—Capítulo 8—

Hotel de Sumisión


Pensé que iríamos a la casa, al principio lo pensé así. Pero cuando curvó a la izquierda, dudé. No era la ruta que Himuro-san siempre tomaba. Miré hacia los costados, ese camino si no me fallaba la memoria nos conducía al centro comercial. Los escaparates de ropa, las tiendas de golosinas, cafeterías abarrotas hasta detenernos en un servicio para lavado de autos. Con un botón hizo cerrar todas las ventanas y asegurar los pestillos.

No me quedaba duda que era uno de esas mecánicas modernas. Miré por la ventana y un chorro de agua cayó sobre el vidrio, me espantó un poco por lo repentino ¡Era genial!

—¿Vas a volver a desear que me chanque un tráiler? —Escuché.

—Dije camión. —Me defendí—. Un tráiler es un grado más alto de odio… Y no, no quiero que después me andes castigando por las trufas. Eres de los que se cobra hasta el más mínimo detalle, "amo".

"Quién sabe", lo oí decir. Miraba hacia en frente donde dos motas de tela llenas de espuma limpiaban el parabrisas. Se quitó el cinturón de seguridad e hizo retroceder su asiento para no estar tan pegado al timón, le dio un aire relajado.

—No me digas amo, me daría vergüenza que alguien te oyera decirme así con lo poca cosa que eres. Omítelo a la medida posible, Thumper.

No abrí la boca, ladeé el rostro para darle a entender que no tenía intenciones de conversar con él si iba a empezar a atacar u ofender mis sentimientos. Hacía lo que podía, pero si para Himuro-san eso era una porquería, bien. Si quería dialogar, entonces podía hacerlo con los asientos o el aire acondicionado, porque la poca cosa se reservaría su comentario.

—Cuando volvamos a casa te aseguro que querrás hablarme —Siguió—. Apuesto que lo harás y si puedo atinar más, te pondrás a rogar.

—Dichoso tú entonces —respondí—. Y ya- ya…O-oye…

Me estaba jalando, me opuse. Mi resistencia no era tan mala, pero igual logró sacarme de mi asiento, mandando mi cinturón a envolverse de nuevo. Estaba casi encima de él. Me cargó y por más que hice al final quedé sentado sobre su regazo con las piernas abiertas como si fuera un niño. Traté de apoyarme en algún lado para no estar tan próximo a él, pero contra mi espalda estaba el claxon y no quería ocasionar ruidos molestos. Así que a mala gana tuve que encorvarme un poco estando más cerca de su persona.

—Si tocas el claxon, disfrutarás media hora de la oscuridad —Advirtió.

Me crispé.

Jaló la palanca alterna y me acercó más al timón, por unos centímetros y me clavaba un castigo yo mismo. Lo tuve que abrazar y apegarme a su cuerpo lo más que pude, tanto que sentía su miembro apretar el mío.

—¿Te sucede algo? Estás rojo —me susurró.

—Nada que te importe.

A veces me pregunto si le gusta ponerme en esas situaciones. Apoyé mi mentón sobre su hombro y miré hacia la parte de atrás, desviaría mi atención hacia otra cosa para no excitarme con esa fricción. Pero no sirvió de mucho mi distracción al dar un respingo por sus caricias tan repentinas.

—¿Vas a seguir tan tímido? —me susurró sobre el oído. Recorrió, apretó y deslizó sus manos por mis piernas hasta llegar a mi parte trasera, deteniéndose para sujetarme firme desde ahí. Las yemas de sus dedos estaban aferradas a mis nalgas, me hizo moverme un par de veces solo para frotarse contra mí. Lo pude sentir, algo duro sobre mi virilidad. Hundí el rostro en el vaivén de su cuello de la vergüenza. Nunca me había dejado tocar por un hombre.

—Himuro-san —murmuré—, me dijiste que iríamos despacio…No me toques así, no quiero hacerlo aquí…

—Estoy yendo despacio. —Retiró una de sus manos de mi trasero y con un dedo delineó mi rostro—. Thumper, ¿quieres que te repita que todo tu cuerpo es mi propiedad y puedo disponer de él cuando yo quiera? Eres mío desde hace dos semanas.

Sus labios estaban sobre los míos, su aliento a menta me hacía querer besarlo. Perderme y disfrutar del sexo. Pero me denegué esa posibilidad, no iba a ser con él la primera vez.

Desprendí una de mis manos de su espalda y empujé levemente desde su torso, solo unos centímetros para no caer en su juego.

—Thumper, ¿por qué no eres un poco más atrevido?

Me puso el mismo dedo a la mitad de mi pecho y me hizo retroceder más, me dejé, no me detuve a pensar en el claxon, solo lo recordé cuando lo oí sonar.

Mi piel palideció en ese instante.

—Tú lo tocaste, no yo —dije de inmediato. Himuro-san me hizo a un lado y lo hizo sonar de nuevo.

—Ese sí fui yo —dijo tranquilo—. Regresa a tu asiento y ten cuidado con el claxon si no quieres aumentar a 1 hora.

Debía estar jodiéndome. ¿Por qué es así? A veces se pone tan meloso y de un momento para otro me lanza desnudo a un castigo. Su humor es tan vulnerable que me confunde.

Me resigné a no poder entenderlo e hice todo lo posible para salirme sin tocar esa maldita bocina, pero al internar levantar la pierna, me jaló de esta adrede. Moví mis manos, precipitado por no darme de cara contra la palanca principal y, como era de esperarse, mi codo se estrelló contra ese aparato.

—Una hora… Vaya, se ve que te gusta ese lugar.

—¡Y una mierda, Himuro-san! —Me enojé, no iría a ese hueco—. Tú eres el que me hace tocar esa maldita cosa. Déjame salir sin jalonearme.

No lo entendió. Llegué a mi asiento con 7 toques, de la cólera me puse a presionar el claxon una y otra vez hasta cansarme. Mejor dicho, hasta que Himuro-san se hartó y me sostuvo de la muñeca.

—¿Te gusta que sea así? —preguntó— ¿Cómo dices tú? Solo bromeaba~.

Llené mi boca de aire. Me había asustado. Pero por lo menos eso me dio a entender que todo ese tiempo estuvo jugando.

Encendió el carro y me dejó solo en el coche mientras él iba a pagar por el servicio de lavado. Fue bastante rápido.

El cielo estaba opaco, ya se estaba haciendo de noche, miré el reloj del auto para cerciorarme y eran las 6 menos cinco. Con justificación se estaba oscureciendo y con razón que me rugía la tripa, a esa hora solía comer dos bollos de mantequilla que me llevaba mi madre a la casa para que me alimentara mejor porque su sexto sentido le decía que yo estaba anoréxico.

Volvió a los quince minutos con una boleta que dejó en la caja del carro, tamborileó con los dedos sobre el timón y me señaló el restaurante de carne que había a unas cuadras, pero desde nuestro lugar se podía apreciar a la perfección. Me preguntó si quería comer algo antes de ir al hotel. Me negué, nunca aceptaba sus gestos de bondad por molestarlo también.

—¿Estás seguro que no quieres comer nada? —Me volvió a ofrecer cuando mi odioso vientre comenzó a sonar.

Un enrollado económico no me caería tan mal, debía ser consciente con mis entrañas y entretenerlas con algo. Tuve que aceptar la invitación.

La cola era realmente extensa, una espera que no justificaba con lo poco que íbamos a comprar. Pero aun así, nos quedamos. Como haciendo tiempo, Himuro-san me contó que en ese local una vez conoció a una chica llamada Alex que ahora era como su madre. "Pobre mujer, no sabe a quién ha adoptado", dijo mi inconsciente en silencio.

Esperamos cerca de una hora para que nos dieran nuestras órdenes. Yo salí con un enrollado de pavo con ensalada de verduras verdes y él con uno de chicharrón con todas las cremas, papas regulares y su soda de naranja, de regalo sus dos Nuggets.

—¿Por qué tú sí con papitas y yo no? —comencé con las quejas al entrar al auto.

—Pareces un niño chiquito —Hizo una pausa para dar otro sorbo a su bebida— y no puedes tragar tanto. Te necesito con el estómago medio vacío, no medio lleno.

¿Cómo planea que me enamore de él si me trata así? Tuve que comer sin protestar las miserias que me daba. Sus sobras de dinero. Comí despacio, lento porque al finalizar ese pedazo de tortilla de pan me llevaría al dichoso hotel. No quería, no me sentía emocionalmente preparado para acostarme con él, ni siquiera físicamente.

Sus caricias me dan escalofríos, no es que me exciten porque me guste sino por abstinencia desde hace unos meses. Es más, Himuro-san se aprovecha de que estoy muy necesitado de placer carnal, porque si no fuera así, hace rato me hubiese tirado de un puente porque eso de soportar unas manos que no te hacen ni cosquillas, no va conmigo.

Lamentos

Risa irónica

Al final se dio cuenta y arrancó sin que yo haya terminado, me miraba de soslayo cada cierto tiempo para confirmar que estaba que me orinaba de los nervios. Me sobaba los brazos con frecuencia al sentir mis bellos erizarse. La piel la tenía de gallina.

Estacionó en un edificio de pintura mostaza que en un principio me pareció una discoteca. Se veía como una: Luces de neón, una fila inmensa de chicos y chicas esperando ser aceptados por el de seguridad y ese olor a cigarrillo. Lucía como un cabaré de las bajas cloacas. Pero no lo era a la misma vez porque nunca había visto uno de esos en un lugar que parecía un bloque de departamentos. Incluso ese sitio era urbanizado, con rejas y un señor de seguridad en la esquina. No traía uniforme, pero era obvio deducirlo, traía un arma consigo y todo el mundo lo saludaba como si fuera el de la cuadra.

Seguí a Himuro-san de cerca. Cada paso que él avanzaba, yo lo hacía también. No me quería separar de él por nada del mundo, más con las miradas lujuriosas que algunos tíos traían encima. En especial los de la barra, un poco más y me violaban con la mirada.

Fuimos por un pasillo que terminó en el ascensor del edificio. Me hizo pasar y apretó el piso número 7, eran 15 más sótano y estacionamiento subterráneo por lo que pude apreciar en los botones. Me miré en el espejo que había detrás de nosotros, estaba algo pálido. Toqué mi piel y froté mis mejillas para sonrosarlas un poco. Lo peor que podía hacer era parecer un niño de casa listo para ser azotado. Aunque literalmente quizás iba a pasar eso.

Cuando se abrieron las puertas, me colgué de inmediato del brazo de mi amo. Ahora sí lo gritaría si era posible, Himuro-san era mi amo y nadie, nadie tenía derecho a tocarme sin su consentimiento y estaba seguro que él pensaba lo mismo porque su mirada decía mucho. Algunas pasaron por nuestro costado, saludaban con la mirada y seguían su rumbo.

—Thumper, te recomiendo que mantengas la boca cerrada y si no quieres tener problemas conmigo, nada de hacer berrinches aquí. —Su voz salió gruesa—. Te lo estoy advirtiendo.

—Te juro que no hago ningún espectáculo, pero vámonos. Este lugar me da miedo —le susurré entre que avanzábamos por ese estrecho hall tan congestionado.

Salimos a una pequeña recepción, en la entrada estaba una chica de cabellos castaños que agitaba su mano muy animada hacia nosotros. Nos acercamos a ella e Himuro-san se apoyó en el escritorio, le dedicó una de esas sonrisas de galán.

—¿Todo va bien? —le preguntó, me sorprendió lo seductor que podía sonar— Espero que esta vez no me tengas malas nuevas, Riko.

—Por supuesto que no, Himuro-kun —dijo mostrándole un panel—. Todo en orden y con los quince nuevos aceptados ya trabajando como debe ser.

No quise inmiscuirme más en su conversación, mis ojos demandaba la atención de otra cosa: Las paredes. Eran de color negro como esa habitación. En algunas partes tenían colgadas herramientas que eran destinadas para los castigos físicos del BDSM. Entre ellos bozales, pinzas, esclavas, cadenas, látigos; todo lo que no tocaría mi piel o eso esperaba.

Me dio un helar por toda la columna vertebral de un segundo a otro. Retrocedí para pegarme más a Himuro-san.

La gente comenzaba a mirarme, unos con asombro, otros con recelo. Incliné mi cuerpo hacia la izquierda un poco para ver que había al pasar esa gran puerta corrediza de vidrio. Me erguí de inmediato al ver salir a un par de chicos. Uno alto de cabello castaño oscuro y otro más chiquito, rubio pálido. Traía una pelota roja en la boca, la mordía, eso le imposibilitaba hablar.

—Himuro —Lo saludó el mayor— ¿Vienes a supervisar a los novatos? Un momento…

Ese gigante de más de dos metros, lo apuesto, dirigió su mirada hacia mí. Regresé unos pasos más hasta quedar en la espalda de mi amo. La cara de ese sujeto era demasiado imparcial y relajada que me daba desconfianza.

—¿Y este enanito? ¿Es nuevo, Riko? —le preguntó de frente a la castaña— ¿Lo puedo probar? Se ve que necesita un poco de dolor en su vida.

Me quiso jalar, pero Himuro-san le negó con una mano.

—Es mío.

—¡¿Tuyo?! —preguntaron la recepcionista y el otro a la vez— ¡¿Estás entrenando de nuevo?!

Me retraje, lo escuché del idiota con sonrisa de baboso esa tarde. Pero no le presté tanta atención como en esa ocasión. Me extrañé, por el asombro de esos dos me dieron a entender que Himuro-san no guiaba a ningún sumiso ya hace bastante tiempo.

—Sí, encontré lo que buscaba —respondió calmado. Me empujó desde la espalda para ponerme delante de él—. Él es Thumper.

La chica salió detrás del mueble para inspeccionarme. Me cogió el brazo, me lo levantó. Alborotó mi cabello, tocó mi piel y sacó una cinta métrica para tomarme la medida de las caderas y la cintura. Incluso me manoseó el trasero más de tres veces como si yo fuera un juguete en proceso de valorización.

—¿Él? Himuro-san, no te ofendas con lo que te voy a decir, pero… ¿Él es lo que buscabas? No se le comparaba ni una gota a Tod. Como que le falta cuerpo ¿No?

—Tienes que ser descarada para tú decirme eso, tabla de planchar —le contesté, pero a los segundos me tapé la boca con ambas manos.

Había metido la pata, Himuro-san me miró con una cara de que me iba a castigar hasta el año cinco mil al llegar a casa. Apreté los ojos y pedí disculpas junto con una reverencia.

—Y como que le falta educación —agregó la prejuiciosa esa— ¿Hace cuánto lo has tomado? Me extraña que se atreva a abrir la boca.

—Está en proceso, Riko —respondió después de suspirar—. Hay que mejorar muchas cosas, pero no es un imposible. Por lo menos, no para mí ¿Hay mucha gente, Liu?

El grande fue el que habló, según él sí. Para cada habitación se debía esperar un aproximado de veinte minutos. Pero había algunas salas que sí estaban disponibles, solo las menos elaboradas que eran técnicamente para novatos como yo.

Himuro-san le agradeció el dato y le dio la mano en despedida. Le levantó el cerquillo al chico de la bola roja y avanzó jalándome a mí de la muñeca. Pude leer en la correa que tenía ese sumiso: "Kensuke". Ese debía ser su nombre.

Creí que me llamaría la atención al entrar, pero no lo hizo. Siguió caminando y pude oír los gritos. Gritos que no se escuchaban tan bien por la bulla que provenía del primer, segundo y tercer piso del edificio.

Casi me caigo al ver a Nijimura-san salir de uno de los cuartos. "Cómeme tierra", pensé y maldecí a Dios por ser tan malo conmigo. Pero se me pasó cuando me di cuenta de que si él estaba ahí era porque estaba involucrado en todo ese negocio sucio de porquería. Me analizó de pies a cabeza como si no me reconociera, mas sonrió para mi amo.

—Sabía que lo buscabas a él ese día, Tatsuya —dijo con un tono jocoso, y amigable le dio una palmada en el hombro—. Mucha suerte, no te subestimo. Lo sabes, pero con este vas a tener que ser bastante intransigente. No aprende a la primera ni a la segunda.

—Me estoy dando cuenta de ello, Shū —habló con los hombros encogidos—. Más bien, te tengo un mandado. Necesito que llames a…

No escuché, le susurró en el oído.

Hice una mueca con los labios. Mayormente no me ocultaba nada, todo lo que hablaba con sus compañeros yo lo oía ¿Por qué ahora andaba con secretos?

—Descuida, déjamelo a mí. Aparte que es mi responsabilidad.

—Para la próxima piensa, no botaste a cualquier tonto. Lo botaste a él, por eso te dije que seas considerado. Pero ya qué más da, solo arréglalo —dijo finalmente—. Por cierto, ¿y el perro? ¿Lo dejaste ir?

—Ni en mil millones de años, está en el décimo piso castigado. Pero justo venía a recogerlo, de aquí ya me voy para mi casa y me encargo del asunto. Nos vemos.

Ni se despidió de mí, me ignoró olímpicamente. Me quedé con la mano alzada, fue frustrante.

Dejé mis niñerías de lado cuando Himuro-san me metió a uno de los cuartos en un parpadeo. No había nadie, ese debía ser uno para recién llegados. Había dos cadenas colgando desde el techo, una mesa y una especie de cofre encima de esta. Pretendía husmear, pero él no me dejó. Me llevó hacia las esposas que colgaban y me aprisionó una de las manos.

—Empecemos con esto, Thumper —me comenzó hablar, ya se le había pasado la mala cara de hace un rato—. Al principio va a doler, pero te vas a acostumbrar.

—¿Qué me vas a hacer? —pregunté. Me enganchó el otro brazo, quedando cara a cara con la pared. Le estaba dando la espalda, eso me preocupaba de sobre manera. Levantó mi polo y lo sujetó con dos ganchos de fierro que sacó del baúl.

—Nada que no puedas soportar —continuó— ¿Quieres que juguemos o solo actuamos?

¿No era lo mismo? No sabía qué contestarle. No esperó por mi respuesta y desabrochó mi pantalón, que cayó por la propia gravedad al suelo. Me lo retiró con uno de los pies, arrimándolo para un costado. Rebuscó en esa caja de madera y cogió varias correas. Me puso dos en cada pierna, apretando mi piel. Sentía como si mi sangre no circulara.

—Himuro-san, está muy fuerte —Me quejé—. Suéltalas un poco por favor.

—Es el nivel más bajo, agradece —Noté sus labios posarse el inicio de mi cuello, mordió e hizo un círculo con su lengua, esa humedad me estimulaba—. Si te relajas será mejor, Thumper —continuó—. Si no lo haces, puede llegar a ser una experiencia dolorosa.

Lamió ahora el filo de mi oreja, solté un suspiro lleno de deseo. Estando atado de esa manera, solo me convenía dejarme llevar. Acepté sus roces, sus manos presionar mi nalgas sobre la ropa interior, sentir sus uñas rasgarme levemente las piernas. Jugó con el elástico, tiró de él varias veces haciéndome doler cuando lo soltaba.

—¿Ya no te vas a resistir, Thumper? —Picó mi mejilla con sus dientes, ladeé el rostro para el otro lado para liberarme— Así de sumiso eres mucho más atractivo.

—No te parezco… ¿No te parezco poca cosa al lado de Tod?

Lo oí chasquear la lengua, quise mirarlo. Pero el impacto de un látigo en mi espalda me hizo gritar, una franja roja me picaba de extremo a extremo, ardía como nunca antes había sentido. Las palabras se quedaron atoradas en mi garganta y mis ojos comenzaron a actuar, se humedecieron.

Me dio otra más, le pedí por favor que no lo hiciera. No me gustaba, no quería que siguiera con eso. Traté de zafarme, de romper esas cosas que aprisionaban mis muñecas. Pero era inútil. Solo conseguía hacerme heridas.

—Suéltame, no quiero —le dije, miraba hacia el suelo viendo mis lágrimas caer—. Sácame de aquí, no soy un sumiso. No me gusta ¡No siento nada más que dolor con esto!

Me azotó de nuevo, le dio a mis piernas que temblaron.

—Soy muy amable, Thumper. Soy bastante amable, mucho más que cualquiera de aquí. Pero hay algo que no le permito a ninguno de tu especie. No vuelvas, escucha bien —dijo cogiéndome del cuello. Estrujó y estrelló mi frente contra la pared sin medir su fuerza—. No quiero que vuelvas a mencionarlo ¡Menos tú!

—No lo haré, te lo juro. Perdóname, no lo volveré a hacer —Supliqué—. Te lo juro, Himuro-san. No fue mi intención —Reincidió, volvió a golpear en mi espalda— ¡Por favor!

No sé cuántas veces le rogué, ni cuántas lágrimas derramé. No me hizo caso, no escuchó si quiera mis disculpas. Cada palabra que pronuncié fue una excusa perfecta para castigarme, para hacerme sentir como una cucaracha a sus pies. Me insultó, me dijo que era la peor basura que podía haberse topado. Me tocó hasta el punto más sensible que tenía, mi familia.

Dejó mi espalda llena de marcas, mis piernas vibraban por sí solas cada que recordaba el dolor de esos latigazos. Trataba de controlar mi llanto, de opacar mi estado tan patético, pero no podía, no dominaba mi sollozar.

Me encontraba sofocado, soltaba jadeos y mi respiración era bastante irregular.

—¿Vas a seguir chillando? —Me preguntó, él ya estaba sentado en el suelo. A mi lado como si se estuviese arrepintiendo— No te di tan fuerte.

—Te odio, y no sabes cómo deseo que la policía te embauque a ti y a todos los de esta estúpida organización —susurré entre mis quejidos—. Vas a ver, tarde o temprano tú vas a ser el que termine obedeciendo las reglas. Te lo juro, Himuro-san.

Se levantó del suelo y me sacó las correas, pero no liberó mis muñecas. Lo hizo en silencio, palpó la piel abierta, me contraje. Salió de la habitación y me dejó respirar sin tener que compartir el mismo aire.

"Mamá", murmuré ya solo. Solo quería ir y abrazarla, pedirle perdón por haberle gritado aquel día en que se preocupó por mí. Deseaba regresar a mi casa donde aunque sea me daban un plato de comida caliente sin pedirme algo a cambio, sin reglas, sin armas de doble filo. Nunca debí salir de ahí.

Me exalté cuando escuché la puerta cerrarse. Abrí los ojos y lo vi acercarse. Traía un botiquín en sus manos. Sacó el algodón untando en un poco de alcohol. Limpió las llagas, me ardió. Pero no tanto como hace una media hora. Terminó de desinfectarme y soltó un suspiro.

—¿Quieres ir a casa?

—Para qué me preguntas si al final tú siempre haces lo que se te da la gana —escupí—. Deja de aparentar ser bueno conmigo, ya me quedó claro qué clase de bazofia humana eres.

"Kazunari", escuché. Sonó como a un susurro.

—¿Qué? ¿Hay algo más que me quieras consultar, Himuro-san? —Satiricé— ¿O ya me vas a tirar al saco de los secuestrados? ¿A ellos cómo los tratan? ¿Peor?

Dejó que me vista, abrió las esposas para poder caer al suelo. Me puse el pantalón y salí de ahí sin siquiera voltear a verlo. Lo esperaría en el auto, así quisiese irme corriendo… Lo único que lograría sería poner en riesgo a mi familia.

Con rabia empujé a los que estaban en mi camino, unos me lanzaron impropios que ignoré. Apreté el elevador y bajé hasta el primer piso donde la bulla me producía más cólera. Impotencia de no poder salir. Miedo de no aguantar.

Llegué hasta la camioneta negra y rebusqué en mis bolsillos mi celular. Marqué al celular de Miyaji-san, necesitaba hablar con alguien. Necesitaba escucharlo. Timbró más de diez veces, nada. No hubo contestación por más que lo llamé. Intenté con el teléfono de su casa, sonó un par de veces antes de ser tomada la llamada.

—¿Miyaji-san? —pregunté con la voz quebrada.

—No, ¿quién es? —Su voz me sonaba a ese idiota— ¿Quiere hablar con Miyaji-san? Él no se encuentra, ha salido hace ya un par de horas… —Odié ese tono tan formal ¡Lo odié!—. Pero apenas vuelva yo le puedo dar su recado ¿Me deja su nombre?

Corté.


Gracias por leer~