CAPÍTULO 09

—Llamaremos a tu novio. Necesita saber lo que queremos de él.

—¿Por qué él va a darte lo que quieres?

—Porque ningún hombre voluntariamente va a dejar ir a una mujer que le ruega que le meta la polla por su culo.

Cualquier teoría que Lucy tuviera para intentar congraciarse con él en su forma de pensar simplemente había desaparecido.

—¿Nada que decir a eso? —El hombre le sonrió burlonamente mientras marcaba el número de teléfono de Natsu.

—Aparte de que eres un imbécil repugnante, no… —Lucy murmuró por lo bajo. Se preguntaba quién diablos tendría sexo con un tipo así. ¿Alguna prostituta podría recibir el dinero suficiente como para follarlo?

—¿Cómo conseguiste el número de teléfono de Natsu?

—No soy tan estúpido como parezco.

—Eso es una suerte para ti, entonces.

El rubio miró a Lucy, inseguro de si lo había insultado o no.

—Sólo cállate por cinco segundos y escucha lo que quiera que le digas a tu novio.

Lucy escuchó. Sonaba como las cosas convencionales que decían los secuestradores en la televisión. El hombre no tenía imaginación. Debía volverla loca a Minerva. Al menos eso era un estímulo. El hombre le extendió el teléfono y la miró como si él gustosamente la abofetearía si ella dijera cualquier cosa lo más mínimo equivocada. Cuando la voz de Natsu entró en la línea, Lucy sintió su corazón dispararse.

—Natsu. Soy yo. —Ella aferró el teléfono en su mano e intentó sonar tranquila y controlada a pesar del hecho de que no se sentía de ninguna de esas dos maneras en este momento. Estaba más enojada y frustrada que cualquier cosa por la situación en la que estaba. Odiaba sentirse impotente. El hecho de que Natsu sonara tan aliviado al escucharla la hizo sentirse un poco mejor.

—Bebé, ¿dónde estás? ¿Estás herida? —Había un borde de desesperación en la voz calmada de Natsu.

—Natsu, estoy bien y no tengo ni idea de adonde estoy. ¡Ay! —Lucy gritó cuando su captor bruscamente tiró duro de su cabello para lograr su atención. Ella le dirigió una mirada furiosa al rubio—. Tengo que decirte que el rubio grasiento ladrón de carros… —Lucy se volvió hacia el hombre al lado de ella—. Pues bien, eres tú y no me tires el pelo otra vez. ¡Oye! No te muestres disgustado conmigo porque yo no estoy realmente contenta contigo tampoco, compañero. —Ella le gruñó—. De cualquier manera, Natsu, él quiere cincuenta mil dólares por mi rescate. Él tiene alguna idea delirante sobre que mi hermana Michelle va a soltarlos. —Lucy cambió su atención a su secuestrador quien la maldijo furiosamente—. Bien, a ella no le gusto, ya le dije eso.

—Bebé, no cabrees al hombre. —Había tanto preocupación como admiración en la voz de Natsu.

—Demasiado tarde para eso… —El teléfono fue arrebatado de su mano.

—Escucha, Dragneel. —Gruñó el hombre en el teléfono—. A su hermana puede no gustarle y yo estoy comenzando a entender por qué, pero sé que a ti sí, por lo que te sugiero que consigas esos cincuenta mil inmediatamente a menos que quieras ver a tu amante lastimada.

—Ya tienes el otro dinero. ¿Por qué no la dejas en paz y te escapas mientras puedas?

—Porque uno nunca puede tener suficiente dinero, Dragneel. Tienes cuarenta y ocho horas para juntarlo. —Cerró el celular y miró hacia abajo a Lucy, sacudiendo la cabeza en una mezcla de cólera y asombro—. Eres francamente molesta. Pensaba en tener un poco de diversión contigo yo mismo después de haberte visto tan complaciente con Dragneel pero ahora no te follaría ni si me lo rogaras. —Apretó las sogas alrededor de sus manos.

—¡Carajo! —Murmuró una aliviada Lucy por lo bajo. Las sogas cortaban tan apretadamente dentro de su piel que ella jadeaba de dolor. Pero el hecho de que él no quisiera su cuerpo invalidaba cualquier dolor que sintiera. Ser molesto era provechoso a veces.

Doce horas más tarde Lucy todavía estaba retorciéndose, intentando ponerse en algún tipo de posición más cómoda sobre el duro piso de madera de la casucha. Todo ese tiempo ella había permanecido rígidamente despierta. Su secuestrador sólo le había soltado las sogas tres veces para permitirle ir al nauseabundo baño de la casa. Cada vez ella buscó su oportunidad para escaparse pero el cuarto de baño no ofrecía ninguno y no había forma de que ella quisiera permanecer en ese baño por más tiempo del necesario.

—¿Así que, vas a alimentarme, o qué? —Lucy no estaba hambrienta en lo más mínimo. Sólo quería mantener la charla inconsistente que sabía que molestaba tanto a su secuestrador. Tenía que asegurarse que ningún pensamiento sobre sexo se le cruzara por su repulsiva mente. Doce horas juntos no habían hecho nada para mejorar las relaciones entre el desparejo dúo. Él quería que Lucy se callara y guardara silencio, y Lucy, sabiendo esto, perversamente elegía hacer lo contrario. Había concluido hacía mucho tiempo que sus amenazas hacia ella eran vacías. Lucy todavía esperaba que él simplemente la dejara en libertad si se sentía lo suficientemente frustrado con ella. Una única cosa le preocupaba y era Minerva y lo que tenía planeado. Ella era el comodín en esta situación.

—No hay un punto dejándome morir de hambre. Nadie va a pagar dinero de rescate por un esqueleto, ya sabes. —Ella dudaba de que Michelle pagaría independientemente de si estaba esquelética o no. Michelle probablemente pensaría que ella se veía mejor con menos carne. Lucy no podía imaginarse ser capaz de poder reunir quinientos dólares, y mucho menos cincuenta mil, para pagar un rescate. Con toda sinceridad, Lucy podría participar con cincuenta dólares en caso necesario.

Pero ella sabía en su corazón que Natsu Dragneel pagaría cualquier monto que le pidieran. Él simplemente era ese tipo de persona… maldito sea. Como podría evitar amarlo aunque lo intentara. Tenía sexo fantástico con un hombre que tenía un buen corazón y un alma afectuosa. Las mujeres en el mundo entero matarían por eso. Lucy sólo tenía que tener el valor para decirlo.

—Tienes una boca en ti. —Su secuestrador sacudió la cabeza con frustración.

—Lucy siempre fue insolente y siempre ha sido molesta. Es una parte de su personalidad. —Dijo una voz muy femenina que Lucy conocía demasiado bien. Minerva Orland había entrado sin avisar a la casa y ahora estaba parada mirando hacia abajo con aversión a la forma cansada y desgreñada de Lucy.

—¡Bueno, Minerva Orland! Qué milagro encontrarte aquí. ¿Supongo que no trajiste el dinero que me debes? —Lucy la saludó sarcásticamente mientras captaba el acicalado pantalón de lino azul claro que Minerva llevaba. Lucy sabía que ella se veía como una vagabunda comparada con Minerva. No es que a ella le importara lo que su ex compañera de piso pensara de ella—. ¿Éste es tu novio? —Señaló al tipo rubio grasiento.

—Tu sarcástica boca te meterá en problemas algún día, Lucy. Oh espera, ya estás en problemas. —Minerva le sonrió agriamente—. Así que escucha, yo estoy al mando y tú harás lo que te digo.

Lucy no dudó ni por un segundo de que era Minerva la que llevaba la batuta y no en el rubio.

—Así que, Minerva, ¿por qué todo esto? —Lucy ya sabía la respuesta. Por avaricia. La vieja "yo quiero algo y voy a conseguirlo a cualquier precio" avaricia.

Minerva se rió mientras arrastraba una silla hacia donde estaba Lucy sentada sobre el piso.

—Bueno, por el dinero por supuesto, Lucy. —Minerva se sentó cruzando sus piernas refinadamente como si estuviera en una reunión para tomar el té—. Después de verte en Caloundra, debo admitir, tuve un muy pequeño momento donde en realidad decidí que me había equivocado contigo y te devolvería una parte de tu dinero.

—Bueno, caramba, Minerva, debe haber sido un desliz. Esa cosa de conciencia es muy impropia de ti. —Lucy estaba asombrada de que Minerva incluso admitiera que ella había pensado en hacer lo correcto. Obviamente ella rápidamente había logrado sobreponerse a ese deseo cuándo se dio cuenta de los beneficios de compartir la suerte con el rubio.

—Oh, Lucy, yo sé que no lo crees pero fuiste buena conmigo. Me dejaste quedarme en tu casa cuando necesité ayuda. —La mirada en la cara de Minerva claramente mostraba que ella recordaba un tiempo que no fue agradable para ella.

—Y naturalmente para pagarme la deuda me estafaste. —Lucy había intentado ayudar a Minerva. Se la había encontrado en la calle, literalmente. Minerva tenía una maleta estropeada y estaba parada en la calle, su rostro magullado y lastimado después de terminar una relación con un novio que la había golpeado. Lucy, al oír que ella no tenía un lugar para vivir y teniendo un corazón tierno a pesar de todas las paredes protectoras que ella había levantado desde entonces, había dejado a Minerva irse a vivir con ella. Fue un error inconcebible y eso la había dejado donde estaba ahora, sentada sobre un piso sucio con sus manos y pies atados. Eso en cuanto a ser agradable y admitir callejeros. Como hacen los chuchos que siempre se dan vuelta y te muerden cuando te encuentras más vulnerable.

—Es mi naturaleza, Lucy. Uno no puede cambiar lo que es. —Minerva le dijo suavemente, casi haciéndole creer a Lucy por un segundo que lo lamentaba. Pero fue sólo un segundo, luego Lucy tuvo mejor criterio—. De cualquier manera, después de encontrarme contigo en Caloundra y del momentáneo remordimiento que tuvo mi conciencia, volví a la casa en Fairy Tail para verte. Sin embargo, me topé con Lester en la casa, buscándote. —Minerva señaló al rubio hombre grasiento que había sido la compañía no deseada de Lucy durante el último día o poco más o menos—. Después de que unos cuantos momentos tensos y algunas preguntas pertinentes, Lester vio las ventajas de que yo lo ayude a conseguir el dinero. —Los ojos de Minerva vagaron sobre Lester momentáneamente con repugnancia. Lester, a su vez, parecía inconsciente de sus sentimientos hacia él—. ¿Quién sabía que tú comprarías semejante bomba y me conducirías a todo ese dinero, Lucy?

—¿Así que de dónde salió ese dinero?

—Lester y su socio robaron uno de los bancos en del centro comercial Chermside.

Lucy vivía a no más de quince minutos de ese centro comercial y el almacén de coches donde ella compró el pedazo de mierda estaba a dos cuadras hacia abajo por la calle Hamilton en el mismo suburbio. No se requería ser un genio para darse cuenta de que Lester había escondido el dinero, esperando el momento correcto para recogerlo.

—¿Qué pasó con el socio de Lester? —¿Había un tercer loco con quien ella tendría que tratar?

—Lester le mató.

—Él intentó tomar todo el dinero para sí mismo. —Dijo Lester con furia.

Muy bien, Lester estaba otra vez en la lista de asesinos más probables.

—Así que Lester aquí escondió el dinero en tu coche con toda la intención de recuperarlo cuando fuera seguro.

—Hasta que yo inconscientemente compré el montón de óxido. —Dios mío, uno tiene que recordar cómo la vida se orquesta de esta manera—. Entonces, Lester —Dijo Lucy, volviendo su atención al rubio, pensando que el nombre le sentaba a la perfección. El nombre era tan escalofriante como él—. ¿Cómo supiste que yo tenía el coche? ¿Has estado siguiéndome desde que lo compré?

—Después del robo mi ex compañero Carl, que podía atormentar al diablo con su alma podrida, decidió no darme mi parte del dinero. Habíamos considerado dividir el dinero por la mitad e ir cada uno por su lado. Pero una noche lo encontré saliendo a hurtadillas de nuestro escondite. Lo seguí hasta el almacén de coches usados. Supe que iba a tomar todo nuestro dinero y dejarme sin nada. Cuando supe lo que estaba ocurriendo, me encargué de Carl. Sin embargo, al día siguiente, antes de que pudiera recuperar el dinero, tú compraste el coche. No pensé que alguien sería lo suficientemente estúpido para comprar esa cosa inútil, por lo que creí que tenía más tiempo.

—No fui estúpida. —Dijo Lucy a la defensiva—. Estaba desesperada. Hay una diferencia, ya sabes. —Lucy ignoró la mirada ¿ah, sí? Que le disparó Lester. Lucy fijó su atención en Minerva pensativamente. ¿Había alguna forma de llegar a la mujer? El recuerdo del rostro amoratado y ensangrentado de Minerva, cuándo se conocieron, le vino a la mente. Minerva había pasado por una buena cantidad de momentos difíciles por sí misma. Debería haber alguna chispa de bondad en alguna parte en la mujer—. Fuimos amigas una vez, Minerva.

—Nunca fuimos amigas, Lucy. Tú fuiste útil para mí. Una vez que el dinero se terminó ya no tenías ninguna utilidad para mí.

La frialdad en la voz de Minerva dejó helada a Lucy. Minerva había previsto todo de antemano. Usar, abusar y continuar adelante. No había ninguna decencia humana que quedara en ella. Lucy se sintió increíblemente ingenua por haberla admitido como lo hizo.

—Ya veo, tonta de mí por pensar que éramos amigas.

—Nunca lo fuimos y tú no te diste cuenta de eso hasta que fue demasiado tarde. Pensé que eras más lista, Lucy. Pero obviamente no lo eres. —Minerva le sonrió repentinamente—. Te diré algo, Lucy. Ese hombre tuyo es algo diferente. Ya sabes que lo observamos a él tomándote esa noche cuando te folló sobre tus rodillas. Realmente deberías haber cerrado las cortinas. ¡Y esa polla! Él es enorme. No me importaría dejarme caer debajo de él yo misma. De hecho estuve a punto de hacerlo después de que Lester lo golpeó pero llegaste tú y lo arruinaste. —Minerva suspiró por su oportunidad perdida—. Pienso que necesitamos llamarlo otra vez. Quiero adelantar el plazo en esto. Él necesita saber que somos serios.

Lester estaba encantado con la noticia.

—¡Gracias a Dios! Ella me está cabreando como el infierno.

Lucy arqueó las cejas ante su tono. Él era claramente un hombre sobre el borde. Esto seguramente no podría ser sólo por pasar tiempo con ella, ¿no?

—Le daremos a su amante sólo otras doce horas para conseguir el dinero. Cuando llamemos por teléfono hablemos rápidamente y cortemos la comunicación. Dragneel ya pudo haber hablado con la policía. No podemos arriesgar la posibilidad de que sus llamadas probablemente estén siendo rastreadas.

—Nah, eso no será un problema. —Contestó Lester confiadamente. —He visto en la televisión que si sólo hablas por un par de minutos ellos no tienen tiempo para rastrear la llamada.

Tanto Lucy como Minerva intercambiaron miradas que eran idénticas. Lester evidentemente no era listo y eso era siendo amable, pensó Lucy. Ella sabía que debía volver loca a Minerva estar involucrada con un cómplice tan idiota. Lucy le sonrió con aire satisfecho a su ex compañera de piso.

—Estupendo, lo que sea, sólo haz la llamada rápido. —Minerva se veía molesta porque Lucy había adivinado sus pensamientos sobre Lester. Ella lo observó marcar por teléfono.

—Ahora sólo tienes doce horas, Dragneel.

—Déjame hablar con Lucy. —Natsu demandó tranquilamente. La única cosa en la que él estaba interesado era en Lucy. Todo el dinero en el mundo no la podría reemplazar.

Lucy sintió el teléfono empujado contra su oído.

—Hola. —Le dijo a Natsu, sintiendo el ridículo deseo de llorar cuando oyó su voz. Ella no era así. Probablemente era la quemadura de la cuerda lo que le hacía querer llorar y no que ella deseaba verlo otra vez.

—Hola a ti. —La voz de Natsu era suave con preocupación—. ¿Estás bien? Deseo verte, bebé.

La suavidad en la voz de Natsu le hizo a Lucy tragar duro. Lo último que ella necesitaba era que Minerva piense que ella era débil.

—Estoy tan bien como puedo estar. —Ella tenía un anhelo abrumador de verlo y ser abrazada por él.

—¿Sabes dónde estás?

—Posiblemente en Sunshine Coast… ouch. —Lucy gritó cuando Lester finalmente se rompió y la abofeteó duro a través de la cara, haciéndole girar la cabeza y sus dientes hicieron un corte en su labio inferior.

—¡Perra estúpida! —Lester chasqueó después de golpearla. Él agarró el teléfono de ella.

—¡Bebé! ¿Estás bien? —Natsu gritaba frenéticamente a través del teléfono.

Lucy sabía que ella había tomado una enorme oportunidad revelando su localización. Pero ella estaba todavía en este pequeño juego ambicioso.

Minerva arrebató el teléfono impacientemente alejándolo de su cómplice.

—Te veremos en doce horas. Ten el dinero o ella muere.

Natsu escuchó la línea morir. Sabía quién era la dueña de esa voz. La había oído una vez antes. Le pertenecía a Minerva Orland.

—Michelle, ella es tu hermana. —Natsu estaba perdiendo completamente su paciencia. Le había seguido la pista a la hermana de Lucy, Michelle Maxwell, pensando que tal vez ella estaría interesada en el bienestar de su hermana. Pero la única cosa que parecía concernirle a Michelle era la cantidad de dinero que los secuestradores estaban demandando.

—Ya sé pero cincuenta mil es una fortuna. —Dijo Michelle Maxwell, completamente perturbada por el tono de Natsu—. No sé qué hacer.

Natsu estaba comenzando a entender por qué Lucy tenía el menor contacto posible con su hermana. Michelle Maxwell era o bien una absoluta y completa perra insensible o era una cabeza hueca que no terminaba de comprender lo que Natsu le estaba diciendo. Él se había tomado el trabajo de seguirle la pista a través de Lissana. Lissana le había dicho que ella era problemática pero Natsu quiso creer en alguna parte, en lo más profundo dentro suyo, que a ella le importaba Lucy. Pero el hecho de que Lucy, su hermana menor, estuviera en problemas no parecía importarle mucho a Michelle. Y el pensamiento de gastar cincuenta mil dólares para liberar a su hermana parecía exorbitante para ella. Sonaba como alguien que probablemente gastaría esa cantidad en ropas en un mes.

—Otra vez, Michelle, no te estoy pidiendo que lo pagues. Te estoy diciendo que tomes conciencia de que Lucy está corriendo peligro y que estas personas saben quién eres. —Natsu le hablaba casi como si ella fuera una niña. Él ya había tenido suficiente. Su deber estaba cumplido. Natsu se encargaría de Lucy por sí mismo.

—A mí me importa Lucy.

—Tienes una condenada extraña forma de demostrarlo, mujer.

—Tú no entiendes… —La voz de Michelle se desvaneció como si supiera que no había forma de que ella pudiera hacer que este hombre la entendiera.

—No, no lo hago y en este momento incluso ni estoy tratando de comprenderte. Tú no eres importante para mí, Michelle. —Natsu colgó el teléfono y llamó a su contador.

Lucy fue empujada sobre el sucio piso de su viejo cobertizo. Tuvieron que mudarse de lugar porque Lucy había descubierto su ubicación en Sunshine Coast. Sunshine Coast cubría un área grande y salvajemente diversa e intentar encontrarlos sería como tratar de encontrar la proverbial aguja en un pajar. Sin embargo, Minerva no estaba dispuesta a correr riesgos. Había dinero involucrado, después de todo. Así que ahora estaban otra vez en Magnolia, en Fairy Tail para ser precisos, en la parte de atrás del propio patio trasero de Lucy, literalmente. Su casa en Fairy Tail tenía un cobertizo viejo y ruinoso, de chapa en la parte trasera. Era un lugar donde Lucy, y ella estaba segura que también Minerva, nunca se había aventurado adentro en todo el tiempo que había estado en la casa. Se había asomado una vez cuando se mudó. Sin embargo, las diversas arañas y cucarachas habían sido suficientes para impedirle aventurarse más allá en el interior o de utilizar el viejo cobertizo. Lucy no se asustaba por las arañas pero las cucarachas eran simple y llanamente repulsivas, por lo que simplemente consideró la necesidad de no tener que usar el cobertizo. Así que, había conservado su purulento estado hasta ahora.

—Minerva, ¿no crees que traerme otra vez a Fairy Tail es un poco evidente? —Aunque Lucy tenía que admitir que a veces esconderse delante de la vista era la mejor forma para esconderse. Minerva era ambiciosa pero no era estúpida. Lucy a regañadientes tenía que admirar la estrategia de Minerva. Sin embargo, la mujer era una hija de puta confabuladora ante los ojos de Lucy y si ella pudiera hacerla dudar sobre la sabiduría de sus decisiones entonces mucho mejor. Quizás cometería un error.

Minerva se volvió hacia Lucy con furia.

—¿No crees que debieras cerrar la boca antes de que te lastime más, Lucy?

Claramente el robo y el secuestro estaban evidentemente quedándose con el control de Minerva. Ella había estado irritable todo el camino hasta Magnolia. Y tenía razón, Lucy ya había sido lo suficientemente lastimada. La piel en sus muñecas y tobillos estaba lastimada y sangrando por las restricciones que le habían puesto, sin embargo por suerte ahora sólo sus manos estaban atadas. Habían decidido desatarles los pies dado que ya no creían que se arriesgara a escapar. Y estaban en lo cierto. Las piernas de Lucy estaban acalambradas por la falta de circulación. Su mejilla y ojo izquierdos estaban hinchados y azules por la bofetada que Lester le asestó cuando había revelado el lugar. Estaba sucia y cansada, pero si consiguiera la mitad de una oportunidad, Lucy igual intentaría escaparse. Además, no iba a callarse solamente porque Minerva Orland lo quisiera así. Eso sería como rendirse. Y ella no tenía intención de hacer eso.

—¿El dinero realmente que vale todo esto, Minerva? —¿Quién necesitaba toda esta molestia por un par de dólares?

Minerva bufó de la forma más impropiamente femenina ante su pregunta.

—¿Me preguntas eso después de que tomé todo lo que tenías? ¿Cómo te sientes al no tener dinero, Lucy? —Minerva conocía absolutamente bien la frustración que Lucy tuvo que haber sentido.

Lucy decidió probar otra estrategia con Minerva. Apelaría a su avaricia.

—¿Qué hay acerca de Lester? ¿Puedes confiar en él? Después de todo, él mató a su socio. —Ella esperaba que Minerva tuviera algún pensamiento sobre que Lester era una amenaza. Lester no estaba con ellas. Había ido a lo que él llamaba el cuarto de los niñitos. Si estaba dentro de su casa usando su cuarto de baño, Lucy sabía que ella nunca podría ser capaz de usar ese baño otra vez.

—Puedo manejar a Lester.

—¿Puedes? ¿Qué ocurre si él te hace lo que le hizo a su socio? Todo el dinero en el mundo no te puede ayudar si estás muerta, Minerva. —Lucy la miró considerablemente—. Además, ¿dónde está él ahora? No toma tanto tiempo ir al baño. Espero que el coche esté seguramente cerrado, de otra manera tendrías que ir despidiéndote de ese dinero.

Minerva se rió duramente de sus palabras.

—Sé lo que estás tratando de hacer, Lucy. Estás tratando de dividir y conquistar. El coche está bajo mi control y Lester no es más estúpido porque no entrena. Pero yo no. No hay forma de que sea lo suficientemente estúpida tampoco para confiar en él o para ser perturbada por tus palabras.

Lucy no estaba sorprendida por la respuesta de Minerva. Minerva era una sobreviviente egoísta manipuladora. No daba disculpas por eso. Sabía lo que quería y lo tomaba. Tienes que admirar eso en alguien. Aunque no tenga por qué gustarte.

—¿Debo interpretar eso como que vas a robarle el dinero del coche? —Era declaración, no una pregunta y ambas la sabían.

—No eres estúpida, Lucy. ¿Qué piensas? —dijo Minerva mirando hacia abajo a la desaliñada criatura delante de ella.

—Así que Lester está siendo engañado por ti y es demasiado estúpido para darse cuenta de eso. Buen trabajo, Minerva. —Lucy se preguntaba cuándo la rueda cósmica del karma circularía y golpearía a Minerva en su culo.

El sonido de la puerta de chapa abriéndose detuvo cualquier conversación entre las dos mujeres. Lester dio un paso dentro del cobertizo, el arma en su mano.

—Es casi el momento. —Le dijo a Minerva mientras arrastraba bruscamente a Lucy sobre sus pies. El dolor en sus muñecas y tobillos desgarraba a Lucy como un cuchillo. Ella reprimió el grito que brotaba de sus labios. No mostraría ninguna debilidad con este dúo.

—Llamaré a Dragneel y le diré dónde encontrarnos. —Minerva marcó los ahora familiares números del móvil de Natsu, en su teléfono—. Bien, Dragneel, éste es el trato. —Comenzó Minerva con una voz dura y controlada.

—No estoy de acuerdo con nada hasta que hable con Lucy. —Respondió Natsu, su voz tan fría y tan al mando como la de ella.

Minerva suspiró y le puso el teléfono al oído a Lucy.

—El Príncipe Azul quiere hablar contigo. No digas nada estúpido, Lucy.

—¿Estás herida, bebé?

—Estoy bien. —Lucy mintió, sabiendo que estaba dolorida y sintiéndose muy diferente a bien. Pero no había un punto en preocupar a Natsu más allá de lo que ya había hecho. Lo había hecho pasar a través de mucho desde que había entrado en su vida. Lucy tenía que preguntarse si ella valía la pena. ¿Por qué iba él a pasar por tantos problemas debido a ella?

—Te amo. —Le dijo Natsu, su voz segura y firme, contestando a sus pensamientos no pronunciados.

—Natsu, yo… —Un fuerte estrépito y un aullido de dolor interrumpió cualquier cosa que Lucy iba a decir. —Oh, mi Dios. —Ella jadeó, mientras se daba cuenta de que el arma se había disparado en el cobertizo.

Natsu oyó el disparo y estaba frenético de preocupación.

—¿Qué fue eso? ¡Lucy! ¡Lucy! —Gritaba alarmado.

Lucy miró hacia donde Lester yacía sobre el piso del cobertizo, gritando en agonía.

—¿Qué diablos ocurrió? —Ella gritó, mientras Minerva sacaba bruscamente el teléfono fuera del oído de Lucy.

—El condenado Lester vio a un lagarto de lengua azul y decidió dispararle. —Maldijo Minerva, mirando a Lester con intenso disgusto—. El idiota parece haberle disparado a su dedo gordo. —Las dos mujeres miraron hacia abajo a la sangre derramándose en el suelo cerca del pie de Lester. La zapatilla de lona de su pie derecho tenía la parte delantera reventada, la sangre estaba saliendo a raudales.

—¡Pensé que era una serpiente! —Lester aullaba de dolor.

Incluso a pesar de que Lester era un asqueroso delincuente que le había causado a ella nada más que problemas, Lucy no podía dejarlo sangrando. Sin embargo, tener sus manos amarradas apretadamente juntas no le permitía ayudarle. Ella miró a Minerva para que lo ayudara. Minerva miraba como si preferiría matarlo en lugar de ayudarle.

—Escucha, Dragneel. —Dijo Minerva en el teléfono, ignorando el grito de dolor de Lester—. Encuéntrame en el parque al lado de la biblioteca Fairy Tail en Soth Pine Road y va a ser mejor que no haya policías.

—¿Quién fue disparado? —Exigió saber Natsu, rezando que fuera cualquiera menos Lucy.

—Sólo cállate y escucha. —Minerva no estaba interesada en nada que no sea su causa.

—No hasta que me respondas. —Dijo bruscamente Natsu enojado, con la seguridad de que él nunca antes había contemplado golpear a una mujer hasta que Minerva entró en la escena.

Minerva emitió un profundo y exasperado suspiro.

—Lucy está viva y si quieres que continúe de ese modo tienes quince minutos para llegar al parque con el dinero. —Minerva espetó en el teléfono y alcanzó el arma que Lester había dejado caer después de que accidentalmente se disparara a sí mismo.

A Lucy no le gustó la mirada en los ojos de Minerva. Sin duda alguna Minerva no contemplaba matarlo.

—Vamos a ayudarlo, Minerva. Él podría morir desangrado. —Lucy le imploró. Lester era un cerdo pero también era un ser humano… en cierto modo.

—¿A quién le importa? —Minerva gritó, agarrando a Lucy del brazo y sacándola por la fuerza del cobertizo—. Es un idiota intentando dispararle a un lagarto en el medio de un día domingo cuando un disparo puede oírse en todas partes. Tenemos que salir de aquí ahora. —Ella medio tiraba, medio arrastraba a la todavía atada Lucy fuera del cobertizo, dejando a Lester para que se pudra.