la tía Nodoka. Sin embargo, cuando se enoja, parece un demonio salido del mismísimo infierno.

¿¡Cómo se les ocurre hacer semejante estupidez!? —nos gritaba furiosa la madre de Ryoga mientras que mi papá, tío Genma y Ranma estaban dentro del edificio buscando vaya-uno-a-saber-qué.

Me mordí el labio, optando por quedarme callada. Todos me siguieron el juego con la mentira que inventé para justificar nuestra presencia en ese lugar. Dije habíamos escuchado en la escuela que el lugar estaba embrujado y que decidimos hacer exploración urbana para ver si era cierto. Ucchan tomó la posta y acusó la existencia de un nido de ratas en la planta de arriba, razón por la que se asustó y comenzó a correr, acusación que Shampoo, quién aún no se había recuperado del todo, y yo alimentamos diciendo que también las vimos y que nos escondimos en un cuarto mientras el resto seguía corriendo. Un breve relato por parte de Ranma de cómo se tropezó y cayó por las escaleras llevándose a Ryoga consigo y voilá, la mejor mentira del mundo.

—¿Amaya…? —preguntó tentativamente Ukyo, quién se lleva tan bien con su suegra que hasta la llama por su primer nombre, como pueden ver—. No sabíamos bien que eso estaba allí, de haber sabido no hubiéramos venido. La verdad me dio mucho miedo cuando Ryoga se empezó a sentir mal —confesó.

—Entiendo, Ukyo —replicó ella, notándose su leve acento europeo y suavizándose el tono de su voz.

Lo primero que notas cuando ves a Amaya Hibiki, es que es extranjera, por el color de su cabello. Una larga melena rubia y lisa. Luego sus ojos, del mismo color que los de mi amigo, miel. No es mucho más alta que cualquiera de nosotras, pero su presencia es imponente. Siempre la he visto arreglada, con sus alhajas y sus vestidos caros. En ese momento, vestía uno de esos tapados de piel costosos que a Nabiki le fascinan.

Su marido, el padrastro de Ryoga, es un inglés de nombre Leroy. Había ido con ella en esa ocasión, estaba revisando a mi amigo de colmillos, ya que era médico de urgencias. También había revisado a Shampoo, que alegó haber tenido uno de sus ataques de asma.

La madre de Ryoga tomó aire un par de veces, con los ojos cerrados y los dedos índice y medio sobre las sienes, tratando de calmarse. Cuando lo hizo, volteó a ver a mi papá y al tío que recién volvían.

—¿Y bien? —quiso saber.

—Hay un laboratorio allá abajo —informó Papá—. Como dijeron los chicos.

—¡Eso ya lo sé! —espetó—. ¿Laboratorio de qué?

—Hablé con mi contacto de narcóticos —explicó Tio Genma—. Al parecer, estaban buscando este lugar, le pertenece a una organización yakuza y, aparentemente, son dealers de heroína en el distrito de Shinjuku.

—¡Heroína! —repitió incrédula—. Entonces Ryoga…

—Me temo que sí.

Todos volteamos a ver al muchacho, que se había quedado dormido sobre el hombro de su novia, ésta lo acomodó de modo que seguía recostado sobre su hombro pero los brazos de ella estaban alrededor suyo. A Amaya casi se le escapa una sonrisa ante aquella acción.

—Si se durmió quiere decir que ya pasó la primera parte, el subidón dura apenas unos minutos —nos explicó Leroy, para luego arrugar la nariz—. Estará así por unas horas y… después su cuerpo se purgará solo. Esa es la peor parte.

La mamá de Ryoga frunció el ceño.

—Genma, me voy a llevar a Ryoga a casa y Ukyo se viene conmigo —avisó, dejando claro que no le estaba pidiendo permiso—. Si a mi trésor le va a dar algo, prefiero que sea cuando esté en casa donde Leroy y yo lo podemos cuidar.

—Entiendo —luego miró a su hijo—. Ranma, sube la moto a la camioneta y haz lo mismo con la de Ryoga. Mousse, igual con la moto de Shampoo —expresó, volteando a verlo—. Los llevaré hasta el Neko-Hanten.

—Gracias, señor Saotome —agradeció Mousse con un pequeño asentimiento de cabeza, Shampoo estaba recargada en su hombro, pero la empujó ligeramente hacia mí y la abracé frotando su brazo para mostrarle que estaba allí, pues aún estaba un poco ida por el mareo.

—Luego también puedo alcanzarte tu mochila —ofrecí a Ukyo.

—Será lo mejor —aprobó la madre de mi amigo poniendo una mano en el hombro de la castaña—. Ukyo, te quedarás conmigo hasta que tu padre vuelva, ¿de acuerdo? —no pasé por alto que la pregunta no era más que una formalidad.

Mousse y Ranma terminaron de subir las motos a la parte de atrás de la camioneta del Tío y las ataron para que no se moviesen mientras que Shampoo y yo les observábamos desde la banca en que nos habíamos sentado, con mi amiga apoyando su cabeza sobre mi hombro, lucía tan cansada. Shinnosuke no había desaparecido, de hecho, estaba junto a mí, con carita de no saber muy bien qué estaba pasando. Bueno, siempre fue distraído.

¡Hola, Tía! —saludó Ranma a la mamá de Mousse cuando nos estacionamos frente al Neko-Hanten

La señora Fang-Yi estaba afuera del restaurante, colgando algunos carteles con las nuevas promociones semanales en la entrada, cuando llegamos. Tengo que admitir que me sorprendí un poco al oír a Ranma llamarla así. Digo, no me es extraño que Mousse llame "Tía" a Nodoka porque ¡duh! todos la llamamos así. Hasta que recordé que la mamá de mi amigo es, a su vez, amiga de la tía, y es por eso que Mousse y Ranma se conocen, de hecho.

—Hola, querido —le saludó con una pequeña sonrisa—. Espero que sea una visita social y no que mi hijo esté en problemas, Genma —bromeó.

—¡Mamá! —se quejó el aludido.

Su madre le ignoró por completo, para luego invitarnos a pasar. Mientras Papá y el Tío hablaban con la señora Fang-Yi y el padre de Shampoo, que muy lejos no estaba, nosotros subimos arriba, al cuarto de mi amiga.

—No puedo creer que nos metiéramos a una guarida yakuza —comentó Ranma, parecía divertido por lo sucedido y sus ojos lucían brillantes de la emoción—. Digo, ¡wow! ¿No?

Lo miramos mal y, al menos, tuvo la decencia de encogerse en sí mismo. Mousse y Shampoo no dijeron nada, sabían que yo iba a regañarlo el resto del camino a casa. Dicho y hecho, continuamos hablando de temas triviales y, como mis amigos terminarían tarde en el restaurante, me comprometí a llamar a Ukyo para preguntar cómo seguía Ryoga, con la condición de que Shampoo me mandara un mensaje sobre cómo seguía sintiéndose a lo largo de la noche. Ya estaba mejor e incluso tenía más color en las mejillas. Eso me dejaba tranquila, pero aún así.

Horas más tarde, luego de que Ranma y su papá cenasen con nosotros, mi amigo y yo nos escabullimos al patio. Nos habíamos excusado diciendo que iríamos al Dojo y que luego llamaríamos a Ukyo. En realidad, no entramos, sólo nos sentamos en los escalones y Ranma encendió un cigarrillo en tanto yo rebuscaba entre los contactos de mi celular el número de mi amiga. Puse el altavoz y me senté un poco más cerca de mi acompañante debido al frío aire nocturno que se arremolinaba a nuestro alrededor.

¿Hola?

—Hola, Ucchan, te habla Akane. Estoy con Ranma, estás en altavoz.

¡Hola, chicos! ¡Qué sorpresa que llamen!

—Te dije que lo haría —le recordé—. Y dime, ¿cómo sigue Ryoga?

Se escuchó un suspiro cansino del otro lado de la línea.

Ahora está durmiendo, por suerte, pero está helado. Hace como media hora que empezó a temblar y le bajó la temperatura. Leroy dice que es normal que le pasé. Un poco después de eso, se despertó y empezó a vomitar. Como dije, y por suerte, ya se volvió a dormir.

—¡Qué bueno, Ukyo! —aprobé, sin poder ocultar mi sonrisa—. Entonces no fue tan grave, ya pasó.

Qué ya pasó, ni que ocho cuartos, Akane —me regañó—. Leroy dice que lo peligroso de la heroína es que hace que el corazón te lata más lento y que respires más despacio, cada media hora viene a controlar a Ryoga por si acaso. Hasta ahora no hay cambio, pero no podemos confiarnos. Ah, y gracias por mandar a Ranchan con mis cosas, para colmo mi papá me mandó un mensaje diciendo que tardará más en volver.

—No te preocupes, princesa —intervino por primera vez Ranma—. Estamos para lo que necesites. Ahora tú cuida al cerdo, Akane y yo pasaremos a verlos mañana.

Gracias, Ranchan, Akacchan. Sabe que realmente lo apre-… Ay, no.

—¿Ukyo?

Se escuchó mucho ruido del otro lado de la línea, por lo que el de la trenza y yo nos miramos, sin saber qué sucedía. Me mordí el pulgar levemente mientras miraba el celular, esperando una respuesta.

—¿Ucchan? —inquirió Ranma.

Tengo que irme, Ryoga se despertó —nos explicó apresurada—. Los veo mañana. ¡Ay, Ryoga-…! —la oímos decir antes de que se cortase la comunicación.

Con un movimiento de mano rechacé el cigarrillo que Ranma me ofrecía. Eso último me había quitado las ganas. Soltando un suspiro cansino, descansé la cabeza contra la puerta cerrada del dojo. Por muy egocéntrico que sonara, no podía acallar aquella vocecita en el fondo de mi mente que me decía que todo eso era mi culpa. En retrospectiva, ¿por qué fuimos a ese hospital abandonado? ¿Por qué fuimos a la Mansión Kuno? ¡Por mí! Siempre era por mí.

Ranma colocó uno de sus brazos alrededor de mis hombros y me atrajo levemente hacia él, tomándome por sorpresa. No tuve tiempo de preguntarle nada, pues mi teléfono timbró en mi mano, debido a la llegada de un mensaje.

«Justo acabar turno. Yo sentir mejor :). ¿Cómo estar Ryoga?».

Al parecer Shampoo si había trabajado esa noche, pese a no sentirse muy bien. Fruncí los labios y tecleé una rápida respuesta para que se quedasen tranquilos ella y Mousse.

«Está mejor, Ukyo me dijo que Leroy está controlándolo. Por suerte, ya están en la última parte, o sea que se está recuperando. Mañana iremos a verlos. Espero verlos allí».

Dejé el teléfono a un lado y volví a suspirar, recargándome en el hombro de Ranma esta vez.

—¿Quieres hablar?

—¿Sobre qué, Ranma? —pregunté, volteando a mirarle.

—No te hagas, marimacho, yo sé que algo te pasa. Ahora dime qué es.

—Es… es Shinnosuke —confesé, él asintió, animándome a continuar—. Él siempre fue un chico enfermo, tenía leucemia.

—Ah…

—La última vez que lo vi… él estaba ganando la batalla, Ranma —dije, tratando de ahogar un sollozo—. Se estaba poniendo bien.

—Bueno… las cosas pasan, Akane. Tal vez tuvo una recaída.

Negué con la cabeza y le pregunté si recordaba cuando, estando en el Neko-Hanten más temprano, Shampoo me pidió que la acompañase a "buscar algo". Nunca le había preguntado a la chica cómo funcionaba su don, nunca hizo falta. Sin embargo, ella me lo explicó sin rodeos. No oye, ni ve a los fantasmas, pero, como han visto, puede sentir sus presencias. Y luego están sus visiones.

Mi amiga es capaz de ver cosas en sueños y, en caso de llegarse a encontrar con algo perteneciente a un espíritu, ¡BAM! tiene una visión cual gitana de feria. Ella vio a Shinnosuke morir, él no supo en qué se estaba metiendo. Sólo quiso ayudar a esas personas cuando descubrió que planeaban incendiar el hospital para quedarse con el lugar. No sabía que eran yakuzas, no lo sospechaba cuando escondió carpetas en su cuarto con información importante bajo el piso de su cama. Entre lágrimas, se lo conté a Ranma.

No pude sino ocultar mi cabeza entre mis brazos sobre mis rodillas flexionadas cuando llegué a la parte sobre lo que hicieron con él. Uno de esos malditos le dio un tiro en el pecho a quemarropa y lo dejó allí, tirado. Solo. Nadie lo ayudó, nadie recordó que él estaba allí, porque no debía estarlo. Él se había curado, pero volvió al hospital, fingiendo ser uno de los enfermos para poder ayudar a esa gente. Los sollozos me sacudían el cuerpo, no había podido desahogarme justo después de que Shampoo me lo dijese, había tenido que guardar mi compostura.

Ranma me abrazó.

—Volvió para ayudarlos, Ranma… él sabía lo que querían hacer con el hospital. Se lo dijo una de las enfermeras… la que nos siguió en el pasillo. ¡Él sólo quería ayudar a esa gente, Ranma! ¡Hubo un montón de pacientes que no pudieron soportar el traslado a otro hospital, que no lo lograron! ¡Shinnosuke quiso hacer lo correcto y esos bastardos lo mataron! Lo dejaron tirado para que el incendio borre la evidencia… —me negaba a expresarlo de otra manera.

—Está bien, Akane… —me dijo, acariciando mi cabello.

Levanté la vista, notando que algo no estaba bien. Fue cuando noté lo helada que estaba la piel de Ranma, lo lejana que se oía su voz, lo vacíos que se veían sus ojos. Era casi como si…

—¿…Ranma? —pregunté, al no obtener respuesta, lo tomé de los hombros y lo sacudí, elevando el tono de mi voz—. ¡Ranma!

Respuesta a reviews:

PaulayJoaqui:Como puedes ver, Shinnosuke era el que le mandaba las cartas a Akane. Quería que alguien terminara lo que él no pudo, ¿quién mejor que Akane? Beso y muchas gracias por leer y comentar :3.

Dee-Dee Zednem

27/08/17

08:06 p.m.