Disclaimer: Los personajes no son míos (dos hombres de negro entran por la puerta principal) ¿Qué? Dije que no son míos. No mentí (ambos se avergüenzan y se van). Idiotas.
(Kagome, Kagome) El pájaro en la jaula
|Capitulo diez: Festival deportivo
Eran apenas las ocho de la mañana cuando sonó el timbre. InuYasha gimió y se revolcó en la cama, como si el molesto ruido sólo fuera parte de una pesadilla que desaparecería ahora que estaba despierto, pero volvió sonar y se vio en la obligación de abrir los ojos y soltar un suspiro. Tenía que levantarse.
Quitó las mantas y buscó su par de pantuflas a tientas con los pies. De pronto, con unos gramos más de lucidez, recordó que no las había visto en toda esa semana. Gruñó por lo bajo y caminó descalzo. Su sala principal era un caos completo. Ropa (que no era de él) tirada por todas partes. Botellas vacías y platos sucios. Había intentado ordenar un poco cada vez que regresaba del trabajo esa semana, pero las ganas se marchaban una vez abierta la puerta principal.
Inhaló profundamente. Apestaba a comida.
Caminó y abrió un par de ventanas. Con eso tendría que bastar.
El timbre sonó por tercera vez, y en esta ocasión se escucharon las voces de Kagome y Kenji. Arrastró los pies.
— ¿Listo para un gran día de deportes? —preguntaron en unisón los Higurashi.
InuYasha se pasó una mano por el pelo.
— ¿No era a las diez? Aún puedo dormir una hora y algo —intentó, pero Kagome meneó el dedo frente a él.
—Aún tenemos que ir y recoger a mi madre. Debemos llegar por lo menos una hora antes para poder agarrar un buen lugar bajo la sombra de un árbol que nos de una buena vista al patio —entrecerró los ojos— ¿Vas a echarte para atrás? Te lo he preguntado toda la semana y aún insistías en venir.
—Iré, iré —maneó las manos y se hizo a un lado para darles el paso—. Tengo que cambiarme primero. Pasen, y de paso, vean lo que tendrán que limpiar mañana —sonrió con ganas.
Kagome chasqueó la lengua e impulsó a su hijo para entrar.
Apenas atravesó el pasillo, soltó un gemido. Olía a comida de días. El lavabo estaba atestado de platos sucios. Las pareces tenían manchas de sodas en ellas que se escurrían hasta el suelo. La alfombra blanca que estaba en el centro de la habitación tenía toques de negro, café y… rosa.
InuYasha rió ante su expresión y le palpó la espalda.
—Y eso que no has visto el baño.
Kenji se giró y abrazó la cintura de su madre, como si con eso pudiera espantar los malos espíritus que abundaban en aquella casa. Kagome le acarició la cabeza intentando tranquilizarlo. Mañana sería día duro, lo sabían. Con sumo cuidado, ambos Higurashi se arrastraron por sobre la mugre hasta llegar al sofá, donde Kagome pateó la ropa de mujer lejos de ahí y sentó a su hijo, acto seguido volvió por el mismo camino y golpeó la puerta por donde InuYasha había desaparecido.
— ¿Qué?
— ¿Debería hacerte el desayuno? Digo, en este preciso momento tu casa me asusta, pero puedo intentar hacerlo.
—Pasaremos por un AutoCard de ida. No te preocupes.
—De acuerdo —no iba a insistir. Sabrá dios que químicos rondaban el aire. No quería que apenas encendiera la mecha de la estufa todo explotara.
Kaguya definitivamente estaba loca. Ella y sus amigas. No entendía como InuYasha la soportaba. Ella ya la hubiera pateado lejos de su vida si así fuera.
Volvió al sofá junto con su hijo y se mantuvieron allí. Kenji juró haber visto algo moviéndose en la pila de platos en la cocina, pero Kagome le dijo que eso era imposible, aún cuando ella no estaba del todo convencida. InuYasha salió minutos después. El pelo le estilaba un poco en las puntas y las mejillas estaban un poco sonrojadas por el baño caliente recién dado. Tenía unos pantalones azules, de deporte, y una camisa blanca con el cuello gastado.
—Muy deportivo —Kenji levantó el pulgar en signo de aprobación.
—Muy bien, salgamos de este agujero —murmuró Kagome. InuYasha jadeó fingidamente ofendido—. Oh, sabes que lo que digo es cierto. Mañana haremos de esto un lugar decente, hasta entonces, salgamos antes de que la cosa que se mueve en tu cocina decida mutar a la velocidad de la luz y comernos.
Lo dijo mitad en broma, mitad en verdad. Había visto una película de mutantes esa misma moche. Aún tenía bresca la imagen de la cosa viscosa moviéndose entre los humanos.
Divertido (y un poco ofendido también) por la situación, InuYasha tomó el manojo de llaves y les hizo una seña para salir. Pararon junto a un AutoCard y pagó por un desayuno grasiento. La madre de Kagome esperaba en las escaleras con dos canastas repletas de comida para el día entero. Se saludaron entre todos, InuYasha y Naomi se presentaron oficialmente y emprendieron marcha hacía la escuela.
La última vez que InuYasha había estado en una escuela primaria, había sido la suya. Y de eso más de una década.
—Iré a inscribirnos. Esperen aquí —Kagome dejó su bolso sobre la improvisada manta que su madre había tendido bajo un árbol y caminó lejos de ellos.
Kenji dejo su mochila de los Rangers junto al bolso de su abuela y comenzó a desabrochar sus zapatillas mientras mordía su lengua.
—Va a ponerse sus calcetines de la suerte —dijo Naomi antes de que InuYasha preguntara—. Tienen un estampado de los Rangers. Kagome los bordó especialmente para él. Siempre le hace un par de ellos cada año, antes de las competiciones.
InuYasha parpadeó y asintió. No sabía que le sorprendía más, o Kagome bordando, o Kagome sabiendo bordar. Le gustaría verla haciéndolo un día. Ella definitivamente no aparentaba ser el tipo de mujer con paciencia para sentarse durante horas tranquilamente sin estallar y lanzar todo por la ventana.
Kenji terminó de ponerse nuevamente sus zapatillas y corrió al encuentro de sus amigos.
—Ya está —Kagome se dejó caer entre su madre y su jefe. Tenía sujeto un papel amarillo—. Lo mismo de siempre. Carrera de huevos. Encestar la bola. Bla, bla, bla —agitó su mano en el aire—. Pero este es nuevo. Qué hombre puede sostener más tiempo a una mujer de su equipo, que no sea su hija pequeña, en su espalda, hombros y brazos. Podemos elegir —sonrió.
Pero su sonrisa no iba hacía su madre.
InuYasha arqueó una ceja.
— ¿Estás mandando alguna indirecta a mi persona?
— ¿Qué tan fuerte eres? Yo no estoy precisamente a dieta —suspiró y palpó su estomago—. ¿Quieres que te cargue yo? Kenji era un niño muy gordo cuando bebé. Aún tengo músculos.
—Claro que no dejaré que me cargues —frunció el ceño. ¿Por qué rayos ella seguía teniendo ideas locas que terminaban con él sintiéndose mal por ella?.
—Oh, no seas machista. ¡Ponte de pie! Te demostraré que las mujeres también podemos cargar hombres —habló.
Iba a decir que no. Realmente iba a decir que no, pero Kagome le jaló del brazo para ponerlo de pie. Suspiró. Apoyó ambos pies en la hierva y se impulsó hacía arriba. No entendía como ella pensaba levantarlo cuando le sacaba algo más que una cabeza bien cabezona.
Pero pasó.
Antes de que él mismo pudiera adaptarse al brusco cambió, Kagome le sonreía como el galán de una telenovela barata mientras lo acunaba en sus brazos. Vergonzosamente, se sintió pequeño. Incluso pudo decir que sus mejillas enrojecieron un poco. Y casi como leyendo su mente, Kagome le guiñó un ojo un segundo antes de que su sonrisa desapareciera y ambos cayeran.
Se pudo escuchar pequeñas carcajadas viniendo de las otras familias. Incluso Naomi apretó un poco su estomago para contenerse.
El golpe fue duro, pero no lo suficiente para que alguno se lastimara. InuYasha abrió los ojos lentamente, intentando procesar que había pasado mientras Kagome se incorporaba lentamente. Era oficial. Estaba avergonzado. Las personas se reían del ridículo que ellos habían hecha ¿Por qué la mujer tenía que ser así? ¿Por qué siempre lo dejaba fuera de combate, con los pensamientos y emociones confusos?
— ¡Pesas como el demonio! —lloriqueó y sobó sus brazos—. Al parecer, no soy la única que no está a dieta. Mamá, no te rías.
Ella estaba loca.
— ¿InuYasha?
Le gustaba.
— ¿Jefesito?
—Se debe haber golpeado la cabeza cuando lo arrojaste al suelo como luchador de la WWC.
—No lo arrojé. Me caí. ¡Ayúdame a esconder el cuerpo!
—Deja de bromear.
Aunque era solo un poco. Quizá un cinco porciento.
—InuYasha, rayos ¡Deja de sonreír!
Pero le gustaba.
— ¡Mami, abofetéalo!
— ¡Kagome!
—Es mi jefe. Yo no puedo golpearlo. Pero mi contrato no dice nada de que tú no puedas hacerlo.
Le gustaba. No importaba cuanto lo repitiera en su mente, era casi imposible de creerlo, pero no se iba a mentir a si mismo. Si estaba allí, era solamente porque no había podido negarse a ella. Si eran amigos, era porque él la había dejado acercarse. Si le gustaba, era porque él no quiso alejarse a tiempo.
Estaba totalmente loco.
— ¿Tengo que llamar a algún enfermero? Vi su puesto de camino aquí.
—Estoy bien —murmuró. Kagome fingió un grito como si hubiera visto un muerto revivir.
—Pues podrías haberlo dicho —frunció el ceño—. Solo tenías esa tonta sonrisa, ¿En qué estabas pesando? ¿Unicornios rosa? —mofó. La verdad era que se había preocupado ¿Tanto le costó decir que estaba bien antes?
—En ti —confesó y fue directo. No iba a mentir sobre eso.
Kagome no supo por qué, pero apenas él dijo aquello, algo cambió en el ambiente. Sin darse cuenta, comenzó a sentir un pitito en sus oídos producto de la sangre caliente en su cabeza.
Naomi miró el cielo.
— ¿En mí?
—Estaba pensando en ti y en lo loca que estas ¡Qué rayos fue eso!
Y todos los síntomas quedaron ahí.
—Solo te estaba demostrando que las mujeres también somos fuertes —acusó.
—Nadie dijo que no lo sean, maldición —la señaló—. Tienes un severo complejo feminista.
—Arg, olvídalo. No discutiré contigo más.
—Bien.
—El clima es tan agradable —suspiró Naomi con una sonrisa.
Ambos levantaron la vista al cielo casi por inercia. El día estaba despejado, pero se sentía el fresco del otoño en el aire. InuYasha sonrió. Era mucho mejor estar ahí que esclavizado en su casa y maldiciendo a su amiga.
—Ah, casi lo olvido —Kagome tomó su bolso y lo puso en su regazo. Rápidamente sacó cuatro cintas para la cabeza—. Esta es tuya mamá. Estas son de Kenji y mía. InuYasha, también preparé una para ti, toma.
—Oh —¿Y él era el de los trastornos bipolares? Hasta hace unos segundos estaban discutiendo, y ahora empleaba ese tono normal con él.
Miró la cinta blanca. Tenía bordado »Higurashi [y Taishô]« de forma perfecta.
—Iba a darte el de Sôta, pero descubrí que lo guardó bajo cinco llaves cuando supo que tú vendrías. De alguna manera supo que lo que yo haría —rodó los ojos—. Está algo desordenado, no tuve mucho tiempo ayer.
— ¿Lo hiciste tú misma?
—Sí —sonrió—. Puedes quedártelo luego de hoy. Kenji me ayudó con la 'T' de tu apellido. Sería importante para él si lo guardas.
Y, como si ese pequeño cinco por ciento creciera a un seis, InuYasha apretó la cinta en su puño y asintió.
—No voy a perderlo —afirmó—. Gracias.
Sin quererlo, ambos sostuvieron la mirada más tiempo del que alguno de los dos hubiera esperado.
Naomi volvió a mirar el cielo, y suspiró.
Treinta minutos más tarde el lugar estaba repleto de padres y niños jugando entre ellos. Cuando dieron las diez en punto, se escuchó una pequeña alarma por los alto parlantes que cruzaban todo el patio central.
Kenji corrió y se sentó junto a su madre y su abuela. Kagome le ayudó a ponerse la cinta, y él ayudó a InuYasha.
El director se paró en el centro del patio sobre una improvisada plataforma y un micrófono. Tenía puesto el uniforme de deportes y un cinta mitad blanca y roja atada a su cabeza. Intentaba dar un aire amigable, pero su siempre serio rostro poco o nada de amigable tenía.
La primera competición le tocó a los cursos más grandes de primaria, para luego ser el turno de Kenji.
Kagome intentaba mantenerse lo más calmada posible mientras miraba el partido de futbol, pero poco o nada podía controlarse cuando alguien (quien fuese, incluso la misma tierra) se atrevía a rosar a su hijo. Naomi simplemente sonreía y fingía demencia. Estaba tan acostumbrada a su hija que sabía que no podría hacer nada para callarla si no estaba Sôta para meterle algún calcetín en la boca.
En cuando a InuYasha, no estaba en mejores condiciones que Kagome. En él había un lado competitivo que pensó haberlo perdido cuando terminó el instituto.
La gente que los rodeaba apenas miraba el partido. Encontraban más divertido observar a la loca familia que a sus propios hijos.
— ¿Kagome? —preguntó una mujer a su espalda.
Cuando volteó, sintió que su mandíbula llegaba hasta el suelo al ver a las tres mujeres. Por un segundo, su mente se llenó de malas palabras y pensó haber sido maldecida por dios… bien, estaba exagerando un poco. Solo eran sus antiguas amigas, aquellas que había olvidado por completo que existían después de estos años. De todos los lugares, este era donde menos esperaba encontrárselas.
Contradictorio a sus pensamientos, Ayumi sonreír y se acercó para abrazarla con fuerza.
—Sí, eres Kagome.
Como si eso hubiera sido el detonante, Yuka y Eri se lanzaron sobre ellas con los brazos abiertos y las bocas llenas de palabras felices que rápidamente se transformaron en palabras no tan felices. De pronto, Kagome estaba siendo acorralada contra la manta por las tres mujeres ante la sorpresa de InuYasha y la pequeña risa de Naomi.
—Chicas...
— ¡¿Donde te habías metido todos estos años! —Ah, esa era Eri.
—Yo...
—Sabía que era buena venir hoy —dijo Yuka—. ¿Ves, Eri? Si hubiéramos ido al karaoke como querías, Kagome seguiría escondida de nosotras.
—Yo no estaba...
—Chicas, vamos —Ayumi se enderezó primo, obligando a las otras a hacer lo mismo—. Necesita respirar.
—Gracias —suspiró y se enderezó. De las tres, siempre había preferido más a Ayumi, era la más cuerda (en la escala de locura). No había esperado encontrarse con sus viejas amigas allí, pero por alguna razón desconocida ellas habían decido encontrarla. Se arregló un poco las ropas y el cabello. Miró a su madre que solo sonreía mientras saludaba a las mujeres, y luego miró a InuYasha, que no entendía nada. Rodó los ojos. Él ya debería estar acostumbrado a que las cosas no pasaran de forma racional alrededor de ella.
Alargó su mano y le golpeó levemente el antebrazo. Cuando él la miró, ella le sonrió.
—Hey, no nos ignores —Eri se acercó nuevamente hacía ella, dejándose caer en la manta de forma cómoda.
Al parecer, ninguna pensaba irse dentro de los próximos minutos.
—Muy bien, Kagome. Explícanos que ha sido de ti estos últimos... tres años —comenzó Ayumi.
— ¿Tres años? Pues... —levantó dos dedos—. Kenji —bajó un dedo—. Trabajo —bajó el otro.
— ¿Solo eso?
—Sí —y estaba el hecho de vestirse de hombre e ir y engañar a una empresa completa, pero ellas no necesitaban saber esa parte.
Además, ella no se había escondido… o eso no era del todo mentira. Simplemente dejó de encontrar tiempo de sobra para llamarlas y juntarse, y no les iba a confesar que había obligado a su madre a no decirles donde vivía. Cuando estaba con ellas, se sentía una adolecente de nuevo sin necesidades más que las de pasar el rato y ver por ella misma. No era algo que como madre pudiera permitirse. Con el tiempo pensó que cuanto más grande Kenji se pusiera, más tiempo para ella tendría, pero fue todo lo contrarío. No solo tenía que ver donde dejarlo y cuidarlo para que no se lastimara, sino que también tenía que ver por sus estudios, las cosas que necesitara, que llevara alimentos livianos para comer, cuidarle las horas de sueño. Si tuviera que hacer una lista, sería inmensa. Y no importaba cuan maduro fuese su hijo e intentara hacerle las cosas fáciles, era un niño que necesita el cien por ciento de su tiempo.
Ah, ahora que lo pensaba y enlistaba, se sentía una súper mujer.
Giró un poco el rostro para ver como sus amigas se habían adelantado y simplemente se presentaban una por una a InuYasha.
—Entonces, ¿Qué eres de Kagome?
—Mi jefe —contestó ella en su lugar.
Las tres mujeres voltearon el rostro rápidamente hacía Kagome con clara expresión de asombro, y luego volvieron a enfocar su atención en InuYasha.
— ¿Jefe?
— ¿Jefe de jefe? —preguntó Ayumi.
—Claro que un jefe de jefe, Ayumi —Yuca se acomodó ligeramente la ropa—. Estamos algo sorprendidas, ¿Estás aquí porque…?
— ¿Qué tan cercano eres a Kagome?
— ¿Sabes de Kenji?
InuYasha parpadeó y rápidamente entendió la situación.
Estaba envuelto en un interrogatorio femenino. No estaba en uno de esos desde el colegio y cuando consiguió su primera novia. Sin embargo, el contexto era distinto en este caso, pero eso no le quitaba la diversión al tema.
Observó con atención como Kagome se lanzaba sobre las tres mujeres y las obligaba a dejar de preguntar. Mirando con cautela al pequeño grupo, no era difícil imaginar que todas se conocían desde jóvenes, y que Kenji era alguien que se había movido entre ellas por un tiempo. Aunque era obvio que las cuatro mujeres se llevaban a la par con la edad, había algo en Kagome que la dividía del resto. No era que ella se viera más vieja (porque se veía, incluso, con más vitalidad que las otras tres), pero tampoco era ese cinco por ciento que él sentía por ella. Era algo más, algo que sólo otra mujer en ese pequeño grupo tenía, y esa mujer era Naomi.
Kagome es una madre.
Y eso, aunque no fuera un cambio visible, se notaba. De alguna extraña manera, con solo verla, tan joven y vital, podías saber que tenía un pequeño al cual cuidar.
Era lo que la diferenciaba de sus amigas. Eso que la hacía sobresalir.
Los altavoces volvieron a sonar y el pequeño director volvió a pararse sobre el pedestal, anunciando la última competición antes de la hora del almuerzo. Esta vez, los niños tenían que atravesar el patio en busca de un papel con una petición, luego ir y resolver el acertijo que la profesora les digera.
Kenji se puso en la línea de partida enseguida.
Cuando dispararon como partida, todos los chicos inscritos comenzaron a correr directo a la otra punta. Los papelitos estaban esparcidos por el suelo, doblados de tal manera que fueran difíciles de atrapar si se estaba en movimiento. Apenas el Kenji tomó el suyo y lo leyó, corrió a toda prisa hasta ellos.
Kagome se puso de pie rápidamente.
— ¿Qué es? —se apresuró a decir. Estaba lista para todo. El año pasado habían pedido calcetines de color amarillo, y ella tenía un par de cada color en su bolso. También tenía boletos de metro, bus y avión. Nunca se sabía qué era lo que podían pedir.
—Un hombre —respondió. Sus mejillas estaban coloradas por haber corrido—. Un hombre con calcetines amarillos.
Todos casi se van de espalda.
Estúpidos profesores y sus estúpidas ideas. ¿Un hombre con calcetines amarillos? ¿De verdad? Kenji seguramente había leído mal, sin embargo, por el rabillo del ojo pudo apreciar que muchos padres comenzaban a descalzarse e intercambiar calcetines con sus familiares. Vio a un hombre ponerse los rosas de su hija pequeña.
— ¿De qué color son tus calcetines? —preguntó, pero InuYasha ya estaba descalzo y con ambas calcetas blancas en sus manos. Sonrió. Él pensaba rápido—. Yo tengo unos amarillos guardados en mi bolso.
— ¿Por qué tienes calcetines amarillos en tu bolso?
— ¿Por qué no te estás cambiando?
—Ah, sí.
Se colocó los calcetines y ni se molestó en abrochar sus zapatillas cuando Kenji tomó su mano y comenzaron a correr hasta la profesora. Otros padres y niños ya estaban allí, murmurando entre ellos la posible respuesta al acertijo que les había tocado.
La mujer de no más cincuenta años le sonrió al niño y acercó una caja con papeles.
—Saca uno y léelo con tu compañero. Si sabes la respuesta, no puedes decirla. Por ejemplo, si la respuesta es 'Flor', tienes que ir y buscar una, luego tienes que mostrármela. Si la respuesta es 'Pez', también.
Amable mujer, pensó InuYasha, pero estúpido juego.
—Tiene palabras difíciles —Kenji arrugó el ceño.
—Déjame ver —tomó el papel—. "Una cosa te voy a pedir, No sé si me lo darás, Búscalo en este verso, Escrito lo encontraras, Si me das lo que te pido, Olvidarme no podrás"
— ¿Un regalo?
—No.
Sería muy fácil si era un regalo, sin mencionar que eso no estaba escrito en el verso. Volvió a leer el papel. Nunca fue bueno para estas cosas.
—Pueden ir y pedir ayuda si lo desean —dijo la profesora.
Bueno, al menos eran considerados en eso.
Kagome les esperaba de pie detrás de la cinta separadora.
—Yo digo que es un regalo —dijo Kenji mientras su madre leía el papelito.
—Quizá es un favor. Quiere un favor, por eso dice que está escrito en el mismo verso —dijo InuYasha.
—Ustedes dos, pequeños tontos —gruñó KAgome, arrugando el papel— ¡Es un beso! ¡Un beso! Ésta escrito con mayúsculas. U.N.B.E.S.O.
—Oh —Kenji sonrió—, eres muy inteligente mamá. ¿Cómo podemos presentar un beso?
—Pues puedes besar la mejilla de InuYasha, o InuYasha la tuya y… ¿Dónde está InuYasha?
—Va corriendo directo a la profesora —murmuró Ayumi.
—Le está sujetando el rostro —dijo Eri.
—Él acabada de…
—No puedo creer que besaras a la profesora de mi hijo.
—Ella dijo que teníamos que mostrarle con actos la respuesta —frunció el ceño—. No pensé mucho en realidad. Solo quería ganar.
—Y ganamos —sonrió el niño.
—Seguramente Kenji obtendrá mejor trato a partir de ahora —dijo Yuka.
—Fue tan divertido. No esperaba que la besara de verdad cuando lo vi corriendo hacía ella.
—Ahora sé porque se lleva bien con Kagome. Ambos no piensan antes de actuar.
InuYasha bufó y se concentró en su almuerzo. Sí, había besado a la mujer, no es como si fuera a morir por eso. No era la primera vez que besaba a una mujer mayor, sólo que esta vez fue un poco más mayor que de costumbre. Levantó levemente la vista hacía Kagome, notando que ella lo miraba mientras llevaba comida a su boca.
No pudieron evitarlo, pero ambos sonrieron.
Kagome negó con la cabeza y siguió comiendo. Él estaba loco, y eso le gustaba. Kenji no olvidaría este día en muchos años, y estaba segura que ella tampoco.
Poco después de reposar la comida volvieron a reanudar las competiciones. Primero compitieron los mayores, y luego los menores. Casi cerca de las cuatro, las actividades escolares ya estaban completas, excepto una.
—Se pide a los padres o apoderados que vayan a participar en el juego de levantamiento, que pasen adelante a tomar posición.
—Oh, esos somos nosotros.
— ¿Participaran en eso? —preguntó Yuka— ¿Quién levantará a quien? No me sorprendería mucho si dices que tú levantaras a tu madre.
—InuYasha y yo participaremos.
— ¿Harás que tu jefe te sostenga?
—Que disfrutes el ser despedida el lunes…
—Guarden silencio, no recordaba que fueran tan molestas —gruñó y jaló a InuYasha.
Su jefe solo pudo sonreír entre dientes y dejarse guiar.
Las parejas eran como se esperaban, padres y madres siendo equipo. Muchos de ellos eran jóvenes, pero no importaba que tanto lo fueran, Kagome y él seguían siendo los adultos más jóvenes. Claro, Kagome apenas era una jovencita cuando nació Kenji, y muy seguramente la mayoría de esos padres concibieron a sus hijos en algún punto de sus veinte.
¿Cómo habría sido su vida hasta ahora?
Incluso su madre era mayor cuando quedó embarazada de él. Kagome no.
—Voy a subirme ahora, pobre de ti que me dejes caer.
Asintió.
Colocó una rodilla en el suelo para ayudarle, y sintió como los delgados y descubiertos brazos de ella le envolvían los hombros. No costó mucho trabajo ponerse de pie. Ella era pequeña y liviana. Tal como pensó la primera vez que la levantó en aquella oficina. Para él, solo era un hombrecito pequeño y frágil apartado de la mano de dios, ahora que sabía la verdad, era distinto.
¿Abría crecido algo en todos estos años? ¿Qué tan pequeña era cuando tenía que mantener a Kenji en su pecho? ¿Tendría el rostro de una niña? ¿Qué tanto lloró? ¿Estaba asustada? ¿Pensó alguna vez en alguna salida?
¿Sintió, en algún momento, que no podría continuar?
—Gracias —susurró Kagome cerca de su oído.
Su cuerpo instantáneamente se puso rígido. Por un leve segundo, pensó que ella había podido leer sus pensamientos.
—Kenji está realmente feliz —murmuró. InuYasha levantó los ojos hacía donde estaba el resto del grupo. El niño animaba alegremente—. Supongo que te debo una, otra vez.
—Está bien —sonrió levemente—, también me divertí hoy. No recuerdo haber pasado un día así en mucho tiempo.
—No besas profesoras muy seguido ¿He? —bromeó—. Estoy segura que el lunes por la mañana se lo dirás a Miroku solo para subir tu ego.
— ¿Cómo estás tan segura?
—He vivido entre hombres un tiempo, sé más o menos como se mueven sus mentes.
Ah, sí.
A veces era fácil olvidar el contexto de la situación donde se movían.
—Como sea, me alegra que Kenji te haya invitado —confesó.
—Puedo volver el próximo año, si quieres —murmuró—, y el año siguiente a ese —no supo como, pero de pronto estaba soltando palabras sin pensar, palabras que solo fueron pensamientos en su cabeza hasta ese momento, porque no iba a negar que quería volver el próximo año, y todos los que seguían a ese. Si cada año era tan interesante y divertido como este, nadie podría culparlo. Aunque, claro, tampoco iba a negar que esos pequeños sentimientos que estaban en su pecho tuvieron algo que ver.
Ninguno dijo nada. Fue Kagome, quien inconscientemente, apretó más fuerte sus brazos a través de InuYasha.
—Sí, me gustaría —susurró, quedito. Incluso, podría decirse que leventemente sonrojada.
Era tanto el bullicio exterior, y el tono bajo que ella empleó, que InuYasha no pudo escuchar su respuesta.
|Nota autora:
Tardé, ustedes me odian, pero aprobé todos mis exámenes y trabajos, así que puedo decir que el tiempo sin actualizar valió la pena (?
Ok, ok~ lo lamento ;-; no diré que prometo cambiar y ser mejor persona actualizando más a menudo, porque quizá no pueda cumplirlo, pero sí les diré que no dejaré la historia por nada del mundo o.ó así que, ya saben, lo bueno tarda en llegar lol (me amooo~)
Gracias por seguir leyendo, y ya saben, si comentan, les bailo el caño (?
PD.- lamento los errores TT-TT pero si me dedico a releer el capitulo unas veces más para pillarlos, tardaré más y sé que ustedes me odiarán más~ los corregiré después ;)
