Capítulo 10: Miserable
Yukiko, Chie y Naoto se bajaron a toda velocidad del taxi. (Al ser incapaz de alcanzar el taxi que había cogido Rise, que se alejaba a toda velocidad, Chie había ignorado los calambres en las piernas y el dolor de los pies al correr con zapatos de tacón y había apartado a la gente que esperaba en la puerta del local a que pasara un taxi libre. Cuando vio uno que se acercaba, la muchacha se había lanzado sobre él, y en un arrebato, había gritado: "¡Alto! ¡Policía!". El taxista, un hombre de unos cincuenta y cinco años, con un poblado bigote canoso, le había preguntado, sorprendido:
-¿Qué pasa, agente?
Por un momento, Chie sintió el pánico subirle por la garganta. Había hecho lo primero que se le había ocurrido para llamar la atención del taxi, pero estaba segura de que decir que era policía para conseguir cosas era, además de un delito, una infracción para la academia de policía. ¿Y si le prohibían el acceso por abuso de autoridad? Bajo la mirada penetrante del hombre, Chie había empezado a sentir el sudor frío deslizándose por su cuello, su frente y sus axilas, pero afortunadamente, no le hizo falta contestar: Yukiko y Naoto habían llegado junto a ella, y Naoto se había hecho cargo de la situación, dando un paso al frente, con su frío porte profesional:
-Creo que esa sería yo, caballero. Soy la detective de la policía Naoto Shirogane. Tenemos la certeza de que existe una urgencia en la posada Amagi, en Inaba. Necesitamos que nos traslade al lugar en cuestión a la mayor brevedad posible.
Sin embargo, no hacía falta que siguiera hablando. Los ojillos redondos del taxista se habían iluminado, y el bigote se había curvado hacia arriba hacia arriba.
-¡El Príncipe Detective! No te había reconocido. Perdón, a usted. Es que es tan joven…
-No hay cuidado, puede tutearme –respondió Naoto con elegancia.
-¡Nao, no tenemos tiempo! –siseó Chie en su oído, con urgencia.
El taxista pareció darse cuenta. Había abierto la puerta del taxi y las animó a subir.
-¡Arriba, chicas! Conozco un atajo.
Las tres chicas se habían dejado conducir por carreteras oscuras a toda velocidad, pero el hombre había cumplido su palabra: apenas veinte minutos después, el taxi había atravesado como una centella Okina e Inaba y había subido la suave colina en cuya ladera se encontraba la posada Amagi, y las dejaba en la puerta, un poco mareadas, pero sanas y salvas.)
Naoto se giró en el último momento y buscó en el diminuto bolsillo de su diminuta falda, en busca de unos billetes.
-Gracias, caballero. Nos ha prestado un gran servicio.
Sin embargo, el hombre negó vigorosamente con la cabeza.
-No puedo aceptarlo, señorita. Ha sido un placer servir a la policía y a ti… a usted. ¡Eres el orgullo del país! Mi hija tiene un póster tuyo… de usted… en la cama, y quiere ser detective. ¡No se lo va a creer cuando le diga que he ayudado al mismísimo Príncipe Detective en un caso!
Naoto se sintió muy, muy, muy culpable por haberle mentido y, encima, no pagar la carrera, pero por otro lado, el taconeo de Chie y Yukiko se había perdido ya en los pasillos de la posada, y Rise necesitaba alguien que la apoyara en ese momento. Guardando con un gesto los billetes arrugados en el bolsillo, le hizo una despedida seria al taxista con la visera del sombrero y giró sobre sus talones, echando a correr todo lo que sus delgadas piernas y sus incómodos zapatos le permitían.
Cuando llegó, Chie y Yukiko golpeaban suavemente con los nudillos en la puerta de Rise, llamándola con ternura, con los ceños fruncidos, mientras del otro lado se filtraba un sollozo desgarrador y sostenido.
-Rise… -la llamaba Chie con cuidado, como si llamara a un animal herido para que se acercara y le permitiera curarlo.
-Ábrenos la puerta, por favor –la voz de Yukiko, siempre gentil, era suave como una caricia maternal. Se quedó escuchando, pero no hubo cambios: sólo aquel sollozo por respuesta. Miró a Naoto, preocupada, mordiéndose el labio inferior-. No responde…
Naoto dio un paso al frente y en lugar de aquellos toques tan dulces y tan suaves, golpeó la puerta con normalidad. Tampoco su voz tenía una ternura especial: sólo aquél tono tranquilizador y sereno, curtido en los interrogatorios, que llamaba a la calma.
-Rise, por favor, sé razonable. Permítenos pasar, abre la puerta. No podemos ayudarte si no nos dejas. Abre…
Por un momento, pareció que Rise se lo pensaba, porque el sollozo se convirtió en hipidos al otro lado de la puerta. Chie levantó el pulgar hacia Naoto, felicitándola. Sin embargo, al otro lado, la voz gangosa y débil de Rise sólo dijo:
-Dejadme sola…
Y volvió a echarse a llorar con aquel sollozo suave, sostenido, como si su corazón se hubiera roto y nunca, nunca, pudiera curarse.
Con un suspiro, Yukiko se separó de la puerta y empezó a caminar hacia el pasillo.
-¿Adónde vas? –preguntó Chie en un susurro.
Yukiko se giró y le dirigió una mirada consternada.
-A preparar una habitación y a por yukatas para ponernos. Y a por té –volvió a girarse y dejó su última frase como una bandera funesta-. Va a ser una noche larga.
Un rato más tarde, Naoto no sabía si el hecho de que se sintiera aliviada de haberse quitado aquella ropa ajustada y aquella capa de espeso maquillaje la convertía en una mala persona. Con un suspiro, disfrutando de la liviana caricia de la yukata blanca que no la oprimía sobre su piel, se arrodilló junto a la mesa baja, donde ya estaban acomodadas Chie y Yukiko. Había tardado más que ellas porque no había dejado de frotarse con toallitas desmaquilladoras hasta que sintió que su piel respiraba, limpia y fresca. Chie se mordisqueaba la piel entorno a las uñas, nerviosa, sin dejar de agitarse: Yukiko, en cambio, servía el té en las tazas cuidadosamente, al parecer absorta en su tarea.
-Para, Chie –reprendió Yukiko con suavidad-. Te estás haciendo sangre.
Chie, que al parecer no había sido consciente del estropicio que se había hecho, agitó una mano y se volvió hacia su amiga:
-No sé cómo estás tan tranquila.
-No lo estoy –repuso Yukiko, dejando con suavidad la tetera sobre la mesa. Le alargó su taza a Naoto, que la aceptó con un gesto de la cabeza, y miró a Chie con simpatía mientras le pasaba su taza-. Estoy muy preocupada por Rise y Ted.
-No crees que cancelará la boda por esto, ¿no? –preguntó la rubia, temerosa.
Naoto agitó la cabeza.
-No debería. Es convención social que en las despedidas de soltero, los hombres disfruten de una última noche de cortejo: un juego infantil e inofensivo.
-Tú no viste la Sombra de Rise, Naoto –contradijo Yukiko, llevándose su taza a los labios-. Rise tiene un montón de fantasmas en lo que a sexualidad se refiere.
-¿Cómo ha podido hacerlo? –Chie seguía murmurando, con los ojos echando chispas.
-No le des más vueltas, por favor –rogó Yukiko, sabiendo que probablemente no se refería a Teddie.
-No puedo evitarlo. ¡No tengo palabras! ¡Es tan…!
-¡Rise!
La voz de Teddie, seguida de unos pasos, puso a las chicas en guardia. Dejando las tazas sobre la mesa, se precipitaron a la puerta.
-¡Rise, ábreme! –aullaba Teddie, pegando puñetazos en la puerta. Estaba despeinado, se tambaleaba: estaba borracho y desesperado- ¡Ábreme, cariño! ¡Vamos a hablar, vamos a…!
-¡Lárgate! –chilló Rise, llorando a lágrima viva al otro lado de la puerta- ¡No quiero verte!
-Rise, por favor…
-¿Qué hace aquí? –susurró Chie.
-He llamado a Souji –respondió Yukiko, sombría-. Tienen que arreglarlo y, cuanto antes, mejor.
Naoto asintió en silencio, observando como el rubio sollozante se dejaba caer de rodillas frente a la puerta, como suplicando a la diosa idol su perdón.
Los tres chicos aparecieron por el pasillo, jadeando. Souji se dirigió hacia Yukiko, le estrechó un instante la mano y le dio un rápido beso en los labios. Ambos se miraron un instante, con una mirada de preocupación gemela, y se volvieron hacia Teddie. Chie, en cambio, sólo podía mirar a la persona a la que se suponía que amaba.
Yosuke, despeinado, con la camisa desmadejada y ojeras, se sujetaba las sienes como para aliviar un dolor de cabeza atroz. No sintió compasión. La chica se acercó a él pisando fuerte.
-¿Pero a ti qué coño te pasa?
-Ay, Chie, déjame. Me encuentro fatal… -contestó él sin mirarla, con los ojos cerrados.
El bofetón de Chie le despertó. La miró, atónito.
-¿Pero qué…?
-¡Eres el ser más egoísta y estúpido que conozco! ¿Creías que iba a ser gracioso, eh? Seguro que no has pensado ni por un puto momento en el daño que ibas a hacer. Sólo querías disfrutar haciendo que ellos se pelearan. Picarlos, meterte con ellos. Nunca te preocupas de nadie: ni de Rise, ni de Teddie… Ni de mí. Sólo te importas tú, divertirte aún a costa de los demás. ¡Eres un capullo, un cerdo patético, un… un… miserable!
Chie lloraba de rabia, gritándole con toda la fuerza de sus pulmones. Yosuke la miraba, herido por sus palabras, por el peso de la verdad en ellas, pero sobre todo por la mirada de absoluto desprecio en los ojos ambarinos de su novia.
-Chie…
-Vete de aquí. Ya has hecho bastante daño.
-¡Chie…!
-¡Lárgate! Dios, yo… -se giró, estremecida por los sollozos, y escupió – no puedo ni mirarte.
Yosuke buscó un poco de consuelo en sus amigos, pero Teddie no miraba a nadie, deshecho ante la puerta y llorando; Kanji le miraba con dureza, obviamente de acuerdo con todo lo que Chie había dicho. Souji le miraba con seriedad: no enfadado, pero tampoco amistoso. Sus ojos azules le miraban con fijeza. Finalmente, hizo un leve asentimiento con la cabeza. Yosuke, derrotado, se giró y echó a correr. Casi tumbó a Aya la camarera, que se acercaba, medio dormida por la siesta que se echaba durante el turno nocturno, alertada por el ruido. Se tranquilizó al ver que Yukiko ya estaba allí.
-Señorita, ¿qué pasa?
-Ah, Aya. Lamento haberte despertado.
Allí, cogida suavemente de las manos de su atractivo prometido, y con aquella sonrisa suave, Yukiko parecía una emperatriz.
-¿Qué es todo ese estruendo, señorita?
-Oh, Aya, ya sabes cómo son las bodas. Te haces cargo de un par de peleas de enamorados, ¿verdad?
Aya asintió, comprensiva.
-Antes de casarme con Shinichi estuvimos a punto de romper catorce veces. Los dejaré solos, señorita.
-Gracias, Aya.
-Buenas noches, señorita Yukiko, señorita Chie… señorito Souji –Aya se sonrojó un poco al hablar al que, pronto, sería su jefe tanto como la señorita. A los demás, cuyos nombres no conocía, les dirigió un genérico "Buenas noches" antes de retirarse.
Chie se había refugiado en los brazos protectores de Kanji, que le daba secas palmadas en la espalda mientras ella sollozaba. Souji y Yukiko, tras dirigirse una mirada cómplice, habían cogido por los brazos a Teddie y lo levantaban.
-¿Adónde vamos? –murmuró el chico, sin dejar de llorar.
-Vamos a prepararte una habitación, Ted –arrulló Yukiko con ternura.
-¿No dormiré con Rise…?
-Con suerte, sólo será una noche –intervino Souji.
Mientras se llevaban al chico, que trastabillaba, Chie se separó de Kanji.
-¿Estás bien? –murmuró Kanji, serio.
-No –sollozó Chie-. Necesito estar sola.
Chie se fue, todavía llorando, y Kanji y Naoto se quedaron solos en medio del pasillo, mirándose. Kanji tenía los puños apretados y la cara baja, pero no desvió la mirada. El ojo experto de Naoto, que leía a las personas, pudo ver en sus pupilas negras preocupación, seriedad, y también… dolor. Dolor hacia ella.
-Kanji… -masculló ella, temblando-. Siento lo que…
-No –la interrumpió él, agitando la cabeza-. Ahora no es el momento, Naoto. Ni nunca.
Kanji se alejó de ella. Con el corazón en un puño, Naoto se retiró a su habitación en sombras.
Naoto apenas pudo dormir aquella noche: su habitación en la posada estaba entre la que compartían Yukiko y Chie (aquella noche la pareja había estado separada para que la gerente de la posada pudiera dedicarse en exclusiva a calmar y arrullar a su amiga, cosa que hizo con diligencia), la habitación de Rise y, enfrente, la de Teddie, de modo que la detective se había sentido rodeada de una nube de angustia y llantos que no tenía principio ni fin.
Por otro lado, no conseguía quitarse de la cabeza la mirada dolida y seria de Kanji, ni cómo él se había negado a hablar del tema. ¿Era normal sentirse tan angustiada por algo así? En realidad, era ella la que le había pedido que se olvidaran del suceso, pero aquella noche tantas cosas habían estado a flor de piel que, tal vez…
El que tampoco dormía era Yosuke, tirado en la cama de su piso. La cama se le hacía demasiado grande: Chie no se quedaba todas las noches a dormir, y, estúpido de él, muchas veces, cuando su chica se quedaba a dormir en casa de sus padres o en la posada, se había sentido aliviado de tener toda aquella cama enorme para él, para dormir a sus anchas sin las patadas que Chie le daba en sueños. Ahora echaba de menos todas esas patadas. Echaba de menos a Chie.
Se habían enfadado muchas veces: los dos tenían un carácter explosivo, eran de mecha corta. Normalmente explotaban, se gritaban un rato y, luego, uno de los dos hacía un amago de tímida disculpa que el otro estaba más que dispuesto a aceptar, aunque fingiera que no. Pero nunca, nunca, lo había mirado con aquel desprecio, con aquel asco, como si fuera una criatura rastrera y repugnante, como si ya no le quisiera. ¿Había tenido razón? Sí, sabía que gran parte de lo que había dicho era cierto: era egoísta y, cuando se aburría, era capaz de casi cualquier cosa para divertirse, aún a costa de los demás. Pero nunca había hecho nada para herirla a ella. Ella lo era todo. Tenía que saberlo. ¿No…?
Se dio la vuelta y estiró una mano, buscando un rastro del calor y del perfume natural de Chie en las sábanas que le hiciera compañía en aquella noche sin amigos y sin amor.
Los capítulos vuelven a su longitud habitual :D y a un nivel de subida normal, espero. Ahora estoy de vacaciones, no tengo mucho más que hacer aparte de tomar el sol y escribir. En este capítulo no pasa nada extraordinario, excepto el estallido de Chie con Yosuke. ¿Qué pasará próximamente? I'm not telling, tendréis que esperar al próximo :P ¡Un beso y gracias por los reviews!
