La fuerza del Imperio
Capitulo 10
Pasado un mes...
La voz colérica de Creonte llego a oídos de Meg, se preguntó qué podría haber ocurrido para que se viera interrumpido la armonía familiar.
Al llegar al umbral Meg, vio que su padre trataba de consolar a su madre, que tenía el rostro cubierto por las manos. Una extraña premonición se enroscó en su cuerpo produciéndole un ahogo. Ignoraba qué ocurría, pero no podía ser nada bueno.
– Nos vamos a Roma– dijo de pronto Creonte– Yolao nos necesita.
Ninguno de los dos se había percatado de que Meg estaba fuera de la estancia observándolo todo.
– ¿Qué sucede, padre?– preguntó Meg con voz angustiada.
Nunca había visto llorar a su madre. El presentimiento nefasto se enroscó todavía mas. Su padre ladeó la cabeza como si quisiera liberarse de una pesada molestia.
– El senador Tiberio Lépido ha sido asesinado…– dijo Creonte yendo de un lado a otro.
Eurídice estalló en un llanto amargado que le provocó a ella un vuelco en el corazón.
– Tu hermano ha sido acusado de su muerte. Debemos partir hacia Roma de inmediato.– dijo Creonte.
– Nuestras hijas deben quedarse aquí– protestó Eurídice insistente.
– No pienso perderlas de vista– dijo contundente– Vendrán con nosotros a Roma.
Meg se había quedado tan pálida como la cera. Su hermano no podía estar acusado de asesinato y recordó el incidente ocurrido en el palacio del emperador.
– Yolao… Yolao…– No pudo continuar la frase. Sentía un nudo en la garganta que iba alcanzando el tamaño de una nuez.
– ¡Tu hermano es inocente!– exclamo Creonte con voz severa.
Calíope apareció de pronto y miró la escena sin entender nada.
Meg se dio la vuelta y tomó a su hermana de la mano.
– Debemos prepararnos.
– ¿Qué sucede, Meg?
– Ahora te lo explico todo. Partimos hacia Roma– reiteró.
Cuando llegaron a la casa de Yolao, el lugar estaba vigilado por varios guardias pretorianos y Yolao se encontraba recluido en sus estancias, no le permitían la salida. La familia de Lépido pedían a voz en grito la cabeza del senador Yolao.
Julio César lo mantenía retenido hasta que se pudiera aclarar el asesinato.
Creonte intento buscar apoyo y ayuda entre sus amigos para salvar la vida de su hijo. Sin embargo, todos creían que Yolao era culpable.
Creonte observó a su hijo que estaba de espaldas. Miraba por la única ventana de la estancia hacia el exterior.
– Le he enviado un mensaje urgente a Hércules.
Yolao se giró hacia su padre y lo miró con ojos entrecerrados.
– ¿Cómo está madre?– Yolao sabía que en esas situación Hércules no podría hacer nada. Estaba muy lejos de Roma.
– Muy preocupada– le respondió.
Yolao tragó de forma brusca.
– ¿Qué ha sucedido, Yolao?– le pregunto paternal quemaba de angustia.
Tras un momento largo, Yolao se volvió hacia su padre, con la mirada baja.
– Soy sospechoso de asesinato, aunque imagino que ya lo sabes.
Creonte li miro, eso no era lo que le había preguntado.
– Según me ha revelado el emperador, eres el único sospechoso. El único que tenía un motivo para el asesinato.– ahora lo vio apretar los labios con ira y darse la vuelta de forma brusca hacia el hueco de la ventana.– Estoy desolado– admitió Creonte con voz emocionada.
– Yo no asesiné al senador Tiberio, padre– El tono de voz estaba lleno de amargura.
– Estoy convencido de ello, hijo mío.
Yolao mostró una sonrisa.
– Me juzgará el Senado , padre.
Entre padre e hijo se estableció un silencio abrumador.
Creonte sospechaba quién estaba detrás del asesinato, pero no tenía forma de demostrarlo.
Yolao esperaba el comienzó del juicio en su hogar y no en un lugar lleno de asesinos y delincuentes. Iban a tener un juicio justo en vista de las circunstancias adversas, pero él sentía en su interior que nada volvería a ser igual para ninguno de ellos…
Eurídice estaba sentada frente a su hijo desde que el gallo cantara la primera vez. Habían transcurrido todas las horas del día sin que las circunstancias adversas hubieran cambiado un ápice. Bebían aguamiel en silencio. Los guardias seguirían en sus posturas firmes mirando hacia el frente, pronto llegaría el relevo para ellos.
– ¿Ha llegado Meg?– pregunto Yolao.
Hacía muchos días que no la veía. Seguía en casa de Alcemena.
– Alcemena está siendo un buen entretenimiento para que no se preocupe más de lo necesario. Mientras este con ella y Galena se mantendrá alejada de todo esto. – dijo Eurídice.
– Pronto anochecerá– comento Yolao.
Calíope se encontraba conversando con su amado en el antrio. La última vez que lo había visto, Caesar fue cuando el incidente con Meg.
– ¿Os quedareis mucho tiempo en Roma, madre?
Eurídice lo miro, ella no podía marcharse hasta que concluyera el juicio y todo terminara satisfactoriamente.
– ¿Estás preparada para lo peor?– le dijo Yolao.
El rostro de ella se descompuso. ¿Como podía Yolao hablar tan francamente sobre su posible ejecución? Eurídice de pronto se levanto y se arrodilló a los pies de su hijo. Le acaricio el rostro mirándolo fijamente.
– Prométeme… que jamás te rendirás.
Yolao tomo las manos de su madre
– ¡Dime, que no te rendirás Yolao!– insistió ella.
– Nunca me rendiré, madre.
La llegada del patriarca coincidió con el relevo de los guardias. Lucius Quintus venía acompañándolos y ese detalle le pareció inusual. Cuando Yolao miró a los dos legionarios que tomaban posiciones frente a la puerta, se percató de que no los conocía. Otros cuatro se mantenían fuera de la estancia, No eran guardias pretorianos.
Se escuchó un grito femenino desgarrador y pasos apresurados que se dirigían hacia el atrio de la casa. Por instinto, yolao, Eurídice y Creonte salieron apresuradamente de la estancia donde se encontraban para indagar qué ocurría. Uno de los generales Titus Sempronio sujetaba a Calíope de los cabellos de forma brusca mientras la joven sollozaba. Con él había tres hombres armados. Todos eran familiares del senador Tiberio Lépido.
– ¡Por los dioses! ¿Qué sucede aquí?– pregunto Creonte, que se dirigió directamente hacia su hija para tratar de liberarla.
– Lo han matado, padre– dijo la chica con voz ahogada por el llanto– Han matado a Caesar… y todos los sirvientes.
Yolao se dirigió directamente hacia Titus con claras intenciones de golpearlo. De pronto, fue sujetado por dos guardias que lo empujaron por los hombros hasta que cayó de rodillas.
Le alzaron el rostro de forma brusca y le pusieron un puñal en el cuello. Creonte miró hacia Lucius Quintus para entender qué ocurría. Este le hizo un gesto con la cabeza a otros dos guardias para que sujetaran a Creonte. Eurídice corrió hacia su hija, pero antes de llegar hasta ella Titus le soltó un puñetazo que la lanzó al suelo inconsciente. Creonte gritó y trato de ir junto a ella, pero no se lo permitieron.
Calíope gritó y el gesto le valió un sonoro bofetón de Titus.
– ¿Creías por un momento que no vengaría la muerte de mi sobrino?– le espetó a Yolao.
– No he matado a Tiberio– respondió Yolao lleno de amargura.
Calíope gimió por el daño que le hacían al estirarle los cabellos.
– ¿Pensabas en algún momento que ibas a liberarte del castigo que mereces? Nadie asesina a un Sempronio sin pagar con su vida, y no esta tu amigo Hércules para ayudarte, verdad…
Acto seguido abofeteó a Calíope. Estos la tiraron al suelo y le desgarraron las ropas hasta dejarla desnuda. Creonte soltó un alarido espeluznante al ser consciente de que iban a violar a su hija delante de él. Forcejeó con todas sus fuerzas para tratar de liberarse, pero los hombres que lo sujetaban eran mucho más fuertes. Yolao trató de soltarse y recibió un golpe en el estómago.
– ¡Depravados, soltadla!– bramo Creonte –¡No le hagáis daño!
– Suelta a mi hermana o juró que te mataré– amenazó Yolao, que forcejeaba con todas sus fuerzas tratando de liberarse.
Titus miró a uno de los soldados que sujetaban a Creonte y le hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Yolao siguió la mirada de este y se fijó en el arma que desenvainaba. Acababa de descubrir que los soldados que dirigía Lucius Quintus eran mercenarios. Los delataba las armas que no llevaban el sello de la legión. Eran desertores que se vendían al mejor postor.
El mercenario desenvainó la espada y sin más preámbulos le cortó el cuello a Creonte.
– ¡Noooo, padre!– El grito de Yolao retumbó en el silencio de la Villa.
Titus marchó directamente hacia él con una daga en la mano. Los soldados lo sujetaron más fuerte. Al llegar donde estaba Yolao, le clavó la hoja afilada en el costado hasta la empuñadura; después la retorció. Yolao cayó hacia delante en una contracción. La sangre brotaba de su cuerpo como un río.
– Tardarás en morir, ¡asesino! Y, mientras lo haces, verás con tus propios ojos cómo violamos a tu madre y a tu hermana…
Tras decir esas palabras, uno de los hombres se puso de rodillas junto a Calíope, le abrió las piernas y la penetró con violencia inusitada. Yolao vio como su hermana gritaba. Cuando terminó, otro ocupó su lugar.
Con Eurídice hicieron lo mismo, que apenas era consciente de lo que ocurría. La dejaron desnuda y abusaron de ella uno a uno.
A pesar de la herida mortal que sufría en el costado, Yolao se debatía con las pocas fuerzas que le quedaban tratando de llegar hasta ellas.
Yolao giró el rostro hacia Lucius Quintus.
– ¡Piedad, Lucius! ¡Piedad!– rogó Yolao–.¡Ayúdalas! ¡Por los dioses! ¡Haz conmigo lo que desees pero déjalas a ellas!
Tito lo agarró de los cabellos y le sujetó el rostro para que mirara la escena espeluznante que ocurría delante de sus ojos mientras lo abofeteaban repetidamente.
– Ya no eres un senador Romano, Yolao, regresa a Grecia que es donde perteneces… – le susurró al oído.
Lloraba profusamente mientras contemplaba cómo violaban a su madre y su hermana.
Uno de los hombres de Sempronio, cuando termino, le cortó el cuello de Eurídice. Calíope quedó en el suelo como un trapo.
Yolao sabía que iba a morir. Su estado era ya previo a la muerte.
Cuando el último de los hombres terminó de violar a Calíope, él le hizo un gesto para que la degollara. Lucius lo sujetó del brazo para impedírselo.
– ¡No!– ordenó de pronto–. Será vendida como esclava. La muchachas hermosas como Calíope valían mucho dinero en los harenes turcos y él no pensaba desaprovechar la oportunidad.
– Juré matar a todos los miembros de esta familia– sentenció Titus con la voz llena de odio.
– Las hijas serán vendidas como esclavas– reiteró en un tono que no admitía discusión–. Es mi ultima palabra.
De repente, Titus se percató de que faltaba un miembro más.
– ¡ Maldita sea… falta una de las hijas MEGARA, la quiero muerta!– tronó con voz inhumana.
Pero Lucius tenía otros planes.
– A mi orden, ¡ejecutadlos!– la potente voz de Lucius Quintus hizo reaccionar a los hombres de Sempronio aunque tarde.
Tras la atrocidad sexual que habían cometido, se encontraban lujuriosamente relajados, con los sentidos aletargados, circunstancias que aprovechó Lucius. Los soldados los sujetaron uno a uno antes de que pudieran asir sus armas y los mataron. Titus Sempronio no pudo hacer nada porque la espada de Lucius la tenía clavada en el estómago.
– ¿Pero qué…?– No pudo continuar la pregunta. Su cuerpo cayó de espaldas al suelo.
El patio estaba lleno de sangre y de cuerpos masacrados. Calíope estaba casi muerta por el brutal asalto. Lucius extendió su capa sobre el cuerpo desnudo y ordenó a uno de sus hombres que la alzara para llevársela.
– Prended fuego a la casa– ordenó.
– Señor– pregunto uno de sus hombre– que haremos con la muchacha que falta.
Lucius lo miro con una sonrisa.
– De esa me encargare yo personalmente..
