La historia aquí contada es de mi total autoría; salvo los personajes que son de la inestimable Sthephenie Meyer.
¡Gracias por leer chicas!
Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, Betas FFAD
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—Algo ha pasado, señor. —Edward se encontraba brindado, completamente desnudo, frente al gran ventanal del hotel Belter.
Había soñado con su juguete toda la santa noche. Miles de maneras de hacerla correr, de machacarla con juegos adultos y penetrarla hasta el alma... sin fin.
Tragó en seco antes de mirar cómo el sol se levantaba aquella mañana.
Contestó.
—¿Y bien? —Por unos segundos se le pasó por la cabeza que, aquel hijo puta indio se hubiera follado a su princesa zorra.
Apretó los dientes y esperó a que su interlocutor, comenzara a informar.
—La hermana, señor, la mayor. La prometida de su hijo, ha fallecido.
Sin duda Lucca, había mandado defender la fortaleza donde debía cuidar de su juguete, a cualquier gilipollas, sin ningún don de la palabra.
—Explícate, maldito hijo de puta. Pareces un puto telegrama. ¿Me estás diciendo que Jessica ha muerto? La prometida de mi hijo, ¿ha muerto?
—Sí, señor.
Edward colgó el telefono y miró el aparato como si no comprendiera.
La muy perra de Jessica había huido de escena. ¡Cobarde, mal parida! Más pronto que tarde se la hubiera follado de manera tal, que ella siempre recordaría.
Ahora la muy soez iba a ser devorada por sus gusanos intestinales, sin saber lo que era un buen polvo con Edward Cullen.
Sinceramente, era lo único que le importaba.
Que hubiera muerto o no, era secundario en sus planes. Ahora, su fijación era ella: Isabella Swan; la quería convertir en su juguete, en su perra, su puta y sucia esclava.
Se miró la polla, pensar aquello lo ponía tremendamente cachondo.
Lo bueno de aquella situación, es que había otra ocasión para ver a la mocosa, recrearse con ella y conocer su espacio.
Sonrió malvadamente antes de volver a prestar atención a su polla erguida, casi rozando su ombligo.
Iba a ser un placer dar la noticia a su hijo; aquel imbécil que, no sabía dónde tenía la mano derecha ni sabía dónde meter la polla.
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—No sabemos cómo agradecerle el apoyo brindado, señor Cullen. —Charles Swan se llevó la mano a la frente, desgarrado, desarmado... muerto en vida. Paseándola lentamente por los ojos hacia abajo, con las palmas abrigando su rostro, intentando darse serenidad a este momento tan desolador. Ese para el cual ningún padre tendría que estar condenado, nunca.
Edward torció la boca interiormente, pensando casi automáticamente que, aquel hombre daba tanta puta pena que bien ser mercecía algo de aquella fingida compasión que le brindaba.
Sorbió de su copa de whisky irlandes y alzó las cejas con gesto inescrutable.
—Después de todo, su hija ya formaba parte de nuestra familia y en nombre de todos, estamos en la obligación obligación de ayudarlos en todo lo que esté en nuestra mano y, ya ve... nuestra mano es bastante poderosa.
Charlie Swan lo miró unos segundos, sin pestañear siquiera.
Era cierto.
Jessica había tenido un velatorio, digno de una estrella de Hollywood, todo el maldito pueblo de Forks paseó delante del cuerpo de su hija para ver si había signos de hematomas en su cuello roto o en su joven y bello rostro; pero no encontraron nada. Los Cullen se habían encargado que pareciese estar dormida y más bella de lo que estuvo nunca.
Coche de lujo paseando hasta el cementerio, flores, coronas y dos concertistas de violoncello entre todo aquel caos de apariencias y dolor.
Para tranquilidad de Charlie Swan, ese hubiera sido el funeral que su hija mayor hubiera deseado.
Ahora, la que le preocupaba, pese al dolor que le corroía el alma, era su "princesa chicazo".
Bella no había llorado.
Pero lo que era más preocupante... no había hablado ni una sola palabra, desde hace dos días.
Desde el momento en que Charles soltó el hacha, al escuchar el crujido de algo, fuerte y pesado que se zarandeaba de un lado a otro de la fachada de su destartalada casa de madera de tecca solidificada... A fogonazos recordaba el momento en que alzó la vista y su voz se perdió entre los bosques, con la vista nublada por lágrimas, al ver como la vida de su hija mayor se escapaba sin poder remediarlo.
Bella se miró al espejo.
Sus ojos parecían haber empequeñecido, víctimas del llanto y del sufrimiento.
Angela se había marchado... no pudo soportar ver el cuerpo sin vida de Jess, pero ¿y ella? ¿Podría seguir soportando toda la verdad?
Metió la mano dentro de su brasier y de allí, sacó con detenimiento y delicadeza, un papel perfectamente doblado. Lo abrió y volvió a leer todas sus letras. Sentada y sola en la habitación, que una había sido cómplice de risas y confidencias, tan solo quedaba ella.
Cerró los ojos con fuerza, antes de atusarse el pelo con fuerza.
Jess, no volvería nunca y Angela había huído...
Fue una completa tortura tener que ver a toda la familia Cullen en el funeral de Jess.
Sobretodo a él; a su merodeador... El hombre que la marcó, invisiblemente —a ojos de nadie, salvo de él—, con sus iniciales.
Las palabras de Jess: "No preguntes Bella, tan solo agarra, juega y desarma. No permitas nunca que tengas juntar los pedazos de tu alma".
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Lucca di Porttia, examinó con detenimiento a la muchacha que se hallaba frente a él.
Iba empapada y eso hacía que los ropajes que llevaba, se adheriesen a ella como una segunda piel.
El suéter de pico negro se pegaba a sus pechos voluminosos y los pantalones vaqueros, ya ceñidos de por sí, abrazaban más aquellas piernas que parecían no tener fin.
La gorra de beísbol azul, le tapaba el rostro casi completamente; pero aún y así la conoció: era Isabella Swan.
Carraspeó, paseando una mano por su cabello oscuro y rizado. En esos momentos a Lucca di Porttia le daba la sensación que toda la jodida gente que paseaba por el hall del hotel Belter, estaba mirando a aquella chica encharcada de pies a cabeza y a él.
—Me conoces —susurró ella, sin levantar la cabeza para mirarlo—, llevame con el hijo de puta de tu jefe, si no quieres que forme un escándalo inmediatamente.
Lucca aplaudió mentalmente a la chica, sintiéndose casi orgulloso de ella. Era valiente, pese a parecer quebradiza, frágil.
—¿Crees que el Sr. Cullen, no tendría el suficiente poder de borrar de un plumazo todo lo que aconteciera aquí? Eso no es una amenaza para él, ni siquiera para mí, jovencita. —Lucca, sonrió a la chica casi con tristeza. Habían sido unas semanas duras desde la pérdida de la hermana.
—Me arriesgaré. No tengo nada que perder —expuso ella, poniendo los brazos en jarra y esta vez mirando directamente a Lucca a los ojos.
El siciliano, notó como su corazón se encongía.
Los ojos de Isabella Swan estaban teñidos de un leve tono rosado, y rodeándolos una enorme mancha oscura se hacía interminable. La expresión de tristeza, la inundaba por entero.
—Mira niña, ve a tu casa. Consuela a tus padres. Ya tienen bastante con la perdida que han sufrido. No hagas ninguna locura, que los haga avergonzase de ti, ante el Sr. Cullen. Hazme caso, te lo digo como si fuerse un viejo amigo —Lucca agarró el celular de su bolsillo izquiero de la chaqueta de firma italiana, color oscuro—. Te llamaré un taxi.
—Escuche. Si Edward Cullen se entera que he venido a visitarlo y usted no ha dejado que suba a su habitación, creo que no podrá encontrarse nunca los cojones. Y si no me da paso, eso es lo que va a suceder. Quiero verle. No me importa en que situación se encuentre.
Lucca di Porttia dejó escapar una carcajada, pero la chica no pareció inmutarse. La expresión de dolor no había desaparecido y parecía haber ganado en madurez desde el último día que la vió.
—Está bien, tú ganas. Soy considerado por que eres tú . Tan sólo por eso —agarró el auricular y se puso en contacto con uno de sus hombres que se hallaban en el pasillo donde se encontraba Edward.
Hizo un gesto con la cabeza a Bella para que lo siguiese y ella hizo lo propio, arrastrando las empapadas zapatillas de deporte que calzaba.
Lucca podía escuchar claramente el ruido de cada pisada. La muchacha iba calada hasta los huesos. Se apiadaba de ella y de su futuro más inmediato.
No podía dejar de mirarla. Ni tan siquiera cuando ambos se encerraron en el basto ascensor del hotel Belter. Cada piso parecía contar cada una de sus pecas, perfectamente posicionadas encima de su nariz algo respingona y sus pómulos, tiznados de algo parecido al rubor.
Al salir, el espacioso y largo pasillo anaranjado por la luz de las pequeñas lamparitas de lágrima, estaba completamente vacío.
Los chicos también habían desaparecido, temían algo más que él a la ira de Edward Cullen.
Tocó a la puerta con los nudillos varias veces y esperó pacientemente a que la voz de su amigo de infacia tronara al otro lado.
—Edward —Lucca, contó cinco segundos exactos antes de volver a rozar con sus nudillos la puerta de la habitación de su amigo; aquel cabrón sin escrupulos llamado por la Diosa Fortuna, en casi todos sus actos.
Miró a la chica.
Isabella Swan se hallaba con la mirada perdida, abrazándose a sí misma, calada hasta los huesos y sorbiendo cada pocos segundos por aquella pequeña nariz.
—¿Qué coño quieres a estas horas, Lucca? —Ladró como un perro Edward, antes de correr el seguro de la puerta y abrir. Cuando lo hizo, su mirada se encontró con el húmedo cuerpo de la muchacha, al que miró con detenimiento, de arriba abajo, jactándose… relamiéndose y casi casi,disfrutando de la tiritera que empezaba a saquear a la muchacha.
—Edward… la muchacha quiere hablar contigo. —Lucca, le habló serio, quería centrar su antención sobre él. Le asqueaba que en cierta manera, cómo su amigo miraba de aquel modo a la más pequeña de los Swan.
El lombardo no dijo ni una sóla palabra, se limitó a abrir más la puerta de la entrada del infierno; mientras que ambos, Isabella y él se miraban desafiantes.
Lucca pudo observar como él se relamía de entusiasmo y una pizca de diversión.
Isabella por el contrario estaba cegada por tanto odio, que si aquella mirada chocolate hubiera podido fulminar a su amigo y jefe, lo hubiera desmembrado en mil pedazos.
La vió desaparecer, mientras que echaba una última mirada a Edward: una petición de piedad para aquella niña de ojos tristes.
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Erick Kenway se paseó los dedos por el cabello. Debía cortarlo, aunque si era sincero con él mismo, le era más cómodo llevarlo de aquella medida, las puntas le rozaban las orejas, comenzando aquellos bucles grandes que tanto amaba su madre y él odiaba.
Había heredado de Margaret aquel cabello rubio oscuro y los ojos ; de un verde tan extraño como hipnótico, enmarcado en unas enormes y tupidas pestañas. La nariz, perfectamente alineada era de la medida perfecta para hacer juego con la boca, de labios ni muy gruesos ni muy finos. Todo en el rostro de Erick rozaba la perfección, hasta que comenzaba a hablar.
La boca de Erick se torcía unos milímetros; apenas se notaba, pero tan perfecto era todo él en su cojunto, que aquello no le pasaba por alto a ninguna mujer.
De 1,78 de altura, complexión fuerte y elegancia sin pretensiones, a Erick Kenway le sonreía la vida. Había soñado en decenas de ocasiones que lo trasladaran del mundanal ruido de la ciudad a una pequeña localidad en la peninsula de Olympic, llamada Forks.
El jefe de policía se habia jubilado hacía relativamente poco tiempo y necesitaban a alguien que ocupara su lugar. Ciertamente, era extraño que un hombre tan joven huyera de la cosmopolita ciudad, para enterrarse en un pueblucho donde te conocían hasta los gatos.
A Erick no le importaba, quería huir y además, la tranquiliad lo reconfortaba, le daría la paz que tanto anhelaba después de haber perdido a Anne y Carlotta.
Se había acomodado en la pequeña casa a las afueras de la localidad y aquella tarde, se platenó ir a conocer al antiguo jefe de policía Swan.
Los chicos le habían contado la triste historia del suicidio de su hija mayor y él, sentió tanta empatía con aquel hombre, que volvió a rememorar la perdida de las dos personas que habían llenado su vida de una completa felicidad; aquellas que jamás volvería a acariciar, a ver… a sentir.
Se paró delante de la puerta del ex jefe Swan y tocó al timbre, esperando que alguien le abriera la puerta.
Continuará….
Gracias por la espera chicas.
Os amo….
