LUNA DORADA

Capítulo 10

La imagen de su esposa cayendo al agua se impregnó en su asustada mente, bajo humo del fuego en la embarcación y el olor de la pólvora, el miedo susurró a su oído y él en cambio gritó el nombre de la dominante del agua:

-¡Kaoru!- fue todo lo que el pelirrojo alcanzó a articular, su mandíbula se paralizó junto a su respiración, todo a su alrededor quedó en silencio pero en contra parte sus músculos por reflejo se movieron, avanzó por la borda intentando aventarse al mar tras su esposa, pero un agarre con exagerada fuerza lo detuvo.

-¡No, majestad!- era Sanosuke deteniéndolo, pero Kenshin no se calmó por el contrario intentó zafarse, pero su amigo no lo soltó en cambio le gritó fuerte y claro para traerlo en sí- ¡Lo último que necesitamos es perder a nuestro rey!-

Al mismo tiempo dentro del agua la inconciencia de la primogénita de los descendientes del cielo le permitía escuchar el llamado del mar, la invadió una tranquilidad abrazadora como si del tacto maternal, que hace mucho tiempo no sentía se tratase, el espíritu del mar le habló a través de la voz que recordaba como la de su madre.

-Despierta hija mía- le habló el mar. El tiempo pasaba de manera simultánea pero era como si se detuviera al mismo tiempo, Kaoru abrió los ojos y desde abajo vio el reflejo de la luz del sol en la superficie del mar, la luz brillante la relajaba y el mar la cubría provocando que no sintiera ni siquiera la falta de aire en sus pulmones, no había peligro, pensó. –Tú que naciste de la luz de la estrella bajo el mar, estas protegida por el espíritu del agua- le habló la voz en tono consolador, el tono que usan las madres al consolar a sus hijos- Mientras lo desees no morirás aquí- la pelinegra escuchó atenta el evidente arrullo de la voz- Tu eres la dominante del agua y donde quiera que vayas el mar te protegerá, sin embargo algún día también te reclamará, vive y protege a los que amas. Dedica tu poder como descendiente del cielo a salvar a todo lo que necesite ser salvado- finalizó la voz.

Y el tiempo regresó, el sonido de los cañones en la superficie retumbó en sus oídos, haciendo eco en el agua, junto con la voz de su amado pelirrojo llamándola, la volvió consiente de donde estaba y lo que estaba pasando.

-¡Suéltame!- gritó el rey enojado a su amigo- ¡Kaoru!- gritó a su esposa por tercera vez.

-¡Kenshin, mira!- intervino Yahiko esta vez, señalando el lugar donde había caído su reina.

En el fondo del mar se hizo un remolino de agua, todos los barcos incluyendo los enemigos que habían acortado la distancia, comenzaron a moverse por el intenso oleaje conforme se embramaba la marea, provocando que los soldados cayeran al mar. Al centro del remolino la imagen de Kaoru era imborrable, como una ninfa del mar, el cabello suelto y el vestido ondeando a través de las olas brillaban traslucida a través de ella, pálida con reflejo azul, pero hermosa. Parecía la silueta de una estrella, como si de aire y no agua se tratara el propio remolino la sacó a la superficie dando la ilusión de estar de pie sobre ella, con el vestido mojado y el cabello mojados pegados a su cuerpo como uno sólo. El rey pelirrojo y los demás testigos la miraron sorprendidos, su reina había ascendido de la profundidad del mar sin ningún rasguño, sin embargo no les dio tiempo de analizar más, aún parada sobre la superficie la pelinegra se giró hacia sus enemigos, levantó los brazos con el reflejo dorado en su ojos, y esta vez una ola inmensamente más grande de lo que había hecho antes se formó frente a ellos, murmuró su encanto:

-Agua, Obedéceme- y la gran muralla de mar volcó los barcos provocando que estos junto con los tripulantes que quedaban a bordo se hundieran.


El galope de Libre estaba más allá de su capacidad el caballo galopó tan rápido como el latir del corazón de su dueña, con Aoshi tras ella siguiéndole el paso, que también se cuestionaba que habría pasado, a lo lejos la visión del palacio era completamente diferente al de esta mañana, una terrible impresión dejaría huella para siempre en la princesa: El palacio encendido bajo llamas siendo atacado a distancia por mar con cañones de los barcos emblemáticos de la Tierra Negra del Oeste y el ejército de aquella tierra atacando a los civiles en los jardines, en cuestión de horas su pacifico hogar se había en un infierno.

-¡¿Qué significa esto!?- le preguntó aterrada y furiosa al General del Oeste, sin detenerse.

-Te juro que no lo sé- le contestó el incriminado ojiazul.

Ambos apretaron el paso a caballo, cuando estaban cerca ya en la entrada de los jardines, podían ver a los soldados de ambos ejércitos en lucha a espadas unos con otros, el plateado y el dorado brillaban al calor del fuego, tornándose al color ardiente de la sangre, todos los civiles corrían despavoridos intentando defenderse, los caballos del establo se habían soltado y también se descontrolaron asustados, todo era un caos, sangre, gritos y muerte. Misao bajó de Libre sin poder creer lo que sus orbes veían y Aoshi lo hizo también gritando a sus soldados que se detuvieran, agarró a uno de ellos por el cuello y le cuestionó:

-¡¿Qué diablos están haciendo? ¿Quién les dio la orden de atacar?!- le apretó el cuello, el soldado asustado por la ira de su general no le quedó otra más que responder en un aliento.

-El rey Enishi ordenó el ataque, General. Lo siento, dijo que usted no debía enterarse- dijo visiblemente arrepentido, por la traición a la promulgación de paz de su General de hielo.- Lo siento- repitió- No podemos desobedecer al rey- Aoshi no dijo más, le tiró un puñetazo en la mandíbula y lo dejó caer al piso inconsciente. Misao que había escuchado las palabras del soldado se giró a Aoshi y le dijo con voz ardorosa.

- Esta traición no prueba más que la ambición de tu rey- le dijo- No se lo perdonaré- finalizó y se giró sin dar tiempo a una respuesta por parte del ojiazul, la mujer se adelantó, furiosa inició su dominio del aire y la tierra, sobre los soldados enemigos, que caían uno a uno.

-¡Misao, espera!- Aoshi intentó detenerla pero era tarde, realmente ya no lo escuchaba, su intento fallido de paz estaba perdido y todo lo demás también.

Con el destello dorado en sus ojos verdes, la dominante de los elementos alzaba con el aire a algunos soldados arrojándolos contra el piso lejos, mientras que con el dominio de la tierra formaba grandes rocas para aplastarlos, formó una muralla alrededor del palacio dejando fuera los jardines donde se llevaba la batalla así mismo evitando que el fuego proveniente del palacio se expandiera. El señor de la Guerra por su parte, intentaba detener a sus soldados de acercarse a la mujer enfurecida para evitar más muertes innecesarias, hiriéndolos con su espada en brazos o piernas para incapacitarlos sin matarlos, después de todo ellos tampoco tenían la culpa de estar bajo el mando de la crueldad de su rey. Incluso él mismo tendría que enfrentar las consecuencias, pensó.

Lejos desde el acantilado más proximal al palacio estaba en su caballo admirando el paisaje de destrucción el Rey plateado del Oeste, Enishi Yukishiro sonreía ante su fructífero ataque, estaba deseoso por ver hasta donde podían llegar los poderes de la princesa General de la Tierra Negra del Cielo, a su lado también a caballo estaba un escuadrón con el estandarte de la Tierra del Oeste en sus manos, listos también para atacar a la orden de su rey. Enishi alzó la mano y con una señal dio la orden a sus arqueros de atacar con flechas con fuego en la punta y pólvora, la princesa podría detener o desviar las flechas pero no detener las explosiones.

-¡Misao, Cuidado!- exclamó el general de hielo al ver las flechas que incendiaban el cielo que se dirigían hacia ellos.

Tal como el peli plateado había predicho, Misao desvió las flechas pero no pudo evitar las explosiones de pólvora al contacto con la tierra, cosa que la desequilibró un poco, una flecha cayó cerca de ella y el piso bajo sus pies retumbó, por el impactó ella también cayó al suelo y una flecha limpia iba a alcanzarla, pero Aoshi se posicionó encima de ella recibiendo él filo en un hombro, el impactó le dolió pero con esa misma fuerza se pudo sacar la punta de la flecha ante la atenta mirada de Misao quién por una fracción de segundos expresó temor por la vida de su amado.

-¡Aoshi, ¿Estas bien?!- éste le asintió con la cabeza y le ayudó a levantarla.

-Busca a tu padre, seguramente él es uno de los objetivos de Enishi, el ataque al palacio debe ser sólo una distracción.

Aquellas palabras hicieron eco en los oídos de Misao, la información le llegó al raciocinio, y el temor por la vida de su padre, también le surgió, se dio la vuelta corrió hacia la muralla de piedra que había hecho, hizo un hueco movilizando la tierra, atravesó la muralla y entró al palacio para buscar a su padre dejando la batalla atrás, en medio del fuego del palacio incendiado se hizo paso, las llamas la obedecían y aunque sin consumirse ni poder reparar el daño ya hecho sobre los cimientos, el fuego se movía a la orden de la descendiente del cielo, con ése mismo fuego quemó a los soldados que se encontraba a su paso que se habían colado invadiendo el palacio, sin darles tregua ni tiempo a defenderse, el temor por su padre y el imaginarse lo peor le hacía sentir desesperada, su pecho punzaba como piquetes de aguja. Buscó en la habitación del rey y no lo encontró, buscó en la biblioteca donde su padre pasaba la mayor parte del tiempo y tampoco lo encontró, pero la visión de dicho lugar también la aterrorizó, todo estaba hecho un desastre los muebles deshechos por el fuego, los libros habían sido quemados quedando en cenizas, excepto uno que nunca había visto, una de pasta dura con un halo de fuego en la portada, sin embargo no le dio importancia, salió de la biblioteca y se dirigió al salón principal.

Justo al entrar observó paralizada en último aliento de su padre, estaba sentado en su trono con una espada atravesándole el corazón, la sangre salía de su boca y los labios de tono azul, la piel pálida en señal de que se le acababa la vida. Okina abrió los ojos cansado apenas respirando.

-Mi... sao…- Alcanzó a pronunciar casi inaudiblemente. El terror y las lágrimas alcanzaron el rostro de la nombrada, corriendo se acercó al trono donde estaba el anciano, gritando, llamándolo.

-¡Padre!- le tomó del rostro ya frio, con la piel marmórea por la falta de sangre.

-Ao… shi… te ayu…dará…- dijo el moribundo rey a fuerza y entre cortado- Mis… dos… hijas… las … amo…- fueron las últimas palabras de amor antes de fallecer, el viejo rey cerró los ojos para siempre, desplomado en el trono del rey.

-¡NOooo!- gritó dolida la princesa del cielo, pues su padre había sido asesinado. -¡NO, padre!- se desgarró la garganta y el alma también.


La dominante del agua descendió poco a poco conforme se deshacía el remolino de agua a sus pies, quedando a la altura de la borda del barco del rey de la Tierra Negra del Este, se acercó y dio un paso al frente para ser recibida por los brazos de su esposo, quién la abrazo fuertemente, sintiendo el regreso del aire a su propios pulmones con el alivio de tener a su esposa sana y salva, Kenshin no quería dejarla ir, al tenerla así cerca de él, la vida había vuelto a él. Sin embargo su tripulación aún no acababa de salir bien librada del todo, antes de que los barcos enemigos se hundieran algunos soldados alcanzaron a subir a bordo del barco del rey invadiendo su seguridad, los soldados de la Tierra Nagra del Este peleaban espada con espada.

-¡Kenshin, cuidado!- la peli azul se separó de él para alertarlo del soldado enemigo que apuntaba su arma justo a la espalda del pelirrojo, sin embargo la habilidad que le precedía al Hittokiri era certera que le permitió esquivarlo y atravesar al mismo tiempo el corazón del soldado con su espada, el soldado cayó al piso por una muerte inmediata, otros cinco soldados se abalanzaron contra el rey, pero el Hittokiri los evadió sin problema protegiendo a la vez a su esposa. Matando a cada uno de esos pobres diablos desesperados. Sanosuke y Yahiko quienes también peleaban se les acercaron para protegerlos, Yahiko le arrojó una espada a Kaoru quién con habilidad la tomó con su mano derecha.

-Ya ha hecho bastante por nosotros majestad- le dijo Yahiko- Pero nos ayudaría nuevamente el que tuviera un arma para defenderse- finalizó y se puso en guardia, Kaoru asintió con la cabeza afirmando el hecho de que no les sería un estorbo y peleó al lado de los tres, cuando varios nuevos soldados del reino del Oeste, se acercaron para atacarlos nuevamente.

El rey pelirrojo del Este se sintió aliviado de ver a su mujer sana y salva y con la misma fuerza del impulso de mantener su bienestar clamó por la ira para los que se atrevieran a lastimarla, una luz dorada se reflejó en su ojos y el Hittokiri resurgió de su hirviente sangre mató a cada uno de las pobres almas que osaron invadir su embarcación y los que intentaron subir al barco desde el mar para no morir ahogados eran también recibidos por su espada, les cortaba el cuello incluso antes de que estos pudieran poner un pie en la madera. El fuego que se formó por la pólvora y las explosiones de los cañones se fusionaba con el mar y el humo negro con el cielo claro.

Kaoru lo miró asombrada nunca había visto la faceta de su esposo de la que tanto había escuchado hablar, una faceta que se asomaba ante ella, pero nunca hubiera querido conocer, la sangre en la espada del pelirrojo se arrastraba por el filo brillante de la hoja hasta la empuñadura. Distraída por la conducta impredecible de Kenshin, pasó desapercibido a un hombre con la armadura plateada del Oeste que se dirigía hacia ella empuñando su espada.

-¡Majestad!- gritó Yahiko sacándola de su ensoñación. Kaoru alcanzó a moverse evitando el tacto de su espada sobre su pecho, pero no así de su hombro izquierdo, pues este alcanzó a herirla, una herida superficial que ardía por el residuo de la sal del mar, Kenshin se acercó a ella asustado y con fracción de segundos de diferencia hirió al soldado atravesando su espada en el abdomen de éste.

-¡¿Qué está tramando tu rey?!- le preguntó furioso. Mientras el enemigo aún tenía vida, movió un poco más la espada para causarle mayor dolor del necesario.

-¡El rey Enishi gobernará los tres reinos!- gritó el soldado del Oeste con su último aliento. El hombre cayó al suelo pero poco duró ahí, pues una ola proveniente del mar profundo lo arrastró al fondo del agua, el mar se encargaría de cobrarle con sus restos, el atrevimiento de lastimar a la nacida de la estrella bajo el mar. Kenshin abrazó a su esposa.

-¡¿Estas bien?!- le preguntó examinándola. Kaoru le dijo que estaba bien y este la besó, pero el humo por el fuego que se hizo de la batalla, se volvía cada vez más denso que costaba respirar, eso sin contar que el barco se estaba hundiendo por los daños de la batalla.

-¡Debemos bajar del barco!- gritó Sanosuke entrecortadamente interrumpiendo a los enamorados. -¡Estaremos a salvo en las balsas salvavidas, el barco se quema y pronto de hundirá por completo!-

Todos alcanzaron a asentir y corrieron a las balsas, Sanosuke y Yahiko cortaban las cuerdas de amarre de las balsas para que estas cayeran al mar, mientras Kenshin gritaba la orden a sus hombres de abandonar el barco, incluido el capitán quién a su pesar y pese a su renuencia de irse, no podía contrariar la orden del rey.

Las órdenes del rey Hittokiri no se cuestionaban ni se debatían.

Las balsas cayeron al mar y los hombres detrás de ellas para abordarlas, en una balsa principal la destinada al rey y sus principales súbditos, abordó primero Yahiko para asegurarse de la estabilidad de la balsa y desde abajo, extendió la mano a Kaoru, después abordó Kenshin y por último Sanosuke junto con el capitán del barco. Ya en el mar bajo la visión del gran estandarte de la tierra Negra del Este hundirse a pie de su embarcación, quedaban las balsas con hombres cabizbajos, llenos de humo en los pulmones y la autoestima en los zapatos, pues sus vidas estaban a la deriva en medio del océano a dos días de viaje en barco para llegar a las orillas de la Tierra del Este. Kenshin abrazó a Kaoru para darle calor y la peliazul lo reconfortó con un beso en los labios.

-¡El mar nos protegerá!- les dijo la princesa descendiente del cielo a todos ajena de lo que pasaba en su propia tierra.


En ese momento Aoshi entró al salón principal guiado por el grito de la pelinegra, la vio arrodillada apoyada en el regazó de su padre, llorando desconsoladamente ajena a su presencia, quiso entrar con ella para consolarla, pero una espada en su cuello se lo impidió.

-Traidor- le dijo Gein con la máscara blanca en su rostro, pegando el filo se la punta de su espada a su General- El rey tenía razón, estás dispuesto a traicionarnos por esa mujer- la voz del desconocido hizo que Misao se girara tras ella ahora si consiente de los dos hombres, se limpió las lágrimas atenta a lo que pasaba.- Ya no me representas nada, admiraba las maravillas que puedes hacer en una guerra, pero ya no más-

-¿Por qué atacaron?- cuestionó Aoshi a su agresor.

-Es buen momento, contigo lejos para que no pudieras impedirlo, debo decir que el rey está muy lastimado por tu tradición- le dijo Gein en tono irónico- Me ha ordenado llevarte, el mismo se encargará de cortarte la cabeza-

-Entiendo- dijo el ojiazul- ¿Enishi decidió atacar el castillo aun a costa de la vida de su hermana?- volvió a cuestionar.

-NO, también vine por ella, por eso estoy aquí- finalizó con una sonrisa cínica.

-¿Tu mataste a mi padre?- Intervino Misao desde su distancia, la voz le temblaba por la ira- ¿Fuiste tú? ¡Dime! ¿Tu rey ordenó matar a mi padre?!- volvió a preguntar alzando la voz, parecía que la rabia le rompería la tensa mandíbula por con tan solo gritar.

-¡Si fui yo!- le provocó Gein con la verdad- ¡Y si fuera por mi le cortaría la cabeza a éste también- se refirió a Aoshi sin dejar de amenazarlo- ¡Y a ti!- finalizó con sed de sangre.

Todo parecía pasar despacio ante los ojos del General del Oeste, observó el reflejo dorado en los ojos de Misao y con un ademán levantó a Gein del suelo con el aire atrayéndolo hacía ella lo dejo caer a sus pies. Tomó la espada del pecho del cuerpo de Okina y se acercó al aturdido enmascarado.

-Levántate- le ordenó la princesa a su enemigo, esta vez su voz carecía de tono, el dolor entraba y salía de ella para dejarla vacía. Gein se levantó dispuesto a atacarla con su espada, se abalanzó con su brazo derecho empuñando el arma, Misao lo esquivó con una patada lateral, pegándole en el brazo con tal fuerza que dislocó el codo el dolor condicionó que el hombre soltara el arma, la espada cayó al piso, al mismo tiempo le cortó la pierna izquierda lo que provocó que Gein cayera de rodillas sangrando de inmediato, en un movimiento rápido la ojiverde se colocó detrás de él, a sus espaldas lo tomó del cabello halándolo hacia atrás exponiendo el cuello, de tal manera que la vista del enmascarado estuviera dirigida al trono con el cuerpo de Okina en él.

-¡Este es tu único rey!- le haló con más fuerza el cabello- ¡Morirás con la misma espada que murió él!- dicho esto, de un solo tajo le cortó el cuello al enmascarado, cortándole la cabeza en el acto, el resto del cuerpo cayó al suelo y ella se quedó con la pesada cabeza en la mano, la máscara de calavera también cayó al suelo y el rostro lleno de cicatrices se mostró sin vida.

Aoshi sin sorprenderse por aquel acto salvaje no dijo nada, era una muerte que no podía evitar, él hubiera hecho lo mismo con ese maldito de Gein, él también hubiera querido tener el placer de cortarle la cabeza al asesino de Okina. Sin embargo tampoco se movió de su lugar, en estos momentos Misao no necesitaba ser consolada si no aplacada, si la furia y el dolor seguían en ella, sólo dios sabía hasta donde podía llegar. Con la cabeza de Gein en la mano, la vio dirigirse a la salida y pasar junto a él ignorándolo, sus ojos eran dorados pero sin brillo, esta vez. Misao salió del palacio destruyó la muralla de piedra y se dirigió a los jardines, sin decir una palabra, era como si su cuerpo se moviera sólo.

-¡Esta es la cabeza del asesino de mi padre!- gritó a todos los presentes soldados propios o enemigos y civiles. Alzó la cabeza de Gein- ¡E iré por la tuya Enishi!- gritó en dirección al acantilado, sin importar que el rey la escuchara o no.

Bajo este grito, el cielo se abrió una luz dorada le iluminó la silueta, el fuego dorado nació de sus pies en un halo rodeándola junto aquella luz, quemó la cabeza de su enemigo haciéndola cenizas y Misao perdió el control.

El fuego dorado la consumía, destruyendo todo a su paso.

Fin capitulo 10.

Bueno al fin el giró a la historia que les había prometido, ¿que pasará ahora que Misao ha despertado el fuego dorado? ¿Que pasará con Kaoru y los náufragos?

próximo capitulo igual de intenso, dejen reviews, dejenme saber si alguien sigue leyendo esta historia.