La decisión del sirviente

Algo curioso de las ondulaciones del destino, es la forma en la que viajan por la tierra, incluso hasta los lugares más inhóspitos. Por eso, tras la partida de Mordred, en Camelot ocurrieron muchos cambios.

En algún lugar, un señor del dragón salió de su cueva. En otro, un Catha y su aprendiz miraron al cielo. Nimueh sonrió al cielo sobre los grandes mares de Meredor. Y el mundo dio un suspiro.

El primero de ellos sucedió ese mismo día, antes de que Merlín volviera al castillo. Morgana, en la desagradable compañía de Agravaine, verificaba la división de las cosechas de ese año, guardando las porciones de granos necesarias para el invierno de Camelot. Gwen iba a su lado, como era costumbre, tomando precauciones con su vestido y, también, ayudándola a echar un ojo en los registros que Agravaine escribía. Los agricultores cargaban los sacos hasta las bodegas.

Sería mentira decir que Morgana no estaba triste, pero sus deberes no daban cabida a las lágrimas; esas las guardaría para cuando estuviera sola en su habitación. La despedida de Mordred había dejado un dolor agudo en su pecho.

—Mi señora —Dijo Gwen de pronto—. ¿Desea que vaya por algo de agua? Está un poco pálida.

—Sí, me parece perfecto. Hace un poco de calor.

Gwen hizo una reverencia y se apresuró a entrar al castillo. Morgana observó la larga fila de hombres que se extendía hasta el portal del pueblo bajo. Ella suspiró, pensando en que Mordred ya debía estar lejos.

—¿Se siente bien, princesa? —Agravaine se acercó.

—Sí —Morgana espabiló—. Sí, no es nada. Solo estoy un poco deshidratada, pero Gwen ya fue por agua.

—Quizá debería descansar, su alteza. Ya sabe, puedo encargarme de todo.

—Oh, mi buen Lord, cómo puede pensar que le dejaría solo con esta gran tarea.

Agravaine sonrió y su mano fue a descansar sobre su brazo, el cual ella había cruzado bajo el pecho. —Por usted, majestad, yo haría lo que fuera.

Su insinuación fue obvia y ella intentó no estremecerse, en cambio, sonrió educadamente, dando un paso atrás.

—Que amable de su parte, pero no es necesario. Es mi deber como princesa.

Él dio un paso adelante, aprovechando que el último aldeano había desaparecido en el pasillo interior. El guardia que les acompañaba había detenido al siguiente para interrogarlo sobre algo que no alcanzaba a escuchar.

—Princesa, debo decir… sé que es un atrevimiento pero, he sido cegado por su belleza desde el primer día en que la vi.

Morgana dio otro paso atrás. Agravaine dio un par hacia ella.

—Sí, es un atrevimiento.

—No puedo evitar hablar de más, espero sepa entender. Quisiera…

—Agravaine, aléjese un poco, por favor.

—Princesa Morgana, ¿cree usted que podría aceptar a un hombre cuyos sentimientos sobrepasan el límite del cielo?

—Lo siento, no estoy interesada.

Él insistió, acorralandola contra la pared, un poco fuera de la vista gracias a la estatua del caballo. Morgana solo podía ver sus ojos negros y pequeños, repulsivamente brillantes.

—Yo la adoro, como no tiene idea. Y eso está matándome.

El sonido de una espada al ser desenvainada resonó en el hall y la hoja brilló ante los ojos de Morgana, que había comenzado a pedir auxilio en su cabeza. Agravaine detuvo su avance y dio un paso atrás, su cara arrugandose en furia.

—¿Pero qué demonios?

Morgana vio a un caballero avanzar hacia él, su cota de malla tintineando. Era bajito en comparación a Agravaine, llevaba un yelmo cubriendo su cara y no había color alguno que lo distinguiera como caballero de Camelot.

—¿Quién demonios te crees para amenazar al consejero del rey?

Bajando la espada, el caballero pareció solemne y peligroso, una advertencia corporal a que no intentara nada más. Morgana estaba aliviada. Justo en ese momento, Gwen apareció con la copa de agua en sus manos y vio todo con sorpresa.

—¡Responde!

—Me pareció oír que la princesa ha dicho que no está interesada, mi Lord.

La voz fue una sorpresa. Aunque amortiguada, era claro que era una mujer. Entonces ella se quitó el yelmo, dejando caer una cascada de cabello del color del trigo más rico y sus ojos, marrones pero expresivos, se posaron en Morgana con tal dulzura que ella se sintió muy confortada. En cambio, al posarse en Agravaine, lucieron tan peligrosos como si se tratara de un depredador en su presa.

—¡Esto es un ultraje! —Agravaine bramó, pero no se acercó—. ¡Guardia! —El guardia, que había escuchado sus gritos, apareció—. ¡Arreste a esta mujer!

—No harás tal cosa —Dijo Morgana, haciendo que el otro se detuviera—. Ella no ha hecho nada malo.

—¡Me ha amenazado con una espada!

—Con justificación, ahora salga de mi vista si no quiere que presente una queja ante mi hermano el rey.

Airado, Agravaine sostuvo el aire por tanto tiempo que se puso rojo y pareció que su cabeza iba a explotar. Sin embargo, ella no desistió y él terminó apretando los dientes.

—Como ordene, su majestad.

Luego se marchó; Morgana dio un gran suspiro de alivio y le hizo señas al guardia de que continuara afuera.

—¿Pero qué sucedió? —Gwen se acercó a ella, preocupada.

—Ese sujeto iba a... —Haciendo una mueca, Morgana negó—. Ugh, ni siquiera quiero pensarlo —Su mirada fue a la chica vestida con armadura y le sonrió—. Muchas gracias por salvarme.

Ella se cuadró e hincó la rodilla.

—Ha sido un placer, su majestad.

—No tienes que hacer eso —Morgana ofreció su mano, que ella tomó gustosa. Eran del mismo tamaño y había algo en ella muy familiar. La chica sonrió, mirándola como si sintiera lo mismo que ella—. ¿Puedo saber el nombre de mi salvadora?

—Mi nombre es Morgause, mi señora.

—Morgause —Ella repitió—. Me parece muy curiosa tu forma de vestir.

—Estoy aquí para retar al rey a un duelo. Pero ahora que me he quitado el yelmo, me parece que no lo tomará. Mi plan era hacerle pensar que soy un hombre.

—¿Por qué quieres retar a mi hermano a un duelo?

Morgause arrugó las cejas.

—No sé si sea correcto que sepa mis motivos, princesa. Este reino vive en una gran represión y siento que es mi deber acabar con ello.

—¿Hablas de la prohibición, no es cierto? —El rostro de Morgana se ensombreció—. Entiendo a lo que te refieres.

Los ojos claros de Morgana miraron a Gwen y ella tomó una decisión.

—Gwen, ¿podrías traer a Sir Leon para que continúe con esta tarea?

—Sí, mi señora —Dijo ella y se marchó de nuevo.

—Ahora, Morgause. Por favor, acompáñame. Quisiera hablar contigo en privado.


Merlín comenzó a sentir la ausencia de Mordred como algo físico. El canal abierto entre ellos, gracias al hechizo y la comunicación mental, comenzó a desaparecer conforme se acercaba al pueblo. Al llegar al castillo, había un vacío en el fondo de su cabeza, como un pensamiento que ha estado allí por mucho tiempo, sin que se diera cuenta.

Gaius lo recibió en la torre y enjugó una lágrima después de que le dio el mensaje de Mordred. Esa noche, la cena fue silenciosa.

De nuevo solo en su cama, las mantas no podían terminar de alejar el frío de la noche y él se levantó para mirar por la ventana. Sin que lo supiera, al mismo tiempo Mordred se había escabullido del petate para trepar a un árbol y miraba en su dirección, a muchos kilómetros de distancia.

Las estrellas brillaron sobre ambos, pensamientos débiles que viajaban con el viento y solo llegaron a sentir de forma fugaz, pero que reconfortaron sus corazones lo suficiente para dormir hasta el día siguiente. Merlín se acurrucó en sí mismo y Mordred se dejó abrazar por Hunith.

La primera noche siempre sería la más difícil.


El segundo cambio sucedió dos días después, cuando Arthur se hartó de intentar animar a su sirviente por medio de bromas y decidió que irían en un viaje de caza. Junto a otros caballeros partieron antes del mediodía y siguieron el rastro de una criatura por el bosque oscuro.

Arthur, con su ballesta lista, le indicó a Merlín la dirección en la que debían ir y a sus caballeros otra. Estaban cerca de un cúmulo de rocas, agachados, Merlín viendo sobre el hombro de su rey.

—Ve —Le dijo, cuando escuchó que una rama se rompió.

—Pero no sabemos lo que es.

—¡Deja de ser un miedoso! ¡Ve!

Merlín torció el gesto y fue a encontrarse con la bestia. En el camino, tomó una rama caída que era especialmente gruesa, por si acaso. Pero ante él apareció algo que le dejó sin aliento.

El animal era blanco, puro como ninguna otra cosa y relinchó. Merlín dejó caer la rama y se acercó. El unicornio fue dócil y se dejó acariciar.

Arthur se asomó entre los árboles y al ver el resplandor de la piel del animal, sonrió. Por un instante, se preguntó qué clase de caballo era ese pero Merlín apareció del otro lado, acariciando su hocico y cuello. Entonces fue que notó el cuerno. Como cazador, Arthur jamás había visto una criatura así.

Descendió sin bajar la ballesta, aunque Merlín parecía bastante feliz mientras decía palabras en voz baja, quizá para tranquilizarlo. Sin querer, pisó una rama. Merlín frunció el ceño y le miró, sus ojos yendo a la ballesta. El unicornio se apegó al chico, escondiéndose tras de él.

—¿Qué haces? —Dijo el sirviente.

Arthur sonrió.

—Hazte a un lado, seré el primer rey en cazar un unicornio.

Pero Merlín no sonrió de vuelta, ni se movió para el caso.

—Pero es muy hermoso.

—Por eso mismo, imagina ese cuerno en el gran salón.

—No vas a hacerle daño.

Bajando su ballesta, el rey bufó. —Vamos, Merlín. ¿Qué sucede contigo?

—¿Conmigo? Quieres matar a este animal inocente.

—Estamos cazando.

—Arthur, por favor, no le hagas daño.

Sabía que no iba a desistir, así que rodó los ojos.

—Bien.

Una sonrisa sincera brotó en los labios de Merlín, que volteó para acariciar al animal otra vez. Era curioso, porque al unicornio parecía gustarle, incluso olfateaba su cabello. Arthur se acercó, el unicornio retrocedió.

—Parece que no le agradas. ¿Ves? Sabía que querías matarlo.

—Es un animal, ellos no entienden.

Bufando, el unicornio dio dos golpes con los cascos. Merlín le acarició.

—Que grosero, ¿verdad amigo?

—¿Por qué tú si le agradas?

—No lo sé —Merlín rió, cuando la lengua pasó por su oreja—. Quizá huelo bien.

—Creeme, no es eso.

Arthur observó los intercambios con los ojos ceñidos, tal vez fuera solo un juego visual a causa de los rayos de sol que se colaban entre las hojas de los árboles, pero podía jurar que Merlín brillaba de cierta forma.

Al final el unicornio se marchó, dejándolos a los dos en ese pequeño claro entre rocas. Estaba bastante tranquilo. Merlín se sentó a su lado.

—Gracias, por no matarlo.

—Si por ti fuera, nunca cazaríamos ni una liebre. Pero...

—¿Pero?

—Has estado muy triste desde que tu madre y Mordred se marcharon —Arthur le miró—. Al menos esta vez sonreíste.

Merlín le contempló con sorpresa.

—¿Estabas preocupado por mí?

—Yo no diría que preocupado. Pensé que sería muy feliz el día que por fin guardaras silencio, pero ciertamente me irrita más que escuchar tus parloteos.

—¿Ah, sí?

—Sí. Ahora vamos, que los demás esperan.

Tomó camino a donde los demás caballeros. Merlín se quedó un momento más en el prado y negó antes de seguirlo.

Aquel día, Anhora, el guardián de los unicornios, estaba presente pero invisible y se complació de lo que presenció. Por todo Camelot comenzó a extenderse, como una ola, el tiempo de bonanza que caracterizaría la era dorada.

Albion estaba naciendo.


El siguiente cambió llegó de la nada, mientras Arthur hacía una revisión al discurso que su sirviente había escrito para la próxima celebración de verano. El rey había pasado los últimos días desempolvando la mente de Geoffrey, pidiéndole que le hablara sobre Camelot antes de la purga.

Sorprendido se había enterado de que incluso en la corte hubo un cargo llamado "Hechicero de la corte", ocupado anteriormente por la hechicera Nimueh, la mujer que había revivido a Tristan de Bois. Arthur pensaba contarle esto a su sirviente alguna vez, aunque no estaba seguro de cuándo sería.

—Merlín —Llamó cuando notó que el sirviente no estaba poniendo mucha atención. El muchacho le miró.

No era como si Merlín hubiera cambiado en algo más que en su actitud, seguía cumpliendo sus tareas en tiempo y forma, a pesar de que él decía que no era así. Pero ya no gritaba "levántate y brilla" al abrir las cortinas y tampoco lanzaba sus típicas bromas. Había algo mal con él, solo que no sabía que; era difìcil imaginar que Mordred tuviera tal efecto, no era la primera vez que Merlín veía a un amigo marcharse.

Su mente viajó a Lancelot, quien quiso ser caballero —y en el poco tiempo que vivió en Camelot, fue como la uña y la mugre con el muchacho—, que se marchó para seguir probando suerte. Arthur se dio cuenta de que ahora que era rey, podía darle a Lancelot el título que se merecía por haber matado al grifo que aterrorizaba su reino.

—Sabes, he estado pensando en Lancelot —Ante la mención, los ojos de Merlín brillaron—. ¿Crees que aún quiera ser un caballero? Tal valor no se ha visto desde que se marchó.

—Podría intentar enviarle un mensaje —Respondió Merlín—. Es decir, no sé dónde se encuentra pero, nada se pierde por intentarlo… ¿A qué viene eso, por cierto?

—A nada —Arthur dijo—. Pronto serán las pruebas para nuevos caballeros.

—Pero Leon se encargará de ellos, ¿no?

—¿Estás bromeando? Aquí ninguno es caballero si al menos no me da buena batalla. Creí que eso estaba claro.

—Pero Lancelot no es noble.

Arthur se encogió de hombros.

—Es un desperdicio de talento. No todos podemos nacer nobles y buenos guerreros. Además de apuestos.

Dándole el asomo de una sonrisa, Merlín rodó los ojos.

—Humildad como la tuya no hay en ningún otro reino, Arthur.

—Morgana necesita pretendientes.

—¿Estás insinuando que vas a dar su mano en matrimonio?

—Lo he pensado.

—Oh, va a matarte cuando se entere. Es más, olvidemos esto. Nunca lo mencionaste, yo no sé nada. Sigamos con ese final.

Arthur sonrió y negó con la cabeza, entonces comenzó a leer de nuevo.


Una semana después un cuervo se posó en la ventana de la torre con un pergamino atado a una de sus patas. Merlín le dio agua y migas de pan, porque el pobre lucía cansado. La carta era corta, pues el animal no podía llevar mucho, pero ponía esto:

Hola, Emrys.

Espero que todo vaya bien en casa. Les extraño tanto a todos, pero Hunith es maravillosa también. Hemos sembrado los nabos y al parecer serán una buena adición para el invierno cuando crezcan. ¿Te parece que escribo mejor? Gaius decía que mi letra era muy fea y apenas podía leerla bien, pero he estado practicando.

Espero puedas escribirme. El cuervo es inteligente y sabe a dónde ir, creo, pero si llega a irse solo debes decir:

Cume mec. Hræfn wann!

Con amor, Mordred.

La sonrisa de Merlín fue amplia y llorosa y Gaius lo encontró abrazando al cuervo, que le picoteaba un poco el pañuelo pero no se quejaba.

—Merlín, vas a matar a ese animal —Le dijo—. ¿Por qué estás abrazándolo?

—Trajo una carta de Mordred.

Y la explicación fue suficiente, porque el anciano se apresuró para tomarla y leerla. Él también sonrió.

—Sí, ha mejorado —Murmuró.

Esa noche, la cena fue mejor que las anteriores, pues Gaius había llevado pudín y la carta descansaba en la mesa; era como si un trocito de Mordred les acompañara.

Recibir la carta provocó uno de los mayores cambios de todos.

A la siguiente noche, Merlín descendió a las cuevas bajo el castillo con una antorcha. Kilgharrah lo vio entrar y, después de haber sentido todos los cambios que aparecían aquí y allá, no se sorprendió mucho de verlo.

—Ha pasado un tiempo, joven brujo.

—Dado que la última vez quisiste incinerarme, debería haber pasado un poco más.

—Y sin embargo, aquí estás —Kilgharrah dijo, con un gesto pretencioso—. ¿Qué es esta vez?

—Mordred se ha ido.

—¿Le has dejado vivir después de todo? ¿Es que no te preocupa tu destino?

—Lo que a mí respecta, el destino puede perderse muy lejos.

Kilgharrah abrió mucho los ojos, ofendido, sus fauces liberando humo como una caldera.

—¿Abandonarías tu destino por un niño?

Merlín no tembló, ni siquiera parpadeó, ante el tono de amenaza. Pensó en Mordred, en lo que había dicho y en sus ojos brillantes.

—No. Lo abandonaría por Mordred —Dijo, su voz firme—. No voy a perder lo más precioso que tengo, lo protegeré a todo costo. Y aunque quiero a Arthur, no podría sacrificarlo por él —Con todo más suave, añadió: —Es de eso de lo que se trata el amor, ¿no es así? —Kilgharrah ciñó sus ojos, como si fuera a decir algo—. ¿No harías lo mismo si estuvieras en mi lugar? ¿No darías lo que fuera por hacer las cosas diferentes y salvar lo que más amabas?

Hubo un momento de silencio.

—Tu convicción es grande, joven brujo —Dijo Kilgharrah—. Cuando tomaste al druida bajo tu ala, cambiaste el rumbo del destino y comenzaste a escribir uno nuevo. Esa devoción que sientes por el niño debía ser la que sentirías por Arthur Pendragon. Y ahora dices que renunciarías a tu deber, a tu gente y a mi, por ese chico.

—No renuncio a ti, viejo amigo —Respondió Merlín—. Es por eso que estoy aquí ahora. Mordred me ha hecho ver, entender, lo mucho que has sufrido. Gracias a él, a ese pequeño al que dices que debería matar, he decidido liberarte.

Kilgharrah inspiró, sus grandes ojos incrédulos y sus alas alzadas en anticipación. Merlín le sonrió, suave como la sensación en su corazón.

—Quiero que Mordred crezca, a salvo y libre, no temeroso de quién es. Y quiero lo mismo para mí, para ti. Para todos. Se supone que ese es mi destino, Kilgharrah, no matar a mi propia gente. Yo también quiero ser libre. Y ningún destino me va a atar como las gruesas cadenas que te confinan a esta cueva polvosa. Dime cómo liberarte y lo haré, solo pido a cambio que tomes el ejemplo de Mordred y no culpes a inocentes de actuar en respuesta a actos cometidos por un monstruo, uno que, por cierto, ya está muerto.

Después de su discurso, Merlín tomó aire. Kilgharrah ladeó la cabeza, observándolo de una forma distinta a todas las demás.

—¿Has tomado tu decisión, no es así?

Merlín no respondió.

—Tu sabiduría perdurará en la memoria de los hombres a través de los siglos, Merlín —Respondió con un gran respeto y gratitud—. Cuando escuché por primera vez las profecías, nunca pensé que viviría para verte convertido en un hombre sabio siendo tan joven, apenas eres un cachorro. Mis primeras palabras a ti, cuán pequeño eres para tal destino, nunca pudieron haber sido más erradas. Eres grande, como lo será tu leyenda. Es para mí un honor y privilegio haberte conocido.

Se inclinó ante Merlín; una reverencia que el brujo no había visto nunca en el dragón. Sus ojos, dorados, indicando que eran parientes. Merlín escuchó atentamente sus instrucciones y —después de ir por Excalibur—, con un gran esfuerzo logró romper los gruesos eslabones de la cadena que le había robado ya más de veinte años.

El dragón le permitió posar su mano en su hocico antes de asentir en agradecimiento y volar hacia el cielo estrellado más allá de la boca de la caverna. Merlín se quedó a allí un momento y luego se marchó.

Sabía que había hecho algo bueno.


Cuando entró en las cámaras de Arthur a la mañana siguiente, este estaba sentado en la cama. Su torso desnudo acariciado por los rayos del sol, que al mismo tiempo hacían brillar su despeinado cabello rubio. Merlín siempre había tenido ese bobo pensamiento de que Arthur había nacido con una corona sobre su cabeza, porque ciertamente, cuando era bañado por el sol, su cabello resplandecía como una.

—Es impresionante verte despierto tan temprano.

Arthur no le miró, siguió fijo en la ventana iluminada.

—He tenido un sueño extraño —Respondió, desconcertantemente suave. Merlín se movió para dejar el desayuno sobre la mesa. Los ojos muy azules del rey le siguieron entonces—. ¿No preguntarás si soñé con Lady Vivian o algo así?

—¿Soñaste con Lady Vivian?

El rey torció el gesto.

—Claro que no.

Merlín buscó su ropa y Arthur salió de la cama. Siguieron la rutina normal y colocó la camisa, los pantalones, el cinturón, las botas y peinó su cabello. No hizo ningún comentario sobre lo inútil que era sin él o que debería aprender a vestirse solo. De todas formas, sabía que no lo haría.

Arthur le miró atento durante el proceso, parecía notar algo en la mirada de Merlín. Sin embargo, no dijo nada. Como había dicho en el bosque hacía unos días, los momentos en los que su sirviente era callado eran escasos y preocupantes. Merlín esperó a que se sentara y le sirvió agua.

—Merlín.

—¿Sí, señor?

—¿Hay algo que quieras decirme?

El sirviente dejó la jarra en su lugar y se movió inquieto, ojos de cachorro confundido. —Arthur…

—Vamos, suéltalo. ¿Qué es?

—Tengo magia.

Arthur resopló. —¿Qué?

—Tengo magia —Repitió.

Por un instante, Arthur pensó que le estaba tomando el pelo. Pero su sirviente estaba serio, incluso nervioso y su mirada vagaba por la habitación, como buscando un lugar en el que meterse y luego volvía a él.

—Merlín, eso no es posible —Dijo, borrando la sonrisa que había esbozado—. Tú no tienes magia, lo sabría.

—Uhm…

El mundo de Arthur se detuvo de pronto, como si hubiera estado girando vertiginosamente antes. Se enfocó en Merlín, en su muy delgada figura, sus hombros anchos y un poco encorvados por un peso invisible. Él se movió de un pie a otro y, allí dónde los rayos del sol iluminaron su rostro, uno de sus ojos ardió como oro. Arthur se preguntó cómo demonios no se había dado cuenta antes.

Era obvio, si sabías qué buscar.

—Estás de broma.

Merlín lució incómodo y el cuchillo sobre la mesa de pronto estaba en su mano, sin saber bien cómo había llegado allí. Pero Merlín dio un paso atrás y él reaccionó. Tenía magia, pero le temía.

—Quise decírtelo antes, es solo… que no sabía cómo hacerlo.

—Entonces me mentiste —Arthur soltó, sonando herido—. Me has mentido por años.

Los hombros del muchacho se hundieron un poco más; se dio cuenta de que estaba pensando, Arthur podía verle buscando algo que argumentar. Al final, él lució cansado.

—Lo lamento, Arthur. Fueron demasiadas cosas, siempre hay demasiadas cosas. Enemigos, ataques, situaciones.

—¿Y no pensaste alguna vez en confiar en mí?

Las palabras fueron dichas aún antes de procesarlas, sin embargo, era lo que más deseaba saber. Los ojos de Merlín fueron duros.

—¿Cómo? ¿Cómo podía confiar en ti? —Dijo—. Mataron a alguien como yo justo el día en que pisé Camelot; acusaron a Gwen e iban a ejecutarla poco después. Ejecutaron a un druida y persiguieron a un niño. Arthur, ¿cómo podía confiar en tí después de eso?

—Yo…

—Aún cuando pensé que tal vez… que tal vez entenderías, miraste a Mordred de una forma tan atroz.

Arthur sintió su corazón caer al suelo.

—Él lo sabía ¿verdad? Intentó protegerte a ti, a Will.

—No —Merlín suspiró, espantando las lágrimas—. No, Will nunca tuvo magia, Arthur. Él me protegió también, porque sabía que iba a morir y ya no le importaba mucho. ¿Y sabes que es lo peor? —Una risa sin sentimiento brotó de lo profundo del pecho de Merlín—. Yo podría haberlo salvado, de saber cómo usar la magia correctamente.

—¿Estás diciendo que quieres seguir aprendiendo?

—Jamás la pedí ¿sabes? Nací con ella y he estado lidiando con eso. Muchas veces desee ser normal, otras más me pregunté si soy un monstruo por poseerla. Pero Gaius tiene razón, no hay maldad en la magia. Es como una espada, Arthur, puedes usarla para matar o puedes usarla para proteger —Con convicción, Merlín le miró a los ojos—. Y yo decidí usarla para ti.

Arthur sacudió la cabeza, intentando comprender el trasfondo de sus palabras. Había conflicto en su interior, todo lo que había creído durante su vida y lo que había estado aprendiendo recientemente. Merlín suavizó su mirada.

—¿Quieres saber la verdadera razón por la que no te lo dije? —El rey asintió—. Como mencioné hace poco tiempo en este mismo lugar, eres mi amigo; tendrías que elegir entre obedecer a tu padre, a tus creencias, o dejarme vivir. Jamás he querido ponerte en esa situación.

Sus palabras dolieron más de lo que debía ser posible, porque eran sinceras. Merlín siempre era sincero.

—Habría elegido dejarte vivir, Merlín. Lo sabes.

—Y tu padre habría estado decepcionado. Pero creo que es diferente ahora, has cambiado y espero que sea para bien. Es todo lo que siempre he querido.

—¿Por qué suenas como si te estuvieras despidiendo?

Merlín sonrió. Fue diferente a todas las veces, había cariño en toda su expresión.

—Habría dado mi vida voluntariamente por la tuya. Por protegerte, Arthur, hice cosas que nunca imaginé. Porque nací para servirte, para guiarte hacia el gran rey que eres en el interior.

—¿Qué es lo que quieres decir?

—Voy a marcharme.

El cuchillo sonó en el silencio de la habitación al caer de su mano y allí se quedó, olvidado. Arthur miró a Merlín, fijamente, tan asustado y tan confundido. Él imaginó su vida sin su sirviente, sin su mejor amigo y cuadró la mandíbula, si no lo hubiera hecho, se habría puesto a llorar.

—Yo no te he dado permiso para irte —Fue lo que dijo. Claro que era diferente a todo lo que quería decir. No te vayas, Merlín. ¿Qué voy a hacer sin ti? ¿Cómo puedes siquiera pensarlo? ¡Eres mi mejor amigo!

—No soy un ciudadano de Camelot, no puedes impedirlo.

—¿Estás traicionándome?

Merlín se acercó y se sentó frente a él. Sus maneras suaves eran tan extrañas para Arthur y él tembló. El otro muchacho alzó sus manos, haciendo que enderezara la espalda.

—Nunca haría nada para herirte, Arthur. Te soy leal, hasta mi muerte.

—¿Cómo puedo estar seguro de eso?

Por toda respuesta, los ojos de Merlín brillaron en oro y Arthur perdió el aliento. Entonces, frente a él apareció un orbe de luz blanca, levemente azulada, que él reconocería donde fuera. Su corazón latió desbocado, al fin comprendiendo.

—Eras tú —Murmuró.

Todo lo que Arthur creyó, todo lo que alguna vez pensó, se desvaneció como una nube negra. Fue como mirar al cielo despejado y fresco.

—Aún al borde de la muerte —Merlín confirmó, lo demás no fue necesario que lo dijera. Él le habría protegido, le habría salvado.

Arthur se quedó sin palabras, abriendo su boca apenas; buscando algo que decir. Sabía que debía agradecerle, que debía decirle tantas cosas. Pero al final no dijo nada. Merlín sonrió, porque sabía, comprendía. La luz se desvaneció y él se levantó para retirarse de la habitación.

—¿Qué cambió? —Dijo Arthur cuando su mano tocó el picaporte. Merlín se detuvo—. Está claro que ya no estás dispuesto a seguir, ¿qué fue lo que cambió?

—¿Recuerdas que me preguntaste si había tenido suerte en encontrar un lugar al que pertenecer?

—Lo recuerdo.

—Bien, encontré a donde pertenezco, pero no es un lugar en absoluto.

El brillo en sus ojos dio a Arthur mas información que sus palabras y un segundo después, salió.


—¡Gaius!

El viejo galeno saltó en su lugar cuando su protegido entro, azotando la puerta.

—¿Qué? ¿Qué sucede, muchacho?

Se puso de pie para acercarse y ver si tenía algo; pero Merlín parecía no caber en sí mismo, moviéndose de un lado a otro como un animal enjaulado. Sus ojos estaban grandes, brillantes e incluso un poco llorosos.

—Oh, por los dioses —Escuchó que murmuró—. Lo hice…

—¿Hiciste qué?

—Se lo dije —Merlín le miró muy incrédulo y palideció, visto así, parecía una clase de fantasma—. Le dije a Arthur que tengo magia.

Gaius se quedó sin habla, incapaz de reaccionar, supo que tenía la boca abierta porque de pronto la sintió muy seca. Su corazón le golpeó el viejo pecho.

—¿Qué hiciste qué?

—Que tengo magia, Gaius, ¡le he confesado que tengo magia! —Y de pronto una gran sonrisa rompió en su cara—. ¡Y sigo vivo!

—¿Te das cuenta de lo que has hecho, Merlín?

—Sí —Aceptó el chico—. Sí, sí. He dicho que tengo magia a la última persona que debería y, tienes razón... Oh, centellas, seguramente los guardias vienen por mí. Será mejor que me apresure.

—¿Apresurarte? ¿Pero a donde?

—Le dije que me marchaba. Para ser sincero, he dejado listas mis cosas desde anoche.

Para Gaius, que no estaba esperando tal cosa, fue un golpe muy duro. Se quedó allí parado, mirando a su joven muchacho y sintiendo que de pronto todo estaba terminando. Apenas unas semanas atrás se había despedido de Mordred, él jamás había pensado que tendría que despedirse de Merlín tan pronto.

El brujo pudo sentir el cambio en él y su sonrisa desapareció.

—Lo siento mucho, Gaius. Debí habértelo dicho.

Le ofreció el asomo de una sonrisa amorosa y su mano nudosa le palmeó el hombro.

—No te preocupes por eso. Fui yo quien te dijo que tal vez ya era tiempo. Has sido muy valiente, Merlín. Revelar una verdad tan grande requiere de mucho valor.

—Jamás me sentí tan aliviado —Merlín respondió con un suspiro—. Fue como quitar un gran peso de mis hombros, una sensación de lo más liberadora.

—Puedo imaginarlo.

—Entonces es tiempo de que me ponga en marcha.

Después de esas palabras, se dirigió a su habitación con grandes zancadas. Merlín se permitió admirar su pequeño lugarcito en Camelot una última vez y miró por la ventana, hacia las casas. Pero no pudo estar triste mucho tiempo, puesto que todo parecía mejor en ese momento que antes. Con su mochila al hombro, él salió para encontrar a Gaius alistando una bolsa con comida y otras cosas. Su tutor lucía tan grande que él sintió pena por dejarle solo otra vez.

En silencio, acomodó la carga en la mochila de Merlín y pronto se miraron. Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.

—Pareciera que fue ayer cuando llegaste aquí, exactamente de la misma forma —Le dijo—. Solo que has crecido, físicamente y de otras formas. Entonces eras solo un niño muy flaco, los ojos muy grandes y las mejillas rosadas.

—Oh, Gaius —Susurró Merlín antes de abrazarle con fuerza.

—Estoy muy orgulloso de ti. Sé que no soy tu padre, pero…

—Lo eres, Gaius. Eres mi padre.

Lágrimas brillaron en los ojos del médico.

—Nunca ha dejado de asombrarme el gran corazón que posees, mi niño. Cuando te miro, puedo ver el gran hombre en el que te convertirás. Tal vez tu destino hable de Arthur, pero los druidas tienen razón al pensar en tí como un rey.

—¿Un rey?

—Mordred me habló de eso —Explicó—. Los druidas, los seres con magia en general, ven en ti la esperanza y a un guía. Y tienen razón, porque tus pasos te llevan exactamente a dónde debes ir.

—Pero Kilgharrah dijo que no podré cumplir mi destino a causa de Mordred.

—¿Sabes lo que creo? Que ha habido una mala interpretación en todo esto. Quizá es a esto a lo que la profecía se refería.

Merlín lo pensó a profundidad y se dio cuenta que tal vez tenía razón. Kilgharrah dijo, expresamente, que si Mordred vivía él no podría cumplir su destino con Arthur. Al irse tras el druida, él estaba incumpliendo su destino.

—¿Crees que hago lo correcto, Gaius?

—A dónde te guíe tu corazón, Merlín, esa es la dirección correcta. Nunca lo dudes.

El muchacho sonrió. Un abrazo más y un gran suspiro, él abrió la puerta.

—Bien, aquí vamos.

Gaius tuvo la certeza de que volvería a verlo muy pronto.


Aunque tal vez no debía, Merlín hizo paradas intermitentes por el castillo. Se despidió de algunos sirvientes que habían sido sus amigos y de las doncellas de la cocina. Evitó a Leon y los caballeros lo más que pudo, por mera seguridad, pero ellos parecían no estar buscándole. Tal vez Arthur aún no había salido del shock.

Su última parada fueron las cámaras de Morgana.

Gwen abrió después de un par de toques, luciendo como siempre. Bonita y gentil. Merlín no sabía exactamente cómo despedirse de ellas, así que había llevado dos pequeños ramos de flores preservadas con magia que tenía en la torre. La doncella se sorprendió cuando el olor a lavanda le inundó la nariz.

—¡Merlín! —Dijo con una sonrisa que se desvaneció cuando notó su bolsa de viaje a la espalda. Morgana asomó su cabeza con curiosidad y también lo notó de inmediato—. ¿Qué sucede?

—Me estoy yendo.

—¡¿Qué?! —Exclamó Morgana al acercarse—. ¿Por qué?

—Pues porque he cometido traición.

Las chicas le miraron como si hubiera dicho que se lanzaría de la torre más alta o algo peor. Merlín sonrió, aunque se sentía un poco triste. Puso el ramo sobrante, de diminutas lilas, en las manos de Morgana.

—Aquí. Ya verán de lo que hablo.

Juntó las palmas y las ahuecó un poco, sus ojos brillaron en oro arrancando un jadeo de ambas y, al abrir las manos, liberó una mariposa azul y una morada. Estas se posaron en cada ramo.

—¡Por todos los cielos! —Exclamó Gwen.

—Tienes magia —Murmuró Morgana, mirando al bello insecto. Sus ojos de pronto se volvieron conocedores, brillantes y una pequeña sonrisa se asomó en sus labios rojos. Ella parecía estar entendiendo al fin muchas cosas de un solo golpe.

—Sí —Aceptó él—. Ya se lo he dicho a Arthur.

—Pero Merlín…

—Vine a decir adiós —Se apresuró a interrumpir a Gwen. De pronto, sintió lágrimas en los ojos, había muchas cosas que quería decir pero no tanto tiempo—. Y a pedir disculpas, por los problemas que causé. Gwen, fui yo quien curó a tu padre aquella vez. Intenté confesar pero no me creyeron y asi te matan por mi culpa. Perdoname.

—Oh, Merlín —Sollozó Gwen y lanzó los brazos a su cuello. Lo abrazó con tanta fuerza que le dolió—. No hay por qué. Muchas gracias.

Morgana fue más reservada y le abrazó con suavidad sin decir nada. Merlín se talló los ojos.

—Espero volver a verlas pronto.

—Te deseamos lo mejor, Merlín —Dijo la princesa. Luego, antes de que se marchara, ella exclamó: —¡Cuida de él!

Merlín asintió y bajó las escaleras.

—¿A qué te refieres? —Le preguntó Gwen. La mujer de ojos verdes le sonrió cuando cerró la puerta y miró la mariposa de un azul pálido sobre sus flores. Fue a colocarlas en un jarrón frente a la ventana.

—Llámame loca, pero anoche tuve un sueño extraño —La mariposa emprendió el vuelo y brillo a la luz del sol antes de deshacerse en una bella magia.

—¿Una pesadilla?

—Sabes que no he tenido pesadillas desde que conocía a Morgause. No, este fue diferente a todos los demás. Soñé que Merlín estaba en un prado cubierto de flores y que mariposas volaban al viento —Gwen miró su propio ramo y tomó a su mariposa con un dedo. Igual que la de Morgana, esta se desvaneció; la magia de Merlín acaricio su piel y era cálida, dulce. Como él—. Alguien dijo su nombre; pude sentir amor, felicidad, mientras se volvía para mirarlo. Y corriendo hacia él… —La doncella alzó su mirada, Morgana estaba sonriendo ampliamente, lágrimas en sus ojos como si la visión la hiciera muy feliz—. ...estaba Mordred.


Han de decir: "¿Qué pasó Neki? ¿Pa que lo pones a votación si al final vas a hacer lo que quieres?" xD y realmente lo siento jajaja pero no pude evitarlo.

Me puse a pensar, muchísimo (por eso tardé en publicar) y me di cuenta de que Merlín es el tipo de persona que seguiría a quien ama, es decir, lo iba a hacer por Freya, porque realmente la amaba. Y como en esta realidad él no conoce a Freya, Mordred toma el lugar de su persona preciada.

Por más que escribí y escribí muchos intentos, todo me llevaba en este rumbo. Muchas de ustedes no querían que se separara de Arthur, pero siempre he creído que Merlín merecía más de lo que Arthur le dio y, cuando Merlín no estaba, era que lo apreciaba. Ambos necesitan separarse para crecer y Arthur necesita tiempo para asimilar que Merlín tiene magia. Al final, las cosas irán mejor, lo verán en el epílogo, ¡que probablemente publicaré mañana o el sábado!

Espero no me odien o algo jaja, yo les quiero mucho.

Aprovecho para decirles que... ¡Inktober comenzó! Y adivinen quién está haciendo el #Merdredtober xD! Pasen por mi insta para encontrar dibujitos de estos dos tortolitos c= todo el mes estaré publicado, o al menos lo intentaré (mi tendinitis está matandome).

¡Hoy publiqué a Mordred gato! XD

Instagram: neki_snape

Les envío muchos saludos y gracias por la paciencia, los ánimos y todo su amor. ¡Nos leemos en el último capítulo!