Hola mis niñas hermosas.

Espero que la semana haya ido bien; por fin puedo traeros el capi... veremos a ver cómo va esa esperada conversación...

Sin más dilación, aquí lo tenéis... y muy especialmente para una personita: NOE... FELIZ CUMPLEAÑOS!

Nos leemos abajo ;)


Capítulo 9: A veces huir no es la solución

Las miradas de la pareja permanecieron unidas cómo si de dos imanes de tratasen. Los ojos marrones de la joven observaban fijamente al teniente Masen con una mezcla de sorpresa e incertidumbre, golpeándose para sus adentros por su mala suerte... ¿por qué la supervisora la había mandado allí de nuevo?, ¿y que demonios ocurría con él?, ¿acaso no se sabía la costumbre de dejar a las reclusas limpiar en solitario?... y para colmo, por poco se cae, cubo de agua y fregona incluidos.

Pero sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo, de nuevo toda ella volvió a estremecerse, debido a la cercanía y el calor que el cuerpo de Edward emanaba por todos los rincones. Sus grandes y suaves manos sujetaban su cintura cómo si fuera una delicada pieza de cerámica o de cristal; y por más que ella lo negase, se sentía bien... muy bien. No sabía si era por esa dulce sensación, o quizá fuera la sorpresa del hecho en sí, pero no se atrevía a moverse un sólo milímetro.

Durante esos eternos minutos, los ojos verdes del teniente Masen estudiaron la cara de la joven; su cada vez más pronunciada barbilla, las hendiduras en sus pómulos, sus ojos marrones sobresaliendo ligeramente de las cuencas... rasgos que hacían visibles las consecuencias del hambre que pasaban. Su cara dibujó una especie de mueca de reproche al notar los huesos de las caderas bajo las palmas de sus manos; quizá a otra persona le resultaría desagradable... pero era Bella quién, para su suerte, estaba ahora a sólo unos centímetros, y tuvo que contenerse para no acercarla más a su cuerpo y rodearla con sus brazos... sólo un abrazo protector, se decía para sus adentros.

Pero un ligero carraspeo, seguido de esa voz dulce y suave, le despertó de su letargo; los ojos marrones de la joven ya no le miraban de manera directa, y en sus mejillas había aparecido un delicioso rubor... ella siempre se sonrojaba, siempre había sido tan tímida...

-Lo sient... lo siento- se disculpó, en voz baja -la supervisora me ha mandado aquí a limpiar, y pens... pensé que no había nadie-.

-No pasa nada, Bella- respondió éste, todavía sin soltarla; la joven se turbó al oír su nombre, sonaba tan extraño que alguien fuera de su círculo la llamara así; deseaba preguntarle porque él la llamaba Bella, pero el temor a una reprimenda ganaba ese pequeño debate interior.

-Volveré cuando la casa esté vacía- susurró ella, zafándose con cuidado de su agarre; en cuanto se soltó, las yemas de los dedos del joven picaban por volver a sentirla junto a él... su corazón sufría punzadas dolorosas, y el desasosiego invadió su cuerpo; era cómo si le faltara algo.

-¡No!- exclamó él, quizá con un tono más serio de lo que él mismo hubiera deseado, al ver la expresión de susto que apareció en la cara de Bella -no, por favor... yo... necesito hablar contigo- le suplicó.

El rostro sorpresivo de Bella fue sustituido por un ceño fruncido que delataba confusión, incluso un pequeño deje molestia; ¿otra vez la misma cantinela?, ¿después de todo lo sucedido, y de lo que estaban pasando, seguía empecinado en hablar con ella?. Pero había algo en el cara del teniente Masen que no lograba descifrar; un remolino de sentimientos ilegibles surcaba la expresión de Edward, algo que la joven castaña no llegaba a descubrir, y puede que ni él mismo lo supiera. Pero se quedó de pie frente a él, no se dio la vuelta, lo que Edward interpretó cómo una buena señal.

Un atisbo de sonrisa, la sonrisa torcida que tanto había amado Bella años atrás, surcó los labios de éste; de manera precavida volvió a acercarse a ella, tomando él mismo el cubo y la fregona, para apoyarlos en la pared, justo al lado de la puerta. Sin decir una sola palabra, tomó la pequeña mano de la joven, gesto que de nuevo, la dejó patidifusa... y aunque el agarre fue gentil y suave, la tuvo que apartar de manera rápida, ahogando un gemido de dolor.

-Bella... ¿qué...?- dejó la pregunta inconclusa, pero enseguida se dio cuenta de lo que ocurría; la mano que se había cortado la última vez que estuvo allí seguía vendada, y por el gesto de dolor de ésta, todavía no se le había curado -¿te sigue doliendo?- interrogó, preocupado.

-Un poco- respondió ella, todavía sin saber a qué venía todo aquello.

-Te la revisaré- le dijo, con gesto serio.

-No es necesario- contestó Bella, desechando el ofrecimiento -puedo moverla bien; simplemente me escuece un poco- se excusó; el tacto de Edward le provocaba demasiadas sensaciones; sensaciones que sabía que no debía de sentir... pero era inevitable. Fuese el joven tierno y encantador que había conocido años atrás, o fuese un frío e implacable oficial del ejército nazi alemán... siempre sentiría ese torrente de emociones y cosquilleos cada vez que la tocara de esa manera.

-Puede que no esté cicatrizando bien- dijo Edward, para si mismo -ven conmigo- hizo amago de volver a tomarla de la mano, pero la joven dio un paso atrás, negando con la cabeza.

-No es necesario- respondió de nuevo, casi en un susurro y agachando su mirada.

La sonrisa se esfumó del rostro del joven... ¿tanto miedo le tenía?; sabía que era una tontería preguntarse eso; la respuesta le había quedado muy clara al verla encogida en el suelo la primera vez que había venido a su pequeña casa, y le dolía mucho que ella pensara eso.

-Bella...- suspiró, mirándola preocupado -no te voy a hacer daño- le prometió -sería incapaz de regañarte, y mucho menos de tocarte para lastimarte- las lágrimas se agolparon en los ojos de la la joven... ¿a pesar de todo, el Edward que ella había conocido seguía ahí, oculto tras esos detestables ideales?; pero el silencio se adueñó de la habitación, ya que la joven no encontraba palabras que pudieran expresar toda la confusión que sentía; la actitud de Edward la descolocaba.

Pero el teniente Masen no estaba por la labor de darse por vencido, tenía que hacer que la joven confiara en él; la sola idea de que el indeseable sargento McArthy o algún otro oficial pudieran haber tocado un solo pelo de su cabeza le corroía por el cuerpo. Una voz interior le decía que tenía que cuidarla, debía cuidarla... no sabía de dónde provenía, ni que lo provocaba, pero sentía que eso era lo correcto.

-Por favor- le volvió a pedir -te juro que no te voy a hacer daño, ni te voy a castigar; déjame ver la herida- los ojos de Edward, cansados, suplicantes y frustrados, rogaban en silencio a Bella. Ella seguía callada, sopesando que era lo que estaba ocurriendo. Una parte de su conciencia le decía que contestara a sus preguntas, al fin y al cabo, era el que estaba al mando allí; incluso admitía que estaba intrigada... ¿de que quería hablar un oficial de las SS con una indefensa joven judía?.

-¿Por... por qué quieres hablar conmigo?- le reclamó ella, en un susurro apenas audible. Esperó la respuesta de Edward, que permaneció unos segundos en silencio, sopesando cómo abordar el tema.

-Necesito saber si el teniente McArthy te ha... - volvió a parar, para coger aire -te ha hecho daño- dijo finalmente. Los ojos de Bella se abrieron, debido a la sorpresa... ¿sería posible que Edward estuviera en contra de lo que hacían sus oficiales para divertirse?; si bien era cierto que nunca había oído que ninguna de sus compañeras hubiese estado con Edward de esa forma, la amenaza de Emmet McArthy seguía resonando en su cabeza... y no quería que Kate, Alice ni ninguna de las chicas pagaran las consecuencias.

-No- negó ella, acompañando esa pequeña palabra con un pequeño movimiento de cabeza -no me ha hecho nada- el corazón de Edward volvió a latir a un ritmo normal, ya que todo el tiempo que ésta tardó en responder se le hizo eterno.

Pero había algo en la mirada marrón chocolate de Bella que no le acababa de convencer; por un lado parecía decir la verdad, ya que esa negación de los hechos, a pesar de haber tardado en responder, parecía rotunda... pero los ojos de su más preciado amor de juventud escondían otra cosa; sabía que estaba nerviosa, ya que ésta mordisqueaba una y otra vez su labio inferior y retorcía sus dedos una y otra vez... quizá ella no... ¿pero y si el sargento McArthy se había saltado sus órdenes, y seguía abusando de otras chicas?.

-¿Y del resto, has oído algo?- le preguntó, desabrochándose varios de los botones dorados de la chaqueta, los mismo botones que Bella había cosido sin parar hasta hace varios días.

-No- mintió ella; dios... ojalá pudiera confiar en él, pero no podía poner en peligro a sus compañeras, y menos a Kate y Alice.

-¿Estás segura?- volvió a insistir Edward -Bella, es muy importante, por favor...- la joven afirmó con la cabeza, y éste supo de inmediato que no sacaría nada más de ella, al menos por ahora.

Pero no quería asustarla y obligarla a hablar; si la forzaba la aterraría, y lo que él necesitaba era que confiara en él. Puede que lo suyo fuera un amor imposible, pero si en su mano estaba ayudarla y protegerla, en la medida que pudiera, lo haría. Cada día tenía más y más claro que los ideales del régimen no comulgaban con su pensamiento... había estado demasiado ciego.

-Bien- dijo, al cabo de unos minutos; en ese caso, le echaré un vistazo a la herida- Bella puso una mueca de fastidio en su cara -y después, quiero que comas algo-.

-¿Para qué?- dijo ella -ya he comido hace un rato- se encogió de hombros- ¿qué le pasaba a Edward?; cada vez entendía menos la situación.

-Estás en los huesos- le reclamó, pero no con reproche, sino con auténtica preocupación -el otro día dejé la caja de galletas abierta, y no cogiste ninguna- le recordó.

-No suelo husmear en las pertenencias que no son de mi propiedad- se defendió ésta, dando un paso hacia atrás. Edward resopló frustrado, dándose calma a sí mismo... ésto iba a resultar mucho más complicado que lo que pensaba.

-Sólo quiero que comas algo; debes estar famélica- le dijo, siempre con la preocupación dibujada en su rostro.

-Famélica, agotada, horrorosa- enumeró ella -¿qué importancia tiene eso?- los ojos del teniente se abrieron de manera desorbitada, escuchando las desoladas palabras de la joven -según algunas de las oficiales, alimentarnos es malgastar comida- le explicó, ya cómo si fuera lo más normal del mundo -y ahora, si ya te he sacado de dudas; debo hacer mi trabajo- se disculpó ella, dándose la vuelta y dirigiéndose a tomar el cubo y la fregona.

El teniente Edward Masen permanecía impertérrito, quedándose callado unos segundos; cuando se quiso dar cuenta, estaba solo en mitad del pasillo, y oía trastear a Bella en su despacho. Ni siquiera había podido llevarla a su habitación, al igual que el otro día; de seguro la herida la tenía infectada, y por más que lo negara, necesitaba algún alimento sólido y caliente que llevarse a la boca.

Pero a esa frustración y desesperación por la terquedad de ella, había que sumarle las sospechas que tenía acerca de la conducta de Emmet McArthy. Ya había informado a Berlín acerca del comportamiento de éste y de otros oficiales... pero la contestación todavía no había llegado, y mucho se temía que sus misivas iban a caer en saco roto. Después de la derrota de Francia, y de que el mariscal Pétain pidiera el armisticio, el Imperio parecía tener otras prioridades. Tras esa importante victoria, Adolf Hitler era el considerado el dueño potencial de Europa; y por la conversación que había tenido con Aro vía telefónica, hace apenas unos días, la inclusión de Italia en la guerra era inminente.

Y estaban en los últimos días del mes de mayo de 1941... sin duda alguna, si se cumplían las predicciones del capitán Aro Vulturi, a partir del mes de junio la guerra en la que estaba sumergida media Europa entraría en otra fase.

No se había dado cuenta de que seguía parado en mitad del pasillo, justo en el sitio dónde Bella le dejó prácticamente con la palabra en la boca; a sus oídos volvieron los pasos apresurados, pero a la vez suaves, de la joven moviéndose de un lado a otro de su despacho. Tuvo que reprimir las enormes ganas que tenía de estar con ella en la misma habitación, aunque sólo la mirara en silencio... pero estaba decidido a no agobiarla, así que decidió dejar su casa por unos minutos.

La joven no se dio la vuelta cuando oyó los pasos a su espalda, y el rechinar de la puerta abriéndose y cerrándose... no quiso echar la vista atrás, pero un vacío se instaló en su interior cuando se vio sola en esa casa; la presencia del joven, aunque fuera silenciosa, provocaba en ella un involuntario sentimiento, haciendo que esa soledad que ya estaba enraizada en su interior, no se cebara todavía más con ella.

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Por suerte para la infortunada joven, la semana siguiente apenas se topó con Edward más que en un par de ocasiones, y en todas ellas estaban rodeados de gente, algo que agradeció Bella, ya que así no se expondría a sus incesantes preguntas.

Pero a pesar de eso, y de su trabajo en la cocinas, bien fregando montañas de platos o pelando sacos enteros de patatas, su cabeza seguía trabajando a pleno rendimiento; por más que intentaba encontrarle explicación alguna a la actitud de Edward, no la hallaba. No terminaba de creerse que el teniente Masen no estuviera al tanto de lo que se cocía en Ravensbrück. Alice y Kate, las más allegadas a ella que sufrían los abusos, no habían vuelto a ser llamadas... pero todavía recordaba el ojo morado y el labio partido de Lisell hace apenas dos noches, cuando llegó al barracón a altas horas de la madrugada.

Tuvo que dejar su tarea de pelar patatas por unos segundos, para poder llevar sus dedos a la parte superior de la cabeza, en un intento de aliviar el picor. Hacía sólo dos días que las habían vuelto a cortar el pelo, ya que según las oficiales Denali y Hersbt, sus cabezas eran nidos de liendres y piojos, aunque también escuchaban a las reclusas más veteranas decir que todos esos kilos de cabello eran vendidos y enviados a Berlín.

Ni a ella ni a ninguna de sus compañeras le había dolido ya que se lo cortaran, como ocurrió a su llegada al campo; lo que más le dolieron a todas ellas fueron las risas y burlas crueles de los oficiales masculinos, que habían asistido al espectáculo cómo si de una sesión de cine se tratase; todavía podía escuchar el eco de las carcajadas de éstos, burlándose de su aspecto y de sus bolas de billar, uno de los apodos con los que hacían mención a sus cabezas, prácticamente rapadas al cero.

Pero entre esos detestables e impresentables oficiales, no estaba Edward; al igual que pasó la fatídica noche de las duchas, él jamás hizo acto de presencia en tales espectáculos. La teoría de que Edward quería ayudarlas la tenía arrinconada en lo más profundo de su alma, pero no podía descartarla del todo, ya que la actitud del joven teniente Masen parecía confirmarlo; pero por otro lado, no podía dejar de lado de que, quizá, fuera una trampa.

Su cabeza seguía hecha un lío, y así se lo hizo saber a Victoria, Alice y Kate esa misma noche, una vez las mandaron cerrar la puerta del barracón y guardar silencio para dormir. Las tres escucharon atentas el relato de Bella; a veces sus caras mostraban sorpresa, a veces incredulidad... ellas conocían a Edward, y a todas ellas les parecía mentira que aquel chico bueno, dulce y educado de su Landeck natal fuera ahora un soldado de las SS.

-Francamente, no se qué pensar- musitó Victoria, una vez su castaña amiga terminó con su sorprendente relato -por lo que cuentas, tiene toda la pinta de querer ayudarte y protegerte-.

-Creo que ayudarnos y protegernos sería mejor manera de definirlo- corrigió Alice.

-Pues yo creo que no debes fiarte, Bella- habló decidida Kate -para mi lo que cuenta es el presente; y él ya no es el joven que conocimos en Landeck- habló con enfado y resentimiento -es un nazi, al igual que el resto de los oficiales-.

-¿Entonces, por qué está interrogando a Bella?- contraatacó Victoria; todas sabían que Kate era, de las cuatro, la que más había sufrido, y en sus palabras se podían ver impresos todos los sentimientos de repulsa que le causaban esas personas -¿te has planteado por un momento, al igual que le ocurrió a Bella ese día, por qué tantas preguntas?-.

-Es una trampa- respondió ésta muy segura, encogiéndose de hombros. La joven castaña, que seguía el intercambio de opiniones de su prima y amigas en silencio, tomó de nuevo la palabra.

-No dejo de pensar en las expresiones de su rostro- exclamó, con un pequeño suspiro -en verdad se veía preocupado-.

-Puede que estuviera fingiendo- volvió a soltar Kate.

-No- afirmó Bella -le conozco muy bien... su preocupación, su manera de mirarme... me recuerda a cuando estábamos juntos, y yo le contaba mis problemas, y él me escuchaba de manera paciente- evocó con nostalgia -y trataba de ayudarme, y de buscar una solución- no sabía si todo ésto estaba sucediendo de verdad, o simplemente era la propia ilusión de Bella de que fuese así.

Victoria no decía nada, al igual que Alice; pero la joven morena no compartía del todo la opinión de Kate. Sabía que su prima, por mucho que se lo hubiera propuesto, no había olvidado a Edward... y por lo que pudo sacar en claro del relato de ésta, el joven lucía cómo si esos sentimientos no hubieran caído en el olvido... ¿será que en verdad todavía sentía algo por ella, y quería ayudarla a escapar de este infierno?... ¿las ayudaría a todas ellas?.

-Demasiadas preguntas sin respuestas- exclamó, haciendo que Victoria, Kate y la propia Bella volvieran sus ojos a ellas -Bella... si él quiere hablar contigo, deberías hacerlo- terminó de explicarse, pero la voz indignada de Kate saltó.

-¡¿Cómo?- exclamó -¡estás loca, le hará daño!-.

-Kate, escucha -bufó Alice, rodando los ojos -Edward quiere respuestas... puede que si se las da, Bella pueda sacar algo en claro de ellas- le explicó, cómo si fuera obvio.

-¿Y si eso nos afecta de alguna manera?- añadió Victoria, no muy convencida del asunto -por lo que nos has relatado, ha preguntado si alguna de nosotras sufría algún tipo de abuso- les recordó, señalando con un vago movimiento de mano al resto del barracón, que dormía profundamente.

-Además, quería darte alimentos- añadió su prima, volviendo a su idea de que la pareja debía hablar -¿no significa eso algo?- interrogó a las otras tres.

Bella suspiró, sin saber qué decir. Por una parte entendía el miedo de Kate a las represalias, el sargento McArthy lo había dejado bien claro... pero por otro lado, ella necesitaba muchas respuestas, para poder entender un poco la actitud de Edward; si por un hipotético caso, quería protegerlas, ¿podría ponerse en contra de todos sus subordinados?... ¿cómo podría hacerlo sin levantar sospechas?...

-La decisión es tuya, Bella- le sacó de sus pensamientos Alice -de todas nosotras, tú le conoces mejor que nadie- le terminó de decir; Victoria y Kate ya se habían tumbado, cansadas después de otro interminable día en Ravensbrück.

Alice y la propia Bella decidieron imitar su acción; enseguida pudo la joven castaña sentir la respiración pausada y relajada de Alice... pero ella apenas pegó ojo, mientras en su interior seguía ese debate.

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-Nos reclaman dos partidas de uniformes para oficiales, que debían haber salido hace un par de semanas- Edward bufó molesto, a la vez que Rose le tendía un papel, en dónde constaba que el envío no había llegado a su destino -hemos tenido problemas en la sala de confección- se excusó la rubia oficial.

-¿Qué tipo de problemas?- preguntó el teniente Masen, agarrándose el puente de la nariz con dos dedos; sabía que debía dirigir y supervisar la producción de las fábricas. Pero su mente había estado muy ocupada pensando en una persona en particular; llevaba casi una semana sin ver a Bella, y ya hacía casi dos desde su último encuentro; apenas prestó atenciòn a la sargento Hale, enumerándole un sinfín de excusas y problemas en la producción.

-Su subconsciente había ganado la batalla, ya que no se la podía quitar de su cabeza ni un sólo instante. Sus pesquisas e indagaciones no habían dado sus frutos; todos los oficiales negaban los hechos que él exponía a base de preguntas, mirándole cómo si le hubiera salido un tercer ojo en la frente; el teniente McArthy, altivo y arrogante, sonreía de manera bobalicona al escuchar las explicaciones del resto de oficiales... estaba igual o peor que al principio.

-Rose- llamó la atención de la joven, que inmediatamente dejó los papeles que estaba ordenando -¿tú has notado algún movimiento extraño?-.

-¿Qué quieres decir?- le reclamó, frunciendo el ceño.

-¿Algún oficial ha vuelto a las andadas, y ha abusado de alguna reclusa?- le preguntó directamente, sin tapujos. Rose se quedó callada unos segundos, antes de responder.

-Desde que diste esa advertencia a Emmet, no he vuelto a enterarme de nada relevante- se encogió ésta de hombros -pero si te soy sincera, creo que esas situaciones siguen sucediendo- exclamó con un sonoro suspiro, tomando asiento frente a él -¿has preguntado a Tanya, Jane o Irina?; ellas están más con las prisioneras ahora- la risotada amarga de Edward resonó en todo el despacho.

-Claro que les he interrogado a ellas, ¿y sabes cual ha sido la respuesta de Tanya, por ejemplo?- Rose permaneció en silencio, atenta a sus palabras -no se a qué viene tanta preocupación, Edward- imitó la voz aguda de Tanya cómo si fuese un graznido -estas perras judías ya están condenadas, al menos que sirvan para algo útil- las palabras todavía le revolvían el estómago; y por el gesto de Rosalie, supo que ella también sentía repulsa hacia esos actos... pero callaba o hacía la vista gorda.

-Hablaré con ellas- le prometió ésta -y cualquier cosa que...- Edward la interrumpió, de manera abrupta.

-¿Y de qué serviría, Rose?- le instó a contestar a una pregunta que, desgraciadamente, ni él mismo encontraba respuesta.

-Podríamos interrogar a las prisioneras, obligarlas a hablar- le propuso ésta; pero el joven desechó la idea; ya tenía más que claro que estaban amenazadas, y su propósito no era ni torturarlas ni forzarlas a hablar.

-No lo sé- meditó en voz baja, no muy convencido del asunto.

Rose se encogió de hombros; la joven rubia entendía perfectamente al que era, algo así, como su primo postizo. No era del estilo de Edward permitir que se alteraran las normas fijadas... pero a veces pensaba en cómo toda esta situación le superaba; ver el dolor ajeno era algo a lo que un soldado debería estar más que acostumbrado, y él no lo estaba en absoluto. Decidió cambiar de tema, en un intento de distraerlo.

-Ayer llegaron las últimas cajas de documentos de los restantes campos- le informó -ya van casi cuarenta- rodó los ojos la rubia oficial; gesto que fue imitado por el propio teniente Masen; desde que los campos que el visitó habían pasado a depender, de manera administrativa, de Ravensbrück, Rosalie y otra oficial no daba a basto en las oficinas. Incluso la mayoría se esas cajas estaban en la oficina de Edward, apiladas las unas encima de las otras -¿has pedido que nos manden dos auxiliares administrativas más?-.

-Sí, y nos lo han denegado- los ojos de la rubia se abrieron, debido a la sorpresa -Berlín se excusa, alegando que no hay oficiales disponibles- le contó.

-Pues a Georgina y a mi nos llevarán semanas poder organizar todas esas cajas- se quejó -si debo supervisar la producción, llevar al día los pedidos, hacer inventarios en el almacén...- enumeró -no puedo dividirme-.

-¿Jane o alguna de las otras no pueden echarte una mano?- sugirió éste.

-Dicen que eso no entra dentro de sus obligaciones- le explicó Rosalie, con una mueca de fastidio -así que lo haremos Georgina y yo cuando tenga un rato libre- le dijo, en alusión a la oficial que se ocupaba del registro principal de Ravesbrück. De pronto la mente de Edward se iluminó.

-Durante el recorrido por los campos, me fijé que en algunos había reclusos haciendo labores administrativas- le contó a Rose; ésta le miró, muy interesada por sus palabras -quizá alguna de aquí pueda echarte una mano- le sugirió. Rose pareció meditarlo unos minutos; no estaría mal tener ayuda extra -incluso podrían hacerlo aquí, en la oficina de Georgina no hay suficiente espacio-.

-No sería mala idea- Rose afirmó con la cabeza; tendré que reorganizar a los oficiales, y mandar a uno aquí, para que la vigilen-.

-Eso no será necesario, yo puedo hacerlo- la joven abrió los ojos, debido a la sorpresa -yo estoy aquí prácticamente todo el día, podría vigilarla yo mismo-.

-¿Estás seguro?- le interrogó ésta, seria -sabes que no tienes porque hacerlo, no es tu competencia-.

-No será ningún problema- le aseguró -así tu puedes seguir con tus papeleos; yo mismo iré a seleccionarla- si la oficial no ponía más pegas, el plan que se había formado en la cabeza de Edward podría salir bien.

Podría tener a Bella todos los días aquí, e incluso a Alice, Victoria o Kate; podría hacerle ver a Bella que podía confiar en él, que sólo quería ayudarla. Sonrió satisfecho para sus adentros, a la vez que Rosalie se levantaba de la silla, alisándose la falda del uniforme y poniéndose la picuda boina en su cabeza.

-Entonces está decidido- exclamó la joven, con una pequeña sonrisa y tomando su inseparable carpeta, llena de papeles- Edward se levantó para acompañarla hasta la puerta, pero justo en ese momento el teléfono de su despacho sonó.

-¿Puedes cogerlo, Rose?- le pidió -he olvidado firmar un papel que debes llevarte-.

Ésta asintió a la vez que ambos volvían a la enorme mesa de caoba oscura. Rosalie levantó el auricular, mientras que Edward tomaba una de las plumas que tenía esparcidas por todo su escritorio, para estampar en el dichoso documento su firma.

Pero Rose emitió un gemido, para después llevarse una mano a la boca; Edward levantó la vista, alzando una ceja al ver la cara de la joven. Ésta permaneció al teléfono uno minutos más, pero preguntaba cosas a quién quiera que estuviese al otro lado de la línea de manera frenética. Cuando la comunicación se cortó, los ojos de Rosalie estaban vidriosos, debidos a las lágrimas.

-¿Qué ha pasado?- le reclamó éste -Rose... ¿mi madre...?- dejó la frase inconclusa, a la vez que su corazón sufría un profundo desgarro al ver su gesto afirmativo.

-Está muy mal, Edward... y Carlisle nos pide que vayamos sin demora-.

El alma del joven se resquebrajó, haciéndose pedazos en ese mismo instante... su adorada madre... una de las personas que más quería en este mundo... debía ir a su lado sin demora alguna.


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Nicole... gracias por tus palabras, consejos, aclaraciones... no sabes lo que significa para mi que leas la historia.

Un besazo enorme, y nos vemos la próxima semana ;)