Sirius rompió el informe con total ira. No podía creer que llevaba un año intentado deshacerse del estúpido rubio y del grasiento murciélago. Más de un maldito año intentándolo y nada.
Todavía recordaba el primer fracaso. Ese fue el peor error de todos y es que el ataque del andén era perfecto; pero nunca se imaginó que Harry y Neville podían estar ahí para frustrar su intento. Claro que, después de eso, todo se complico. El Ministerio protegió a Malfoy y familia como si fueran lo más importante del mundo. Todo porque Hermione tiene una gran amistad con Anna Malfoy.
Acercarse al rubio con intenciones homicidas cada día fue más difícil y ahora las oportunidades eran nulas y para colmo de males, Remus insistían en regresar. No se lo decía claramente; pero hacía comentarios que indicaban que quería volver y eso le estaba desquiciando. Sabía que si regresaban, Draco se encargaría de revelarle la verdad a Remus y Sirius no quería perder lo que más amaba en la vida.
Porque amaba con todo su corazón a Remus, él fue su razón para seguir con vida en Azkabán, por él luchó contra Voldemort, por él iría al infierno a matar de nuevo a cada Mortífago. No. Definitivamente no perdería a Remus por una tontería de borracho. No le perdería por un asqueroso mortífago que se creía con derecho a vengarse.
Y si no podía deshacerse de él definitivamente, sí le alejaría. Draco Malfoy tendría que regresar a Burdeos si no quería perder todo su hermoso viñedo y sus adorables negocios.
Cuando Draco recibió la llamada de emergencia estaba intentando planear una sorpresa para Aarón y para Dorian, que estaban a unos días de concluir su cuarto y tercer año en Hogwarts; pero la llamada de Armand le dejó como una piedra. Una plaga estaba azotando los viñedos y por otro lado había una crisis en la fábrica.
Anna estaba intentado averiguar qué pasaba en la fábrica, mientras él le escribía una carta a Aarón explicándole la situación. En los últimos dos años las cosas habían estado un poco difíciles para Draco y su familia. Todavía no sabían de dónde venían tantos ataques; pero por lo menos agradecía tener a medio Ministerio protegiéndolos y, por qué no, también a los dos ex leones que estaban pendientes de cada movimiento.
Aarón leía atentamente la carta de su padre y estaba sumamente preocupado por él. No quería que regresara a Francia solo y menos ahora que todo estaba tan complicado. James observaba a su amigo con una cara que nunca le había visto. Sus facciones frías y aristocráticas se contraían de preocupación.
— ¿Ha pasado algo en tu casa?
—No, aún no. Es que papá tiene que ir a los viñedos y eso me preocupa. Iría solo, mamá tendría que arreglar algunas cosas aquí.
—Tu papá es un excelente mago. Se sabe cuidar muy bien.
—Lo sé; pero es que con los atentados y todo eso, me preocupa.
— ¿Y si le decimos a mi papá que le acompañe? –Los ojos azules de Aarón se iluminaron al instante en el que James terminó la frase. Sería genial que el Profesor Potter acompañara a su padre.
—Pero no creo que quiera.
—Yo le convenzo si tú convences a tu padre de que admita al mío de guardaespaldas.
La angustia de Aarón pareció disiparse y recuperó el semblante que tanto le gustaba a James. De nuevo parecía el arrogante hijo de puta que todos querían por sus hermosos ojos azules.
Draco todavía no comprendía como había terminado aceptando que Potter le acompañara a los viñedos. Tal vez había sido la insistencia de Aarón o la súplica de Anna porque no fuera solo y ahora ahí estaba, con Harry –me veo sexy –Potter, rumbo a su viñedo y con la maldita preocupación de no saber cómo estaba su cosecha.
Según le había dicho Potter, el inútil de Longbottom le dio un veneno que mata todas las plagas de las plantas. Menuda cosa. Se iba a fiar de un Sanador que tenía como hobby la Herbolaria, además de ser humillado por un ex compañero y un ex Profesor.
Y es que no les perdonaban para nada; pero Draco admitía que ellos se estaban portando bien y también estaba el detalle que sus hijos parecían empujarles para aceptar a los leones violadores en sus vidas. Todo sería tan fácil como contarles a sus hijos la verdad.
Pero ¿Y luego qué? Habría que desvelar quién era el padre de quién o si tenían un sólo padre. Saber si Dorian y Aarón eran hermanos. Traumatizar a sus hijos de por vida o tratar con los leones. Las dos opciones eran igual de horribles.
Al llegar, ambos hombres llamaron por teléfono a sus hijos. Los de Harry estaban en el departamento de Neville y Aarón estaba en la Mansión junto con Dorian, Anna y Severus. Después de cortar las llamadas, Draco decidió que lo primero que quería hacer era ver la plaga y rogarle a todos los dioses que esa cosa que Longbottom había enviado funcionara.
A caballo se dirigieron al lugar más afectado por la plaga y aplicaron el veneno. Según Neville tardaría un par de horas en hacer efecto. Harry se ofreció para poner unas barreras. Era un hechizo que aprendió antes de salir de la Academia de Aurores. Servía para mantener alejada a la gente que le quisiera hacer daño a una propiedad.
Cuando el hechizo fue colocado en todo el viñedo, Draco regresó a las plantas que tenían la plaga para darse cuenta que, alegremente, la cosa esa que Longbottom había enviado funcionaba. De inmediato ordenó que todo el plantío fuera cubierto del veneno. Ya estaba por caer la noche cuando regresaron a la casa.
Draco se fue a su recámara para ducharse, mientras Harry hizo lo propio. El ambiente era tenso, ellos lo sabían. No tardaría mucho en que llegaran las reclamaciones o las conversaciones incomodas; por eso Draco prefirió desaparecerse. La casa era enorme como para que Harry le encontrara.
Sin embargo, Draco no contaba con que Harry parecía tener un radar de rubios sexys en la cabeza y, cuando estaba tranquilamente viendo las estrellas en una de las tantas terrazas, Potter se apareció detrás de él. Vestía con una simple playera blanca y unos jeans desgastados y observaba a Draco sin saber muy bien que decirle.
— ¿Piensas decir algo Potter? Yo, de verdad, preferiría no tener tu presencia cerca de mí.
Harry caminó hasta llegar muy cerca del cuerpo de Draco. Suspiró y su aliento chocó con la nuca del rubio, quien sintió un estremecimiento. Mas no volteó, no bajaría la guardia ante Potter.
—Perdóname, Draco –le dijo Harry susurrándole al oído.
—Longbottom y tú creen que con pedir perdón todo se olvida ¿Verdad?
—Nadie ha dicho que quiero que olvide –Harry se armó de valor y abrazó a Draco con fuerza; pero el rubio lo alejó de inmediato, encarándolo.
— ¿Por qué?
—Era un chiquillo, Draco. Tenía 16 años y no sabía que te amaba. Tenía dudas y la maldita guerra lo complicaba todo –Los ojos grises de Draco brillaban de ira, de odio.
— ¿Por eso me dejaste? ¿Por miedo? ¿Te puedes imaginar lo que sentí ese día al verte con la Weasley?
—No me acosté con ella. Te amaba Draco. Aún te amo y me arrepiento. Sé que eso no sirve de nada. Que no puedo viajar en el tiempo y hacer que eso no pase; pero te juro que me arrepiento.
—Esa noche me acosté con Longbottom.
—Lo sé –Las lágrimas de Harry salieron de sus ojos –Él me dijo que se habían besado y que después no recuerda nada. Imagino que tú sabes la razón; pero eso a mí no me importa. En todos estos años no te he dejado de amar.
—Tienes hijos con Ginny Weasley.
—Pagué por ellos. Jamás la toqué, ella se inseminó. Sin embargo tú si te casaste y formaste una familia.
—¡ ¿Qué esperabas? ¡ ¿Que le rindiera tributo al violador de mi padrino? –Las palabras de odio retumbaron en Harry con un gran estruendo.
—Yo… te quería lastimar. Esa noche bebimos tanto… y cuando yo vi al Profesor Snape así me cegué. Era como tener una parte de ti y algo dentro de mí... Maldad pura, yo que sé, me hizo caminar hasta él. Escuché a Sirius… él tenía todo planeado. Quería que lo negáramos todo; pero yo no pude. Soy un miserable, lo sé, Draco; pero tienes que saber que todos estos años he añorado tu presencia en mi vida. Que muchas veces pensé en morirme porque sin ti no soy nada. Tienes que saber que después de lo que hicimos nunca hemos dormido tranquilos.
—Eso no borra nada –Draco lloraba de impotencia.
—Mátame –Harry se acercó sin más a Draco. Le abrazó firmemente y cerca de sus labios continuó hablando –Castígame como quieras, desde hace tiempo Neville y yo lo estamos esperando. Lo merecemos. A mi puedes matarme.
—Jamás dejaría a tus hijos sin padre –Draco intentó zafarse de los brazos de Harry; pero éste le apretó más.
—Vivirían con Neville y cuando fueras por él, Remus se haría cargo de ellos.
—Viviendo a lado del violador de Black –Draco cruzó su mirada con la de Harry. Estaban a centímetros, casi a nada de besarse.
—Él lo sabría. Desde que nos reencontramos dejé todo en orden en mi testamento. Junto con una carta contándole la verdad a Remus. Puedes matarme Draco, puedes hacerlo sin cargos de conciencia; pero antes, antes déjame estar contigo por última vez. No me niegues lo que tanto necesito. Todos estos años te he necesitado. Por favor y después… después podrás hacer conmigo lo que quieras.
Harry cerró el espacio que faltaba besando a Draco con hambre, con desesperación. De verdad parecía ser la última voluntad de un condenado. Intensificó el beso y Draco sucumbió ante el deseo que explotaba en su pecho. Dejó que Harry lo besara como en aquel sexto año de Hogwarts, cuando iniciaron una relación a escondidas y que fue rota por el engaño y el miedo. Draco sabía de ante mano que mucho de ese miedo había sido sembrado por Sirius Black.
Al padrino de Harry jamás le gustó la idea de que él se pudiera enamorar de un Slytherin. Ese recuerdo hizo surgir en Draco la necesidad de demostrarle a Sirius lo estúpido que había sido. Lo imbécil que era, pues Harry se había enamorado y no sólo eso: Le había alejado de él mismo.
Como le hubiera gustado al rubio mostrarle al orgulloso Sirius Black que Harry Potter le amó y que le amaba a pesar de todo. Con esos pensamientos en la cabeza, Draco se sumergió en el deseo correspondiéndole el beso a Harry. Abrazándose con fuerza a él. Gimiendo cuando el moreno bajó sus labios hasta su cuello, besándolo, mordiéndolo.
Las manos de Harry se colaron por debajo de la camisa blanca tocando y rasguñando cada porción de piel. Draco gimió y Harry se derretía ante esa expresión de sensualidad. ¡Cómo había extrañado ese cuerpo! Ahora poco importaba morir después o que Draco regresara a los brazos de su mujer. Ahora solo importaba tener de nuevo ese cuerpo. Saber que por unos instantes sería suyo y de nadie más.
Desgarró la camisa mientras seguía besándolo. No quería apartarse de la boca de Draco y éste empezaba a desnudar a Harry, reconociendo el nuevo cuerpo que tenía en frente, con más músculos; pero con las mismas marcas.
Harry empezó a repartir besos y lamidas por el pecho de Draco hasta llegar a sus pezones, saboreándolos. Quería llevarse el recuerdo de la piel de Draco. Sus suaves pezones. Sus firmes abdominales y el sabor de su miembro al estar erecto y bañado en líquido preseminal.
Cuando la boca de Harry llegó a su erección, Draco recordó la sensación de sentirse amado y deseado. Tomó con fuerza el cabello de Harry, marcando el ritmo de la boca sobre su miembro. Rápido, cada vez más rápido. Sabía que Harry aceptaba gustoso eso porque gemía. No se pudo controlar y se corrió violentamente en la boca de Harry.
Harry le dio la vuelta a Draco y escupió todo el semen que tenía en la boca sobre la entrada del rubio y su mano derecha. Cuando Draco sintió eso, algo dentro de su cerebro se encendió de nuevo. Pensó en cortar uno de los momentos más eróticos de su vida; pero un dedo y las palabras de Harry lo detuvieron.
—Te amo Draco. ¡Te amo tanto!
Harry usaba su lengua y sus dedos preparando a Draco, utilizando como lubricante la corrida anterior del rubio. En un instante Harry dejó su tarea para perfilar su miembro sobre la dilatada entrada del rubio. Fue entrando lentamente, queriendo grabar en su ser cada parte de Draco, mientras le susurraba al oído lo mucho que lo amaba y como cada noche había soñado con hacer eso.
Las embestidas fueron fieras y pasionales, tanto como las palabras de amor y los perdones que Harry pedía. Draco estaba convertido en una maquina de jadeos y sollozos, mientras Harry le masturbaba al mismo ritmo frenético que en el que estaba embestido. De pronto Draco sintió que todo su mundo se iba y explotaba en un placer incontrolable y alcanzó a sentir como Harry se derramaba junto con un quejido y un entrecortado: Te amo.
Pasaron unos minutos y las respiraciones se fueron normalizando. Draco fue el primero en ponerse de pie y con el mismo gesto de odio tomó su ropa.
—Jamás se volverá a repetir, Potter. Si me amas como dices, esto será tu peor castigo: Saber que por cobarde y por vil me perdiste. Ojalá que llores cada noche recordando nuestro amor. Ojalá que te gane el frío de las noches y sientas que te falta el aire. Ojalá que estés solo y que sufras –como yo- Ojalá que te llenes de reproches. Porque sé que después de esta noche yo me volveré indispensable.
Harry no dijo nada. Mil veces hubiera preferido morir después de eso. Después de haber tenido entre sus brazos a Draco y saber que no era para él. Esperaba morir de verdad y no estar muerto en vida como lo estaba. Si esa maldita noche no hubiera bebido como lo hizo. Si hubiera escuchado a su corazón y no a la estúpida arrogancia, probablemente ahora no estaría tendido en la terraza de esa casa, desnudo y sintiendo aún el calor de Draco. Ese calor que no volvería a ser suyo. Lloró esa noche, como casi todas las noches, y pensó muy seriamente en morir; sin embargo tenía hijos y sólo por ellos podía mantenerse en pie.
Neville estaba dando vueltas en su cama. No podía dormir y ahora que Harry estaba de viaje no podía acudir a él para calmar su insomnio. De pronto sintió la entrada de alguien por la red. Caminó hasta la sala y vio a Dorian algo desorientado y con el pijama puesto.
— ¿Pasó algo? –Le preguntó.
—Papá se siente muy mal. Creo que es su magia — Neville notó el semblante de preocupación de Dorian.
—Vamos.
Cuando llegaron a la Mansión todo estaba en completa oscuridad y en una aparente calma. Subieron a la habitación de Severus y Neville pudo notar que el hombre temblaba. Tenía espasmos por el flujo de magia que subía y bajaba. Eso no era normal. Algo debió provocar esa reacción.
Vio en una mesita una taza que estaba vacía. Olfateó un poco y pudo distinguir el olor de cloruro de calcio. Una sustancia inofensiva; pero que para magos con problemas de flujo de magia podía traer consecuencias como esas. Tomó su varita y con un encantamiento disminuyó los espasmos y sabía que la única forma de mejorar al ex Profesor era cediéndole un poco de magia de nuevo.
Con cuidado tomó la mano derecha de Severus y se concentró, dejando que su magia se liberara para que fuera transmitida a Severus. Un halo de luz blanca recorrió el cuerpo de Neville desde sus pies hasta la cabeza. De pronto la luz blanca se trasformo en verde justo donde las manos estaban entrelazadas. La magia de Neville viajó por todo el cuerpo de Severus. Cuando soltó la mano, Neville cayó de rodillas, cansado y con la mirada algo nublada. Daba gracias a los dioses por ser un pura sangre. Eso hacía que su magia se recuperara casi de inmediato, además de contar con esa rara facultad que tenían los Longbottom para regenerar cualquier daño que no fuera muy grave. Dorian corrió hasta donde estaba Neville arrodillado y un poco pálido.
— ¿Estás bien? –Le preguntó con clara preocupación.
—Sí, sólo que es un poco extenuante cederle magia a alguien. –Le ayudó a incorporarse y caminaron un poco hasta el cómodo sillón que Severus tenía al lado de su cama –No te preocupes más, Dorian. Tu papá dormirá un poco y mañana le tendrás como nuevo. Sólo debemos investigar cómo fue que se puso así. ¿Sabes quién le trajo el té?
—Creo que lo trajo la elfina; pero si lo que quieres saber es como llegó ese té a la casa, fue uno de los regalos que envió el representante de América en el Ministerio.
—Bueno, pues hay que deshacerse de él. Es muy dañino para tu papá.
—Gracias por venir.
—Sabes que daría mi vida por alguno de ustedes –Neville se levantó del sillón y checó una vez más al ex Profesor. Acarició la mano que aún descansaba en el pecho de Severus.
—Siempre a sus órdenes, Profesor.
Esa noche Dorian durmió en la cama de Severus y cuando Neville regresó a su departamento por fin pudo conciliar el sueño. Sólo había un pensamiento que nublaba su paz: Parecía que se estaba enamorando de Severus Snape.
Cuando Severus despertó se sintió mejor que nunca. En la cama, abrazado a él, estaba Dorian. Recordó que se había sentido mal y que, entre sueños, pudo sentir la presencia de Neville Longbottom y su magia recorrer su cuerpo. Eso era, la magia de Neville estaba circulando de nuevo en él, envolviéndole de una cálida sensación, envolviéndole de su aroma.
— ¿Estás bien, papá?
—Como nuevo, hijo –Abrazó fuertemente a su hijo. No podía creer que ya tuviera 14 años.
—Neville me dijo que te sentirías como nuevo cuando despertaras.
—Quieres mucho al Sanador Longbottom ¿Verdad?
—Ha sido muy bueno con nosotros, papá ¿Te molesta?
—Para nada hijo. Tu puedes tener los amigos que quieras y si él es importante para ti yo no te diré nada.
Dorian se abrazó más a su padre. Jamás pensó que llegaría el día en que pudiera estar así, abrazado a él. Conversando tranquilamente. Como cuando era un niño y había añorado tanto poder hablar con él. Cuando intentaba llamar su atención.
La noche que Draco regresó del viñedo estaba taciturno, triste, malhumorado y es que no podía olvidar esa maldita noche en la terraza con Harry. Le había destrozado el corazón y en el proceso él también lo había perdido; pero tenía que ser fuerte. Así debían ser las cosas. Así debía sufrir Harry. Aunque Draco también se quemara.
En cuanto Harry entró al departamento de Neville, tiró su maleta a una esquina, caminó arrastrando sus pies hasta la habitación de su amigo y de inmediato se tiró a la cama abrazándose a él. No soportó más el dolor y comenzó a llorar como un niño. Como en aquellas noches que Voldemort le torturaba y Harry no podía hacer nada.
Neville le abrazó igual, consolándole. Escuchó con un nudo en la garganta el relato de Harry. Los dos sabían que tenía que ser así. Que Draco no pararía hasta destruirles y que ellos lo merecían. Aunque estuvieran enamorados y aunque se hubieran arrepentido de corazón, era muy difícil que les pudieran dar una segunda oportunidad.
