Un par de días después, Squall estaba reunido con el director en su despacho. El Jardín había vuelto a Dollet y el comandante ya había vuelto de la reunión con el consejo de la ciudad.
- El Jardín asumirá los daños que causamos en nuestra última visita y repondrá la motocicleta que Dederian sustrajo durante la persecución. – El director asintió con seriedad, esperando que siguiera. – Además, durante los próximos años nuestros instructores ofrecerán algunas clases magistrales a los soldados de la República.
Squall se quedó en silencio. El director siguió a la espera, pero el SeeD no continuó.
- ¿Ya está? – Preguntó el director extrañado.
El chico asintió con una evidente sorpresa en el rostro. – ¿Le parece poco?
- Pues sí, la verdad. – Contestó aliviado Kramer. – Esperaba unas condiciones más duras, un coste más elevado, vaya. Estoy muy satisfecho. – Continuó con su sonrisa afable.- Creo que a partir de ahora vas a participar en las negociaciones de los contratos.
Squall ya estaba acostumbrado a que el director, poco a poco, le diera cada vez más responsabilidades y aquella vez no le pilló por sorpresa. Le estaba pillando el gusto a dirigir el Jardín, pese a que no tenía ni un minuto de descanso o tal vez por eso. Si no hacía nada comenzaba a pensar demasiado.
De pronto alguien llamó a la puerta y Cid Kramer le dio paso. Un chico con un traje negro elegante se asomó. Se veía ojeroso y serio.
- Oh, Headrow. – Exclamó el director levantándose. – Pase, pase, por favor. – Se acercó a él y le dio la mano con una sonrisa amable.- Mi más sentido pésame de nuevo. – Nida asintió levemente y le dio las gracias. – El funeral debe de haber sido muy bonito, siento no haber podido estar allí.
- No se preocupe, señor. – Le contestó el chico. – Le agradezco que el Jardín haya cubierto los gastos y que me haya dado todas las facilidades para poder organizarlo.
- Por supuesto, hijo. – Le dijo el director poniéndole la mano en el hombro y le acompañó hacia la mesa donde estaba el comandante. – Sé que son momentos duros para ti.
- Gracias, señor director. Pero venía para informarles de que la doctora Kadowaki les requiere en la enfermería.
Kramer asintió y dio por terminada la reunión con Squall. Poco después los tres llegaban a la puerta de la clínica.
Los ojos de Amanda se abrieron poco a poco. Todo era blanco y brillante y unos incesantes pitidos resonaban a su alrededor. Por unos preciosos momentos en que su mente permaneció en blanco, fue como despertarse de un plácido sueño. Pero rápidamente, aunque difusos, los recuerdos volvieron y una imagen se quedó grabada en su mente: la cara de Luca Sunis.
Se alzó al instante, haciendo caso omiso al dolor que ello produjo en su cabeza, y miró a su alrededor. Era una habitación blanca y pequeña, con una cortinita azul que la separaba del exterior. A su derecha, una mujer algo mayor con un moño en la cabeza observaba un monitor que parecía indicar sus constantes. Amanda reconoció su cara, pero antes de poder decirle nada, ésta ya había sacado una pequeña linterna del bolsillo y la enfocaba a los ojos, sujetándole la cabeza.
- Sigue la luz. Sólo con los ojos, la cabeza quieta.
La chica obedeció.
- Doctora…
-Shhh. – Le mandó callar ella. - ¿Cómo te llamas? – Le preguntó siguiendo mirándole los ojos desde muy cerca.
- Me llamo Amanda Beicker, tengo dieciocho años y soy periodista. Usted es la doctora Kadowaki, responsable de la enfermería del Jardín de Balamb. Recuerdo perfectamente la cara y voces de todos los miembros de mi familia y amigos. Pero no sé cómo he llegado aquí.
La doctora paró el reconocimiento y le dedicó una mirada de reprobación. – El sarcasmo era innecesario. Y respecto a tu pregunta, no soy yo quién debe darte esa información y, como en esta parte del Jardín mi palabra es ley, hasta que no acabe la revisión nadie va a pasar a verte.
Enmudecida por la respuesta, Amanda se resignó.
Veinte minutos más tarde, la doctora finalmente terminó y salió de la habitación, corriendo la cortina tras ella. Amanda permaneció incorporada en la cama, esperando las visitas. Aún sin verla, pudo oír la voz de la doctora dando paso a alguien.
En ese momento el tiempo pareció pasar más lento. Tres hombres entraron, serios, cabizbajos. La joven buscó en sus miradas respuestas que no pudieron darle. Conforme le explicaban lo que había pasado, su mirada se volvía más confusa y aterrada, para finalmente convertirse en una mirada triste y llorosa, escondida en la sombra de su cabeza agachada, que mostraba que no entendía.
Cuando los hombres se marcharon, ella seguía allí, sentada en su cama de hospital, llorando, intentando comprender por qué el hombre al que amaba la había abandonado.
Los tres permanecían en silencio caminando juntos por el puente que conectaba la enfermería con el resto del complejo. Al llegar al cruce Nida se separó de ellos, girando a la izquierda.
Todavía llevaba el traje de la ceremonia con la corbata desabrochada y la camisa medio por fuera. Se sentía abatido y cansado, aunque apenas había pasado el mediodía, y aunque no había comido y apenas sí había desayunado, no creyó ser capaz de comer nada. Tan solo quería acostarse y que aquel terrible día terminara ya.
Tras pasar el comedor, alguien se acercó a él por la espalda y le cogió el brazo con cariño.
-Hey. – Le dijo con suavidad una voz femenina. - ¿Qué tal estás, cielo?
Nida paró de caminar y moviéndose con gran pesadumbre se giró hacia su amiga.
-Ahora no, Claire. Estoy muy cansado. – Su voz era casi un susurro suplicante.
Su amiga lo miró apenada, pero insistió:
- Vamos, me iba a comer, acompáñame.
Nida giró la cabeza con lentitud hacia ella, mirándola sin verla.
-De verdad, sólo quiero dormir.- Ella le miró aún más entristecida, mientras él retiraba su brazo y se daba la vuelta. – Ya hablaremos mañana.
Lamarck, vestida con su elegante y melancólico vestido negro, se dio cuenta de que ya no tenía hambre.
[Fin del capítulo 9]
