Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.
CAPITULO 10
Cuando los hombres no estaban de vuelta a la hora acordada, Isabella comenzó a dar vueltas por el granero. Al intentar contactar con Edward, se dio cuenta de que se había dejado el móvil en la cabaña. Sabía que no había sido una mala idea, pero si no regresaban pronto, iba a coger una de las bicis para salir en su busca.
Su tía Victoria la encontró caminando alrededor del granero, y se la llevó dentro para ayudar con los caballos. Mientras trabajaba, Isabella seguía preocupada, pero pronto descubrió que no tenía energía hacer ambas cosas. Decidió concentrarse en lo que estaba haciendo, y ayudó a su tía a reorganizar el cuarto de los aperos y a hacer inventario.
Tras haber perdido totalmente la noción del tiempo, estaban a punto de terminar cuando escucharon el sonido de una risa masculina. Precipitándose al exterior, Isabella se sintió aliviada al ver a los tres jinetes. Cuando desmontaron, corrió hasta Edward y le echó los brazos al cuello.
—¿Dónde habéis estado? Estaba preocupada— le reprochó a la vez que lo abrazaba.
—No es culpa suya, hermana. Lo estaba haciendo tan bien, que decidimos revisar las vallas y perdimos la noción del tiempo. Podríamos haber llamado por radio, pero no tenía batería.
Cruzándose de brazos, miró a su marido. —Y tú no te has llevado el móvil.
Edward la besó en la frente y la sostuvo en sus brazos.
—Sólo a mí se me podría olvidar el móvil la única vez que quieres que lo lleve encima.
Meneando la cabeza, Isabella levantó los brazos y le abrazó de nuevo.
—Me alegro de que estés bien. ¿Qué tal ha ido? ¿Lo has pasado bien?
—Sí. Mucho mejor de lo que esperaba.
—Me alegra que te haya gustado, novato— bromeó Paul. —Y como parte de la lección, vas a cuidar de los caballos.
Con una mirada confusa, Edward preguntó: —¿Qué quieres decir?
—Quitarles las sillas, cepillarlos, darles de comer— dijo Eric.
—Lo que mis hermanos quieren decir es que te están encasquetando el trabajo porque quieren irse a tomar unas cervezas— explicó Isabella con tono seco. Le pasó a Edward otras riendas y ella cogió la tercera. —Venga, te enseño cómo se hace. Entre los dos lo haremos más rápido, y así me cuentas tu primer paseo en caballo.
Una vez en el granero, Isabella le enseñó a quitar las monturas y dónde ponerlas. Retiró las mantas y juntos cepillaron a los caballos. Mientras observaba cómo se alimentaban, Edward le dijo cuánto había disfrutado del paseo.
—Entiendo por qué este sitio es tan especial para ti, kotyonok. Y para tu familia. Aunque sabía que quería hijos, nunca he entendido el lugar tan especial que puede ser una familia numerosa -hasta ahora. Viendo cómo tus hermanos interactúan, y todos sus hijos… quiero que nuestros hijos conozcan a sus primos.
Acercándose a él por detrás, Isabella le rodeó con los brazos.
—Y los conocerán, te lo prometo. No vivimos tan lejos, podemos venir cuando queramos. Esta cabaña es nuestra, y mi padre quiere que pasemos aquí tanto tiempo como podamos.
Edward bajo el cepillo con un suspiro.
—Tengo que confesar que estoy un poco celoso de ti y de tus hermanos— comenzó. —Cuando Elizabeth murió, fue como si el mundo de mi madre se hubiese acabado y yo ya no existiera. Después de ver el cariño que sientes por tus hermanos, y ellos por ti, quiero eso para nuestros hijos. Quiero que estén rodeados de gente y de felicidad.
—Lo estarán. Igual que tú. Como te dijo mi familia antes de que nos casáramos, ya formas parte nuestra, y siempre lo harás. Tienes hermanos y hermanas, sobrinas y sobrinos; y tienes hasta otro padre, y una tía y un tío. Y eso aquí sólo. Este último año es un buen ejemplo de la familia que has formado en EAC Enterprises, Edward. Tener una familia no se trata de relaciones consanguíneas, sino de cómo se tratan entre ellos y, desde mi punto de vista, tú tienes más familia de lo que piensas.
—Y todo te lo debo a ti, kotyonok.
—No, cariño, te lo debes a ti. Quizás con un poco de ayuda por mi parte— añadió Isabella con una sonrisa. —Sólo un poco.
—Isabella, te subestimas. Si no fuera por ti, puede que no estuviera aquí.
—Bueno, no estarías aquí exactamente, pero has construido tu empresa a base de miles de horas de trabajo duro. Si no fuera por que viste algo en mí, no habría tenido oportunidad de demostrar mis capacidades. Y mucho menos de casarme con el jefe.
—Bueno, también ayudó que eras una castaña sexy— le dijo con una sonrisa.
—¡Oye! ¿Eras? ¿Eras? —espetó, mirándole enfadada. —Que sepas que detrás de esta sandía hay una tía buena, maldita sea.
Riendo, Edward levantó las manos en señal de protesta.
—Tienes razón, kotyonok. Y, aunque todavía me pareces muy hermosa, preferiría que el resto de la población masculina apartara los ojos de ti.
—¿Todavía?
—Vale, me callo— respondió él, empezando a alejarse. —Veo que cualquier cosa que diga me va a traer problemas, así que ¿por qué no vamos a comer algo? —preguntó, esperanzado.
—No tengo hambre— contestó ella, aún con la mirada enfurecida.
—Sería la primera vez— comentó él, antes de taparse la boca con la mano y darse la vuelta.
Isabella intentaba no reírse y ponerse seria.
—A ver si lo he entendido, Sr. Cullen. Antes estaba buena y ahora como demasiado. ¿Es así?
Cuando Edward se giró dispuesto a disculparse, captó la mirada traviesa de su rostro antes de que estallara en risas. Suspirando de alivio, él también comenzó a reír.
—Me estaba asustando— dijo, y la envolvió en sus brazos. —Creía que esta noche iba a tener que dormir en el sofá.
Isabella se secó las lágrimas y continuó riendo.
—Tendrías que haberte visto la cara mientras seguías metiendo la pata— comentó, intentando controlar la risa. Pero comenzó a reírse de nuevo.
—No ha sido tan gracioso— dijo él.
—Sí. Lo. Ha. Sido— afirmó, antes de lanzar otra carcajada.
—En mi país, una mujer nunca se burla de su marido— le dijo con tono amenazador.
Dejando de reír al momento, Isabella le miró enfurecida.
—Y si lo hace, ¿qué?
Él se acercó e Isabella comenzó a caminar hacia atrás, hasta que su espalda estuvo contra una de las sillas de montar sobre un soporte.
Sujetando sus muñecas contra la montura, Edward inclinó la cabeza para susurrarle al oído.
—Tengo ganas de que nazcan los gemelos, porque creo que nos lo pasaríamos en grande usando esta silla para algo muy distinto a montar a caballo— le dijo, y ella se estremeció.
Le acarició la cara, le quitó el sombrero y enredó los dedos en su cabello, atrayéndola hacia él.
—De hecho, creo que deberíamos llevarnos una a casa— añadió, y ella gimió en respuesta.
La besó en los labios, tomando posesión de su boca, explorando sus profundidades cuando ella entreabrió los labios. Liberó sus muñecas y sus manos se aferraron a su cuello, y se enredaron en su cabello.
Presionándose contra él, lanzó unos pequeños maullidos en su boca a la vez que continuaba besándole, y sus lenguas interpretaron una danza ya familiar, pero que nunca dejaba de excitarlos.
Isabella bajó los brazos y le sacó la camisa del pantalón, deslizando sus manos por dentro y acariciando su piel. Las elevó hasta el pecho, y le frotó ligeramente los pezones, disfrutando de lo receptivo que se mostraba al endurecerse con su tacto. Incapaz de resistirse, le levantó la camisa e interrumpió el beso, para continuar en su pecho. Depositó unos delicados besos por todo su vientre, cosquilleándole el pecho con su melena mientras se desplazaba hacia arriba.
Cuando su erección se rozó contra ella, pudo sentir el efecto que tenía sobre él. Bajando una mano, le empuñó a través de los vaqueros y sintió cómo empujaba contra ella. Levantó la cabeza y lo miró.
—¿Qué te parece si probamos esa silla? —preguntó.
Tras tomar varias bocanadas de aire, él la observó.
—¿En qué estás pensando?
—Bájate los pantalones y súbete a la silla— ordenó, lamiéndose los labios.
Sin perder el tiempo, Edward se cambió de sitio con Isabella, se desabrochó los vaqueros y se los bajó por debajo de las caderas. Apoyándose por detrás, se subió a la silla y se sentó de lado. Al darse cuenta de que el asiento quedaba a la altura de su boca, se aferró fuerte a ambos borrenes.
Tras relamerse los labios con anticipación, Isabella abrió la boca y atrapó el capullo de su polla. La lamió como un polo, y se la metió en la boca para liberarla nuevamente a la vez que deslizaba los labios contra su verga. Sin soltarla del todo, volvió a metérsela en la boca, asegurándose de ejercer presión en la parte inferior con cada viaje.
Edward prestó atención por si oía voces en el granero, preocupado de que un miembro de la familia pudiese descubrirlos, pero su cuerpo se estremeció en respuesta a la estimulación de su esposa.
Observando la intensa mirada de Isabella mientras ésta se concentraba en su polla, se sorprendió y alegró a partes iguales de los ocasionales episodios de exhibicionismo que le proporcionaba su gatita; aunque entonces era él el que estaba medio desnudo.
Su cuerpo prácticamente vibró con la intensidad de las sensaciones que ella generaba dentro de él. Se agarró más fuerte a la silla y ella lo miró, con la cabeza moviéndose de forma continua a medida que deslizaba su boca a lo largo de su verga, ejerciendo la cantidad justa de presión y trazando círculos con la lengua. Clavando los talones contra el soporte, deseó haberse quitado los pantalones del todo, ya que quería rodear sus hombros con las piernas.
Intuyendo su frustración, Isabella se inclinó más, envolviendo los brazos alrededor de sus muslos y restregando los pulgares a lo largo de sus ingles, antes de colocar las manos sobre sus caderas. El ligero roce de sus dedos le hizo cosquillas en la parte inferior de la espalda, y luego en la parte superior del trasero, donde comenzaron a darle golpecitos, creando una vibración a juego con sus movimientos.
Esa nueva sensación hizo que se tragara sus gemidos, a la vez que luchaba contra el deseo de gritar su placer a cualquiera que estuviera lo bastante cerca como para escucharlo.
Tras restregar las manos por sus caderas y muslos, Isabella asió ambos testículos, masajeando y tirando de ellos ligeramente. Cuando sintió que él estaba cerca, aumentó la presión de su boca y deslizó el dedo por el perineo hasta el ano. Al notar cómo él se quedaba sin aliento, aceleró sus movimientos, emparejando la acción al nuevo ritmo de su respiración.
Con un gemido, Edward se corrió, arqueando las caderas hacia su boca.
—No pares— le susurró con dificultad, y ella continuó cabeceando de arriba a abajo y bebiendo todo lo que él le ofrecía.
Cuando su cuerpo empezó a relajarse, Isabella redujo el ritmo hasta detenerse del todo. Con un pequeño ruido oclusivo, liberó su polla y se relamió los labios, mirando a su marido. Él no se pudo creer que su polla respondiera tan pronto.
Tras bajarse de la silla, se subió los pantalones, decidiendo que iban a continuar con la sesión en su cabaña. Isabella se quedó allí de pie, observando cómo se vestía. Cuando terminó, tomó su rostro con ambas manos y la besó con intensidad, saboreando sus propios jugos en su boca. Miró a su esposa, cuyo rostro estaba arrebolado de excitación.
—¿Qué te parece si volvemos a la cabaña y seguimos donde lo hemos dejado? —le preguntó, y ella asintió.
Con un brazo alrededor de su cintura, la escoltó fuera del granero. Al doblar la esquina, se toparon con Paul y su esposa, que miró a Isabella de arriba a abajo con expresión sospechosa.
—¿Todavía estabais con los caballos? —preguntó Paul, antes de que su mujer le propinara un codazo en las costillas. —¡Ay! —se quejó, y ella le dijo algo al oído, guiñando un ojo a la pareja.
Sin querer escuchar la respuesta, Edward apresuró a Isabella de vuelta a la cabaña, pero no pudo evitar oír las protestas de Paul cuando se dio cuenta de lo que le decía su esposa. Pensando que, seguramente, tendría peores tareas en el futuro que retozar con su mujer en el granero, estaba ansioso por retomar lo que acababan de interrumpir.
