Hola de nuevo!!! Aquí estoy, después de haber suspendido el exámen práctico de conducir por séptima vez (soy un peligro circulatorio...snifff), después de Deathly Hallows (sin comentarios) y de llevar demasiado tiempo sin actualizar... si es que soy un desastre.

Este capítulo es una especie de "vuelta a mis origenes", más introspectivo que el resto del fic y sin demasiada acción. Lo siento, pero creo que hay un par de cosas acerca de nuestros protagonistas que era importante contar. Los dos últimos capítulos, en cambio, serán bastante más "movidos". Y es que ya está bien de darle tantas vueltas a las cosas...

En fin, espero que os guste... Estoy muy agardecida a todos aquellos que habeis leído hasta aquí. Relamente, hace falta tener el valor de un Gryffindor, je, je...

10: Desayuno

"Siempre lo había sabido, las palabras eran inútiles. Sí, a veces parecían maravillosas, pero, en cuanto las necesitabas, te dejaban en el atolladero. Nunca hallabas las adecuadas, nunca, porque ¿dónde buscarlas? El corazón es mudo como un pez, por más que se esfuerce la lengua en buscarle una voz"

Cornelia Funke "Sangre de tinta"

Lo primero que vio Hermione al despertar fueron los ojos descomunalmente grandes de Buzz, uno de los gatos de Ron, pero aún estaba demasiado adormilada como para sobresaltarse. Aquella mirada verde e inteligente la escrutó con expresión perezosa unos segundos antes de decidir que la chica carecía de interés y, con un ágil salto, descendió del sofá y se dirigió hacia su amo, moviéndose con la elegancia de pantera.

Ron entraba en ese momento en el salón, con la cafetera humeante en una mano y un par de tazas de loza en la otra. Buzz se deslizó entre sus piernas con zalamería, ronroneando como si suplicase una caricia.

El pelirrojo abandonó su carga sobre la mesa del salón, sobre la que había colocado un floreado mantel, y recogió al gato, sujetándolo bajo las patas delanteras con un gesto firme pero delicado.

- ¿Qué pasa, chico¿Tú también tienes ganas de desayunar?- murmuró, mirando cara a cara al animal, que respondió con un maullido- Como sigas montando este escándalo vas a despertar a nuestra invitada.

Ambos regresaron a la cocina, y Hermione dudó un momento antes de ponerse en pie con sigilo y seguirlos. Por el delicioso aroma que inundaba el apartamento, la chica hubiese apostado a que Ron estaba preparando su "tortilla ultraespecial con queso para los días de resaca", que solía cocinar para ella y para Harry cuando los tres salían de juerga en los viejos tiempos. La cocina se encontraba al final de un estrecho pasillo, que ella recorrió silenciosamente, con un extraño sentimiento de expectación aleteando levemente en el pecho, como si estuviese a punto de ocurrir algo sumamente importante que aún no alcanzaba a intuir.

El sol del mediodía entraba a través de la ventana. Tamizado por unas cortinas que, tras un millón de lavados, se habían vuelto de un suave color beige, dibujaba contornos dorados y nítidos y bañaba la diminuta cocina de un resplandor cálido y suave.

Ron se estaba secando las manos en un paño de cocina mientras, a sus pies, Buzz bebía leche de un cuenco. En una sartén chisporroteaba una mezcla de huevo batido, queso y bacon ahumado, que despedía un olor delicioso y que confirmaba las sospechas de Hermione: se trataba, indudablemente, de la mítica tortilla de Ron. Puede que aquella escena no tuviese nada de particular, pero a la chica le embargó una extraña sensación, como si acabase de regresar por fina su verdadero hogar tras un día de trabajo agotador e increíblemente largo.

El pelirrojo no parecía haberse percatado de la presencia de su mejor amiga que, apoyada en el marco de la puerta, contemplaba en silencio el modo meticuloso en que preparaba el desayuno. Hermione había visto a Ron un millón de veces, no en vano se conocían desde hacía más de doce años. Le había visto reír, llorar de frustración, rojo de ira y pálido de miedo. Le había visto vestido con túnica de gala en la boda de Bill, con el uniforme de Hogwarts y con su vieja trenca verde; le había visto con el pelo corto, más largo e incluso rapado al uno; cubierto de barro o con la cara pintarrajeada con hollín (por cortesía de los gemelos, claro está)

Y, sin embargo, de repente, parecía un completo desconocido. No había en él nada de extraordinario: tenía el pelo, de un rojo incandescente, tan despeinado como siempre, llevaba unos shorts de cuadros azules y una camiseta amarilla tan vieja como las cortinas. Reconocía la forma de aquellas manos, de su cuello, hasta la última de sus pecas e incluso su olor, pero no podía evitar sentirse como si le contemplase por primera vez. Era una sensación extraña y un tanto inquietante. "Debe ser por la resaca", pensó ella, meneando la cabeza y descubriendo con sorpresa una irreprimible sensación de abrazarle. Y no precisamente como a un amigo.

Estaba a punto de salir corriendo por concebir un pensamiento tan aberrante cuando Ron se volvió (probablemante en busca de más huevos) y la descubrió. La saludó con una de aquellas sonrisas llenas de luz, ajeno al conmoción que causaba en el interior de su mejor amiga, hasta entonces pacífico, predecible y tranquilo como un mar en calma.

- Buenos días ¿has dormido bien?

- Fenomenal- contestó ella, con voz trémula- Pero me he levantado un poco… revuelta.

- No me extraña- replicó Ron, riendo como un niño travieso- Anoche te bebiste hasta el agua de los floreros. Lo que me extraña es que no acabases en San Mungo, como paciente, quiero decir ¿te apetece tortilla?.

Ella asintió con la cabeza, incapaz de encontrara las palabras para responder. Por lo general, Hermione tardaba siglos en decidir qué sentía exactamente ante la cosa más simple. Sin ir más lejos, llevaba desde los diecisiete años tratando de discernir si había elegido la profesión adecuada para ella. Y sin embargo, aquella mañana, la elocuente sencillez de sus emociones le sorprendió hasta tal punto que la dejó sin habla, incapaz de contestar sí o no a algo tan elemental como si le apetecía o no el plato estrella de su amigo.

Estaba enamorada de Ron.. Hasta ese momento, ni siquiera se había atrevido a sospechar algo así. Pero, en realidad, por primera vez en su vida, había llegado a una conclusión sin necesidad de un complejo razonamiento. Se trataba de pura percepción, sin el más leve atisbo de análisis.

Teniendo en cuenta que llevaban media vida juntos, resultaba bastante increíble que hubiese tardado tanto tiempo en darse cuenta. Es cierto que Hermione se sentía mejor consigo misma cuando él estaba cerca, y que a veces le echaba de menos un poquito más de lo razonable cuando pasaban un tiempo sin verse, pero siempre le había parecido algo natural entre dos amigos tan inseparables como ellos. Ni siquiera aquella particular afición por reventarle las citas al pelirrojo le había hecho plantearse que algún tipo de sentimiento acechase en su subconsciente, deseoso por salir a la luz. Sinceramente, si tan solo un día antes alguien le hubiera insinuado semejante posibilidad, se habría muerto de la risa. Y, de pronto, la verdad se le revelaba clara y luminosa, cristalina como el agua.

Ni siquiera tuvo tiempo de alegrarse, asustarse o asumirlo. La racional Hermione enseguida recordó la cruda realidad. Una realidad rubia y soñadora que trabajaba codo con codo con ella, en San Mungo. De modo que, aunque en cierto modo, resultaba interesante descubrir que no tenía una patata fosilizada en el lugar donde debería estar el corazón, la verdad es que se sentía como una cucaracha por una multitud de razones. Principalmente porque estaba ahí, comportándose con Ron con total normalidad, como si quisiera seguir siendo simplemente su amiga, lo cual no era cierto en absoluto, y eso la convertía en una hipócrita. Eso sin contar con que, después de tantos años, había tenido que darse cuenta de la importancia que Ron tenía realmente en su vida precisamente cuando él ya tenía una feliz relación con una chica extraordinaria.

"Está con Luna" se recordó a sí misma "Con Luna. No es el momento, ni lo será nunca. Sea lo que sea, lo que ha nacido debe morir."

Hermione nunca habría dicho que su propia conciencia tuviese tan poco poder de convicción. En aquella cocina, inmersos en la calidez del mediodía, le costaba un esfuerzo titánico admitir que tenía que dejarle marchar, especialmente cuando parecía tan cerca. El pelirrojo aún la miraba, con aquella expresión desconcertantemente adulta con que la había observado en el autobús apenas unas horas antes. La pura verdad es que Hermione deseaba gritar, aquí y ahora, que daría cualquier cosa por despertarse todos los días del resto de su vida arropada por el olor de aquella tortilla pero, en ese momento, Harry irrumpió en la cocina, rompiendo instantáneamente el hechizo. El moreno, que llevaba en brazos a la otra gata de Ron, ni siquiera pareció advertir la presencia de Hermione.

- Oye, Weasley, estoy harto de que Fiona se meta en mi habitación a dormir ¿es que no piensas tomarme en serio ni un poquito¡Ostras, Hermione¿Qué haces aquí¡Un momento! No me digas que vosotros dos, por fin…

- Pero que gracioso eres, Potter- contestó Ron, dándole la vuelta a la tortilla con un giro de muñeca sorprendentemente hábil- No se por qué te quejas tanto de Fiona. Siempre estás por ahí, llorando por los rincones y lamentándote porque las mujeres te ignoran olímpicamente, y, cuando por fin una belleza como Fi te hace caso, quieres que te la quite de encima. No se, pero yo que tú me lo pensaría, porque no vas a encontrar a nadie tan interesado en ti como ella. A no ser que pasase algo entre mi hermana y tú anoche.

- No pasó nada- respondió Harry, con sencillez- Claro que, teniendo en cuenta que Ginny no está aquí, resulta mucho más creíble que en vuestro caso.

- No tengo ni idea de lo que insinúas- intervino Hermione, incapaz de disimular cierta irritación. Lo cierto es que la ironía de todo aquel asunto empezaba a resultar dolorosa- Nunca ha pasado nada entre Ron y yo. Nada- sentenció, poniendo un énfasis especial en la última palabra.

En ese momento, Ron le lanzó a Hermione una mirada esquiva y un tanto culpable. Y es que lo que la chica acababa de afirmar no era absolutamente cierto.

Ocurrió poco después de que Harry, Ginny, Ron y ella fueran a visitar a Bill y a Fleur que, por aquel entonces, vivían en París y acababan de tener una niña. Pasaron una semana en una de las ciudades más bellas del planeta, unos días que Hermione recordaba como los más maravillosamente extraños y mágicos de su vida, resplandecientes e irreales como un sueño que acabó el mismo día que pusieron el pie en Londres. Una parte de ellos anhelaba ardientemente quedarse en Montmatre, en el corazón aún palpitante del París bohemio, y Ginny sugirió, medio en broma medio, en serio, cambiar la niebla londinense por el sol de Francia e instalarse como okupas en aquel barrio fascinante, viviendo de la caridad y escribiendo novelas existencialistas que nadie leería jamás. Regresar a casa significó volver de golpe al lluvioso día a día de Inglaterra, a la niebla, al frío y a la realidad. El sueño terminó pero, por algún extraño e inexplicable fenómeno, ellos se resistieron a despertar, a retomar la vida que habían dejado atrás.

Hermione solía pensar en aquella época como una de las más confusas de su vida. Era como si acabase de abrir los ojos y descubierto que la vida podía ofrecer algo más. No sabía muy bien a qué podía ser ese "algo más", pero le resultaba inconcebible que no le esperase otra cosa que una infinita sucesión de días, cada uno igual que el anterior.

En aquello días, aún salía con Viktor Krum. Se trataba de una relación basada en la solidez de la rutina, que mantenía más por costumbre que por otra cosa y que, de buenas a primeras, comenzó a resultarle insoportablemente asfixiante. De modo que logró reunir el valor suficiente para hacer algo que, en realidad, deseaba hacer casi desde empezó su relación con el búlgaro, y cortó con él por lo sano, sin explicaciones ni excusas. Sencillamente, estaba harta. Y algo parecido les ocurrió a Harry y a Ginny: comenzaron a culparse el uno al otro de toda la frustración, la tristeza y el hastío que impregnaban sus vidas, y acabaron lanzando por la borda un feliz noviazgo de cuatro años que parecía destinado a prolongarse hasta el fin de los tiempos. Con el paso del tiempo, habían llegado a la conclusión de que habían sido víctimas de una especie de locura colectiva que Harry solía llamar "El Síndrome de Montmatre" y que les había a inducido a comportarse de un modo que ninguno de los cuatro hubiese imaginado apenas unos meses antes. Tal vez, el espíritu del surrealismo, que jugaba despreocupado a los pies del Sacre Coeur, había captado aquella afirmación hecha por Ginny a la ligera en la suave brisa de verano y había decidido perseguirles hasta la ciudad del Támesis.

Durante los días posteriores a su ruptura con Krum, Hermione se dedicó a comer helado con Ron durante la mayor parte del tiempo. El pelirrojo aguantaba impertérrito los infinitos monólogos de su mejor amiga, que no dejaba de preguntarse a sí misma acerca de lo acertado de una decisión tan drástica como la de mandar a paseo a su novio de la noche a la mañana. Y hay que decir que Ron demostró una paciencia formidable hasta una mañana de septiembre inusualmente luminosa.

Ambos esperaban, tranquilamente, a que el semáforo de una céntrica calle de Londres cambiase a verde, arropados por una multitud de rostros anónimos. Hermione llevaba aproximadamente dos horas dándole vueltas a un mismo razonamiento particularmente enrevesado que había elaborado después de una clase de psiquiatría. Puede que Ron estuviese harto de escucharla, y lo único que pretendía era que se callara de una maldita vez. Puede que él también estuviera confuso. O puede que fuese un simple impulso, sin explicación lógica . El caso es que había sucedido. Él la había besado ¡así, sin más!

No es que hubiese sido uno de esos besos de película: apenas había durado unos segundos, hasta que la multitud, insensible, les había arrastrado hasta separarles cuando el semáforo cambió de color. Pero bastó para que, una vez al otro lado de la calle, Hermione sufriese un ataque de cólera memorable, y después se pasó casi tres semanas sin dirigirle la palabra al pelirrojo.

Lo cierto es que nunca llegó a saber exactamente por qué se había enfadado tanto, teniendo en cuenta que Ron nunca se había caracterizado por un comportamiento demasiado sensato. Al final, había terminado por perdonarle, como siempre, pero no podía decirse que lo hubiera olvidado. Todavía, en los momentos más inesperados, se sorprendía a sí misma pensando en aquel inocente beso, puro y apasionado, dulce y ambivalente, maravilloso y completamente erróneo. Y, siempre que lo recordaba, maldecía a Ron por su total y absoluta falta de sensibilidad. Cualquier otro ser humano con una mínima capacidad de juicio se hubiera dado cuenta de que ella estaba pasando por un mal momento, pero Ron era demasiado egoísta como para ponerse a pensar en ese tipo de cosas y había actuado sin más, abriendo una brecha entre ellos, como una herida que apenas había empezado a cicatrizar.

La verdad es que había sido bastante fácil culpar a Ron y, con el tiempo, había logrado aprender a actuar como si nada de aquello hubiera ocurrido. Pero se había equivocado. Por primera vez, estaba dispuesta a reconocerlo ante sí misma: se había enfurecido con Ron porque aquel beso junto al semáforo parecía prometer algún tipo de esperanza que nunca llegó a cumplirse. Y todo por que él, el muy imbécil, la había esperado en la otra acera, sonriendo como si no hubiese pasado nada. Nunca, hasta esa mañana, había dado señales de acordarse siquiera de aquella mañana de septiembre. Puede que, al fin y al cabo, tuviese la sensibilidad de un cucharilla de té, y para él aquel beso no fuera más que otra de las millones de idioteces que hacía a lo largo de día.

Bueno, tal vez no fuese el momento de ir a por todas y presentarse bajo la ventana de Ron con un grupo de mariachis para declararle amor eterno... pero, al menos, merecía saber qué opinaba él de todo aquel asunto. Y estaba más que dispuesta a averiguarlo.

- Tu tortilla se va a enfriar- comentó Ron, poniéndole el plato humeante bajo la nariz. Él y Harry estaban mirándola, mitad preocupados y mitad divertidos ante la expresión ausente de Hermione, quien, en ese momento, guardaba un inquietante parecido con Gregory Goyle.

De acuerdo, pensó ella, tal vez tendría que esperar para indagar un poco sobre los sentimientos de Ron (si es que realmente los tenía), pero estaba dispuesta a hacerlo a la menor oportunidad. Y, mientras tanto, se conformaría con disfrutar del mejor desayuno que había probado desde que dejó Hogwarts.


Y eso es todo por hoy... ahora que ya no queda prácticamente nada para el final de esta historia, me hago el firme propósito de no dejar que pase tanto tiempo sin actualizar... tampoco quiero alargarme innecesariamente. En fin, si quereis felicitarme, arrojarme tomatazos o intercambiar opiniones acerca de Deathly Hallows, no teneis más que darle a cierto botón...